viernes, 31 de mayo de 2024

01359 Que Rule el Rulo

SUTIL Y SABROSO


Que rule el rulo y que nunca deje de rodar. Ya he dejado constancia en este caleidoscopio vital, mi inclinación culinaria hacia el queso de rulo de cabra. (Ver entrada 01079). Es un queso que me fascina y que en la cocina, y sobre todo, en los aperitivos, da mucho juego. Mira que he hecho combinaciones con él, y nunca me he arrepentido del resultado. Es tan "buena gente" el rulo de cabra que se aviene con lo que le pongas. No importa que sea dulce, salado o medio pensionista, se apaña con lo que le pongas encima. 

En esta ocasión, el resultante de la mezcla que traigo es fino y delicioso. Sobre una rebanada de pan tostado crakes, acomodamos una rueda de queso, no muy gruesa, y sobre esta, media nuez. Finalizamos el "montadito", vertiendo sobre el conjunto un mini chorrito de miel. A la hora de comerlo, entero a la boca, y a disfrutar del delicioso conjunto de sabores. Me parece muy sutil y sabroso. 







miércoles, 29 de mayo de 2024

01358 Las Uvas con Regalo

 CURIOSA COMBINACIÓN DE SABORES


Llegado el sábado, se hace necesario romper la estricta dieta a la que nos sometemos, de manera voluntaria, a la hora de cenar. Habitualmente, nos acompaña el pan con tomate, un asiduo en estos casos, con algún embutido o queso, y si nos venimos arriba, con las dos opciones; "un día es un día". 

En esta ocasión, nos hemos venido muy, pero que muy, muy arriba, y además del pan, el tomate, los embutidos y el queso, hemos añadido un invento muy interesante: uvas sin pepitas, rellenas de queso azul. Total, que nos hemos ido de cabeza y hemos echado al traste todo lo bien que nos hemos portado durante la semana.

Estas uvas con regalo, como así me fueron presentadas, las ha preparado Gloria, como una adaptación que había visto en algún lugar. Cuando las he visto sobre la mesa, reconozco que me han echado para atrás y no he dado un duro por ellas. Y eso, que como ya he manifestado en algún lugar de este caleidoscopio vital, me encanta hacer "probatinas" con los alimentos, ya que soy muy amigo de las mezclas de sabores. Pero no sé, esta vez, algo me ha dicho que la cosa no iba por buen camino.

El caso es que ha llegado el momento de probar la primera uva con queso. He cogido uno de los frutos con mis dedos y lo he introducido entero en mi boca. Lo he acercado a mis molares, he mordido y... ¡qué pasada!. La uva estaba fría, dulce, tersa y el queso, a pesar de su potente sabor, para nada competía con el verde fruto. ¡Qué combinación más deliciosa! Tanto me ha entusiasmado, que el pan con tomate y el resto de vecinos han perdido su tradicional protagonismo en la cena de los sábados. 

Las uvas, con sus correspondientes trocitos de queso azul, han ido cayendo una tras otra. Conforme las he ido comiendo, la última me parecía más deliciosa que la anterior. No ha quedado en la fuente ni una para muestra. Cuando he ido a devolver la botella de agua al frigorífico, he visto que habían quedado algo más de una docena de uvas, y justo al lado, un trozo importante de queso azul. Ya está el aperitivo de mañana. Ya lo creo que sí. 







01357 La Playa de la Pelosa

 DEL AZUL AL TURQUESA


Conocí esta playa en nuestro segundo viaje familiar a la atractiva isla de Cerdeña. Fue en un mes de octubre con un tiempo magnífico, pero sin intención de echar la toalla y mucho menos bañarnos. Acudimos a la playa de La Pelosa ante el reclamo de su belleza y su buen número de peculiaridades.

Esta playa se encuentra en el extremo noroeste de Cerdeña, en Stintino, un pueblo en su origen de pescadores, pero reconvertido en la actualidad en un atractivo destino turístico. Sus aguas van del azul al turquesa y la arena de la playa es blanca y muy fina, como granitos de arroz, con dunas salpicadas de maquis mediterráneo. Dicen que es la mejor playa de Cerdeña. No seré yo quien lo discuta. El agua, tal y como pude comprobar, está siempre tranquila “al estar protegida de las mareas y el mistral por una barrera natural creada por los escollos de Capo Falcone, la isla Piana y las rocas de Asinara”. El pequeño golfo sobre el que se asoma la playa La Pelosa “es llamado por los sardos ‘mar de interior’, a diferencia del ‘mar fuera’ de la costa más occidental expuesta al viento”.

Justo en frente al islote en el que se levanta la Torre de la Pelosa, una construcción aragonesa de 10 metros de altura, se encuentra la Pelosetta, una playa más pequeña, pero con similar encanto. Y un poco más allá, la isla de Piana, con las ruinas de otra torre española.

Como he comentado con anterioridad, fuimos a esta playa de visita. Era octubre y no había problema alguno para visitarla. El problema, por denominarlo de alguna manera, estriba en la época veraniega, ya que el acceso está limitado a 1.500 personas por día. También digo, que hay que hacer un máster si quieres acceder. (Para los suspicaces, lo del máster es una broma).

Las fechas en las que se debe reservar acceso a la playa son entre el 1 de junio y el 31 de octubre. El resto del año o fuera del horario de control, de 20 a 08 horas, no es necesario reservar. La reserva es de 4 personas máximo. Se puede reservar un máximo de 31 días consecutivos. La reserva tiene un precio de 3,5 euros por persona y día. La reserva es obligatoria para todos los mayores de 12 años. Hay más opciones, pero lo mejor es ir a la página web https://spiaggialapelosa.it

Y en cuanto a las normas de uso y disfrute de la playa, las del sentido común en estos casos. Es decir: Prohibido dejar basura en la playa, prohibido fumar (excepto en las áreas designadas para ello), prohibido retirar arena, conchas y piedras, prohibido hacer uso de jabones y champú, prohibida la venta ambulante. Además, es obligatorio el uso de esterillas bajo las toallas de playa con el fin de evitar llevarse arena pegada a la toalla. También es necesario hacer uso de las fuentes para quitar la arena de los pies y las mascotas no pueden entrar durante el horario de apertura, de 08 a 20 horas.

Estaríamos durante un par de horas sentados en una roca para contemplar el bello paisaje y francamente, no diré que era como estar en el paraíso, pero casi.  

 










lunes, 27 de mayo de 2024

01356 El Zurrón

 DE EXCURSIÓN POR LA VIDA


Y en el zurrón: una mirada abierta, media docena de sonrisas, -y si es necesario, hasta una docena-, un apretón de manos, los sentidos despiertos, apaciguada el alma, varios te quiero por si alguien los requiere, un brindis, un proverbio, una voz entonada y un perdón a tiempo. El zurrón no pesa. Va ligero. Todavía cabe un hasta mañana. 

Zurrón: Bolsa grande de pellejo, que regularmente usan los pastores para guardar y llevar su comida u otras cosas.


01355 Petición

UNA NOCHE ESPECIAL


Ahora que el ocaso cierra sus ojos,
ante la débil frontera del sueño,
pido con ímpetu y ansiado ensueño,
aires de sedas para mis alojos.

Que no pasen frío en el mar de aojos.
Su descanso será mi único empeño
ante la brisa de porte costeño
y la desnudez de un paisaje en rojos.

Descansa, que la noche se aposenta
pintando de nuevo el cielo de negros
tizones hasta que llegue mañana.

Duerme ya, que el torpe miedo se ausenta 
buscando sus cobijos haldinegros
en la noche queda de luna cana.

                                                                                    





sábado, 25 de mayo de 2024

01354 Las Gaviotas

 RUIDOSAS, ESCANDALOSAS E INTELIGENTES


Su sola imagen me lleva al mar, a las playas y a las costas. No a todo el mundo les gustan. Lo entiendo. A mí, por ejemplo, me costó aceptarlas en mis días vacacionales. No diré que me dieran miedo, pero sí respeto. Me resultaba molesto su continuo graznar. Creo que comenzaron a gustarme, cuando las niñas eran pequeñas y su presencia les hacía sonreír. Hasta la pequeña Jara llegó a imitar su graznido casi a la perfección. Llegó a convertir su imitación en un entretenimiento familiar. Sí, creo que fue por esa época cuando empecé a hacerme también amigo de ellas.

Ya no me molestan ni me incordia su presencia. Todo lo contrario. Me alegra y complace verlas. La cosa es sencilla. Tenerlas al alcance de la vista, significa que algo distinto ocupa mis días. Ahora las contemplo y admiro su ágil planeo. Su corretear por la playa, las pequeñas huellas que dejan marcadas en la húmeda arena.

Las miro y me siento observado por ellas. Son fuertes, con un contraste de colores que parece estar bien estudiado: el pecho blanco e intenso, gris azulado el dorso, tonos negros en las puntas de las alas, pico fuerte y amarillo con una mota roja en la parte inferior.

Ruidosas, escandalosas, inteligentes y con una gran capacidad de adaptación. Me tumbo al sol. Cierro los ojos. Oigo a las olas llegar y a las gaviotas graznar. Y me siento tranquilo y feliz.

Muchos poetas se han inspirado en estas sociales aves marinas para ejercitar su sentir. Acompaño un soneto, que lleva por título “Gaviota”, de mi admirado José Hierro.

Ese vuelo que traza la gaviota

por el divino gris, ¡como cautiva,

como prende el mirar, grúas arriba,
meciéndole en las nieblas en que flota!

Ya está la soledad surcada y rota.
Paloma marinera, lenta y viva,
que en el pico, en lugar de verde oliva,
lleva octubres de música remota.

Fragmento de la vela de una nave.
Cuerpo de tela y alma libre de ave
nacida, como un eco de campana,

de entre las instantáneas catedrales
que olvidan —humos vagos e ideales—
los barcos que se van para La Habana.

 




01353 La Plaza Mayor de Graus

BELLEZA QUE CONQUISTA


La Plaza Mayor de pueblos y ciudades tiene un atractivo especial, no solo por su habitual belleza, sino también, por todo lo que representa. Este espacio público hace referencia al lugar de convivencia, encuentro y esparcimiento de los vecinos del lugar, además de ser un destino turístico por su atractivo histórico y monumental.

A estas plazas se les denomina “mayores”, ya no solo por el gran espacio que ocupan en la localidad, sino porque que aquí se desarrollaba, en el día a día, la mayor parte de la actividad de la urbe. En España, un buen número de plazas mayores siguieron una ordenanza de los Reyes Católicos, en 1480, que obligó a la creación de los ayuntamientos en estos espacios. Otras, surgieron de forma espontánea a raíz del establecimiento de mercados. Según he podido leer, “la primera plaza mayor planificada fue la de Valladolid, en 1562. Felipe II mandó a Francisco de Salamanca que reconstruyera la antigua plaza del Mercado. Lo hizo realizando un conjunto urbanístico compuesto por una planta baja porticada, que favorecía el comercio en días de lluvia y, en la parte superior, edificios para vivienda”.

La segunda plaza mayor con una arquitectura uniforme fue la de Madrid. Las obras se iniciaron el 2 de diciembre de 1617, por decisión de Felipe III de reformar la antigua plaza del Arrabal y convertirla en una plaza propia de la villa y corte.

Con esta breve introducción al significado social de la plaza mayor, traigo hasta este caleidoscopio vital una plaza mayor muy querida por mí, ya no solo por su belleza, sino por el buen número de vivencias personales de las que ha sido testigo. Se trata de la Plaza Mayor de Graus, declarada de Bien de Interés Cultural en 1975.

Su origen data del siglo XVI, coincidiendo con el crecimiento de la villa altoaragonesa y con la necesidad de abrir un espacio de confluencia social y económica. Bajo sus arcadas de medio punto, ojivales o adintelados fluyó la ajetreada vida comercial de Graus y se elevaron los ejemplos arquitectónicos que ahora resaltan por su belleza.

Su estructura en forma de pentágono irregular, agrupa tipos de arquitectura muy tradicionales. El complejo, restaurado hace escasos años, lo forman el Ayuntamiento grausino, junto con la Casa del Barón, Casa Heredia, sede la Comarca de la Ribagorza, Casa Bardaxi, Casa Capucho o Casa Loscertales. Esta magnífica plaza se ha convertido en la actualidad en un gran foco de atención para quienes visitan la villa, y lugar de ocio y escenario principal de la vida y tradiciones locales, como la popular Mojiganga. Su belleza ha conquistado a importantes artistas, entre estos al pintor Ignacio Zuloaga, quien después de conocerla, no dudó en plasmar uno de sus lienzos sobre una de las fachadas de la plaza.

Su peculiar belleza y encanto, llevó a los responsables publicitarios de la marca de pasta fresca “Pastas Rana”, a transformar la Plaza Mayor de Graus en una típica plaza italiana para rodar dos anuncios televisivos. También, Lotería Nacional se fijó en este enclave para rodar un anuncio en el verano de 2015 y su slogan “¿Y si cae aquí el Gordo de Navidad?”.

El séptimo arte también ha traído hasta aquí sus claquetas para rodar la comedia española “Villaviciosa de al lado”, dirigida por Nacho García Velilla, o “Al otro lado del túnel”, de Jaime de Armiñán.

La última vez que disfruté de esta plaza fue haciendo un doblete pausado. Por la mañana, tomándome un café americano en una terraza; por la noche, deleitándome con una caña en esa misma terraza, acompañado de una ligera lluvia y de las luces de la plaza que la hacían más bella y atractiva, si cabe. 

Ya tengo plan para estos días en los que te preguntas: Y hoy, ¿Qué se puede hacer?

 

 
















viernes, 24 de mayo de 2024

01352 Hamaca, Sombrilla y Mar

 TRIÁNGULO PERFECTO


Organizando, una vez más, mis miles de fotografías, me he encontrado con las tres que acompaña este texto. Las tenía apartadas de una carpeta de unas vacaciones en Huelva en 2011. Recuerdo que las instantáneas las tomé en un paseo por la orilla del mar. Me gustó la plácida e idílica imagen que representan.

Cuando ordené en su día el archivo fotográfico de esas vacaciones, las reservé con la idea de plasmar ese momento en un óleo. Lo tienen todo. Luz, color, reflejos... Imaginé que podría quedar un atractivo y paradisíaco cuadro. Y así quedó la cosa, salvo que las hamacas, las sombrillas y el mar, todavía están esperando a que me decida pintar tan veraniega estampa. Igual ahora, que he vuelto a retomar los pinceles. 

De momento, me contentaré con volverlas a ver. Y no es una forma de hablar. Trece años después, me sigue pareciendo un momento dulce, amable e inspirador. Un instante de esos que hay que tener a mano para cuando la realidad se empecina en mostrar su cara menos amable. 

Hamaca, sombrilla y mar, el triángulo perfecto donde cobijar el alivio. 





01351 Los Curruscos de Pan

UNA TENTACIÓN


Cuando venía para casa a la hora de comer, me he cruzado con una joven que llevaba dos barras de pan envueltas en papel. Algo habitual. Pero lo que me ha llamado la atención, es que los corruscos de las dos barras brillaban por su ausencia. Uno de ellos, me puedo imaginar qué fue de su destino. El otro, lo llevaba la joven en la mano y le iba dando pequeños mordiscos. Se lo estaba comiendo con tanta delicadeza y emoción, que casi parecía un anuncio televisivo. Tanto es así, que me han entrado unas tremendas ganas de comprar una barra de pan e imitar a la desconocida transeúnte. Pero no, me he arrepentido. Aun siendo un fan, fan, del pan, últimamente intento relacionarme con él lo menos posible. Solo en casos extremos. Y este no era uno de ellos. 

Finalmente, he vencido a la tentación, pero eso no quita para que haya comenzado a rememorar pequeñas historias sin trascendencia en torno al currusco de pan; este trozo de barra tan querido para muchos y tan despreciado por otros tantos. En casa, por ejemplo, el currusco, cuando lo hay, tiene establecido un orden jerárquico: uno para Gloria y el otro para Jara. Yo voy de suplente. Si alguna de las dos, por lo que sea, no lo quiere, me toca a mí.

Pensar en el currusco de pan, es volver, de nuevo, a la infancia. A las meriendas de pan y chocolate. Una porción de chocolate que se incrustaba en la miga del currusco y que sabía a manjar del bueno. El último tramo del currusco se presentaba ya sin porción y se comía sin más. Era su crujir, el fin de la merienda.

Otra especialidad de esa infancia, esta menos habitual, era el currusco con leche condensada. Digo menos habitual, porque la presencia de esta dulcísima leche no era muy frecuente. Mi madre acostumbraba a comprarla cuando hacía algunos de sus delicios postres. Era entonces, cuando cogía el currusco de la barra de pan, le quitaba la miga, y en el hueco le introducía unas cucharadas de leche condensada, para posteriormente, taparlo con la miga que le había quitado con anterioridad. Eso sí, a la hora de comerlo, nada de ir por allí, en un voy y vengo. Sentadito y con un plato debajo, que recogiera los churretones de leche condensada que se salían del currusco en cada mordisco.

Y los bocadillos, siempre que se podía, elaborados con la parte del currusco. No cabían preguntas. Recuerdo, incluso, en mis años de internado, a la hora de la merienda, si no me tocaba currusco, intentaba cambiar el bocadillo con otros niños a los que sabía no les gustaba esta parte, principio y fin, de la barra de pan. ¡Qué años aquellos!

Por cierto, que, a la hora de empezar a escribir esta entrada, me ha entrado una enorme duda. ¿Se dice currusco o corrusco? Así, que me he ido al diccionario, y en la R.A.E aparece como currusco: “Parte del pan más tostada que corresponde a los extremos o al borde”, si bien, el vocablo procede de corrusco. También, ya puestos, he podido comprobar que, según en la zona geográfica donde uno se encuentre, esta parte del pan tiene otros nombres como, cuerno, teta, punta, pico, cantero, cabero… Se diga como se diga, yo me pongo al lado de los forofos del currusco. 


jueves, 23 de mayo de 2024

01350 Los Jardines Verticales

 ATRACTIVO DISEÑO PAISAJÍSITICO Y ARQUITECTÓNICO


Soy de los convencidos de que no hay que buscar mucho para encontrar la belleza de las cosas en el día a día. Este blog me delata. Soy así de ingenuo e idealista. ¡Qué le vamos a hacer!

Ya he comentado en reiteradas entradas de este caleidoscopio vital, que me encantan las flores, los jardines y la naturaleza en general. Es un mundo que me resulta más que atractivo y edificante. En esta ocasión, recogeré mi gusto por los jardines verticales, también llamados muros verdes.

El origen de estos fascinantes jardines habría que buscarlo en la antigua civilización babilónica. No obstante, los jardines verticales modernos se deben al botánico francés Patrick Blanc, quien comenzó en la década de 1930 a experimentar con el cultivo de plantas en paredes.

Desde entonces, los jardines verticales han evolucionado, para convertirse en una técnica popular de diseño paisajístico y arquitectónico. Según he podido leer, en la “década de 1980, el arquitecto francés Jean Nouvel diseñó un edificio residencial en París que presentaba una fachada verde, lo que inspiró a otros arquitectos y diseñadores a incorporar jardines verticales en sus proyectos”. 

Entre las bondades de estos jardines figuran la reducción de la temperatura ambiente y la creación de un clima más fresco y agradable. Además, protegen de los rayos ultravioletas, ayuda a reducir el ruido que llega desde la calle al interior del hogar y mejora la calidad del aire, entre otras.

Cuando me encuentro con uno de estos bellos y atractivos jardines, recuerdo el primero que vi en mi vida, sin saber que se trataba de un jardín vertical. En mi juvenil ignorancia, pensaba que eran maceteros con plantas, muchas plantas, y colocadas con un gusto exquisito. En mis paseos por la Ciudad Condal, me gustaba acercarme hasta este edificio y mirarlo reiteradamente, como si de una obra de arte se tratara. Me hacía sentir bien y disfrutaba con la observación del conjunto del edificio. Me estoy refiriendo al jardín colgante del edificio Banca Catalana. Igual estoy equivocado, pero creo que ahora es la sede de editorial Planeta. Acabo de interesarme, después de tantos años por las características de este edén vertical, que tan gratos recuerdo me dejó. Leo que fue una creación del arquitecto Everest Munné y que se extiende a lo largo de 3,8 kilómetros.  Al parecer, nada de lo proyectado fue azar. Por ejemplo, la elección de cinturones metálicos pintados en blanco se ideó para aprovechar al máximo la luz solar, “favoreciendo el crecimiento de las más de 12.000 plantas que conforman el jardín”. En las jardineras, Munné utilizó una base compuesta por ladrillos y grava volcánica, cubierta con una manta de poliéster, que facilita un óptimo drenaje.

Otro de los jardines verticales que me atrapó en su día, es el jardín del edificio del Caixa Forum de Madrid y que llegué a conocer, tras visitar una exposición de Miquel Barceló, en cuya entrada, al lado del jardín se exponía su monumental escultura “Gran Elefant dret”. En aquella época, todavía hacía fotografías con película de revelar. Tengo un montón de imágenes por archivar. Y entre ellas, aquel viaje. No sé cuándo encontraré el momento para acabar de poner orden a este incontrolado follón.



Fachada principal del Club Social del Tiro de Pichón de Zaragoza


martes, 21 de mayo de 2024

01349 Las Roscas de Pan Rellenas

 CARGADAS DE GRATOS RECUERDOS


No hace mucho tiempo, me reencontré con la rosca de pan rellena. Otra vez tengo que remontarme a la infancia de mis hijas, cuando la comí por última vez. Y de esto hace ya algunos añitos. 

Me encantó en su momento y ahora, me sigue pareciendo deliciosa. En aquellos años a los que hago referencia, acostumbrábamos a degustarla los sábados para cenar. Sin decirlo abiertamente, era nuestro premio a la reunión en familia. Para mí, fueron años difíciles en los que mi vida era una entrega sin tregua a la radio. Raro, muy raro, era el día entre semana que podía cenar con ellas. Así que, llegado el fin de semana, también, raro, muy raro era, que no los pasara por completo con las niñas. 

La cena de los sábados acostumbraba a ser algo festiva y sacábamos a la mesa platos y alimentos que, sobre todo, les gustaban a Loreto y Jara. Había un largo listado de cosas que les satisfacían, y que yo recibía también con sumo agrado. Una de estas era, precisamente, la rosca de pan rellena y cuyo hueco, rellenábamos de patatas fritas. Todavía alcanzo a visualizar sus caras de asombro y de felicidad. Habitualmente, la rosca era de jamón, que es la que más les gustaba. No dejaba de ser un bocadillo, pero un bocadillo muy especial y que ahora recojo en este caleidoscopio vital con una sonrisa llena de añoranza. Y hasta aquí voy a escribir.

Y como todo en esta vida tiene un principio, la primera vez que conocí la rosca de pan rellena fue en Barcelona, cortesía de mi hermana María Engracia. Cuando íbamos a visitarla, siempre nos tenía guardada alguna sorpresa gastronómica. En una ocasión, y también para cenar, nos obsequió con unas deliciosas roscas rellenas de diversos embutidos. Me parecieron un escándalo de buenas, crujientes y sabrosas. 

Como ya he comentado en alguna ocasión, la cocina y los alimentos están cargados de recuerdos. Y la rosca de pan rellena tiene escritos unos cuantos. 



lunes, 20 de mayo de 2024

01348 La Tarta de la Abuela

 DE NOMBRE DULCE Y AFABLE


En el día a día no acostumbro a tomar postre para cerrar la comida o la cena. Sí que es cierto, sin embargo, que cuando voy a un restaurante, y llegado el momento de pedir postre, como escuche o vea "tarta de queso casera", no lo dudo ni un segundo. También es cierto que, en más de una ocasión me han dado gato por liebre, y lo de casera, ni por asomo. Pero bueno, esto es otro cantar.

El caso, es que hace unos días comimos fuera de casa. A la hora de pedir los postres, solicitamos al camarero qué tenían casero. La respuesta fue: flan, natillas, tarta de queso, arroz con leche y tarta de la abuela. Cuando mi hija Jara escuchó la última propuesta, tarta de la abuela, pude comprobar por el rabillo del ojo su cara de satisfacción. Le encanta esta tarta y a mí, también. Así, que nos decantamos por ella.

Ni sé el tiempo que no comía esta tarta, que me supo a manjar terrenal. Cuando mis hijas eran pequeñas, alcanzado el fin de semana, la elaborábamos en casa. Incluso, en alguna ocasión, ha hecho las veces de tarta de cumpleaños. Creo que desde entonces no la había vuelto a probar. Tanto tiempo ha pasado, que hasta me ha costado encontrar la receta que poníamos en práctica por aquellos años. 

Hablar de la  tarta de la abuela, hasta su nombre es dulce y afable, es conectar con el pasado. Una tarta sencilla, pero plena de sabor, con la que nuestras abuelas hicieron de la nada, toda una virtud, y cuya receta ha ido pasando de generación en  generación, en su más estricto origen o con adaptaciones a los nuevos tiempos.

Las imágenes que ilustran esta entrada pertenecen a la tarta que tomé en el restaurante. Como ya he comentado con anterioridad, hace muchos años que no la elaboro. No obstante, como acabo de recuperar la receta, y que tanto me ha costado encontrar,  la dejaré a mano para reencontrarme de nuevo con este tradicional y delicioso sabor.

Ingredientes: 1 tableta de chocolate con leche (o chocolate negro) para postres, 100 ml de nata para montar, 2 sobres de preparado para hacer flan, 1 litro de leche, 100 ml más de leches para mojar las galletas, 3 cucharadas de azúcar y 450 gramos de galletas rectangulares tostadas.

Elaboración: Disolver el preparado de flan en un vaso de leche. Poner el resto de la leche y el azúcar en un cazo y calentar en el fuego. Cuando rompa a hervir, retirar del fuego y añadir la leche con el preparado de flan. Remover. Colocar de nuevo el cazo a fuego bajo y remover hasta que empiece a espesar. Colocar en un molde una primera capa de galletas, previamente mojadas en leche. Verter sobre ellas la mitad del flan y colocar otra capa de galletas. Incorporar la otra mitad del flan sobre las galletas y colocar una última capa de galletas. Dejar enfriar en el frigorífico durante una hora y cuarto. A continuación, poner la nata a calentar. Cuando empiece a hervir, retirar del fuego e incorporar la tableta de chocolate. Remover hasta que quede perfectamente fundido y verter por la última capa de galletas de la tarta. Dejar enfriar en el frigorífico unos 40 minutos. 



sábado, 18 de mayo de 2024

01347 La Tapa de los "Lingotes de Oro"

¡QUÉ GRATA SORPRESA!


Gloria nos ha vuelto a sorprender con otra de sus delicias gastronómicas. Han venido unos amigos a cenar a casa, y para postre nos ha deleitado con algo que a mí me encanta, tal y como ya he dejado constancia en este caleidoscopio vital: queso con membrillo. Ver 00290 La Carne de Membrillo con Queso

Sabía el menú que Gloria había preparado para esta noche, incluido el postre. Pero desconocía, cómo iba a salir a la mesa. Cuando lo he visto, me he quedado sin palabras. Solo he pensado: "si parecen lingotes de oro". Nuestro amigos no sé qué han pensado, pero el ¡ohhh! ha sido unánime.

Y es que verdaderamente, la presentación ha sido de una elegancia impresionante. Muy atractiva. Todos hemos coincidido en que daba pena empezar a abrir flancos al postre. Como nadie se decidía, he sido yo el que ha dado el primer paso y cogido la primera cuña de queso con membrillo. Los demás, finalmente me han imitado.

La tapa de "los lingotes de oro" consiste en una cuña de queso manchego semi curado, que soporta un trozo de carne de membrillo, para acabar coronada por media nuez. Colocadas todas las tapas sobre una bandeja de pizarra, se espolvorean pistachos machacados y se adorna con una cucharadita de mermelada de frambuesa. Todo un espectáculo.

En definitiva, una vistosa tapa, en este caso de postre, para acabar una cálida cena entre amigos, como la calidez de estos "lingotes de oro", convertidos en una más que grata sorpresa. 






















viernes, 17 de mayo de 2024

01346 El Puntal de Somo

 PLAYA DE REFERENCIA


Traigo hasta este caleidoscopio vital a mi playa de referencia. Un lugar hermoso y placentero; antes de cubo y pala, y ahora de reflexivo paseo. Una lengua de arena al capricho de una hermosa bahía. Se trata de la playa del Puntal, en la localidad de Somo, en Ribamontán al Mar, en el espacio de las dunas del Puntal y el estuario del Miera, frente a la hermosa y acogedora Santander.

Playa querida a fuerza de vivirla, de sentirla, de quedarse en las pupilas año tras año, de escapada en escapada, de pisarla, de respirar su brisa, con sus brumas y sus soles, mientras la mirada recorre una y otra vez un paisaje bello y aprendido.

Apenas la separan de Santander, en línea recta atravesando la bahía, unos 700 metros. Un arenal saliente de 2 kilómetros de longitud, y que es un punto y seguido de las playas de Loredo y Somo.

Ya no hay olas que saltar, ni nadie a quien acompañar en su entretenimiento. Ahora me acompaño a mí mismo, que también me necesito. Y camino sobre la aseada arena. Y pienso. Y miro a la derecha. Allí está mi faro de Mouro, vigía de este trozo de costa cántabra. Allí también se quedaron mis cuentos inventados de piratas y tesoros, y del hombre que vive solo. Y reflexiono. Miro al frente, a Santander, a la ciudad que sabe mirar al mar. Le guiño el ojo al Palacio de la Magdalena. Siempre le guiño el ojo. Es el signo de nuestra complicidad. Continúo dejando huellas a mi paso como un anónimo playista más. No me gusta para este caso el nombre de playista. Como un transeúnte en bañador más. Así mejor. Ya falta poco para llegar a la punta del puntal, desde donde disfrutar de una bahía, la de Santander, con todo su color y la actividad de barcas, botes, lanchas y yates. Un descanso y de regreso a Somo, acompañado solo con mis pensamientos y la dicha, sí, la dicha de reencontrarme una vez más con este pequeño y cuidado paraíso, que tiene por nombre El Puntal de Somo.