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miércoles, 29 de mayo de 2024

01358 Las Uvas con Regalo

 CURIOSA COMBINACIÓN DE SABORES


Llegado el sábado, se hace necesario romper la estricta dieta a la que nos sometemos, de manera voluntaria, a la hora de cenar. Habitualmente, nos acompaña el pan con tomate, un asiduo en estos casos, con algún embutido o queso, y si nos venimos arriba, con las dos opciones; "un día es un día". 

En esta ocasión, nos hemos venido muy, pero que muy, muy arriba, y además del pan, el tomate, los embutidos y el queso, hemos añadido un invento muy interesante: uvas sin pepitas, rellenas de queso azul. Total, que nos hemos ido de cabeza y hemos echado al traste todo lo bien que nos hemos portado durante la semana.

Estas uvas con regalo, como así me fueron presentadas, las ha preparado Gloria, como una adaptación que había visto en algún lugar. Cuando las he visto sobre la mesa, reconozco que me han echado para atrás y no he dado un duro por ellas. Y eso, que como ya he manifestado en algún lugar de este caleidoscopio vital, me encanta hacer "probatinas" con los alimentos, ya que soy muy amigo de las mezclas de sabores. Pero no sé, esta vez, algo me ha dicho que la cosa no iba por buen camino.

El caso es que ha llegado el momento de probar la primera uva con queso. He cogido uno de los frutos con mis dedos y lo he introducido entero en mi boca. Lo he acercado a mis molares, he mordido y... ¡qué pasada!. La uva estaba fría, dulce, tersa y el queso, a pesar de su potente sabor, para nada competía con el verde fruto. ¡Qué combinación más deliciosa! Tanto me ha entusiasmado, que el pan con tomate y el resto de vecinos han perdido su tradicional protagonismo en la cena de los sábados. 

Las uvas, con sus correspondientes trocitos de queso azul, han ido cayendo una tras otra. Conforme las he ido comiendo, la última me parecía más deliciosa que la anterior. No ha quedado en la fuente ni una para muestra. Cuando he ido a devolver la botella de agua al frigorífico, he visto que habían quedado algo más de una docena de uvas, y justo al lado, un trozo importante de queso azul. Ya está el aperitivo de mañana. Ya lo creo que sí. 







domingo, 17 de septiembre de 2023

01186 Higos y Uvas

 AL FINAL DEL VERANO


Dice mi suegra que "uvas y queso saben a beso". No he probado tal combinación, pero si lo dice ella, así será.

Yo soy más de uvas e higos, que no tienen rima, pero me lo paso pipa. Llevo un par de semanas cenando estos dos frutos. Prácticamente, desde que la higuera y la parra del huerto comenzaron a dulcificar sus frutos. Todos los días, un buen puñado de uva moscatel y siete higos. Podían haber sido seis, ocho o nueve higos, pero comencé hace ya algunos años con siete, y allí que sigo anclado. Manías.

Tanto la parra como la higuera son heredad de mi suegro, que en paz descanse. Las cuidaba como un tesoro, como todo lo que dependió de él en vida. En su ausencia, le tomé el relevo, aunque no le llego ni a la suela del zapato. Hago lo que puedo y mal que bien, cada año, y desde hace tres, voy consiguiendo que mantengan el tipo. Es lo menos que puedo hacer en su recuerdo.

Disfruto con estas cenas y también me pongo un tanto triste. Cenar en el mes de septiembre higos y uvas, significa que el verano está llegando a su fin y que pronto nos adentraremos en los días cortos de lluvias y fríos. Me gusta el estío con sus calores, olores, días de luz y largas horas de huerto, amén de otras excelencias. Pero como ser positivo se ha convertido casi en una obligación, esa tristeza es un mero atisbo, pues en menos que nos demos cuenta, llegará de nuevo la primavera y volveremos a empezar el ciclo vital. Mientras tanto, seguiré disfrutando de estas dulces y relajantes cenas, hasta que la parra y la higuera regalen sus últimos frutos.










miércoles, 19 de septiembre de 2018

00805 Las Uvas

CON ALGÚN PERO...


Mi gusto por este fruto comienza ya por su estética en la vid y la vistosidad de sus racimos. Llama la atención. No pasa desapercibido.

Si no fuera por mi tortuosa y desesperante relación con la uva, comería más. Me gusta, además de ser un momento entretenido. Solo la consumo llegado el mes de septiembre y el día de Noche Vieja con sus tradicionales doce unidades.

Me explicaré. Hay algunos alimentos de los que me encanta su sabor pero que por algún motivo tengo dificultad para que me pasen por el gaznate. Por ejemplo, la chufa o el coco. Los mastico todo lo que puedo, les saco toda la esencia y al final acabo sacando el resto de mi boca. No es plan.

Con la uva me sucede algo parecido. No puedo ni con sus pepitas ni con sus hollejos. Y mira que lo intento. Así,  que cuando me dispongo a comer uva necesito una preparación preliminar que es casi como un castigo. Tengo que coger grano a grano, partirlo por la mitad, desvestirlo de su hollejo y quitarle las pepitas. Tampoco es plan. Si alguna vez he hecho la hombrada de obviar la operación mencionada, y dicho lo dicho, os podéis imaginar el caos que se forma en mi boca.

Cuando tengo la oportunidad como ahora de coger las uvas de la propia parra me resulta más sencillo y no necesito tanto ceremonial. Se trata de una parra de confianza y  libre de pesticidas. Es una parra "brava". En este caso, cojo el grano, lo limpio con las yemas de los dedos y absorbo su pulpa. El resto, a una bolsa de basura. Disfruto lo que no está escrito. Una maravilla. Incluso me entreno a tragar granos, pero no hay manera. En fin, ¡viva la uva!