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lunes, 20 de mayo de 2024

01348 La Tarta de la Abuela

 DE NOMBRE DULCE Y AFABLE


En el día a día no acostumbro a tomar postre para cerrar la comida o la cena. Sí que es cierto, sin embargo, que cuando voy a un restaurante, y llegado el momento de pedir postre, como escuche o vea "tarta de queso casera", no lo dudo ni un segundo. También es cierto que, en más de una ocasión me han dado gato por liebre, y lo de casera, ni por asomo. Pero bueno, esto es otro cantar.

El caso, es que hace unos días comimos fuera de casa. A la hora de pedir los postres, solicitamos al camarero qué tenían casero. La respuesta fue: flan, natillas, tarta de queso, arroz con leche y tarta de la abuela. Cuando mi hija Jara escuchó la última propuesta, tarta de la abuela, pude comprobar por el rabillo del ojo su cara de satisfacción. Le encanta esta tarta y a mí, también. Así, que nos decantamos por ella.

Ni sé el tiempo que no comía esta tarta, que me supo a manjar terrenal. Cuando mis hijas eran pequeñas, alcanzado el fin de semana, la elaborábamos en casa. Incluso, en alguna ocasión, ha hecho las veces de tarta de cumpleaños. Creo que desde entonces no la había vuelto a probar. Tanto tiempo ha pasado, que hasta me ha costado encontrar la receta que poníamos en práctica por aquellos años. 

Hablar de la  tarta de la abuela, hasta su nombre es dulce y afable, es conectar con el pasado. Una tarta sencilla, pero plena de sabor, con la que nuestras abuelas hicieron de la nada, toda una virtud, y cuya receta ha ido pasando de generación en  generación, en su más estricto origen o con adaptaciones a los nuevos tiempos.

Las imágenes que ilustran esta entrada pertenecen a la tarta que tomé en el restaurante. Como ya he comentado con anterioridad, hace muchos años que no la elaboro. No obstante, como acabo de recuperar la receta, y que tanto me ha costado encontrar,  la dejaré a mano para reencontrarme de nuevo con este tradicional y delicioso sabor.

Ingredientes: 1 tableta de chocolate con leche (o chocolate negro) para postres, 100 ml de nata para montar, 2 sobres de preparado para hacer flan, 1 litro de leche, 100 ml más de leches para mojar las galletas, 3 cucharadas de azúcar y 450 gramos de galletas rectangulares tostadas.

Elaboración: Disolver el preparado de flan en un vaso de leche. Poner el resto de la leche y el azúcar en un cazo y calentar en el fuego. Cuando rompa a hervir, retirar del fuego y añadir la leche con el preparado de flan. Remover. Colocar de nuevo el cazo a fuego bajo y remover hasta que empiece a espesar. Colocar en un molde una primera capa de galletas, previamente mojadas en leche. Verter sobre ellas la mitad del flan y colocar otra capa de galletas. Incorporar la otra mitad del flan sobre las galletas y colocar una última capa de galletas. Dejar enfriar en el frigorífico durante una hora y cuarto. A continuación, poner la nata a calentar. Cuando empiece a hervir, retirar del fuego e incorporar la tableta de chocolate. Remover hasta que quede perfectamente fundido y verter por la última capa de galletas de la tarta. Dejar enfriar en el frigorífico unos 40 minutos. 



domingo, 17 de julio de 2022

1010 Las Trufas de Chocolate

Y A SER POSIBLE, LAS DE ARRESE


Traigo hasta este caleidoscopio vital otra de mis debilidades: las trufas de chocolate. Vaya por delante que se trata de una debilidad contenida. De hecho, según me indica la información de las fotografías que acompañan este texto, las últimas que degusté datan de diciembre de 2018. Una generosa caja que me regaló mi querida cuñada/hermana Ana en una visita a Huesca desde Bilbao. Los deliciosos dulces, a pesar de mi débil interés por mantenerlos en el frigorífico y así disfrutarlos durante unos cuantos días, no alcanzaron la tercera jornada con nosotros. Superior a mis fuerzas.  Bueno, por no faltar a la verdad, las Navidades pasadas comí una aproximación a este dulce. Sí, en la caja roja que las acogía ponía trufas de chocolate, pero nada que ver con las auténticas trufas, con la de verdad.

Y es que para hablar de trufas de chocolate del 10 tengo que volver a recurrir, como ya he hecho con anterioridad con algún que otro dulce, a la bilbaína Pastelería Arrese. Son las mejores que hasta ahora he podido probar. Me resultan deliciosas, finas, nada pesadas y con unos sabores muy, muy especiales: Baileys, Chocolate, Cointreau, Nata, y Nata y Chocolate, estas últimas para mí, el no va más de las trufas. Es por eso que cuando mi querida Ana, sabedora de mi debilidad por este dulce, me obsequia con una caja de trufas de Arrese, lo celebro como niño con zapatos nuevos.

Hubo un tiempo, en la prehistoria de mis días, que me dio por hacer trufas caseras con una receta que me facilitó mi hermana María Engracia. Dejé de elaborarlas porque comenzaron a convertirse en una adicción desmedida e incontrolable. Aunque no tenían nada que ver con las de Arrese, ni de lejos, salían “resultonas”. Todavía conservo la receta de puño y letra de mi hermana. Cualquier día de estos me vengo arriba y vuelvo a recrear la receta. Dice así:

Ingredientes: 250 gramos de chocolate fondant, una generosa cucharada de mantequilla, 200 ml de nata para montar y 200 gramos de fideos de chocolate. Opcional, un chorrito de cognac o del licor que se desee.

Elaboración: Ponemos en un cazo el chocolate troceado y la mantequilla, y derretimos a fuego medio. (Esta receta tiene ya sus años, así que ahora podemos derretir el chocolate y la mantequilla en el microondas). Montamos la nata que añadiremos al chocolate, una vez templado, y que mezclaremos con movimientos envolventes. Este es el momento, si se quiere, de incorporar el licor que nos guste. Dejamos enfriar la mezcla en el frigorífico durante un par de horas. Hacemos bolas con la masa y las rebozamos con los fideos de chocolate. Dejamos de nuevo en el frigorífico y listas para comer. Recomendación: hacer bolas que se puedan meter en la boca de un solo bocado.

Por cierto, muchos son los países que se adjudican el descubrimiento de las trufas de chocolate. Si bien, todo parece apuntar que este dulce se debe a la imaginación de Louis Dufour, un pastelero de la localidad francesa de Chambéry, en el departamento de Saboya. Al parecer, “el 28 de diciembre de 1895 el señor Dufour se dio cuenta de que su almacén se había quedado vacío de provisiones y que no iba a poder surtir sus clientes. Rehusó a pedir ayuda a otros pasteleros de la región, por lo que tuvo que imaginar una solución. Decidió entonces fabricar él mismo un producto digno de la calidad de su boutique pero que fuera de fabricación rápida. Primero removió la crema, luego añadió cacao, vainilla y en un instante la mezcla estaba hecha... Con mucho cuidado formó pequeñas bolitas que mojó en una cobertura para después hacerlas rodar en el polvo de cacao. Así nació la primera trufa, una pequeña creación saboyana que fue la última inspiración de este genial pastelero”.

 




lunes, 28 de febrero de 2022

00939 El Chocolate con Churros

 Y VICEVERSA


No sé si me gusta más el chocolate con churros o los churros con chocolate. Sería un largo y estéril debate. De lo que no me cabe duda alguna, es que me sienta fatal, aún gustándome a rabiar uno y otros. Dicen que son cosas de la edad.

Cuando ahora se tercia la posibilidad de sentarme ante un buen chocolate con churros, me lo tomo como si se tratase de  una fiesta aún sabiendo que luego me pueda arrepentir de haberlo hecho. Son tan contadas ocasiones al año las que ingiero tal manjar, que lo disfruto como si no hubiese un mañana. Si mi mesura fuese determinante con la dorada y alargada masa de harina, agua y una pizca de sal, frita en aceite y espolvoreada de azúcar, sería más llevadero y a lo mejor podría aumentar el número de veces las que me acercara hasta esta maravillosa combinación alimenticia. Pero como no es el caso, como no tengo talento ni cuidado alguno, me tengo que conformar con sentarme ante ellos en contadas ocasiones, siempre con una botella de agua bien fría a mano y siempre también, rezando para que su ingesta sea lo más llevadera posible. ¡Qué sé yo las veces que he tenido que reprimir mi tentación por un buen chocolate con churros! Hasta he tenido que desviar la mirada cuando he visto a alguien untar un crujiente churro en el cremoso chocolate o hacer como que pierdo temporalmente el olfato cuando paso junto a una churrería. ¡Qué tentadores que son!

Llegado el caso, cuando tengo la oportunidad de sentarme frente a un chocolate con churros, no puedo evitar de exhibir una sonrisa y recordar momentos y tiempos felices. Y es que churros y chocolate van íntimamente ligados a eso, a instantes y días de felicidad y dicha: Festividades, cumpleaños, desayunos dominicales en familia, fiestas, vacaciones, ferias, meriendas improvisadas en casa con la ayuda de mi heredada churrera doméstica y recogida en este caleidoscopio vital en la entrada número 340. Y cuando todo esto recuerdo, me digo que algo tan lleno de ingenuo placer, felicidad, dulzura y sugerente sabor, nunca puede sentar mal. Y oye, como que funciona. O quiero que así sea.

Me he interesado en saber cuál es el origen del churro y no parece estar muy claro. Algunas fuentes señalan que su receta fue creada a partir de una preparación china llamada youtiao, siglo XII, que no es otra cosa que una masa de pan, salada y frita. Otras fuentes apuntan que es difícil que el churro se originara en China y lo asocian más a la receta del buñuelo, de origen árabe.

También he podido leer que para encontrar las primeras churrerías que hubo en España, hay que remontarse al siglo XIX en la provincia de Zaragoza, "donde el producto se volvió popular entre la población más humilde, consumiéndolo en las fiestas y verbenas". Y que el nombre de churro proviene de las ovejas autóctonas de Castilla y León, donde los pastores acostumbraban a consumirlo, ya que su elaboración en hogueras era más sencilla que el pan, que necesitaba un horno de leña. 










sábado, 8 de julio de 2017

00511 El Chocolate

PERO CON LECHE


He estado dudando si incluirlo en las cosas que me gustan. Alguna vez que ha salido la cuestión a relucir, de la boca de alguien a quien sí le gusta de verdad el chocolate, acaba decidiendo por mí, que no me gusta. Y en parte, quienes así me lo hacen indicar, tienen razón. A quienes les gusta de verdad el chocolate, buscan aquel que contenga mayor porcentaje de cacao. Todo lo contrario a lo que yo hago. Cuanto menos cacao, mejor. Vamos, que el chocolate negro ni ver. Sí, en cambio, me gusta su fuerte y penetrante olor.

Yo soy más de los chocolates con sabores, crunchs... y en mi top ten particular de las tabletas; el Nestlé de envoltorio rojo de toda la vida y el Milkibar de chocolate blanco. Ya, cuando mis interlocutores oyen lo que acabo de escribir, es cuando deciden que a mí no me gusta el chocolate y que no sé lo que me pierdo, ya que además, es muy beneficioso para la salud. Que si es un alimento rico en antioxidantes, rico en flanovoides. Que si los nutrientes presentes en el chocolate ayudan a la formación de bacterias buenas en el organismo. Que si el chocolate protege la piel del sol y la previene de quemaduras solares. Que si favorece la concentración y la memoria (ahora entiendo el por qué de mi falta de concentración y de mi deteriorada memoria). Que si ayuda a prevenir el estrés y mejora el estado de ánimo. Que si los antixoidantes que contiene el chocolate contribuye a mantenernos jóvenes..... Y es cierto, pero yo no puedo con el chocolate tan puro.

Donde disfruto es en la fábrica de chocolates Lindt, en Olorón. Allí me vuelvo loco, y eso que como ya he mencionado en numerosas ocasiones, no doy un paso por lo dulce. Pero ese día, me transformo con la cantidad de propuestas chocolateras que aquí encuentro. Una vez satisfechas mis apetencias, será raro hasta mi siguiente visita, que vuelva a catar el chocolate, salvo por algún capricho imprevisto.

Sí, de acuerdo, no puedo decir que me guste el chocolate. Tengo que decir que me gusta el chocolate con leche y en su justa medida. La verdad, es que me daba pena que estas fotografías no formaran parte de mi caleidoscopio vital.