lunes, 16 de febrero de 2026

01721 Me lo Enseñó la Luna

 EN UNA NOCHE DE CAMINAR ERRANTE


No todos los días son un regalo ni todas las noches te obsequian siempre con su descanso. Hay días que masticarlos se hace bola. Cuesta afrontarlos y la mochila de los recursos parece estar fuera de servicio. Darte por vencido y abandonarte no es la solución. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo lidiar el abatimiento que parece sentirse cómodo en tu piel? 

Me lo enseñó la luna en una noche de caminar errante. Las calles vacías de la pequeña ciudad apenas invitaban a una incipiente fantasía. En otros momentos me hubiese funcionado como recurso. Pero esa noche no era el caso. El silencio tentaba con entrar en conversación, pero mis palabras se habían quedado en casa. No recuerdo si en la almohada o amontonadas sin orden en la mesa de mi despacho.

Seguí caminando calado de pesadumbre. Un joven ebrio se interpuso en mi camino. Por sus gestos intuí que quería un cigarrillo. A saber, dónde, el muchacho, también habría olvidado sus palabras. Tuvo suerte. En la cajetilla todavía quedaban seis pitillos. Le ofrecí dos que fueron recibidos con nuevos gestos y que intuí podrían significar agradecimiento por el tabaco regalado. Conforme nos alejábamos, escuché salir de su boca un farfullo de vocablos. ¡Qué guerra se llevaría! Solo alcancé a desearle, también sin palabras, que la noche se le hiciese corta. Creo que los dos, por diversos motivos, lo necesitábamos.

Cada vez arrastraba más los pies. Mala cosa. Acostumbra a sucederme cuando estoy en un bucle existencial. No sé muy bien qué significa, pero suena bien. Cansado de deambular totalmente desnortado, me senté en un banco. Saqué de nuevo del bolsillo la cajetilla de tabaco, extraje de ella un cigarrillo, lo lleve a mi boca, lo encendí, aspiré su humo todo lo que dieron de sí mis pulmones y con la mirada perdida en el cielo exhalé la fumarada.

Allí estaba ella, grande, hermosa, luminosa, dominando el oscuro escenario con su blanca, atractiva, enigmática y prestada luz. La miré fijamente en todo su esplendor. Tiré al suelo lo que quedaba del pitillo, lo aplasté con la suela del zapato y sin dejar de observarla me levanté del asiento para comenzar de nuevo a caminar. Me dejé llevar por ella entre calles y callejas, desconociendo el destino que me habría reservado. Por poco atractivo y placentero que fuese, algo me decía que iba a merecer la pena haber picado su llamativo señuelo. Sin distraer mi mirada de ella, me abandoné a su capricho.

Perdí la noción del tiempo y con ella, también mi abatimiento. Sin yo saberlo, había llegado a mi destino. La oscura y plácida noche se engalanaba, en uno de los parterres del solitario parque, con unos erguidos tulipanes rojos, en franca competencia con unos violáceos pensamientos, acompañado todo de  un agradable y penetrante olor a tierra mojada. El escenario, del que apenas llegar me hizo sentir protagonista, me pareció sencillamente fascinante por lo hermoso e inesperado. Poco había que decir, solo sentir. Sentir un breve instante de necesitada paz y requerido sosiego. Me senté en un banco próximo y dirigí mi agradecida mirada hacia la luna, a ella que sabe de todos nosotros y cómo auxiliarnos en nuestras urgencias. 

Lo aprendí de la luna en una noche de caminar errante.







viernes, 5 de diciembre de 2025

01720 La Tortilla de Berenjenas

TORTILLA OTOÑAL


Está claro que la berenjena me encanta, a tenor de las entradas que le he dedicado en este caleidoscopio vital. En esta ocasión se presenta de forma sencilla y casi desnuda, sin florituras.

El caso es que este año el huerto me ha obsequiado con un buen número de ejemplares y además, de un aspecto de llamar la atención. Durante todo el verano la berenjena ha estado muy presente en mi dieta y yo encantado.

El ciclo del fruto ha llegado a su fin y es el momento de recoger los pocos que quedan en el huerto. En lo concerniente a las berenjenas, las que todavía se asoman en las ya deterioradas plantas, son de pequeño tamaño. Alguna grande también he recogido, aunque bastante maltrecha por la presencia de los caracoles. Este año, los animalitos con la casa a cuestas también han disfrutado, como yo, del huerto.

Siguiendo con mi lema de "aquí no se tira nada", he limpiado bien las moradas lágrimas para abrir la veda de las tortillas de berenjenas. ¡Y cómo las he disfrutado! ¡Qué cenas más gustosas y familiares nos han deparado! 

Se trata de una de mis preferidas tortillas otoñales. Más bien para cenar y acompañada de unas rodajitas de pan con tomate. Me resulta una tortilla cálida y de grato recuerdo. Creo que esta es la última del año. En el frigorífico todavía quedan algunas pequeñas berenjenas, pero me temo que poco o nada se podrá aprovechar ya. Me quedaré y guardaré su regusto hasta la nueva temporada. En cuatro fríos y unos cuantos soles volverán a alegrar el huerto.





miércoles, 3 de diciembre de 2025

01719 De Chiripa

 POR CASUALIDAD


Fue en un viernes de una mañana otoñal, en un paseo sin norte, de los de ver, caminar, vislumbrar y admirar. Y a cada paso, en el silencioso bosque, un crujir de hojas de secas bajo encinas que despedían sus frutos imposible ya de retener.

Detuve mi caminar, me puse en cuclillas y cogí al azar dos bellotas todavía verdes. Me gusta la apariencia de este fruto. Las deposité en la palma de mi mano izquierda y las inmortalicé en una instantánea para mis cosas de andar por casa. Un divertimento como otro cualquiera. Después, las dejé caer de mi mano para confundirse en la tierra con el resto de ejemplares y seguí mi paseo sin norte disfrutando de un paraje que parecía querer abrazarme en cada paso, en cada mirada, en cada aliento.

Al llegar a casa, retomé mi deleite revisando las fotografías realizadas a lo largo de mi paseo matinal. Hay que intentar que las bellas imágenes encuentren su acomodo en la memoria, algo cada día más complejo. Al llegar a las bellotas, algo me llamó poderosamente la atención, y que en su momento me pasó totalmente desapercibido. Una de los frutos sostenía dos minúsculas gotas de agua, dos pequeñas lágrimas de rocío. Observé la imagen detenidamente mientras a mi cabeza acudían algunas reflexiones; lo inadvertidas que nos pasan las cosas insignificantes, hasta el punto de ser incapaces de ver toda su grandeza... o que muchas de las cosas que nos pasan suceden por casualidad o porque la suerte nos ha sido favorable. Vamos, lo que viene siendo de chiripa. Y comencé a pensar, ya puestos a seguir entreteniéndome, en la cantidad de cosas y situaciones que me han sucedido y en las que la suerte oportuna o una casualidad feliz han tenido su protagonismo. Ha sido curioso el resultado, al igual que las dos bellotas con sus dos gotas de rocío.






lunes, 24 de noviembre de 2025

01718 Un Plato Disfrutón

 UNO DE TANTOS DELICIOSOS PLATOS COMBINADOS


Nunca como hasta ahora me había declarado tan fan de los platos combinados. Pero no de los platos combinados para cubrir el expediente, sino de los elaborados a conciencia, con sabor y que gusten a la vista.

Este verano la huerta ha tenido a bien regalarme una buena cosecha de pimientos morrones. Y cuando digo buena, es que ha sido excepcional. Sobre todo, si la comparo con años precedentes, cuando el número de ejemplares se podían contar con los dedos de las manos. Tan aburrido me tenían, que este año estuve a punto de pasar de ellos, pero a última hora me arrepentí, y visto el resultado, ahora no me arrepiento de haberme arrepentido. ¡Qué lío!

El caso es que, como digo, este año ha sido magnifico, ya no solo en cantidad, sino en calidad y tamaño. A casa los traía del huerto entreverados y los depositaba en un mueble de la cocina. No tardaban ni cuatro días en adquirir su característico color rojo, prestos para ser horneados. A partir de aquí, después de pelados y cortados a tiras, les esperaba una buena conserva o un gran táper que dejaba en el frigorífico para consumir a demanda, según las apetencias del momento.

El plato combinado que traigo hasta este caleidoscopio vital es un ejemplo de lo mencionado, compuesto por cuatro alimentos que se complementan a la perfección. Los loados pimientos rojos asados, solo con aceite y sal, huevo duro, tomate, también del huerto, y lomo adobado a la plancha. Suficiente para, como dice mi hija Jara, sacar a la mesa un plato "disfrutón". Y así lo acometí, disfrutándolo de principio a fin.




lunes, 17 de noviembre de 2025

01717 Las Patatas Rebozadas

 Y VAN VEINTIDÓS


A tenor de lo visto en este blog, queda claro que me encantan los empanados, rebozados y frituras, siempre con moderación, claro está. En esta ocasión, traigo hasta este caleidoscopio vital mi última adquisición: patatas rebozadas. ¡Sorprendentes! Nunca se me hubiese ocurrido y cuando las probé me parecieron de lujo.

Fue Gloria quien las trajo a la mesa. Allí me las encontré. No tenía ni la menor idea del menú. Mis días de huerto ocupan toda mi atención y prácticamente llego a mesa puesta. Después de pasear a Humphrey y de la obligada ducha para sacarme la tierra del cuerpo, me senté a la mesa y fue cuando aparecieron ante mis ojos unas pequeñas y doradas bolas aplastadas. No tenia la menor idea de qué se trataba. Pregunté y la respuesta fue: "pruébalo y averígualo tu mismo". Y así lo hice. El bocado no invitaba a confusión alguna. Estaba claro que se trataba de unas crujientes patatas rebozadas. ¡Qué cosa más rica y caprichosa! La primera porción la tomé tal cual, a pesar de estar acompañadas con una mayonesa rosa un poco picante. Las siguientes las unté en la salsa y ya fue una explosión de alegría y emoción. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de la mano de la sencillez.

Después de saborear hasta la última porción, le pregunté a Gloria sobre su elaboración y me dijo algo así como "se pelan las patatas, se cortan como si fueras a hacer patatas fritas, pero más pequeñitas, se secan bien con un paño de cocina, se cogen pequeños puñaditos, se sazonan, se pasan por harina y huevo y se fríen en aceite de oliva bien caliente. Una vez fritas, se colocan, antes de servir, en papel absorbente de cocina". Todavía sigo con la boca abierta.

A la hora de listar esta entrada, me acabo de enterar que las patatas suman ya veintidós entradas, y las que faltan por llegar. Todo un mundo este de la patata.






viernes, 7 de noviembre de 2025

01716 Los Turrones

 YA NO SOMOS LOS MISMOS


Además de las generalizadas notoriedades que nos hacen observar el paso de los años, como son el espejo al que te asomas cada día, los distintos dolores con los que te despiertas cada mañana o ver cómo han crecido tus hijos, existen otros medidores, más personales, que lo demuestran también a la perfección. De estos últimos, hay varios; uno de ellos, el turrón.

Este dulce típico y tradicional de las fiestas navideñas me gusta desde que tengo uso de razón. En mi época infantil y juvenil no había mucho dónde elegir: blando de Jijona, duro de Alicante, de yema tostada y tortas de nieve con avellanas. Mi madre siempre compraba los turrones a Antonio Cremades, un turronero alicantino, que llegado el mes de diciembre se desplazaba hasta Huesca e “improvisaba” la venta de turrones en los patios de las casas del centro de la ciudad con un cartel como reclamo en el que se podía leer: ¡ALTO AQUÍ! Por lo que escuché en alguna ocasión a mi madre, algunos años se instalaron en el portal de casa, en el Coso Bajo, 11. Yo los recuerdo ya en el portal de la casa vecina, hasta que después de muchos años se trasladaron a la calle Perena, abriendo una tienda temporal, lugar donde se localizan en la actualidad, próxima a la iglesia de Santo Domingo de la capital oscense.

He tenido la curiosidad de recoger algunos anuncios publicados ante la llegada del afamado turronero en el periódico local de la época. Y así, el más antiguo que he encontrado data del 15 de diciembre de 1892, publicado en el Diario de Huesca. Dice así literalmente: “Antonio Cremades, que tenía establecida su venta de turrones en los Porches de Verdejo, se ha trasladado con dicho género al número 9 y 11 del Coso Bajo, el que tiene el honor de ofrecer al público los géneros siguientes: Turrones de Jijona, de Alicante, Yema y de Nieve; dulces secos de todas clases y peladillas de Alcoy, todo a precios reducidos, con el fin de realizar su venta”.

Otro anuncio, también publicado en el Diario de Huesca, data del 20 de noviembre de 1897. Reza así: “¡Ya llegó! El antiguo y acreditado turronero Antonio Cremades, el cual como en años anteriores, ha traído las diferentes clases de turrones, conocidas ya en esta capital por su especialidad, y ha instalado su garita en la feria, frente a la peluquería de Ramón Pueyo”. Y uno más, encabezado por un mayúsculo ¡ALTO AQUÍ! y publicado en el diario Nueva España de Huesca el 23 de diciembre de 1949.

En épocas más recientes, el texto de los anuncios se adaptaría a los nuevos tiempos, eso sí, bajo el reclamo del consabido ¡ALTO AQUÍ¡

La presencia de este turronero en Huesca era uno de los primeros indicios externos que anunciaba la inminente llegada de la Navidad, o al menos, así siempre lo sentí. Aquellos primeros años que ahora recuerdo fueron austeros. Hermosos y sentidos años, pero austeros. También el dulce navideño corría la misma suerte. No faltó nunca, aunque se servía con discreción.

Con el paso de los años se fueron incorporando a la mesa navideña otros sabores: chocolate, coco, sin azúcar, en atención a la diabetes de mi madre, de chocolate y almendras… y un turrón de fresa y nata que comercializaba Chocolates Lacasa. Un turrón que para mí era adictivo hasta la enfermedad. Y no es una forma de hablar, ya que, en una ocasión, ya madurito yo, me puse enfermo después de ventilarme de una sentada una tableta entera. Desde aquel entonces no lo he vuelto a probar. Ni tan siquiera sé, si continúan elaborándolo.

Este dulce, sinónimo de fiesta en familia, escasamente llegaba al día de Reyes. De algunos de los aplaudidos sabores, para esta fecha ya no quedaba ni la caja. Y es aquí donde retomo, después de irme por los cerros de Úbeda, el inicio de esta entrada, cuando decía que además de las generalizadas notoriedades que nos hacen observar el paso de los años, existen otros medidores, más personales, que lo demuestran también a la perfección.

Ahora, en casa compramos menos tabletas de turrón. Los sabores tradicionales nos siguen acompañando, además de incorporar alguna novedad. El dulce navideño ya no se termina con las fiestas. Nos acompaña durante algunos meses más. Algunos años, incluso cuando aprieta el calor, todavía quedan restos. Y es que, como decía con anterioridad, el turrón sigue siendo igual de rico y placentero o más, pero, como dijo el poeta, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Habrá que asumirlo sin castigarnos demasiado.




jueves, 4 de septiembre de 2025

01715 El Gazpacho con Mango

INTERESANTE Y SENCILLA PROPUESTA


¡No me lo puede creer! Con lo que me gusta el gazpacho y todavía no lo había incluido en mi caleidoscopio vital. Me he querido asegurar echándole un vistazo a todas las entradas del blog y efectivamente, aún no lo había recogido. ¡No doy crédito! Precisamente, ayer elaboré un gazpacho con unos hermosos y maduros tomates pera recogidos en el huerto. Como diría mi madre, "no estoy en lo que celebro".

El caso es que el gazpacho que traigo a colación lo probé en una reciente celebración de cumpleaños familiar. No se trata del tradicional gazpacho andaluz, sino de una "reinterpretación" de esta popular sopa fría. La autora de esta delicia fue mi sobrina Isabel quien, a la hora de sacarlo a la mesa, buscó entre los comensales nuestra aprobación. Y ya lo creo que la obtuvo, y por unanimidad.

La gracia añadida a este gazpacho es el mango. El ligero dulzor del fruto le confiere a la sopa un agradable sabor, si bien la textura es algo más cremosa que el tradicional gazpacho andaluz. Me pareció una interesante propuesta, digna de ser recordada.

Ingredientes: 1 kilo de tomates maduros, 1 mango grande, 1/2 pepino, 1/2 pimiento verde italiano, 1 diente de ajo, vinagre de manzana, 2 cucharadas de aceite de oliva virgen extra, sal,  y unos pistachos tostados, así como un mango pequeño para finalizar el emplatado.

Elaboración: Pelar y trocear los tomates, el mango, el pepino, el pimiento y el ajo, e introducir todo en una batidora junto con el vinagre de manzana, el aceite y un pellizco de sal. Triturar hasta que no quede grumo alguno. Servir bien frío, y a la hora de emplatar y sacar a la mesa, añadir a cada tazón de gazpacho unos dados de mango junto con unos pistachos tostados y pelados.