jueves, 19 de marzo de 2026

01730 Mi Zona de Confort

 CONTRACORRIENTE


Tengo la ligera impresión de que siempre he vivido contracorriente. Y así me ha ido. Echo la vista atrás y me veo envuelto en decenas de batallas, la mayoría con resultado de derrota y fracaso. Aun así, el mal sabor que la lid en cuestión me dejaba, duraba poco. No transcurría mucho tiempo que ya estaba metido hasta las trancas en otro asunto.

Llegada la jubilación la cosa cambió. Continúo metiéndome en algún que otro fregado, pero nada que ver con los anteriores, y si veo que me va a acarrear incomodidad o sufrimiento, abandono la causa. Con todo, me da la impresión de que sigo viviendo contracorriente. Ahora, cuando todo el mundo parece querer salir de su zona de confort, yo cada día me apalanco más en ella. Bastante "desconfortado" he vivido.

Sí, me gusta mi zona de confort, a pesar de lo que digan psicólogos, pseudo progres, influencers, creadores de contenidos o modernos al uso. Cómo renunciar a un huerto que me lo todo, a una hermosa puesta de sol, a un anónimo paisaje, a un café sin tiempo, a ese primer sorbo de una cerveza, a un sueño recurrente, a la esencia de las cosas más insignificantes, a una mirada al mar, a la lectura de un libro bajo una higuera, a unos pinceles en las manos de un aprendiz, a una lágrima emocionada o a una buena sobremesa. Se acabaron los cantos de sirena. Es tiempo de elegir mis propios sonidos.



sábado, 14 de marzo de 2026

01729 La Cuajada con Miel

 BIENVENIDA DE NUEVO


Resulta curioso comprobar cómo determinados alimentos, igual que las tormentas, llegan y desaparecen de nuestras vidas. De estos tengo varios ejemplos, y la cuajada es uno de ellos. Hubo un tiempo, de esto hace ya muchas lluvias, que la cuajada la consumía casi a diario e incluso si comía fuera de casa, era uno de mis postres predilectos: cuajada con miel y nueces. Me encanta. 

Sin motivo alguno, relegué el lácteo para consumirlo de forma esporádica y casi por antojo. Cuando vivía en casa de mi madre era ella quien las elaboraba. Anda que no fui veces a la farmacia a comprar cuajo. Además, este hecho traía un anuncio implícito. Si mi madre me decía, "vete a la farmacia y trae cuajo", eso significaba que venía mi hermano Antonio a pasar unos días a casa. Le encantaba como a mí, solo que, al contrario que yo, él siguió consumiéndola sin paréntesis alguno. Hasta hace bien poco, todavía conservaba, puede que quede alguno, los tarros de cerámica donde mi madre elaboraba las cuajadas; tarros que atesorábamos en algún restaurante en el que de postre habíamos solicitados la mencionada cuajada con miel y nueces o simplemente cuajada con miel. Eran tiempos en los que se guardaba y aprovechaba todo.

Hace unos meses, mi hija Jara decidió que los viernes se tomaría en casa algún postre dulce. Es laminera. Y así, cada viernes nos viene sorprendiendo con algo dulce, previo paso por el supermercado que le coge de camino del trabajo a casa. Unos días es helado, otros tiramisú o brownie, otros algún tipo de tarta... y curiosamente, un viernes que, al parecer, no había nada que le "molara", apareció con unas cuajadas. Me sorprendió, además de activar mi máquina de los recuerdos. No sé cuánto tiempo había pasado desde que tomara mi última cuajada. Recordar y recuperar su sabor me pareció algo extremadamente delicado que por un momento me hizo feliz. Mi madre, mi hermano Antonio, la mesa camilla, el comedor, el "insoportable", pero necesario ruido de la cucharilla en contacto con el vaso de cerámica para recoger hasta la última gota de cuajada... Celebré su inesperada llegada a casa, tanto que desde aquel día, siempre hay cuajadas en el frigorífico y rara es la noche, como en otros tiempos, que no ceno una cuajada con miel. Y es que, no sé qué me da, que ha vuelto para quedarse.

La cuajada, un producto lácteo tradicional cuyos orígenes se localizan en el País Vasco y Navarra, se fundamenta en leche cuajada obtenida por la coagulación de esta al añadirle cuajo. La receta original se elabora con leche de oveja cruda, si bien se puede utilizar leche de vaca fresca, nunca UHT, que es la que se vende en los lineales sin refrigerar de los supermercados, porque no cuajaría.

La verdad es que nunca presté mucha atención al proceso de elaboración de la cuajada casera que hacía mi madre. Solo recuerdo de ir a comprar el cuajo a la farmacia, así como la leche fresca de la desaparecida Central Lechera Osca. Me apetece emularla, pero como no tengo ni idea por dónde empezar, he recurrido a una de mis páginas web de cabecera, www.directoalpaladar.com, para aprender. Y esto es lo que he leído a través de las explicaciones y conocimientos de Carmen Tía Alia: "Tradicionalmente se elaboraba en un recipiente de madera llamado "kaiku", un cuenco de madera con forma de cono truncado y ligeramente inclinado. En él también se transportaba la leche recién ordeñada hasta los caseríos donde se preparaba la cuajada" (...) "A pesar de ser consciente de lo fácil que era preparar cuajada casera, no me animé a hacerlo hasta probar la auténtica. Había dos cosas que me echaban para atrás y es que para prepararla son necesarios: cuajo y leche fresca de oveja, no uperisada. Hoy en día pocos son los que, por razones de seguridad e higiene, mantienen uso del kaiku y en su lugar se utilizan tarros de barro. No obstante el proceso de elaboración de la cuajada sigue siendo el mismo y el punto de partida es la leche caliente. Lo primero es una bobadina, pues el cuajo se puede encontrar fácilmente en las farmacias, lecherías y establecimientos donde vendan suministros para hacer queso. No cuesta mucho dar con él, aunque quizás tengáis que encargarlo. Lo segundo es un poco más complicado en una gran ciudad (y la que escribe vive en Madrid) porque la leche fresca de oveja, recién ordeñada, no se comercializa. Quienes tengáis la suerte de tener pueblo (con ovejas, claro está) lo tenéis chupado y podréis hacer una cuajada casera tradicional cuando allí os encontréis".

Ingredientes para 5 unidades: 1 litro de leche de oveja entera y 20 gotas de cuajo natural líquido.

Elaboración: Colocamos la leche fresca de oveja en una cacerola al fuego y calentamos. Si usamos cuajo de repostería no debemos sobrepasar los 55º centígrados, y si usamos cuajo de farmacia la temperatura máxima es de 38º. El exceso de calor destruye el cuajo, así que es importantísimo no sobrepasar estas temperaturas. Lo ideal es usar un termómetro de cocina. Una vez alcanzada la temperatura adecuado, retiramos la leche de la fuente de calor. En este momento podemos proceder de dos manera: añadiendo el cuajo a la cacerola, meneando la cacerola para que se mezcle con la leche y vertiendo el contenido en cinco tarros individuales o introduciendo cuatro gotas de cuajo en cada tarro, con estas cantidades salen cinco unidades, y repartiendo la leche caliente entre ellos. En cualquier caso, una vez que la mezcla de leche y cuajo esté en los tarros, solo que esperar 10-15 minutos, sin mover (importantísimo), a que se produzca la magia. Por último esperamos unos minutos más a que se atempere ligeramente antes de trasladar los tarros a la nevera. Dejamos enfriar un par de horas antes de servir.

"Para quienes no tenemos acceso a la preciada leche fresca de oveja, la solución está en algo tan simple como mezclar un litro de leche de vaca fresca o pasteurizada (nunca UHT) con dos cucharadas de leche entera en polvo y remover hasta que no queden grumos. A partir de aquí el proceso es el mismo. Calentar la mezcla de leches hasta alcanzar las temperaturas indicada anteriormente. Verter en tarro de barro cuatro gotas de cuajo en la base de cada uno, esperar 10-15 minutos sin mover y ¡bingo! El resultado es una cuajada más que digna, aunque no sea 100% original.








jueves, 12 de marzo de 2026

01728 Las Chiretas Rebozadas

 CON O SIN ACOMPAÑAMIENTO


Retornan las chiretas hasta este caleidoscopio vital. Se trata de un embutido típico de la cocina altoaragonesa, más en conceto de las comarcas de Sobrarbe, Ribagorza y Somontano de Barbastro, y cuyo origen habría que localizarlo en aquellos tiempos en los que se aprovechaba absolutamente todo. En síntesis, este bocado de la cocina tradicional, consiste en la tripa limpia de cordero, rellena de arroz condimentado, pulmón y corazón del citado animal, cosida y hervida. No obstante, contempla otra variedades de preparación y elaboración. En sus inicios, las chiretas se servían calientes tras la cocción y sin más acompañamiento. En la actualidad, su presentación más habitual es, una vez enfriada la chireta, cortada en rodajas y cocinadas a la plancha, fritas o rebozadas.

Desde que me reencontré con este embutido no hace muchos meses, he podido comprobar cómo en bares y restaurantes, además de servirlo como tapa, lo han sabido colocar como almuerzo acompañado de huevos fritos y patatas fritas, huevos fritos y pimientos fritos o combinaciones similares. Me parecen propuestas muy acertadas y cuyos sabores combinan a la perfección.

A mí me gustan de cualquier manera, si bien, rebozadas, simplemente pasadas por harina y huevo, y fritas en aceite, me parecen una pasada. Además, este cocinado me trae gratos recuerdos que se remontan al día de mi boda, de esto hace ya casi cuarenta años. Me casé con Gloria en la Catedral de Roda de Isábena y antes de la comida ofrecimos un aperitivo a nuestros invitados en los claustros de la Seo, por aquel entonces perteneciente a la diócesis ilerdense. Al poco tiempo, pasaría a depender de la diócesis de Barbastro-Monzón. El caso es que el tal aperitivo consistió en una opípara degustación de productos de nuestra tierra: torteta, longaniza, morcilla... y la mencionada chireta rebozada. ¡Todo un espectáculo de la gastronomía tradicional! Por eso y solo por eso, ya que como he mencionado, las chiretas me gustan de cualquier forma, a las rebozadas les tengo un pelín más de aprecio. Pero nada, un pelín.






01727 El Silencio Aprendido

 COMO ANALGÉSICO


Los años me han enseñado
que el silencio
es el analgésico preciso
para el ruido atormentado.


miércoles, 11 de marzo de 2026

01726 El Zumo de Pepino

 SANO Y REFRESCANTE


Este verano fue tal la cosecha de pepinos que me regaló el huerto, que ya no sabía qué hacer con ellos. Cada día cenaba un ejemplar. Mi entorno más cercano y amigos también dieron buena cuenta de ellos. Pero con todo, siempre había en el frigorífico más de media docena de pepinos. Y eso que es una hortaliza que me encanta, pero como todo en esta vida, en su justa medida.

En realidad, la buena cosecha fue de pepinillos que, lejos de embotarlos, los dejo crecer hasta conseguir unos llamativos frutos. De hecho, desde que descubrí los pepinillos, su primo hermano el pepino, para mí ha pasado a ser anecdótico. El pepinillo se me antoja más suave, tierno y nunca resulta amargo. El caso es que, entre unos y otros, el verano se me pasó entre ellos.

Al margen del socorrido y siempre bien recibido pepino con vinagre, aceite y sal, su salida a la mesa se produjo de maneras bien distintas entre ensaladas y alguna que otra curiosa receta extraída de mis libros de cocina. Con todo, no dábamos abasto. Su presencia era inagotable.

Un día cayó en mis manos un pequeño libro de zumos saludables en el que se le dedicaba al pepino una parte importante de los textos. Entre otras cosas se decía que esta hortaliza es idónea para apoyar la dieta, y que los zumos y batidos con su presencia, ofrecían una forma de hidratación distinta. De alto contenido de agua y bajo aporte calórico, se le atribuían propiedades antioxidantes, antidiabéticas e hipolipemiantes, que reduce los niveles elevados de lípidos o grasas en la sangre, principalmente el colesterol y los triglicéridos. Con estos mimbres fui recreando alguna de las recetas que en el libro se señalaban. Tengo que reconocer que no todas fueron de mi agrado y que incluso alguna me resultó hasta desagradable contra todo pronóstico. Al final, me incliné por un zumo/batido muy sencillo, elaborado con ingredientes muy familiares y reconocibles. Tanto me gustó que, en el frigorífico, mientras duraron los pepinos y los enormes pepinillos, siempre hubo una botella con el preparado que a continuación describiré. Si llegó a gustarme, que en lugar de llevarme al huerto un termo de café, como acostumbro, lo sustituí por este brebaje.

Ingredientes: 1 pepino, 1 limón, 2 vasos de agua muy fría y unas hojas de hierbabuena. Opcional, un par de cucharadas de azúcar moreno o un par de cucharadas de miel.

Elaboración: Pelar el pepino, cortar en pequeños trozos e introducirlos en la licuadora. Añadir el zumo de un limón, las hojas de hierbabuena y el agua, además del azúcar o la miel, si así se desea. Beber bien frío.




martes, 10 de marzo de 2026

01725 Los Huevos Cocidos con Pimientos Morrones Fritos

 CÁLIDO Y COLORISTA


La propuesta gastronómica que traigo en esta ocasión hasta este caleidoscopio vital es de las que solo con verla, hace que el gusanillo de la felicidad recorra todo mi cuerpo. Insisto que el listón de las cosas cotidianas cada vez está menos alto y por lo tanto, más asequible. Será por su cálido colorido, por su sencillez o porque es una pasada lo rico que está, pero pocas veces dos sencillos alimentos bien aderezados pueden llegar a aportar tanto.

Este año el huerto me ha obsequiado con un buen número de pimientos morrones y además de buen tamaño. Se conoce que debía tocar así. El caso es que los pimientos, una vez asados, que no han sido embotados, los hemos ido disfrutando en casa de todas las maneras que por tradición hemos recordado.

En esta ocasión, los pimientos no están asados, sino fritos. Mi madre, que también era una forofa de los pimientos morrones asados, aquellos que no ofrecían un aspecto más que saludable, los descartaba, que no tiraba, y en lugar de asarlos, los cortaba a trocitos para a continuación freírlos. Habitualmente, los pimientos los cocinaba como acompañamiento. Pero si quería que fuesen protagonistas de alguna comida, como primer plato, los acompañaba con unos huevos cocidos. Creo que de su afición por los pimientos, viene también la mía.

El plato no puede ser más sencillo. Se trata de freír los pimientos en trocitos pequeños y acompañarlos con unos huevos cocidos. Sazonar simplemente con sal y verter por encima un chorrito de aceite de oliva virgen extra.

Hacía muchos, muchos años que no comía este plato, pero delante de él, ha sido como si no hubiese pasado el tiempo. Y es que hay sabores difíciles de olvidar, al igual que los buenos momentos. Este es uno de ellos.







01724 Un Árbol Para Reflexionar

SERENIDAD


Cuando mi mente necesita pensar atenta, detenida y profundamente, acostumbra hacerlo junto a un árbol. No acabo de situar en el tiempo el origen de esta costumbre. Creo que fue un amigo quien me lo recomendó, pero tampoco lo tengo muy claro. El caso es que cuando mi mente ya no puede más, se alía con un árbol para reflexionar. Parece sentirse más segura, más centrada en su cometido.

En el día a día, son varios los árboles que tengo apalabrados y cuando estoy fuera de casa, enseguida me alío con alguno por si acude la necesidad. Acostumbran a ser árboles en soledad, como yo, como mi mente cuando requiere estar sola. No habla con los árboles, todavía no ha llegado a esa fase, con sentirlos cerca le es más que suficiente. Observo que está más tranquila y que sus mudas palabras parecen más ordenadas. No busco respuesta a su costumbre. Verla serena me complace y también me trae serenidad y complacencia. Por eso, siempre me gusta tener un árbol cerca para reflexionar.