sábado, 9 de mayo de 2026

01752 El Grito Que Nunca Se Oyó

 NUBES ENCENDIDAS


Fue algo más que una mancha de color en el cielo. Fue la abstracción al final de una jornada jalonada de enojos y crispaciones. Todo el mundo parecía estar malhumorado, insatisfecho, descreído, iracundo. Algo estaba pasando, pero no alcanzaba a encontrar una explicación.

Salí al campo a gritar, a desahogarme, a respirar otro aire menos contaminado de antipatía. Acostumbra a funcionar. Me senté sobre una piedra y miré a mi alrededor para cerciorarme de que estaba solo. Estoy algo loco, pero tampoco es cuestión de ir pregonándolo a los cuatro vientos. Me preparé para dar el grito deseado. Cogí aire para llenar mis pulmones y al levantar la vista para proferir mi aullido, me encontré en el cielo con un inesperado panorama. Pasajeras nubes habían encendido sus luces, regalando su presente de sosiego y serenidad. Me quedé embobado mirando su belleza, atrapado en su color de fuego, hasta que el grito se ahogó en mi garganta.


01751 Perder/Ganar

 RELATIVIDAD


Perder el tiempo con un bostezo.
Ganar tiempo a través de un atajo.
Perder el tiempo ante un imposible.
Ganar tiempo sabiendo el final.
Perder el tiempo en la discusión.
Ganar tiempo con la previsión.
Perder el tiempo en el desánimo.
Ganar tiempo con lo aprendido.
Perder el tiempo en la quietud.
Ganar y perder el tiempo buscando los contrastes en un paisaje sin definir.


viernes, 8 de mayo de 2026

01750 Esclarecedora Señal

 SIN MIEDOS


Tengo fobia a las tormentas; una herencia de mi madre difícil de superar. Lo intento, pero no lo consigo. 

Una tarde de verano en la terraza de casa, ensimismado con una lectura, no me percaté de la llegada de una gran tormenta bien cargada de rayos y truenos. Con los primeros sonidos me guarecí en casa. Tras el ventanal del salón me dispuse, no sin temor, a contemplar lo que pudiera ser un espectáculo natural. Los rayos asomaban por decenas en el horizonte, arropados por un cielo cuasi oscuro. Mi temor me aconsejaba que me retirara a las habitaciones interiores de la casa, pero mi curiosidad y asombro a cuanto veía, me anclaron al suelo. 

En un acto atrevido e inconsciente para mi forma de ser, fui a por mi cámara de fotos y salí de nuevo a la terraza. Comencé a lanzar disparos a un luminoso horizonte, humedecido por un intenso y escalofriante sudor. Sin mirar el resultado de cada instantánea capturada, disparaba una y otra vez a cada rayo que aparecía en lontananza. Mentiría si dijera que me encontraba cómodo y seguro, pero también lo haría si manifestara lo contrario. Fue una sensación extraña. Finalmente, un ensordecedor trueno me devolvió a mi vida real para recordarme mis temores a las tormentas.

Cuando todo acabó, cogí otra vez la cámara y comencé a revisar las imágenes tomadas unos minutos antes. Había de todo: fotografías desenfocadas, otras desafortunadas, algunas pasables y media docena que me parecieron fantásticas. Estas últimas me hicieron pensar sobre todo lo que los miedos y temores me pueden llegar a privar. El miedo es libre, pero atenaza. Se es más libre sin temores. Igual aquel día fue una esclarecedora señal.


01749 El Granizado de Melocotón con Vino

 "MANÍAS"


El día 10 de agosto es el día grande de la Ciudad de Huesca. Es la siempre esperada fecha en la que los oscenses, vestidos de blanco y verde, y con aroma de albahaca, honran a su copatrón San Lorenzo. Es una jornada en la que se jalonan las tradiciones desde el punto de la mañana: multitudinarios almuerzos en las calles, la aparición anual de los Danzantes de Huesca y sus dances, la concurrida Procesión en honor a San Lorenzo, los familiares aperitivos, los reencuentros… y en la mesa de ese día, el pollo al chilindrón y el melocotón con vino. Este es el único día del año que, aún gustándome el uno y el otro, los consumo con deleite. Es curioso, pero así es. Puede que algún año, sin haberlo tenido previsto, haya comido pollo al chilindrón y melocotón con vino fuera de esa fecha, pero siempre habrá sido ajeno a mi voluntad. Manías que tiene uno.

El pasado año, el día 9, en el inicio de las fiestas laurentinas, unos amigos, Félix y Pilar, nos invitaron a almorzar a su finca junto a unos colegas suyos. Nos agasajaron con un opíparo y variado almuerzo que se cerró con un granizado de melocotón con vino elaborado por Pilar. Nunca lo había probado y lo cierto es que me encantó. Además, con el calor que hizo, entró por el gaznate a las mil maravillas. Mientras lo consumía, poco a poco, me acordé de mi “manía”, pero llegué a la conclusión de que no había traicionado a mi tradición, pues se trataba de un granizado, y no del consabido melocotón con vino. Cualquier excusa me podía servir en ese momento. Al día siguiente, 10 de agosto, San Lorenzo, di buena cuenta de un exquisito pollo al chilindrón y como no, de un par de vasos de melocotón con vino.

Por supuesto, no perdí la oportunidad de pedirle la receta a Pilar de su granizado.

Ingredientes: 1 kilo de melocotón, ½ litro de vino añejo y 6 cucharadas soperas de azúcar.

Elaboración: Pelar y cortar los melocotones a trozos. Triturar los melocotones con el vino y el azúcar hasta obtener una textura sin trozos de melocotón. Verter la mezcla en un recipiente e introducir en el congelador. Congelar al menos durante unas cuatro horas. Cada hora, raspar la mezcla con un tenedor con el fin de romper los cristales de hielo. Antes de servir, volver a raspar.



miércoles, 6 de mayo de 2026

01748 Las Migas

RECORDANDO A MI TÍO ANTONIO


Acabo de sentarme frente a un plato de migas, concretamente frente a un plato de migas con chorizo y huevo frito. Ha sido ver el plato, y evocar momentos de reunión y familia en torno a un caldero de migas, saboreadas a rancho y cuchara en mano. El maestro de ceremonias no era otro que mi tío Antonio. Las bordaba. Eran cocinadas al estilo tradicional, con toda la humildad que le otorga su origen al plato, y que hay que buscarlo en la trashumancia y el pastoreo. Todavía recuerdo sus vivos ojos, con su eterna y entrañable sonrisa, mientras cortaba minuciosamente el duro pan y disponía próximo a él, los escasos ingredientes necesarios para tan excelente plato: sebo de cerdo, ajo y aceite de oliva, además de la paciencia que él tenía. No hacía falta mucho más. Al fin y al cabo, las migas nacieron como una forma de aprovechar los restos de pan para convertirlos en una comida reconfortante y nutritiva.

Mi tío acostumbraba a acompañar este tradicional plato con uvas. El dulzor del fruto suavizaba este plato bien consistente. Desde aquellos años, he probado migas de bien variados gustos. Y es que, tratándose de un plato tan tradicional, cada zona geográfica, cada casa, igual que el maestrillo, tienen su librillo.

Como he comentado, este plato se asocia a las zonas rurales, una comida humilde de la gente del campo y de los pastores, de aquí que en Aragón se denominen también Migas de Pastor. Los pastores las preparaban en el monte mientras pastaban el rebaño y para ello utilizaban “pan sentado”, el pan duro que se aprovechaba de un día para otro y los ingredientes mencionados con anterioridad como el sebo de cordero, ajo y aceite.

Las migas que traigo a colación no están cocinadas en casa, sino que las tomé recientemente en la localidad altoaragonesa de Canfranc a donde acudí con la familia para conocer la reforma realizada a su Estación Internacional. Algún día la traeré hasta este caleidoscopio vital. Nos encantó.

El caso es que comimos en un restaurante de la localidad, muy bien, por cierto, y entre las propuestas del menú aparecían las migas con chorizo y huevo frito. No me lo pensé dos veces. Hacía tiempo que no las había comido, igual desde el pasado verano y, además, aunque fuera con otra perspectiva, me apetecía recordar a mi tío Antonio y a los gratos recuerdos que me regaló con sus migas durante muchos años. No me decepcionaron. Estaban bien cocinadas y sabrosas. Solo le faltaron las risas, la algarabía y las caras de felicidad de quienes nos sentábamos a la mesa en torno a las migas de mi tío Antonio.

La receta que a continuación detallo es la que aprendí de mi madre, solo que ella utilizaba longaniza en lugar de chorizo. Tampoco acostumbraba a acompañar las migas con huevo frito. De cualquier manera, las unas y las otras me parecen excepcionales.

Ingredientes para 4 personas: ½ kilo de migas de pan seco, cuatro dientes de ajo, chorizo fresco, pimentón dulce, sebo de cerdo, aceite de oliva, agua y sal.

Elaboración: Cortar las migas y humedecerlas con agua, pero sin apelmazarlas. Taparlas con un trapo hasta que vayamos a cocinarlas. En una paella o sartén grande con un poco de aceite dorar los ajos picados finamente. Cuando estén dorados, añadir el sebo cortado en pequeños trozos y dejar derretir. Añadir el chorizo cortado a rodajas y freír. Incorporar el pimentón, mezclar, y a continuación añadir las migas. Sazonar. Cocinar a fuego medio dando vueltas continuamente con una rasera hasta ver que las migas han absorbido el aceite y el pimentón. Coronar el plato, si así se desea, con un huevo frito.








01747 Que Despierten los Sentidos

 ANTE UN NUEVO DÍA


Que despierten los sentidos ante los paisajes vestidos de color y vida.

Que la vista se recree en cada rincón reposado de luces y sombras.

Que el oído recoja el silencio y el trino de la nube viajera.

Que el tacto se reencuentre con la tierra libre y serena.

Que el olfato recuerde aromas y perfumes casi olvidados.

Que el gusto se alíe con el deleite por la vida.

                                                                                    Que despierten los sentidos ante un nuevo día.




sábado, 2 de mayo de 2026

01746 Las Lechugas

 DEL HUERTO DE PRIMAVERA Y ESTÍO


Las lechugas siempre me han gustado, pero no es menos cierto que, hasta no hace muchos años, me pasaban muy desapercibidas. Si había lechuga para comer en ensalada, me la comía y punto. Si no estaba, tampoco la echaba en falta.

Mi auténtica querencia hacia este vegetal coincide con mi afición a la huerta. Recuerdo que el primer año solo planté la denominada lechuga romana, también conocida como oreja de burro. Era por aquel entonces la más reconocida por nosotros, y la que utilizábamos, con sus hojas alargadas y crujientes, para la elaboración de una de nuestras ensaladas favoritas, que no es otra que la ensalada César.

Con el paso de los años fui incorporando a la tierra otras variedades de lechuga, a cual más vistosa espectacular. Así, pasaron a formar parte del huerto veraniego los cogollos tipo Tudela; la lechuga iceberg, ideal para acompañar los bocadillos de hamburguesa de carne; la lechuga Batavia, de crujientes hojas; la escarola, con su ligero amargor; o la lechuga hoja de roble, muy reconocible por sus onduladas hojas y llamativas tonalidades. De sabor ligeramente dulzón y textura suave y crujiente, no solo aporta colorido en el plato y en la mesa, sino que llama la atención en el huerto por su color verde y morado. También tengo que decir, que no todos los años consigo obtener buenos ejemplares. Este año voy a estrenarme con los canónigos, a ver qué pasa. De momento gozan de buena salud en el semillero a la espera de ser trasladados a la tierra.

Siempre me ha dado la impresión de que las lechugas son las grandes desatendidas del huerto. Piden pocos cuidados y a cambio, sin embargo, ofrecen variados beneficios a nuestro organismo. Pronto serán comestibles las primeras lechugas plantadas en el huerto; pronto volveré a disfrutar de su presencia en las innumerables ensaladas que me esperan.