sábado, 16 de mayo de 2026

01756 Ocurrencias

 YA NADA IMPORTA


Ya no quiero desahogarme.
Que se ahoguen las palabras
por no ser pronunciadas.
Ya nada importa,
cuando encuentras un lugar
donde cobijar los sentimientos y sus emociones.


01755 Los Lazos de Jaca

 UN ICONO DE LA PASTELERÍA JAQUESA


 Sigo recogiendo en este caleidoscopio vital dulces típicos de nuestra piel de toro. En esta ocasión, se localiza en la localidad altoaragonesa de Jaca, la Perla del Pirineo, y no puede tener un nombre más sugerente; Lazos de Jaca. En síntesis, un dulce elaborado a base de hojaldre de mantequilla y cubierto con yema confitada y en forma de lazo.

Me he reencontrado con esta popular delicia gracias a una amiga que recientemente vino a cenar a casa y tuvo a bien obsequiarnos con estos dulces lazos. Fue verlos y removerse el cajón de los recuerdos. Rememorar aquellos días, lejanos ya, en los que visitar Jaca llevaba aparejada, al regreso a casa, la adquisición de este icono de la repostería jacetana. Con el café, mientras saboreaba uno de los tres lazos que me comí, compartí con el resto de la mesa una anécdota en torno a este pequeño, pero gran pastel. En una ocasión, en una breve escapada a esta bella localidad por motivos de un esporádico e infausto trabajo, antes de regresar a casa compré, para obsequiar a mi madre, una caja de Lazos en la Pastelería La Suiza, obrador donde fueron creados en 1946. Con mis pasteles en la mano, todavía apuré mi estancia degustando un café en una céntrica terraza de la localidad jaquesa. Me dirigí al coche, por aquel entonces un Seat 127 amarillo de no sé qué mano, y cuando estaba ya al volante, me di cuenta de que no llevaba la caja de pasteles. Me bajé del coche y corrí todo lo que pude hasta la cafetería que había abandonado apenas hacía diez minutos. Por aquella época todavía me respondían bien las piernas y el corazón. Al llegar, me acerqué hasta la mesa en la que había estado tomándome el café. Vacía, sin gente ni Lazos. Pregunté a los camareros. No habían visto la caja. Decepcionado, me dirigí de nuevo a La Suiza a comprar otra caja de Lazos. Al entrar en la pastelería, una amable y sonriente dependienta salió del mostrador para acercarme una caja de Lazos. Me explicó que me había dejado la caja al pagar y que cuando se dieron cuenta ya había desaparecido.

Al regresar a casa le conté a mi madre lo sucedido. Tampoco le extrañó. De estas anécdotas ya sumaba unas cuantas.

Volviendo a los Lazos o Lacitos, como popularmente también se conocen, además de exquisitos, se me antojan muy atractivos por el llamativo color y su característica forma. Por lo que leí en una ocasión en un reportaje con motivo del 75 aniversario de su creación, su elaboración es sencilla, aunque laboriosa. En síntesis, “hay que preparar el hojaldre, dejarlo descansar en el horno, cortarlo, darle forma y una vez cocidos los lazos en el horno, sumergirlos en yema confitada caliente de uno en uno para terminarlos con un glaseado”. Decirlo resulta fácil, ahora, ponerse a elaborarlos, es otro cantar. Lo mejor es visitar Jaca y obsequiarte con este delicado manjar.

No obstante, he estado curioseando recetas por si encontraba alguna que pudiese servir para mis entendederas. Aquí dejo un enlace, que no digo yo que algún día me atreva a emularlo.

https://www.juliaysusrecetas.com/2015/04/lazos-de-jaca-con-glasa-de-yema.html








martes, 12 de mayo de 2026

01754 ¡A Soñar!

 SERÁ POR SUEÑOS


Acabo de encontrarme en la calle con un conocido. Hacía tiempo que no nos veíamos. Nos hemos alegrado, creo, con nuestro reencuentro. Él estaba sentado en una terraza tomándose una cerveza. Me ha invitado a sentarme, pero Humphry, mi perro, no lo ha permitido. No le gusta que me entretenga con la gente. Lo manifiesta con sus penetrantes ladridos. Bien a gusto me hubiese sentado para tomarme una cerveza y charlar un rato con mi viejo conocido. Echo en falta esta sana costumbre, cuasi olvidada.

No obstante, él sentado y yo de pie, hemos entablado una rápida y curiosa conversación. 

- ¿Qué tal estás?, le he preguntado.
- Bien, jubilado. Aquí tomándome una cerveza. Siéntate. Te invito a una caña.
 (Humphry no para de ladrar)
- A gusto me la tomaría, pero ya ves cómo se pone el amigo. ¿Qué es de tu vida?
- No me puedo quejar.
- ¿En qué inviertes tu tiempo libre de jubilado?
- Pues ya ves, a pasear, a tomarme alguna cerveza con los amigos y sobre todo, a soñar.
- ¿A soñar?
- Sí, a soñar. 
 (Humphry sigue ladrando)
- Bueno, voy a tener que dejarte. Ya ves que aquí, el amigo, no para de ladrar. Un día que vaya sin perro nos tomaremos esa cerveza.

De regreso a casa, he estado reflexionando sobre lo dicho por mi conocido. Soñar. En su tiempo libre, que no es poco, no va al huerto, ni al gimnasio, ni forma parte de coro alguno, ni se dedica a viajar, ni a leer, ni va a un club de lectura, ni... Sueña. Desconozco cuáles son sus sueños. Solo sé, por lo que me ha dicho, que se dedica a soñar. Tampoco sé si se cumplen sus sueños. A lo mejor no tienen porqué hacerse realidad y es más que suficiente el hecho de soñar. Solo sé que le he visto feliz. Su cara le delata. Puede que sus sueños tengan gran culpa de ello. Será por sueños. ¡A soñar!





lunes, 11 de mayo de 2026

01753 Los Torreznos

 UNA APROXIMACIÓN


Traigo hasta este caleidoscopio vital otro alimento de reciente y para mí, novedosa degustación. Se trata de los torreznos. Los conocía, pero nunca hasta hace muy pocas fechas los había probado. Cuando los he visto en algún bar no me han dado mucha confianza, y aunque alguna tentación he tenido, finalmente no he caído.

Me tenían que gustar sí o también. Ya he comentado en más de una ocasión, que en materia alimentaria pongo muy pocos reparos. Alguno tengo, pero se pueden contar con los dedos de una mano. En el caso del torrezno, sin haberlo probado, sabía que me iba a gustar. Huelga decir que el tocino frito me encanta y acostumbro a usarlo en la cocina con mucha frecuencia, pero el popular torrezno, aún no lo había probado. Fue en un restaurante en Lleida donde constaté lo que ya suponía, que me gustarían. Como no podía ser de otra manera, y tratándose de un restaurante ilerdense, fuimos a comer caracoles. Lo de los torreznos fue una especie de antojo al verlos anunciados en la carta. Y sí, me encantaron. No obstante, por lo que había podido ver en algún reportaje, estos torreznos se parecían en poco a los que yo podía imaginar. E insisto, los que pude probar me gustaron. Ya no podré decir que no los he comido.

Me he interesado por saber algo más de este alimento tan tradicional. Se trata de una “tira de tocino, siempre con su piel, frita, salteada en sartén o tostada en una parrilla”. Al parecer, el origen del torrezno, cuyo nombre proviene del verbo ‘torrar’, se remonta a la época de los romanos, que eran grandes consumidores de cerdo. Entre sus platos favoritos, se encontraba el tocino frito. Fueron ellos quienes introdujeron el tocino frito en España durante la conquista de la península ibérica, para adaptarse rápidamente a las costumbres y tradiciones españolas. “El torrezno se convirtió en un alimento popular en España durante la Edad Media. Era un alimento común entre los campesinos y los trabajadores, ya que era un alimento barato y nutritivo”.

Aunque en la actualidad se consumen y elaboran torreznos en prácticamente toda España, los más populares se encuentran en Ávila, Salamanca, Teruel y Soria. En esta última provincia, el torrezno es todo un símbolo. Tanto es así que en 2010 fabricantes y productores constituyeron una “Marca de Garantía”, gracias a la cual han protegido el torrezno como patrimonio gastronómico de la humanidad por la UNESCO.

En cuanto a su elaboración, he leído varias recetas y, aunque el verbo que las une es el de freír, cada una tiene su aquel y su truquillo. He hecho un compendio y este es el resultado.

Ingredientes: Tiras de panceta curada, aceite de oliva virgen extra y sal.

Elaboración: Secar bien la panceta para que se fría mejor y resulte más crujiente. En una sartén un poco grande, calentar aceite de oliva virgen extra, a fuego medio/bajo. Comenzar a freír las tiras de panceta con la corteza hacia abajo durante unos 15 minutos. Retirar y reservar hasta que hayan pasado por la sartén todas las tiras de panceta. Subir la potencia del fuego y freímos los laterales de la panceta hasta que se doren. Retirar, escurrir y sazonar con sal.

Bueno, pues me voy a poner manos a la obra y a ver qué sucede. Me apetece tomar unos torreznos como los que he visto en los reportajes. No sé si sabré sacarle partido a este remix de receta. Lo que tengo claro es que, en mi viaje pendiente a Soria, que todavía no conozco y he oído hablar maravillas, me tomaré unos buenos torreznos, y si puedo, aprovecharé para aprender a cocinarlos bien. Eso espero. De momento, para quitarme el gusanillo me adelantaré con este experimento.




sábado, 9 de mayo de 2026

01752 El Grito Que Nunca Se Oyó

 NUBES ENCENDIDAS


Fue algo más que una mancha de color en el cielo. Fue la abstracción al final de una jornada jalonada de enojos y crispaciones. Todo el mundo parecía estar malhumorado, insatisfecho, descreído, iracundo. Algo estaba pasando, pero no alcanzaba a encontrar una explicación.

Salí al campo a gritar, a desahogarme, a respirar otro aire menos contaminado de antipatía. Acostumbra a funcionar. Me senté sobre una piedra y miré a mi alrededor para cerciorarme de que estaba solo. Estoy algo loco, pero tampoco es cuestión de ir pregonándolo a los cuatro vientos. Me preparé para dar el grito deseado. Cogí aire para llenar mis pulmones y al levantar la vista para proferir mi aullido, me encontré en el cielo con un inesperado panorama. Pasajeras nubes habían encendido sus luces, regalando su presente de sosiego y serenidad. Me quedé embobado mirando su belleza, atrapado en su color de fuego, hasta que el grito se ahogó en mi garganta.


01751 Perder/Ganar

 RELATIVIDAD


Perder el tiempo con un bostezo.
Ganar tiempo a través de un atajo.
Perder el tiempo ante un imposible.
Ganar tiempo sabiendo el final.
Perder el tiempo en la discusión.
Ganar tiempo con la previsión.
Perder el tiempo en el desánimo.
Ganar tiempo con lo aprendido.
Perder el tiempo en la quietud.
Ganar y perder el tiempo buscando los contrastes en un paisaje sin definir.


viernes, 8 de mayo de 2026

01750 Esclarecedora Señal

 SIN MIEDOS


Tengo fobia a las tormentas; una herencia de mi madre difícil de superar. Lo intento, pero no lo consigo. 

Una tarde de verano en la terraza de casa, ensimismado con una lectura, no me percaté de la llegada de una gran tormenta bien cargada de rayos y truenos. Con los primeros sonidos me guarecí en casa. Tras el ventanal del salón me dispuse, no sin temor, a contemplar lo que pudiera ser un espectáculo natural. Los rayos asomaban por decenas en el horizonte, arropados por un cielo cuasi oscuro. Mi temor me aconsejaba que me retirara a las habitaciones interiores de la casa, pero mi curiosidad y asombro a cuanto veía, me anclaron al suelo. 

En un acto atrevido e inconsciente para mi forma de ser, fui a por mi cámara de fotos y salí de nuevo a la terraza. Comencé a lanzar disparos a un luminoso horizonte, humedecido por un intenso y escalofriante sudor. Sin mirar el resultado de cada instantánea capturada, disparaba una y otra vez a cada rayo que aparecía en lontananza. Mentiría si dijera que me encontraba cómodo y seguro, pero también lo haría si manifestara lo contrario. Fue una sensación extraña. Finalmente, un ensordecedor trueno me devolvió a mi vida real para recordarme mis temores a las tormentas.

Cuando todo acabó, cogí otra vez la cámara y comencé a revisar las imágenes tomadas unos minutos antes. Había de todo: fotografías desenfocadas, otras desafortunadas, algunas pasables y media docena que me parecieron fantásticas. Estas últimas me hicieron pensar sobre todo lo que los miedos y temores me pueden llegar a privar. El miedo es libre, pero atenaza. Se es más libre sin temores. Igual aquel día fue una esclarecedora señal.