sábado, 1 de agosto de 2026

01764 Un Balance Cualquiera

 HOY HA SIDO FÁCIL


Acaba el día.
Hora de hacer balance.
La terraza abierta y la mente aun despierta.
He roto una taza.
Un grito inesperado asustó mi mano.
Ni una llamada.
Gente triste.
Un niño se aferra a la mano de su madre.
Parece feliz.
Aprovechad ese instante, madre, hijo.
Todo sucede muy deprisa.
                                                                                    Poco más.
                                                                                    El balance no da más de sí.
                                                                                    Miro al horizonte
                                                                                    y añado al balance un mar en calma que se prepara                                                                                        para la noche.


01763 Las Acelgas Rojas

 ATRACTIVA Y ENIGMÁTICA PLANTA


Este año he dado la bienvenida al huerto a una nueva planta; la acelga roja. Hacía tiempo que me rondaba por la cabeza incorporarla a mi trocito de bendita tierra, pero no encontraba suministrador. Por fin, este año he dado con ella. Para probar, en el mes de mayo, para San Isidro, por más señas, planté seis diminutas plantas. Tenía curiosidad por probar su sabor y también, por comprobar cómo se aclimataba al terreno.

En algo más de un mes, la media docena de plantas comenzaron a llamar poderosamente mi atención. Sus tallos de color rojo, intenso color rojo, era imposible que pasaran desapercibidas en contraste con el verdor del resto de especies hortícolas. Lo primero que hacía al llegar al huerto era detenerme ante ellas para entusiasmarme con su crecimiento. Me resultaba una planta curiosa y enigmática en medio de las tradicionales acelgas verdes y otras, también novedad este año, de hoja amarilla. El huerto ofrece muchos entretenimientos; observar crecer las plantas es uno de ellos, y más si cabe, cuando se trata de una planta nueva para mí. Al principio, sus brotes son rojizos, pero conforme pasa el tiempo se vuelven verdes, exceptuando el tallo. Cuando la planta está madura, la penca fija en su tallo un llamativo color rojizo, mientras la hoja combina el verdor de la planta con rojizos nervios. Un pequeño espectáculo.

Llegó el día de probar tan curiosa acelga de la que tan poco sabía. Corté sus tallos como hago habitualmente con la acelga tradicional; es decir, en lugar de cortar toda la planta, lo hice tallo por tallo. Esta forma de cortar la acelga la aprendí de un viejo y sabio hortelano, quien me hizo observar que de esta forma la planta está más activa y dura. Al llegar a casa, me interesé por su forma de cocción, así como de sus características.

Leí que acostumbra a cultivarse en climas templados y cera del mar, lo que le aporta un sabor característico, con cierto sabor a tierra. Mal comenzamos, pensé, ya que mi huerto dista muchos kilómetros del mar y para nada se ubica en un clima templado. También es cierto, que visto los ejemplares de acelga que obtengo, tampoco le importa mucho a la planta. También pude saber que se trata de una variedad de acelga, similar al Ruibarbo, con un leve sabor amargo, pero a diferencia de este, sus hojas no son tóxicas.

En lo leído aprendí que la versatilidad de esta variedad de acelga es más amplia que cualquier otra y que se emplea tanto en revueltos, guisos o cocida. Además, resulta muy agradable como acompañamiento en platos con base de carne o pescado, arroces, pasta, wok, salsas y cremas.

Para hacerme con su sabor en mi bautizo, opté por una simple cocción con patata y rehogadas posteriormente a fuego lento con ajo y unos pequeños tacos de jamón. Para su cocción fueron suficientes 15 minutos a partir de la ebullición del agua con sal.

A la hora de probarlas, no me decepcionaron. Gustándome como me gusta la acelga, esta roja, me pareció un plus y respondió a cuanto había leído sobre ella; de fuerte sabor y ligera terrosidad. Solo le puse un reparo. A pesar de que la olla donde las cocí estaba casi a rebozar de acelga roja, tras su cocción quedó en nada. Me supieron a poco. Ya sé que, para la próxima vez, tendré que disponer del doble. E incluso, conociendo ya su sabor, ampliaré horizontes con otras alternativas que no sea su simple cocción. 




martes, 28 de julio de 2026

01762 Ya No Pido

 BAJANDO LISTONES


Ya no le pido a la vida que me sonría.

Me conformo con que no me mire

con mala cara.


01761 El Sucedáneo de Caviar

 PARA LAS ESPERAS


Hubo un tiempo, no muy remoto, que cuando trabajaba me esperaban en casa para comer. Ahora, en mi época jubilar, soy yo quien tiene que esperar para sentarse a la mesa. Es una de esas leyes no escrita de la vida. Hay días que los llevo mejor que otros. Habitualmente, para hacer más leve la espera, me entretengo bajando a Humphrey a la calle, leyendo la prensa, alimentando este blog o recogiendo; siempre hay algo que recoger y ordenar. Pero no siempre sirven estos auxilios.

En ocasiones, más de las que a mí me gustaría, mi estómago, a él le echo la culpa, aunque creo que es una excusa, parece que se muestra inquieto y reclama reiteradamente mi atención. Es entonces, cuando se me invita empezar a comer, aun conociendo mi respuesta: “No hasta que venga Jara”, digo. Nos vemos poco durante el día, y este, el de la comida, se me antoja de esos momentos vitales. Hablar de lo que sea, pero hablar. Conocer cómo es y cómo se siente la vida desde otra perspectiva, con 40 años menos. Ser conocedor de lo que pasa en la calle, esa rue que antes tan bien conocía y que ahora me parece ajena. Esa vertiente asocial de la que me he vestido en los últimos años, me ha alejado peligrosamente de la realidad.

Llegado el caso extremo, en ese compás de espera, siempre hay algo que echarse a la boca. Habitualmente, siempre campan por el frigorífico algunos restos de comida de días precedentes. Y si no es así, recurro a una tapa que me parece fascinante: tostaditas de mantequilla con sucedáneo de caviar. Me parece un bocado, para esos momentos de espera, o para cualquier aperitivo o tentempié, francamente delicioso. La cremosidad de la mantequilla y su peculiar sabor en combinación con la sapidez del sucedáneo de caviar, me parece muy seductor. Cuando me aficioné a esta tostada, hace muchos, muchos años, lo “chic” era coronarlo con un chorrito de limón. Con el tiempo acabé por descartarlo, pues el limón se apoderaba de todo y además, reblandecía la tostada.

Mientras estoy escribiendo, me ha venido a la cabeza el día, único día, que llegué a probar el caviar. Fue gracias a mi hermano Antonio en uno de sus entrañables cumpleaños en Bilbao. Probé una cucharadita, sin pan, a palo seco. Me pareció algo increíble ese momento cuando las huevas explotaban en mi boca al ser masticadas, dejando en ella un fondo y un sabor inusuales. No sé, igual aquella cucharadita la tengo en mi memoria excesivamente valorada, pero me pareció algo único e inimitable, y hasta la fecha, irrepetible.

Obviamente, los sucedáneos de caviar son una buena alternativa económica a las inaccesibles, para el común de los mortales, huevas de esturión. Las más habituales son las elaboradas a partir de huevas de mújol, lumpo o arenque ahumado, siendo las más comunes las de lumpo. Se trata de pequeñas huevas, teñidas con colorante, negro o rojo.

Estoy pensando que un par o tres de estas tostadas bien valen una espera o las que hagan falta.

 

 










miércoles, 8 de julio de 2026

01760 Las Cañaíllas

 CAÑADILLAS


Estoy de suerte. Ya lo creo. El sabor intenso a marisco, y por ende a mar, ha retornado a mi paladar desde el recuerdo a mi presente. Todo gracias a las cañadillas o cañaíllas, como más plazca decir. Hacía tiempo que no me deleitaba con este molusco. Si mal no recuerdo, desde nuestras últimas vacaciones familiares por tierras onubenses. Y de aquello, han sonado ya bastantes tronadas. No obstante, fue en Bilbao, gracias a mi hermano Antonio, donde las conocí y las gocé en todos los sentidos, mezclando gastronomía y amable tertulia.

Por estas tierras en las que habito no es habitual ver a la venta esta especie de molusco gasterópodo marino, o por lo menos en los establecimientos de alimentación que frecuento. Ha sido toda una alegría verlas y reencontrarme con ellas, a la par que revivir los grandes momentos que me han deparado. Curiosamente, estaban a buen precio, tanto que no han faltado en nuestros últimos aperitivos en la terraza de casa. Si en las fotografías muestran un color anaranjado, lejos de su aspecto natural, se debe al toldo de la terraza, que prácticamente está bajado todo el día en estos días de auténtica chicharrina. También las fotografías que tomé en aquellos años onubenses a las cañaíllas, presentan el mismo aspecto anaranjado. Se da la casualidad de que igualmente las tomábamos en espléndidos aperitivos y bajo un toldo anaranjado de la terraza.

Si no llevo mal la cuenta, creo que es la tercera vez que las hemos catado en los últimos días. A saber, cuándo nos podremos sentar de nuevo frente a una buena ración de cañaíllas. Me da que se trata de una feliz coincidencia. De hecho, desde las últimas que compramos, ya no las hemos vuelto a ver. Preguntamos si traerían más, pero la respuesta obtenida fue más que incierta.

Volver a tomar cañadillas ha sido, además de recuperar un sabor que daba por perdido, abrir la caja de nuestro anecdotario vacacional; los apartamentos en los que fuimos acogidos, lugares y paisajes que se nos quedaron en la memoria para siempre, alimentos que nos sorprendieron gratamente… De lo que son capaces unas sencillas cañaíllas. Prácticamente, los tres aperitivos con semejante manjar fueron similares. Bueno, uno de ellos hubo que trasladarlo a la cocina, pues en la terraza era imposible estar a la hora previa de la comida, aun con el toldo bajado desde el punto de la mañana. Por lo que respecta a la conversación mantenida mientras consumíamos el entretenido alimento, aquellos días en Huelva acapararon toda nuestra atención.

Como buen molusco, no necesita de gran elaboración; agua y sal gruesa. Así recuerdo que nos lo transmitió la amable y simpática responsable de un puesto de mariscos del Mercado del Carmen, en Huelva. Tan sencillo como lavar bien los ejemplares para eliminarles la posible arena que contengan. Para ello es necesario dejar los moluscos en agua con sal durante unas tres horas y cambiar el agua cada hora hasta que se observe que ya no despiden arena. Una vez limpias, solo restará cocerlas a fuego lento en abundante agua durante unos diez minutos. Mientras se cuecen, habrá que colocar en un recipiente agua con hielo y sal. Una vez que las cañaíllas estén cocidas, retirar del fuego y trasladarlas al recipiente con agua, hielo y sal. Esto cortará la cocción y facilitará el proceso de retirar la carne del interior de la caracola cuando las consumamos.

Alguna vez ya he comentado que este blog no aporta nada y que carece de interés. Es un reto personal, que además de ayudarme a sentirme vivo, hace que siga teniendo interés por las cosas, a mantener entrenada mi memoria y a seguir aprendiendo. En este sentido, he conocido un dato curioso mediante la lectura de algún que otro artículo al respecto de las cañaíllas. Y es que, de las glándulas branquiales de este molusco, “los antiguos fenicios extraían el tinte púrpura que sirvió para teñir vestiduras de emperadores, reyes y sacerdotes, siendo muy apreciado en la antigüedad y valiendo más que el oro”. Para obtener, 1,4 gramos del producto se necesitaban 12.000 cañaíllas. Aprendido está.

 

 




martes, 23 de junio de 2026

01759 Mar de Nubes

DELICIOSO ESPECTÁCULO


Por un momento pensé en mañana. 

Los recuerdos de ayer,
me devolvieron al presente
para hacerse instante.

Ni mañana,
ni ayer, 
solo ahora,
perdido en un mar de nubes y de dudas.


miércoles, 17 de junio de 2026

01758 El Escalope

 ¡CÓMO OLVIDARLO!


No acostumbro a comer o cenar fuera de casa. Muchas cosas han cambiado en los últimos años, y esta es una de ellas. Por eso, en las contadas ocasiones que se rompe esta pauta, aprovecho para probar platos nuevos o deleitarme con alguno ya conocido y bien cocinado.

El guion de mis días cambió recientemente gracias a una escapada familiar en el día. Comimos en nuestro improvisado destino en un restaurante discreto; menú del día. No da para más. A elegir entre 6 primeros y otros tantos segundos. Todo estaba muy apetecible y los platos que veía pasar a otras mesas tenían buena presencia. No había mucho qué pensar: canelones y carrilleras de cerdo. Hacía tiempo que no comía unos y otras. Cuando estaba a punto de ser atendido por el camarero, otro compañero llevaba un escalope, entre otros platos, a la mesa contigua a la nuestra. El destinatario de la carne era un niño de unos 8, 9 o 10 años. ¡Qué cara de satisfacción mostró cuando vio el plato ante sus ojos! Me quedé embelesado mirando la escena. El niño, un tanto distanciado de nuestra mesa, balbuceaba palabras que mi oído no alcanzó a escuchar. Era lo de menos. Me las podía imaginar. Me quedé con la expresividad de su cara, con sus muecas, su sonrisa, su frotamiento de manos antes de aferrarse a los cubiertos. Otro niño, el que llevo dentro, me llamó y me invitó a que cambiara las carrilleras de cerdo por un escalope. ¿Te acuerdas lo que te gustaba cuando eras pequeño, como él?, me decía. ¡Cómo olvidarlo!, me respondía.

En ese instante, me vino a la mente una imagen; la de mi madre en la mesa de la cocina, y sobre una tabla, golpeando con dulzura, permítaseme la expresión, unos filetes de ternera que luego empanaría y freiría. Lo de golpear la carne, por aquellos años, como tantas otras cosas, pensaba que eran manías de madre. Si había para comer escalopes de ternera, significaba que las cuitas económicas domésticas no iban del todo mal. Algo que me hacía feliz, ya no solo por los escalopes, sino por la tranquilidad y sosiego de mi madre, que para todo tenía.

Hacía tiempo que no comía un escalope, así que, aupado por mis recuerdos, cambié las carrilleras por unos escalopes, para sorpresa de mi familia. No di explicación alguna, fue suficiente un "de repente me han apetecido". Estuvieron correctos, pero nada que ver con aquellos que hacía mi madre, y que después de torturar la carne, la marinaba con ajo y perejil antes de empanarla y freírla en la sartén.

Me supieron a poco, tanto los recuerdos como los escalopes, así que a no mucho tardar, intentaré emular aquellos escalopes que tan feliz me hicieron.