TODO LE VA BIEN
En mis inicios laborales alguien me aconsejó que cuando me
encontrara en una comida o cena de trabajo, descartara hablar sobre mí, de política
y, sobre todo, de mi empresa o de mi profesión. Me dijo que tuviera siempre recursos con los
que poder hablar para obviar hacerlo sobre lo anteriormente mencionado. Añadió
que era una práctica muy americana. En aquel momento no entendí muy bien el
consejo. De hecho, no le presté mucha atención y tampoco lo llevé a la
práctica, hasta que me llevé algún que otro revés inesperado.
Con el tiempo y, sobre todo, después de sobrevenidos
sufrimientos por no escuchar tan práctico consejo, comencé a incorporarlo a mi
rutina social y laboral. Evité hablar de mi vida personal, dejé de compartir
detalles íntimos o debilidades para que no pudiera ser usado en mi contra en
momentos determinados y descarté transitar por asuntos delicados. Para
interactuar, tal y como fui aconsejado, eché mano de mis aficiones: jardinería,
fotografía, pintura, literatura, viajes, gastronomía, baloncesto, entre otras, y
aprendí a callar y a escuchar, siempre escuchar.
Ahora, mi universo laboral ha quedado en el olvido, pero
sigo manteniendo algunos de aquellos hábitos para mis relaciones sociales.
Como, por ejemplo, recurrir a cuestiones intrascendentes cuando me encuentro
con algún conocido y decidimos tomar un café. Una vez puestos al día de
nuestras respectivas vidas, todo generalidades, se hace necesario rellenar con
palabras el encuentro. Es entonces, cuando acudo a las socorridas aficiones. La
más frecuente en la actualidad es la gastronomía. Da mucho juego para interactuar
e incluso depara gratas sorpresas.
Recientemente se dieron todas estas circunstancias. Un paseo
matinal, encuentro con un viejo conocido al que no veía hace tiempo, propuesta
de tomar un café, que si ya soy abuelo, que si acaba de llegar de China, que si
este año el huerto me ha costado sacarlo adelante, que si se tenía que operar
de una hernia… y poco más. Todavía quedaba café en nuestras respectivas tazas y
ninguno de los dos teníamos prisa. En la mesa contigua a nosotros, alguien se
estaba comiendo un bocadillo de sardinas. Hacía años que no veía un bocata de
estas características, y recordé lo bueno que está. Hice observar a mi
compañero de café, mi inclinación por las sardinas. Un gusto también por él
compartido. Comenzamos a hablar de sardinas como si fuésemos expertos en la
materia y a intercambiarnos recetas. La mayoría de ellas eran muy comunes,
hasta que una me puso en alerta; el tartar de sardinas de lata.
¿Cómo? Nunca lo había visto ni tampoco escuchado. Me dijo
que acostumbraba a elaborarlo en su casa con frecuencia, sobre todo los fines
de semana y que, aunque lo preparaba con unos ingredientes básicos, le gustaba
incorporar otros sabores. “El tartar de sardinas es muy agradecido. Todo le va bien”,
me hizo observar. Huelga decir, que le pedí la receta básica. De las probatinas
ya me encargaré yo, que en eso soy experto.
No tardé mucho en sacar a la mesa, también en un fin de
semana, mera coincidencia, este tartar. Me encantó. Ya lo creo que me encantó.
Ingredientes: 2 latas de sardinas en aceite de oliva, 1
tomate maduro, 1 cebolla morada, 2 piparras, ½ pimiento italiano verde,1
aguacate maduro, el zumo de medio limón, aceite de oliva virgen extra, pimienta
molida y sal en escamas.
Elaboración: Desmenuzar en un bol las sardinas, reservando
una, y retirar el exceso de aceite. Picar en pequeños dados el tomate, la
cebolla morada y el aguacate. Añadir al bol de las sardinas. Picar finamente el
pimiento verde y las piparras. Añadir al bol. Verter el zumo de limón, un
chorrito de aceite de oliva, la sal en escamas y la pimienta negra molida.
Mezclar bien y emplatar. Servir frío e incorporar la sardina que habíamos
reservado.








