sábado, 12 de septiembre de 2026

01782 La Isla de Mouro y Su Faro

 PÉTREO TESTIGO


Me he propuesto pintar paisajes y rincones que tienen para mí, independientemente de su belleza, un significado muy especial. Escenarios en los que he sido feliz y que quiero ahora recrearme en ellos plasmándolos en un lienzo. He comenzado con el Faro de la Isla de Mouro, a quien ya dediqué una entrada en este reto personal. Fue en los inicios de este caleidoscopio vital, exactamente en la entrada número 00030. En ese momento, el escrito atendió a los juegos con mis hijas a pie de playa, en la cántabra playa de Somo, y con el Faro de la Isla de Mouro como pétreo testigo. Una imagen que nos acompañó durante casi dos décadas, verano tras verano, y en más de una escapada fuera del estío. En aquellos días, poco, por no decir nada, conocía del familiar faro, salvo que medía 18 metros de altura y que el acceso a la isla estaba restringido.

Para nosotros tenía su encanto, incluso cuando terminaban nuestras vacaciones, iba a la playa con las niñas expresamente para despedirnos de él hasta el próximo encuentro. No sé si lo recordarán. Como tampoco yo recuerdo el número de fotografías que he llegado a capturar de la isla y el faro a lo largo de todos esos años. Incluso ahora, cuando realizo a Somo alguna esporádica escapada, continúo sumando más imágenes a la “colección”. Las tengo de todos los palos; con el mar en calma, bravío, con las aguas verdes, celestes, de un azul intenso, con un cielo limpio de nubes, con el cielo cubierto, con sol, con bruma… Tanta es mi querencia por Somo, su playa y el faro, que tenía que trasladar a un lienzo tantos días de dicha y alegría.

Además, y ya era hora, me he interesado por conocer su historia, gracias a la web  buceopedrena.es, de donde he sacado los siguientes apuntes:

“La isla de Mouro, ubicada en la bahía de Santander, en la costa norte de España, es un pequeño islote de gran significado histórico y geográfico. Aunque no es una de las islas más grandes ni más conocidas de la región, su historia está marcada por varios factores cruciales que han influido en la navegación, la defensa y el desarrollo de Santander a lo largo de los siglos”.

“El origen del nombre «Mouro» ha sido objeto de diversas interpretaciones a lo largo de los años. Una de las teorías más comunes es que proviene del término «Mouro», utilizado en la Edad Media para referirse a los moros o musulmanes. Esto se puede deber a la influencia de la cultura musulmana en la península ibérica durante la Reconquista. Otra posibilidad es que el nombre derive de la palabra «muro», dada la geografía escarpada y rocoso de la isla, que podría haber sido considerada un “muro natural” para los navegantes que se aproximaban a la bahía”.

“La isla de Mouro aparece en varias fuentes antiguas, aunque no hay registros precisos sobre su población o sobre las primeras civilizaciones que pudieron haber habitado o explotado sus recursos. En la época romana, la zona de Santander ya estaba habitada, pero la isla de Mouro parece no haber tenido una ocupación humana significativa en esos primeros tiempos, ya que su entorno natural no era favorable para el establecimiento de una población”.

“No existen registros específicos de fortificaciones o estructuras defensivas en la isla durante la Edad Media, aunque no se puede descartar que pudiera haber sido utilizada para la vigilancia de posibles invasores o para controlar el tráfico marítimo. El puerto de Santander, aunque no tenía la misma importancia que en épocas posteriores, ya estaba siendo utilizado como puerto de comercio y como punto de paso para las embarcaciones que se dirigían al norte de la península”.

Con el auge del comercio y la mejora de las rutas marítimas en el siglo XVIII, la bahía de Santander comenzó a ganar importancia como puerto comercial, lo que aumentó la necesidad de mejorar la seguridad en la navegación. Así, “a finales del siglo XVIII, la isla de Mouro comenzó a ser considerada un lugar estratégico para la construcción de un faro. La idea de erigir un faro en la isla fue impulsada por la creciente importancia de Santander como puerto de comercio, así como por los numerosos naufragios que ocurrían en la bahía y en las aguas circundantes. La necesidad de una señal luminosa que orientara a los navegantes, especialmente durante la noche y en condiciones meteorológicas adversas, era cada vez más urgente”.

“El faro de la isla de Mouro fue inaugurado oficialmente en 1839, aunque la idea de su construcción comenzó a gestarse varios años antes”. El faro fue diseñado para ser visible desde largas distancias. “Con una torre de 18 metros de altura, el faro se convirtió en uno de los puntos de referencia más importantes en la costa cantábrica. Su luz tenía un alcance de hasta 22 millas náuticas (alrededor de 40 kilómetros), lo que lo convertía en una de las principales ayudas a la navegación en la zona”.

“A lo largo del siglo XIX, la isla de Mouro también desempeñó un papel estratégico en términos de defensa. Durante las Guerras Carlistas (1833-1876), la isla y sus alrededores fueron escenario de importantes movimientos militares, ya que la bahía de Santander era un punto de interés para los bandos enfrentados”. En esos años, “la isla de Mouro sirvió como un punto de vigilancia, y aunque no se construyeron grandes fortificaciones en la isla, su ubicación estratégica permitió que fuera utilizada como parte del sistema de defensa de la ciudad de Santander. El control de la bahía de Santander y sus accesos era esencial para las operaciones militares en la región, y la isla de Mouro ofrecía un lugar ideal para vigilar las entradas y salidas del puerto. “En este contexto, el faro de la isla también adquirió una función simbólica, ya que representaba un faro de esperanza y resistencia para los defensores del puerto y la ciudad de Santander. Aunque la isla no estuvo directamente involucrada en grandes batallas, su presencia en la bahía proporcionó una sensación de seguridad a los habitantes de la ciudad y a los barcos que se encontraban en el puerto”.

“A lo largo del siglo XX, la isla de Mouro se fue consolidando como un espacio protegido y de interés natural. Su biodiversidad y su paisaje único comenzaron a ser valorados, y en 1989 la isla fue declarada un espacio natural protegido por su valor ecológico. La isla alberga una gran variedad de especies de flora y fauna, incluyendo aves marinas que la utilizan como lugar de anidación. Su aislamiento la convierte en un refugio para diversas especies, lo que ha llevado a su preservación y a la restricción del acceso humano”.

“El faro de la isla de Mouro sigue siendo uno de los elementos más importantes de la isla y de la bahía de Santander. Aunque la navegación moderna y los avances en la tecnología de los radares han reducido la dependencia de los faros tradicionales, el faro de Mouro sigue siendo un símbolo de la historia marítima de la región y de la seguridad en la navegación”.

“Hoy en día, el faro continúa emitiendo señales luminosas, aunque su función principal es más simbólica que operativa. La isla de Mouro se ha convertido en un lugar de interés turístico, y el faro es un atractivo tanto para los navegantes como para los visitantes que aprecian la belleza natural de la bahía de Santander”.

 


viernes, 11 de septiembre de 2026

01781 La Tortilla de Pan

  GRAN OLVIDADA, GRAN RECORDADA


Recientemente compartí con mis compañeros del grupo de teatro uno de esos almuerzos que tanto nos gustan organizar, y que se han convertido en una necesidad. Pedí, para dar buena cuenta de este encuentro, un salmorrejo aragonés, cuyo gusto por este plato está recogido en este caleidoscopio vital en la entrada número 00464. Se trata en líneas generales de un cocinado a base de cerdo, longaniza, huevos y espárragos, aunque, como no puede ser de otra manera, también admite firma de autor, tradición o costumbre, según fogón donde se ejecute este manjar. En este caso que me ocupa, el salmorrejo lo componían longaniza, tortela, costilla de cerdo y tortilla de pan.

¡Oh, tortilla de pan!, exclamé cuando vi el plato delante de mí. ¡Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la degusté! Tanto me emocionó, que monopolicé el inicio del almuerzo con mis recuerdos, que me llevaron a Alcalá de Gurrea, a casa de mi abuela Genoveva. Cómo olvidar aquellos años de infancia junto a ella, su bondad, su cariño, sus atenciones… y su cocina. Una cocina tradicional, auténtica, plena de sabor, y como todas las abuelas y madres de esa generación, capaces de hacer de la nada una virtud. No eran tiempos para florituras y menos para las cosas del comer. Tonterías las justas.

Se aprovechaba todo, absolutamente todo, y gustara o no gustara el plato, siempre la palabra clave pronunciada por mi abuela, “a comer sin rechistar”. Supongo que habría platos que me harían más tilín que otros, pero los que satisfacían mi apetito los recordaré siempre. Sobre todo, los guisos de conejo, pollo o cerdo. Sus patatas fritas, desde que falleció no las he vuelto a probar mejores; su salmorrejo, elaborado todo con los productos de la matacía del cerdo, lomo, torteta, longaniza y la tortilla de pan, o tortilla trampa, como así la denominaban tanto ella como mi madre.

Esta más que humilde tortilla le gustaba incorporarla a los guisos. Es muy apropiada para ello, pues se empapa de todos los jugos, convirtiéndose en un gran atractivo para el paladar. La tortilla en cuestión era al fin y a la postre, un preparado nacido de la necesidad de aprovechar los restos de pan duro. No veo a mi abuela pensando otra cosa. Nunca la he cocinado, pero la he visto elaborar multitud de veces a mi abuela y a mi madre, que también tenía bien aprendida la lección. Enseñanza, la del aprovechamiento, en la que también mi madre me aleccionó.

Su sencillez, la de la tortilla, se corresponde con su humildad. Tan sencillo como remojar el pan duro en leche, mezclar con unos huevos batidos, ajo y perejil picados, y cuajar en la sartén, para a continuación incorporarla al guiso. Al menos así la vi cocinar en casa.

Sí, la cocina es recuerdo, y también poderlo compartir con unos buenos amigos.

 




miércoles, 9 de septiembre de 2026

01780 Buscar Paisajes

 ILUSIONADOS MOMENTOS



Ría de Cubas, Cantabria. Óleo sobre lienzo
Cada mañana busco un paisaje que me traiga un recuerdo feliz, que me facilite las herramientas necesarias para afrontar las interrogantes jornadas. No tiene por qué ser especialmente bello, espectacular o paradisíaco. Es suficiente con que me devuelva a aquel ilusionado momento sin cicatrices.


martes, 8 de septiembre de 2026

01779 Las Acelgas Amarillas de Lyon

TIERNA Y SUAVE


Este verano, estar en el huerto no ha sido tan paradisíaco como estíos precedentes. Con las altas temperaturas registradas, no diré que ha sido un infierno, pero casi. A ello se han sumado una gran variedad de insectos, amén de la ya tradicional araña roja en las tomateras. Es lo que tiene practicar el ecologismo más absoluto. Algunas plantas han fenecido antes de lo acostumbrado y otras no han dado el rendimiento deseado. De todas formas, en cuanto a producción en general se refiere, no me puedo quejar. Pero si me tengo que quedar con algo digno de destacar, es la variedad de plantas que he conocido este año, de la mano de su calidad, buen resultado y prestancia en el huerto. Varias de ellas ya han dejado su sello en este caleidoscopio vital, cediendo en esta ocasión el testigo a la acelga amarilla de Lyon.

Se trata de una variedad de acelga muy productiva y valorada por sus grandes hojas de color amarillo verdoso y sus pencas blancas, anchas y carnosas. Su textura es tierna y de suave sabor. En su máximo esplendor, sus hojas anchas y abullonadas se muestran muy voluminosas. No confundir esta variedad con la acelga de penca amarilla, que posee unos tallos de un llamativo color amarillo brillante.

Tenía ganas de probarla, aunque fui paciente y esperé a que sus tallos y hojas adquirieran un considerable tamaño. Hasta ese momento me conformé con cuidar la media docena de plantas que cultivé y alegrarme cada día con su hermoso color, en contraste con las acelgas rojas y verdes que las acompañan.

De momento, solo las he probado hervidas con patatas, y salteadas con un sofrito de cebolla y jamón. Es como habitualmente consumimos en casa la acelga. Me resultó muy agradable al paladar, casi dulce; nada que ver con las acelgas rojas o verdes. Ahora, además de seguir cuidándolas, tendré que ampliar horizontes en cuanto a su consumo se refiere. Y por supuesto, contaré con ella en venideras plantaciones.




lunes, 7 de septiembre de 2026

01778 La Citronela

 UN AROMA PARA UN MOMENTO PLACENTERO EN LAS NOCHES DE VERANO


El aroma de la citronela se ha convertido en mis últimos años en un clásico en las noches de verano. El motivo es que esta planta, con su aroma fresco y cítrico, tiene una poderosa acción como repelente natural de insectos, especialmente de los molestos y agotadores mosquitos. En las noches de estío, me gusta sentarme en la terraza de casa con un libro o algo de lectura. Y en ausencia de uno u otro, apoltronarme en el sofá con mis pensamientos y mirar las estrellas, en compañía del dulce aroma que desprende una enorme vela de citronela encendida. Me resulta un momento muy placentero.

Tendría que hablar en pasado, porque este año, a pesar de la citronela, los mosquitos me tienen aborrecido y hasta dolorido. Mi cuerpo es como una paella, lleno de granos, motivados por sus picadoras. Bien es cierto, que muchos de los abones me los traigo del huerto, a pesar de la albahaca, otro repelente de insectos.

En lo que llevamos de verano, no creo que haya pasado en la terraza más de una hora seguida por la noche. Es como el día de la marmota. Empiezo mi estancia bien, pero al cabo de un cuarto de hora comienzo a rascarme en distintas partes del cuerpo, hasta que llega un momento en el que no puedo más. Tengo la impresión de que este año los mosquitos no pican, muerden. Cuando mis manos ya no dan abasto y no saben a qué parte de mi cuerpo acudir para rascar, apago la vela de citronela y me guarezco en casa.

Hace unas semanas estuve cenando en la terraza de casa de una amiga. El olor a citronela era espectacular. Busqué con la mirada una vela o similar, pero no encontré nada. Así que le pregunté de dónde provenía tan identificable olor. Mi amiga me señaló con el dedo una planta bien nutrida de hojas, de entre el medio centenar que hermosean su terraza. Nunca había visto una planta de citronela, así que no la podía distinguir. Conforme me acerqué a la planta, su aroma se tornó más intenso y penetrante. Mi anfitriona zarandeó entonces sus verdes, largas, lineales y estrechas hojas con las manos, lo que potenció más el olor a citronela. Me hizo observar que era un gran repelente de mosquitos, y que, de hecho, desde que había incorporado la planta a la terraza, no le había picado insecto alguno.

Le dije a mi amiga que yo era un fan de este aroma y que era conocedor de sus propiedades, aunque este verano no estaban funcionando. Ni corta ni perezosa, de la generosa maceta de citronela, arrancó unos no menos generosos tallos y me recomendó que al llegar a casa los pusiera en un vaso de agua durante unos días y que luego los plantara en una maceta. Y así lo hice, pero no funcionó. Ni con la planta, ni con la vela de citronela, aguanto más de una hora en la terraza. ¡Es horroroso! Me arrancaría la piel a tiras.

En vista de que la planta no dio los resultados previstos en la terraza de casa, me la llevé al huerto, donde goza de una excelente salud. Ha crecido ya considerablemente. Cuando lleguen los primeros fríos la regresaré a casa y le buscaré un buen cobijo. A ver si para el próximo verano tengo más suerte, porque lo que es este… Pero que conste, que me encanta la citronela.

Nota: las fotografías no hacen justicia a la planta. Tomé las instantáneas con el toldo anaranjado de la terraza bajado. Por eso el extraño color.





domingo, 6 de septiembre de 2026

01777 El Tomate Lucky Tiger

 DULCE Y JUGOSO


Cuando me aficioné hace algo más de una década al mundo hortícola, en materia de tomateras solo cultivaba el tomate rosa de Barbastro y el de Huesca. Son los que en esos momentos me recomendaron. Con el tiempo he ido incorporando otras variedades hasta conseguir las quince que cultivo en la actualidad. En los últimos años, cada primavera pruebo con nuevas variedades. Si observo que funcionan, y que el tomate en cuestión me gusta, cuento con él para la próxima temporada.

El fruto que traigo a colación en esta ocasión lo conocí hace cuatro años. Me lo recomendaron en el vivero donde adquiero habitualmente las plantas. Me hablaron maravillas de él. Compré media docena de ellas y esperé el resultado. No me decepcionó ni su sabor, ni la producción. Me pareció un tomate espectacular, para convertirse desde ese año en uno de mis favoritos. Una apreciación compartida por todos aquellos a los que se los di a probar.

Se trata del tomate Lucky Tiger, una de las muchas variedades de las denominadas tomate tigre, nombre que se utiliza para describir a las variedades de tomates que tienen la piel con rayas o vetas de colores, que recuerdan a las marcas de un tigre. Su tamaño es más bien pequeño, aunque no tanto como un cherry. Sus flores desarrollan unos tomates oblongos, de poco peso y de un máximo de 5 centímetros de largo. Cuando nacen presentan un color verdoso y conforme va madurando, adquiere toques amarillentos y tintes rojizos con unas rayas de color verde intenso. Su sabor es dulce y muy jugoso, y su piel fina. 

Aunque habitualmente los consumo abiertos por sus mitades, simplemente con aceite y sal, me encanta comerlos enteros y explosionarlo en la boca. Toda una experiencia. 






01776 El Primer Sorbo de Café

 UN MOMENTO MUY ESPECIAL


Un amigo que, según me confesó, cuando se acuerda, acostumbra a echar un vistazo a este blog, me hizo saber que para él, algo que le encanta, es el primer sorbo dado a una cerveza. Me trasladó que se trataba de un momento muy especial, y que aunque reiterativo y aprendido, siempre le producía una inexplicable sensación.

No supo darme más detalles al respecto, pero yo le entendí a la perfección. A mi me sucede lo mismo, pero con el café. A lo largo del día me puedo llegar a tomar más de media docena de cafés americanos, pero ese sorbo dado al primer café de cada mañana, tiene un gusto un tanto particular y me produce una sensación, al igual que el primer sorbo de cerveza para mi amigo, muy especial. Tengo la impresión de que es el primer acto consciente de cada despertar, de lanzar la mirada al cielo en busca del itinerario a seguir durante el día, de soñar con los ojos abiertos y de preparar a mi cuerpo y a sus cinco sentidos de que cualquier cosa puede pasar. 

Sí, amigo, sé lo que me quisiste decir, aunque no acertaras a explicarlo.