EL CORAZÓN DEL ATARDECER
miércoles, 16 de septiembre de 2026
01784 Una Discreta Discusión
domingo, 13 de septiembre de 2026
01783 El Tomate Piennolo Giallo
DEL VESUBIO
Nunca ha habido tanto color en mi huerto. Todo ha sido
gracias a las incorporaciones de las nuevas variedades tanto de tomates como de
acelgas. Da gusto y alegría verlo. Y eso que el calor, excesivo calor de este
verano, me ha ocasionado alguna que otra baja entre las plantas y no se han mostrado
como acostumbran. De cualquier manera, estoy contento.
En este caleidoscopio vital he comentado recientemente las
incorporaciones al huerto de las acelgas rojas y de las acelgas amarillas de Lyon.
En esta ocasión, traigo una nueva variedad de tomate que se ha estrenado en el
huerto con intención de continuidad, pues me ha parecido una joyita. Me estoy
refiriendo al italiano tomate piennolo giallo.
El pasado otoño, mi cuñado estuvo en Nápoles, tal y como
acostumbra en los últimos años. De sus viajes siempre nos trae algún presente.
En esa ocasión, nos preguntó si queríamos algo en concreto, a lo que le
sugerimos que nos trajera semillas de tomate del entorno del Vesubio. A su
regreso, nos inundó de semillas de curiosas variedades de tomate. Entre ellas
se encontraban semillas del denominado tomate piennolo giallo. Esta primavera
sembré en semilleros parte de las semillas de las distintas variedades. Mi expectación
fue total. A ver qué sucedía.
Este tomate es también conocido como Pomodorino del Piennolo
del Vesuvio Giallo y se cultiva principalmente en los suelos volcánicos del
Vesubio, en la italiana región de Campania. Son frutos pequeños, tipo Cherry,
de forma ovalada, con una punta en la parte inferior llamada umbone o pizzeto y
pesan entre 20 y 30 gramos. Su coloración amarilla denota una altísima
concentración de beta-caroteno, vitamina A, además de ser tres veces más rico
en otras vitaminas que las variedades rojas comunes.
El término “piennolo”, péndulo en dialecto napolitano,
proviene del método tradicional de conservación. Los frutos se forman en la planta
en racimos y los agricultores italianos cortan estos enteros para trenzarlos
con un hilo de cáñamo hasta formar un gran racimo circular. Posteriormente, se
cuelgan en techos, balcones o en lugares secos y ventilados. Gracias a su piel
gruesa y pulpa firme y compacta, el tomate se conserva de forma natural durante
meses a lo largo del invierno, concentrando sus azúcares y volviéndose aún más
sabroso con el tiempo. A este respecto, tengo que decir que de momento me ha
sido imposible recolectarlos en racimos, pues debido al sofocante calor, muchos
ejemplares se han ido cayendo de las ramas. Algunos he conseguido coger en
racimo, pero no me dan para realizar un gran racimo circular. Me he quedado con
las ganas. Así que tendré que esperar al próximo año y ver si hay más suerte,
ya que está claro, que han venido para quedarse en mi huerto.
De momento, los vamos consumiendo simplemente en ensalada
con aceite y sal. Tengo que explorar otras formas, como en salsas o con otros
acompañamientos. Me da que por su textura y sabor tienen mucho recorrido.
sábado, 12 de septiembre de 2026
01782 La Isla de Mouro y Su Faro
PÉTREO TESTIGO
Me he propuesto pintar paisajes y rincones que tienen para mí,
independientemente de su belleza, un significado muy especial. Escenarios en
los que he sido feliz y que quiero ahora recrearme en ellos plasmándolos en un
lienzo. He comenzado con el Faro de la Isla de Mouro, a quien ya dediqué una
entrada en este reto personal. Fue en los inicios de este caleidoscopio vital,
exactamente en la entrada número 00030. En ese momento, el escrito atendió a los
juegos con mis hijas a pie de playa, en la cántabra playa de Somo, y con el
Faro de la Isla de Mouro como pétreo testigo. Una imagen que nos acompañó
durante casi dos décadas, verano tras verano, y en más de una escapada fuera
del estío. En aquellos días, poco, por no decir nada, conocía del familiar
faro, salvo que medía 18 metros de altura y que el acceso a la isla estaba
restringido.
Para nosotros tenía su encanto, incluso cuando terminaban
nuestras vacaciones, iba a la playa con las niñas expresamente para despedirnos de él hasta
el próximo encuentro. No sé si lo recordarán. Como tampoco yo recuerdo el número
de fotografías que he llegado a capturar de la isla y el faro a lo largo de todos
esos años. Incluso ahora, cuando realizo a Somo alguna esporádica escapada,
continúo sumando más imágenes a la “colección”. Las tengo de todos los palos;
con el mar en calma, bravío, con las aguas verdes, celestes, de un azul
intenso, con un cielo limpio de nubes, con el cielo cubierto, con sol, con bruma…
Tanta es mi querencia por Somo, su playa y el faro, que tenía que trasladar a
un lienzo tantos días de dicha y alegría.
Además, y ya era hora, me he interesado por conocer su
historia, gracias a la web buceopedrena.es,
de donde he sacado los siguientes apuntes:
“La isla de Mouro, ubicada en la bahía de Santander, en la
costa norte de España, es un pequeño islote de gran significado histórico y
geográfico. Aunque no es una de las islas más grandes ni más conocidas de la
región, su historia está marcada por varios factores cruciales que han influido
en la navegación, la defensa y el desarrollo de Santander a lo largo de los
siglos”.
“El origen del nombre «Mouro» ha sido objeto de diversas
interpretaciones a lo largo de los años. Una de las teorías más comunes es que
proviene del término «Mouro», utilizado en la Edad Media para referirse a los
moros o musulmanes. Esto se puede deber a la influencia de la cultura musulmana
en la península ibérica durante la Reconquista. Otra posibilidad es que el
nombre derive de la palabra «muro», dada la geografía escarpada y rocoso de la
isla, que podría haber sido considerada un “muro natural” para los navegantes
que se aproximaban a la bahía”.
“La isla de Mouro aparece en varias fuentes antiguas, aunque
no hay registros precisos sobre su población o sobre las primeras
civilizaciones que pudieron haber habitado o explotado sus recursos. En la
época romana, la zona de Santander ya estaba habitada, pero la isla de Mouro
parece no haber tenido una ocupación humana significativa en esos primeros
tiempos, ya que su entorno natural no era favorable para el establecimiento de
una población”.
“No existen registros específicos de fortificaciones o
estructuras defensivas en la isla durante la Edad Media, aunque no se puede
descartar que pudiera haber sido utilizada para la vigilancia de posibles
invasores o para controlar el tráfico marítimo. El puerto de Santander, aunque
no tenía la misma importancia que en épocas posteriores, ya estaba siendo
utilizado como puerto de comercio y como punto de paso para las embarcaciones
que se dirigían al norte de la península”.
Con el auge del comercio y la mejora de las rutas marítimas
en el siglo XVIII, la bahía de Santander comenzó a ganar importancia como
puerto comercial, lo que aumentó la necesidad de mejorar la seguridad en la
navegación. Así, “a finales del siglo XVIII, la isla de Mouro comenzó a ser
considerada un lugar estratégico para la construcción de un faro. La idea de
erigir un faro en la isla fue impulsada por la creciente importancia de
Santander como puerto de comercio, así como por los numerosos naufragios que
ocurrían en la bahía y en las aguas circundantes. La necesidad de una señal
luminosa que orientara a los navegantes, especialmente durante la noche y en
condiciones meteorológicas adversas, era cada vez más urgente”.
“El faro de la isla de Mouro fue inaugurado oficialmente en
1839, aunque la idea de su construcción comenzó a gestarse varios años antes”. El
faro fue diseñado para ser visible desde largas distancias. “Con una torre de
18 metros de altura, el faro se convirtió en uno de los puntos de referencia
más importantes en la costa cantábrica. Su luz tenía un alcance de hasta 22
millas náuticas (alrededor de 40 kilómetros), lo que lo convertía en una de las
principales ayudas a la navegación en la zona”.
“A lo largo del siglo XIX, la isla de Mouro también
desempeñó un papel estratégico en términos de defensa. Durante las Guerras
Carlistas (1833-1876), la isla y sus alrededores fueron escenario de
importantes movimientos militares, ya que la bahía de Santander era un punto de
interés para los bandos enfrentados”. En esos años, “la isla de Mouro sirvió
como un punto de vigilancia, y aunque no se construyeron grandes
fortificaciones en la isla, su ubicación estratégica permitió que fuera
utilizada como parte del sistema de defensa de la ciudad de Santander. El
control de la bahía de Santander y sus accesos era esencial para las
operaciones militares en la región, y la isla de Mouro ofrecía un lugar ideal
para vigilar las entradas y salidas del puerto. “En este contexto, el faro de
la isla también adquirió una función simbólica, ya que representaba un faro de
esperanza y resistencia para los defensores del puerto y la ciudad de
Santander. Aunque la isla no estuvo directamente involucrada en grandes batallas,
su presencia en la bahía proporcionó una sensación de seguridad a los
habitantes de la ciudad y a los barcos que se encontraban en el puerto”.
“A lo largo del siglo XX, la isla de Mouro se fue
consolidando como un espacio protegido y de interés natural. Su biodiversidad y
su paisaje único comenzaron a ser valorados, y en 1989 la isla fue declarada un
espacio natural protegido por su valor ecológico. La isla alberga una gran
variedad de especies de flora y fauna, incluyendo aves marinas que la utilizan
como lugar de anidación. Su aislamiento la convierte en un refugio para
diversas especies, lo que ha llevado a su preservación y a la restricción del
acceso humano”.
“El faro de la isla de Mouro sigue siendo uno de los
elementos más importantes de la isla y de la bahía de Santander. Aunque la
navegación moderna y los avances en la tecnología de los radares han reducido
la dependencia de los faros tradicionales, el faro de Mouro sigue siendo un
símbolo de la historia marítima de la región y de la seguridad en la navegación”.
“Hoy en día, el faro continúa emitiendo señales luminosas,
aunque su función principal es más simbólica que operativa. La isla de Mouro se
ha convertido en un lugar de interés turístico, y el faro es un atractivo tanto
para los navegantes como para los visitantes que aprecian la belleza natural de
la bahía de Santander”.
viernes, 11 de septiembre de 2026
01781 La Tortilla de Pan
GRAN OLVIDADA, GRAN RECORDADA
Recientemente compartí con mis compañeros del grupo de
teatro uno de esos almuerzos que tanto nos gustan organizar, y que se han
convertido en una necesidad. Pedí, para dar buena cuenta de este encuentro, un
salmorrejo aragonés, cuyo gusto por este plato está recogido en este
caleidoscopio vital en la entrada número 00464. Se trata en líneas generales de
un cocinado a base de cerdo, longaniza, huevos y espárragos, aunque, como no
puede ser de otra manera, también admite firma de autor, tradición o costumbre,
según fogón donde se ejecute este manjar. En este caso que me ocupa, el
salmorrejo lo componían longaniza, tortela, costilla de cerdo y tortilla de pan.
¡Oh, tortilla de pan!, exclamé cuando vi el plato delante de
mí. ¡Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la degusté! Tanto me
emocionó, que monopolicé el inicio del almuerzo con mis recuerdos, que me
llevaron a Alcalá de Gurrea, a casa de mi abuela Genoveva. Cómo olvidar
aquellos años de infancia junto a ella, su bondad, su cariño, sus atenciones… y
su cocina. Una cocina tradicional, auténtica, plena de sabor, y como todas las
abuelas y madres de esa generación, capaces de hacer de la nada una virtud. No
eran tiempos para florituras y menos para las cosas del comer. Tonterías las
justas.
Esta más que humilde tortilla le gustaba incorporarla a los
guisos. Es muy apropiada para ello, pues se empapa de todos los jugos, convirtiéndose
en un gran atractivo para el paladar. La tortilla en cuestión era al fin y a la
postre, un preparado nacido de la necesidad de aprovechar los restos de pan duro.
No veo a mi abuela pensando otra cosa. Nunca la he cocinado, pero la he visto
elaborar multitud de veces a mi abuela y a mi madre, que también tenía bien
aprendida la lección. Enseñanza, la del aprovechamiento, en la que también mi
madre me aleccionó.
Su sencillez, la de la tortilla, se corresponde con su humildad.
Tan sencillo como remojar el pan duro en leche, mezclar con unos huevos batidos,
ajo y perejil picados, y cuajar en la sartén, para a continuación incorporarla
al guiso. Al menos así la vi cocinar en casa.
Sí, la cocina es recuerdo, y también poderlo compartir con
unos buenos amigos.
miércoles, 9 de septiembre de 2026
01780 Buscar Paisajes
ILUSIONADOS MOMENTOS
Ría de Cubas, Cantabria. Óleo sobre lienzo |
martes, 8 de septiembre de 2026
01779 Las Acelgas Amarillas de Lyon
TIERNA Y SUAVE
Este verano, estar en el huerto no ha sido tan paradisíaco como
estíos precedentes. Con las altas temperaturas registradas, no diré que ha sido
un infierno, pero casi. A ello se han sumado una gran variedad de insectos,
amén de la ya tradicional araña roja en las tomateras. Es lo que tiene
practicar el ecologismo más absoluto. Algunas plantas han fenecido antes de lo
acostumbrado y otras no han dado el rendimiento deseado. De todas formas, en
cuanto a producción en general se refiere, no me puedo quejar. Pero si me tengo
que quedar con algo digno de destacar, es la variedad de plantas que he
conocido este año, de la mano de su calidad, buen resultado y prestancia en el
huerto. Varias de ellas ya han dejado su sello en este caleidoscopio vital,
cediendo en esta ocasión el testigo a la acelga amarilla de Lyon.
Tenía ganas de probarla, aunque fui paciente y esperé a que
sus tallos y hojas adquirieran un considerable tamaño. Hasta ese momento me
conformé con cuidar la media docena de plantas que cultivé y alegrarme cada día
con su hermoso color, en contraste con las acelgas rojas y verdes que las
acompañan.
De momento, solo las he probado hervidas con patatas, y
salteadas con un sofrito de cebolla y jamón. Es como habitualmente consumimos en
casa la acelga. Me resultó muy agradable al paladar, casi dulce; nada que ver con
las acelgas rojas o verdes. Ahora, además de seguir cuidándolas, tendré que
ampliar horizontes en cuanto a su consumo se refiere. Y por supuesto, contaré
con ella en venideras plantaciones.
lunes, 7 de septiembre de 2026
01778 La Citronela
UN AROMA PARA UN MOMENTO PLACENTERO EN LAS NOCHES DE VERANO
El aroma de la citronela se ha convertido en mis últimos años en un clásico en las noches de verano. El motivo es que esta planta, con su aroma fresco y cítrico, tiene una poderosa acción como repelente natural de insectos, especialmente de los molestos y agotadores mosquitos. En las noches de estío, me gusta sentarme en la terraza de casa con un libro o algo de lectura. Y en ausencia de uno u otro, apoltronarme en el sofá con mis pensamientos y mirar las estrellas, en compañía del dulce aroma que desprende una enorme vela de citronela encendida. Me resulta un momento muy placentero.
Tendría que hablar en pasado, porque este año, a pesar de la
citronela, los mosquitos me tienen aborrecido y hasta dolorido. Mi cuerpo es
como una paella, lleno de granos, motivados por sus picadoras. Bien es cierto,
que muchos de los abones me los traigo del huerto, a pesar de la albahaca, otro
repelente de insectos.
Hace unas semanas estuve cenando en la terraza de casa de
una amiga. El olor a citronela era espectacular. Busqué con la mirada una vela
o similar, pero no encontré nada. Así que le pregunté de dónde provenía tan identificable
olor. Mi amiga me señaló con el dedo una planta bien nutrida de hojas, de entre
el medio centenar que hermosean su terraza. Nunca había visto una planta de
citronela, así que no la podía distinguir. Conforme me acerqué a la planta, su
aroma se tornó más intenso y penetrante. Mi anfitriona zarandeó entonces sus
verdes, largas, lineales y estrechas hojas con las manos, lo que potenció más
el olor a citronela. Me hizo observar que era un gran repelente de mosquitos, y
que, de hecho, desde que había incorporado la planta a la terraza, no le había
picado insecto alguno.
En vista de que la planta no dio los resultados previstos en
la terraza de casa, me la llevé al huerto, donde goza de una excelente salud.
Ha crecido ya considerablemente. Cuando lleguen los primeros fríos la regresaré
a casa y le buscaré un buen cobijo. A ver si para el próximo verano tengo más
suerte, porque lo que es este… Pero que conste, que me encanta la citronela.
Nota: las fotografías no hacen justicia a la planta. Tomé
las instantáneas con el toldo anaranjado de la terraza bajado. Por eso el
extraño color.












