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viernes, 21 de junio de 2024

01374 El Monasterio de Santo Toribio de Liébana

RECUERDO DE DOS AÑOS JUBILARES


Este emblemático monasterio cántabro lo he visitado en familia en la celebración de dos años jubilares, en 2006 y 2023. El primer año coincidió con el día de la apertura del Año Jubilar Lebaniego. Esa jornada no cabía un alma más en el entorno del monasterio, que contó con la presencia, entre otros altos cargos políticos, de la vicepresidenta primera del Gobierno de España, la socialista María Teresa Fernández de la Vega, y de Mariano Rajoy, por aquel entonces, presidente del Partido Popular. Fue imposible moverse, y por supuesto, pasar por la Puerta del Perdón, una misión imposible. Nuestra presencia se convirtió en una mera anécdota. Además de la muchedumbre, hacía mucho calor, las niñas eran pequeñas y resultaba todo bastante incómodo. Así, que abandonamos el lugar, sin hacernos una mínima idea de cómo era y nos dirigimos a la cercana y coqueta localidad de Potes, para congraciarnos con el día a través de la ingesta de un espectacular y delicioso cocido lebaniego.

Puerta del Perdón
Nuestra visita en 2023 fue la antítesis de la del 2006. Una apacible tarde de septiembre y con todo el monasterio para nosotros. En las tres horas que estuvimos, no creo que llegáramos a cruzarnos con más de dos decenas de personas. Comenzamos la visita conociendo algo del lugar elegido en el siglo VI, en el corazón de la comarca de Liébana, por “Toribio de Palencia y unos cuantos monjes para vivir entregados a la oración y la vida comunitaria bajo la guía de un Abad”.

El Rey Alfonso I, tras la invasión árabe, pobló y organizó el territorio de Liébana con cristianos de la Meseta, “para crear un vacío estratégico como frontera frente a los árabes”. Hasta aquí llegaron monjes que se instalaron en la comarca, fundando monasterios como el de San Martín de Turieno, que con el tiempo se convertiría en Santo Toribio de Liébana.

En el siglo VIII, el Abad Beato, escribiría el “Comentario al Apocalipsis, obra que alcanzaría gran difusión, dando origen a lo que se conoce como “Beatos de Liébana”, que son “las copias diferentes dentro del mundo monástico (s IX a XIII, puede haberlos también de S. XVI) de este códice. Al igual que San Juan en el Apocalipsis, la tesis que quiere difundir San Beato es que el Cordero vencerá a la Bestia: Cristo resucitado prevalecerá sobre el mal”.

En el siglo IX, cuando los cristianos de Astorga, con el fin de proteger la reliquia del Lignum Crucis o Leño de la Cruz, del avance árabe en la península, “la traen a este pequeño monasterio, reliquia que, según la tradición, fue traída de Jerusalén por el primer obispo de Astorga a este monasterio conocido en aquel entonces como Monasterio de San Martín de Turieno”. El Papa Julio II, al observar que el monasterio se había convertido en un importante centro de peregrinación, concedió a este lugar el privilegio de Año Santo, cada vez que el 16 de abril, festividad de Santo Toribio, coincidiera con domingo. 

Conocidos los cuatro datos a tener en cuenta, iniciamos nuestro recorrido y nos adentramos en los pormenores del monasterio, que estuvo habitado por monjes benedictinos. Tras la Exclaustración de Mendizábal en 1834, la comunidad desaparecería, hasta que, en 1961, volvería a ser habitado por una pequeña fraternidad de frailes franciscanos, herederos de San Francisco de Asís.

“Las primitivas construcciones que conformarían el monasterio serían sencillas, dentro del estilo prerrománico, quizás de estilo asturiano o mozárabe. Durante los siglos X y XI se había producido una gran expansión del monasterio y en el año 1256 se construye la actual iglesia”.

Accedimos al templo por la Puerta del Perdón, no sin antes leer las condiciones para obtener la “Gracia Jubilar” o indulgencia plenaria, además de leer la Oración que se encuentra ante la Puerta del Perdón.  A saber: Rezar el Padrenuestro, como signo de que volvemos al Padre Dios. Rezar el Credo, como renovación de nuestra fe. Rezar una oración por el Papa, Padrenuestro, Salve o Avemaría. Confesión y comunión en el mismo día o en una fecha próxima, 15 días antes o después de la peregrinación. Y, por último, asistir a la “Misa del peregrino”; Misa que tiene lugar todos los días a las 12,00 horas en el Monasterio de Santo Toribio durante todo el Año Jubilar Lebaniego.

Ya dentro del templo, pudimos observar que este sigue las directrices del gótico monástico de influencia cisterciense, con la claridad de líneas y de espacios y la sobriedad decorativa que caracteriza a la arquitectura de la Orden de San Bernardo. “Posee una cabecera de tres ábsides poligonales y un cuerpo de tres naves de similar altura. Todas las bóvedas son de crucería y algunas llevan nervios de refuerzo. La escasa decoración se concentra en los capiteles. Los del ábside mayor llevan decoración figurada de cabezas humanas y de animales, el toro y el oso que, según la leyenda, ayudaron a Santo Toribio a construir la iglesia”.

Obligada atención merece la capilla del Lignum Crucis, de estilo Barroco Colonial. No se permite hacer fotografías, así que, como acostumbro a ser respetuoso con este tipo de prohibiciones, me puse la cámara fotográfica en bandolera y hacia atrás para evitar tentaciones.  

La capilla fue construida a principios del siglo XVIII por el que fuera Inquisidor en Madrid y arzobispo de Santa Fe de Bogotá (Colombia), Francisco Gómez de Otero y Cossío (1640-1714), natural del vecino pueblo de Turieno, cuya estatua orante se erige en un lucillo junto al altar. “Destaca la extraordinaria cúpula, en cuyas pechinas están representados los evangelistas, entre una exuberante decoración de guirnaldas, amorcillos, y otros elementos simbólicos de los de la Pasión y motivos heráldicos”.

“El camarín de estilo Barroco, hecho para cobijar el Lignum Crucis, fue diseñado hacia 1705 por Fr. Pedro Martínez de Cardeña. En sus hornacinas presenta la diversidad de Santos Padres, Apóstoles y Santos. Al pie de este solemne templete encontramos la Presencia Eucarística del Señor en el Sagrario. Es Cristo vivo, el mismo que dio su vida en la Cruz”.

“Al exterior destaca la fachada meridional en donde se encuentran las dos portadas. La más amplia es la principal, en arco apuntado rodeado de arquivoltas, que se apoyan en capiteles cuyas representaciones simbólicas hacen referencia a los sacramentos. A su derecha y embutida junto a un contrafuerte se construyó la Puerta del Perdón, que se abre solemnemente para el Jubileo. A los pies de la edificación se eleva una maciza torre de campanas, en cuyo interior se encuentra el coro”.

Desde la plaza se accede al claustro monástico, edificado en el s. XVII, de estilo Herreriano, a cuya entrada se encuentra un admirable relieve de Jesús Otero, que representa a Beato en su Scriptorium. El centro del Claustro lo ocupa el agua recordándonos que Cristo es el agua viva.

Durante la Edad Moderna se inicia la decadencia del monasterio, al transformarse en parroquias un gran número de las iglesias lebaniegas que de él dependían, acabando su vida monástica con la desamortización de Mendizábal, en 1837.

En 1960, tras la restauración del ruinoso edificio, se hacen cargo los Frailes Franciscanos; la misma Orden que custodia los Santos Lugares de Jerusalén.

LIGNUM CRUCIS (Leño de la Cruz)

En el baldaquino situado en el centro de la capilla, se venera el Lignum Crucis; Dios hecho hombre fue crucificado dando su vida por cada uno de nosotros.

“La reliquia llegó al Monasterio al mismo tiempo que los restos de Santo Toribio, alrededor del siglo VIII, a fin de protegerla del avance árabe en la península. Fue traída de Astorga a donde llegó a su vez en el siglo VI desde Roma de manos de Santo Toribio, primer obispo de Astorga.

Según el P. Sandoval, cronista de la orden benedictina, esta reliquia corresponde al “brazo izquierdo de la Santa Cruz, que la Reyna Elena (madre del emperador Constantino, en el siglo IV) dejó en Jerusalén cuando descubrió las cruces de Cristo y los ladrones. Está aserrado y puesto en modo de Cruz, quedando entero el agujero sagrado donde clavaron la mano de Cristo”.

La reliquia del Leño de la Cruz se encuentra incrustada en un relicario en forma de cruz en plata dorada, de estilo gótico, realizado en un taller vallisoletano en 1679. Las medidas del Leño Santo son de 63 cm el palo vertical y 39 cm el travesaño, con un grosor de 3’8 cm siendo la reliquia más grande conservada de la Cruz de Cristo.

“Pruebas científicas realizadas en 1958, verificaron que la madera del Santo Leño es un Cupressus Sempervirens L, una variedad de ciprés autóctona de Palestina y con una antigüedad superior a los 2.000 años”.

CAMINO LEBANIEGO

Santo Toribio de Liébana es uno de los cuatro lugares Santos de peregrinación perpetua de la Iglesia, aumentados a tres más en la actualidad. Los peregrinos que hacen este Camino, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, se llaman CRUCENOS por ser peregrinos de la Cruz.

En el monasterio se sellan las credenciales a los peregrinos y se les entrega el diploma del peregrino: La Lebaniega, firmada y sellada por la Fraternidad Franciscana.

Recomendable la lectura del libro “El Cantar de Liébana”, de José María Pérez González, más conocido como “Peridis”, arquitecto, dibujante, divulgador del patrimonio cultural y escritor. Nacido en la localidad cántabra de Cabezón de Liébana, “Peridis” realiza en esta novela recomendada “una original síntesis de todos sus muchos saberes y virtudes, además de un homenaje a su tierra natal y al más ilustre de sus paisanos, el monje Beato, autor en el siglo VIII de unos comentarios al Apocalipsis de fama imperecedera.







Interior del templo


Claustro del monasterio de Santo Toribio de Liébana





viernes, 17 de mayo de 2024

01346 El Puntal de Somo

 PLAYA DE REFERENCIA


Traigo hasta este caleidoscopio vital a mi playa de referencia. Un lugar hermoso y placentero; antes de cubo y pala, y ahora de reflexivo paseo. Una lengua de arena al capricho de una hermosa bahía. Se trata de la playa del Puntal, en la localidad de Somo, en Ribamontán al Mar, en el espacio de las dunas del Puntal y el estuario del Miera, frente a la hermosa y acogedora Santander.

Playa querida a fuerza de vivirla, de sentirla, de quedarse en las pupilas año tras año, de escapada en escapada, de pisarla, de respirar su brisa, con sus brumas y sus soles, mientras la mirada recorre una y otra vez un paisaje bello y aprendido.

Apenas la separan de Santander, en línea recta atravesando la bahía, unos 700 metros. Un arenal saliente de 2 kilómetros de longitud, y que es un punto y seguido de las playas de Loredo y Somo.

Ya no hay olas que saltar, ni nadie a quien acompañar en su entretenimiento. Ahora me acompaño a mí mismo, que también me necesito. Y camino sobre la aseada arena. Y pienso. Y miro a la derecha. Allí está mi faro de Mouro, vigía de este trozo de costa cántabra. Allí también se quedaron mis cuentos inventados de piratas y tesoros, y del hombre que vive solo. Y reflexiono. Miro al frente, a Santander, a la ciudad que sabe mirar al mar. Le guiño el ojo al Palacio de la Magdalena. Siempre le guiño el ojo. Es el signo de nuestra complicidad. Continúo dejando huellas a mi paso como un anónimo playista más. No me gusta para este caso el nombre de playista. Como un transeúnte en bañador más. Así mejor. Ya falta poco para llegar a la punta del puntal, desde donde disfrutar de una bahía, la de Santander, con todo su color y la actividad de barcas, botes, lanchas y yates. Un descanso y de regreso a Somo, acompañado solo con mis pensamientos y la dicha, sí, la dicha de reencontrarme una vez más con este pequeño y cuidado paraíso, que tiene por nombre El Puntal de Somo.

 

 

 




martes, 16 de enero de 2024

01250 El Queso Picón de Hoja

 FUENTE DÉ


Desde que visité Cantabria por primera vez, de esto hace más de tres décadas, para convertirse en nuestro paraíso vacacional familiar, le eché el ojo, bueno el gusto, al queso de hoja, dada mi afición a los quesos azules. Fue todo un descubrimiento. Desde entonces, el queso de hoja siempre ha estado en el frigorífico de nuestro apartamento vacacional, además de “amenizarnos” con su olor, el regreso a casa.

Los he probado de distintas marcas e incluso sin ella, comprados en el mercado a algún aldeano. Todos me han parecido excepcionales. Puede que sea este uno de los quesos más reconocibles de Cantabria. Está elaborado a partir de leche de vaca, cabra y oveja, que le confieren una textura y sabor muy peculiar. Resulta un queso cremoso, por el aporte de la leche de oveja, con un toque picante, gracias a la leche de cabra, y que se recubre de hojas, lo que hace que se conserve en buenas condiciones.

Mención aparte, para mis entendederas, merece el queso Picón Bejes, que se produce, elabora y madura, por un periodo de tres meses, y que está protegido por la denominación “Picón Bejes-Tresviso”, en la comarca de Liébana y Ayuntamiento de Peñarrubia.

En mi última visita a Cantabria, después de varias intentonas a lo largo de los años, por fin pude degustar las delicias que ofrece la santanderina Bodega Fuente Dé, ubicada en la calle Peña Herbosa, número 5. Ya cité este establecimiento hostelero en la entrada número 1220, cuando dejé constancia de mi gusto por el cocido Lebaniego, y en particular, por el que aquí se ofrece y cocina. Pues bien, si ya tenía encumbrado este queso, el que probé aquí superó todas las cimas. Sabía de su fama y popularidad, y tras degustarlo, entendí el motivo. Aparte de su exquisito sabor y lograda cremosidad, me fascinó la generosidad con la que lo sirven, y en los tiempos que corren, su precio; media ración, abundante media ración, 4 euros. No sé cuántos quesos pueden llegar a ofrecer a lo largo del año, lo pregunté, pero no encontré respuesta, tan solo una risueña sonrisa, pero a tenor de las raciones que vi salir de detrás del mostrador durante el tiempo que estuve “poniéndome las botas, debe ser más que importante.

Me temo que no encontraré ya queso Picón de hoja tan delicado. O sí, vaya usted a saber. Cuestión de seguir probando cuando tenga oportunidad. 

 






viernes, 10 de junio de 2022

00999 El Cocido Montañés

COCIDO CON FUNDAMENTO


En numerosas ocasiones he dejado constancia de mi gusto por los platos de cuchara. El que traigo en esta ocasión a colación no lo he elaborado nunca, pero lo he tomado siempre que he tenido oportunidad. Se trata del cocido montañés, una receta típica de mi querida y tantas veces disfrutada Cantabria. Es un plato de invierno, contundente y que se toma calentito. Ahora que lo pienso, no es un plato para hablar de él, en el mes de junio y con 33 grados centígrados a las siete y media de la tarde, pero como este caleidoscopio vital no entiende de distingos, y menos estacionales, aquí que lo trae. A diferencia de otros cocidos que se elaboran en otras zonas geográficas de España, el montañés se sirve en “un golpe”, es decir, todo en el mismo plato, y está elaborado a base de alubias blancas, compango de la tierra - chorizo, costilla, morcilla y unto- y berza.  

Es un guiso de matacía, y por lo que he podido comprobar, cuando lo he disfrutado en los pueblos del interior de Cantabria, no hay dos cocidos montañeses iguales. Parecidos, sí. Pero iguales, no. No sé cuántas recetas he podido llegar a ver, no con intención de elaborarlo, es un plato de los que hay que comer en el lugar de origen, sino por conocer sus entresijos. Y efectivamente, cada receta que he leído tiene su particularidad, si bien sus autores coinciden en señalar que no es difícil su ejecución, aunque se requiere tiempo y “mimo” en la cocción. También se aconseja hacerlo de un día para otro, pues el cocido está más reposado y sus sabores más unidos.

De todos cuantos cocidos montañeses he probado en el valle de Cabuérnaga, -al decir de los entendidos, zona del cocido montañés por excelencia-, en la Vega de Pas, en Carmona o en el valle de Saja, por citar algunos ejemplos, no sabría con cual quedarme. Me gustaría citar algunos de los establecimientos en los que disfruté de este potente plato, pero por aquellos años que ahora intento rememorar, todavía ni guardaba tarjetas ni tenía libro de viajes ni apuntaba nada de nada. Me fiaba de mi cabeza, algo que la experiencia me dice que no es en absoluto aconsejable.

Las fotografías que ilustran esta entrada se corresponden con el último cocido montañés que tomé hace tres años. Fue en el Restaurante La Ermita, en Puente de San Miguel, de viaje a Galicia. Me pareció muy sabroso y menos contundente en relación a otros que recuerdo. (Por esas fechas tomaba ya notas de todo lo que me gustaba para alimentar este blog)

Por cierto, cada primer domingo de septiembre, en la localidad de Ucieda, se celebra la fiesta del cocido montañés, con más de 35 ediciones a sus espaldas.

 




domingo, 20 de mayo de 2018

00694 La Playa de Berria

ENTRE EL BRUSCO Y EL BUCIERO

Para este caleidoscopio vital no es una playa más en la que dejar la mirada y unas huellas mal pisadas. Se trata de un trozo de litoral de caminar esperanzado entre risas y brisas, entre recuerdos de un inicio compartido y de oraciones con sabor a sal necesitadas de que lleguen a buen destino.

Entre los encinares del Brusco y el Buciero no dejo de mirar la figura andante, paraguas en mano, de mi querido viajero incansable, de ese hombre de ágil pensamiento y palabra certera, que posiblemente también busque consuelo en un ayer que parece que fue hace un rato y  en un presente imprevisto, lacerante, tocado por la desafortunada y ciega ruleta de la vida.

No consigo apartar mi mirada de él. Me parece mentira, un mal sueño, una broma, una deslealtad para con quien ama la vida. Solo tengo deseos de abrazarle y de mirar con él un mar tranquilo, de apenas ruido. Y musitarle al oído que le quiero, que todo irá bien, que queda mucho camino por recorrer y muchas palabras que compartir aunque sea en la distancia. Me lo dice el mar que acaricia la playa sin darle importancia: Abrázale, que yo me llevaré el dolor y la pena mar adentro, allí donde no podáis verlos.

Y el mar, en la pesquera Santoña, se hizo cómplice esperanzado de mis desvelos.

La playa de Berria se ubica en el municipio de Santoña. Se encuentra en el itsmo que une la península que forma el monte Buciero, en Santoña, con el municipio de Argoños. Sus 2200 metros de longitud discurren entre el monte Brusco, al oeste, y el macizo de Buciero al este. De arena blanca y fina, se abre al mar por su parte norte, al sur se encuentran las marismas de Santoña.





viernes, 18 de mayo de 2018

00693 La Quesada

PASIEGA

Ya he comentado en alguna ocasión que no acostumbro a tomar postre tras la comida al igual que he dejado escrito que no soy muy de dulces. Pero, ay amigos, como se me pongan por delante tartas de queso, quesos, algún postre casero o una quesada pasiega... rompo mi costumbre.

Nunca la he elaborado a pesar de que dicen que es muy sencilla su preparación. Será una manía, pero hay determinados alimentos que me gusta tomarlos en su lugar de origen, en su entorno y en su paisaje. Y la quesada pasiega es uno de ellos. La que ilustra esta imagen la tomé en un restaurante en las cercanía de Escalente. Después de una opípara comida, mi intención era ir directamente al café americano, pero escuché la palabra "quesada" y no tardé ni un suspiro en cambiar de opinión. Y allí que me metí entre pecho y espalda una deliciosa quesada pasiega casera acompañada de una mousse de limón, a la que tampoco le hice asco alguno. La quesada estaba deliciosa, suave y cremosa. Hacía tiempo que no la comía con lo que mis parabienes se multiplicaron por dos. Me pareció una forma magistral con la que poner fin a una singular comida. Hubiera repetido, sí, lo reconozco, pero rechacé el pensamiento nada más idearlo. Templanza, Fernando, templanza, me dije.¡Qué cosa más deliciosa!

La quesada pasiega es uno de los postres típicos de la gastronomía cántabra, nacido en los valles pasiegos. Está hecho a base de leche de vaca cuajada, mantequilla, harina de trigo, huevos y azúcar. Se suele aromatizar con ralladura de limón e incluso con canela.




miércoles, 9 de mayo de 2018

00681 Liérganes

EN CADA MIRAR UN ENCUADRE


Me hubiera quedado a vivir aquí. Bueno, aquí y en tantos otros lugares en los que mis sentidos se encuentran a gusto y complacidos. Son bastante sugestionables.

Fue, como viene siendo costumbre en mí, una visita rápida, con acompañamiento de agua de lluvia que de vez en cuando daba un respiro e incluso hasta permitió que la luz del sol mostrara los penetrantes colores de un bello paisaje enmarcado en verde, piedra y fantasía. Calles limpias, nobles edificios en perfecto estado de revista y mucha historia que aprender. En cada mirar un encuadre, algo que retener para recordar, un que no se me olvide para la próxima visita más templada, más ralentizada.

En 1978, su conjunto urbano fue declarado de interés histórico-artístico nacional; su valiosa arquitectura clasicista de los siglos XVII y XVIII así lo merece. Una arquitectura, fruto del auge económico que la fábrica de artillería propició en ese período. En los altos hornos de Liérganes, y también en los de La Cavada, se fundió el hierro para la defensa del Imperio Español entre 1.620 y 1.835, cuando cesó su actividad.

"En el año 1.617, Juan Curtius, un empresario belga y proveedor de los ejércitos españoles en Flandes, creó los primeros altos hornos del Imperio y durante más de dos siglos Liérganes produjo cañones y munición para garantizar el dominio español de los mares. Los cañones hechos en la fábrica de Liérganes gozaron entonces de gran prestigio, por su ligereza y seguridad entre la marina de la guerra española, el ejército y las fortalezas de la península y ultramar. La mayoría de ellos fueron destinados a las baterías costeras del Imperio y a su Armada Real". Por cierto, que en la calle dedicada al empresario belga, en su número 6, se encuentra la Posada "La Giraldilla", un establecimiento del todo recomendable. Lugar acogedor, buen precio, sugerentes propuestas gastronómicas y todo ofrecido con amplias sonrisas y cortesía.

La parte vieja de Liérganes es conocida como El Mercadillo; un conjunto histórico-artístico que incluye, además de las casonas populares, el Palacio de Rañada, la iglesia de San Sebastián, la parroquial de San Pedro Ad Víncula, las casas de los Setién y los Cañones, las capillas del Humilladero y el Carmen, y el puente nuevo. No obstante, el monumento más importante del municipio es el museo-palacio de Elsedo, en Pámanes.

Liérganes es el lugar donde se cobija la leyenda del "Hombre Pez", que ya quedó aquí recogida, bajo las elevaciones de  Marimón y Cotillamón, "Las Tetas de Liérganes", como popularmente se le conocen. La localidad cántabra de Liérganes es el lugar donde espero no tardar mucho en volver para una visita más templada, más ralentizada.







sábado, 5 de mayo de 2018

00677 La Ermita del Toral

FIESTA DEL ORGULLO PASIEGO


Las ermitas son otra de mis debilidades. Me identifico mucho con ellas. Habitualmente ubicadas en preciosos parajes. Solas, humildes, casi olvidadas salvo el día señalado de celebración y romería. Lugar de oración y recogimiento donde poder hacer acopio de paz y silencio.

La última la encontré al regreso fallido del puerto de las Estacas. Un edificio sencillo a orillas del río Miera. Construida a finales del siglo XVIII o principios del XIX. De planta rectangular, con una esbelta torre remata en cúpula a los pies. Los muros son de piedra caliza, con mampostería y sillería en esquinales y vanos. Tras décadas de abandono ha sido recientemente restaurada.

Cerrada a cal y canto, no pude entrar a orar y pedir todo lo que tengo que pedir en los últimos tiempos. Me limité a observar y rogar a través de los muros que guardan el silencio y el acompasado discurrir del Miera entre piedras y pequeños remolinos. La visita fue breve, pero algo me dijo que me fuera tranquilo.

Aquí, en la ermita del Toral, se viene celebrando en los últimos años la "Fiesta del Orgullo Pasiego" para preservar las costumbres y tradiciones del valle. Vecinos de San Roque de Riomiera, de la Vega del Pas y de San Pedro del Romeral se reúnen acompañados de la música del pito, el tambor y las panderetas para mantener vivas las costumbres pasiegas. Relinchos, ordeños y como espectáculo, uno de los deportes autóctonos más impresionantes del valle: el salto pasiego, con el que antiguamente los ganaderos salvaban los obstáculos de los caminos y prados por medio de una vara flexible de avellano de más de dos metros de longitud. Y como en toda fiesta, no falta la gastronomía: chorizada, sobaos, quesadas y quesucos de las leches de las villas pasiegas.







domingo, 15 de abril de 2018

00663 La Leyenda del Hombre Pez

EL HOMBRE PEZ DE LIÉRGANES

Me gustan las leyendas y las fantásticas historias que se transmiten de generación en generación. Siempre asombrosas y genuinas. Algunas nacen de un hecho real que con el tiempo se van desvirtuando para convertirse en algo fantástico e increíble, aunque no por ello dejan de ser atractivas historias. Muchas de ellas, la mayoría, se mantienen en el recuerdo de la tradición oral para escasamente salir del ámbito donde se generó. Otras, se refuerzan con un reclamo visual como queriendo dejar constancia del hecho acaecido. La última conocida y que traigo hasta aquí es la leyenda del "Hombre pez" de Liérganes. Por cierto, que no tardaré mucho en trasladar hasta aquí esta preciosa y atractiva localidad cántabra.

Cuenta esta leyenda que a mediados del siglo XVII, en Liérganes, vivió una pareja, Francisco de la Vega y María de Casar, que tenían cuatro hijos. Francisco falleció y la viuda mandó a su hijo, también Francisco, a Bilbao a aprender el oficio de carpintero.

Ya en Bilbao, Francisco se fue a nadar el día antes de San Juan, en el año 1674, con unos amigos. Francisco fue llevado por la corriente y desapareció. Cinco años después, en 1679, se afirmaría que había sido visto en las costas de Dinamarca, en el Canal de la Mancha y en Andalucía. Así, en Cádiz, unos pescadores afirmarían ver a un ser acuático con apariencia humana y que desaparecería rápidamente. La aparición se iría repitiendo constantemente hasta que se consiguió atrapar a la criatura con trozos de pan y unas redes. Una vez capturado se constataría que se trataba de un hombre con escamas y forma de pez.

El hombre pez sería llevado al convento de San Francisco donde sería interrogado para saber de quién se trataba. Transcurridos unos días consiguió tartamudear una palabra: Liérganes. Nadie sabía su significado hasta que una persona de la Montaña cántabra que se encontraba trabajando en Cádiz, comentó que en la Montaña había un pueblo que se llamaba así. También Domingo de la Cantolla, secretario del Santo Oficio de la Inquisición, confirmó dicha apreciación ya que él era de Liérganes.

Preguntado en Liérganes si había pasado algo extraño en los últimos años, desde aquí se respondió que únicamente se había registrado la desaparición de Francisco de la Vega cinco años atrás. Entonces Juan Rosendo, un fraile del convento, acompañó a Francisco hasta Liérganes para comprobar si era cierto que era de allí y a la altura del Monte de la Dehesa, Francisco se adelantó y fue directamente hasta la casa de María de Casar, que rápidamente lo reconoció como su hijo.

Ya en casa de su madre, Francisco vivió tranquilo sin mostrar ningún interés por nada. Iba descalzo y a veces desnudo y no hablaba apenas. Se dedicaba a llevar cartas a poblaciones vecinas, e incluso a Santander, a donde llegó en una ocasión tras nadar desde Pedreña, entregando la carta mojada. Después de nueve años en casa de su madre, desapareció en el mar sin volverse a saber nada sobre él.

La escultura que recuerda la leyenda es obra del artista Javier Anievas y representa al "Hombre pez" en su juventud. Está ubicada en el exterior del Centro de Interpretación del Hombre Pez, en el antiguo molino de Mercadillo junto al Puente Romano, "Puente Mayor", frente al río Miera.




jueves, 25 de enero de 2018

00624 Los Sobaos Pasiegos

DESAYUNOS CON OLOR A MAR


Hace días que rondan por la cocina de casa unos sobaos pasiegos. Me encantan, pero ni me he acercado a ellos. En primer lugar, no son "El Macho"; no soy muy dado a las marcas, pero en este caso, sí. Y además, no estoy en Cantabria, así es que para mí, como si no existieran.

Bueno, tampoco soy tan extremo. Si veo una morcilla de Burgos, un buen botillo leonés o unas gambas de Huelva, por poner algunos ejemplos, fuera de su territorio de origen, a por ello que voy. Pero también es cierto, que en el caso de los sobaos, los tengo tan arraigados a las vacaciones y a las tierras cántabras, que sacados de ese contexto, soy incapaz de degustarlos por muy a tiro que se pongan. Este dulce manjar lo tengo tan asociado a los plácidos desayunos con olor a mar, al tiempo sin horas y a la mente jugando al despiste, que no lo puedo concebir de otra manera. Y mira qué es bueno y servicial.

Lo de la marca "El Macho" fue fruto de la cata de varias propuestas comerciales, todas bien sabrosas, pero esta, desde el primer día que la probamos, nos pareció más sugerente, hasta el punto que nuestro paladar decidió quedarse con ella. Anda que no han viajado sobaos "El Macho" desde tierras cántabras a tierras altoaragonesas como señal de afecto y recuerdo hacia nuestros destinatarios.

Yo que en mi rutina diaria de desayuno, sí, ya sé que lo hago fatal, soy de un café largo y tira millas hasta la hora de comer, cuando me enfrento a un sobao, comienzo por una simple tira, para acabar, como el que no quiere la cosa, con toda la unidad. ¡Irresistible!

El sobao es un producto de repostería típico de la comarca cántabra de los Valles Pasiegos. Leo que se ignora el origen de este bizcocho, aunque con toda probabilidad fue producto del uso espontáneo de las materias primas comunes en el entorno rural cántabro: mantequilla y harina. La adición de azúcar no parece probable que fuese anterior al siglo XIX, dado el carácter escaso y lujosa de esa substancia en fechas precedentes. En la receta primitiva que refiere el cantabrista Adriano García-Lomas, el sobao se elaboraba con masa de pan, azúcar blanco y mantequilla, a lo que se podía añadir huevos, cáscara rallada de limón, y anís o ron.

Su receta casera consta de un kilo de azúcar, otro de mantequilla, 900 gramos de harina, 12 huevos, una pizca de sal, limón rallado, una cucharada de ron o anís y un poco de levadura en polvo. Se mezclan el azúcar y la mantequilla, se añade la sal y el limón, y se continúa amasando. Seguidamente se incorporan los huevos poco a poco, junto con una cucharada de licor. A continuación se añaden la harina y la levadura. Una vez esté lista la masa, se deposita en moldes de papel y se introduce en el horno, procurando una cocción equilibrada en toda la superficie.

El sobao pasiego posee Indicación Geográfica Protegida desde el año 2004.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

00394 El Pastel de Cabracho

TIÑOSU, KABRAROKA


Su presencia y sabor me llevan a recorrer parajes vizcaínos, asturianos y sobre todo, cántabros. A reconocer días de asueto en tiempo desmedido y conversación desenfada delante de un manjar de tradición popular. Mira qué poco agraciado y espinoso es el "tiñosu" asturiano, kabraroka vasco y cabracho cántabro, y qué delicioso, suave y sabroso resulta al paladar.


Hubo un tiempo en el  que Gloria elaboraba en casa pastel de cabracho mientras un hipermercado lo acercó congelado hasta tierras oscenses. Dejó de ofrecerlo y tuvimos que espaciar su degustación hasta los periodos vacacionales.

Recientemente, mi hermana Gemma, hábil, generosa e inquieta en materia de  fogones, nos sorprendió con un pastel de cabracho acompañado de langostinos. Lo elaboró siguiendo las instrucciones de su veterano y sabio ayudante, el libro de cocina de "la Marquesa de Parabere", en su versión budin de merluza. ¡Qué grandes momentos no ha deparado este ejemplar! Estaba excepcional. Suave, cremoso y con un sabor único. Una elaboración de enmarcado recuerdo.

Tengo entendido que este plato, que también se puede servir como aperitivo con unas tostas de pan crujiente, fue una creación del gran maestro José Mari Arzak al inicio de la pasada década de los setenta y como anticipo a lo que posteriormente se denominaría "la nueva cocina vasca".  Al parecer, Arzak solía tapear en el donostiarra Bar Astelenea donde se hacía un reconocido pastel con merluza. El cocinero vasco cambió la merluza por cabracho, le quitó el pan, habitual en este tipo de púdines,  y aligeró la receta con nata para hacer el pastel mucho más ligero.

La carne del cabracho, a pesar de ser un pez de apariencia rojiza, es blanca y fina, y su uso hasta aquel entonces era muy escaso. Solía emplearse tan sólo para darle sabor a sopas, caldos y calderetas de pescado debido a sus abundantes espinas y poca carne.

Hay varias recetas para hacer el pastel de cabracho y que salvo la de Arzak, que es otra historia, se diferencian en matices. Esta es la que hacemos en casa cuando tenemos oportunidad.

Ingredientes: 2 cabrachos de unos 400 gramos cada uno, 3 huevos, 4 cucharadas de tomate frito casero o en su defecto ketchup, 100 mls de nata, una cebolla, un puerro, una zanahoria y una cucharada de aceite de oliva.

Elaboración: Ponemos una olla con  agua y sal a hervir. Añadimos la cebolla, el puerro, la zanahoria y la cucharada de aceite, y cocemos durante diez minutos. A continuación, añadimos los pescados y los cocemos durante quince minutos más. Efectuada la cocción, limpiamos los pescados de piel y espinas, la parte más engorrosa de la elaboración, y sacamos toda la carne. Batimos en un recipiente la carne del cabracho desmigado, los huevos, la salsa de tomate y la nata. Hay que batir a conciencia y dejar una pasta fina. Sólo nos quedará echar en  un molde el resultante de la pasta e introducir en el horno precalentado a 180 grados por espacio de 45 minutos.

Servir frío acompañado de mayonesa o salsa rosa y unas tostaditas.