PARA UN DE VEZ EN CUANDO
viernes, 8 de diciembre de 2023
01226 Las Borrajas con Salsa de Setas y Micuit de Foie
miércoles, 6 de diciembre de 2023
01225 Los Nenúfares
RESURRECCIÓN Y REGENERACIÓN
Cuando veo un nenúfar, me vienen a la memoria recuerdos de
mi infancia en un estanque próximo a la icónica Casita de Blancanieves del
parque Miguel Servet de la capital oscense. No sé el motivo, pero sin gustarme
las plantas por aquel entonces, era un niño, como ahora, me quedaba enganchado
a su belleza y a sus grandes hojas que servían de acomodo a ranas y otros seres
vivos que moraban en el pequeño estanque. Me parecía, y me lo sigue pareciendo
ahora, además de una bella planta, también enigmática.
Han pasado muchos años desde entonces, más de medio siglo,
pero mi embobamiento cuando veo un nenúfar, sigue siendo el mismo. Es lo que me
sucedió en mi última visita a la Alhambra de Granada con los hermosos
ejemplares de nenúfares que allí crecen en los pequeños estanques. Después de
varias horas de visita, y cuando ya no cabía en mi cabeza ni un dato más, aparecieron
los nenúfares como una tabla de salvación. Los fotografié desde todos los
ángulos. Me acordé de cuando era niño y los hermosos recuerdos que esta planta
me traían. Por cierto, hace tiempo que no visito el pequeño estanque del parque
y si habrá todavía nenúfares. Me lo apunto. Y si es así, dejaré que el niño que
siempre me acompaña, se distraiga con el pequeño espectáculo. Puede ser divertido.
En la cultura egipcia, la flor nenúfar simbolizaba la
resurrección y la regeneración. Era vista como una especia de “renacimiento”
después de la muerte. En otras culturas, también simboliza la pureza, la
inocencia y la gracia.
En China y la India se le considera una planta sagrada y se
le atribuyen múltiples significados y simbolismos.
martes, 5 de diciembre de 2023
01224 Los Garbanzos con Bogavante
CUANDO LA TIERRA MIRA AL MAR
lunes, 4 de diciembre de 2023
01223 Las Manitas de Cerdo a la Brasa
CRUNCH, CRUNCH, CRUNCH
domingo, 3 de diciembre de 2023
01222 La Historia se Repite
Y QUE SEA POR MUCHOS AÑOS
01221 Los Hórreos
JOYAS DE LA CULTURA GALLEGA
Cuando ahora veo un hórreo, no puedo dejar de dibujar, en mi cara
y en mi mente, una sonrisa. ¡Qué manía les llegué a coger cuando era pequeño!
Que se escribían con “H”, no tardé en pillarlo, tras llevarme algún que otro “reglazo”
en la palma de mi mano. Eran los tiempos de “la letra, a sangre entra”. Para
qué servían, también lo cogí rápidamente. Ahora, ubicarlos en la geografía
española, era otro cantar. ¡Que follón me traía entre pazos, cortijos,
barracas, caseríos y masías! No había forma de encasillarlos correctamente. Al
final, lo conseguí a base de algún que otro escarmiento.
No obstante, no les debí de coger tanta manía, cuando siempre
que voy a Galicia, me dedico, entre otras muchísimas cosas, a fotografiar hórreos.
Tanto es así, que tengo una carpeta de imágenes con un buen número de estas
peculiares e “inconfundibles” construcciones. Y es que, además de ser, en mi
opinión, muy atractivos y singulares, son un elemento fundamental del paisaje
rural gallego, que tanto me atrae.
Los hórreos, además de cumplir con su cometido de almacenaje,
tienen, según los estudiosos en la materia, un contenido simbólico, que se
localiza en los remates que adornan los techos. Cruces, remates cónicos,
pirámides o pináculos, son los remates más comunes, situados uno en cada extremo
de la techumbre del hórreo, además de círculos, campanarios, ánforas, cálices o
representaciones de animales.
Como ha pasado siempre con la Iglesia, cuando llegó, intentó cristianizar todos los símbolos paganos existentes, así pues, en
los hórreos se situó en contraposición al pináculo, la cruz,
para conseguir con ella una protección divina de la cosecha. Si se
pregunta a la gente sobre este pináculo, cuentan que cumple función
protectora contra el rayo, las meigas y el demonio.
sábado, 2 de diciembre de 2023
01220 El Cocido Lebaniego
¡UNA PASADA!
Mis loas a los cocidos ya han quedado de manifiesto. Así,
que poco más tengo que añadir al respecto, salvo poner apellidos a cada uno de
ellos. En esta ocasión, mis sentidos se van a fijar en el cocido lebaniego.
A mí, que tengo una inclinación especial por Cantabria, me
encantan tanto el cocido montañés (ver entrada número 00999), como el cocido lebaniego,
y aprovecho la más mínima oportunidad que tengo para deleitarme con uno de estos
“cantos a la vida”.
El cocido lebaniego es típico del valle de Liébana, de aquí
su nombre, y se diferencia fundamentalmente del montañés, en que el primero se
elabora con garbanzos en lugar de con alubias blancas. Se compone de una sopa
con fideos, en cuyo caldo se han cocido garbanzos con las carnes utilizadas
para tal fin y una albóndiga o “pelota” frita, en montañés, rellenu, y que está
elaborada a base de miga de pan con huevo batido, perejil, y el chorizo y
tocino de la cocción previa, muy picado y salpimentada, además de berza o
repollo, que irá cocido y salteado aparte con pimentón. En cuanto a las carnes,
habitualmente se utilizan morcillo, chorizo, morcilla, tocino, oreja o morro y hueso
de jamón. A la hora de servir, se toma primero la sopa con los fideos, sola o
acompañada de la pelota citada con anterioridad, y se termina con las carnes,
los garbanzos y la berza.
En varias ocasiones intentamos comer en este establecimiento,
pero siempre estaba lleno o cerrado. En nuestro último viaje a Cantabria
hicimos un nuevo intento. Pudimos comer por los pelos. Estaba, para variar,
lleno, y no solo esto, sino que al día siguiente cerraban por vacaciones. La
cosa pintaba mal. Resignados, una vez más, nos íbamos a ir, cuando una mesita
de la terraza con tres sillas quedó libre. Me lancé a por ella como un campeón
para conseguir mi trofeo. Serían como las doce y media del mediodía. La verdad
es que pensar en un cocido lebaniego en esos momentos no era la mejor
propuesta. Así, que nos inclinamos por pedir unas croquetas caseras y media
ración (descomunal) de un delicioso queso picón. El amable y simpático camarero
que nos atendió, nos informó de que al día siguiente el establecimiento cerraba
por vacaciones. Lo que venía a significar que, o tomábamos el cocido en ese
instante o habría que esperar a un próximo viaje a Santander y confiar en que
no estuviese cerrado.
No quedó absolutamente nada. Ni croquetas, ni queso, ni cocido,
“ni ná de ná”. Solo nos quedaron las ganas de volver. Y el cocido, espectacular.
¡Una pasada!
No he cocinado nunca un cocido lebaniego, ni creo que lo
haga nunca. Prefiero disfrutarlo en su lugar de origen. Aunque nunca se sabe.
La receta que acompaño está sacada de un recetario de cocina cántabra que
adquirí en los primeros años de veranear por esa hermosa, fascinante y
acogedora tierra.
Elaboración: Poner a remojar los garbanzos durante unas doce
horas. Introducir todas las carnes en la olla y cubrir con abundante agua.
Cocinar a fuego suave por espacio de unas cuatro horas. Cuando comience a
formarse espuma en la superficie, retirar la máxima posible. Tapar la olla
dejando un respiradero Comenzar la cocción y, cuando empiece a salir espuma,
retirar la espuma con delicadeza lo máximo posible. Entonces, tapar la olla
dejando una rendija de vapor que salga y continuar la cocción durante una hora
a fuego mínimo. Escurrir los garbanzos, introducirlos en una malla e
incorporarlos a la olla, previamente de haber sacado las carnes que observemos
que están ya tiernas. Continuar la cocción hasta que los garbanzos estén bien
tiernos. Trocear finamente el repollo y cocer durante unos quince minutos en abundante
agua con un poco de sal. Pelar los ajos y picarlos en láminas. Saltearlos en
aceite y añadir el pimentón cuando empiecen a dorarse. Agregar el repollo bien
escurrido y saltear hasta que se mezcle todo bien. Salpimentar y reservar.
Media hora antes de finalizar la cocción de los garbanzos, añadirles el chorizo
y en el último momento, la morcilla. Cuando esté todo en su punto, retirar el
caldo y reservar. Desengrasar el caldo y corregir de sal.
Para hacer la pelota, mezclar el pan con el perejil, un poco
de chorizo desmigado y unos taquitos de tocino. Añadir el huevo y un poco de
caldo, y hacer una pasta. Salpimentar y freír en abundante aceite de oliva
hasta que se dore.
Por último, calentar parte del caldo y cocinar los fideos.
Calentar otra parte y cocinar también los rellenos durante unos 10 minutos.
Servir el cocido lebaniego con un bol de sopa y fideos y la carne, los rellenos
y los garbanzos en una bandeja grande.