PERO DE LAS DEL HUERTO
Ahora, recordándolo, me sonrío. En mis tiempos juveniles, nunca se me dio bien el arte de ligar. Aprendí que ligar era un arte para el que no estaba llamado. Mi timidez no me ponía las cosas fáciles. Así, que cuando lo intentaba, ayudado de algún líquido con más o menos grados de la época, tenía todos los números para ser correspondido con una calabaza. Era el número uno de recepción de calabazas. Algunas de ellas memorables. Voy a dejarlo aquí.
Ahora soy yo quien da calabazas, pero de las del huerto. Y bien grandes, para compensar con aquellos pretéritos años. La producción de calabazas del huerto es más que considerable en las últimas cosechas. Tanto, que no sé que hacer con ellas. Así como el resto de frutos hortícolas son muy bien recibidos por mis destinatarios, no acostumbra a suceder lo mismo con estas cucurbitáceas. A quienes les gustan, dentro de mis amistades, ya los tengo fichados y cuando las calabazas, en los inicios del otoño, muestran todo su esplendor, las reparto, "doy calabazas". Y sonrío, ahora es fácil sonreír.
A propósito del significado de "dar calabazas", en su versión de "rechazar una propuesta amorosa", he podido leer alguna que otra curiosidad. Por ejemplo, en la Antigua Grecia, la calabaza se consideraba como un alimento antiafrodisíaco que calmaba los instintos sexuales. En la Edad Media los monjes usaban pepitas de calabaza para alejar pensamientos lascivos y mantener la castidad. Se dice también, y según la tradiciones del mundo rural, en algunas regiones de nuestro país, los padres de una joven muchacha ofrecían un plato de calabaza al pretendiente que no era bien recibido. Pura sutileza.
