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lunes, 28 de octubre de 2024

01542 Dale Limosna...

 FRANCISCO DE ICAZA


“Dale limosna, mujer,

que no hay en la vida nada

como la pena de ser

ciego en Granada.

La primera vez que leí estos cuatro versos adosados a un muro en la Alhambra de Granada, me produjeron tanta ternura y emoción, que hasta conseguí aprendérmelos de memoria. De esto hace medio siglo, en un viaje de estudios de cuando cursaba bachillerato. Una de mis muchas asignaturas pendientes es la memoria, tal y como ya he dejado escrito en varios momentos de este caleidoscopio vital. Pero en aquella ocasión, a base de repetir y repetir el bello poema, quedó grabado en mi mente para siempre.

Hace un par de años volví a la hermosa e histórica ciudad de Granada y pude observar que el poema se había convertido en un emblema de la ciudad, a tenor de lo extendida que estaba por la urbe granadina, a través de azulejos y souvenirs. En aquella primera visita me quedé con el poema y las sensaciones que me produjo. Fue en mi segunda y reciente visita cuando me apeé de mi ignorancia y conocí su procedencia.

El citado poema se encuentra escrito desde 1957 en una placa de piedra adosada al muro exterior de la Torre de la Pólvora, en el extremo Oeste del Jardín de los Adarves, al sur de la Alcazaba de la Alhambra. Su autor es el poeta mexicano Francisco de Icaza (México 1863/Madrid 1925), un ferviente apasionado de la literatura española, además de crítico literario, historiador, poeta y diplomático. En 1895 contrajo matrimonio con “la joven y adinerada española Beatriz de León y Loynaz, a la que casi doblaba en edad. Su esposa, aunque había nacido en La Habana se crio en Granada.

El poeta era un enamorado de la ciudad de Granada. La visitó por primera vez con veinte años y volvió en su viaje de novios con su esposa Beatriz. Se cuenta que, durante un paseo de la pareja por la Alhambra, un ciego tendió la mano para pedir una limosna. Fue en ese momento cuando surgieron los populares versos que más tarde, en 1922, publicaría con el título de “Para el pobrecito ciego”.

En marzo de 2023, el Ayuntamiento de Granada entregaba a los descendientes del poeta, a través de su alcalde y con la unanimidad de la corporación municipal, el nombramiento a título póstumo de Hijo Adoptivo de la ciudad. 


viernes, 21 de junio de 2024

01374 El Monasterio de Santo Toribio de Liébana

RECUERDO DE DOS AÑOS JUBILARES


Este emblemático monasterio cántabro lo he visitado en familia en la celebración de dos años jubilares, en 2006 y 2023. El primer año coincidió con el día de la apertura del Año Jubilar Lebaniego. Esa jornada no cabía un alma más en el entorno del monasterio, que contó con la presencia, entre otros altos cargos políticos, de la vicepresidenta primera del Gobierno de España, la socialista María Teresa Fernández de la Vega, y de Mariano Rajoy, por aquel entonces, presidente del Partido Popular. Fue imposible moverse, y por supuesto, pasar por la Puerta del Perdón, una misión imposible. Nuestra presencia se convirtió en una mera anécdota. Además de la muchedumbre, hacía mucho calor, las niñas eran pequeñas y resultaba todo bastante incómodo. Así, que abandonamos el lugar, sin hacernos una mínima idea de cómo era y nos dirigimos a la cercana y coqueta localidad de Potes, para congraciarnos con el día a través de la ingesta de un espectacular y delicioso cocido lebaniego.

Puerta del Perdón
Nuestra visita en 2023 fue la antítesis de la del 2006. Una apacible tarde de septiembre y con todo el monasterio para nosotros. En las tres horas que estuvimos, no creo que llegáramos a cruzarnos con más de dos decenas de personas. Comenzamos la visita conociendo algo del lugar elegido en el siglo VI, en el corazón de la comarca de Liébana, por “Toribio de Palencia y unos cuantos monjes para vivir entregados a la oración y la vida comunitaria bajo la guía de un Abad”.

El Rey Alfonso I, tras la invasión árabe, pobló y organizó el territorio de Liébana con cristianos de la Meseta, “para crear un vacío estratégico como frontera frente a los árabes”. Hasta aquí llegaron monjes que se instalaron en la comarca, fundando monasterios como el de San Martín de Turieno, que con el tiempo se convertiría en Santo Toribio de Liébana.

En el siglo VIII, el Abad Beato, escribiría el “Comentario al Apocalipsis, obra que alcanzaría gran difusión, dando origen a lo que se conoce como “Beatos de Liébana”, que son “las copias diferentes dentro del mundo monástico (s IX a XIII, puede haberlos también de S. XVI) de este códice. Al igual que San Juan en el Apocalipsis, la tesis que quiere difundir San Beato es que el Cordero vencerá a la Bestia: Cristo resucitado prevalecerá sobre el mal”.

En el siglo IX, cuando los cristianos de Astorga, con el fin de proteger la reliquia del Lignum Crucis o Leño de la Cruz, del avance árabe en la península, “la traen a este pequeño monasterio, reliquia que, según la tradición, fue traída de Jerusalén por el primer obispo de Astorga a este monasterio conocido en aquel entonces como Monasterio de San Martín de Turieno”. El Papa Julio II, al observar que el monasterio se había convertido en un importante centro de peregrinación, concedió a este lugar el privilegio de Año Santo, cada vez que el 16 de abril, festividad de Santo Toribio, coincidiera con domingo. 

Conocidos los cuatro datos a tener en cuenta, iniciamos nuestro recorrido y nos adentramos en los pormenores del monasterio, que estuvo habitado por monjes benedictinos. Tras la Exclaustración de Mendizábal en 1834, la comunidad desaparecería, hasta que, en 1961, volvería a ser habitado por una pequeña fraternidad de frailes franciscanos, herederos de San Francisco de Asís.

“Las primitivas construcciones que conformarían el monasterio serían sencillas, dentro del estilo prerrománico, quizás de estilo asturiano o mozárabe. Durante los siglos X y XI se había producido una gran expansión del monasterio y en el año 1256 se construye la actual iglesia”.

Accedimos al templo por la Puerta del Perdón, no sin antes leer las condiciones para obtener la “Gracia Jubilar” o indulgencia plenaria, además de leer la Oración que se encuentra ante la Puerta del Perdón.  A saber: Rezar el Padrenuestro, como signo de que volvemos al Padre Dios. Rezar el Credo, como renovación de nuestra fe. Rezar una oración por el Papa, Padrenuestro, Salve o Avemaría. Confesión y comunión en el mismo día o en una fecha próxima, 15 días antes o después de la peregrinación. Y, por último, asistir a la “Misa del peregrino”; Misa que tiene lugar todos los días a las 12,00 horas en el Monasterio de Santo Toribio durante todo el Año Jubilar Lebaniego.

Ya dentro del templo, pudimos observar que este sigue las directrices del gótico monástico de influencia cisterciense, con la claridad de líneas y de espacios y la sobriedad decorativa que caracteriza a la arquitectura de la Orden de San Bernardo. “Posee una cabecera de tres ábsides poligonales y un cuerpo de tres naves de similar altura. Todas las bóvedas son de crucería y algunas llevan nervios de refuerzo. La escasa decoración se concentra en los capiteles. Los del ábside mayor llevan decoración figurada de cabezas humanas y de animales, el toro y el oso que, según la leyenda, ayudaron a Santo Toribio a construir la iglesia”.

Obligada atención merece la capilla del Lignum Crucis, de estilo Barroco Colonial. No se permite hacer fotografías, así que, como acostumbro a ser respetuoso con este tipo de prohibiciones, me puse la cámara fotográfica en bandolera y hacia atrás para evitar tentaciones.  

La capilla fue construida a principios del siglo XVIII por el que fuera Inquisidor en Madrid y arzobispo de Santa Fe de Bogotá (Colombia), Francisco Gómez de Otero y Cossío (1640-1714), natural del vecino pueblo de Turieno, cuya estatua orante se erige en un lucillo junto al altar. “Destaca la extraordinaria cúpula, en cuyas pechinas están representados los evangelistas, entre una exuberante decoración de guirnaldas, amorcillos, y otros elementos simbólicos de los de la Pasión y motivos heráldicos”.

“El camarín de estilo Barroco, hecho para cobijar el Lignum Crucis, fue diseñado hacia 1705 por Fr. Pedro Martínez de Cardeña. En sus hornacinas presenta la diversidad de Santos Padres, Apóstoles y Santos. Al pie de este solemne templete encontramos la Presencia Eucarística del Señor en el Sagrario. Es Cristo vivo, el mismo que dio su vida en la Cruz”.

“Al exterior destaca la fachada meridional en donde se encuentran las dos portadas. La más amplia es la principal, en arco apuntado rodeado de arquivoltas, que se apoyan en capiteles cuyas representaciones simbólicas hacen referencia a los sacramentos. A su derecha y embutida junto a un contrafuerte se construyó la Puerta del Perdón, que se abre solemnemente para el Jubileo. A los pies de la edificación se eleva una maciza torre de campanas, en cuyo interior se encuentra el coro”.

Desde la plaza se accede al claustro monástico, edificado en el s. XVII, de estilo Herreriano, a cuya entrada se encuentra un admirable relieve de Jesús Otero, que representa a Beato en su Scriptorium. El centro del Claustro lo ocupa el agua recordándonos que Cristo es el agua viva.

Durante la Edad Moderna se inicia la decadencia del monasterio, al transformarse en parroquias un gran número de las iglesias lebaniegas que de él dependían, acabando su vida monástica con la desamortización de Mendizábal, en 1837.

En 1960, tras la restauración del ruinoso edificio, se hacen cargo los Frailes Franciscanos; la misma Orden que custodia los Santos Lugares de Jerusalén.

LIGNUM CRUCIS (Leño de la Cruz)

En el baldaquino situado en el centro de la capilla, se venera el Lignum Crucis; Dios hecho hombre fue crucificado dando su vida por cada uno de nosotros.

“La reliquia llegó al Monasterio al mismo tiempo que los restos de Santo Toribio, alrededor del siglo VIII, a fin de protegerla del avance árabe en la península. Fue traída de Astorga a donde llegó a su vez en el siglo VI desde Roma de manos de Santo Toribio, primer obispo de Astorga.

Según el P. Sandoval, cronista de la orden benedictina, esta reliquia corresponde al “brazo izquierdo de la Santa Cruz, que la Reyna Elena (madre del emperador Constantino, en el siglo IV) dejó en Jerusalén cuando descubrió las cruces de Cristo y los ladrones. Está aserrado y puesto en modo de Cruz, quedando entero el agujero sagrado donde clavaron la mano de Cristo”.

La reliquia del Leño de la Cruz se encuentra incrustada en un relicario en forma de cruz en plata dorada, de estilo gótico, realizado en un taller vallisoletano en 1679. Las medidas del Leño Santo son de 63 cm el palo vertical y 39 cm el travesaño, con un grosor de 3’8 cm siendo la reliquia más grande conservada de la Cruz de Cristo.

“Pruebas científicas realizadas en 1958, verificaron que la madera del Santo Leño es un Cupressus Sempervirens L, una variedad de ciprés autóctona de Palestina y con una antigüedad superior a los 2.000 años”.

CAMINO LEBANIEGO

Santo Toribio de Liébana es uno de los cuatro lugares Santos de peregrinación perpetua de la Iglesia, aumentados a tres más en la actualidad. Los peregrinos que hacen este Camino, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, se llaman CRUCENOS por ser peregrinos de la Cruz.

En el monasterio se sellan las credenciales a los peregrinos y se les entrega el diploma del peregrino: La Lebaniega, firmada y sellada por la Fraternidad Franciscana.

Recomendable la lectura del libro “El Cantar de Liébana”, de José María Pérez González, más conocido como “Peridis”, arquitecto, dibujante, divulgador del patrimonio cultural y escritor. Nacido en la localidad cántabra de Cabezón de Liébana, “Peridis” realiza en esta novela recomendada “una original síntesis de todos sus muchos saberes y virtudes, además de un homenaje a su tierra natal y al más ilustre de sus paisanos, el monje Beato, autor en el siglo VIII de unos comentarios al Apocalipsis de fama imperecedera.







Interior del templo


Claustro del monasterio de Santo Toribio de Liébana





domingo, 3 de diciembre de 2023

01221 Los Hórreos

 JOYAS DE LA CULTURA GALLEGA


Cuando ahora veo un hórreo, no puedo dejar de dibujar, en mi cara y en mi mente, una sonrisa. ¡Qué manía les llegué a coger cuando era pequeño! Que se escribían con “H”, no tardé en pillarlo, tras llevarme algún que otro “reglazo” en la palma de mi mano. Eran los tiempos de “la letra, a sangre entra”. Para qué servían, también lo cogí rápidamente. Ahora, ubicarlos en la geografía española, era otro cantar. ¡Que follón me traía entre pazos, cortijos, barracas, caseríos y masías! No había forma de encasillarlos correctamente. Al final, lo conseguí a base de algún que otro escarmiento.

No obstante, no les debí de coger tanta manía, cuando siempre que voy a Galicia, me dedico, entre otras muchísimas cosas, a fotografiar hórreos. Tanto es así, que tengo una carpeta de imágenes con un buen número de estas peculiares e “inconfundibles” construcciones. Y es que, además de ser, en mi opinión, muy atractivos y singulares, son un elemento fundamental del paisaje rural gallego, que tanto me atrae.

Estas tradicionales construcciones de piedra o madera, elevadas sobre pilares, y cuya primera representación gráfica se remonta al siglo XIII y a las Cántigas de Santa María, son auténticas joyas de la cultura, el patrimonio y la arquitectura tradicional gallega. La mayoría de los hórreos gallegos eran utilizados antiguamente para almacenar cereales. Los tiempos han cambiado y en la actualidad, muchos de ellos han sido restaurados para usos turísticos o espacios museísticos.

Los hórreos, además de cumplir con su cometido de almacenaje, tienen, según los estudiosos en la materia, un contenido simbólico, que se localiza en los remates que adornan los techos. Cruces, remates cónicos, pirámides o pináculos, son los remates más comunes, situados uno en cada extremo de la techumbre del hórreo, además de círculos, campanarios, ánforas, cálices o representaciones de animales.

“Es probable que tanto la cruz como el cono cumplan una misión más que estética en el hórreo. Dado que los hórreos son anteriores a la instauración del cristianismo, se cree que el cono o pináculo, posiblemente cumpla una función de protección y advocación del granero hacia viejas creencias y así, sin saberlo, se ubica sobre la techumbre un símbolo fálico; reminiscencia del culto a la fecundidad de la tierra entre los primeros pobladores”.

Como ha pasado siempre con la Iglesia, cuando llegó, intentó cristianizar todos los símbolos paganos existentes, así pues, en los hórreos se situó en contraposición al pináculo, la cruz, para conseguir con ella una protección divina de la cosecha. Si se pregunta a la gente sobre este pináculo, cuentan que cumple función protectora contra el rayo, las meigas y el demonio.

 





sábado, 5 de agosto de 2023

01166 El Parque de Bomarzo

EL PARQUE DE LOS MONSTRUOS


Sería nuestro primer destino en un viaje inolvidable por la fascinante Italia, tras pernoctar la primera noche en suelo italiano en Civitavecchia. En el trepidante itinerario de cerca de 3.000 kilómetros en quince días, y de camino a la soñada Toscana, marcaríamos la visita obligada al Parque de Bomarzo.

El Bosque Sagrado de Bomarzo, como también se le conoce, se localiza en la provincia de Viterbo, en el centro de la Tuscia del Lacio. Fue mandado construir en 1547 por el duque Pier Francesco Orsini, tras enviudar. Se dice, que el Jardín de Bomarzo es producto de una mente perturbada por el amor. Orsini, un singular personaje del Renacimiento, no pudo soportar la muerte de su amada Giulia Farnese. A partir de ese momento, su cabeza se llenó de monstruos. “La pareja acababa de abandonar el ruido de la ciudad y soñaba con disfrutar de la magnífica propiedad que la familia tenía en la región del Lacio. Pero el aristócrata, que durante 35 años se había dedicado al arte militar, no contaba con que su plan iba a irse pronto al traste y que la soledad se convertiría en su compañera de viaje hasta el final de sus días”.

De las pesadillas de Orsini salieron todos los monstruos que se pueden ver en este jardín renacentista y cuyo diseño y ejecución corrió a cargo del famoso arquitecto Pirro Ligorio, quien también supervisaría las excavaciones de Villa Adriana y creador de la Villa d´Este, en Tívoli. Según se cuenta, “Ligorio quiso crear un jardín sin ataduras formales y por ello no impuso espacios delimitados ni una ruta fija, dejando que quien paseara, lo descubriera a su aire”.

Durante casi 30 años, un equipo de artistas tejió en este 'parque temático' una red de esculturas talladas sobre la roca que se fue adueñando del tono verde de este bosque solitario. Cada monstruo lleva una inscripción, un mensaje que condensa el pensamiento de Orsini que consiguió hacer realidad, con sus particulares demonios, esta fantasía pétrea.



Este gran y peculiar espacio verde, como es el Parque de los Monstruos, Parco dei Mostri, acoge más de una veintena de grandes estatuas, basadas en las gárgolas y criaturas grotescas que adornaban las catedrales medievales, pero esculpidas en proporciones monumentales. Hay esfinges, monstruos, sirenas, elefantes, tortugas, sátiros, dragones, una casa inclinada… Muchas de las figuras están ligadas a la muerte, recordando que la belleza del jardín procede de la tristeza del duque por la pérdida de su esposa. 

Desde que se construyera el parque hace casi 500 años, muchos han sido los estudiosos, artistas e intelectuales que se han preguntado por las intenciones reales del Príncipe Orsini y sobre los significados escondidos y esparcidos por el parque. Un espacio cargado de simbolismo, con continuas referencias a la mitología y al mundo de lo fantástico. Una de las hipótesis que se baraja es que “fuera muy probable, que la intención del príncipe fuese la de crear una especie de ruta iniciática, donde, según palabras del mismo Orsini, fuera posible ´desahogar el corazón´, pero al mismo tiempo, sorprender a los ojos de los huéspedes”.

Este parque de las maravillas se redescubrió y revalorizó con el tiempo, sobre todo gracias al interés de muchos artistas, entre los cuales se encontraba Salvador Dalí. El pintor surrealista lo descubrió en el año 1948 y lo calificó como “una invención única”.  Quedó tan impresionado con la visita al parque, que encontró inspiración para una de sus obras: Las Tentaciones de San Antonio. Dicen que Dalí, “cuando tuvo noticias de la existencia de este escenario en Bomarzo, quiso adquirir las esculturas renacentistas, porque, según él, aquí había nacido el Surrealismo 500 años antes. No consiguió su propósito el artista catalán, pero sí contribuyó a difundir las maravillas de este lugar”. El escritor argentino Manuel Mujica Lainez  hizo lo propio con una novela, Bomarzo, inspirada en la historia de Pier Francesco Orsini, a la que siguió el libreto de una ópera.

A la muerte del duque en 1585, el bosque de Bomarzo quedó abandonado a su suerte durante cuatro siglos. En 1954 la propiedad fue adquirida por Giovanni Bettini, quien decidió resucitar este escenario.

Más allá de cuales fueran las intenciones reales del Príncipe Orsini, está claro que todo el complejo es una gran celebración de amor dirigida a la mujer Giulia Farnese. A ella, de hecho, está dedicado el Tempietto, un pequeño templo, que se encuentra sobre un pequeño montículo rodeado de un amplio espacio verde.

La visita a este extraordinario parque nos llevaría unas dos horas y media. Sin prisas y fijándonos en los cientos de detalles que esculturas y paraje ofrecen. Pasado el umbral de entrada y superadas las dos esfinges que reciben al visitante, nos encontraríamos con una colosal cabeza de un monstruo marino; la de Proteo-Glauco, el pescador que se convirtió en dios marino tras comer una hierba mágica.

La siguiente escultura que nos saldría al paso sería la de Hércules y Caco en una lucha entre gigantes. Hércules mata descuartizando con las manos a Caco, el hijo del dios Vulcano. Y a partir de aquí, todo un mundo mágico por descubrir a través de los grupos escultóricos de la Tortuga y del Pegaso Alado, un colosal Elefante y la estatua del dios Neptuno, además del Orco, con su enorme boca abierta, y en cuyo interior hay una mesa de piedra con unas sillas. Y sobre su boca, la inscripción: “Dejad todo pensamiento los que aquí entráis”; una invitación a abandonar las creencias racionales y encontrar la parte más instintiva y auténtica.

También nos encontraríamos con una Casa Inclinada, un edificio construido sobre un macizo inclinado. Se puede entrar a su interior, pero con cuidado. La perspectiva engaña a nuestros ojos hasta hacernos perder el equilibrio.

Piñas y Bellotas decorativas, con dos Osos heráldicos, Equidna, los Leones y la Furia, dos míticas figuras mitad mujer, mitad serpiente, con dos leones en el centro…. A la entrada nos sería entregado un mapa del parque con un itinerario y 36 puntos de interés. Todas las esculturas sorprenden, porque salen al paso asomadas entre los árboles, entre los parterres o junto a los arroyos.

En mi libreta de viaje apunté, tras la visita al parque y mientras tomaba un café en el mismo complejo, lo siguiente: curioso, inquietante, terrorífico, ¿un parque dedicado al amor?, brutal, colosal, ¡Una pasada! No me importaría volver a visitarlo con más calma y menos calor.

La visita la realizamos el 17 de junio de 2022, en plena ola de calor, con 36 grados centígrados a las 11 de la mañana.

 

"Vosotros que entráis aquí, considerad lo que veis y luego decidme, si tantas maravillas están hechas por el engaño o por el arte"











viernes, 16 de junio de 2023

01138 El Castillo de la Alameda

 ÚNICA FORTALEZA MEDIEVAL QUE PERVIVE EN MADRID


Sus ruinas, durante muchos años, formaron parte del cotidiano paisaje urbano cuando íbamos con mi madre a visitar a mi hermano Pepe y familia a Madrid. En un principio, hasta donde me alcanza la memoria, lo que quedaba del castillo estaba sin protección alguna y prácticamente en el olvido. Tanto es así, que mi madre, siempre que lo veía, decía lo mismo: “¡Qué pena! Por supuesto, de su historia y devenir de los tiempos, por aquel entonces, no teníamos ni la menor idea. Sólo nos daba pena.

En 2008 comenzó la recuperación del castillo que contó con fondos extraordinarios del Fondo Estatal de Inversión Local, por un importe de 2,14 millones de euros. En la restauración participaron arqueólogos, arquitectos, historiadores y técnicos del Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid. El Consistorio madrileño ya había invertido con anterioridad más de un millón de euros para excavaciones y protección de yacimientos.

Es un monumento ubicado en el distrito de Barajas y está clasificado como singular por el Plan General de Ordenación Urbana. Se trata de uno de los escasos vestigios de la arquitectura militar del siglo XV en la comunidad madrileña y forma parte del eje cultural más importante del Este de la capital. La estructura medieval y los yacimientos cercanos, que se remontan desde el 1.500 antes de Cristo la época tardorromana, se incluyen dentro del Plan de Yacimientos Visitables de la Comunidad de Madrid. Se une con un pasaje cultural que integra el Parque romántico del Capricho, el búnker y el nido de ametralladoras de la Guerra Civil del eje noreste del bando republicano y el mausoleo de los Fernán Núñez.

Construido en el siglo XV como castillo señorial, sufrió a lo largo de su historia diferentes transformaciones. Su primer morador fue el Señor de Barajas, Juan Zapata, y se ubicaba entre las aldeas medievales de la Alameda y Barajas. En el siglo XVI se transformó en un palacio renacentista, para convertirse en una de las villas de veraneo de la aristocracia madrileña. Ya, durante la Guerra Civil, fue utilizado como fortín por parte del bando republicano. Además, bajo el castillo y su entorno, existen restos de asentamientos antiguos que abarcan desde la Edad del Bronce hasta la época Romana.

El castillo de la Alameda es de pequeñas dimensiones. Su superficie interior es de aproximadamente 200 m². Presenta planta rectangular, con esquinas redondeadas. En lo que respecta a las torres, solo se mantienen en pie dos, una cuadrangular, en el ángulo noroeste, y otra cilíndrica, en el extremo opuesto

Entre las personalidades históricas que han desfilado por el castillo, bien como «prisión de notables», ​ bien como alojamiento, destaca Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, duque de Alba, que lo habitó en 1580 a su regreso del destierro de Uceda. Así mismo, tras casarse con Felipe III, la reina Margarita de Austria visitó el castillo en 1599 de camino a Madrid. En él murió el III duque de Osuna después de un breve cautiverio (1622-1624). Tras su fallecimiento, la condesa de Benavente, su esposa, decidió comprar las tierras adyacentes, que, con el tiempo, dieron lugar a la finca de la Alameda de Osuna.

Un incendio destruyó el castillo en 1697​ y, tras quedarse el castillo despoblado, en el siglo XVIII algunos vecinos de Alameda —ya villa— recibieron permisos para retirar piedras y otros materiales del edificio para sus propiedades. En 1777 se permitió a las religiosas del convento de Santo Domingo el Real retirar de las ruinas piedras para poder reconstruir unas tapias caídas de su viña. También, a partir de 1787, cuando se empieza a construir el parque de El Capricho, propiedad de la duquesa María Josefa Pimentel y Téllez-Girón, se usaron materiales procedentes del recinto.

Su deterioro se hizo especialmente visible en el siglo XIX, cuando fue expoliado y sus materiales empleados para la construcción del panteón de los Fernán Núñez,​ familia que heredó el título nobiliario del condado de Barajas.

En una soleada mañana de un día de marzo de 2019 visité el castillo. El recorrido es sencillo y muy didáctico. Cada parada se corresponde con un mirador, con vistas al conjunto arqueológico existente. Los paneles informativos explican la función que tenía cada parte del complejo, tanto las visibles como las que un día fueron.   

El castillo de la Alameda se puede visitar de manera gratuita, tanto la visita individual como la visita guiada.

Cuando finalicé mi visita pensé que, a mi madre, que no llegó a ver ni tan siquiera el inicio de las obras de recuperación del castillo, también le hubiese encantado como a mí. Se hubiese apeado de su pena y hubiese pronunciado: ¡Qué preciosidad!, su vocablo preferido para dar su visto bueno a las cosas.

 












domingo, 31 de julio de 2022

01017 Otra Perspectiva

OTRA MIRADA A LAS CAMPANAS DE SAN LORENZO


No me molestan las campanas.
Me gusta su sonar y sentir.
Son las ocho de la tarde.
Su sonido hoy lo siento más cercano
que nunca, más jubiloso.

Mientras me recreo 
con una perspectiva inusitada para mí, 
hasta parece que puedo llegar
a entender su lenguaje.
No es fácil, pero lo intento.

Su sonido es arte,
crea musicalidad
y lleva siempre
                                                                                    una enorme carga de sentimientos.

                                                                                    Las campanas tienen su propia voz.
                                                                                    Ora triste.
                                                                                    Ora alegre.
                                                                                    Ora reflexiva.
                                                                                    Ora de empezar a orar.

                                                                                    Y es lo que hago.
                                                                                    Orar con fuerza.
                                                                                    Con la misma intensidad
                                                                                    que la voz de estas campanas,
                                                                                    hoy tan próximas y cercanas.
                                                                                    
                                                                                   Han dejado de tañer. 
                                                                                   Se hace el silencio en las alturas.
                                                                                   Son las ocho de una tarde
                                                                                   muy cercana a San Lorenzo.


                                                                                   
                                                                                   
                                                                                   
                                                                                   

                                                                                   











jueves, 28 de julio de 2022

1014 San Lorenzo de Almancil

EN BLANCO Y AZUL


Almancil es una población portuguesa que se encuentra en el Concejo de Loulé, en el atractivo y ensoñado Algarve, a unos trece kilómetros de la localidad de Faro. No es muy grande, su población apenas alcanza los nueve mil habitantes, si bien recrea en sus calles y edificios algunos interesantes detalles históricos que la hacen atractiva, en medio de un ambiente muy pintoresco. Uno de los lugares más visitados y fotografiados es la Iglesia de San Lorenzo de Almancil, también conocida como San Lorenzo de Matos, construida en la primera mitad del siglo XVIII y considerada como uno de los mayores tesoros artísticos del Algarve.

Hace cuatro años, en nuestro veraneo familiar en tierras onubenses, realizamos una de nuestras, por aquel entonces, “escapadas tradicionales” al Algarve. En esa ocasión tocaba Almancil, Faro y sus alrededores. (Mientras esto escribo todavía me llegan bellas imágenes de un paisaje vivido, disfrutado y pintado en blanco y azul).

Alcanzamos Almancil a temprana hora de la mañana. El sol ya se había adueñado de la pequeña localidad para llevar a los ojos del visitante sus mejores estampas. Paseamos sus limpias y blancas calles hasta llegar a nuestro deseado destino: la Iglesia de San Lorenzo. Se trata de un templo de nave única con el presbiterio cubierto por una hermosa cúpula revestida de azulejos figurativos, al igual que en las paredes de la nave y la bóveda.

Por aquella época, mi todavía intacta y necesitada fe me llevaba a orar allí donde consideraba que podía ser escuchado. A mi San Lorenzo, patrón de la Ciudad de Huesca, lo visitaba por aquellos días con bastante frecuencia. Creo que hasta llegué a agobiarle con mis súplicas y desalientos.

Entré en el templo lusitano esperanzado, muy esperanzado. Tras pasar por taquilla y abonar dos euros, accedí a la capilla de San Lorenzo. La señora que atendía la taquilla, ya entrada en años, al ver mi cámara fotográfica colgada al cuello me advirtió que no se podían hacer fotografías de la capilla. Al entrar en el oratorio me quedé boquiabierto. A pesar de haber visto con anterioridad alguna imagen del lugar, su visión en vivo me sobrecogió con escalofrío incluido recorriéndome el cuerpo. Me senté en un banco y con las manos entrelazadas sobre mis rodillas comencé a hablar con San Lorenzo. Entre rezos, peticiones y oraciones, mi vista se recreaba con los azulejos pintados, azul sobre blanco, que revisten gran parte de la capilla y que narran la vida y milagros del santo que acabó quemado en una parrilla. En concreto, se trata de ocho paneles anclados a las paredes del templo; dos en los laterales de la capilla mayor y tres a cada lado de la nave. Los doce pilares laterales presentan alegorías de virtudes que conducen a la santidad, mientras que en el coro aparecen las tres virtudes teologales. En la bóveda las escenas muestran la entrada de San Lorenzo en el reino celestial, siendo recibido por la Santísima Trinidad. Por último, y en la cúpula, se muestra la coronación de San Lorenzo.

Y si hermosos son sus azulejos, no lo es menos el dorado retablo de la capilla; una copia barroca atribuida a Manuel Martins, el mayor tallador y escultor del Algarve, autor también de la imagen de San Lorenzo existente en la atractiva y original capilla.

El silencio era sepulcral, solo alterado por los pasos de la señora/guardesa que entró por tres veces para cerciorarse de que no hacía fotografía alguna. La última vez que entró me dieron ganas de decirle que soy hombre obediente y que acostumbro a respetar las normas de las casas ajenas. Pero me callé, tampoco me gustan las broncas ni las escenas inconvenientes. Así que seguí a lo mío, que no era otra cosa que rogar, hablar y admirar la calidad y sentir de los azulejos diseñados por Policarpo de Oliveira Bernardes en 1730 y que constituyen el mejor ejemplo de baldosas de arte barroco en el Algarve.

Allí permanecí aproximadamente una hora. Al salir le dije a la señora/guardesa que era de Huesca y la devoción que le profesamos a San Lorenzo. Apenas conseguí sacarle una ligera sonrisa y menos que me dejara hacer una sola fotografía a la capilla. Así que pasé de nuevo por taquilla para hacerme con una colección de postales del templo. De aquí que las imágenes de interior que ilustran este escrito sean fotografías tomadas a las postales.

Al margen de anécdotas, el caso es que recuerdo que salí del templo dedicado a San Lorenzo, mandado construir por la propia población para agradecer a su santo intermediario por la falta de agua y clasificado como “monumento de interés público” el 2 de enero de 1946, con mucha paz, serenidad y alegre, algo poco habitual en aquellos días.

Han pasado cuatro años desde aquella visita. Las cosas no fueron como fervientemente deseaba. Hoy he decidido que ya era hora de abrir de nuevo la puerta a la reconciliación ante la proximidad del 10 de agosto.