CAÑADILLAS
Estoy de suerte. Ya lo creo. El sabor intenso a marisco, y
por ende a mar, ha retornado a mi paladar desde el recuerdo a mi presente. Todo
gracias a las cañadillas o cañaíllas, como más plazca decir. Hacía tiempo que
no me deleitaba con este molusco. Si mal no recuerdo, desde nuestras últimas
vacaciones familiares por tierras onubenses. Y de aquello, han sonado ya
bastantes tronadas. No obstante, fue en Bilbao, gracias a mi hermano Antonio,
donde las conocí y las gocé en todos los sentidos, mezclando gastronomía y
amable tertulia.
Por estas tierras en las que habito no es habitual ver a la
venta esta especie de molusco gasterópodo marino, o por lo menos en los
establecimientos de alimentación que frecuento. Ha sido toda una alegría verlas
y reencontrarme con ellas, a la par que revivir los grandes momentos que me han
deparado. Curiosamente, estaban a buen precio, tanto que no han faltado en
nuestros últimos aperitivos en la terraza de casa. Si en las fotografías
muestran un color anaranjado, lejos de su aspecto natural, se debe al toldo de
la terraza, que prácticamente está bajado todo el día en estos días de
auténtica chicharrina. También las fotografías que tomé en aquellos años
onubenses a las cañaíllas, presentan el mismo aspecto anaranjado. Se da la
casualidad de que igualmente las tomábamos en espléndidos aperitivos y bajo un
toldo anaranjado de la terraza.
Si no llevo mal la cuenta, creo que es la tercera vez que
las hemos catado en los últimos días. A saber, cuándo nos podremos sentar de
nuevo frente a una buena ración de cañaíllas. Me da que se trata de una feliz
coincidencia. De hecho, desde las últimas que compramos, ya no las hemos vuelto
a ver. Preguntamos si traerían más, pero la respuesta obtenida fue más que
incierta.
Como buen molusco, no necesita de gran elaboración; agua y
sal gruesa. Así recuerdo que nos lo transmitió la amable y simpática responsable
de un puesto de mariscos del Mercado del Carmen, en Huelva. Tan sencillo como
lavar bien los ejemplares para eliminarles la posible arena que contengan. Para
ello es necesario dejar los moluscos en agua con sal durante unas tres horas y
cambiar el agua cada hora hasta que se observe que ya no despiden arena. Una
vez limpias, solo restará cocerlas a fuego lento en abundante agua durante unos
diez minutos. Mientras se cuecen, habrá que colocar en un recipiente agua con
hielo y sal. Una vez que las cañaíllas estén cocidas, retirar del fuego y
trasladarlas al recipiente con agua, hielo y sal. Esto cortará la cocción y
facilitará el proceso de retirar la carne del interior de la caracola cuando
las consumamos.
Alguna vez ya he comentado que este blog no aporta nada y que
carece de interés. Es un reto personal, que además de ayudarme a sentirme vivo,
hace que siga teniendo interés por las cosas, a mantener entrenada mi memoria y
a seguir aprendiendo. En este sentido, he conocido un dato curioso mediante la
lectura de algún que otro artículo al respecto de las cañaíllas. Y es que, de
las glándulas branquiales de este molusco, “los antiguos fenicios extraían el
tinte púrpura que sirvió para teñir vestiduras de emperadores, reyes y
sacerdotes, siendo muy apreciado en la antigüedad y valiendo más que el oro”. Para
obtener, 1,4 gramos del producto se necesitaban 12.000 cañaíllas. Aprendido está.