sábado, 3 de octubre de 2026

01790 El Pollo Escabechado

 DESPERTANDO EMOCIONES


Me gustan los guisos con sabor, fuertes y que dejen recuerdo para el resto de los días. Es el caso de los escabechados. Cada vez que se cocinan en casa, me transportan, como no podía ser de otra manera, al hogar de mi madre. El aroma que se desprende durante y después del cocinado se adentra en el olfato para despertar emociones. Al menos, es lo que me sucede. En esta ocasión, el protagonista de esta entrada es el pollo quien se presta al escabechado.

Ya lo siento, pero tengo que volver al huerto como excusa. La producción de pimientos verdes italianos está siendo magnífica y además, con hermosos ejemplares. En el verdulero del frigorífico ya no cabe un ejemplar más y mis amigos también están bien servidos. Aunque entre los ingredientes de la receta de pollo escabechado que cocinaba mi madre contenía zanahoria y cebolla, para dar salida a los pimientos ha sido eliminada la zanahoria y sustituida por el pimiento. El resultado ha sido fantástico. Me ha parecido más sabroso si cabe. Recomendable, cocinar este guiso, como casi todos, de un día para otro para que el escabechado adquiera más cuerpo. 

Ingredientes para 4 personas, y alguna más: 4 pechugas de pollo, 3 dientes de ajo, 2 pimientos italianos verdes, 1 cebolla grande, 2 hojas de laurel, vinagre de vino blanco, aceite de oliva virgen extra, a partes iguales, sal y agua.

Elaboración: Cortar las pechugas en tres o cuatro trozos y sazonar. Calentar en una cazuela una cantidad generosa de aceite de oliva. Dorar los trozos de pechuga; solo dorar. Conviene dorarlas en tandas, no todas las piezas a la vez. Según se van dorando, retirar a una fuente y reservar el aceite que quede. Pelar y cortar la cebolla en juliana. Lavar y cortar los pimiento también en juliana. Pelar los ajos y aplastarlos ligeramente ayudados del cuchillo de cocina. Con el fuego medio/alto, calentar el aceite de dorar las pechugas, verter las verduras y los ajos y rehogar durante unos cinco minutos. Añadir las hojas de laurel y remover. Incorporar a la cazuela las pechugas de pollo. Verter la misma cantidad de agua que de vinagre de vino blanco y aceite de oliva hasta cubrir la carne. Sazonar. Llevar a ebullición a fuego fuerte y en cuanto borbotee, bajar el fuego al mínimo. Tapar y dejar cocer durante unos cuarenta y cinco minutos. Apagar el fuego y dejar que el escabeche se temple en la misma cazuela durante unos treinta minutos. Servir templado o frío. Mejor, como he comentado con anterioridad, cocinar de un día para otro. 




viernes, 2 de octubre de 2026

01789 Dar Calabazas

PERO DE LAS DEL HUERTO

 

Ahora, recordándolo, me sonrío. En mis tiempos juveniles, nunca se me dio bien el arte de ligar. Aprendí que ligar era un arte para el que no estaba llamado. Mi timidez no me ponía las cosas fáciles. Así, que cuando lo intentaba, ayudado de algún líquido con más o menos grados de la época, tenía todos los números para ser correspondido con una calabaza. Era el número uno de recepción de calabazas. Algunas de ellas memorables. Voy a dejarlo aquí.

Ahora soy yo quien da calabazas, pero de las del huerto. Y bien grandes, para compensar con aquellos pretéritos años. La producción de calabazas del huerto es más que considerable en las últimas cosechas. Tanto, que no sé que hacer con ellas. Así como el resto de frutos hortícolas son muy bien recibidos por mis destinatarios, no acostumbra a suceder lo mismo con estas cucurbitáceas. A quienes les gustan, dentro de mis amistades, ya los tengo fichados y cuando las calabazas, en los inicios del otoño, muestran todo su esplendor, las reparto, "doy calabazas". Y sonrío, ahora es fácil sonreír.

A propósito del significado de "dar calabazas", en su versión de "rechazar una propuesta amorosa", he podido leer alguna que otra curiosidad. Por ejemplo, en la Antigua Grecia, la calabaza se consideraba como un alimento antiafrodisíaco que calmaba los instintos sexuales. En la Edad Media los monjes usaban pepitas de calabaza para alejar pensamientos lascivos y mantener la castidad. Se dice también, y según la tradiciones del mundo rural, en algunas regiones de nuestro país, los padres de una joven muchacha ofrecían un plato de calabaza al pretendiente que no era bien recibido. Pura sutileza.


martes, 29 de septiembre de 2026

01788 El Tartar de Sardinas

 TODO LE VA BIEN


En mis inicios laborales alguien me aconsejó que cuando me encontrara en una comida o cena de trabajo, descartara hablar sobre mí, de política y, sobre todo, de mi empresa o de mi profesión.  Me dijo que tuviera siempre recursos con los que poder hablar para obviar hacerlo sobre lo anteriormente mencionado. Añadió que era una práctica muy americana. En aquel momento no entendí muy bien el consejo. De hecho, no le presté mucha atención y tampoco lo llevé a la práctica, hasta que me llevé algún que otro revés inesperado.

Con el tiempo y, sobre todo, después de sobrevenidos sufrimientos por no escuchar tan práctico consejo, comencé a incorporarlo a mi rutina social y laboral. Evité hablar de mi vida personal, dejé de compartir detalles íntimos o debilidades para que no pudiera ser usado en mi contra en momentos determinados y descarté transitar por asuntos delicados. Para interactuar, tal y como fui aconsejado, eché mano de mis aficiones: jardinería, fotografía, pintura, literatura, viajes, gastronomía, baloncesto, entre otras, y aprendí a callar y a escuchar, siempre escuchar.

Ahora, mi universo laboral ha quedado en el olvido, pero sigo manteniendo algunos de aquellos hábitos para mis relaciones sociales. Como, por ejemplo, recurrir a cuestiones intrascendentes cuando me encuentro con algún conocido y decidimos tomar un café. Una vez puestos al día de nuestras respectivas vidas, todo generalidades, se hace necesario rellenar con palabras el encuentro. Es entonces, cuando acudo a las socorridas aficiones. La más frecuente en la actualidad es la gastronomía. Da mucho juego para interactuar e incluso depara gratas sorpresas.

Recientemente se dieron todas estas circunstancias. Un paseo matinal, encuentro con un viejo conocido al que no veía hace tiempo, propuesta de tomar un café, que si ya soy abuelo, que si acaba de llegar de China, que si este año el huerto me ha costado sacarlo adelante, que si se tenía que operar de una hernia… y poco más. Todavía quedaba café en nuestras respectivas tazas y ninguno de los dos teníamos prisa. En la mesa contigua a nosotros, alguien se estaba comiendo un bocadillo de sardinas. Hacía años que no veía un bocata de estas características, y recordé lo bueno que está. Hice observar a mi compañero de café, mi inclinación por las sardinas. Un gusto también por él compartido. Comenzamos a hablar de sardinas como si fuésemos expertos en la materia y a intercambiarnos recetas. La mayoría de ellas eran muy comunes, hasta que una me puso en alerta; el tartar de sardinas de lata.

¿Cómo? Nunca lo había visto ni tampoco escuchado. Me dijo que acostumbraba a elaborarlo en su casa con frecuencia, sobre todo los fines de semana y que, aunque lo preparaba con unos ingredientes básicos, le gustaba incorporar otros sabores. “El tartar de sardinas es muy agradecido. Todo le va bien”, me hizo observar. Huelga decir, que le pedí la receta básica. De las probatinas ya me encargaré yo, que en eso soy experto.

No tardé mucho en sacar a la mesa, también en un fin de semana, mera coincidencia, este tartar. Me encantó. Ya lo creo que me encantó.

Ingredientes: 2 latas de sardinas en aceite de oliva, 1 tomate maduro, 1 cebolla morada, 2 piparras, ½ pimiento italiano verde,1 aguacate maduro, el zumo de medio limón, aceite de oliva virgen extra, pimienta molida y sal en escamas.

Elaboración: Desmenuzar en un bol las sardinas, reservando una, y retirar el exceso de aceite. Picar en pequeños dados el tomate, la cebolla morada y el aguacate. Añadir al bol de las sardinas. Picar finamente el pimiento verde y las piparras. Añadir al bol. Verter el zumo de limón, un chorrito de aceite de oliva, la sal en escamas y la pimienta negra molida. Mezclar bien y emplatar. Servir frío e incorporar la sardina que habíamos reservado. 






sábado, 26 de septiembre de 2026

01787 Aquella Pizza en Venecia

 EN UN SOÑADO VIAJE


La trattoria estaba a rebosar de clientes. Afuera hacía un calor infernal. El hambre ya acuciaba. Era cuestión de esperar a que una mesa quedara libre. No pasaron muchos minutos cuando pudimos sentarnos.

Nos hicimos con una carta llena de sugerencias y llamativas fotografías. Una de las muchas señales que me indican que me he hecho mayor es mi rechazo a las cartas largas y con multitud de propuestas. Me dan pereza, algo que nunca he tenido, y que se muestra en la actualidad con más frecuencia de lo que me gustaría. A punto de desistir, una joven, creo que inglesa, que se encontraba sola con su mochila en la mesa de al lado, me dio la pista. No sabía muy bien qué es lo que estaba comiendo. A simple vista se trataba de una pizza, pero desconocía sus ingredientes. Sólo sé que a cada bocado, la joven mostraba una mueca de satisfacción, de contagiosa satisfacción, que acabó por infectarme. Cuando fui atendido, demandé una pizza como la que se estaba comiendo mi eventual vecina de mesa.

A no mucho tardar, tenía delante de mi una pizza de alcachofas, setas, jamón y aceitunas negras, que por cierto, son denostadas por mí. Ya he comentado en más de una ocasión que me gusta absolutamente todo, salvo las aceitunas negras y las aceitunas con su casco, no así las rellenas. Alguna manía tenía que tener. Trasladé las aceitunas al plato de Gloria y comencé a dar cuenta de la pizza. Con razón, la joven vecina, a quien imité, se mostraba tan emocionada con cada bocado. No era para menos. La masa estaba excepcional y los ingredientes muy acertados en su combinación. Nunca había comido una pizza de estas características. No quedaron ni las miguitas.

De esto han pasado ya cuatro años. Acabo de entretenerme mirando las fotografías de aquel soñado viaje a Italia y me he detenido en estas imágenes. Posiblemente no sea la mejor pizza que he probado en mi vida, aun siendo sobresaliente. Siempre la recordaré como aquella pizza que tomé en Venecia, en aquel soñado viaje que perseguí desde mi juventud y que no pude realizar hasta cumplir los 65 años. No sé si la volvería a tomar, si se cruzara en mi camino cuando acudo a una pizzería fuera de Italia. Habitualmente, acostumbro a pedir la popular cuatro quesos. De lo que sí estoy seguro es de que si vuelvo a la ciudad de los canales, no dudaré en volver a probarla. Me pareció excepcional, igual que todos los días que pasé en aquel soñado viaje a la hermosa y sorprendente Italia.  




miércoles, 23 de septiembre de 2026

01786 Un Lugar al Que Mirar

 UN LUGAR AMABLE Y HERMOSO


Los días son una sorpresa.
Cuando parece estar todo controlado,
de repente,
la vida cambia completamente de color.

Los tonos grisáceos amenazan
con otro tipo de suerte
y se hacen un hueco en la paleta de vivos colores
hasta emborronar toda la vivaz superficie.

El desánimo, la tristeza y la impotencia
acuden a la llamada del señuelo,
alcanzando un protagonismo indeseado.

                                                                                    Todo se torna oscuro y cerrado.
                                                                                    Hasta la mente se contagia, se contamina
                                                                                    y enferma de ese virus inesperado.

                                                                                    Los días son una sorpresa.
                                                                                    Cuando parece que todo es un abismo,
                                                                                    de repente,
                                                                                    recuerdas un lugar amable y hermoso al que mirar,
                                                                                    y los colores de la vida vuelven a resurgir.

                                                                                    
 





domingo, 20 de septiembre de 2026

01785 Las Cucañas

PIÑATAS


Resulta agradable comprobar lo sencillo que es retornar a la infancia. Lo pude volver a observar recientemente, después de una fiesta y reunión familiar en mi pueblo materno de Alcalá de Gurrea. Después de comer, con sobremesa larga, tras despedirme de tías, hermanas y primos, y dirigiéndome ya al coche para regresar a casa, pude ver cómo estaban preparándolo todo para que los niños y niñas pudieran jugar a las cucañas. Me quedé clavado como una estatua. Así lo quiso el niño de hace más de medio siglo. Me recordó que yo también jugué en esta plaza a las cucañas y a las cintas, creo que así se denominaba el juego que consistía en ir montado en una bicicleta y con un lápiz o un pequeño y afilado palo de madera, intentar traspasar una arandela que llevaba enrollada una cinta y escrito en ella un premio en metálico. Yo no tenía bicicleta, pero siempre había alguien que me la dejaba para que pudiera participar. Desde aquel entonces no he vuelto a ver este juego. Bueno, por no mentir, hace unos diez años, vi algo parecido en la Aldea de El Rocío. En aquella ocasión los participantes no iban en bicicleta sino sobre hermosos y cuidados caballos.

Volviendo a esa querida y renovada plaza de Alcalá de Gurrea, pude ver las ilusionadas caras de los niños y niñas allí reunidos, mientras esperaban su turno para la gran proeza: romper con un palo y con los ojos vendados la vasija de barro colgada de una cuerda y rellena de caramelos. Esperé a que el primer participante hiciera diana, mientras mis recuerdos infantiles corrían por la plaza en busca de la tómbola y de las casetas de tiro en días de fiestas. Recuperar el lugar donde quedaba con mis coetáneos al caer la tarde en los días de verano. Recorrer el escenario de todos mis juegos de infancia, porque entonces las calles y las plazas eran nuestras aliadas y donde el tiempo parecía no pasar.

Por fin, el niño rompió la vasija desparramando por el suelo su dulce contenido. Un ruido, el de la vasija con su contacto al caer al suelo, me devolvió al presente con una sonrisa. Pensé que muchas cosas habían cambiado, pero la emoción y la ilusión que siguen despertando aquellos juegos, siguen intactas.

Quien pueda llegar a leer esto, pensará que estoy en un error, y que en realidad el juego referido no se corresponde con las cucañas sino con las piñatas. Toda la razón, pero en Aragón a lo que se conoce como una piñata se le denomina cucaña. Según he podido leer, “etimológicamente, la palabra procede del italiano cuccagna, que hacía referencia a una tierra mítica de abundancia y felicidad, similar al país de Jauja, donde no hacía falta trabajar y los alimentos caían del cielo o de los árboles. Al trasladar este concepto a los juegos populares de los pueblos, se empezó a denominar «cucaña» a cualquier reto o juego infantil cuyo objetivo final fuera conseguir premios, dulces o monedas de forma gratuita”.

Antiguamente, en las fiestas de los pueblos aragoneses, no se organizaba una sola actividad aislada, sino que se preparaban las llamadas "Cucañas". Este término funcionaba como un bloque o sección de juegos populares infantiles. Dentro de esta misma categoría se agrupaban dinámicas muy diversas: El tradicional palo untado de grasa, las carreras de sacos o la rotura de ollas de barro colgadas de una cuerda rellenas de caramelos, agua o monedas. Al estar englobada la piñata dentro del programa de "las cucañas" de las fiestas, la metonimia hizo que el término pasara a dar nombre al objeto en sí.






miércoles, 16 de septiembre de 2026

01784 Una Discreta Discusión

EL CORAZÓN DEL ATARDECER


En una ocasión fui testigo de una discreta discusión entre dos atardeceres. El debate; cuál de los dos era más bello. Intrigado, me senté en el suelo para escuchar atentamente el contenido de la polémica.

En un tono comedido, los atardeceres no saben de gritos ni de palabras mal sonantes, comenzaron a intercambiarse sus puntos de vista. Mientras uno alegaba sus vistas privilegiadas, el otro argumentaba sobre la placidez y el bucólico paisaje. No hubo réplica, solo un punto y seguido en la disertación. El primer atardecer puso en valor el silencio y la paz que transmitía. El segundo, quiso destacar, precisamente, el acompasado y reiterativo sonido de las olas al llegar a la playa.

Me pareció escuchar un suspiro. No lo sé. Igual fui yo al cambiar de postura. Los dos atardeceres, que no debían tener otra cosa que hacer, continuaron con su debate para alzarse con el trofeo al atardecer más bello. Mi atardecer, prosiguió el primero, huele a tierra y pasión. El mío, le contestó el segundo, huele a sal y a brisa agradecida...

El sol se ocultó. Los dos atardeceres enmudecieron. De regreso a casa reflexioné sobre lo escuchado. Llegué a la conclusión de que los dos eran bellos. Los dos atardeceres eran sentidos y por lo tanto hermosos. Los dos tenían razón, porque hablaban desde el mismo corazón de los atardeceres. 




domingo, 13 de septiembre de 2026

01783 El Tomate Piennolo Giallo

 DEL VESUBIO


Nunca ha habido tanto color en mi huerto. Todo ha sido gracias a las incorporaciones de las nuevas variedades tanto de tomates como de acelgas. Da gusto y alegría verlo. Y eso que el calor, excesivo calor de este verano, me ha ocasionado alguna que otra baja entre las plantas y no se han mostrado como acostumbran. De cualquier manera, estoy contento.

En este caleidoscopio vital he comentado recientemente las incorporaciones al huerto de las acelgas rojas y de las acelgas amarillas de Lyon. En esta ocasión, traigo una nueva variedad de tomate que se ha estrenado en el huerto con intención de continuidad, pues me ha parecido una joyita. Me estoy refiriendo al italiano tomate piennolo giallo.

El pasado otoño, mi cuñado estuvo en Nápoles, tal y como acostumbra en los últimos años. De sus viajes siempre nos trae algún presente. En esa ocasión, nos preguntó si queríamos algo en concreto, a lo que le sugerimos que nos trajera semillas de tomate del entorno del Vesubio. A su regreso, nos inundó de semillas de curiosas variedades de tomate. Entre ellas se encontraban semillas del denominado tomate piennolo giallo. Esta primavera sembré en semilleros parte de las semillas de las distintas variedades. Mi expectación fue total. A ver qué sucedía.

Las semillas germinaron y cuando adquirieron un considerable tamaño las planté en el huerto con excelentes resultados contra todo pronóstico. Las plantas de piennolo giallo fueron las más “perezosas” y las últimas en aportar sus frutos. Tenía curiosidad por probar su sabor. No sería hasta primeros de septiembre cuando arranque de las matas los primeros tomatitos amarillos. Me encantaron, como gustaron a todos cuantos los han podido probar. Su hermoso color amarillo dorado es todo un atractivo que, unido a su sabor dulce y su ausencia casi total de acidez, lo convierten, como ya he mencionado, en una joyita.

Este tomate es también conocido como Pomodorino del Piennolo del Vesuvio Giallo y se cultiva principalmente en los suelos volcánicos del Vesubio, en la italiana región de Campania. Son frutos pequeños, tipo Cherry, de forma ovalada, con una punta en la parte inferior llamada umbone o pizzeto y pesan entre 20 y 30 gramos. Su coloración amarilla denota una altísima concentración de beta-caroteno, vitamina A, además de ser tres veces más rico en otras vitaminas que las variedades rojas comunes.

El término “piennolo”, péndulo en dialecto napolitano, proviene del método tradicional de conservación. Los frutos se forman en la planta en racimos y los agricultores italianos cortan estos enteros para trenzarlos con un hilo de cáñamo hasta formar un gran racimo circular. Posteriormente, se cuelgan en techos, balcones o en lugares secos y ventilados. Gracias a su piel gruesa y pulpa firme y compacta, el tomate se conserva de forma natural durante meses a lo largo del invierno, concentrando sus azúcares y volviéndose aún más sabroso con el tiempo. A este respecto, tengo que decir que de momento me ha sido imposible recolectarlos en racimos, pues debido al sofocante calor, muchos ejemplares se han ido cayendo de las ramas. Algunos he conseguido coger en racimo, pero no me dan para realizar un gran racimo circular. Me he quedado con las ganas. Así que tendré que esperar al próximo año y ver si hay más suerte, ya que está claro, que han venido para quedarse en mi huerto.

De momento, los vamos consumiendo simplemente en ensalada con aceite y sal. Tengo que explorar otras formas, como en salsas o con otros acompañamientos. Me da que por su textura y sabor tienen mucho recorrido. 




sábado, 12 de septiembre de 2026

01782 La Isla de Mouro y Su Faro

 PÉTREO TESTIGO


Me he propuesto pintar paisajes y rincones que tienen para mí, independientemente de su belleza, un significado muy especial. Escenarios en los que he sido feliz y que quiero ahora recrearme en ellos plasmándolos en un lienzo. He comenzado con el Faro de la Isla de Mouro, a quien ya dediqué una entrada en este reto personal. Fue en los inicios de este caleidoscopio vital, exactamente en la entrada número 00030. En ese momento, el escrito atendió a los juegos con mis hijas a pie de playa, en la cántabra playa de Somo, y con el Faro de la Isla de Mouro como pétreo testigo. Una imagen que nos acompañó durante casi dos décadas, verano tras verano, y en más de una escapada fuera del estío. En aquellos días, poco, por no decir nada, conocía del familiar faro, salvo que medía 18 metros de altura y que el acceso a la isla estaba restringido.

Para nosotros tenía su encanto, incluso cuando terminaban nuestras vacaciones, iba a la playa con las niñas expresamente para despedirnos de él hasta el próximo encuentro. No sé si lo recordarán. Como tampoco yo recuerdo el número de fotografías que he llegado a capturar de la isla y el faro a lo largo de todos esos años. Incluso ahora, cuando realizo a Somo alguna esporádica escapada, continúo sumando más imágenes a la “colección”. Las tengo de todos los palos; con el mar en calma, bravío, con las aguas verdes, celestes, de un azul intenso, con un cielo limpio de nubes, con el cielo cubierto, con sol, con bruma… Tanta es mi querencia por Somo, su playa y el faro, que tenía que trasladar a un lienzo tantos días de dicha y alegría.

Además, y ya era hora, me he interesado por conocer su historia, gracias a la web  buceopedrena.es, de donde he sacado los siguientes apuntes:

“La isla de Mouro, ubicada en la bahía de Santander, en la costa norte de España, es un pequeño islote de gran significado histórico y geográfico. Aunque no es una de las islas más grandes ni más conocidas de la región, su historia está marcada por varios factores cruciales que han influido en la navegación, la defensa y el desarrollo de Santander a lo largo de los siglos”.

“El origen del nombre «Mouro» ha sido objeto de diversas interpretaciones a lo largo de los años. Una de las teorías más comunes es que proviene del término «Mouro», utilizado en la Edad Media para referirse a los moros o musulmanes. Esto se puede deber a la influencia de la cultura musulmana en la península ibérica durante la Reconquista. Otra posibilidad es que el nombre derive de la palabra «muro», dada la geografía escarpada y rocoso de la isla, que podría haber sido considerada un “muro natural” para los navegantes que se aproximaban a la bahía”.

“La isla de Mouro aparece en varias fuentes antiguas, aunque no hay registros precisos sobre su población o sobre las primeras civilizaciones que pudieron haber habitado o explotado sus recursos. En la época romana, la zona de Santander ya estaba habitada, pero la isla de Mouro parece no haber tenido una ocupación humana significativa en esos primeros tiempos, ya que su entorno natural no era favorable para el establecimiento de una población”.

“No existen registros específicos de fortificaciones o estructuras defensivas en la isla durante la Edad Media, aunque no se puede descartar que pudiera haber sido utilizada para la vigilancia de posibles invasores o para controlar el tráfico marítimo. El puerto de Santander, aunque no tenía la misma importancia que en épocas posteriores, ya estaba siendo utilizado como puerto de comercio y como punto de paso para las embarcaciones que se dirigían al norte de la península”.

Con el auge del comercio y la mejora de las rutas marítimas en el siglo XVIII, la bahía de Santander comenzó a ganar importancia como puerto comercial, lo que aumentó la necesidad de mejorar la seguridad en la navegación. Así, “a finales del siglo XVIII, la isla de Mouro comenzó a ser considerada un lugar estratégico para la construcción de un faro. La idea de erigir un faro en la isla fue impulsada por la creciente importancia de Santander como puerto de comercio, así como por los numerosos naufragios que ocurrían en la bahía y en las aguas circundantes. La necesidad de una señal luminosa que orientara a los navegantes, especialmente durante la noche y en condiciones meteorológicas adversas, era cada vez más urgente”.

“El faro de la isla de Mouro fue inaugurado oficialmente en 1839, aunque la idea de su construcción comenzó a gestarse varios años antes”. El faro fue diseñado para ser visible desde largas distancias. “Con una torre de 18 metros de altura, el faro se convirtió en uno de los puntos de referencia más importantes en la costa cantábrica. Su luz tenía un alcance de hasta 22 millas náuticas (alrededor de 40 kilómetros), lo que lo convertía en una de las principales ayudas a la navegación en la zona”.

“A lo largo del siglo XIX, la isla de Mouro también desempeñó un papel estratégico en términos de defensa. Durante las Guerras Carlistas (1833-1876), la isla y sus alrededores fueron escenario de importantes movimientos militares, ya que la bahía de Santander era un punto de interés para los bandos enfrentados”. En esos años, “la isla de Mouro sirvió como un punto de vigilancia, y aunque no se construyeron grandes fortificaciones en la isla, su ubicación estratégica permitió que fuera utilizada como parte del sistema de defensa de la ciudad de Santander. El control de la bahía de Santander y sus accesos era esencial para las operaciones militares en la región, y la isla de Mouro ofrecía un lugar ideal para vigilar las entradas y salidas del puerto. “En este contexto, el faro de la isla también adquirió una función simbólica, ya que representaba un faro de esperanza y resistencia para los defensores del puerto y la ciudad de Santander. Aunque la isla no estuvo directamente involucrada en grandes batallas, su presencia en la bahía proporcionó una sensación de seguridad a los habitantes de la ciudad y a los barcos que se encontraban en el puerto”.

“A lo largo del siglo XX, la isla de Mouro se fue consolidando como un espacio protegido y de interés natural. Su biodiversidad y su paisaje único comenzaron a ser valorados, y en 1989 la isla fue declarada un espacio natural protegido por su valor ecológico. La isla alberga una gran variedad de especies de flora y fauna, incluyendo aves marinas que la utilizan como lugar de anidación. Su aislamiento la convierte en un refugio para diversas especies, lo que ha llevado a su preservación y a la restricción del acceso humano”.

“El faro de la isla de Mouro sigue siendo uno de los elementos más importantes de la isla y de la bahía de Santander. Aunque la navegación moderna y los avances en la tecnología de los radares han reducido la dependencia de los faros tradicionales, el faro de Mouro sigue siendo un símbolo de la historia marítima de la región y de la seguridad en la navegación”.

“Hoy en día, el faro continúa emitiendo señales luminosas, aunque su función principal es más simbólica que operativa. La isla de Mouro se ha convertido en un lugar de interés turístico, y el faro es un atractivo tanto para los navegantes como para los visitantes que aprecian la belleza natural de la bahía de Santander”.

 


viernes, 11 de septiembre de 2026

01781 La Tortilla de Pan

  GRAN OLVIDADA, GRAN RECORDADA


Recientemente compartí con mis compañeros del grupo de teatro uno de esos almuerzos que tanto nos gustan organizar, y que se han convertido en una necesidad. Pedí, para dar buena cuenta de este encuentro, un salmorrejo aragonés, cuyo gusto por este plato está recogido en este caleidoscopio vital en la entrada número 00464. Se trata en líneas generales de un cocinado a base de cerdo, longaniza, huevos y espárragos, aunque, como no puede ser de otra manera, también admite firma de autor, tradición o costumbre, según fogón donde se ejecute este manjar. En este caso que me ocupa, el salmorrejo lo componían longaniza, tortela, costilla de cerdo y tortilla de pan.

¡Oh, tortilla de pan!, exclamé cuando vi el plato delante de mí. ¡Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la degusté! Tanto me emocionó, que monopolicé el inicio del almuerzo con mis recuerdos, que me llevaron a Alcalá de Gurrea, a casa de mi abuela Genoveva. Cómo olvidar aquellos años de infancia junto a ella, su bondad, su cariño, sus atenciones… y su cocina. Una cocina tradicional, auténtica, plena de sabor, y como todas las abuelas y madres de esa generación, capaces de hacer de la nada una virtud. No eran tiempos para florituras y menos para las cosas del comer. Tonterías las justas.

Se aprovechaba todo, absolutamente todo, y gustara o no gustara el plato, siempre la palabra clave pronunciada por mi abuela, “a comer sin rechistar”. Supongo que habría platos que me harían más tilín que otros, pero los que satisfacían mi apetito los recordaré siempre. Sobre todo, los guisos de conejo, pollo o cerdo. Sus patatas fritas, desde que falleció no las he vuelto a probar mejores; su salmorrejo, elaborado todo con los productos de la matacía del cerdo, lomo, torteta, longaniza y la tortilla de pan, o tortilla trampa, como así la denominaban tanto ella como mi madre.

Esta más que humilde tortilla le gustaba incorporarla a los guisos. Es muy apropiada para ello, pues se empapa de todos los jugos, convirtiéndose en un gran atractivo para el paladar. La tortilla en cuestión era al fin y a la postre, un preparado nacido de la necesidad de aprovechar los restos de pan duro. No veo a mi abuela pensando otra cosa. Nunca la he cocinado, pero la he visto elaborar multitud de veces a mi abuela y a mi madre, que también tenía bien aprendida la lección. Enseñanza, la del aprovechamiento, en la que también mi madre me aleccionó.

Su sencillez, la de la tortilla, se corresponde con su humildad. Tan sencillo como remojar el pan duro en leche, mezclar con unos huevos batidos, ajo y perejil picados, y cuajar en la sartén, para a continuación incorporarla al guiso. Al menos así la vi cocinar en casa.

Sí, la cocina es recuerdo, y también poderlo compartir con unos buenos amigos.

 




miércoles, 9 de septiembre de 2026

01780 Buscar Paisajes

 ILUSIONADOS MOMENTOS



Ría de Cubas, Cantabria. Óleo sobre lienzo
Cada mañana busco un paisaje que me traiga un recuerdo feliz, que me facilite las herramientas necesarias para afrontar las interrogantes jornadas. No tiene por qué ser especialmente bello, espectacular o paradisíaco. Es suficiente con que me devuelva a aquel ilusionado momento sin cicatrices.


martes, 8 de septiembre de 2026

01779 Las Acelgas Amarillas de Lyon

TIERNA Y SUAVE


Este verano, estar en el huerto no ha sido tan paradisíaco como estíos precedentes. Con las altas temperaturas registradas, no diré que ha sido un infierno, pero casi. A ello se han sumado una gran variedad de insectos, amén de la ya tradicional araña roja en las tomateras. Es lo que tiene practicar el ecologismo más absoluto. Algunas plantas han fenecido antes de lo acostumbrado y otras no han dado el rendimiento deseado. De todas formas, en cuanto a producción en general se refiere, no me puedo quejar. Pero si me tengo que quedar con algo digno de destacar, es la variedad de plantas que he conocido este año, de la mano de su calidad, buen resultado y prestancia en el huerto. Varias de ellas ya han dejado su sello en este caleidoscopio vital, cediendo en esta ocasión el testigo a la acelga amarilla de Lyon.

Se trata de una variedad de acelga muy productiva y valorada por sus grandes hojas de color amarillo verdoso y sus pencas blancas, anchas y carnosas. Su textura es tierna y de suave sabor. En su máximo esplendor, sus hojas anchas y abullonadas se muestran muy voluminosas. No confundir esta variedad con la acelga de penca amarilla, que posee unos tallos de un llamativo color amarillo brillante.

Tenía ganas de probarla, aunque fui paciente y esperé a que sus tallos y hojas adquirieran un considerable tamaño. Hasta ese momento me conformé con cuidar la media docena de plantas que cultivé y alegrarme cada día con su hermoso color, en contraste con las acelgas rojas y verdes que las acompañan.

De momento, solo las he probado hervidas con patatas, y salteadas con un sofrito de cebolla y jamón. Es como habitualmente consumimos en casa la acelga. Me resultó muy agradable al paladar, casi dulce; nada que ver con las acelgas rojas o verdes. Ahora, además de seguir cuidándolas, tendré que ampliar horizontes en cuanto a su consumo se refiere. Y por supuesto, contaré con ella en venideras plantaciones.




lunes, 7 de septiembre de 2026

01778 La Citronela

 UN AROMA PARA UN MOMENTO PLACENTERO EN LAS NOCHES DE VERANO


El aroma de la citronela se ha convertido en mis últimos años en un clásico en las noches de verano. El motivo es que esta planta, con su aroma fresco y cítrico, tiene una poderosa acción como repelente natural de insectos, especialmente de los molestos y agotadores mosquitos. En las noches de estío, me gusta sentarme en la terraza de casa con un libro o algo de lectura. Y en ausencia de uno u otro, apoltronarme en el sofá con mis pensamientos y mirar las estrellas, en compañía del dulce aroma que desprende una enorme vela de citronela encendida. Me resulta un momento muy placentero.

Tendría que hablar en pasado, porque este año, a pesar de la citronela, los mosquitos me tienen aborrecido y hasta dolorido. Mi cuerpo es como una paella, lleno de granos, motivados por sus picadoras. Bien es cierto, que muchos de los abones me los traigo del huerto, a pesar de la albahaca, otro repelente de insectos.

En lo que llevamos de verano, no creo que haya pasado en la terraza más de una hora seguida por la noche. Es como el día de la marmota. Empiezo mi estancia bien, pero al cabo de un cuarto de hora comienzo a rascarme en distintas partes del cuerpo, hasta que llega un momento en el que no puedo más. Tengo la impresión de que este año los mosquitos no pican, muerden. Cuando mis manos ya no dan abasto y no saben a qué parte de mi cuerpo acudir para rascar, apago la vela de citronela y me guarezco en casa.

Hace unas semanas estuve cenando en la terraza de casa de una amiga. El olor a citronela era espectacular. Busqué con la mirada una vela o similar, pero no encontré nada. Así que le pregunté de dónde provenía tan identificable olor. Mi amiga me señaló con el dedo una planta bien nutrida de hojas, de entre el medio centenar que hermosean su terraza. Nunca había visto una planta de citronela, así que no la podía distinguir. Conforme me acerqué a la planta, su aroma se tornó más intenso y penetrante. Mi anfitriona zarandeó entonces sus verdes, largas, lineales y estrechas hojas con las manos, lo que potenció más el olor a citronela. Me hizo observar que era un gran repelente de mosquitos, y que, de hecho, desde que había incorporado la planta a la terraza, no le había picado insecto alguno.

Le dije a mi amiga que yo era un fan de este aroma y que era conocedor de sus propiedades, aunque este verano no estaban funcionando. Ni corta ni perezosa, de la generosa maceta de citronela, arrancó unos no menos generosos tallos y me recomendó que al llegar a casa los pusiera en un vaso de agua durante unos días y que luego los plantara en una maceta. Y así lo hice, pero no funcionó. Ni con la planta, ni con la vela de citronela, aguanto más de una hora en la terraza. ¡Es horroroso! Me arrancaría la piel a tiras.

En vista de que la planta no dio los resultados previstos en la terraza de casa, me la llevé al huerto, donde goza de una excelente salud. Ha crecido ya considerablemente. Cuando lleguen los primeros fríos la regresaré a casa y le buscaré un buen cobijo. A ver si para el próximo verano tengo más suerte, porque lo que es este… Pero que conste, que me encanta la citronela.

Nota: las fotografías no hacen justicia a la planta. Tomé las instantáneas con el toldo anaranjado de la terraza bajado. Por eso el extraño color.





domingo, 6 de septiembre de 2026

01777 El Tomate Lucky Tiger

 DULCE Y JUGOSO


Cuando me aficioné hace algo más de una década al mundo hortícola, en materia de tomateras solo cultivaba el tomate rosa de Barbastro y el de Huesca. Son los que en esos momentos me recomendaron. Con el tiempo he ido incorporando otras variedades hasta conseguir las quince que cultivo en la actualidad. En los últimos años, cada primavera pruebo con nuevas variedades. Si observo que funcionan, y que el tomate en cuestión me gusta, cuento con él para la próxima temporada.

El fruto que traigo a colación en esta ocasión lo conocí hace cuatro años. Me lo recomendaron en el vivero donde adquiero habitualmente las plantas. Me hablaron maravillas de él. Compré media docena de ellas y esperé el resultado. No me decepcionó ni su sabor, ni la producción. Me pareció un tomate espectacular, para convertirse desde ese año en uno de mis favoritos. Una apreciación compartida por todos aquellos a los que se los di a probar.

Se trata del tomate Lucky Tiger, una de las muchas variedades de las denominadas tomate tigre, nombre que se utiliza para describir a las variedades de tomates que tienen la piel con rayas o vetas de colores, que recuerdan a las marcas de un tigre. Su tamaño es más bien pequeño, aunque no tanto como un cherry. Sus flores desarrollan unos tomates oblongos, de poco peso y de un máximo de 5 centímetros de largo. Cuando nacen presentan un color verdoso y conforme va madurando, adquiere toques amarillentos y tintes rojizos con unas rayas de color verde intenso. Su sabor es dulce y muy jugoso, y su piel fina. 

Aunque habitualmente los consumo abiertos por sus mitades, simplemente con aceite y sal, me encanta comerlos enteros y explosionarlo en la boca. Toda una experiencia. 






01776 El Primer Sorbo de Café

 UN MOMENTO MUY ESPECIAL


Un amigo que, según me confesó, cuando se acuerda, acostumbra a echar un vistazo a este blog, me hizo saber que para él, algo que le encanta, es el primer sorbo dado a una cerveza. Me trasladó que se trataba de un momento muy especial, y que aunque reiterativo y aprendido, siempre le producía una inexplicable sensación.

No supo darme más detalles al respecto, pero yo le entendí a la perfección. A mi me sucede lo mismo, pero con el café. A lo largo del día me puedo llegar a tomar más de media docena de cafés americanos, pero ese sorbo dado al primer café de cada mañana, tiene un gusto un tanto particular y me produce una sensación, al igual que el primer sorbo de cerveza para mi amigo, muy especial. Tengo la impresión de que es el primer acto consciente de cada despertar, de lanzar la mirada al cielo en busca del itinerario a seguir durante el día, de soñar con los ojos abiertos y de preparar a mi cuerpo y a sus cinco sentidos de que cualquier cosa puede pasar. 

Sí, amigo, sé lo que me quisiste decir, aunque no acertaras a explicarlo.


viernes, 4 de septiembre de 2026

01775 Un Guiño a Mi Carretilla

 COMPAÑERA DE FATIGAS


Desconozco cuántos años tiene, pero muchos. La primera vez que la vi, la llevaba mi suegro entre sus manos. Y de esto hace ya muchos años. Si no es centenaria, poco le faltará. Es mi gran aliada en el huerto, mi compañera de fatigas. Tampoco sé cuántos cientos de kilómetros habremos hecho juntos en la última década; ella cargada y yo acarreándola. Como tampoco sé cuántos buenos días le habré dedicado al cogerla entre mis manos a mi llegada al huerto. La soledad es lo que tiene. Si ella hablara, cuánto podría decir de mi existencia. Después de tantos años, puedo asegurar que le he cogido cariño. También me encariño de los objetos inanimados.

Hace unos días descubrí que su cubeta presentaba unos agujeros, imagino que fruto del desgaste y de algún que otro descuido por mi parte. El desperfecto ha ido en aumento. He cubierto la cubeta con un enorme cartón para contener su deterioro. Quiero pensar que algo conseguiré para que podamos seguir "compatiendo" nuestros días de huerto y laboreo.

Ella lo sabe, porque así se lo he dicho: le tengo mucho apego por lo que representa, es, y espero que siga siendo por muchos años. 




martes, 1 de septiembre de 2026

01774 Los Huevos Fritos con Piparras y Pimientos de Padrón

 UN VICIO


Dicen que las reglas y las normas están para romperlas. Yo añadiría, siempre y cuando sirvan para mejorarlas. Esto viene a cuento porque he de confesar que este año he roto una de mis normas, reglas o costumbres. En algún momento de este caleidoscopio vital escribí que, aun gustándome con locura los huevos fritos, rara vez los cocino en casa, dejando este manjar para cuando salgo de excursión a cualquier lugar de la geografía altoaragonesa, si quedo a almorzar con mis amigos del grupo de teatro o si se tercia la ocasión. Pero siempre, fuera de casa.

Digo que este año he roto esta curiosidad, porque son varias docenas de huevos las que he frito en casa. No voy a reincidir sobre las grandezas de este alimento, pero sí diré que se lleva bien con cualquier otro comestible. Nunca molesta y siempre es bien recibido. O al menos, así lo percibo. Son varias las entradas de este blog en las que el huevo es el gran protagonista junto a platos que hasta la fecha había consumido sin él. Se me ocurren, por ejemplo; con chirlas, con gulas y langostinos, con madeja, con papada de cerdo, con calamares, con guisantes o con morcilla, entre otros. En esta ocasión, el huevo comparte protagonismo junto a piparras y pimientos de Padrón.

Todos los días "ordeño" en el huerto las plantas de piparras y de pimientos de Padrón. De las primeras traigo para casa entre 30 y 50 ejemplares, no muy grandes, y llegando al centenar de pimientos. Es curioso, pero en mi entorno no son muy proclives a estas delicias. Tan solo tengo una amiga a quien, como a mí, le chiflan. Con ella comparto prácticamente mi producción. Como me descuide, se me amontonan en el frigorífico. Una noche me dio por cenar en "condiciones", y pensé que piparras, pimientos de Padrón y un par de huevos fritos, podría ser una buena combinación. No lo dudé dos veces. Me puse manos a la sartén, freí piparras y pimientos en un poco de aceite de oliva virgen extra y a continuación, en ese mismo aceite, freí un par de huevos de gallina. El aspecto del plato era muy prometedor. El resultado, memorable. Untadita de pan en el huevo y acompañadita de piparra o pimiento bien sazonados. Le di cuenta al plato en un visto y no visto. Y eso que ahora intento comer despacio y masticando reiteradamente. Me dio pena que se acabara. Pero no importa, ahora que he roto de sobras mi norma, que las plantas siguen cada día dándome estos pequeños frutos y que seguro se seguirán amontonando en el frigorífico... ya sé el camino que hay que seguir. ¡Un vicio!


Pimientos de Padrón, piparras y un par de huevos fritos, deliciosa combinación




viernes, 28 de agosto de 2026

01773 Los Guisos de Setas

 COSTILLA DE CERDO ADOBADA CON PATATAS Y NÍSCALOS


Me encantan, como así queda demostrado a lo largo de este caleidoscopio vital, los guisos de tradición. Guisos aprendidos a fuerza de verlos cocinarse en su tiempo justo, sin prisas, humeantes y aromáticos, y depositados en la mesa para despertar admiración. De cuantos guisos conozco, hay uno por el que siento especial inclinación; cualquier guiso que contenga setas. Esta afición me fue inculcada por mi añorado hermano Antonio de quien, junto a mi madre, aprendí lo poco que sé de cocina.

Recuerdo que el primer guiso de setas que probé salió de las manos de mi hermano Antonio. Se trata de un sencillo guiso de patatas con níscalos o robellones, recogido en este blog en la entrada 00679. Fue en un fin de semana que vino a casa desde Pamplona, donde cursó sus estudios de periodismo. Acostumbraba a meterse en la cocina y deleitarnos con uno de sus platos aprendidos. Siempre nos sorprendía con algún plato que con el tiempo se convertiría en especialidad. Tanto a mi madre como a mí nos pareció delicioso, de tal manera que aprendimos a cocinarlo.

Con el tiempo y con sus guisos, Antonio me hizo ver que este tipo de recetas de cazuela y calma, aprovechan el sabor intenso, y a veces hasta terroso, de los hongos silvestres. De él aprendí la versatilidad y los sabores únicos que aportan a los guisos los “tesoros” más apreciados del campo: las setas.

Todo esto he ido recordando mientras me deleitaba con un guiso de setas con costilla de cerdo adobada y patatas, con el que me ha sorprendido Gloria para comer. Me ha parecido excepcional, al igual que le hubiese parecido a Toño.

Ingredientes: 1 kilo de costillas de cerdo adobadas, 4 patatas, 250 gramos de níscalos, 1 cebolla, 1 pimiento verde, 2 dientes de ajo, 150 ml de vino blanco, 500 ml de caldo de carne, 1 cucharada de pimentón dulce y 1 hoja de laurel, aceite de oliva virgen extra y sal.

Elaboración: En una cazuela, trocear la carne y dorar en un poco de aceite de oliva virgen extra. Reservar. En el mismo aceite de dorar la carne, incorporar los dientes de ajo picados, así como la cebolla y el pimiento cortados en trocitos pequeños. Añadir la hoja de laurel y pochar a fuego medio. Una vez pochadas las verduras, añadir el pimentón, remover y echar las costillas a la cazuela. Verter el vino blanco y dejar hervir hasta que se evapore el alcohol. Pelar y chascar las patatas, e incorporar al guiso. Remover. Cubrir el guiso con caldo de carne, sazonar al gusto y cocinar a fuego medio durante unos 30 minutos aproximadamente. Saltear las setas troceadas en una sartén con un poco de aceite. Añadir las setas al guiso y dejar que de un hervor. Comprobar que tanto las patatas como la carne estén blandas. Retirar la cazuela del fuego y cubrirla con una tapa durante unos 10 minutos. Dejar reposar y servir. 










miércoles, 26 de agosto de 2026

01772 Nunca Olvidaré

 LÁGRIMA DE CIELO


Nunca olvidaré
esa lágrima de cielo,
que se negó a resbalar
por la mejilla,
temerosa de perderse un instante de felicidad.
Tu,
yo
y el ligero viento
que desnudó nuestros temores
a volver a enamorarnos.

Si hubo algo más,
habría que preguntárselo a esa lágrima de cielo,
                                                                                    que se escondió a los ojos de la oscuridad.


martes, 25 de agosto de 2026

01771 La Albahaca Negra

 PLANTA SAGRADA INDÚ


Este verano de 2026 pasará, a mi pequeña historia personal sin importancia, como el estío más nefasto de cuantos llevo entregados en cuerpo y alma a las labores hortícolas, y llevo ya unos cuantos a costa de mis riñones. Por lo que me han ido contando otros colegas de huertos próximos al mío, mi opinión es bastante generalizada. Incluso, hay quien ha levantado el huerto a estas todavía tempranas fechas, cansado de batallar en él sin éxito. Me parece una exageración. No está siendo un buen año para el huerto, es cierto, pero con todo, está dando sus buenos y esperados frutos.

Dicho esto, también haré observar que ha sido el verano en el que he conocido plantas y frutos nuevos para mí, y que han llegado a mi vida para quedarse. Es el caso de la acelga roja, de la que recientemente pasó a formar parte de este listado de cosas que me gustan, o de la albahaca morada, también conocida como albahaca negra, totalmente desconocida para mí. El caso es que cuando comencé a plantar allá por el mes de mayo, y siguiendo la tradición de mi suegro, fui a adquirir en mi vivero de referencia, Huerta Barbereta, plantas de albahaca para cultivarlas junto a las pimenteras. Nunca tuve muy claro el motivo, pero si él lo hacía, yo también. Esta planta de albahaca, aunque se trata de la misma variedad, la Ocimum basilicum, no es la que se cultiva para que hermoseen las oscenses fiestas de San Lorenzo, que se realiza para finales de junio, unos cuarenta días antes de que se inicien los festivos días laurentinos.

El caso es que fui a adquirir la albahaca para plantarla en el huerto y quien me atendió, me dio a elegir entre tres variedades: la tradicional, la comestible y la albahaca negra o morada. Las dos primeras ya las conocía, no así la tercera. Dado que este año estaba por conocer novedades, pedí de las tres.

Conforme las iba plantando entre pimenteras y tomateras, el aroma que desprendía la negra no me era desconocido. Me recordaba a algo, pero no acababa de identificarlo. La maquinaria de los recuerdos se puso en marcha hasta que se encendió la luz; me recordaba al guiso perdiz que hacía mi madre y al inconfundible olor que se apoderaba de la cocina cuando hacía este guiso. Pero volvieron los interrogantes: Si entre los ingredientes del guiso no se encontraba esta planta ¿a qué se debía su olor? No tardé mucho en despejar la duda, una vez conocidos los pormenores de la Ocimum sanctum, como científicamente se le denomina: “Tiene un aroma fuerte y dulce, similar al de la albahaca verde, pero con un toque picante y notas de clavo”. Eso era, las notas de clavo, la especia protagonista del guiso perdiz que cocinaba mi madre.

Con su presencia, olor y sus múltiples recuerdos he pasado en el huerto este verano de aúpa. ¡Qué descubrimiento! ¡Qué hermosos ejemplares han alegrado mi vista y facilitado mis días, a pesar de los 37, 38, 39 y hasta 40 grados, que he tenido que soportar durante estos meses! Acercarme hasta ella se ha convertido en casi una necesidad diaria. Aun en las fechas que nos encontramos, finales del mes de agosto, todavía, sus secas flores, son capaces de entusiasmarme. No me cabe la menor duda, de que al año que viene, esta curiosa albahaca volverá a acompañarme en mis días de huerto y espera.

 

La albahaca morada, sagrada o tulsi,  es una planta que se ha usado tradicionalmente tanto como ingrediente culinario, como a modo de planta medicinal. Actualmente se cultiva en prácticamente todo el mundo, aunque se trata de una especie originaria de la India. Es aquí donde esta considerada como una planta sagrada y se le otorga la protección de los hogares en los que se cultiva, además de ser utilizada en la medicina natural contra las afecciones cutáneas y para aliviar síntomas gripales.



viernes, 14 de agosto de 2026

01770 De Manera Imprevista

 UN ANALGÉSICO NATURAL


La jornada no ha comenzado del todo bien. La convivencia, ese máster al que nos vemos obligados a estudiar cada día, no ha concordado con los apuntes recopilados. El calor, con lo que me gusta, empieza a hacerse bola en mis rutinas. El huerto, al que siempre acudo feliz y dispuesto a entregarlo todo, este año se me está haciendo muy, muy cuesta arriba. Las flores se agostan en las tomateras, las judías ni están ni se las esperan, algunas plantas han fenecido en el intento y no acabo de asear la parcela, a pesar de los cientos de viajes que he realizado llevando hierbas al contenedor. Y por si todo esto fuese poco, tengo un dolor de espalda y de rodillas, que no me tengo en pie. Sin contar con la hernia inguinal de la que me tengo que operar, pero que no encuentro el momento. Vamos, que hoy ha sido uno de esos días para olvidar. La suerte que tengo es que, a pesar de que a los días le salgan nudos, siempre encuentro algo que me ayude a desanudarlos. También hoy, de manera imprevista, como acostumbra a suceder, lo he hallado.. Me explicaré.

Con todo lo anteriormente dicho a cuestas, y cuando llevaba una decena de viajes realizados a un contenedor próximo al huerto con el carretillo lleno de hierbas, he estado a punto de tirar la toalla. No podía más. De hecho, he pensado en descargar la última carretada, recoger los bártulos y regresar a casa. Pero ha sido, justo al volver una esquina de la calle para dirigirme al contenedor de hierbas, cuando ha aparecido ante mis ojos una imagen espectacular, que ni la mejor IA podría regalarme. He dejado de caminar y me he separado de la carretilla, para embobarme me he quedado embobarme con una imagen de esas que atrapan. Con el teléfono he capturado varias instantáneas del mágico momento, aunque no hicieran del todo justicia a la imagen real y natural. He ido contemplando cómo el sol cambiaba de tonalidades entre una nube que parecía no querer compartirlo con nadie. Un paradójico contraluz al que han acudido muy pocas sombras.

Después de varios minutos de contemplación emocionada, he vuelto a mis quehaceres, olvidándome por completo de las fatigas, de los dolores, de la jornada y de que la carretilla que llevaba ya entre mis manos iba a ser la última. Es curioso cómo en un día torcido, una simple imagen puede llegar a enderezarlo. Ha sido un buen analgésico.

Cuando he regresado a casa y he leído la prensa digital, me he informado de que muy próximo al paraje donde había capturado las imágenes, se había producido un incendio, felizmente controlado. Alguien me ha hecho ver, que posiblemente las tonalidades observadas se debieran al humo y cenizas del incendio. Puede ser. Solo sé, que sigo mirando las imágenes y me siguen pareciendo, en su humildad, como un bálsamo, un antídoto contra el decaimiento.