viernes, 14 de agosto de 2026

01770 De Manera Imprevista

 UN ANALGÉSICO NATURAL


La jornada no ha comenzado del todo bien. La convivencia, ese máster al que nos vemos obligados a estudiar cada día, no ha concordado con los apuntes recopilados. El calor, con lo que me gusta, empieza a hacerse bola en mis rutinas. El huerto, al que siempre acudo feliz y dispuesto a entregarlo todo, este año se me está haciendo muy, muy cuesta arriba. Las flores se agostan en las tomateras, las judías ni están ni se las esperan, algunas plantas han fenecido en el intento y no acabo de asear la parcela, a pesar de los cientos de viajes que he realizado llevando hierbas al contenedor. Y por si todo esto fuese poco, tengo un dolor de espalda y de rodillas, que no me tengo en pie. Sin contar con la hernia inguinal de la que me tengo que operar, pero que no encuentro el momento. Vamos, que hoy ha sido uno de esos días para olvidar. La suerte que tengo es que, a pesar de que a los días le salgan nudos, siempre encuentro algo que me ayude a desanudarlos. También hoy, de manera imprevista, como acostumbra a suceder, lo he hallado.. Me explicaré.

Con todo lo anteriormente dicho a cuestas, y cuando llevaba una decena de viajes realizados a un contenedor próximo al huerto con el carretillo lleno de hierbas, he estado a punto de tirar la toalla. No podía más. De hecho, he pensado en descargar la última carretada, recoger los bártulos y regresar a casa. Pero ha sido, justo al volver una esquina de la calle para dirigirme al contenedor de hierbas, cuando ha aparecido ante mis ojos una imagen espectacular, que ni la mejor IA podría regalarme. He dejado de caminar y me he separado de la carretilla, para embobarme me he quedado embobarme con una imagen de esas que atrapan. Con el teléfono he capturado varias instantáneas del mágico momento, aunque no hicieran del todo justicia a la imagen real y natural. He ido contemplando cómo el sol cambiaba de tonalidades entre una nube que parecía no querer compartirlo con nadie. Un paradójico contraluz al que han acudido muy pocas sombras.

Después de varios minutos de contemplación emocionada, he vuelto a mis quehaceres, olvidándome por completo de las fatigas, de los dolores, de la jornada y de que la carretilla que llevaba ya entre mis manos iba a ser la última. Es curioso cómo en un día torcido, una simple imagen puede llegar a enderezarlo. Ha sido un buen analgésico.

Cuando he regresado a casa y he leído la prensa digital, me he informado de que muy próximo al paraje donde había capturado las imágenes, se había producido un incendio, felizmente controlado. Alguien me ha hecho ver, que posiblemente las tonalidades observadas se debieran al humo y cenizas del incendio. Puede ser. Solo sé, que sigo mirando las imágenes y me siguen pareciendo, en su humildad, como un bálsamo, un antídoto contra el decaimiento.  






lunes, 10 de agosto de 2026

01769 Entre Paisajes y Pinceles

 MI RECREO



Hoya de Huesca/Plana de Uesca. Óleo sobre lienzo
El paisaje humilde y cotidiano me arrastra a los pinceles. Sé que nunca podrán igualar su belleza, aunque tampoco lo pretendo. Solo me recreo, aprendo, disfruto, me pierdo y encuentro entre colores, luces y callados paisajes, ajenos a tiempos convulsos. No es poco. Es mucho más de lo que puedo imaginar.


domingo, 9 de agosto de 2026

01768 Un Visitante Inesperado

 NUNCA TAN CERCA


El día que una cigüeña visitó mi huerto
Cuando estoy en el huerto, las visitas son contadas.. Echo la vista a los tres últimos meses y que recuerde, he hablado con un par de individuos interesados por si se vendía la casa, es un clásico, el vecino con quien comparto riego una vez a la semana y un amigo que tenía interés por conocer el huerto del que tanto hablo. Esto es todo. Bueno, las "visitas de médico" casi a diario de mi amigo y compañero de teatro, Pepe, no las cuento. Pepe pasa los veranos en un chalet de una población vecina. Todos los días se da un largo paseo caminando, en cuyo itinerario se encuentra mi huerto. Si coincide que estoy, entra, echamos una "charradeta", como se dice por aquí, y antes de que apriete el calor, se vuelve para casa. No está conmigo más de quince minutos. Quince agradecidos minutos. Otros hortelanos me roban su presencia. Sus visitas me reconfortan y reaniman, pues me obligan a sentarme, tomar un café, fumarme un cigarrillo y despistar a mis pensamientos, que últimamente me tienen sobrepasado. Lo achaco al calor.

Hace unas semanas también recibí una visita totalmente inesperada. Estaba en cuclillas poniendo orden en las tomateras, cuando oí un sonoro ruido sobre mi cabeza que no alcancé a identificar. Me levanté como si me hubiesen puerto un petardo en salva sea la parte. Tan rápido me puse en pie, que todavía alcancé a ver tomar tierra a la causante de semejante susto; una cigüeña. La contemplé a distancia. Al principio la contemplé a distancia. Se paseaba como si conociese el lugar. Las plantas del huerto estaban todavía en sus inicios. Por un momento nos cruzamos la mirada. Seguí inmóvil para no asustarla como ella a mí en su reciente aterrizaje. El ave prosiguió recorriendo el recinto, altiva, como si caminara por una pasarela. Parecía encontrarse a gusto. Decidí acercarme a ella lentamente. Solo quería hacerle algunas fotografías con el móvil. Conforme me acercaba, la cigüeña se alejaba. No había manera de encuadrar una imagen en condiciones. Tomé algunas instantáneas a bote pronto para que me sirvieran de acta notarial de su presencia en el huerto. Y menos mal, porque a los pocos minutos, igual que llegó, se fue.

Acostumbrado como estoy a insectos, gatos, gorriones y a alguna que otra urraca, su presencia me distrajo de mis tareas diarias, lo que le agradecí enormemente. Además, nunca había estado tan cerca de una cigüeña, algo que también pasó a mi haber. Más que nada, porque los animales con pico no me gusta tenerlos cerca. Tengo la impresión de que esta cigüeña no fue la primera vez que visitaba mi huerto. 

 



viernes, 7 de agosto de 2026

01767 La Borraja con Sepia

 PLATO FINO Y SABROSO


Traigo hasta este caleidoscopio vital, y van ocho, a una de las verduras más apreciadas por mí; la borraja. Se trata de una plata herbácea, de aspecto humilde y cubierta por una fina pelusilla en sus tiernos y verdes tallos. Aunque en muchas regiones europeas crece de forma silvestre, en España se cultiva de manera específica para su consumo, sobre todo en Aragón, donde forma parte de su gastronomía, así como en Navarra y La Rioja. Estamos ante una verdura no muy conocida, si bien es cierto, que en los últimos años su popularidad ha crecido considerablemente y ya no es tan ajena al consumidor.

Históricamente, la borraja ya era conocida por los romanos y griegos, quienes la utilizaban tanto como alimento como por sus propiedades medicinales. En la actualidad, su cultivo se ha extendido a otros países mediterráneos y zonas templadas, valorándose por su sabor delicado y su alto contenido en agua, vitaminas y minerales.

El huerto este año ha querido regalarme numerosos ejemplares y, además, bien vistosos. Esto se traduce a que estamos comiendo borraja en casa un par de días por semana. Y si no comemos una tercera, se debe a la pejiguera de limpiarlas. Es lo que menos me gusta de ella, aunque cuando se le coge el tranquillo, que te echen kilos para limpiar.

De la borraja, como ya he dejado escrito en algún momento de este blog, me gusta su visión, el olor que desprende al cortarla y la variedad de platos que se pueden llegar a cocinar. Habitualmente, las consumo hervidas con patata, bien escurridas y aliñadas con un buen sofrito de ajos laminados. Me parecen un espectáculo y que, como todo buen espectáculo, no me canso de verlo, aunque en este caso, no me canse de comerlo.

En esta ocasión, y para variar, propongo subir un escalón más, para acompañarlas con sepia. Me resulta un plato muy sugerente, a la par que fino y sabroso. De sencilla elaboración, puedo garantizar que deja un grato recuerdo. Con el último bocado dado, ya pensaba en cuándo sería la próxima vez.

Ingredientes para 4 personas: 1 kilo de borraja limpia, una sepia mediana, 4 dientes de ajo, aceite de oliva virgen extra, agua y sal.

Elaboración: Limpiar los tallos de la borraja, si no se tiene la posibilidad de adquirirlos ya limpios. En una olla, llevar a ebullición agua con sal. Cuando comience a hervir el agua, incorporar las borrajas unos diez minutos o hasta que comprobemos que están tiernos los tallos. Mientras se cuecen las borrajas, cortar la sepia en trozos, sazonar y saltearla en una sartén con aceite de oliva y unas laminas o picada de ajos. Una vez se haya cocinado la sepia, incorporar las borrajas cocidas y bien escurridas, y rehogar durante unos tres minutos para que se integren los sabores. Servir caliente.



Borraja con sepia, un plato fino y delicado









martes, 4 de agosto de 2026

01766 La Morcilla con Pimientos de Padrón y Piparras

NI TAN MAL


Como ya he comentado en alguna ocasión, desde unos años a esta parte, mis cenas son bastante frugales. Tal y como se dice por estas tierras altoaragonesas, no me gusta irme "farto" a la cama. Esto no quita, para que si se presenta la ocasión, disfrute de una buena cena.

Esta costumbre de cenar frugalmente, se rompe reiteradamente llegado el verano. El culpable no es otro que el huerto. Y es que son tantas las tentaciones que me regala diariamente. Eso que este año está siendo un poco chusco por el excesivo calor, lo sufro en mis carnes y así también me lo transmiten mis vecinos hortelanos. Por ejemplo, las  judías verdes o vainas, ni olerlas; los calabacines que otros años salen por castigo, este verano se van cogiendo, pero con cuenta gotas; las tomateras que otros años presentan un atractivo espectáculo con sus amarillas florecillas, en esta ocasión acaban por secarse y los escasos frutos que empiezan a formarse, caen al suelo. Dicho lo cual, hay frutos a los que parece no importarles las altas y extremas temperaturas. Es el caso de los pimientos de Padrón y de las piparras. Desde que comenzaran a salir, todos los días recolecto 50 ejemplares de cada especie, que reparto entre casa y amigos. Están saliendo unos y otras, francamente de vicio.

Como todas las noches, tenía intención de tomarme un pepino, simplemente aliñado con aceite, vinagre y sal. Esta era mi intención hasta que he ido al frigorífico para coger el susodicho pepino y he visto unos pimientos de Padrón, unas piparras y una morcilla de Burgos. Ha sido como un flash. ¿Y si los pongo a los tres fritos en un plato? No me lo he pensado dos veces. Sartén, un poco de aceite de oliva virgen extra, primero los pimientos de Padrón, luego las piparras, por supuesto, bien de sal,  y por último, la apreciada morcilla de Burgos. ¡Qué combinación más potente y deliciosa! Nunca había probado esta terna de sabores tan personales e inconfundibles. He disfrutado lo que no está escrito. Mañana volveré al pepino. Lo único que espero es que esta noche no me pase factura.


Morcilla de Burgos con pimientos de Padrón y piparras









lunes, 3 de agosto de 2026

01765 Constancia

 ILUSIÓN



Óleo sobre lienzo
No sé si fue la luz
o para quien iba destinado.
Empeñé todo mi esfuerzo,
aunque cada pincelada sumara un fracaso.
Abandoné mi esfuerzo
como quien se desprende de un calcetín con agujero.

Pasaron días,
o semanas,
igual meses.
Retomé el óleo abandonado.
Nuevas pinceladas,
colores empastados
y un nuevo hartazgo.
                                                                                    Volví a dejar el lienzo en un rincón
                                                                                    junto a otros objetos desilusionados.
                                                                                    
                                                                                    Un día, recogiendo la vida,
                                                                                    me encontré con un pincel,
                                                                                    que me recordó aquel óleo inacabado.
                                                                                    Lo recuperé con cierto entusiasmo
                                                                                    y lo coloqué en el bastidor de donde
                                                                                    nunca tuvo que ser apeado.

                                                                                    Respiré hondo
                                                                                    y comencé a jugar con los colores.
                                                                                    La gran nube de un atardecer,
                                                                                    cómplice del sol,
                                                                                    comenzó a tomar forma
                                                                                    sobre un campo impreciso de labranza.

                                                                                    Pasaron días y semanas,
                                                                                    que no meses,
                                                                                    y el lienzo tomó vida,
                                                                                    para ser una dádiva para Ana.

                                                                                    Finalizado el trabajo, lo miré fijamente.
                                                                                    Llegué a la conclusión de que no fui yo quien                                                                                            acabó el cuadro.
                                                                                    Fueron la ilusión por un regalo
                                                                                    y la constancia, 
                                                                                    que habitualmente me acompaña.                            

                                                                                   
                                                              
                        
                                                                 
Ilusíón y constancia
                                                                                



sábado, 1 de agosto de 2026

01764 Un Balance Cualquiera

 HOY HA SIDO FÁCIL


Paseo marítimo de Castelsardo, Cerdeña
    Acaba el día.
    Hora de hacer balance.
    La terraza abierta y la mente aun despierta.
    He roto una taza.
    Un grito inesperado asustó mi mano.
    Ni una llamada.
    Gente triste.
    Un niño se aferra a la mano de su madre.
    Parece feliz.
    Aprovechad ese instante, madre, hijo.
    Todo sucede muy deprisa.
                                                                                    Poco más.
                                                                                    El balance no da más de sí.
                                                                                    Miro al horizonte
                                                                                    y añado al balance un mar en calma que se prepara                                                                                        para la noche.


01763 Las Acelgas Rojas

 ATRACTIVA Y ENIGMÁTICA PLANTA



Este año he dado la bienvenida al huerto a una nueva planta; la acelga roja. Hacía tiempo que me rondaba por la cabeza incorporarla a mi trocito de bendita tierra, pero no encontraba suministrador. Por fin, este año he dado con ella. Para probar, en el mes de mayo, para San Isidro, por más señas, planté seis diminutas plantas. Tenía curiosidad por probar su sabor y también, por comprobar cómo se aclimataba al terreno.

En algo más de un mes, la media docena de plantas comenzaron a llamar poderosamente mi atención. Sus tallos de color rojo, intenso color rojo, era imposible que pasaran desapercibidas en contraste con el verdor del resto de especies hortícolas. Lo primero que hacía al llegar al huerto era detenerme ante ellas para entusiasmarme con su crecimiento. Me resultaba una planta curiosa y enigmática en medio de las tradicionales acelgas verdes y otras, también novedad este año, de hoja amarilla. El huerto ofrece muchos entretenimientos; observar crecer las plantas es uno de ellos, y más si cabe, cuando se trata de una planta nueva para mí. Al principio, sus brotes son rojizos, pero conforme pasa el tiempo se vuelven verdes, exceptuando el tallo. Cuando la planta está madura, la penca fija en su tallo un llamativo color rojizo, mientras la hoja combina el verdor de la planta con rojizos nervios. Un pequeño espectáculo.

Llegó el día de probar tan curiosa acelga de la que tan poco sabía. Corté sus tallos como hago habitualmente con la acelga tradicional; es decir, en lugar de cortar toda la planta, lo hice tallo por tallo. Esta forma de cortar la acelga la aprendí de un viejo y sabio hortelano, quien me hizo observar que de esta forma la planta está más activa y dura. Al llegar a casa, me interesé por su forma de cocción, así como de sus características.

Leí que acostumbra a cultivarse en climas templados y cera del mar, lo que le aporta un sabor característico, con cierto sabor a tierra. Mal comenzamos, pensé, ya que mi huerto dista muchos kilómetros del mar y para nada se ubica en un clima templado. También es cierto, que visto los ejemplares de acelga que obtengo, tampoco le importa mucho a la planta. También pude saber que se trata de una variedad de acelga, similar al Ruibarbo, con un leve sabor amargo, pero a diferencia de este, sus hojas no son tóxicas.

En lo leído aprendí que la versatilidad de esta variedad de acelga es más amplia que cualquier otra y que se emplea tanto en revueltos, guisos o cocida. Además, resulta muy agradable como acompañamiento en platos con base de carne o pescado, arroces, pasta, wok, salsas y cremas.

Para hacerme con su sabor en mi bautizo, opté por una simple cocción con patata y rehogadas posteriormente a fuego lento con ajo y unos pequeños tacos de jamón. Para su cocción fueron suficientes 15 minutos a partir de la ebullición del agua con sal.

A la hora de probarlas, no me decepcionaron. Gustándome como me gusta la acelga, esta roja, me pareció un plus y respondió a cuanto había leído sobre ella; de fuerte sabor y ligera terrosidad. Solo le puse un reparo. A pesar de que la olla donde las cocí estaba casi a rebozar de acelga roja, tras su cocción quedó en nada. Me supieron a poco. Ya sé que, para la próxima vez, tendré que disponer del doble. E incluso, conociendo ya su sabor, ampliaré horizontes con otras alternativas que no sea su simple cocción. 




Acelgas rojas con patatas, rehogadas en aceite de oliva con ajo y jamón

martes, 28 de julio de 2026

01762 Ya No Pido

 BAJANDO LISTONES



Paseo marítimo de Castelsardo, Cerdeña
Ya no le pido a la vida que me sonría.

Me conformo con que no me mire

con mala cara.


01761 El Sucedáneo de Caviar

 PARA LAS ESPERAS


Hubo un tiempo, no muy remoto, que cuando trabajaba me esperaban en casa para comer. Ahora, en mi época jubilar, soy yo quien tiene que esperar para sentarse a la mesa. Es una de esas leyes no escrita de la vida. Hay días que los llevo mejor que otros. Habitualmente, para hacer más leve la espera, me entretengo bajando a Humphrey a la calle, leyendo la prensa, alimentando este blog o recogiendo; siempre hay algo que recoger y ordenar. Pero no siempre sirven estos auxilios.

En ocasiones, más de las que a mí me gustaría, mi estómago, a él le echo la culpa, aunque creo que es una excusa, parece que se muestra inquieto y reclama reiteradamente mi atención. Es entonces, cuando se me invita empezar a comer, aun conociendo mi respuesta: “No hasta que venga Jara”, digo. Nos vemos poco durante el día, y este, el de la comida, se me antoja de esos momentos vitales. Hablar de lo que sea, pero hablar. Conocer cómo es y cómo se siente la vida desde otra perspectiva, con 40 años menos. Ser conocedor de lo que pasa en la calle, esa rue que antes tan bien conocía y que ahora me parece ajena. Esa vertiente asocial de la que me he vestido en los últimos años, me ha alejado peligrosamente de la realidad.

Llegado el caso extremo, en ese compás de espera, siempre hay algo que echarse a la boca. Habitualmente, siempre campan por el frigorífico algunos restos de comida de días precedentes. Y si no es así, recurro a una tapa que me parece fascinante: tostaditas de mantequilla con sucedáneo de caviar. Me parece un bocado, para esos momentos de espera, o para cualquier aperitivo o tentempié, francamente delicioso. La cremosidad de la mantequilla y su peculiar sabor en combinación con la sapidez del sucedáneo de caviar, me parece muy seductor. Cuando me aficioné a esta tostada, hace muchos, muchos años, lo “chic” era coronarlo con un chorrito de limón. Con el tiempo acabé por descartarlo, pues el limón se apoderaba de todo y además, reblandecía la tostada.

Mientras estoy escribiendo, me ha venido a la cabeza el día, único día, que llegué a probar el caviar. Fue gracias a mi hermano Antonio en uno de sus entrañables cumpleaños en Bilbao. Probé una cucharadita, sin pan, a palo seco. Me pareció algo increíble ese momento cuando las huevas explotaban en mi boca al ser masticadas, dejando en ella un fondo y un sabor inusuales. No sé, igual aquella cucharadita la tengo en mi memoria excesivamente valorada, pero me pareció algo único e inimitable, y hasta la fecha, irrepetible.

Obviamente, los sucedáneos de caviar son una buena alternativa económica a las inaccesibles, para el común de los mortales, huevas de esturión. Las más habituales son las elaboradas a partir de huevas de mújol, lumpo o arenque ahumado, siendo las más comunes las de lumpo. Se trata de pequeñas huevas, teñidas con colorante, negro o rojo.

Estoy pensando que un par o tres de estas tostadas bien valen una espera o las que hagan falta.

 


Pan de nueces con mantequilla y sucedáneo de caviar
 










miércoles, 8 de julio de 2026

01760 Las Cañaíllas

 CAÑADILLAS


Estoy de suerte. Ya lo creo. El sabor intenso a marisco, y por ende a mar, ha retornado a mi paladar desde el recuerdo a mi presente. Todo gracias a las cañadillas o cañaíllas, como más plazca decir. Hacía tiempo que no me deleitaba con este molusco. Si mal no recuerdo, desde nuestras últimas vacaciones familiares por tierras onubenses. Y de aquello, han sonado ya bastantes tronadas. No obstante, fue en Bilbao, gracias a mi hermano Antonio, donde las conocí y las gocé en todos los sentidos, mezclando gastronomía y amable tertulia.

Por estas tierras en las que habito no es habitual ver a la venta esta especie de molusco gasterópodo marino, o por lo menos en los establecimientos de alimentación que frecuento. Ha sido toda una alegría verlas y reencontrarme con ellas, a la par que revivir los grandes momentos que me han deparado. Curiosamente, estaban a buen precio, tanto que no han faltado en nuestros últimos aperitivos en la terraza de casa. Si en las fotografías muestran un color anaranjado, lejos de su aspecto natural, se debe al toldo de la terraza, que prácticamente está bajado todo el día en estos días de auténtica chicharrina. También las fotografías que tomé en aquellos años onubenses a las cañaíllas, presentan el mismo aspecto anaranjado. Se da la casualidad de que igualmente las tomábamos en espléndidos aperitivos y bajo un toldo anaranjado de la terraza.

Si no llevo mal la cuenta, creo que es la tercera vez que las hemos catado en los últimos días. A saber, cuándo nos podremos sentar de nuevo frente a una buena ración de cañaíllas. Me da que se trata de una feliz coincidencia. De hecho, desde las últimas que compramos, ya no las hemos vuelto a ver. Preguntamos si traerían más, pero la respuesta obtenida fue más que incierta.

Volver a tomar cañadillas ha sido, además de recuperar un sabor que daba por perdido, abrir la caja de nuestro anecdotario vacacional; los apartamentos en los que fuimos acogidos, lugares y paisajes que se nos quedaron en la memoria para siempre, alimentos que nos sorprendieron gratamente… De lo que son capaces unas sencillas cañaíllas. Prácticamente, los tres aperitivos con semejante manjar fueron similares. Bueno, uno de ellos hubo que trasladarlo a la cocina, pues en la terraza era imposible estar a la hora previa de la comida, aun con el toldo bajado desde el punto de la mañana. Por lo que respecta a la conversación mantenida mientras consumíamos el entretenido alimento, aquellos días en Huelva acapararon toda nuestra atención.

Como buen molusco, no necesita de gran elaboración; agua y sal gruesa. Así recuerdo que nos lo transmitió la amable y simpática responsable de un puesto de mariscos del Mercado del Carmen, en Huelva. Tan sencillo como lavar bien los ejemplares para eliminarles la posible arena que contengan. Para ello es necesario dejar los moluscos en agua con sal durante unas tres horas y cambiar el agua cada hora hasta que se observe que ya no despiden arena. Una vez limpias, solo restará cocerlas a fuego lento en abundante agua durante unos diez minutos. Mientras se cuecen, habrá que colocar en un recipiente agua con hielo y sal. Una vez que las cañaíllas estén cocidas, retirar del fuego y trasladarlas al recipiente con agua, hielo y sal. Esto cortará la cocción y facilitará el proceso de retirar la carne del interior de la caracola cuando las consumamos.

Alguna vez ya he comentado que este blog no aporta nada y que carece de interés. Es un reto personal, que además de ayudarme a sentirme vivo, hace que siga teniendo interés por las cosas, a mantener entrenada mi memoria y a seguir aprendiendo. En este sentido, he conocido un dato curioso mediante la lectura de algún que otro artículo al respecto de las cañaíllas. Y es que, de las glándulas branquiales de este molusco, “los antiguos fenicios extraían el tinte púrpura que sirvió para teñir vestiduras de emperadores, reyes y sacerdotes, siendo muy apreciado en la antigüedad y valiendo más que el oro”. Para obtener, 1,4 gramos del producto se necesitaban 12.000 cañaíllas. Aprendido está.


Cañaíllas, cañadillas, búsanos, gúsaros, caracoles de mar, cargols de punxa
 

 




martes, 23 de junio de 2026

01759 Mar de Nubes

DELICIOSO ESPECTÁCULO


Por un momento pensé en mañana. 

Los recuerdos de ayer,
me devolvieron al presente
para hacerse instante.

Ni mañana,
ni ayer, 
solo ahora,
perdido en un mar de nubes y de dudas.


miércoles, 17 de junio de 2026

01758 El Escalope

 ¡CÓMO OLVIDARLO!


No acostumbro a comer o cenar fuera de casa. Muchas cosas han cambiado en los últimos años, y esta es una de ellas. Por eso, en las contadas ocasiones que se rompe esta pauta, aprovecho para probar platos nuevos o deleitarme con alguno ya conocido y bien cocinado.

El guion de mis días cambió recientemente gracias a una escapada familiar en el día. Comimos en nuestro improvisado destino en un restaurante discreto; menú del día. No da para más. A elegir entre 6 primeros y otros tantos segundos. Todo estaba muy apetecible y los platos que veía pasar a otras mesas tenían buena presencia. No había mucho qué pensar: canelones y carrilleras de cerdo. Hacía tiempo que no comía unos y otras. Cuando estaba a punto de ser atendido por el camarero, otro compañero llevaba un escalope, entre otros platos, a la mesa contigua a la nuestra. El destinatario de la carne era un niño de unos 8, 9 o 10 años. ¡Qué cara de satisfacción mostró cuando vio el plato ante sus ojos! Me quedé embelesado mirando la escena. El niño, un tanto distanciado de nuestra mesa, balbuceaba palabras que mi oído no alcanzó a escuchar. Era lo de menos. Me las podía imaginar. Me quedé con la expresividad de su cara, con sus muecas, su sonrisa, su frotamiento de manos antes de aferrarse a los cubiertos. Otro niño, el que llevo dentro, me llamó y me invitó a que cambiara las carrilleras de cerdo por un escalope. ¿Te acuerdas lo que te gustaba cuando eras pequeño, como él?, me decía. ¡Cómo olvidarlo!, me respondía.

En ese instante, me vino a la mente una imagen; la de mi madre en la mesa de la cocina, y sobre una tabla, golpeando con dulzura, permítaseme la expresión, unos filetes de ternera que luego empanaría y freiría. Lo de golpear la carne, por aquellos años, como tantas otras cosas, pensaba que eran manías de madre. Si había para comer escalopes de ternera, significaba que las cuitas económicas domésticas no iban del todo mal. Algo que me hacía feliz, ya no solo por los escalopes, sino por la tranquilidad y sosiego de mi madre, que para todo tenía.

Hacía tiempo que no comía un escalope, así que, aupado por mis recuerdos, cambié las carrilleras por unos escalopes, para sorpresa de mi familia. No di explicación alguna, fue suficiente un "de repente me han apetecido". Estuvieron correctos, pero nada que ver con aquellos que hacía mi madre, y que después de torturar la carne, la marinaba con ajo y perejil antes de empanarla y freírla en la sartén.

Me supieron a poco, tanto los recuerdos como los escalopes, así que a no mucho tardar, intentaré emular aquellos escalopes que tan feliz me hicieron.



jueves, 21 de mayo de 2026

01757 Las Cebollas Tiernas

 DULCES Y SABROSAS


Por cuestiones varias de índole familiar, este año he quitado el huerto de verano hace cuatro días, como quien dice. Concretamente, el mes pasado. Me costó lo suyo, e incluso llegué a pensar que no lo conseguiría antes de que finalizase el mes de abril. Cuando le cogí la marcha al asunto, aparecieron las lluvias durante más de una semana. Comenzaron a salir hierbas como si no hubiese un mañana. Me parecía una misión imposible. Finalmente, a mediados de este mes de mayo, conseguí asear y labrar el huerto para empezar a plantar de nuevo. Limpiar de hierbas el entorno, ya es otro cantar que entonaré algo más adelante.

Durante la limpieza, todavía pude recolectar alguna que otra borraja y alguna acelga. Y lo más de lo más; medio centenar de cebollas tiernas. Aparecieron en un caballón donde el verano pasado había plantado cebollas dulces. Estaban escondidas entre un buen número de hierbas y cardos silvestres. Me di cuenta de su presencia por el característico tallo verde de esta hortaliza subterránea. Rescaté de la tierra la primera cebolla y vi que presentaba un buen aspecto. Se trataba de una cebolla tierna, una cebolla que se recolecta, no era mi caso, de forma prematura, antes de que el bulbo alcance su tamaño definitivo y la planta se seque. Cogí, como digo, medio centenar. Todas las que encontré. Bueno, alguna más había, pero me las cargué sin querer mientras me deshacía de las malas hierbas.

Hay muchas formas de consumirla, pero en casa, como más nos encanta, es cortada muy fina, ligeramente frita y en tortilla. Personalmente, me parece un excelente y humilde bocado. Para sobresaliente, si está acompañada la tortilla con unas rebanaditas de pan tostado untado con tomate, aceite y sal.

No hace muchos días, consumimos los últimos ejemplares. Mal acostumbré mis cenas con su presencia. Y lo cierto es que las hecho en falta.



sábado, 16 de mayo de 2026

01756 Ocurrencias

 YA NADA IMPORTA


Ya no quiero desahogarme.
Que se ahoguen las palabras
por no ser pronunciadas.
Ya nada importa,
cuando encuentras un lugar
donde cobijar los sentimientos y sus emociones.


01755 Los Lazos de Jaca

 UN ICONO DE LA PASTELERÍA JAQUESA


 Sigo recogiendo en este caleidoscopio vital dulces típicos de nuestra piel de toro. En esta ocasión, se localiza en la localidad altoaragonesa de Jaca, la Perla del Pirineo, y no puede tener un nombre más sugerente; Lazos de Jaca. En síntesis, un dulce elaborado a base de hojaldre de mantequilla y cubierto con yema confitada y en forma de lazo.

Me he reencontrado con esta popular delicia gracias a una amiga que recientemente vino a cenar a casa y tuvo a bien obsequiarnos con estos dulces lazos. Fue verlos y removerse el cajón de los recuerdos. Rememorar aquellos días, lejanos ya, en los que visitar Jaca llevaba aparejada, al regreso a casa, la adquisición de este icono de la repostería jacetana. Con el café, mientras saboreaba uno de los tres lazos que me comí, compartí con el resto de la mesa una anécdota en torno a este pequeño, pero gran pastel. En una ocasión, en una breve escapada a esta bella localidad por motivos de un esporádico e infausto trabajo, antes de regresar a casa compré, para obsequiar a mi madre, una caja de Lazos en la Pastelería La Suiza, obrador donde fueron creados en 1946. Con mis pasteles en la mano, todavía apuré mi estancia degustando un café en una céntrica terraza de la localidad jaquesa. Me dirigí al coche, por aquel entonces un Seat 127 amarillo de no sé qué mano, y cuando estaba ya al volante, me di cuenta de que no llevaba la caja de pasteles. Me bajé del coche y corrí todo lo que pude hasta la cafetería que había abandonado apenas hacía diez minutos. Por aquella época todavía me respondían bien las piernas y el corazón. Al llegar, me acerqué hasta la mesa en la que había estado tomándome el café. Vacía, sin gente ni Lazos. Pregunté a los camareros. No habían visto la caja. Decepcionado, me dirigí de nuevo a La Suiza a comprar otra caja de Lazos. Al entrar en la pastelería, una amable y sonriente dependienta salió del mostrador para acercarme una caja de Lazos. Me explicó que me había dejado la caja al pagar y que cuando se dieron cuenta ya había desaparecido.

Al regresar a casa le conté a mi madre lo sucedido. Tampoco le extrañó. De estas anécdotas ya sumaba unas cuantas.

Volviendo a los Lazos o Lacitos, como popularmente también se conocen, además de exquisitos, se me antojan muy atractivos por el llamativo color y su característica forma. Por lo que leí en una ocasión en un reportaje con motivo del 75 aniversario de su creación, su elaboración es sencilla, aunque laboriosa. En síntesis, “hay que preparar el hojaldre, dejarlo descansar en el horno, cortarlo, darle forma y una vez cocidos los lazos en el horno, sumergirlos en yema confitada caliente de uno en uno para terminarlos con un glaseado”. Decirlo resulta fácil, ahora, ponerse a elaborarlos, es otro cantar. Lo mejor es visitar Jaca y obsequiarte con este delicado manjar.

No obstante, he estado curioseando recetas por si encontraba alguna que pudiese servir para mis entendederas. Aquí dejo un enlace, que no digo yo que algún día me atreva a emularlo.

https://www.juliaysusrecetas.com/2015/04/lazos-de-jaca-con-glasa-de-yema.html








martes, 12 de mayo de 2026

01754 ¡A Soñar!

 SERÁ POR SUEÑOS


Acabo de encontrarme en la calle con un conocido. Hacía tiempo que no nos veíamos. Nos hemos alegrado, creo, con nuestro reencuentro. Él estaba sentado en una terraza tomándose una cerveza. Me ha invitado a sentarme, pero Humphry, mi perro, no lo ha permitido. No le gusta que me entretenga con la gente. Lo manifiesta con sus penetrantes ladridos. Bien a gusto me hubiese sentado para tomarme una cerveza y charlar un rato con mi viejo conocido. Echo en falta esta sana costumbre, cuasi olvidada.

No obstante, él sentado y yo de pie, hemos entablado una rápida y curiosa conversación. 

- ¿Qué tal estás?, le he preguntado.
- Bien, jubilado. Aquí tomándome una cerveza. Siéntate. Te invito a una caña.
 (Humphry no para de ladrar)
- A gusto me la tomaría, pero ya ves cómo se pone el amigo. ¿Qué es de tu vida?
- No me puedo quejar.
- ¿En qué inviertes tu tiempo libre de jubilado?
- Pues ya ves, a pasear, a tomarme alguna cerveza con los amigos y sobre todo, a soñar.
- ¿A soñar?
- Sí, a soñar. 
 (Humphry sigue ladrando)
- Bueno, voy a tener que dejarte. Ya ves que aquí, el amigo, no para de ladrar. Un día que vaya sin perro nos tomaremos esa cerveza.

De regreso a casa, he estado reflexionando sobre lo dicho por mi conocido. Soñar. En su tiempo libre, que no es poco, no va al huerto, ni al gimnasio, ni forma parte de coro alguno, ni se dedica a viajar, ni a leer, ni va a un club de lectura, ni... Sueña. Desconozco cuáles son sus sueños. Solo sé, por lo que me ha dicho, que se dedica a soñar. Tampoco sé si se cumplen sus sueños. A lo mejor no tienen porqué hacerse realidad y es más que suficiente el hecho de soñar. Solo sé que le he visto feliz. Su cara le delata. Puede que sus sueños tengan gran culpa de ello. Será por sueños. ¡A soñar!





lunes, 11 de mayo de 2026

01753 Los Torreznos

 UNA APROXIMACIÓN


Traigo hasta este caleidoscopio vital otro alimento de reciente y para mí, novedosa degustación. Se trata de los torreznos. Los conocía, pero nunca hasta hace muy pocas fechas los había probado. Cuando los he visto en algún bar no me han dado mucha confianza, y aunque alguna tentación he tenido, finalmente no he caído.

Me tenían que gustar sí o también. Ya he comentado en más de una ocasión, que en materia alimentaria pongo muy pocos reparos. Alguno tengo, pero se pueden contar con los dedos de una mano. En el caso del torrezno, sin haberlo probado, sabía que me iba a gustar. Huelga decir que el tocino frito me encanta y acostumbro a usarlo en la cocina con mucha frecuencia, pero el popular torrezno, aún no lo había probado. Fue en un restaurante en Lleida donde constaté lo que ya suponía, que me gustarían. Como no podía ser de otra manera, y tratándose de un restaurante ilerdense, fuimos a comer caracoles. Lo de los torreznos fue una especie de antojo al verlos anunciados en la carta. Y sí, me encantaron. No obstante, por lo que había podido ver en algún reportaje, estos torreznos se parecían en poco a los que yo podía imaginar. E insisto, los que pude probar me gustaron. Ya no podré decir que no los he comido.

Me he interesado por saber algo más de este alimento tan tradicional. Se trata de una “tira de tocino, siempre con su piel, frita, salteada en sartén o tostada en una parrilla”. Al parecer, el origen del torrezno, cuyo nombre proviene del verbo ‘torrar’, se remonta a la época de los romanos, que eran grandes consumidores de cerdo. Entre sus platos favoritos, se encontraba el tocino frito. Fueron ellos quienes introdujeron el tocino frito en España durante la conquista de la península ibérica, para adaptarse rápidamente a las costumbres y tradiciones españolas. “El torrezno se convirtió en un alimento popular en España durante la Edad Media. Era un alimento común entre los campesinos y los trabajadores, ya que era un alimento barato y nutritivo”.

Aunque en la actualidad se consumen y elaboran torreznos en prácticamente toda España, los más populares se encuentran en Ávila, Salamanca, Teruel y Soria. En esta última provincia, el torrezno es todo un símbolo. Tanto es así que en 2010 fabricantes y productores constituyeron una “Marca de Garantía”, gracias a la cual han protegido el torrezno como patrimonio gastronómico de la humanidad por la UNESCO.

En cuanto a su elaboración, he leído varias recetas y, aunque el verbo que las une es el de freír, cada una tiene su aquel y su truquillo. He hecho un compendio y este es el resultado.

Ingredientes: Tiras de panceta curada, aceite de oliva virgen extra y sal.

Elaboración: Secar bien la panceta para que se fría mejor y resulte más crujiente. En una sartén un poco grande, calentar aceite de oliva virgen extra, a fuego medio/bajo. Comenzar a freír las tiras de panceta con la corteza hacia abajo durante unos 15 minutos. Retirar y reservar hasta que hayan pasado por la sartén todas las tiras de panceta. Subir la potencia del fuego y freímos los laterales de la panceta hasta que se doren. Retirar, escurrir y sazonar con sal.

Bueno, pues me voy a poner manos a la obra y a ver qué sucede. Me apetece tomar unos torreznos como los que he visto en los reportajes. No sé si sabré sacarle partido a este remix de receta. Lo que tengo claro es que, en mi viaje pendiente a Soria, que todavía no conozco y he oído hablar maravillas, me tomaré unos buenos torreznos, y si puedo, aprovecharé para aprender a cocinarlos bien. Eso espero. De momento, para quitarme el gusanillo me adelantaré con este experimento.