sábado, 16 de mayo de 2026

01756 Ocurrencias

 YA NADA IMPORTA


Ya no quiero desahogarme.
Que se ahoguen las palabras
por no ser pronunciadas.
Ya nada importa,
cuando encuentras un lugar
donde cobijar los sentimientos y sus emociones.


01755 Los Lazos de Jaca

 UN ICONO DE LA PASTELERÍA JAQUESA


 Sigo recogiendo en este caleidoscopio vital dulces típicos de nuestra piel de toro. En esta ocasión, se localiza en la localidad altoaragonesa de Jaca, la Perla del Pirineo, y no puede tener un nombre más sugerente; Lazos de Jaca. En síntesis, un dulce elaborado a base de hojaldre de mantequilla y cubierto con yema confitada y en forma de lazo.

Me he reencontrado con esta popular delicia gracias a una amiga que recientemente vino a cenar a casa y tuvo a bien obsequiarnos con estos dulces lazos. Fue verlos y removerse el cajón de los recuerdos. Rememorar aquellos días, lejanos ya, en los que visitar Jaca llevaba aparejada, al regreso a casa, la adquisición de este icono de la repostería jacetana. Con el café, mientras saboreaba uno de los tres lazos que me comí, compartí con el resto de la mesa una anécdota en torno a este pequeño, pero gran pastel. En una ocasión, en una breve escapada a esta bella localidad por motivos de un esporádico e infausto trabajo, antes de regresar a casa compré, para obsequiar a mi madre, una caja de Lazos en la Pastelería La Suiza, obrador donde fueron creados en 1946. Con mis pasteles en la mano, todavía apuré mi estancia degustando un café en una céntrica terraza de la localidad jaquesa. Me dirigí al coche, por aquel entonces un Seat 127 amarillo de no sé qué mano, y cuando estaba ya al volante, me di cuenta de que no llevaba la caja de pasteles. Me bajé del coche y corrí todo lo que pude hasta la cafetería que había abandonado apenas hacía diez minutos. Por aquella época todavía me respondían bien las piernas y el corazón. Al llegar, me acerqué hasta la mesa en la que había estado tomándome el café. Vacía, sin gente ni Lazos. Pregunté a los camareros. No habían visto la caja. Decepcionado, me dirigí de nuevo a La Suiza a comprar otra caja de Lazos. Al entrar en la pastelería, una amable y sonriente dependienta salió del mostrador para acercarme una caja de Lazos. Me explicó que me había dejado la caja al pagar y que cuando se dieron cuenta ya había desaparecido.

Al regresar a casa le conté a mi madre lo sucedido. Tampoco le extrañó. De estas anécdotas ya sumaba unas cuantas.

Volviendo a los Lazos o Lacitos, como popularmente también se conocen, además de exquisitos, se me antojan muy atractivos por el llamativo color y su característica forma. Por lo que leí en una ocasión en un reportaje con motivo del 75 aniversario de su creación, su elaboración es sencilla, aunque laboriosa. En síntesis, “hay que preparar el hojaldre, dejarlo descansar en el horno, cortarlo, darle forma y una vez cocidos los lazos en el horno, sumergirlos en yema confitada caliente de uno en uno para terminarlos con un glaseado”. Decirlo resulta fácil, ahora, ponerse a elaborarlos, es otro cantar. Lo mejor es visitar Jaca y obsequiarte con este delicado manjar.

No obstante, he estado curioseando recetas por si encontraba alguna que pudiese servir para mis entendederas. Aquí dejo un enlace, que no digo yo que algún día me atreva a emularlo.

https://www.juliaysusrecetas.com/2015/04/lazos-de-jaca-con-glasa-de-yema.html








martes, 12 de mayo de 2026

01754 ¡A Soñar!

 SERÁ POR SUEÑOS


Acabo de encontrarme en la calle con un conocido. Hacía tiempo que no nos veíamos. Nos hemos alegrado, creo, con nuestro reencuentro. Él estaba sentado en una terraza tomándose una cerveza. Me ha invitado a sentarme, pero Humphry, mi perro, no lo ha permitido. No le gusta que me entretenga con la gente. Lo manifiesta con sus penetrantes ladridos. Bien a gusto me hubiese sentado para tomarme una cerveza y charlar un rato con mi viejo conocido. Echo en falta esta sana costumbre, cuasi olvidada.

No obstante, él sentado y yo de pie, hemos entablado una rápida y curiosa conversación. 

- ¿Qué tal estás?, le he preguntado.
- Bien, jubilado. Aquí tomándome una cerveza. Siéntate. Te invito a una caña.
 (Humphry no para de ladrar)
- A gusto me la tomaría, pero ya ves cómo se pone el amigo. ¿Qué es de tu vida?
- No me puedo quejar.
- ¿En qué inviertes tu tiempo libre de jubilado?
- Pues ya ves, a pasear, a tomarme alguna cerveza con los amigos y sobre todo, a soñar.
- ¿A soñar?
- Sí, a soñar. 
 (Humphry sigue ladrando)
- Bueno, voy a tener que dejarte. Ya ves que aquí, el amigo, no para de ladrar. Un día que vaya sin perro nos tomaremos esa cerveza.

De regreso a casa, he estado reflexionando sobre lo dicho por mi conocido. Soñar. En su tiempo libre, que no es poco, no va al huerto, ni al gimnasio, ni forma parte de coro alguno, ni se dedica a viajar, ni a leer, ni va a un club de lectura, ni... Sueña. Desconozco cuáles son sus sueños. Solo sé, por lo que me ha dicho, que se dedica a soñar. Tampoco sé si se cumplen sus sueños. A lo mejor no tienen porqué hacerse realidad y es más que suficiente el hecho de soñar. Solo sé que le he visto feliz. Su cara le delata. Puede que sus sueños tengan gran culpa de ello. Será por sueños. ¡A soñar!





lunes, 11 de mayo de 2026

01753 Los Torreznos

 UNA APROXIMACIÓN


Traigo hasta este caleidoscopio vital otro alimento de reciente y para mí, novedosa degustación. Se trata de los torreznos. Los conocía, pero nunca hasta hace muy pocas fechas los había probado. Cuando los he visto en algún bar no me han dado mucha confianza, y aunque alguna tentación he tenido, finalmente no he caído.

Me tenían que gustar sí o también. Ya he comentado en más de una ocasión, que en materia alimentaria pongo muy pocos reparos. Alguno tengo, pero se pueden contar con los dedos de una mano. En el caso del torrezno, sin haberlo probado, sabía que me iba a gustar. Huelga decir que el tocino frito me encanta y acostumbro a usarlo en la cocina con mucha frecuencia, pero el popular torrezno, aún no lo había probado. Fue en un restaurante en Lleida donde constaté lo que ya suponía, que me gustarían. Como no podía ser de otra manera, y tratándose de un restaurante ilerdense, fuimos a comer caracoles. Lo de los torreznos fue una especie de antojo al verlos anunciados en la carta. Y sí, me encantaron. No obstante, por lo que había podido ver en algún reportaje, estos torreznos se parecían en poco a los que yo podía imaginar. E insisto, los que pude probar me gustaron. Ya no podré decir que no los he comido.

Me he interesado por saber algo más de este alimento tan tradicional. Se trata de una “tira de tocino, siempre con su piel, frita, salteada en sartén o tostada en una parrilla”. Al parecer, el origen del torrezno, cuyo nombre proviene del verbo ‘torrar’, se remonta a la época de los romanos, que eran grandes consumidores de cerdo. Entre sus platos favoritos, se encontraba el tocino frito. Fueron ellos quienes introdujeron el tocino frito en España durante la conquista de la península ibérica, para adaptarse rápidamente a las costumbres y tradiciones españolas. “El torrezno se convirtió en un alimento popular en España durante la Edad Media. Era un alimento común entre los campesinos y los trabajadores, ya que era un alimento barato y nutritivo”.

Aunque en la actualidad se consumen y elaboran torreznos en prácticamente toda España, los más populares se encuentran en Ávila, Salamanca, Teruel y Soria. En esta última provincia, el torrezno es todo un símbolo. Tanto es así que en 2010 fabricantes y productores constituyeron una “Marca de Garantía”, gracias a la cual han protegido el torrezno como patrimonio gastronómico de la humanidad por la UNESCO.

En cuanto a su elaboración, he leído varias recetas y, aunque el verbo que las une es el de freír, cada una tiene su aquel y su truquillo. He hecho un compendio y este es el resultado.

Ingredientes: Tiras de panceta curada, aceite de oliva virgen extra y sal.

Elaboración: Secar bien la panceta para que se fría mejor y resulte más crujiente. En una sartén un poco grande, calentar aceite de oliva virgen extra, a fuego medio/bajo. Comenzar a freír las tiras de panceta con la corteza hacia abajo durante unos 15 minutos. Retirar y reservar hasta que hayan pasado por la sartén todas las tiras de panceta. Subir la potencia del fuego y freímos los laterales de la panceta hasta que se doren. Retirar, escurrir y sazonar con sal.

Bueno, pues me voy a poner manos a la obra y a ver qué sucede. Me apetece tomar unos torreznos como los que he visto en los reportajes. No sé si sabré sacarle partido a este remix de receta. Lo que tengo claro es que, en mi viaje pendiente a Soria, que todavía no conozco y he oído hablar maravillas, me tomaré unos buenos torreznos, y si puedo, aprovecharé para aprender a cocinarlos bien. Eso espero. De momento, para quitarme el gusanillo me adelantaré con este experimento.




sábado, 9 de mayo de 2026

01752 El Grito Que Nunca Se Oyó

 NUBES ENCENDIDAS


Fue algo más que una mancha de color en el cielo. Fue la abstracción al final de una jornada jalonada de enojos y crispaciones. Todo el mundo parecía estar malhumorado, insatisfecho, descreído, iracundo. Algo estaba pasando, pero no alcanzaba a encontrar una explicación.

Salí al campo a gritar, a desahogarme, a respirar otro aire menos contaminado de antipatía. Acostumbra a funcionar. Me senté sobre una piedra y miré a mi alrededor para cerciorarme de que estaba solo. Estoy algo loco, pero tampoco es cuestión de ir pregonándolo a los cuatro vientos. Me preparé para dar el grito deseado. Cogí aire para llenar mis pulmones y al levantar la vista para proferir mi aullido, me encontré en el cielo con un inesperado panorama. Pasajeras nubes habían encendido sus luces, regalando su presente de sosiego y serenidad. Me quedé embobado mirando su belleza, atrapado en su color de fuego, hasta que el grito se ahogó en mi garganta.


01751 Perder/Ganar

 RELATIVIDAD


Perder el tiempo con un bostezo.
Ganar tiempo a través de un atajo.
Perder el tiempo ante un imposible.
Ganar tiempo sabiendo el final.
Perder el tiempo en la discusión.
Ganar tiempo con la previsión.
Perder el tiempo en el desánimo.
Ganar tiempo con lo aprendido.
Perder el tiempo en la quietud.
Ganar y perder el tiempo buscando los contrastes en un paisaje sin definir.


viernes, 8 de mayo de 2026

01750 Esclarecedora Señal

 SIN MIEDOS


Tengo fobia a las tormentas; una herencia de mi madre difícil de superar. Lo intento, pero no lo consigo. 

Una tarde de verano en la terraza de casa, ensimismado con una lectura, no me percaté de la llegada de una gran tormenta bien cargada de rayos y truenos. Con los primeros sonidos me guarecí en casa. Tras el ventanal del salón me dispuse, no sin temor, a contemplar lo que pudiera ser un espectáculo natural. Los rayos asomaban por decenas en el horizonte, arropados por un cielo cuasi oscuro. Mi temor me aconsejaba que me retirara a las habitaciones interiores de la casa, pero mi curiosidad y asombro a cuanto veía, me anclaron al suelo. 

En un acto atrevido e inconsciente para mi forma de ser, fui a por mi cámara de fotos y salí de nuevo a la terraza. Comencé a lanzar disparos a un luminoso horizonte, humedecido por un intenso y escalofriante sudor. Sin mirar el resultado de cada instantánea capturada, disparaba una y otra vez a cada rayo que aparecía en lontananza. Mentiría si dijera que me encontraba cómodo y seguro, pero también lo haría si manifestara lo contrario. Fue una sensación extraña. Finalmente, un ensordecedor trueno me devolvió a mi vida real para recordarme mis temores a las tormentas.

Cuando todo acabó, cogí otra vez la cámara y comencé a revisar las imágenes tomadas unos minutos antes. Había de todo: fotografías desenfocadas, otras desafortunadas, algunas pasables y media docena que me parecieron fantásticas. Estas últimas me hicieron pensar sobre todo lo que los miedos y temores me pueden llegar a privar. El miedo es libre, pero atenaza. Se es más libre sin temores. Igual aquel día fue una esclarecedora señal.


01749 El Granizado de Melocotón con Vino

 "MANÍAS"


El día 10 de agosto es el día grande de la Ciudad de Huesca. Es la siempre esperada fecha en la que los oscenses, vestidos de blanco y verde, y con aroma de albahaca, honran a su copatrón San Lorenzo. Es una jornada en la que se jalonan las tradiciones desde el punto de la mañana: multitudinarios almuerzos en las calles, la aparición anual de los Danzantes de Huesca y sus dances, la concurrida Procesión en honor a San Lorenzo, los familiares aperitivos, los reencuentros… y en la mesa de ese día, el pollo al chilindrón y el melocotón con vino. Este es el único día del año que, aún gustándome el uno y el otro, los consumo con deleite. Es curioso, pero así es. Puede que algún año, sin haberlo tenido previsto, haya comido pollo al chilindrón y melocotón con vino fuera de esa fecha, pero siempre habrá sido ajeno a mi voluntad. Manías que tiene uno.

El pasado año, el día 9, en el inicio de las fiestas laurentinas, unos amigos, Félix y Pilar, nos invitaron a almorzar a su finca junto a unos colegas suyos. Nos agasajaron con un opíparo y variado almuerzo que se cerró con un granizado de melocotón con vino elaborado por Pilar. Nunca lo había probado y lo cierto es que me encantó. Además, con el calor que hizo, entró por el gaznate a las mil maravillas. Mientras lo consumía, poco a poco, me acordé de mi “manía”, pero llegué a la conclusión de que no había traicionado a mi tradición, pues se trataba de un granizado, y no del consabido melocotón con vino. Cualquier excusa me podía servir en ese momento. Al día siguiente, 10 de agosto, San Lorenzo, di buena cuenta de un exquisito pollo al chilindrón y como no, de un par de vasos de melocotón con vino.

Por supuesto, no perdí la oportunidad de pedirle la receta a Pilar de su granizado.

Ingredientes: 1 kilo de melocotón, ½ litro de vino añejo y 6 cucharadas soperas de azúcar.

Elaboración: Pelar y cortar los melocotones a trozos. Triturar los melocotones con el vino y el azúcar hasta obtener una textura sin trozos de melocotón. Verter la mezcla en un recipiente e introducir en el congelador. Congelar al menos durante unas cuatro horas. Cada hora, raspar la mezcla con un tenedor con el fin de romper los cristales de hielo. Antes de servir, volver a raspar.



miércoles, 6 de mayo de 2026

01748 Las Migas

RECORDANDO A MI TÍO ANTONIO


Acabo de sentarme frente a un plato de migas, concretamente frente a un plato de migas con chorizo y huevo frito. Ha sido ver el plato, y evocar momentos de reunión y familia en torno a un caldero de migas, saboreadas a rancho y cuchara en mano. El maestro de ceremonias no era otro que mi tío Antonio. Las bordaba. Eran cocinadas al estilo tradicional, con toda la humildad que le otorga su origen al plato, y que hay que buscarlo en la trashumancia y el pastoreo. Todavía recuerdo sus vivos ojos, con su eterna y entrañable sonrisa, mientras cortaba minuciosamente el duro pan y disponía próximo a él, los escasos ingredientes necesarios para tan excelente plato: sebo de cerdo, ajo y aceite de oliva, además de la paciencia que él tenía. No hacía falta mucho más. Al fin y al cabo, las migas nacieron como una forma de aprovechar los restos de pan para convertirlos en una comida reconfortante y nutritiva.

Mi tío acostumbraba a acompañar este tradicional plato con uvas. El dulzor del fruto suavizaba este plato bien consistente. Desde aquellos años, he probado migas de bien variados gustos. Y es que, tratándose de un plato tan tradicional, cada zona geográfica, cada casa, igual que el maestrillo, tienen su librillo.

Como he comentado, este plato se asocia a las zonas rurales, una comida humilde de la gente del campo y de los pastores, de aquí que en Aragón se denominen también Migas de Pastor. Los pastores las preparaban en el monte mientras pastaban el rebaño y para ello utilizaban “pan sentado”, el pan duro que se aprovechaba de un día para otro y los ingredientes mencionados con anterioridad como el sebo de cordero, ajo y aceite.

Las migas que traigo a colación no están cocinadas en casa, sino que las tomé recientemente en la localidad altoaragonesa de Canfranc a donde acudí con la familia para conocer la reforma realizada a su Estación Internacional. Algún día la traeré hasta este caleidoscopio vital. Nos encantó.

El caso es que comimos en un restaurante de la localidad, muy bien, por cierto, y entre las propuestas del menú aparecían las migas con chorizo y huevo frito. No me lo pensé dos veces. Hacía tiempo que no las había comido, igual desde el pasado verano y, además, aunque fuera con otra perspectiva, me apetecía recordar a mi tío Antonio y a los gratos recuerdos que me regaló con sus migas durante muchos años. No me decepcionaron. Estaban bien cocinadas y sabrosas. Solo le faltaron las risas, la algarabía y las caras de felicidad de quienes nos sentábamos a la mesa en torno a las migas de mi tío Antonio.

La receta que a continuación detallo es la que aprendí de mi madre, solo que ella utilizaba longaniza en lugar de chorizo. Tampoco acostumbraba a acompañar las migas con huevo frito. De cualquier manera, las unas y las otras me parecen excepcionales.

Ingredientes para 4 personas: ½ kilo de migas de pan seco, cuatro dientes de ajo, chorizo fresco, pimentón dulce, sebo de cerdo, aceite de oliva, agua y sal.

Elaboración: Cortar las migas y humedecerlas con agua, pero sin apelmazarlas. Taparlas con un trapo hasta que vayamos a cocinarlas. En una paella o sartén grande con un poco de aceite dorar los ajos picados finamente. Cuando estén dorados, añadir el sebo cortado en pequeños trozos y dejar derretir. Añadir el chorizo cortado a rodajas y freír. Incorporar el pimentón, mezclar, y a continuación añadir las migas. Sazonar. Cocinar a fuego medio dando vueltas continuamente con una rasera hasta ver que las migas han absorbido el aceite y el pimentón. Coronar el plato, si así se desea, con un huevo frito.








01747 Que Despierten los Sentidos

 ANTE UN NUEVO DÍA


Que despierten los sentidos ante los paisajes vestidos de color y vida.

Que la vista se recree en cada rincón reposado de luces y sombras.

Que el oído recoja el silencio y el trino de la nube viajera.

Que el tacto se reencuentre con la tierra libre y serena.

Que el olfato recuerde aromas y perfumes casi olvidados.

Que el gusto se alíe con el deleite por la vida.

                                                                                    Que despierten los sentidos ante un nuevo día.




sábado, 2 de mayo de 2026

01746 Las Lechugas

 DEL HUERTO DE PRIMAVERA Y ESTÍO


Las lechugas siempre me han gustado, pero no es menos cierto que, hasta no hace muchos años, me pasaban muy desapercibidas. Si había lechuga para comer en ensalada, me la comía y punto. Si no estaba, tampoco la echaba en falta.

Mi auténtica querencia hacia este vegetal coincide con mi afición a la huerta. Recuerdo que el primer año solo planté la denominada lechuga romana, también conocida como oreja de burro. Era por aquel entonces la más reconocida por nosotros, y la que utilizábamos, con sus hojas alargadas y crujientes, para la elaboración de una de nuestras ensaladas favoritas, que no es otra que la ensalada César.

Con el paso de los años fui incorporando a la tierra otras variedades de lechuga, a cual más vistosa espectacular. Así, pasaron a formar parte del huerto veraniego los cogollos tipo Tudela; la lechuga iceberg, ideal para acompañar los bocadillos de hamburguesa de carne; la lechuga Batavia, de crujientes hojas; la escarola, con su ligero amargor; o la lechuga hoja de roble, muy reconocible por sus onduladas hojas y llamativas tonalidades. De sabor ligeramente dulzón y textura suave y crujiente, no solo aporta colorido en el plato y en la mesa, sino que llama la atención en el huerto por su color verde y morado. También tengo que decir, que no todos los años consigo obtener buenos ejemplares. Este año voy a estrenarme con los canónigos, a ver qué pasa. De momento gozan de buena salud en el semillero a la espera de ser trasladados a la tierra.

Siempre me ha dado la impresión de que las lechugas son las grandes desatendidas del huerto. Piden pocos cuidados y a cambio, sin embargo, ofrecen variados beneficios a nuestro organismo. Pronto serán comestibles las primeras lechugas plantadas en el huerto; pronto volveré a disfrutar de su presencia en las innumerables ensaladas que me esperan. 






viernes, 1 de mayo de 2026

01745 La Ensalada de Pera y Gorgonzola

UNA ENSALADA PARA DISFRUTAR


Mis gustos culinarios siguen apostando por los platos tradicionales con sabor a recuerdo, aunque esto no quita para que de la bienvenida a nuevas propuestas, así como a sugerentes combinaciones de alimentos en otros tiempos impensables. Es el caso de la ensalada que traigo hasta este caleidoscopio vital y que se ha convertido en poco tiempo en un plato asiduo a nuestra mesa familiar, sobre todo en días de celebración y festejo.

Fue Gloria quien la descubrió en algún recetario de los que sigue fervientemente. Le llamaron la atención la curiosa variedad de ingredientes y la disparidad de sabores. Un domingo de multitudinaria reunión familiar fue el día elegido para poner a prueba esta ensalada y conocer el gusto de los comensales al respecto. No solo fue aplaudida, sino que pasó el examen gastronómico con sobresaliente. Particularmente, me sorprendió la pera caramelizada en miel, en contraste con el queso gorgonzola. Nunca había probado la pera en ensalada y tengo que reconocer que me conquistó. El resto de ingredientes, la mostaza, los piñones, los canónigos, el vinagre balsámico... aportan su personalidad en forma de textura y sabor a un plato redondo y espectacular. O al menos, así me lo parece; una ensalada de disfrute y fácil de elaborar.

Ingredientes para 4 personas: 1 bolsa de canónigos, 200 gramos de queso gorgonzola, 2 peras Conferencia, 4 lonchas de beicon, un par de cucharadas de piñones, 1 cucharada de mostaza de Dijon, 3 cucharadas de miel, 1 cucharada de vinagre balsámico, 1 cucharada de mantequilla, aceite de oliva virgen extra y sal.

Elaboración: Introducir en una sartén el aceite, la mantequilla y una cucharada de miel. Calentar y en cuanto comiencen a formarse burbujas, añadir las peras peladas, sin el corazón y cortadas a cuartos longitudinales. Dejar a fuego medio hasta que las peras se caramelicen y ablanden. Retirar de la sartén las peras y reservar. Echar en la misma sartén el resto de miel, el vinagre, la mostaza de Dijon y los piñones. Cocinar a fuego lento durante unos diez minutos y retirar del fuego. Freír el beicon en una sartén sin aceite hasta que esté crujiente. Reservar. A la hora de montar el plato, poner de base los canónigos, añadir los trozos de queso Gorgonzola, el beicon cortado y los cuartos de pera. Finalmente, echar por encima la vinagreta de piñones. Servir.




martes, 28 de abril de 2026

01744 Carta a un Paisaje Amigo

 EN UN TIEMPO SENTIDO Y CON SENTIDO


Querido paisaje amigo:

Hacía tiempo que quería escribirte, pero no encontraba el momento. No, no es una excusa. A los amigos hay que dedicarles tiempo y más cuando están en la distancia; un tiempo sentido y con sentido. Y este es el momento.

Desde la última vez que me acerqué hasta ti, de esto hace unos tres años, la perspectiva de la vida me ha cambiado considerablemente. Mi hija mayor contrajo matrimonio hace dos años,  y ya soy abuelo de una preciosa niña, Blanca, que en junio cumplirá un añito. Me cuesta expresar con palabras lo que para mí significa esta bendita criatura. Dicen que ser abuelo es alcanzar un grado. Será. En mi caso, me ha quitado años de encima, que falta me hacía. Ha sido retroceder treinta años y recuperar sensaciones como cuando tenía en mis brazos a mis hijas, jugaba con ellas, me pasaba horas prendado de sus inocentes ojos, les mordía los pies, me asía a sus diminutas manos en un intento de transmitirles que nunca permitiría que les ocurriera algo pernicioso y que velaría por su felicidad. Y lo más importante para mí, como ser inseguro que soy, la presencia de Blanca, igual que ocurriera con mis hijas, me da seguridad y mucha paz. Será porque cuando estoy con ella, al igual que con Loreto y Jara, me olvido del mundo y de sus cuitas, para disfrutar de grandes momentos entre canciones, muecas, carantoñas, arrumacos, risas y su despertar a la vida. Con Loreto y Jara aprendí a ser padre a base de aciertos y errores. Con Blanca desaprenderé lo aprendido para convertirme simplemente en un grato recuerdo repleto de amables vivencias.

Por lo demás, querido paisaje amigo, la vida transcurre entre pinturas, lecturas, el huerto, el teatro y mis acostumbrados dolores de huesos, como el que padecía el día que nos conocimos. Por cierto, todavía recuerdo el gratificante dulzor de la breva que me ofreciste y que degusté mientras me deleitaba con un paraje limpio, de bucólico horizonte y evocadora belleza.

Cualquier día de estos te doy una sorpresa y vuelvo a visitarte.

Hasta entonces, cuídate mucho. Me haces falta.

Un enorme abrazo.


jueves, 16 de abril de 2026

01743 El Ceviche de Berberechos

 GIPSY CHEF, ¡QUÉ DESCUBRIMIENTO!


Se trata de un “plato consistente en carne marinada, -pescado, marisco o ambos-, en aliños cítricos, reconocido por la Unesco como expresión de la cocina tradicional peruana y patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. Diferentes versiones de este plato forman parte de la cultura culinaria de diversos países hispanoamericanos litorales del océano Pacífico como Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá y Perú. En este último país se lo considera además como plato bandera y patrimonio cultural de la nación”. Sirva lo entrecomillado como carta de presentación del ceviche, plato desconocido para mí hasta hace unos pocos meses.

Había oído hablar de este popular plato, pero no fue hasta un poco antes de las pasadas navidades, cuando tuve la oportunidad de estrenarme en él. No acostumbro a frecuentar bares y restaurantes como hacía cuando estaba en activo y tenía necesidad de socializar. Desde que me jubilé, son otros los objetivos y los destinos que marcan mis días. Esto no quita para que, cuando se presenta una propicia ocasión, retome el gusto por la hostelería y todo lo que lleva consigo. Fue el caso de unos amigos y vecinos de barrio que nos llamaron para “tomar algo” en un gastro bar cercano a casa. Y para allí que fuimos. Nos dijeron que ellos frecuentaban este establecimiento con relativa asiduidad y que “tenían tapas y platos muy ricos”. Accedí a la carta, la leí muy, muy por encima, y llegué a la conclusión de que todo me apetecía. Así, que me dejé aconsejar por nuestros amigos, conocedores del percal que ofrecía la casa. Además, yo estoy muy desentrenado. Nos preguntaron si nos gustaba el ceviche, para a continuación anunciar que allí preparaban uno muy bueno. Dijimos que sí, sin haberlo probado jamás; una mentirijilla de cortesía. A los pocos minutos aparecieron en la mesa varios platos, entre ellos, un ceviche de berberechos. Antes de probarlo, fuimos informados para nuestro desconocimiento, que se trataba de una adaptación del ceviche peruano, pero con berberechos naturales. Gloria y yo introducimos nuestros respectivos tenedores prácticamente a la par, lo degustamos a la par y loamos el plato también a la par. Nos pareció delicioso.

De camino de regreso a casa, volvimos a coincidir en la bondad del ceviche de berberechos con el que nos habíamos deleitado e incluso enumeramos sus posibles ingredientes: berberechos, cebolla morada, aguacate, zumo de lima o limón, algo ligeramente picante, pimienta y sal. No pasaron muchos días que pusimos en práctica nuestro parecer, no se nos fuera a olvidar. Y sí, se pareció mucho al que habíamos probado aquel día. Y sí, este ceviche de berberechos tampoco tardó mucho en incorporarse por la puerta grande a nuestros familiares aperitivos.

El primer día que los preparamos, para asegurarnos, nos dimos una vuelta por la red de redes con el fin de asegurarnos si estábamos en lo cierto en nuestras apreciaciones gustativas. Prácticamente habíamos dado en el clavo. Pudimos leer que este ceviche de berberechos lo popularizó el cocinero televisivo Pablo Albuerne, Gipsy Chef, quien dio a conocer esta original receta en un vídeo, sentado en un banco frente al mar mientras la elaboraba con los ingredientes sacados de una mochila. La diferencia entre su ceviche y el probado por nosotros estriba en que, en el suyo, en el original, se incluyen cilantro y kikos de maíz tostado. El resto de ingredientes, los que intuimos en un principio. Finalmente, en el ceviche de berberechos que elaboramos en casa descartamos deliberadamente el cilantro, pues hay a quien no le gusta esta planta, y los kikos también, por malas experiencias con ellos.

A continuación, comparto las recetas de los dos ceviches; el original de Gipsy Chef y el que cocinamos en casa y que tanto nos encanta.

Ceviche de berberechos de Gipsy Chef:

Ingredientes para una persona: ¼ de cebolla morada, aceite de oliva, sal, un toque de pimienta, el zumo de una lima, ¼ de aguacate cortado en taquitos, 1 lata de berberechos, unas gotas de Sriracha, unas hojas de cilantro y maíz tostado.

Elaboración: Introducir en un bote la cebolla cortada en juliana, unas gotas de aceite de oliva, una pizca de sal, un toque de pimienta, el zumo de una lima, un cuarto de aguacate cortado a taquitos, una lata de berberechos con un poco de su propio jugo, unas gotas de Sriracha y unas hojas de cilantro cortadas. Tapar el bote y agitar repetidas veces hasta mezclar todos los ingredientes. Servir y finalizar con un poco de maíz tostado troceado.

Nuestro ceviche de berberechos:

Ingredientes para 4 personas: 2 latas de berberechos, media cebolla morada, 1 aguacate cortado a taquitos, el zumo de 2 limas, unas gotas de aceite de oliva virgen extra, un poco de sal, un poco de pimienta y unas gotas de Sriracha o de Tabasco.

Elaboración: Picar la cebolla en juliana y el aguacate en taquitos, e introducir en un bote. Añadir el zumo de dos limas e incorporar un chorrito de aceite de oliva, una pizca de sal, un poco de pimienta y unas gotas de Sriracha o de Tabasco. Finalmente, incorporar las latas de berberechos con un poco de su propio jugo. Tapar el bote y agitar varias veces hasta ver bien mezclados todos los ingredientes. Abrir el bote y servir en raciones individuales.

P.D. Siempre me sabe a poco.



sábado, 11 de abril de 2026

01742 Las Alubias Blancas con Pimientos

 SIEMPRE LAS LEGUMBRES


En casa, las legumbres salen a la mesa una vez a la semana por lo menos. Es una norma que adoptamos hace mucho tiempo, ya no por su alto valor nutricional, al aportar proteínas vegetales, fibra, hierro, zinc y vitaminas del grupo B, sino porque nos encantan. 

Son muy versátiles a la hora de cocinarlas y nos han deparado grandes platos de cuchara. Y al decir grandes, no me estoy refiriendo a complejos o sofisticados guisos. En muchos casos se trata de platos sencillos y no exentos de potente sabor. Es el caso de las alubias blancas con pimientos que traigo hasta este caleidoscopio vital y que nos han salvado más de una comida. Es curioso, pero la edad de júbilo, lejos de alargarnos el día, cada jornada parece tener menos horas. Nos falta tiempo, cuando sobre el papel tendría que sobrarnos.

El caso es que hoy era el día que tocaban legumbres, y entre unas cosas y otras, que nos ha pillado el toro, como vulgarmente se dice. Su cocinado era otro, pero no daba tiempo. Así, que hemos recurrido a las citadas alubias con pimientos, que han resultado ser todo un espectáculo. Eso sí, ha habido que tirar de alubias ya cocidas, de Pedro Luis por más señas. No acostumbro a citar marcas comerciales, salvo en contadas ocasiones. Y esta es una de ellas. Descubrimos sus legumbres hace un año aproximadamente. Nos parecieron algo especial, tanto que desde entonces, siempre tenemos en casa provisión de ellas. Son algo más caras que las que acostumbramos a comprar, -las alubias, por ejemplo, unos 2,50 euros el tarro de medio kilo-, pero el resultado bien lo merece. Se trata de legumbres sin aditivos, de aquí el ligero oscurecimiento del producto. Solo llevan la legumbre, agua y sal marina.

El resultado de este sencillo plato es magnífico: rápido, ligero y económico. A por él.

Ingredientes para 4 personas: 2 botes de alubias blancas, una cebolla pequeña, 2 dientes de ajos, 1 pimiento verde, 1 pimiento rojo, 4 cucharadas de salsa de tomate natural, pimentón dulce o picante al gusto, sal, aceite de oliva virgen extra y un vaso de caldo de carne.

Elaboración: Picar la cebolla y el ajo, y rehogar en una olla con un poco de aceite de oliva. Salpimentar. Limpiar y quitar las semillas a los pimientos, cortar en trozos pequeños y añadir a la olla en la que se han rehogado cebolla y ajo. Salpimentar. Cocinar a fuego lento hasta que se ablanden los pimientos. Incorporar las alubias. Remover y añadir la salsa de tomate, el pimentón y el vaso de caldo de carne. Cocinar a fuego medio durante diez minutos, removiendo de vez en cuando. Servir caliente. 

 






viernes, 10 de abril de 2026

01741 Un Desvarío

 PAISAJE SOÑADO


Te llevaría en el bolsillo
en mis días de desvaríos,
junto a unas pocas monedas
y los restos de algún pitillo.

Nos sentaríamos en un banco,
de esos que hay en cualquier parque,
próximo a un estanque de patos,
y bajo un sauce que llora el pasar de los días y horas.

La misma pena que siento
de no tenerte más cerca,
de no poder abrazar
el paisaje con el que mis ojos sueñan.




lunes, 6 de abril de 2026

01740 Un Variado de Tomates

¡POR FAVOR!


Una de mis cenas favoritas cuando los tomates maduran en mi huerto, es sacar a la mesa una variada selección de estos frutos, aliñados simplemente con un buen aceite de oliva virgen y sal, e incluso en esporádicas ocasiones, aderezados con ajo cortado muy fino. Siempre que me enfrento a este platazo, me acuerdo de mi querido Antonio Arazo, reconocido cocinero oscense, que, cuando yo apenas conocía media docena de variedades de tomate, nos deleitó en una cena con amigos, con una degustación de hasta 25 tipos de tomates. Me pareció algo fascinante y difícil de olvidar.

Cuando me inicié en las labores hortícolas, en mi desconocimiento del mundo del tomate, no es que ahora sepa mucho más, solo plantaba cuatro variedades bien conocidas: tomate de Huesca, tomate Rosa de Barbastro, tomates Cherrys y tomate de Pera o Roma para embotar o elaborar ricos gazpachos y salmorejos. Con esto ya me ilusionaba. Con el paso de los años fui incorporando otras variedades, en función de los consejos que recogía de diferentes fuentes. Así, apareció en mi huerto el tomate Corazón de Buey, para mi gusto el mejor, y lástima que no se me den bien del todo, el tomate de Colgar, el tomate Cherry de Pera, y mis últimas adquisiciones que datan del verano pasado: el Tomate San Marzano, de plantero propio con semillas traídas de Roma, el Tomate Cherry Negro, el Tomate Cherry Verde y el tomate Cherry Lucky Tiger. Todos ricos, todos buenos, los ácidos y los dulces, todos son suculentos.

Con estos mimbres nacen suculentas comidas y cenas, no como las de mi amigo Antonio Arazo y sus 25 variedades, pero creo que a este paso en un par de años podré emularlas. Tiempo al tiempo.

No obstante, me he quedado perplejo con un dato que acabo de leer y que no la tengo todas conmigo de que sea cierto. “Existen más de 10.000 variedades de tomates en el mundo, clasificadas por forma, color (rojo, amarillo, negro, verde) y uso culinario, desde los diminutos cherry hasta los grandes tomates de ensalada”. Si es así, anda que no me quedan tomates por probar. Imposible, al igual que escribir sobre diez mil cosas que me gustan; objetivo de este blog.






viernes, 3 de abril de 2026

01739 Las Gulas Rebozadas

 SORPRENDENTE E INESPERADO


En casa nos encantan las gulas. Siempre hay en el frigorífico un par de paquetes para algún “por si acaso”. Son un buen recurso y nos han sacado de no pocos apuros. Acostumbramos a tomarlas en ensaladas, con huevos fritos, en revueltos o con los tradicionales ajos fritos y sus correspondientes cayenas. En esta ocasión, las recojo en un cocinado sorprendente, inesperado e inimaginable; rebozadas. Todo un rico descubrimiento. Un aperitivo rápido de preparar, crujiente y delicioso.

Fue Gloria la que me sorprendió, de forma inesperada, con esta inimaginable propuesta a la hora del aperitivo. Es una mujer inquieta, despierta y muy interesada por el conocimiento, sea cual sea la materia, y la gastronomía no es una excepción. Ya he comentado en alguna ocasión que se maneja de manera sobresaliente entre fogones, lo que implica que probemos platos memorables.

El caso es que no hace muchos días, nos anticipó que iba a preparar como aperitivo un plato que había visto en alguna de sus páginas webs a las que sigue. No nos adelantó nada más. La experiencia nos dice que no hay que preguntar. Nos enteraremos a su debido tiempo. Además, si lo va a poner en práctica, seguro que será un acierto. Y así fue como hace unos días, a la hora de sentarnos a la mesa a comer, aparecieron para abrir boca unas gulas rebozadas, acompañadas de alioli.

De entrada, el plato me llamó la atención. Nunca pensé que las gulas se pudieran rebozar. Y eso, que yo soy de los que rebozaría y empanaría todo. Antes de probar el primer bocado, Gloria nos informó acerca del proceder de la tapa. Aparentemente, tenían un aspecto magnífico. Solo quedaba probarlas. Cogí el primer haz de gulas rebozadas, lo unté ligeramente en el alioli, me lo llevé a la boca y… ¡Qué bueno! Un bocado crujiente, sabroso y sutil. A partir de aquí, fueron cayendo como el que come pipas. No sé a quien se le ocurrió esta idea, pero vaya desde aquí mi aplauso. Mis felicitaciones a Gloria se las di en directo.

Ingredientes: 250 gramos de gulas, harina de trigo o de garbanzo y aceite de oliva virgen extra.

Elaboración: Enharinar un pequeño puñado de gulas y freír en pequeñas tandas en aceite muy caliente durante unos 2 minutos, hasta obtener un color dorado. Sacar del fuego y dejar escurrir sobre papel absorbente. Servir caliente, acompañadas de alioli. 





jueves, 2 de abril de 2026

01738 Los Caracoles a la Llauna

 TAN IGUALES, TAN DISTINTOS


Regresan los caracoles hasta este caleidoscopio vital, y lo hacen de la manera que quizás más me gusten; a la llauna. Se trata de una forma tradicional de cocinar caracoles en una bandeja de hierro, muy típica en Valencia y Cataluña. Llauna proviene de la bandeja metálica donde se hornean. Básicamente se busca una cocción que conserve los jugos del caracol y una capa externa ligeramente crujiente cuando se gratinan.

Recuerdo perfectamente la primera vez que los probé de esta guisa. Me parecieron deliciosos. Fue en la ya desaparecida Casa Barrau, en la localidad altoaragonesa de Binéfar, a escasos kilómetros de Lleida, el reino del caracol, del cargol o caragol catalán. De aquello han pasado más de una treintena de años, y lo recuerdo como todo un descubrimiento, de tal manera que siempre que tengo oportunidad de deleitarme con este plato, no me lo pienso dos veces. Hasta entonces, los había consumido en guisos o simplemente cocidos en agua y acompañados de un buen alioli. 

Ya he comentado en alguna ocasión, refiriéndome al caracol, que aquí no hay término medio: o se ama, o se odia; la indiferencia no cabe. De hecho, según he podido leer, mientras en las zonas mediterráneas el caracol es muy apreciado, en el resto de Europa está considerado como algo “repugnante”. Aunque pudiera parecer un plato humilde, -si así fue, fue otrora, no en la actualidad-, los patricios romanos consideraban al caracol como una auténtica delicia. Sería precisamente durante el Imperio romano, cuando los caracoles alcanzarían la mayor de sus consideraciones. En la Edad Media perdió el caracol buena parte de su prestigio, si alguno le quedaba. Ya en el siglo XVII, para acabar de rematar, Alonso de Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua Castellana, advierte sobre este gasterópodo, “su carne es dura de digestión, y de ruin y grosero mantenimiento para gentes delicadas”. Será en el siglo XIX, cuando Antonin Carâreme los introducirá en las nobles mesas, al ofrecérselos al zar Alejandro I a la bourguignonne, un icono de la cocina francesa.

En la actualidad, Cataluña y Chipre abanderan el consumo de caracoles en todo el mundo. Precisamente, en la localidad catalana de Lleida se viene celebrando desde 1980 L’Aplec del Caragol, un encuentro festivo y gastronómico en torno a la cocina de este pequeño animal. La cita anual se organiza para finales del mes de mayo, en un intenso fin de semana, con la participación de 124 peñas, 16.850 peñistas, 200.000 visitantes y una previsión de consumo de 14 toneladas de caracoles. L’Aplec se inicia el viernes por la tarde y se prolonga durante el sábado y domingo con verbenas, conciertos, música, castellers, concursos y un sinfín de actividades. El caracol se cocina de múltiples formas: a la gormanda, -plato tradicional de la cocina catalana, especialmente popular en Lleida, que consiste en caracoles cocinados en cazuela de barro con un sofrito de ajo, guindilla, harina, perejil, y a menudo beicon o jamón, resultando en una salsa espesa y picante-, a la cazuela… pero la más popular es a la llauna, a la “lata”, en una plancha metálica plana con asas. “Los caracoles dejunats, en ayunas, se colocan sobre una lata de uno en uno y boca arriba, y la lata sobre las brasas. Una vez cocinados, se extraen del caparazón con un palillo largo, y se mojan con alioli, una salsa hecha a mano en el mortero con aceite y ajo o a la vinagreta.

No he tenido todavía oportunidad de cocinar caracoles a la llauna. Me han facilitado varias recetas al respecto y observo que la base es la misma, aunque cada una tiene su particularidad. Sucede lo mismo cuando los como en algún restaurante; todos están deliciosos, pero difieren en algún ingrediente o truquillo de quien los cocina. Todavía ninguno de los platos probados ha contado con mi desprecio. Así que, vistas las cosas, me he dirigido a la página oficial de catalunya.com, y esto es lo que dice al respecto de los caracoles a la llauna.

“Los caracoles ‘a la llauna’ son una tradición, una fiesta y un símbolo de la gastronomía de las Terres de Lleida. Esta receta te guiará para preparar este delicioso plato, al horno o a la brasa, que evoca el espíritu de las fiestas populares. Simplicidad y cocción directa para disfrutar con calma y buena compañía”.

Ingredientes para 4 personas (como entrante o picoteo): 1 kilo o 1,5 kilos de caracoles (preferiblemente de la variedad sapenco, ya purgados), sal gorda (para la base de la ‘llauna’), sal fina, pimienta negra molida, aceite de oliva virgen extra, opcional para aliñar (hacia el final de la cocción), 1 cabeza de ajos, un buen manojo de perejil fresco, un poco de guindilla o pimentón picante (si gustan picantes), un chorrito de coñac o brandy (opcional).

Utensilios necesarios: una ‘llauna’ especial para caracoles o una bandeja de horno metálica, pinzas largas (si se hacen a la brasa), mortero.

Tiempo de preparación: Preparación previa (purga): los caracoles deben estar purgados (en ayuno) al menos una semana antes. Limpieza (opcional): 5-10 minutos. Cocción: 15-25 minutos. Dificultad: baja-media (la principal dificultad radica en el manejo de los caracoles y el punto de cocción).

Pasos a seguir: Primero, asegúrate de que los caracoles estén bien purgados. La limpieza externa es opcional: algunos prefieren cocinarlos directamente para conservar toda su ‘baba’, mientras que otros los pasan por un poco de agua para quitar tierra o impurezas del caparazón, sin sumergirlos del todo. Prepara la ‘llauna’. Si no es una ‘llauna’ especial con concavidades, cubre el fondo de la bandeja metálica con una capa generosa de sal gorda. Esto ayudará a estabilizar los caracoles y a distribuir el calor. Coloca los caracoles sobre la sal gorda (o en las concavidades de la ‘llauna’), con la abertura hacia arriba y bien juntos, para que no se vuelquen durante la cocción. Aliña los caracoles. Espolvoréalos generosamente con sal fina y pimienta negra molida. Riégalos con un buen chorro de aceite de oliva virgen extra.

Cocción: Al horno: precalienta el horno a 200-220°C con calor arriba y abajo (y si tiene grill, actívalo los últimos minutos). Introduce la ‘llauna’ en el horno y cuece durante unos 10-15 minutos. A la brasa: coloca la ‘llauna’ sobre las brasas de un fuego de leña o carbón, a una altura que proporcione un calor intenso, pero no directo para evitar que se quemen rápidamente. La cocción será más rápida, unos 8-12 minutos. A media cocción (a los 7-10 minutos), puedes retirar momentáneamente la ‘llauna’ y, si lo deseas, añadir un aliño adicional. Una opción clásica es una picada de ajo y perejil mezclada con un poco más de aceite de oliva y distribuida por encima de los caracoles. También puedes añadir un chorrito de coñac o guindilla en este momento. Vuelve a introducir la ‘llauna’ en el horno o a la brasa y continúa la cocción unos 5-10 minutos más, o hasta que los caracoles empiecen a dorarse y su carne esté cocida y tierna. Sirve los caracoles inmediatamente, bien calientes, en la misma ‘llauna’ de cocción.





domingo, 29 de marzo de 2026

01737 Las Alcachofas con Jamón

 LAS DE TODA LA VIDA


Me gusta la cocina de temporada. Manías que tiene uno, y que mientras se pueda la mantendré. Estamos a las puertas del mes de abril y uno de los manjares que se oferta en la incipiente primavera es la alcachofa. Me encantan de cualquier manera; rebozadas, al horno, a la plancha, rehogadas, salteadas, en guisos, en ensaladas... De cualquier manera me apetecen, pero hay una forma de cocinarlas que me fascina, y que, como no podía ser de otra manera, aprendí de mi madre. Me refiero a las alcachofas con jamón, que junto a otras que cocinaba simplemente con pan rallado, vino blanco, agua y ajo, eran nuestra debilidad.

Antes de abordar esta tradicional receta, quiero dejar constancia de alguna que otra curiosidad que he leído sobre este fruto y que me apetece dejar registrado en este caleidoscopio vital. Su nombre científico es Cynara Sclymus y es originaria del Noreste de África, aunque ya era conocida en las culturas griegas y romanas. De hecho, en la mitología romana se explica que "Zeus se enamoró de la bella Cynara, tanto que la convirtió en una diosa. Pero Cynara extrañaba a su familia, por lo que decidió volver a la tierra, algo que enfureció al dios Zeus y la convirtió en la primera alcachofa por venganza". Y digo yo que no hay mal que por bien no venga.

Más cosas. Algunos historiadores mencionan que "por muy extraño que parezca, no se encontró por medio de crecimiento espontáneo, como en la mayoría de las frutas y verduras, sino que resultó de una selección del cardo". Además, se estima que llegó a España durante la Edad Media, gracias a las intensas comercializaciones que hubo durante esa época.  Es por esto que esta hortaliza está presente en la mayoría de la cuenca Mediterránea. 

Ingredientes para 4 personas: 12 alcachofas, 1 cebolla grande, 2 dientes de ajo, 150 gramos de jamón a tacos, 30 ml de vino blanco y sal.

Elaboración: Pelar las alcachofas hasta obtener el corazón del fruto, cortar tallos y puntas, y cocer en abundante agua con sal hasta que se observe que están bien cocidas e incluso un poco al dente. Si se quiere, se pueden también cocer los tallos. Picar los ajos y la cebolla, y pochar a fuego lento en una sartén con aceite de oliva virgen extra. Cortar las alcachofas cocidas en mitades e incorporarlas, al igual que los tallos si se desea, a la sartén en la que hemos pochado la cebolla y el ajo. Añadir el jamón a tacos y cocinar a fuego medio durante unos cinco minutos. Finalmente, incorporar el vino blanco y cocinar a fuego alto hasta que se evapore el vino. Si se quiere un plato más caldoso, añadir junto con el vino blanco, un poco de agua de hervir las alcachofas. Servir caliente. 

 








sábado, 28 de marzo de 2026

01736 El Que Algo Quiere

 ALGO LE CUESTA



Dice el refranero español, aplaudido y denostado a partes  iguales, que "el que algo quiere, algo le cuesta" Y es que con frecuencia, para conseguir un objetivo, se hace necesario emplear todos los esfuerzos y dedicación disponibles. 

El mes de mayo está a la vuelta de la esquina. En mi caso, ese es el momento de tener la tierra del huerto bien preparada e iniciar así una nueva ilusión. Resta un mes y medio para empezar a plantar y preparar semilleros. Soy de los que planta para San Isidro, aunque este año me gustaría iniciar este proceso unos días antes. Pero para que esto suceda, todavía tengo que asear la tierra, eliminar hierbas y después labrar. Mi forma de llevar el huerto es muy artesanal. Apenas cuento con maquinaria, los aperos básicos, y eso sí, muchas ganas e ilusión desmedida.

Lo mío me cuesta cada año sacar adelante el huerto. Sobre todo en estos iniciales momentos de limpieza y preparativos. Los años pasan, y también pesan. ¡Ya lo creo! Este año me está costando sobremanera e incluso he pensado en abandonar. Me siento incapaz. No es nada nuevo. Todos los años me sucede lo mismo. Cuando entro en caída libre, me acuerdo de los gratísimos momentos que paso en el huerto, la paz que me transmite, sus aromas con sus instantes y en cada momento, en el refugio que me acoge, en la fortuna que tengo de disponer de él... Entonces, pienso en todo lo que me voy a perder si no soy capaz de asear este espacio vital. Y continúo. Y saco fuerzas dónde apenas quedan. Y me acuerdo de mi hermano Antonio, que en su eterno recuerdo, puse su nombre al huerto; el huerto de Toño. 

Sí, el que algo quiere, verdaderamente quiere, algo le cuesta.

viernes, 27 de marzo de 2026

01735 La Pasta Fresca de Lasaña Frita

 UNA GENIAL SORPRESA


Hace días que encuentro el frigorífico un tanto desordenado y confuso, casi tanto como yo. Así, que he decidido poner un poco de orden y ver qué "maravillas" me encuentro en tanto desajuste. Sigo refiriéndome al frigorífico, ya que lo mío no tiene arreglo.  Los recipientes de vidrio con restos de comida están controlados. Los lácteos y sus derivados en perfecto estado de presentación y amplia caducidad. Frutas y verduras no han ocasionado baja alguna. Hasta aquí bien. Continúo con algo que ya empieza a preocupar. Me refiero a esos pequeños paquetes envueltos en papel de aluminio y cuyo contenido es una absoluta incógnita. Lo que me temía. Medias manzanas, medios limones, medios plátanos... Respiro hondo y no miro a nadie. Los coloco en primera línea del frío para que no se vayan sumando más medios de lo que sea y el resto del personal de casa sepa que existen.

Ahora toca revisar las decenas de botes ya abiertos o sin abrir que viven en el frigorífico. Digo que viven porque la última vez que puse orden en este electrodoméstico, los coloqué todos en la misma balda y ya pueblan todas las existentes. ¡Qué curioso!

Los botes empezados de mermeladas, pimientos en conserva y encurtidos varios, entre otros, no presentan todavía mal aspecto. Aquellos que están todavía sin abrir mantienen el margen de fecha para su consumo. También sin baja alguna y todos los envases colocados de nuevo en una misma balda.

Debajo de las hueveras he visto un sobre con unas láminas de pasta de lasaña fresca. Sabía de su existencia, pero nunca he encontrado el momento para darle salida. Ha sido cuando he ido a mirar la fecha de caducidad, que me he dado cuenta que presentaba la pasta unas zonas mohosas. Mala señal. Afortunadamente, solo han sido en un par de esquinas de la primera lámina. El resto de planchas de pasta no parecen tener mal aspecto. Cocinar ahora una lasaña no es operativo, entre otras cosas porque no dispongo de los ingredientes necesarios. Quitar la lámina estropeada y dejar el resto en el frigorífico, volverá a caer en el olvido. Que ya me conozco el percal.

He recordado que, en una de esas incursiones que realizo de vez en cuando al azar por el maravilloso, amplio y atractivo mundo de las recetas gastronómicas, me topé con una especialmente curiosa y fácil de aprender; tanto, que ni siquiera la guardé ni la anoté. Se trataba, precisamente, de una receta de pasta de lasaña fresca frita. Nunca la había cocinado de esta guisa y este ha sido el día, porque en esta casa no se tira nada de comida. El resultado, reconozco que tenía ciertas dudas al respecto, no ha podido ser más certero y plausible: de aperitivo con una fresca cerveza, crujiente, adictiva como las pipas… y hasta agotar existencias. ¡Y más que hubiese habido! Una genial sorpresa que no tardaré en repetir y sin necesidad de poner orden en el frigorífico.

Ingredientes: láminas de pasta de lasaña fresca, aceite de girasol, sal y pimentón dulce o picante.

Elaboración: Cortar las láminas de pasta en trozos iguales, 6x2,5 cms aproximadamente. Introducir los trozos en pequeñas cantidades en una sartén con aceite de girasol bien caliente. Dorarlos ligeramente. Mucho cuidado con la fritura, pues se doran rápidamente si el aceite está caliente. Sacar de la sartén y depositar los trozos en un plato con papel absorbente de cocina. Sazonar y espolvorear pimentón dulce o picante, según el gusto.

 

 

jueves, 26 de marzo de 2026

01734 Las Galletas de Mantequilla

DE BUENA VECINDAD


Buenas están, pero tengo que mejorarlas. Nada que ver con las que me obsequia mi vecina de rellano, y quien por otro lado, me facilitó la receta de estas deliciosas galletas de mantequilla.

Aunque todavía no le he cogido el punto de presentación y textura a estas galletas, el sabor es francamente interesante. Digo esto, a tenor de las que elaboré y que formaron parte de la celebración de mi cumpleaños con mis compañeros del grupo de teatro. Fueron el broche final de una opípara y entrañable merienda/cena. Antes de llevarlas al centro de reunión para la celebración, las probé para darles el visto bueno. Me entraron las dudas. Sí, se podían comer, pero no se parecían en nada, solo en el sabor, a las elaboradas por mi vecina. Las mías perdían la forma prevista en el horno y su textura me resultó algo dura. Las de mi vecina presentan un aspecto inmejorables, a la par que no hay que masticar mucho para disfrutar de ellas. No obstante, también tengo que decir, que del medio centenar de galletas que llevé, apenas regresaron a casa una decena. De nuevo en la cocina y con más tranquilidad, busqué las posibles causas de que las galletas se diferenciaran tanto de las de mi vecina, a pesar de seguir al pie de la letra la receta que me facilitó. Llegué a la conclusión de que estiré mucho la masa con el fin de obtener más galletas y que igual las tuve más tiempo en el horno del que necesitaban. Seguiré intentándolo.

Detrás de estas galletas hay una sencilla historia de buena y grata vecindad. Cuando el huerto comienza a dar sus frutos, tengo por costumbre compartirlos con mi gente más allegada, entre las que incluyo a mi vecina. El primer día que le pregunté si le gustaban los productos de la huerta, me hizo constar que solo los tomates. Así que, desde aquel entonces, cuando llega el preciado fruto a nuestras vidas, siempre que cojo para casa, le paso una buena selección, que ella corresponde con algún cocinado o dulce hechos por ella. En una ocasión, al día siguiente de la recepción de los tomates nos sorprendió con estas galletas que son un auténtico vicio. Tanto es así, que la generosa fuente de galletas con la que nos obsequia, apenas dura tres días. 

Este pasado verano, en uno de los intercambios, le pedí que, por favor, me diera la receta. Dicho y hecho. Al día siguiente me la facilitaba en un papel escrita con su puño y letra, junto a dos pequeños moldes. A los poco días de mi primera intentona cuasi fallida, le conté lo que me había sucedido. Tiempo le faltó para presentarse en casa con una nueva y generosa fuente de deliciosas galletas de mantequilla, mor de la buena vecindad.

Ingredientes: 500 gramos de harina, 250 gramos de mantequilla, 100 gramos de azúcar, 2 huevos, 150 cl de agua (más o menos), extracto de vainilla y una pizca de sal.

Elaboración: Tamizar la harina. Añadir a la harina una vez tamizada, la mantequilla en pomada, azúcar, agua y 1 huevo. Amasar con las manos hasta conseguir una bola uniforme y extender con el rodillo. Cortar con los moldes para obtener las galletas. Barnizar con el segundo de los huevos. Introducir en el horno a 175 grados centígrados durante 20 minutos.