martes, 18 de septiembre de 2018

00804 Echar la Tarde

NADA MEJOR QUE HACER


De las muchas expresiones que tiene nuestro rico idioma, hay una que me fascina especialmente: Echar la tarde.

Lejos de ser algo que pueda parecer peyorativo, pariente de la pereza, la desgana o una forma de perder el tiempo, siempre me ha parecido un espacio temporal muy aprovechable, sobre todo para los sentidos y las relaciones sociales. Todo depende con el ánimo y el enfoque con el que se "eche la tarde". La única condición necesaria para alcanzar un buen y fructífero objetivo es tener tiempo y descartar la máxima de "no tenía otra cosa mejor que hacer". Por aquí, ya vamos mal.

Hay muchas situaciones y escenarios para echar la tarde, para echar una buena tarde.Se me ocurre, por ejemplo, quedar con un amigo al que hace tiempo no veo y ponernos al día de las cosas de fuera y también de dentro. Propiciar un paseo por el centro de la ciudad de "capazo en capazo", de saludo en saludo y acabar en la terraza de algún bar. Echar la tarde en la cocina recuperando sabores o alimentando otros nuevos. Ordenar estanterías y descubrir objetos olvidados. Ocupar un banco del parque con un libro en las manos. Mirar al cielo y leer entre nubes. Leer poesía en voz alta ahora que nadie me escucha. Ver fotografías de tiempos felices. Acompañar a la tarde con sus sonidos y luces. Jugar al parchis sin temor a comer. Visionar tres o cuatro películas, y si es posible, alguna de ellas que te haga llorar...

Está bien esto de echar la tarde. Se me ocurren más, pero en estos momentos es la tarde la que me echa a mí.





00803 Nuevos Sabores

ENSALADA DE JAMÓN Y MELOCOTÓN


El jamón, que no necesita compañía para agradar, tampoco quiere quedarse atrás en estos tiempos de arriesgadas propuestas gastronómicas y de nuevos sabores, y no para en su constante búsqueda de aliados con los que presentarse a la mesa.

Atrás queda ya el tradicional y socorrido jamón con melón para dejar paso a otras frutas con las que combinar su sabor. En esta ocasión es el melocotón quien pide la vez. Al primer golpe de vista o de oído puede que asome alguna que otra mueca en la cara como una manifestación de duda, pero cuando jamón y melocotón, en justa combinación, se presentan a modo de ensalada ante los ojos, la duda se convierte en curiosidad para a continuación pasar a la acción. El resultado no está nada mal.

Fundamental, como siempre, es el producto: Un buen jamón serrano o ibérico y un buen melocotón dulce de las aragonesas tierras fragatinas. A partir de aquí, que vuele el gusto y la imaginación con los aderezos.

La ensalada que traigo hasta aquí es de lo más sencilla. Pelar y cortar el melocotón a gajos y disponerlos en un plato individual. Sobre ellos, dejar caer finas lonchas de jamón. Sazonar la ensalada con unas gotas de aceite de oliva y de vinagre de Módena. Espolvorear unos granos de pimienta negra y finalizar el plato con una lluvia de queso rallado; un parmesano, por ejemplo. El melocotón que esté fresquito.

Para mi gusto, a quien le encanta la mezcla de lo dulce con lo salado, me dice que la prueba está superada.

lunes, 17 de septiembre de 2018

00802 Los Chipirones Afogaos

EN SU TINTA

 Regreso en este caleidoscopio vital a los fogones asturianos para traer una exquisitez de su cocina tradicional; los chipirones afogaos en su tinta. Citar a los chipirones ya es de por sí un seguro en la mesa, pero si además se trata de una cocina con sabor y templanza es para traspasar esa puerta imaginaria y personal solo permitida a los manjares.

Se trata de uno de los  platos típicos de las sidrerías asturianas y que tan bien acompaña a tan afamada bebida de trago largo e inconfundible sabor.

Su elaboración es sencilla y agradecida, salvo la  pejiguera limpieza de los pequeños cefalópodos. Una vez superada esta prueba, todo es coser y cantar.

Ingredientes: 1 kilo de chipirones, una cebolla, un diente de ajo, un chorrito de vino blanco, una cayena, tinta de calamar, aceite de oliva virgen y sal.

Elaboración: Echamos en una cazuela un poco de aceite y sofreímos un ajo picado. Cuando el ajo comienza a dorarse, añadimos la cebolla que habremos picado finamente con anterioridad. Bajamos el fuego al mínimo y cuando la cebolla esté pochada, incorporamos los cuerpos,  las cabezas de los chipirones y la tinta Removemos despacio y añadimos el chorrito de vino blanco. Sazonamos y tapamos. Dejamos la cazuela al fuego durante unos quince minutos. Transcurrido este tiempo, apagamos el fuego y dejamos unos cinco minutos en reposo y a disfrutar de este auténtico manjar.

Este tipo de platos me gusta acompañarlos con un poco de arroz aparte para evitar el continuo untar de pan. Pero bueno, un día es un día. Hoy sin arroz.

Afogar viene a significar,  cubrir y guisar a fuego lento.



00801 La Flor de la Calabaza

LA FLOR DE LA SORPRESA

Ya apunta maneras al asomar y cuando se abre a la vida, corta vida, sabe atraer mi mirar. Ha sido este verano una grata compañera en mis días de sol y huerta. Incluso hemos tenido una curiosa relación que ahora paso a describir.

En los primeros días de junio, cuando tenía repleta de esperanzadas plantas la pequeña parcela de huerto e inicié los primeros riegos, comenzaron a brotar, como no podía ser de otra manera, un buen número de hierbas que fui quitando pacientemente. Me he convertido en todo un experto. Un día observé que junto a las tomateras, borrajas, acelgas y calabacines, asomaban unas pequeñas hojas verdes bien distintas al resto de hierbajos. No sé qué me dio que se trataba de algo más que incómodas hierbas. Crecían con cierta soltura y celeridad. No las arranqué. Dejé que siguieran creciendo bajo la intuición de que pudiera tratarse de melones cuyas semillas hubiesen despertado del año anterior.

Estas desconocidas plantas comenzaron a adueñarse de todo el huerto invadiéndolo todo y "molestando" al resto de variedades. Seguía sin saber de qué planta se trataba. Al poco tiempo comenzaron a ornamentase con unas grandes flores amarillas; decenas y decenas de flores de un amarillo intenso. Era espectacular. Duraban poco, pero por cada una que se cerraba, nacían tres más.

Fueron pasando los días y esta para mí desconocida planta se había adueñado definitivamente de toda la parcela hasta el punto de convertirse en una especie de planta invasora. Observaba que mientras las plantas que no tenían cerca a este anónimo ejemplar iban creciendo, aquellas a las que les había tocado en "suerte" su compañía se mostraban acobardadas por su presencia. A todo esto, tras la flor amarilla ni un atisbo de fruto.

Un día de los que me tocaba limpiar a fondo de hierbas el huerto y ante la nula productividad de las flores amarillas, decidí arrancarlas para aliviar al resto de plantas que sí querían producir. No obstante, antes de deshacerme de ellas me aseguré de qué planta se trataba: eran calabazas.

Quité todas salvo cuatro plantas que se encontraban en una de las lindes de la parcela y que solo molestaban al perejil, media docena de esqueléticas lechugas y unas incipientes acelgas.

Los días se fueron sucediendo, el huerto empezó a dar sus primeros frutos y las plantas de calabaza continuaron adornándolo con sus espectaculares flores.

Una mañana, a punto de abandonar el huerto para regresar a casa, recordé que me hacía falta perejil. Así que me acerqué hasta el rincón donde en su día lo planté y cuando me disponía a arrancar unos tallos..... ¡oh, sorpresa! Sí,  una de las amarillas y ya anaranjadas flores iba acompañada de un pequeño y redondo fruto del tamaño de una pelota de ping pong. Animado por la ilusión del hallazgo pasé lista al resto de flores, contabilizando tres pelotas más. ¡Qué bueno!

Ahora, las pelotas de ping pong se han convertido en anaranjados balones de baloncesto. Ahora solo pienso en los empanadicos de calabaza que de aquí saldrán.




viernes, 14 de septiembre de 2018

00800 Ochocientas

SUMA Y SIGUE

El 11 de febrero de 2015 inicié esta aventura que tiene como objetivo intentar escribir sobre diez mil cosas que me gustan, a partir de fotografías que he ido realizando y que recogen momentos, sensaciones, recuerdos, asombros y querencias  para convertirse finalmente en palabra. Echo la vista atrás para visualizar el pistoletazo de salida de este proyecto personal y compartido, y observo que de lo esgrimido en la introducción de este blog hace más de tres años, aunque sigue fiel a su filosofía, no es exactamente lo que yo pretendía.


En este trienio se han sucedido algunos avatares que han influido considerablemente en mi vida y por consiguiente en mi estado de ánimo. Casi con toda seguridad, puede que sea esta la causa de la deriva gastronómica en la que se ha convertido  este caleidoscopio vital, como así lo denominó en una ocasión mi hermano Antonio. Esto, y el pudor y las barreras que me pongo para no abrirme en canal. Todavía no estoy preparado para ello.

Sea como fuere, y a pesar de los altibajos registrados en esta andadura, solo superados por los ánimos de quienes siguen fielmente el día a día de esta ocurrencia, alcanzo, alcanzamos, las ochocientas de las diez mil cosas que me gustan.

Queda mucho camino por recorrer y otro tanto que compartir. El final del objetivo ni se vislumbra, pero sí el cariño y aprecio de quienes os tomáis la molestia de dedicar cada día unos minutos a esta aventura; de este viaje que se ha convertido para mi en una necesidad. Gracias.




jueves, 13 de septiembre de 2018

00799 Las Tiendas de Ultramarinos

PEQUEÑOS OASIS PARA LOS SENTIDOS

Conozco a gentes a las que les encantan las ferreterías, los desguaces, las tiendas de segunda mano o los outles. Dicen que se pasarían, y de hecho así lo hacen, horas y horas, días y días en estos espacios. Dicen que en estos lugares el tiempo no tiene medida, que siempre se descubre algo que llama la atención, que es un entretenimiento como otro cualquiera. Dicen que son pequeños universos, según que casos, de lo útil e inútil,  que enganchan y distraen hasta el punto de convertirse en una afición. Les entiendo porque, salvando las distancias, algo parecido me pasa con las tiendas de ultramarinos.

Ya he comentado en alguna ocasión que no me gusta ir de tiendas ni ver escaparates, salvo cuando se trata de una tienda de ultramarinos. Como les sucede a aquellos, me pasaría horas y horas, días y días en estos lugares de amable y entrañable estancia. Aquí,  los olores tienen su casa donde refugiarse en un mundo y en un momento donde todo cambia con excesiva rapidez. Hasta nuestra infancia encuentra su acomodo entre latas de latón, especias y estanterías repletas de recuerdos, asombros y reencuentros.

Quedan pocas. Cada año que pasa, menos. Como diría aquel, son los tiempos modernos de los supermercados y grandes superficies. Y en medio de esta jungla de desmedido consumo, como una atractiva, personal y sugerente anécdota, sobreviven estos establecimientos de larga trayectoria que se suceden de padres a hijos sin tener un relevo asegurado. También es cierto que nada hoy en día está garantizado.

Reflexiones domésticas aparte, cuando en alguno de mis viajes "me asalta" una tienda de ultramarinos,  no puedo dejar que mis pies pasen de largo. Tengo necesidad de husmear, de olisquear, de dejar que mi asombro se pasee por estantes, sacos de arpillera, graneles y aromas a cacao, café y bacalao. Son mi pequeña máquina del tiempo necesitada de viejas emociones. Y por supuesto, comprar. Adquirir algún producto impregnado de sabor. Es mi pequeña aportación,  a modo de agradecimiento, a quienes siguen manteniendo, no con poco esfuerzo, este oasis para los sentidos.




miércoles, 12 de septiembre de 2018

00798 El San Jacobo

CON PATATAS DE LA ABUELA


Bueno, bueno, bueno, quién viene por aquí. Ya tenía ganas de que pasara a formar parte de este caleidoscopio de sensaciones, emociones y recuerdos, pero no encontraba el momento de ponerme manos a la obra. Y es que como se dice por estas tierras, "no adubo".

Parecerá una nimiedad, pero es de las sencillas y tradicionales elaboraciones gastronómicas con las que disfruto lo que no está escrito. Me parece un bocado delicioso, pleno de sabor y muy grato de comer. De auténtico disfrute.

A la hora de sentarme a la mesa intento ser comedido, aunque no siempre lo consiga. Y ya, tratándose de un buen San Jacobo, es que ya ni lo intento. Tengo auténtica devoción por él como se podrá observar. Un disfrute que comienza ya con su elaboración. Nada de pedir hacer que me hagan los "librillos" en la carnicería. Nada de eso. Me gusta hacerlos a mí. Una buena pieza de lomo de cerdo y a ejecutar de forma concienzuda. "Librillos" más bien fino y a ser posible todos iguales. Extenderlos sobre la tabla y sazonar. A continuación, poner "letra" a los librillos; un buen jamón cocido o serrano y un buen queso cremoso que se deshaga en la boca a la hora de ingerir el bocado. Doble rebozado de huevo y pan rallado, cerrar con un palillo atravesado, tal y como aprendí de mi madre,  y a burbujear en la sartén en  un buen aceite virgen de oliva. Y por supuesto, acompañado con patatas al estilo de la abuela Genoveva. No se puede pedir más.

He tenido curiosidad por conocer el nombre dado a tan por mí loada exquisitez. Después de consultar varias páginas en internet aquí va un curioso resumen. Según wikipedia, su nombre hace referencia a Santiago-Jacobo-Yago, patrono de la ciudad de Basilea, Suiza, y a la peregrinación por parte de cristianos hasta Santiago de Compostela. Se trataba de un tipo de plato a base de filete de ternera sólo apto para el consumo por parte de los cristianos, al contener jamón, prohibido para los judíos en el Levítico y también para los mulsulmanes en el Corán, y queso.

En otras entradas leo que procede de las posadas y hospederías del Camino de Santiago en las que se obsequiaba con este plato a los peregrinos que hubieran hecho algún tipo de gesta, ya que en aquella época se consideraba un plato de lujo. También se cuenta que era un plato reivindicativo; el que lo consumía demostraba que no tenía sangre judía o musulmana.

Es una receta que tiene alguna que otra parentela: el Cordon Bleu, un escalope de ternera enrollado alrededor de una loncha de jamón y queso y empanado; los cachopos asturianos, dos filetes de ternera grandes y entre ellos, jamón serrano y queso; o los flamenquines andaluces, jamón y queso envueltos en finos filetes de ternera empanados y fritos.