Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de agosto de 2026

01770 De Manera Imprevista

 UN ANALGÉSICO NATURAL


La jornada no ha comenzado del todo bien. La convivencia, ese máster al que nos vemos obligados a estudiar cada día, no ha concordado con los apuntes recopilados. El calor, con lo que me gusta, empieza a hacerse bola en mis rutinas. El huerto, al que siempre acudo feliz y dispuesto a entregarlo todo, este año se me está haciendo muy, muy cuesta arriba. Las flores se agostan en las tomateras, las judías ni están ni se las esperan, algunas plantas han fenecido en el intento y no acabo de asear la parcela, a pesar de los cientos de viajes que he realizado llevando hierbas al contenedor. Y por si todo esto fuese poco, tengo un dolor de espalda y de rodillas, que no me tengo en pie. Sin contar con la hernia inguinal de la que me tengo que operar, pero que no encuentro el momento. Vamos, que hoy ha sido uno de esos días para olvidar. La suerte que tengo es que, a pesar de que a los días le salgan nudos, siempre encuentro algo que me ayude a desanudarlos. También hoy, de manera imprevista, como acostumbra a suceder, lo he hallado.. Me explicaré.

Con todo lo anteriormente dicho a cuestas, y cuando llevaba una decena de viajes realizados a un contenedor próximo al huerto con el carretillo lleno de hierbas, he estado a punto de tirar la toalla. No podía más. De hecho, he pensado en descargar la última carretada, recoger los bártulos y regresar a casa. Pero ha sido, justo al volver una esquina de la calle para dirigirme al contenedor de hierbas, cuando ha aparecido ante mis ojos una imagen espectacular, que ni la mejor IA podría regalarme. He dejado de caminar y me he separado de la carretilla, para embobarme me he quedado embobarme con una imagen de esas que atrapan. Con el teléfono he capturado varias instantáneas del mágico momento, aunque no hicieran del todo justicia a la imagen real y natural. He ido contemplando cómo el sol cambiaba de tonalidades entre una nube que parecía no querer compartirlo con nadie. Un paradójico contraluz al que han acudido muy pocas sombras.

Después de varios minutos de contemplación emocionada, he vuelto a mis quehaceres, olvidándome por completo de las fatigas, de los dolores, de la jornada y de que la carretilla que llevaba ya entre mis manos iba a ser la última. Es curioso cómo en un día torcido, una simple imagen puede llegar a enderezarlo. Ha sido un buen analgésico.

Cuando he regresado a casa y he leído la prensa digital, me he informado de que muy próximo al paraje donde había capturado las imágenes, se había producido un incendio, felizmente controlado. Alguien me ha hecho ver, que posiblemente las tonalidades observadas se debieran al humo y cenizas del incendio. Puede ser. Solo sé, que sigo mirando las imágenes y me siguen pareciendo, en su humildad, como un bálsamo, un antídoto contra el decaimiento.  






lunes, 16 de octubre de 2023

01194 La Badina del Retiro

 TAMBIÉN LOS PARAJES NECESITAN ATENCIÓN Y COMPAÑÍA


La luz se posaba con suma calidez y delicadeza sobre todos los protagonistas del paraje. También el cielo, sin querer entrar en competencia, mostraba su más limpia cara, exenta de cualquier mínima mancha sobre su piel. Se trataba, sin duda alguna, del escenario idóneo donde descargar su realidad, casi permanentemente en crisis.

En estas situaciones, acostumbraba a sentarse en la roca más alta, que parecía querer custodiar la pequeña badina que, el río, ayudado de otras rocas y grandes piedras, había formado en su base. Antes de dejar caer sus nalgas sobre la roca, tenía a bien limpiar de pequeñas piedras y otros objetos, a priori fastidiosos, para evitar molestias innecesarias en salva sea la parte. Una vez sentado, suspendía sus largas piernas, con los pies descalzos, sobre, para él, pequeño abismo. No se llevaba bien con las alturas, pero en su opinión, "todo tenía una excepción".

Antes de comenzar a dar voz a su íntimo silencio, le gustaba tirar a la badina las pequeñas piedras que podía alcanzar con sus manos y escuchar cómo el agua se las iba tragando, tras un discreto y familiar glup. Eran instantes de calentamiento. Vista puesta en las transparentes aguas, ausencia de pensamientos y acomodo en la piedra. Cuando el "divertimento" había llegado a su fin, por no alcanzar en su entorno de 360 grados más piedrecillas que tirar, comenzaba con su perorata sobre el principio dudoso de sí mismo y su infructuoso destino. Poco o casi nada había avanzado desde que iniciara este ritual, y de esto hacía ya unos años. Parecía estar cómodo repitiéndose, una y otra vez, los mismos argumentos entorno a su reiterada infelicidad y continuos enfrentamientos consigo mismo. 

Quienes le conocían y apreciaban, le aceptaban tal como era. Y si alguna vez, no siempre, anunciaba que se iba a la badina, sabían que algo no iba bien. Nada grave ni serio, simplemente que alguna opresión se había infiltrado en su cabeza o en el fondo de su corazón. Era un momento de ausencia pasajera, al que nada, por más que lo habían intentado, podían aportar,

Ese día, como tantos otros, cumplió a rajatabla con su guion. Limpió la piedra en la que iba a sentarse, no se sabía por cuanto tiempo, se acomodó sobre la roca, descalzó, dejó colgar sus largas piernas sobre el "abismo" y empezó a tirar pequeñas piedras sobre las cristalinas aguas de la badina. Cuando se quedó sin piedras que arrojar, hubiera tenido que, según el esquema tantas veces repetido, empezar a enumerar las acostumbradas preguntas sin respuesta sobre su inconformista y mediocre vida, salpicado todo, con episodios y situaciones recientes de convivencia mal gestionadas. Pero no, ese día, contra todo pronóstico, no hubo continuidad en el guion. Con el último guijarro lanzado al agua, permaneció inmóvil mirando hacia la badina durante unos minutos. Después, levantó la vista, fotografió el paraje con su mirada, se levantó, calzó y con los brazos abiertos lanzó al aire un sonoro GRACIAS. Ese día de acostumbrado retiro para él, solo quería acompañar a quien tanta compañía, a cambio de nada y con su silencio, le había brindado en los últimos años. 

Un repentino viento agitó las hojas de los árboles y onduló las calmadas aguas de la badina.   





lunes, 21 de agosto de 2023

01178 El Encuentro

Y UN OLVIDO


Todo estaba preparado para un nuevo y esporádico encuentro. Y en el horizonte, la esperanza de poder decirnos todo aquello que llevábamos acumulado y callado desde hacía años. Estábamos bien, nos queríamos y alegrábamos, cómo no, cuando nos veíamos, pero los dos sabíamos que nuestra relación sería más completa y sincera, si acabábamos por desempolvar, sin acritud y sin ánimo de hacernos daño, los mudos reproches, nunca verbalizados. Nada importante, pero necesario sacarlos a la luz. De vez en cuando, se necesita limpiar la memoria de dudas y de malos entendidos. Ocupan mucho lugar y no son nada deseables.   

El jardín lucía en todo su esplendor. Los magnolios, a falta de sus monumentales y llamativas flores, mostraban un aseado verdor. Del césped, recién cortado, fluía un intenso olor que a los dos tanto nos gustaba. Recuerdo que en una ocasión me dijo, "si hubiese que poner un aroma a la felicidad, este sería el de la hierba recién cortada". 

El sol comenzaba a calentar el paradisíaco escenario, mientras unos trinos amenizaban la espera. Nos sentamos en dos de las tres sillas que custodiaban una solitaria mesa ubicada en medio del jardín. Un cortado con la leche fría para ti y un café americano para mí. Comenzamos a hablar de las cosas más variadas e intrascendentes. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas, llenando los puntos suspensivos que dejamos en nuestro último encuentro. Reímos, nos miramos, también hubo silencios, nos volvimos a mirar... y ella que no llegaba. El tiempo se iba acortando. Nos esperaban para comer. Tenía la esperanza de que ella aparecería en cualquier momento. Entonces, en un intento de alargar el encuentro, mostré interés por uno de sus múltiples proyectos. Siempre andaba metido en proyectos. Sabía que, dadas las circunstancias, algunos minutos ganaría a la espera y en la confianza de que ella aparecería, aunque fuese tímidamente. Todos mis esfuerzos fueron inútiles. Sonó el teléfono. Estaban sentados ya a la mesa y nos esperaban para comer. 

Todo estaba preparado para un nuevo y esporádico encuentro. Y a la palabra, se le olvidó acudir a la cita. 

sábado, 1 de julio de 2023

01150 La Higuera

UNA CUESTIÓN DE PERSPECTIVA


Existe un abismo entre lo que pensaba y hacía hace treinta o cuarenta años, y mi actual realidad. Dicen que es ley de vida. Será así y también así lo constato.

En la década de los 90, en sus inicios, conocí a Chomin, un creativo/publicista muy curioso, de amena conversación y muy vitalista. Coincidimos en una agencia de comunicación y publicidad madrileña. Peculiar mundo este en el que solo fui capaz de aguantar un año. Doce meses que fueron suficientes para que Chomin y yo entabláramos una cordial relación de amistad. Tanto es así, que aunque yo abandoné la agencia o la agencia me abandonó a mí, nunca lo tuve muy claro, seguimos manteniendo la amistad. Cuando yo iba a Madrid quedábamos a cenar para contarnos nuestras dichas y  penas, y si él venía por Huesca, por motivo de trabajo, también hacíamos por vernos. Incluso, casados ya los dos, él en segunda convocatoria, pasó unos días en casa junto a Pilar y su bebé Marina. 

Hablábamos mucho. Mejor dicho, él hablaba mucho; yo solo me quejaba de mi suerte. (Obsérvese que no digo ni buena ni mala suerte, simplemente, digo suerte) Podíamos estar horas y horas dándole a la lengua. Me gustaba. Me resultaba muy gratificante. Él era un poco más mayor que yo y con un recorrido en la vida, algo más sustancial que el mío. De sus parlamentos siempre aprendía alguna lección que con posterioridad intentaba llevar a la práctica. 

Muchas de aquellas conversaciones, una gran mayoría de índole laboral, han quedado ya en el olvido. De otras, todavía me acuerdo. Pero hay una, que más que una conversación era un monólogo, que no sé por qué, me acuerdo como si solo hubiese pasado un rato. Además, siempre, siempre que veo una higuera, me acuerdo de aquel amigo que fue Chomin y de su pasión por la higuera. Chomin me decía: "Dame una higuera y seré feliz".

La cita no era suya, sino de un amigo suyo, según me dijo. Y a partir de aquí, desarrollaba toda una teoría sobre la felicidad, la paz interior, la ausencia de estrés, el paso del tiempo, la vida, la relatividad de las cosas, lo superfluo de lo material...y todo, debajo de una higuera. Yo, más bien le entendía poco, pero le dejaba hablar y hablar hasta que se le acababa el carrete. Concluido su monólogo, más bien se trataba de varios monólogos sobre el mismo tema y en sucesivos días, es decir, la higuera, era cuando yo comenzaba a pensar. "Teniendo toda una vida por delante, me decían mis pensamientos, apasionados como éramos de nuestras respectivas profesiones, tiempos aquellos en los que nos comíamos el mundo, muchos sueños por cumplir y todo por hacer, a cuento de qué, una higuera podía ser el centro y cobijo de nuestra felicidad". No acababa de entenderlo y menos compartirlo.

De aquellos recuerdos han pasado ya treinta años. A Chomin le perdí la pista. Nuestros caminos se separaron tanto que ya no se han vuelto a encontrar, ¡Una lástima! Ahora, raro es el día que no me acuerdo de él. En el huerto tengo una higuera, una hermosa, frondosa y fructífera higuera. En mi quehacer diario la observo constantemente. Me hace compañía en la soledad de los días. Le hablo. Toco sus hojas. Cuando llega la época de sus frutos, allá para septiembre, los saboreo y disfruto. Y me siento a pensar bajo su cobijo o simplemente, me dedico a estar. Me encuentro a gusto bajo su sombra.

Lo que daría por reencontrarme con Chomin para manifestarle que ahora entiendo aquello que en su día no comprendía. Para compartir con él los pensamientos que fluyen bajo la higuera. Y sobre todo, para reconocerle que tenía toda la razón al decir aquello de "Dame una higuera y seré feliz". Sí, Chomin, soy feliz.





 



jueves, 1 de septiembre de 2022

01042 El Canon de Pachelbel (Relato)

LARGO DA SÉ (FARO)


Era un luminoso día de verano. De esos con los que se hacen las postales. Había que madrugar. Una agradable y plácida ciudad lusitana, Faro, capital del siempre atractivo Algarve, al sur de Portugal, aguardaba mi caminar para mostrarme sus encantos.

Con los primeros pasos fui leyendo mis apresurados apuntes tomados a vuela pluma la noche anterior minutos antes de acostarme. “De origen prerromano, fue uno de los centros neurálgicos de la región del sur de Portugal, en un sistema basado en el intercambio de productos agrícolas, pescado y minerales”.

A simple vista me pareció que se trataba de una ciudad cuidada y acogedora. “En el siglo VIII fue ocupada por los árabes, quienes impulsaron su fortificación. En 1249 sería conquistada por el rey portugués Alfonso III. En 1755, un terremoto destruye parcialmente la ciudad. En 1834, tras la implantación del liberalismo, se convierte en la capital del Algarve”.

Animado por cuanto veía, me adentré en el área peatonal donde se localiza la zona comercial, capitaneada por las plazas Ferreira Almeida, Libertad y Francisco Gomes. Aparentemente la percibí como una ciudad eminentemente turística. No llegué a contar el número de aviones comerciales que volaron sobre mi cabeza. Fueron muchos. Decenas de aviones en un continuo despegar y aterrizar. Casi se podían tocar con la mano.  El espectáculo visual lo tenía a izquierda y derecha de mis pasos, pero a cada “rugido” de motor de avión, un resorte en mi cuello hacía elevar mi mirada hacia el cielo. “Su casco antiguo está lleno de vías peatonales y sugerentes cafés con terraza donde tomar un respiro. Además del turismo, se desarrollan otras actividades económicas como la pesca, principalmente el atún, la industria conservera y la exportación de frutos y corcho”.

El disfrute extremo de la ciudad llegaría cuando traspasé el Arco da Vila, “de estilo neoclásico y construido sobre las ruinas de una puerta que formaba parte de la muralla musulmana original”, que me introdujo en su casco histórico, en la parte vieja, conocida como Vila Adentro. Desconocía en ese momento que lo mejor, el inolvidable recuerdo que me llevaría de esta ciudad que da al mar de la ría Formosa, todavía me estaba esperando.

Tras callejear, admirar y disfrutar, llegué a la plaza Largo da Sé, donde se encuentra la catedral de Faro. “También conocida como iglesia de Santa María, fue mandada construir por Alfonso IV, tras la reconquista cristiana en 1251, sobre los restos de una mezquita musulmana”. A mis ojos les pareció una plaza acogedora, extensa y muy limpia. Sí, me llamó la atención lo aseada que estaba. Había muy poca gente, tan escasa que, aunque no recuerdo el número exacto de personas, llegué a contarlas. Aproveché esta circunstancia para fotografiar sin agobios el magnífico escenario en el que me encontraba: la catedral, unos hermosos naranjos con sus frutos, plantados en el perímetro de la plaza, la estatua que la preside, del obispo Francisco Gomes do Avelar…  Recorrí el lugar por todos los rincones hasta que decidí, un tanto cansado y acalorado, sentarme en el suelo, frente a la catedral, a la sombra de un naranjo. “La catedral es en la actualidad un compendio de estilos arquitectónicos, si bien, a grandes líneas, puede ser asimilada al periodo de transición romántico-gótico y al renacimiento. De su iglesia primitiva tan sólo queda en pie la imponente torre porticada de la entrada, cuya tercera planta, aparentemente en ruinas, nunca fue rematada”.

Un joven se acercó a mí para ofrecerme una pequeña caja de hermosas y rojas frambuesas. “Son solo cinco euros”, me dijo. En ese momento no me apetecía meterme nada en el estómago. Me encontraba bien como estaba. Disfrutar de una plácida jornada y recrearme con un hermoso y pintoresco escenario urbano era más que suficiente. Pero también era cierto, que los apetitosos frutos ofrecidos no se podían desperdiciar. Tenían una apariencia muy atractiva y hasta seductora.  Luego igual me arrepentía. Así que decidí comprar una caja para saborear su contenido más tarde.

Del interior de la seo comenzó a salir gente. Mucha gente, acicalada para una especial ocasión. Tenía toda la pinta de ser una boda. “El interior de la catedral, de tres naves de cuatro tramos sobre columnas dóricas y techumbre de madera, es del siglo XVI, y alberga el Museo Catedralicio, donde se pueden contemplar varios objetos litúrgicos, imágenes, pinturas y vestimentas religiosas de gran belleza. Su capilla, de estilo gótico, se encuentra bajo un techo artesonado revestido de azulejos del siglo XVII. Su presbiterio exhibe un valioso retablo renacentista”.

Sí, se trataba de una multitudinaria boda. Al aparecer los desposados por la puerta de la catedral, los asistentes iniciaron un descompensado y bravío canto. Sólo pude desearles a los recién casados, para mis adentros, toda la felicidad posible y una vida plena de prosperidad. “En 1577 la catedral se convirtió en sede de la Diócesis Episcopal del Algarve. En 1596 fue saqueada y quemada por las tropas británicas del conde de Essex. Fue reconstruida después de los terremotos de 1722 y 1755. El campanario inacabado manifiesta la atribulada vida de este edificio. Merece especial atención los conjuntos de talla de madera y el órgano rojo de madera pintada, adornado con motivos chinescos. Se puede subir a lo alto de su torre medieval para disfrutar de las vistas panorámicas de la ciudad amurallada”.

La plaza comenzó a llenarse de más gente, no sé si atraídos por el espectáculo de la boda o por que era la hora de que la plaza rebosara de turistas como yo. Al rumor de voces y de cánticos festivos se sumó la música de un violín. Pensé en un principio que se trataba de un elemento más del enlace matrimonial. Sonaba realmente bien. Mientras mi mirada se entretenía con el gentío, la catedral y los naranjos, divisé la figura del violinista. En ese momento estaba interpretando un delicioso vals. Concluí entonces que, efectivamente, iba en el pack de la boda. También es cierto que nadie bailaba. Y qué importaba si el músico estaba con la boda o simplemente tenía por costumbre tocar en esta plaza por capricho, para airear su arte o para sacarse unos cuartos. Sonaba bien y para mí, era el colofón a una fantástica mañana.

Poco a poco la plaza fue adquiriendo el aspecto que presentaba a mi llegada. Los integrantes de la boda habían desaparecido dejando un rastro de confeti y cintas de colores. Del gentío, apenas quedaba una docena de personas paseando al ralentí. El calor comenzaba a dejarse notar. Y ajeno a todo, el violinista, apostado a la sombra de la seo, continuaba interpretando emotivas y sentidas canciones que retenían mi partida. Me encontraba a gusto, y en los tiempos que corren, por fuera y por dentro, a estos instantes hay que sacarles todo el néctar posible.

Me levanté del suelo como pude, después de tan larga sentada. Mis huesos ya no están para este tipo de festivales. Una vez conseguida la verticalidad de mi cuerpo, me dispuse a abandonar el escenario que tan amablemente me había acogido en las últimas horas. No habría dado ni media docena de pasos cuando el violinista inició la interpretación de una nueva pieza musical.  El sonido de la melodía me ancló al suelo. Rápidamente busqué la figura del músico. Seguía allí, cobijado a la sombra de la catedral, ajeno al mundo y regalando una sonrisa a quien se acercaba hasta él para darle unas monedas por su arte y trabajo.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, el mismo que acostumbra a visitarme cada vez que escucho la pieza que estaba interpretando mi desconocido músico: el Canon de Pachelbel. Una composición musical que desde que la escuchara por primera vez, en los inicios de la década de los ochenta, en la oscarizada película de José Luis Garci, “Volver a empezar”, entró en mi vida para quedarse. Se acomodó en lo más sensible de mi ser, para a través de ella, expresar y compartir un buen puñado de emociones.

Absorto e inmóvil dejé que la música lo ocupara todo. El mismo escenario me pareció distinto. Al igual que la hermosa luz que inundaba el día, que los naranjos, que la seo tan reiteradamente mirada, que mi puntual bienestar… Todo, mientras sonó la atractiva melodía, me pareció sutilmente distinto.

Acabada la magistral interpretación musical, volví al ahora, y antes de que el violinista prosiguiera con su concierto callejero, me acerqué hasta él.  No hice ademán ni mostré intención alguna, que el músico ya me había adelantado su sonrisa. Le saludé a la par que depositaba un billete en el abierto estuche de su violín. Miré su contenido y pude comprobar que no se le había dado mal la mañana, a tenor de las monedas y de algún que otro billete que se esparcían a lo largo y ancho de la funda del instrumento de cuerdas. Me alegré. En estos casos, valorar y cuantificar el resultado económico es un tanto atrevido y arbitrario. Con todo, me alegré.

Lamentablemente ando muy escaso de idiomas. Entre otras, es la asignatura pendiente que siempre me acompaña. Así que, en lugar de intentar entablar una breve conversación con él, es lo me hubiese encantado hacer, me limité a trasladarle un sencillo “muchas gracias, que tenga un buen día”. A lo que el violinista contestó, “igualmente, que disfrute de su estancia en Portugal”.

Mi ya inolvidable violinista, de cerca observé que tendría en torno a los cincuenta años de edad y bien parecido, hablaba un correcto español, así que no desaproveché la oportunidad. Comencé por mostrar mi satisfacción a su forma de interpretar y dominio del violín.  A lo que él me respondió: “Muchas gracias. Son muchos años de estudio y dedicación”. Le pregunté a continuación cómo es que hablaba tan bien mi idioma. Me indicó que había vivido en España, entre Madrid, Valencia y Barcelona, cerca de diez intensos años, trabajando con formaciones musicales, impartiendo clases de música e incluso, cuando las cosas se ponían feas, de camarero o de pinche de cocina. Me dijo guardar un grato recuerdo de aquellos años, al igual que los que vivió en Francia, Inglaterra e Italia. Ahora, llevaba cuatro años afincado en su Portugal natal, de donde no tenía intención de moverse, impartiendo clases de música y actuando en la calle, que era lo que más le entusiasmaba. “El estar casado con un violín, finalizó sonriendo, tiene estas cosas. No tienes que dar cuentas a nadie, si acaso a mi felicidad”.

Me pareció observar que ya no quería hablar más, que lo que estaba deseando era volver a calzarse el violín sobre el hombro y continuar tocando a pesar del poco público ya existente. Antes de despedirme le hice saber lo magistralmente que para mí había sonado su interpretación del Canon de Pachelbel, una de mis piezas musicales más ensoñadoras. Él solo me contestó: “No tiene mal gusto, señor. También para mí es una de las partituras más icónicas”.

Cuando me dispuse a abandonar la plaza Largo da Sé, me cercioré que llevaba en mi mano derecha un envase de plástico vacío. Era el envase que contenía unas hermosas y rojas frambuesas que había comprado nada más llegar a este lugar. No recordaba ni cuando me comí la primera, ni tampoco la última. Solo el fresco y dulce sabor de mi boca delataban que sí, que me las había comido. Por un momento llegué a pensar que todo había sido un nuevo sueño envuelto en el Canon de Pachelbel.

Un día de agosto de 2018.

 

CANON DE PACHELBEL

El Canon y giga en re mayor para tres violines y bajo continuo; en el original alemán: Kanon und Gigue in D-Dur für drei Violinen und Basso Continuo, también conocido simplemente como el Canon, es la obra más conocida del compositor alemán de música barroca Johann Pachelbel.

Pachelbel compuso esta obra alrededor de 1680, siendo originalmente una obra de música de cámara para tres violines y bajo continuo. Con posterioridad, se han realizado arreglos para una gran variedad de instrumentos y conjuntos. El Canon es muy conocido por la progresión armónica de los instrumentos de cuerda, que lo han convertido en una de las piezas más reutilizadas en la música académica contemporánea.

 

 

 

 

 

 









sábado, 11 de junio de 2022

01000 Mil

 DE DIEZ MIL COSAS


Acabo de mirar que el 11 de febrero de 2015 inicié este caleidoscopio vital, como así fue definido por mi añorado hermano Antonio. Han pasado siete años desde aquel día en el que me marqué como objetivo escribir sobre diez mil cosas que me gustaran e ilustradas con imágenes que fueran marcando mis días. Podía caber de todo; paisajes, gastronomía, personas importantes en mi vida, relatos, recuerdos, pueblos y ciudades, abstracciones..., pero sobre todo, desde un principio he querido plasmar y compartir sensaciones,  emociones y espacios de encuentro.

Recuerdo que comenté el proyecto a la gente de mi entorno. Recuerdo también que no fue muy bien entendido y que incluso llegaron a pensar, esto simplemente lo intuyo, que se trataba de una fernandada más, como tantas otras. Lo percibía en sus caras.

En lo que sí que coincidieron en indicar a los que trasladé mi aventura, es en lo excesivo, por inalcanzable, del proyecto. Diez mil cosas son muchas cosas, me decían. Solo enumerarlas ya costaría. Me sugerían que bajara el listón y que lo colocara en quinientas o mil cosas a las que prestar mi atención. En ese momento, ilusionado por el proyecto como estaba (ahora, con algún que otro altibajo lo sigo estando) me pareció factible alcanzar las diez mil cosas. 

Llegado a este punto, y como siempre, tengo que reconocer que en el término medio está la virtud y el equilibrio. Soy consciente de que las diez mil entradas no las llegaré a escribir por más que me lo proponga. Pero también es cierto que si hubiera hecho caso a los que me aconsejaban reducir el número, el blog, hoy, hubiese llegado a su fin. 

Echo la vista atrás y no sé si han sido largos o cortos estos siete años en los que han pasado muchas cosas,  tanto en lo personal como en este planeta. Como contradictorio que me considero, hay días que me parece que fue ayer y otros que ha pasado una eternidad. Vuelvo a leer la introducción que escribí hace siete años y tengo que reconocer que me he ido un poco de su filosofía inicial. Es algo que, al parecer, no he podido controlar.

Tengo muchas dudas sobre este blog. Calidad e interés al margen, tengo ya una edad como para dejar ya de demostrar nada. Para mí, lo único cierto es que lo sigo necesitando. Necesito de su existir porque me hace seguir ilusionado, porque me ayuda a aprender a escribir, a quitarme prejuicios, a seguir idealizando la vida, a mirar esta con otros ojos y otras perspectivas..... y porque me hace feliz. Creo, me digo, que son motivos suficientes como para seguir hacia adelante, hasta donde llegue.







miércoles, 8 de junio de 2022

00998 Sueños de Papel

 IN MEMORIAM


Son las diez de la noche de una noche cualquiera de 1987. En la radio de la pequeña ciudad sonaba Mark Knopler y su aplaudido Local Hero. Una voz daba salida a un programa que invitaba a soñar durante dos horas: "La noche es el país donde habitan los sueños y la radio monta guardia para que nadie los rompa, porque los sueños son débiles y frágiles como el papel. Ayúdame a no romper mis sueños de papel". 

Hoy, querido, entrañable y añorado amigo Ángel, revisando unos papeles me he encontrado con una carta que publicaste cuando dejé, laboralmente,  mi querido Monzón por tercera y última vez, y en la que recordabas aquel "Sueños de papel" que tanto nos unió.

La casualidad ha querido que diera con este documento a las diez de la noche, la hora en la que comenzaba el programa y que tantos sueños aglutinó en torno a él. ¡Qué curioso!. 

He vuelto a leer la carta con el mismo cariño con el que imagino tú la escribiste. Tengo que confesar que me he vuelto a emocionar recordando tantos y tan buenos momentos que nos brindó nuestro "sueños de papel". Al recordar nuestras largas conservaciones, una vez acabado el programa, y que parecían no tener fin. Al recordar nuestra complicidad, tú en el control, y yo frente al micrófono, para llenar la noche con los sueños e ilusiones de toda la gente que pasó por los micrófonos de Radio Monzón. Para  mí, el poder realizar ese programa ya era un sueño, igual que para ti. 

Hace algunos años ya que nos dejaste, no así para mis buenos recuerdos. El azar o la casualidad ha querido que esta noche diera con esa carta y traerte así, querido Ángel, a este caleidoscopio vital. Siempre en mi recuerdo.


martes, 29 de marzo de 2022

00957 Los Entornos

 EL REFUGIO CÓMODO


Los entornos son paisajes amigos,  atentos y callados. Del silencio hacen virtud y de caso paso un alivio necesitado.

Acompañan silbándote al oído una canción de bienvenida, mientras vislumbras una inexplicable ternura. Nada es extravagante y alocado. Su sencillez y humildad son su rúbrica.

Entre árboles, campos, cielos y horizontes nada en el entorno es aburrido. Todo es aprovechable, ordenado en el desorden, placentero y sentido.

Abanico de imágenes que son como besos de un despertar dominical. Sin prisas, sin horas que mirar, sin meta que alcanzar. Pequeños cuadros que solo se pueden colgar en el corazón una vez aprendidos en el transcurrir de los días.

No hay pereza en los entornos. Su actitud es de espera, de permanente y tenaz espera. Se asoman a tu pequeño mundo en un perfecto equilibrio sin riesgo. Astutos y silenciosos penetran por las  ventanas que son tus ojos, triunfadores, joviales y esplendorosos.


Son el escaparate de una tienda de ilusiones. Mucho dónde elegir, mucho dónde agarrarte, nada que desperdiciar. Lo imaginario y lo real tienen cabida en los entornos sin murallas. 

Mira el entorno, cierra los ojos y reúne todas tus fuerzas evitando el desaliento. Frente a frente, sin dar la espalda, acortando la distancia. Comprueba que no tienes alas para escapar y sumérgete en ese paraje que te llama, espera y abraza. Es el refugio cómodo donde descansar tus sueños.



sábado, 26 de febrero de 2022

00938 Hablar con los Paisajes

 LLAMADME LOCO


Sí, sí, llamadme loco si así se os antoja, pero me gusta hablar con los paisajes. De tanto platicar con ellos, al final se les acaba cogiendo cariño sea cual sea su condición.

No hace falta presentación alguna. Están allí, en su quietud, en su incansable laboreo, en el pasar de sus días, dispuestos a escuchar y a ser escuchados. Les da igual que estés de pie, sentado o tumbado. No hay protocolo escrito. Todo les va bien, hasta el variable y confuso estado de ánimo. Tienen una constatada y dilatada experiencia para adaptarse, como camaleones, a cualquier situación que se les presente. Tampoco les importa quien lleve el peso de la conversación ni quien sea el primero en iniciarla. También en esto son expertos conversadores.

Dejan hablar, porque saben escuchar. No interrumpen ni pisan la palabra. Saben discernir dónde está el límite entre conversar y discutir. Quizás radique aquí su encanto, por lo menos para mí que acostumbro a esquivar los conflictos y las discusiones sin sentido.

Son maestros de la lírica y profesionales de la palabra exacta. Tanto es así, que aunque sin ellos pretenderlo, te hacen sentir muy pequeñito y hasta insignificante. Pero hasta esto me gusta cuando entablo conversación con ellos. Siempre aprendo algo, hasta de su silencio.

Son pacientes y respetuosos. Nunca les he visto mirar el reloj, porque nuestros encuentros son "non tempus", ni plantear excusa alguna para dar por terminado nuestro diálogo. Solo hay un pero y es que todavía no he conseguido darles un fuerte abrazo o un buen apretón de manos cuando llega la despedida. Todo se andará.

Sí, sí, llamadme loco si así se os antoja, pero me encanta hablar con los paisajes.





domingo, 2 de febrero de 2020

00900 Algo Que Escribir

UNA NECESIDAD

Cuando acababa de seleccionar las imágenes para dar forma a una nueva entrada de este caleidoscopio vital, me he dado cuenta de que he alcanzado la número novecientas. Se dice pronto, apenas cuesta pronunciarlo algo más de un segundo; si me recreo, NO VE CIEN TAS, puede llegar a los dos segundos. Pero lo cierto, lo objetivamente cierto, es que llevo cinco años, con altibajos, demasiados diría yo, empeñado en esta larga tarea.


De cómo nació este proyecto personal, de su razón de ser y en lo que se ha convertido, me da la impresión de que hay alguna que otra diferencia, además de un ligero cambio de timón en su rumbo. No ha sido algo voluntario. Digamos que el transcurrir de los días y de los años, los estados de ánimo, los quehaceres y destinos, los vientos y suspiros, así lo han decidido.

En un principio, las imágenes seleccionadas para esta entrada tenían que ver con unos mini sandwichs que aprendí a elaborar este pasado verano y que me parecieron deliciosos. La gastronomía, una de mis muchas pasiones, acaparan buena parte de las cosas que me gustan que aquí voy compartiendo.  Al observar que se trataba de una entrada con número redondo, nueve cientos, he creído oportuno cambiar el sentido del post y que esta trasladara algo que tuviera que ver con la esencia del blog de aquellos inicios.

Con frecuencia me pregunto, y en alguna ocasión me preguntan, el por qué de este blog. Creo que cada vez doy una respuesta distinta. No es por despistar, es que no sé muy bien su razón, si es que tiene alguna. Solo sé que a lo largo de los años su existencia se ha convertido en una necesidad. En las temporadas que lo dejo abandonado por una causa u otra, lo echo de menos. Siento que le falta algo a mis días. No sé muy bien por qué, pero sencillamente es así.

Abandonada la idea inicial de los mini sandwichs, he vuelto a rebuscar entre las miles de imágenes que guardo. Mares, paisajes, montañas, lugares emblemáticos, cielos y nubes, plantas, senderos, atardeceres, jardines, puertas y ventanas, calles... Nada de todo lo visto me acababa de convencer para recibir a la entrada número novecientas. Cuando no encontraba el título adecuado, me faltaban palabras para describir el momento y recuerdo de la imagen. Y si no era así, el relato pensado no terminaba de convencerme. A punto de desistir y de retomar los deliciosos mini sandwichs, sin esperarlo en mi desespero, ha llamado a mi cabeza la razón de ser de este blog y el por qué sigo empeñando mi tiempo en él: Algo que escribir. Sí, ese es el sentido de las diez mil cosas que me gustan; el lugar donde saciar, plasmar y contentar a la necesidad vital de tener algo sobre lo que escribir.

Escribir sin trascendencia alguna, solo por el mero placer de alinear palabras para vestir sentimientos desnudos, recuperar olvidos, compartir escenarios comunes y sabores de infancia, recrear sentidos o
almacenar esperanzas.

Hace tiempo, mucho tiempo, me enganché al poeta que quiso escribir una noche los versos más tristes. Hace tiempo, menos tiempo, alguien me dijo, "escribe, hermano, escribe, aunque solo sea para sentirte vivo". Desde uno y otro tiempo, albergo la necesidad de tener siempre algo que escribir, aunque las letras y los renglones se pierdan.






viernes, 14 de septiembre de 2018

00800 Ochocientas

SUMA Y SIGUE

El 11 de febrero de 2015 inicié esta aventura que tiene como objetivo intentar escribir sobre diez mil cosas que me gustan, a partir de fotografías que he ido realizando y que recogen momentos, sensaciones, recuerdos, asombros y querencias  para convertirse finalmente en palabra. Echo la vista atrás para visualizar el pistoletazo de salida de este proyecto personal y compartido, y observo que de lo esgrimido en la introducción de este blog hace más de tres años, aunque sigue fiel a su filosofía, no es exactamente lo que yo pretendía.


En este trienio se han sucedido algunos avatares que han influido considerablemente en mi vida y por consiguiente en mi estado de ánimo. Casi con toda seguridad, puede que sea esta la causa de la deriva gastronómica en la que se ha convertido  este caleidoscopio vital, como así lo denominó en una ocasión mi hermano Antonio. Esto, y el pudor y las barreras que me pongo para no abrirme en canal. Todavía no estoy preparado para ello.

Sea como fuere, y a pesar de los altibajos registrados en esta andadura, solo superados por los ánimos de quienes siguen fielmente el día a día de esta ocurrencia, alcanzo, alcanzamos, las ochocientas de las diez mil cosas que me gustan.

Queda mucho camino por recorrer y otro tanto que compartir. El final del objetivo ni se vislumbra, pero sí el cariño y aprecio de quienes os tomáis la molestia de dedicar cada día unos minutos a esta aventura; de este viaje que se ha convertido para mi en una necesidad. Gracias.




sábado, 20 de enero de 2018

00620 Cincuenta Kilómetros

O CÓMO DISIPAR TEMORES

“Los primeros días me extrañaba, hasta que descubrí que los paisajes de Aragón no pertenecen al espacio, sino al tiempo, no son pues, paisajes, sino instantes. Hay que saberlos mirar como quien mira un instante; como quien mira el instante fugaz cara a cara. Una vez descubierto su secreto, no los cambiarías por ningún otro paisaje del mundo”

Incierta Gloria. Joan Sales

Subo la persiana de mi dormitorio. El día ha amanecido fresco y luminoso. No me da tiempo a recrearme en mucho más. Es muy posible que si lo haga, dé un último sorbo al café y vuelva a introducirme entre las sábanas todavía calientes y somnolientas.
Esta noche no he dormido bien. La inquietud y el sobresalto le han quitado el protagonismo al sueño, a ese sueño al que cada noche escasamente  le es necesario un
Padrenuestro para conciliar.   

Hacía años que no me levantaba a fumar, a quemar un cigarrillo. Me ha sentado fatal y recordado a mis días de resaca. Me incomoda el recuerdo, el sabor en mi boca de la nicotina a deshoras y el olor del tabaco entrada la noche.

Abro la puerta de casa. De la mano me acompañan la ilusión y algo parecido al miedo.
La ilusión ante un nuevo horizonte, ante un nuevo reto,  y el temor a un nuevo fracaso.
Sí, ya sé, todo es discutible. No hace falta que me lo repitas más veces. Es condición humana. Son algunas de mis humanas condiciones. Una y otro son libres  para asirse a cualquier piel. Hoy como ayer, como tantas otras veces, han elegido la mía. Ya te contaré cómo me va el día.

Se me hace raro estar a estas horas ya en la calle. No recordaba a qué olía una ciudad recién despertada. Cerca de dos años en el dique seco del mundo laboral dan para olvidar muchas sensaciones y hasta el cotidiano aspecto de los  lugares comunes. El portero de la finca se ha sorprendido cuando me ha visto. Me ha preguntado si pasaba algo, si había surgido algún problema.  Hasta el coche me ha parecido que se alarmaba cuando he introducido la llave en la cerradura.

Pongo el cuenta kilómetros a cero. Conviene de vez en cuando poner las cosas a cero, en un vuelta a empezar, en un borrón y cuenta nueva. Esta es una de esas oportunidades.
Ya estoy con el incómodo y molesto carraspeo de garganta. Que no, que no es del tabaco. Son los putos nervios, la inseguridad y la maldita ansiedad. Si lo sabré yo que vengo escuchando mis adentros desde hace casi sesenta años. Por Dios, qué vértigo.
¡Sesenta años! No sé por qué pero el número me acaba de chirriar de manera alarmante. ¿Y si lo pronuncio más bajito? Seeeeseeennntaaa. Todavía es peor. Suena amachacón y penetrante recordatorio.

Mejor escucho la radio. Aunque no sé si es una buena idea. Mucho me temo que no será portadora de buenas noticias. Hace algún tiempo escuché decir a alguien que” hay días en los que despertar en este país da mucha pereza”. Sonreí. Es mi versión corregida de
“hay días en los que sólo apetece ir cambiando de oreja en la almohada”.

Sin darme cuenta he fijado mi vista en el cuenta kilómetros que hace unos minutos he reseteado. Justo en ese instante, el siete ha dejado acomodo al ocho. Apago la radio. No estoy para tragedias ni para salvadores de la patria ni para líderes de opinión. Lo único que deseo en este momento es encontrar distracción a mis miedos e inseguridades. Esto, y calmar mi ansiedad y carraspeo de garganta. Cuando llego a este extremo me remito y recito mentalmente un poema anónimo, “El Ideal”,  que se abrió amis ojos por primera vez cuando mi alma todavía daba cobijo a muchos credos. Unos versos anónimos como los suspiros con los que me tropiezo por la calle en el caminar de cada día. Un poema de humilde y certero decir en el que se describe una bella  estampa repleta de armonías y donde  el ideal de vida se convierte en algo intangible,  sólo alcanzable ya para los sueños que buscan descanso en su sempiterno vagar. Un ideal que memoricé cuando todos los errores estaban todavía por equivocar. Unos versos que se quedaron grabados para siempre como un recordatorio, como una oración a la vida, de por vida. Me tranquilizan, hacen que me sienta bien.

“Una casa y no más: blanca y sencilla,/lejos del mundo y de los hombres vanos./ Un huerto en que frutezca la semilla/por la virtud humilde de mis manos/y del sudor labriego de mi frente./…”

A ochenta y noventa, no más, y muy pendiente de la carretera. Hacía tiempo que no transitaba por aquí. Recordaba un trazado en peores condiciones. Ten cuidado con los tractores y los camiones, sobre todo en los tramos estrechos, no te vayan a echar a la cuneta. Todo controlado.

“…Una vida sin odios cortesanos/ ni incertidumbres del placer presente,/ni angustias mensajeras del mañana,/ni envidias, donde el mal abre su fuente./Una vivienda pobre y aldeana,/cerca del bosque, y que del mar, amigo/ de mi risa infantil no esté lejana./…”

Los inicios son difíciles y el volver a empezar se me antoja excesivamente incierto. Echo la vista atrás en busca de posibles señales que puedan ayudar al presente. Mala práctica esta. Muchas veces los recuerdos son como andalocios, como esa lluvia decorta duración e intensidad sin apenas efecto. Como boira preta que escasamente te deja vislumbrar el camino.
 
“…En su quietud, a solas, sin testigo,/he de labrar el alma como el huerto,/del vendaval poniéndome al abrigo./Mi brazo en la labranza se hará experto./Aguzaré del alma las pupilas/cuando en negrura el orbe esté cubierto/y las obras de Dios yazgan tranquilas./…”

La carretera se estrecha más si cabe. Un árbol, un solo árbol que ahora reconozco al final de un ligero desnivel, desplaza la vía unos escasos centímetros a la izquierda. La luna del coche se convierte entonces en una fantástica pantalla donde se proyecta una primavera que vuelve con las zapatillas calzadas. Nuevas, relucientes. Mi viajar se incorpora, de  buen agrado, con mis zapatos de antaño impregnados de polvos y barros, de arenas y sales de otros parajes. Una primavera que me dice al oído que esté tranquilo, que el caso es caminar. Caminar sin cansar, sin detener el paso. Ralentizar la marcha si es preciso, pero nunca parar. El camino se hace necesario para los pies inquietos y las mentes despiertas.

“…Gustaré, de la amada biblioteca/la fruta idónea, entre apretadas filas,/cuyo zumo no se agria ni se seca./El alma vestiré del recio lino/que la historia hubo hilado con su rueca./  Y acaso, cuando el gallo matutino/a medianoche el aquellarre ahuyente,/iré a  besar con amoroso tino/el rostro sonrosado y sonriente/del infante gentil que hayamos hecho/en instantes de amor, puro y ardiente/…”

Mis sentidos se incorporan al camino, no así mis pensamientos que siguen inmersos en un zancocho sin saber de qué hilo tirar. Y me pregunto, ¿qué hago aquí yo? Por un momento tengo ganas de adentrarme en cualquier camín de la margen y dar la vuelta. La mente es muy peligrosa cuando le das rienda suelta. No, hay que seguir. Es necesario continuar para no dar luego voz al arrepentimiento. Mejor abandonarme a la luz y al color que me presta este instante,  como cuando el estandarte se abandona al viento. Asirme a sus embrujos como si llevaran consigo la llave maestra de todas las respuestas.

“…Después reclinaré sobre tu pecho mi cabeza cansada y cavilosa;/y será un paraíso nuestro lecho./…

Veinticinco kilómetros. Pocos me parecen después de tanto trasiego. Como diría mi amigo Jesús, “estoy tresbatido y tanta faina en mi pensar se me inca”.  Veinticinco kilómetros intentando  ahuyentar al pánico y la angunia que me atenazan cuando pienso en mi nueva y temporal situación. Sí, otros quisieran llorar con mis ojos. Es una oportunidad que no debería  desaprovechar. Es lo que toda la vida has estado haciendo y te gusta. Siempre has dicho que habías sido un privilegiado y que lo que eres, es gracias a ella.

A mi derecha,  un pintoresco y agrupado carrascal parece querer darme la bienvenida.
Le saludo también en señal de cortesía. Ser cortés cuesta muy poco. Me gusta que mis ojos coleccionen imágenes, que estén bien abiertos y atentos ante la fabulosa e irrelevante robustez de las cosas. Sin bergoña y con descaro. Mirar y aprender con la intensidad y pasión que permita el instante. Curiosear para albergar asombros y murmullos que se esconden firmes, tranquilos, tras vértigos esperanzados. Es la belleza o quizás el curso inadecuado del camino, ajeno a mi voluntad, que hace que mi cuerpo se estremezca, de repente, ante la imagen descubierta. Una feliz sensación que hace conciliables las cosas opuestas. Un privilegio que va más allá de lo que se puede advertir. Nunca sabes cuando las vas a poder necesitar. Igual mañana a la vuelta de un descuido. O quizás luego, cuando el bostezo sea un previo aviso. Puede que nunca y que sólo sean números en un archivo sin nombre. Me gusta hacer provisión de imágenes para un por si acaso, para inventar una historia o perderme de nuevo, en algún momento, entre el agua, el cielo, la rama o la borda. Recordar un instante de luz, de paz queda, de camino ligero y sin defecto.

En tiempos de sin quiazer, me gusta recrear secuencias desprovistas de olores. Rendirme ante su sutileza en un intento por regresarme de nuevo. No molestan. Nada piden, ni siquiera una atención de cortesía antes dicha. Son como sorpresas guardadas en cajas olvidadas que te devuelven a un tiempo sin palabras. Emociones, cosquilleos y pizcos de nostalgias ante una curiosa mirada. Son como los abrazos, las caricias, los besos o las palabras de aliento que guardas por si algún día te hacen falta.

Los campos comienzan a enseñar ya sus verdores y con ellos reaparecen en mi tránsito mis cábalas y debilidades. ¿Pero qué hago aquí yo? Si no soy capaz de distinguir el ordio del alfalze. Si una hectárea para mí es un mundo y un litro de agua es lo que cabe en la botella del frigorífico de casa. Aún hay tiempo para reblar. Apenas una treintena de  kilómetros y estaré de nuevo en casa, con todas mis inseguridades, pero en casa. Apuraré el café, haré otro si es preciso, saldré a la terraza, observaré la sierra, dejaré la vista pasear por el parque, buscaré figuras entre las nubes, encenderé un cigarrillo y me disculparé por no saber afrontar el destino.

“…/Al otro día, entre la luz brumosa, veremos en las flores el rocío,/…”

No se hable más. En el siguiente camín que vea y sea posible, me daré la vuelta. No hay por qué sufrir de forma innecesaria. Todo en su justa medida. Me sonrío. En su justa medida. Y lo dices tu, un ser de espíritu desmedido, que tan pronto toca el cielo con los dedos como escarba en la tierra y no precisamente para encontrar algo. Lo dices tu, el ser acostumbrado a escribir su historia en dientes de sierra. Tantas entradas a los campos y ahora que me urge una, parece que se han ido todas de pingoneo. Dita sea la Ley de Murphy. Igual después de aquella regüelta…

¡Qué espectáculo! ¡Qué emocionado espectáculo en una llanura que refresca y relaja la serenidad y armonía de las cosas! Es la vista de un paisaje que penetra en el alma para quedarse. Un paisaje en verde, variable como la vida; intenso, suave, susceptible a matices y contrastes. De extremos excitantes y de perfecta neutralidad entre los extremos. Verde neutral que en su justa combinación domina todas las cualidades positivas en los acordes cromáticos. Y sobre el amable y relajado paraje en verde, unos torrollones se elevan como enigmáticas y juguetonas figuras. Esculturas que la naturaleza ha depositado en un paraje ávido de referencias.
 
Su visión no cansa. Equilibra, tranquiliza y amortigua pesares. Color de lo natural y quintaesencia de la naturaleza. Verde vida de nacer y renacer para la esperanza. Húmedo, fresco y camaleónico: “la hierba de cerca parece menos verde”, aprendí y constato cada día. Germinar, brotar, reverdecer, es la llamada de la primavera, de la vida que vuelve a reclamar un sitio con próspera vitalidad y ánimo renovado. Verdor de una dicha en la placidez de la memoria entre susurrados cantos que llenan de apasionados deseos el ingrávido espacio.

Color de Venus y Afrodita, de jardines, praus y esperanzados campos de sudores labriegos. Color de juventud, de vigor y lozanía, de ilusión y anhelo. Del todo por hacer desde la innata inmadurez. Verde, verdor, verdura para la esperanza ya desesperanzada.
Verdura, verdor y verde para pintar un futuro desprovisto de color rebelde. No me canso de mirar y cuanto más miro, más admiro. Me desfonda más fijarme en la insolencia de cada día o en la falta de atención desatendida. Me encuentro feliz desde mi modesta, transeúnte y humilde posición de mirar.

Mirar me complace y satisface. Sólo mirar y dejar que el tiempo pase. Mirar como el juega el agua con el viento y los maizales. Un rito, un baile al son de la melodía que baja desde la sierra. Un baile de cintas sueltas que hermosean un paisaje que cada vez se asienta más en la emoción de mis pupilas. Un ligero aire se incorpora al paraje de extasiado mirar para hacer creer al campo que ahora es mar.  Mirar para no desfallecer en la diaria labor doméstica de cada jornada. Como el pequeño filósofo, tampoco voy a contar mi vida, que sea el mirar con su color y su aliento quien la escriba. No me canso de mirar y cuanto más miro, más aliviado respiro.

La matutina luz se posa suave y delicadamente sobre los campos agradecidos de esperanzados verdores. Quietud y calma. Silencio, que no despierte el alma ahora que está calmada. El triunfo de la vida vuelve para mostrar sus trofeos como cada primavera. No hay miedo ya, el color no engaña. Entre verdes se posa el aliento y entre las veredas, la ilusión busca un nuevo aposento. Quiero jugar a ser verde, que ayer ya fui pesar. Jugar entre los verdes calmados y en paz. Un ciprés, de los que todavía creen en Dios, se alza airoso, sin complejos, hacia un cielo cercano y azul, sin competir para no defraudar. Y a su verdor le digo, no me busques entre las necias palabras ni en las falacias de los hombres necios. Tampoco entre el ruido de los pasos en la calle que anuncia el camino hacia un paraíso apenas comprometido. Búscame a tus pies de tus verdes campos, en cualquier verde infinito de jóvenes espigas y yerba humedecida de cualquier abril. Y si no escuchas mi respiro será porque ya no existo. Seré entonces tan solo una brizna de verde alma acompañada. Apenas un suspiro, una leve caricia de terciopelo, un beso con sabor a silencio, un descanso reposado donde dormir los sueños despiertos, esos sueños que no hacen daño.

El trayecto ha llegado a su fin. Me siento tranquilo y alegre. Ya no hay carraspeo en mi garganta ni ansiedad que controlar. Y en cuanto al miedo,  el justo, el de cualquier vuelta a empezar.  Por el retrovisor del coche miro agradecido al paisaje de un instante, clavado todavía, por siempre y para siempre en mi alma. Los paisajes “hay que saberlos mirar como quien mira un instante; como quien mira el instante fugaz cara a cara. Una vez descubierto su secreto, no lo cambiarías por ningún otro paisaje del mundo”.

Mientras recojo la negra mochila del asiento del copiloto antes de abandonar el vehículo que me ha traído hasta aquí, mis ojos se detienen en el cuenta kilómetros: 000050.

Cincuenta kilómetros son los que separarán cada día las  inseguridades de la  confianza en el futuro, de la mano de un paisaje con olor a primavera.


“…y la tierra estará como una rosa recién nacida./Yo diré: Dios mío,/ que no nos huya nunca tanto bien./Y al yo besarte, me dirás: Amén.”