martes, 19 de noviembre de 2019

00880 Calabacines en Salsa de Tomate

ARRABIATA, ENFADADA


Rellenos con distintas variedades, a la plancha, en crema, salteados, en tortilla, en puré, en tempura... La generosidad del huerto obsequiándonos con decenas de calabacines ha sido este año excepcional. De aquí que haya tenido que echar mano de una amplia batería de recetas con el calabacín tanto como protagonista como de actor secundario e incluso en la cocina de aprovechamiento que tanto me fascina.

El caso es que en una ocasión saqué a pasear a la popular plancha "Princess", que hacía tiempo tenía olvidada, y me puse a hacer verduras como si no hubiese un mañana. Berenjenas, cebollas, pimientos verdes y un magnífico ejemplar de calabacín fueron pasando de forma ordenada por la ardiente plancha. Ya en la mesa, el disfrute de sabores y texturas fue algo excepcional. Dimos buena cuenta de todo salvo de las monumentales ruedas de calabacín que parecían multiplicarse en la bandeja.

Al día siguiente, cuando me disponía hacer la comida, observé que en el frigorífico se habían ido acumulando varios restos, entre los que se encontraba una salsa elaborada con tomate también de la huerta. La cosa estaba clara: Ese día comeríamos calabacines con salsa de tomate en mi afán, costumbre y enseñanza heredada de que "en esta casa no se tira la comida".

Me surgió entonces un pensamiento, ¿y por qué no enfadar a la salsa de tomate? Unas piparras,que levantaban boinas y que no sabía qué hacer con ellas, podrían enojarla de forma sobresaliente. Así que me puse manos a la obra. A la salsa de tomate le añadí una cebolla bien picada, dos dientes de ajo también muy picados, una piparra troceada, un poco de aceite de oliva y sal;  lo que viene a ser una versión de la famosa salsa "arrabiata" italiana.

Una vez cocinada la salsa y catado su nivel comestible de enfado, calenté las ruedas de calabacín en el microondas y vertí sobre ellas el preciado líquido rojo.

De esto han pasado ya varias semanas y todavía me relamo.







lunes, 18 de noviembre de 2019

00879 De Sorpresa en Sorpresa

APARTHOTEL BÚBAL


Fue el colofón a una mañana perfecta de sorpresas y asombros en el otoño altoaragonés: Espectáculo y belleza natural allá donde dirigieras la mirada. El paisaje y los detalles, las formas y contrastes se iban almacenando en un mirar inquieto y deseoso de inesperadas imágenes. El hermoso valle de Tena volvía a invitar a ser disfrutado en toda su extensión. Apacible, apetecible y armonioso; toda una experiencia para los sentidos deseos de aprender y conocer.

Llegó la hora de alimentar el cuerpo, que el alma ya estaba algo saciada. Para dar cumplimiento a ello me dejé llevar por los gustos y el conocimiento gastronómico de la zona de mis compañeros de viaje. El destino, el restaurante "Los Artesanos" del Aparthotel Búbal. Desconocía su existencia, así que fui abierto a cualquier sorpresa. Se trataba de un complejo turístico de apartamentos con servicio de restaurante, "Los Artesanos", ubicado en las proximidades del embalse de Búbal, a unos cinco minutos de la localidad de Panticosa.

La primera visión ya me gustó; piedra y madera para su construcción y en un enclave natural, de postal. Una vez dentro del restaurante, me resultó un espacio cómodo, amplio y acogedor,  aún cuando estaba a rebosar de clientes. Lo mejor vendría después tras acceder a su gran jardín y ver todo lo que atesoraba. Era como tener reunido y recogido todo el otoño a un golpe de vista con sus olores limpios y profundos en contraste con las férreas y vigilantes montañas que en ese momento se dibujaban difuminadas por la niebla y bajas nubes. ¡Qué manera de disfrutar y curiosear! Aquí me hubiese quedado, en el silencio del color, si no es porque me llamaron para elegir mi comanda.

Me apetecía todo lo que había en el menú que proponían para este día: ensalada de queso, guiso de garbanzos, canelones, coliflor con bechamel, costillas a la plancha, merluza a la romana.... Al final me decidí por unos canelones, costillas y tarta de chocolates. El resultado, generosas raciones, bien cocinadas, sabrosas y con un buen servicio tanto en atención como en rapidez, lo que es siempre de agradecer y valorar. El menú, con café, agua, vino y gaseosa, 15 euros por cabeza.

Hablé poco en la comida, raro en mí, pero es que la vista se me iba continuamente hacia los ventanales y todo el espectáculo que a través de él se vislumbraba. Me pareció un pequeño lujo inesperado. El café, a pesar del fresquete que hacía, huelga decir que lo tomé en el jardín disfrutando del colorista panorama que terminó por atraparme. Un ¡Nano, que nos vamos! me devolvió a la ajetreada jornada. Todavía había mucho que disfrutar y muchas eran las sorpresas que me aguardaban en un día otoñal en el valle de Tena. Del Aparthotel Búbal y de su restaurante "Los Artesanos" me llevé una tarjeta y este hecho para mí, es una buena señal.














domingo, 17 de noviembre de 2019

00878 La Tortilla Francesa de Cebolla

BIEN POCHADITA


Sin querer, se ha convertido en todo un clásico de las cenas y de alguna que otra comida en familia. Todo empezó una noche cuando una de mis hijas llegó a casa hambrienta y agotada de estudios y gimnasio. Apenas traspasó el umbral de la puerta de entrada a casa, pronunció su  tradicional "Hola, buenas noches, qué tal".  Casi al unísono le acompañé en su acostumbrado guión: "Estoy cansadísima". Y a renglón seguido, su pregunta de costumbre, "¿qué puedo cenar?", con respuesta también de costumbre, "¿qué te apetece?"

Pensé que por su boca saldría el tradicional bocata de...., pero no. Error. Contra todo pronóstico me pidió que si le podía hacer "una tortilla francesa de cebolla, con mucha cebolla, y bien pochadita".

Creía conocer sus gustos gastronómicos y ciertamente su petición me descolocó. Sabía que le gustaba la cebolla pero no hasta este punto. Su sorprendente petición, intuyo, imagino, vino provocada por la visión de un par de preciosos y deliciosos "cebollones", tipo Fuentes, que había traído hacía unos días del huerto y que dejé en la mesa de la cocina. Imagino e intuyo, conociéndola, que se haría su composición de lugar y que desde que los viera, les habría escrito su destino.

Nunca había hecho una tortilla francesa de estas características, así que abordé su elaboración con la ilusión y el entusiasmo de la primera vez. La gracia de esta tortilla estriba en pochar una buena cebolla en un buen aceite de oliva virgen. Una vez pochada, es conveniente depositar la cebolla en un colador para que desprenda todo el aceite que haya cogido durante el cocinado. Solo restará batir un par de huevos, sazonar la cebolla e incorporar los ingredientes a la sartén para elaborar la susodicha tortilla.

Esa noche no me dio tiempo de preguntarle a mi hija cómo estaba la tortilla. Bastó un plis plas para dejar el plato limpio. No hice pregunta alguna, su mirada, una mirada que bien conozco, lo decía todo.

Hoy he estado en el huerto y he traído a casa un par de cebollones. Intuyo qué cenaremos esta noche.










viernes, 15 de noviembre de 2019

00877 Castilsabás

DOMINANDO EL PAISAJE

Habría pasado a sus pies decenas de veces hasta que en una ocasión, movido por un proyecto fallido, decidí pasear por sus calles y regalarme imágenes de piedra y paisaje. Acudí con el interés de recrear mis sentidos como acostumbro hacer cuando visito un pueblo por vez primera.

Me llamó la atención la búsqueda de altura de la localidad para dominar el paisaje. Sabia decisión, pues el entorno es espectacular, de los que no importa el tiempo que haya que empeñar para disfrutarlo.

El paseo por la empinada calle del pequeño pueblo hubiese estado marcado por la soledad a no ser por la improvisada y bien recibida compañía de un entrañable perro que no me dejó desde que me apeé del coche hasta que volví a subir a él para seguir el trayecto. Daba la impresión de que nos conociéramos de toda la vida. Yo alguna cosa perruna le decía, mientras él me miraba. Si me detenía para hacer alguna fotografía, él se sentaba sobre sus patas traseras en modo espera. Si proseguía mi caminar, él hacía lo propio, pausadamente, muy cerca de mí, como un buen colega.

Jalonada por robustos y bien cuidados edificios, la calle, tengo que confesar, me supo a poco. Era tal el silencio y la quietud que se respiraba, que por un momento me dio la impresión de ser un intruso en medio de una bella postal de algún recóndito lugar.  Casi sin darme cuenta, se me apareció, en curioso equilibrio, la iglesia parroquial dedicada a San Antonio Abad; una edificación de regulares proporciones, de tres naves de planta rectangular y una torre no muy alta.

Pero lo mejor todavía estaba por llegar. Al final del trayecto, donde un cementerio pide oración, la vista se sube a una atalaya para contemplar un edificante paisaje. Al sur, el somontano en pleno verdor, era primavera; y al norte, la siempre sugerente sierra de Guara de azulados contrastes. Me quedé entusiasmado. Mi compañero, el can, me miraba como queriendo regresarme y yo no sabía como explicarle que no había prisa, que para mí era una visión necesitada. No recuerdo cuánto tiempo estuve deleitándome con el olor a limpio y la vista traviesa, solo sé que me pareció un lugar entrañable, otro de los muchos que deparan nuestros pueblos en su tenaz supervivencia.

De regreso al coche, y siempre en compañía de mi improvisado "colega", me detuve delante de una puerta para fotografiarla. Me gustan las puertas y por estos lares hay unas muestras magníficas. En ese preciso instante se abrió el acceso que estaba fotografiando y apareció una señora de mediana edad. Tras cerrar la puerta se advirtió de mi presencia y de forma amable me interrogó si quería entrar a visitar el "Horno de pan comunal de Castilsabás", recuperado en el 2015 por la Diputación Provincial de Huesca, el Municipio de Loporzano y la Asociación de Castilsabás. Y así lo hice. Fue el colofón a una espléndida y gratificante mañana. El horno, cuya visita recomiendo desde este humilde blog, me pareció una preciosidad. Cualquier día lo traeré hasta este caleidoscopio vital.

La amable vecina también me invitó a visitar las antiguas escuelas, ahora destinadas a local de la Asociación de Castilsabás y local social. Me dijo que vivía en Huesca y que, como tantos otros vecinos, pasaba aquí los fines de semana y la época estival. Y me habló de su infancia y de los días felices en esta pequeña localidad. Mientras le escuchaba, me pareció adivinar emoción en sus ojos y en cada una de sus palabras. Palabras emocionadas que uní a mis pasos en la despedida.

Ah! mi improvisado amigo, como buen anfitrión, me acompañó hasta la salida de la localidad. Y sí, regresaré para volver a disfrutar de un pausado y sentido paseo.

Nota: La localidad de  Castilsabás, con algo más de 20 habitantes, pertenece al municipio de Loporzano y dista de Huesca 12 kilómetros. Próxima a Castilsabás se encuentran la ermita de Nuestra Señora del Viñedo, desde la antigüedad centro religioso de toda la zona conocida históricamente como Abadiado de Montearagón, y el Molino del Viñedo, un molino aceitero referencia de esta actividad de la economía rural de tiempos pasados.

















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martes, 12 de noviembre de 2019

00876 La Ensalada Bicolor

TOMATE CON BACALAO CONFITADO


Aunque se han hecho de rogar, finalmente los preciados tomates se han comportado con generosidad y su presencia en mi también preciado huerto ha sido muy profusa. Esto ha provocado, además de una inmensa felicidad, que durante el verano y el otoño haya experimentado un buen número de combinaciones a la hora de sacarlos a la mesa, más allá del consabido y tradicional tomate con ajo, aceite y sal, humilde y delicioso, por otro lado, arreglo.

En esta ocasión, la combinación de sabores viene facilitada por las sobras de un espléndido lomo de  bacalao confitado. Mi primera intención pasaba por recalentar el pescado en el micro y acompañarlo con unos pimientos verdes fritos, pero allí estaba un no menos espléndido tomate rosa que no dejaba de mirarme y suplicarme que le diera la oportunidad de respirar otros aires.

Tras agradecer al vegetal la súplica, tomé el tomate entre mis manos, lo pelé, lo corté en rodajas transversales y acabé por disponerlo en el plato. Solo restaba coger el bacalao en frío, trocearlo y dejarlo caer sobre él. El aceite puro virgen de oliva, la sal y la pimienta negra acabarían por completar la faena.

El resultado, como no podía ser de otra manera, excepcional. Cuando iba a llevarme la combinación a la boca me pareció observar un guiño de complicidad en el tomate y una leve sonrisa en el bacalao. O sería una alucinación.







lunes, 11 de noviembre de 2019

00875 El Reencuentro Otoñal

EN BUSCA DE SENSACIONES


El deseado color se amontona alrededor de mis ojos con aliento de nostalgia. Es el preciso momento donde el color se posa sobre el paisaje como un puñado de semillas dispuestas en coordinada confusión.

Olas de armonía barnizada tamizan un paisaje de cielo, aguas, tierra y piedra. Desde el horizonte me llegan palabras amarillas y flamígeras traídas por apenas un susurro de viento. Son palabras certeras, aprendidas como una letanía en el transcurrir de los tiempos.

Me siento con la vista puesta en el vértice del paisaje. Me recreo mientras viajo en un vaivén de sensaciones que me llevan de la bruma al brillo, de la copa al valle, de la rama a la hoja tan cambiante.

Con qué satisfacción cierro los ojos y me niego a percibir otras imágenes que no sean estas y de las que tan solo me separan un hilo cuidadosamente entretejido.

Adormiladas sensaciones se deslizan a través de los bosques en busca de una irresistible emoción. Estamos de nuevo aquí unidos: Tu, exhibiendo tus coloridos vestidos; y yo, refugiándome entre tus costuras de naturaleza tangible.

Es el perpetuo reencuentro otoñal profundamente arraigado a la búsqueda de sensaciones y de la reconciliación. 






viernes, 8 de noviembre de 2019

00874 La Huerta en Tempura

VOLVER A EMPEZAR

Hoy es el día de retomar las diez mil cosas que me gustan. Hacía tiempo que quería reiniciar este caleidoscopio vital, esta misión imposible que dejé en el olvido hace aproximadamente un año, pero nunca encontraba el momento. Siempre había alguna fugaz excusa para no hacerlo.

En estos casi doce meses ha habido de todo en mis días: Nuevos fracasos profesionales, sentidas pérdidas irreparables, crisis personales, decepciones... y entre medio de las zozobras, pequeñas cosas que me han seguido congraciando con la vida y con mi vida. Durante este tiempo, he ido acumulando imágenes para cuando llegara el momento de retomar el proyecto. Viajes, enclaves, paisajes, gastronomía, sensaciones, destinos, situaciones... han sido las principales dianas de mi visor a la espera de palabra.

Aún una vez decidido a que de "hoy no pasa", han vuelto los pretextos. ¿Por dónde empezar? Antes de que se repitiera la situación de otras tantas veces y que sirviera de nueva excusa, he querido cortar por lo sano: Algo que tenga que ver con un pedazo de tierra llamada huerta y que tantas alegrías me ha regalado, que tanto bien me ha hecho su cuidado y donde en los últimos meses he dejado enterradas un buen número de tristezas y penas. Un día le dedicaré su merecido y largo recorrido. 

Precisamente,  hoy ha tocado la recogida de la versión veraniega y con ella los últimos frutos de una generosa temporada. Así que he pensado darme un homenaje por todo lo alto y comer sus delicias en tempura, como si de un festín se tratara. Un cocinado que aunque me entusiasma, no acostumbro a abusar de él, lo que se traduce a que cuando lo elaboro, el disfrute se multiplica por diez. Calabacines, berenjenas, pimientos verdes y piparras han pasado por el fácil preparado de tempura en el que un día me instruyó mi querido Antonio Arazo. Tan sencillo como añadir harina a una cerveza bien fría hasta conseguir una masa ni muy líquida ni muy espesa. Introducir cortados a tiras o en rodajas en la masa los vegetales elegidos y freír en abundante aceite. Servir con unas escamas de sal Maldon por encima. De vicio su sabor, crujir y disfrute.