lunes, 12 de febrero de 2024

01262 Las Navajas con Salsa de Aceite, Ajo y Perejil

 AJOPEREJIL


Para mis humildes entendederas, el ajoperejil es una de las salsas que más capacidad tiene de realzar el sabor de muchos de los platos que cocinamos a diario. Se elabora en un visto y no visto, es un buen acompañante y se atreve con todo.

Los puristas de los sabores de los alimentos en su más estricta esencia, pensarán que estoy diciendo una barbaridad. Y puede que así sea, pero a mí, aunque sea de vez en cuando, me encanta incorporarlo, en su justa medida, a según qué alimentos.

En esta ocasión, las "agraciadas" han sido unas navajas a la plancha. Habitualmente, cuando las consumo, lo hago sin acompañamiento alguno. Ni tan siquiera con el consabido limón. Tal cual, salidas de la plancha. Tenía mis dudas al respecto, pues igual el ajoperejil les comía todo el sabor. Pero no, no ha sido así. Se han complementado bien y el resultado ha sido excepcional. 

De vez en cuando, me gusta transgredir las normas sin hacer daño a nadie, por supuesto. Y en este caso, ha sido todo un placer. Repetiré.



01261 La Cataplana Portuguesa

SEÑA DE IDENTIDAD GASTRONÍMICA DE "EL ALGARVE"


Recreándome con las fotografías de uno de mis viajes a las siempre apetecibles tierras portuguesas, me he topado con la primera cataplana de arroz con pescado que probé en el Algarve. La cataplana es uno de los símbolos de esta tierra portuguesa; una cazuela muy llamativa y peculiar, de forma esférica, en la que se disponen todos los ingredientes que se van a cocinar.

Según he podido leer, apenas existe documentación escrita sobre los orígenes de este utensilio de cocina. No obstante, el gastrónomo portugués Virgilio Gomes apunta que en el siglo XVI se la conocía como “conserverira” o conservera y que se puede apreciar en una ilustración en un libro publicado en 1570, “Opera dell´arte del cucinare, de Bartolomeo Scappi, cocinero del Papa Pío V.

La cataplana no es solo un utensilio de cocina, sino también las elaboraciones que propicia. Al decir de los estudiosos, los artesanos portugueses descubrieron en esta pieza las peculiaridades de una confección a baja temperatura y una lenta cocción con resultados sorprendentes. “Lo idearon mediante la unión de dos marmitas de metal noble que se cerraban como un lacre para garantizar un excelente sabor y la preservación de los aromas”. Primero utilizaron el zinc como material base, para posteriormente elaborarlas en cobre, que es como se conocen en la actualidad.

Pero la cataplana, como he mencionado con anterioridad, no es solo el nombre de un utensilio de cocina hecho de cobre, con forma de concha, sino también, el apelativo de los sabrosos platos que se preparan en él. La variedad de propuestas es innumerable: arroces, en toda su extensión y expresión, almejas, carnes, pescados… Es tal el protagonismo que tiene este utensilio en el Algarve portugués que, en junio, en la localidad de Castro Marim, se organiza la Fiesta de la Cataplana.

De aquella primera cataplana de arroz y pescado, y que tanto interés tenía en probar, recuerdo dos cosas: su extraordinario sabor y que me puse las botas, tanto, que antes de sentarme al volante de nuevo, tuve que darme un buen paseo. Y es que me pasé comiendo veinte pueblos. La susodicha cataplana llevaba mucho cilantro, planta que no es del agrado de Gloria. Así, que por no dejar más de media cataplana, me la fui comiendo casi hasta reventar. Quizás, si que es cierto, que sabía excesivamente a cilantro y que se apoderaba del sabor a pescado. Pero bueno, a mí no me desagradó. También es cierto que las degusté mejor en ocasiones futuras.

Aunque no he hecho nunca en casa una cataplana, lo que le falta a nuestra cocina doméstica, otro utensilio más para sacarnos definitivamente de casa, comparto una receta de la Escuela de Turismo y Hostelería de Lisboa.

Ingredientes: 1 kilo de mezcla de pescados (raya, rape, cazón…), 400 gramos de almejas, 300 gramos de gambas, una cebolla, 6 patatas, un pimiento verde, un pimiento rojo, 2 tomates, 20 gramos de pulpa de tomate, 5 gramos de pimentón dulce, 2 dientes de ajo, 50 ml de aceite de oliva, una hoja de laurel, perejil, hierbabuena, sal, pimienta y 100 ml de vino blanco.

Elaboración: Cortar el pescado en cubos de un tamaño similar. Cortar las cebollas en medias lunas, las patatas y los tomates en rodajas, los pimientos en juliana y los dientes de ajo en rodajas gruesas. Para preparar la cataplana, colocar en la base un generoso hilo de aceite de oliva, seguido de la cebolla, los ajos, la hoja de laurel, los tomates, los pimientos y las patatas. Todo en capas. Agregar un poco de pulpa de tomate y repetir el proceso. Sazonar con sal y pimienta, un poco de pulpa de tomate y pimentón dulce. Colocar el pescado sobre la última capa y sobre ésta, las almejas y las gambas. Rociar con el vino blanco y un chorro de aceite de oliva. Tapar y dejar cocinar a fuego medio bajo durante 30 minutos. Servir con hierbas frescas picadas.

 

  

 





domingo, 11 de febrero de 2024

01260 Una Necesidad

 PARAJES LIMPIOS Y SINCEROS


De pronto,
todo me pareció gris.
El cielo, la calle, el horizonte,
el pasado, el presente, el futuro...
Todo se dibujó del color de la ceniza.

La necesidad de agarrarme a algo
durante un momento,
trajo a mi memoria un paisaje,
uno de tantos,
en el que mi imaginación
pudiera encontrar destellos de luz.

Y así fue como recordé
un paraje limpio y sincero,
de colores otoñales que esperan al invierno,
con un profundo silencio,
como si guardara algún secreto.

Respiré su aire,
hice de la hierba mi lecho
y de la pradera, mi espacio de recreo.
Estrellé preocupaciones y desánimos
contra una pétrea mole,
noble guardiana,
del cautivador paisaje.

Nada allí parece irrelevante.
Todo tiene su oficio,
sin artificios,
para regresar a la luz,
desnudo,
de puntillas,
sin ruido.












viernes, 9 de febrero de 2024

01259 La Ensalada de Arenques y Remolacha

 FELIZ REENCUENTRO


He estado toda la mañana intentando poner orden a los miles de recetas que he ido recopilando a lo largo de los años. Es una misión imposible, como la de alcanzar a escribir sobre diez mil cosas que me gustan. Pero bueno, sendas actividades cumplen a la perfección su objetivo: entretenerme.

De cualquier manera, ordenar, en un nuevo intento, las recetas, me ha servido para recuperar algunas sensaciones y rescatar del olvido algunas excelencias culinarias. Como, por ejemplo, la que traigo a continuación. Se trata de una ensalada de arenques y remolacha, y que igual hacía treinta años que no había vuelto a degustar. En su día, me encantó. De hecho, me hice con una receta, que es la que comparto más adelante.

Volver a probarla ha sido reencontrarme con un sabor muy particular, como es el de la remolacha. Si bien, un tanto desvirtuado por el resto de ingredientes que conforman esta ensalada de origen alemán e incluso escandinavo, y muy popular en Rusia.

La Roter Heringssalat, como así se denomina en su origen a esta ensalada, me parece muy atractiva, ya no solo por su color, sino por su intenso y fresco sabor. Además de resultar ligera, a pesar de su apariencia, es equilibrada y económica. Recetas al respecto hay una amplia variedad. La que comparto a continuación es la que me he encontrado mientras ordenaba mi extenso recetario y que después de muchos, muchos años vuelvo a recuperar.

Ingredientes para 6 personas: 4 remolachas medianas frescas, 2 manzanas Granny Smith o Golden, 3 patatas, 2 latas pequeñas de arenques ahumados, 12 pepinillos agridulces pequeños, ½ cebolla dulce, mayonesa con aceite de girasol y sal.

Elaboración: Pelar las remolachas y cocerlas. Dejar enfriar y cortarlas en pequeños dados. Pelar las patatas y cocerlas. Dejar enfriar y cotarla en pequeños dados.  Reservar. Escurrir el líquido de los arenques, quitarles la piel y cortarlos en trocitos. Reservar. Pelar la manzana y cortarla en dados. Reservar. Cortar los pepinillos en trocitos muy menudos. Reservar. Cortar la cebolla en trocitos también muy pequeños. Hacer una mayonesa que quede más bien espesa. Reservar. Poner todos los ingredientes en una fuente, sazonar y mezclar bien. Introducir en el frigorífico durante unas cuatro o cinco horas. Servir.

 




miércoles, 7 de febrero de 2024

01258 Los Tomates Cherry con Burrata

TENTADOR


La cosa está clara. Si me gustan por separado el queso burrata y los tomates cherry, unidos para una buena causa, como es, formar parte de una buena ensalada, hablamos ya de palabras mayores.

Me parece una combinación perfecta. No se quitan protagonismo alguno, se complementan a la perfección y dejan un grato recuerdo en el paladar. Sí, me encantan los tomates cherry con burrata.

En esta ocasión, a la suavidad y cremosidad de la burrata, le acompañan dos tipos de tomate cherry: la dulzura del tomate cherry de pera y el intenso sabor, también dulce, del tomate cherry kumato. Todo aderezado con un buen aceite de oliva virgen extra, orégano, en su justa medida, y sal. El resultado no puede ser más amable y tentador.

Lo cierto es que, en los últimos años, las campañas de verano de los tomates cherry en mi huerto están siendo espectaculares y salvan mis desalientos ante la escasez de sus parientes los tomates rosas y corazón de buey. A partir de mediados de agosto, empiezo a coger estos pequeños tomates, que me acompañarán, si todo va bien, hasta mediados de octubre. El recetario de cómo sacarlos a la mesa es amplísimo, siempre apetitoso, sencillo y muy visual. Pero con burrata, para mí, siempre es un plus.






martes, 6 de febrero de 2024

01257 Los Cogollos con Bonito y Anchoas

¡BIENVENIDOS!


Como va quedando patente en este caleidoscopio vital, son muchas pequeñas cosas, sin importancia, las que me gustan. En esta ocasión, se trata de los cogollos, a los que ya dediqué mi atención en la entrada 00665.

Todos los años planto en el huerto unas cuantas decenas de ellos. No requieren mucha atención, salvo quitarles las hierbas que puedan crecer en su entorno y atar sus hojas cuando el cogollo comienza a tener forma. No hay más. O por lo menos, yo no hago nada más. 

Acostumbro a disfrutarlos en la mesa de muy diversas maneras. Todas muy sencillas, deliciosas y resultonas. Si bien, los primeros que recolecto en el huerto, siempre tienen la misma bienvenida; con unos buenos tacos de bonito en conserva y unas anchoas de Santoña. Se ha convertido en una de mis pequeñas tradiciones. Me parece un bocado muy interesante, por los sabroso y refrescante que resulta. A lo largo del verano, y hasta que den de sí los pequeños vegetales, volverán a la mesa de esta guisa, solo que el bonito no será en taco, posiblemente sean migas, y las anchoas no serán de Santoña, sino de ¡vaya usted a saber!. Pero ese primer día, tienen que entrar en casa por la puerta grande y sin escatimar la compañía.

Evidentemente, encontrándonos en el mes de febrero como estamos, en el huerto no hay cogollos. Tendrán que pasar algunos meses hasta que pueda disfrutar de ellos. De momento, ya tengo el bote de bonito en aceite y el de anchoas de Santoña, preparados para su llegada.  




lunes, 5 de febrero de 2024

01256 Las Bacaladerías

 LOS OJOS COMO CHIRIBITAS


El hecho de que esta sea la novena ocasión que aparece por este caleidoscopio vital el bacalao, deja bien patente mi gusto y querencia por este pez. Y las que quedan por escribir. ¡Qué gratos y buenos momentos los que me ha deparado!

No soy muy dado a ir de tiendas, ni de compras, ni tan siquiera de fijarme en los escaparates. Estos últimos tienen que ser muy atractivos para que acaparen mi atención. Pero dicho esto, como a mi paso me encuentre con una bacaladería, ya es otro cantar. No solo me quedo embobado delante del escaparate, sino que entro en el establecimiento para nutrirme de su inconfundible aroma. Olor, por otra parte, que a mucha gente cercana a mí, le desagrada. Por este motivo, en la mayoría de las veces, me deleito y disfruto de las bacaladerías en soledad. Y lo prefiero así, pues si voy acompañado, todo son prisas y caras de pocos amigos. Y no es plan.

Mi atención a las bacaladerías datan de cuando estudié en Bilbao y sobre todo, gracias a mi hermano Antonio. Como yo, o yo como él, era un fan, fan de estos peculiares y para mí, atractivos establecimientos. Amante como era del buen comer y sus grandes dotes como cocinero, en los últimos años, cuando iba a Bilbao a pasar algún fin de semana, el sábado lo dedicábamos a comprar los ingredientes necesarios para el menú que había pensado. Tampoco mucha cosa, pues amante de los guisos como era, muchas de sus propuestas gastronómicas previstas para el fin de semana, estaban cocinadas con anterioridad. Con todo, visitas obligadas eran, su cocedero de mariscos de referencia, en Deusto, próximo a su casa, y una bacaladería, también de referencia, en el Casco Viejo bilbaíno. Un recorrido de auténtico deleite. El itinerario lo finalizábamos, conocedor Antonio de mis gustos por los mercados, en el Mercado de la Ribera. Algún día, a no mucho tardar, pasearé su belleza e historia por estas diez mil cosas que me gustan.

Volviendo a las bacaladerías, tanto a Antonio como a mí, se nos hacían los ojos chiribitas. Primero, por la hermosura de las piezas expuestas a la venta, y luego, pensando en los cientos de posibilidades que este pez ofrece en la cocina. Yo, más bien hablaba poco. Escuchaba al maestro y aprendía de sus enseñanzas. Se nos pasaba la mañana en un visto y no visto, disfrutando de la compañía y dejando que nuestros sentidos escamparan a sus anchas.

Me gustan las bacaladerías, sí, pero hace tiempo que no las frecuento. Las fotografías que ilustran esta entrada se corresponden con la última visita que hice a una de ellas en compañía de Antonio. Y no es por falta de ganas. Simplemente, todavía no estoy preparado para disfrutarlas sin su fraterna compañía.