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viernes, 8 de marzo de 2024

01287 La Estatua Floreada de Puppy

OPTIMISMO, CONFIANZA Y SEGURIDAD


No creo que haya persona que, en las dos últimas décadas, a su paso por la ciudad de Bilbao, no se haya fotografiado junto a Puppy, obra del artista Jeff Koons y que se ubica al lado de la puerta principal del Museo Guggenheim. Y si no fuera así, tengo fotografías del floreado perrito para regalarles y todavía me sobrarían. Creo que no ha habido ocasión que, al pasar junto a él, no me haya llevado la cámara al ojo o sacado el móvil para tener un reiterado recuerdo. Y qué decir de las celebraciones familiares. Todas han acabado a los pies de Puppy con nuestra mejor sonrisa.

Y es que Puppy, basado en un cachorro de West Highland White Terrier, de 12,4 metros de altura y 15 toneladas de peso, se ha convertido en un alegre y colorista icono de la villa de Bilbao. Según su autor, representa “optimismo, confianza y seguridad”. Todo lo contrario de como yo me considero que soy. Nada optimista, cero de confianza en mí mismo, y en cuanto a la seguridad, todavía la estoy buscando a mis 66 años. Por eso, cuando paso a su lado, acaricio sus flores para ver si consigo contagiarme de él y sus cualidades.

Puppy alberga una curiosa historia. Se trata de la primera de las esculturas públicas de Jeff Koons quien, en un principio, en 1992 realizó una más pequeña que sería ubicada a las afueras de un castillo en Arolsen, Alemania. Los cimientos, la madera y el diseño no duraron mucho tiempo. La escultura tuvo que ser desmantelada y vuelta a rearmar en el Museo de Arte Contemporáneo de Sydney, Australia, hasta ser adquirida en 1997 por la Fundación Solomon Guggenheim e instalada en su actual ubicación. Existe una copia de Puppy que se exhibió por primera vez en el Rockefeller Center de Nueva York en 2001 y que, a partir de 2002, pasó a formar parte de la instalación permanente del Museo que la Fundación Brant posee en Greenwich, Connecticut.

La estructura de Puppy es de acero inoxidable y pesa 16 toneladas. Se cimenta sobre una base de hormigón que soporta una serie de anillos, atornillados entre sí, de un metro de altura y conformados con planchas de acero inoxidable con costillas horizontales y verticales para aguantar adecuadamente su propio peso, la turba y poder resistir la fuerza del viento. Además, entre las planchas de acero de la estructura y la malla metálica que la cubre, contiene 75 m3 de turba, con un peso de 6.500 kilos, sujeta con un geotextil verde al que, una vez colocado, se le recortan pequeños círculos para poder introducir las raíces de las plantas. Sobre este geotextil se colocan unas 38.000 plantas.

Puppy cambia su aspecto dos veces al año, en mayo y en octubre. De octubre a mayo, la “piel” del perrito más fotografiado de Bilbao, se cubre de pensamientos y prímulas de invierno. Llegada la primavera y durante todo el verano, la variedad de plantas es mucho mayor: begonias, ageratums, tagetes, petunias, lobelias, iberis… con una combinación de colores cálidos.

Al cuidado de Puppy, para que mantenga todo su esplendor a lo largo de todo el año, están 30 jardineros profesionales de manera simultánea. Para el cambio de las plantas se emplea una semana desde que se montan los andamiajes hasta que el perrito muestra su nuevo aspecto. Incluso el cambio de sustrato, que se realiza cada varios años, implica dos semanas completas de trabajo.

El precio de compra de Puppy rondó los 1,2 millones de dólares hace casi tres décadas. Hoy está tasado en más de 54 millones de dólares.

Así es Puppy, con la cabeza alta, mirada al frente, sentado sobre sus patas traseras e infundiendo "optimismo, confianza y seguridad".

¡Cuánto me gusta!



lunes, 5 de febrero de 2024

01256 Las Bacaladerías

 LOS OJOS COMO CHIRIBITAS


El hecho de que esta sea la novena ocasión que aparece por este caleidoscopio vital el bacalao, deja bien patente mi gusto y querencia por este pez. Y las que quedan por escribir. ¡Qué gratos y buenos momentos los que me ha deparado!

No soy muy dado a ir de tiendas, ni de compras, ni tan siquiera de fijarme en los escaparates. Estos últimos tienen que ser muy atractivos para que acaparen mi atención. Pero dicho esto, como a mi paso me encuentre con una bacaladería, ya es otro cantar. No solo me quedo embobado delante del escaparate, sino que entro en el establecimiento para nutrirme de su inconfundible aroma. Olor, por otra parte, que a mucha gente cercana a mí, le desagrada. Por este motivo, en la mayoría de las veces, me deleito y disfruto de las bacaladerías en soledad. Y lo prefiero así, pues si voy acompañado, todo son prisas y caras de pocos amigos. Y no es plan.

Mi atención a las bacaladerías datan de cuando estudié en Bilbao y sobre todo, gracias a mi hermano Antonio. Como yo, o yo como él, era un fan, fan de estos peculiares y para mí, atractivos establecimientos. Amante como era del buen comer y sus grandes dotes como cocinero, en los últimos años, cuando iba a Bilbao a pasar algún fin de semana, el sábado lo dedicábamos a comprar los ingredientes necesarios para el menú que había pensado. Tampoco mucha cosa, pues amante de los guisos como era, muchas de sus propuestas gastronómicas previstas para el fin de semana, estaban cocinadas con anterioridad. Con todo, visitas obligadas eran, su cocedero de mariscos de referencia, en Deusto, próximo a su casa, y una bacaladería, también de referencia, en el Casco Viejo bilbaíno. Un recorrido de auténtico deleite. El itinerario lo finalizábamos, conocedor Antonio de mis gustos por los mercados, en el Mercado de la Ribera. Algún día, a no mucho tardar, pasearé su belleza e historia por estas diez mil cosas que me gustan.

Volviendo a las bacaladerías, tanto a Antonio como a mí, se nos hacían los ojos chiribitas. Primero, por la hermosura de las piezas expuestas a la venta, y luego, pensando en los cientos de posibilidades que este pez ofrece en la cocina. Yo, más bien hablaba poco. Escuchaba al maestro y aprendía de sus enseñanzas. Se nos pasaba la mañana en un visto y no visto, disfrutando de la compañía y dejando que nuestros sentidos escamparan a sus anchas.

Me gustan las bacaladerías, sí, pero hace tiempo que no las frecuento. Las fotografías que ilustran esta entrada se corresponden con la última visita que hice a una de ellas en compañía de Antonio. Y no es por falta de ganas. Simplemente, todavía no estoy preparado para disfrutarlas sin su fraterna compañía.













martes, 19 de diciembre de 2023

01233 Las Bilbainadas

 NOS VAMOS DE PINTXOS


Llevo toda la mañana decidiendo si incluir a las bilbainadas en el listado de las diez mil cosas que me gustan. Como género musical popular propio de Bizkaia, claro que me gusta. Pero mi historia personal con estas canciones creadas en el “bocho”, me entristece. Finalmente, me he decantado por incluir a las bilbainadas, por los momentos, aunque difíciles, que me hicieron pasar junto a mi hermano Antonio, fallecido en 2019, y quien siempre compartió su corazón entre Bizkaia y el Altoaragón.

Sabía de la existencia de las bilbainadas, no en vano, viví varios años en Bilbao. Pro no sería hasta 2017, en plenas fiestas bilbaínas, cuando tuve la oportunidad, de la mano de Antonio, de conocer el sentir y decir de estas canciones alegres y guasonas, cantadas en pleno Casco Viejo bilbaíno.

Fue Antonio, mientras íbamos de tasca en bar y de bar en tasca siguiendo a las cuadrillas de amigos cantores, quien me introdujo en la historia de esta tradición bilbaína y que está ligada a una de las costumbres más arraigadas de la ciudad; “ir de pintxos”. Aunque su origen hay que buscarlo en la fundación de la Villa de Bilbao, no sería hasta los siglos XIX y XX, cuando la bilbainada se vería influenciada por los ritmos de la habanera, con las vivencias del grupo, la curiosa observación y la ironía. Ya, entre 1920 y 1930 nacerían los primeros grupos de bilbainadas.

Las letras de este género musical Bizkaino hablan de Bilbao y su entorno, con versos sencillos y espontáneos. Desde 1989, la emisora bilbaína Radio Nervión viene convocando un concurso con el fin de revitalizar las bilbainadas.

Solo dos años pude disfrutar con Antonio de este espontáneo, callejero y multitudinario hecho musical. Y cuando digo disfrutar, no es una forma de hablar. Estaba ya enfermo, pero su vitalidad era contagiosa. Tanto, que te hacía olvidar su gravedad. Su siempre espíritu inquieto me llevaba de un lado a otro, sin pausa, con alegría y a la espera de escuchar una de sus bilbainadas favoritas; “Un inglés vino a Bilbao” y cuya letra reza así: “Un inglés vino a Bilbao/A ver la ría y el mar,/Pero al ver las bilbainitas,/Ya no se quiso marchar./Vale más/Una bilbainita/Con su cara bonita,/Con su gracia y su sal,/Con su gracia y su sal,/Que todas/Las americanas,/Con su inmenso caudal,/Con su inmenso caudal,/Con su inmenso caudal.

Entre saludos, aúpas, sonrisas y bilbainadas se nos iba la, para mí, inolvidable mañana. Y lo más importante, veía a mi hermano feliz. Y yo, con él. Precisamente, por esos momentos que pasamos en torno a las bilbainadas, me he decido finalmente incorporarlas a este caleidoscopio vital, aunque me causen dolor su recuerdo.

 

 

 

 




lunes, 4 de abril de 2022

00960 Los Bollos de Mantequilla

 EXQUISITEZ BILBAÍNA


En el día a día, salvo en rarísimas ocasiones, soy de los de poner un pie en el suelo y funcionar toda la mañana con un café americano o dos si se tercia. Vamos, que ni almuerzo ni tostaditas, ni zumo de naranja ni ná. Cafetito, y a funcionar.

Distinto es cuando estoy de vacaciones fuera de casa, viajo o visito a mis hermanos desperdigados por la geografía española. Entonces, acostumbro a desayunar en condiciones y dejar el pabellón bien alto. Será, entre otras cosas, porque desayuno en compañía.

Cada destino tiene su particular desayuno y su personal fiesta gastronómica. Los bollos con mantequilla, que traigo en esta ocasión hasta este caleidoscopio vital, son los que alegran mis despertares cuando visito a mis hermanos en Bilbao y que pelean su protagonismo junto a las carolinas y los pasteles de arroz, exquisiteces típicas y originarias del "botxo", apelativo cariñoso con el que se conoce desde antiguo a esta magnífica Villa vasca. Estos deliciosos bollos, disfrutados mientras mi vista se recrea tras los ventanales con la ría bilbaína y el esplendoroso Museo Guggenheim, hacen de mis desayunos bilbaínos un pequeño lujo siempre recordado.

La personalidad de este dulce típico de Bilbao estriba en la acertada combinación del tierno bollo suizo de toda la vida con una suave y deliciosa crema de mantequilla. Según se cuenta, estos populares bollos llegaron a Bilbao desde Poschiavo, un pequeño pueblo Suizo. Lo hicieron de la mano de Bernardo Franconi y Francesco Matossi, dos primos que abrieron una pequeña pastelería en la calle Correo hacia el año 1830. Una pastelería que unieron a un café que había en la parte posterior, abierto hacia la Plaza Nueva. Los bollos de mantequilla de Bilbao tienen una forma ligeramente ovalada, si bien resulta más sencillo, si los hacemos en casa, darles una forma redonda.

Los bollos que aparecen en la imagen con la que inicio esta entrada están comprados en la pastelería Arrese, en la Gran Vía de Bilbao. El resto de fotografías se corresponden con "intentos" hechos en casa. Aunque son muchas las pastelería bilbaínas, y ¡qué pastelerías hay!, que ofrecen estos bollos, la pastelería Arrese es una de mis favoritas, ya no solo por los excelentes elaboraciones que preparan, algún día las traeré por aquí, sino por el regalo que supone a la vista su visita y poder admirar su impresionante mostrador de mármol de Carrara o sus vidrios emplomados. Otro deleite.

Lo ideal es probar estos bollos en Bilbao, pero si queréis aproximaros a su delicioso sabor, aquí os dejo una receta que cayó un día en mis manos y que es la que ponemos en práctica en casa. Lleva su tiempo pero merece la pena.

 









lunes, 9 de noviembre de 2020

00931 Las Pastas de Bego

 LAS DE LOS CUATRO CIENTOS


Estas sencillas y deliciosas pastas tendrán otro nombre, pero para mi y para este caleidoscopio vital, siempre serán las "pastas de Bego". Fue ella, Bego, una hermana de mi cuñada Ana, quien en una comida familiar las incorporó para endulzarnos a los comensales el café. 

Tras una opípara comida, parecía imposible que pudiera entrar en nuestros saciados estómagos alimento alguno más. Pero no, allí estaban las pequeñas y sabrosas pastas de Bego para llevarnos la contraria. Entre los reunidos, quienes ya las conocían se mostraron recatados, pero el resto, y reconozco que yo a la cabeza, colaboramos a que sobre la mesa no quedara ni una para muestra. Treinta segundos, el tiempo que se tarda en consumir una de las pequeñas y singulares pastas, bastaron para elogiarlas y pedir a Bego la receta de su elaboración. "Es una tontería", manifestó Bego. "No tienen ningún secreto. Son muy sencillas de hacer", continuó.

Empezó diciendo que ni siquiera era necesario apuntar la receta en un papel. Solo había que acordarse de que se trataba de las pastas de los cuatros cientos. Es decir, 100 gramos de mantequilla, otros 100 gramos de azúcar, 100 gramos de almendra molida y 100 gramos de harina. Con estas cantidades se pueden elaborar en torno al medio centenar de pastas.

Mezclamos bien los cuatro ingredientes hasta conseguir una masa homogénea. Formamos un rulo y lo envolvemos en papel film. Introducimos el rulo en el frigorífico por espacio de entre seis u ocho horas, o hasta que observemos que la masa está compacta. Sacamos el rulo del frigorífico, le quitamos el papel film, y lo vamos cortando a ruedas no muy gruesas que depositamos en una bandeja de horno que previamente habremos cubierto con papel sulfurizado. Introducimos la bandeja en el horno a 180 grados por espacio de 20 minutos, las depositamos en una fuente hasta que se enfríen y listas para comer y disfrutar.

En cuanto a los grados y tiempo de horneado tengo que hacer una observación. La primera vez que las cociné siguiendo al pie de la letra la receta, se me chamuscaron un poco. Las pastas pasaron del color dorado al oscuro en un abrir y cerrar de ojos. Se pudieron comer, pero nada que ver con las que probé la primera vez. En la siguiente ocasión, la temperatura del horno la fijé a 150 grados y sin quitarles los ojos de encima. Cuando adquirieron el color característico de las pastas horneadas las saqué del horno. Quiero decir con esto,  que depende del horno admitirán más o menos temperatura. De cualquier manera, sea a 180 o 150 grados, hay que estar atentos a que no se nos pasen de color.

Estas pastas de Bego son muy apropiadas para esos fines de semana del otoño o del invierno en los que la cocina parece llamarnos a voces para que el olor, el sugerente y acogedor olor de la cocina doméstica, lo inunde todo.


















sábado, 22 de septiembre de 2018

00809 La Carolina

NACIDA EN BILBAO


Me enamoré de ella el primer día que me la presentaron. Fue un flechazo a primera vista; esbelta, dulce, alegre y sensual. Además, me encantó la historia de su nacimiento y su vida repleta de éxitos, hasta el punto de convertirse en todo un referente en la capital vizcaína.

Nos vemos poco. Solo cuando voy de visita a Bilbao. No acostumbra a airear su porte fuera de aquí. O yo por lo menos nunca la he visto. Y es que la Carolina es así, exclusiva y original.

Ya he comentado que me encanta el merengue, me vuelve loco el merengue, y si a esto le añadimos su justa proporción en el tamaño, una curiosa presentación y su facilidad para poder degustarlo sin hacer excesivos malabares..., además de ganarme por el  gusto, también me gana por el  corazón. Es el caso de la Carolina, uno de los tres dulces típicos de Bilbo, junto a los bollos de mantequilla y al pastel de arroz, y cuyos ingredientes principales son: merengue, hojaldre, crema pastelera o de coco, yema de huevo y chocolate.

Cuentan que un pastelero bilbaíno quiso sorprender a su hija el día de su cumpleaños con un postre especial. Al parecer, el merengue era su dulce favorito y a partir de él, ideó este vistoso pastel fácil de comer. Así, montó una espuma de merengue sobre una base de fino hojaldre relleno de crema pastelera. Para su decoración empleó una lámina de yema de huevo por un lado y otra de chocolate por el otro. El pastel recibió el nombre de Carolina, ya que así se llamaba su hija.

La marquesa de Parabere recoge esta receta en su primer libro "Confitería y Repostería" en 1930.

Cuando vayas a Bilbao, no dejes de saborear una de estas deliciosas Carolinas, si no son dos.










domingo, 18 de febrero de 2018

00644 Pajaritas Marineras

PAJARITAS DE PAPEL

Volaron o se las llevó el aire. Quisieron conocer mundo, respirar otros aires con sabor a sal y espuma blanca o llevar perfúmes de verde albahaca a un hogar donde el recuerdo las aguardaba. Bajaron de su verde pedestal del paseo de un parque para para jugar con el vaivén de la libres olas o llevar los juegos de una infancia todavía deletreada."¡Oh pajarita de papel! Águila de los niños con las plumas de letras sin aplomo y sin nido".

Volaron para quedarse a jugar con el mar, con un  niño y un barco de madera.

En el parque Miguel Servet de la capital oscense se localiza uno de los símbolos de la ciudad de Huesca. Se trata de una obra del artista oscense Ramón Acín, (1888-1936) que dejó como legado a su ciudad natal: el monumento a Las Pajaritas. Dos grandes y blancas figuras de papiroflexia dispuestas una enfrente de la otra y que se asientan sobre unos cubos. "Cuando el Ayuntamiento de Huesca dio a conocer el proyecto de construir un parque para la ciudad, Ramón Acín escribió un artículo en el Diario de Huesca (6 de junio de 1927) elogiando la idea, y pensando, como sensible pedagogo que era, en los niños. ´Las aguas, las escuelas, los árboles. He aquí los tres problemas capitales de la ciudad. Todo para los niños; la higiene, la cultura, la alegría y la salaud. Los niños son la única esperanza de un mañana mejor".

Ramón Acín fue ilustrador y diseñador gráfico, pintor y escultor, autor de numerosos artículos en prensa y revistas de Huesca y Barcelona, profesor de Dibujo en la Escuela Normal de Maestros, pedagogo renovador y destacado militante anarcosindicalista. Fue fusilado en Huesca el 6 de agosto de 1936.


lunes, 18 de diciembre de 2017

00602 Las Frases Que Salen al Paso

RETOMAR UNA AFICIÓN

Ahora ya menos, pero hubo un tiempo en el que casi era una obsesión. No había bolsillo de pantalón, abrigo o chaqueta en la que no apareciera un trozo de papel con una frase de esas que salen al paso. Tampoco cartera que en lugar de billetes contuviera trozos de servilleta o de libreta con frases que escuchaba o leía en los sitios menos esperados. Cuando almacenaba unas cuantas hacía limpieza y las pasaba a una libreta que todavía aún conservo entre libros. Habitualmente se trataba de frases o sentencias anónimas y que me gustaba guardar para un por si acaso y que casi con toda seguridad nunca pronunciaría. En mi permanente inseguridad, el acopio de frases que me iba encontrando parecía que me dieran cierta solvencia. Ya ves.

Aunque la memoria nunca ha sido mi fuerte, todavía recuerdo dos de las primeras frases que recogí en la calle y que, si mi testa no me falla,  encabezan el largo listado de ellas de la mencionada libreta. Fue en las Ramblas barcelonesas. Fue en este universal paseo donde leí por primera vez, siendo todavía un imberbe, aquello de "Que paren el mundo que me apeo". Supongo que en ese momento no entendí muy bien el auténtico significado de la frase. Simplemente me gustó, al igual que la joven que vendía unas tablillas hechas a mano en las que se inscribían esta y otras frases de similar entonación. Caminé unos metros y otra frase me salió al paso. Estaba escrita en un cartón a los pies de un mendigo y decía lo siguiente: "Si la Navidad es Paz, hagamos de todos y cada uno de nuestros días una Navidad". Tal fue su impacto que desde aquel entonces y hasta nuestros días, la frase se ha convertido en mi sincera y sentida felicitación navideña.

Así fue como comencé a recoger frases que me han ido saliendo al paso. Frases recogidas en aseos, auténticos diarios de una época, en bancos, en paredes, cogidas al vuelo de alguna conversación en la que no estaba invitado, en mercadillos, estas son grandiosas, en puertas, en casas abandonadas... Y llegó un día en el que se me pasó la fiebre.

Recientemente estuve en Bilbao y en una salida  con mis hermanos a tomar potes por los bares del bocho vi unas frases que me encantaron, además de recordarme mi aparcada afición. Ahora es mucho más sencillo. Nada del romanticismo de la servilleta ni la pejiguera de ir con papelitos en los bolsillos. Solo hay que sacar el teléfono móvil, encuadrar y hacer la oportuna fotografía. Y pensé que sería interesante recuperar la afición perdida. Así que con estas tres frases doy por inaugurada de nuevo mi colección de frases que salen al paso, en su era digital.

jueves, 4 de agosto de 2016

00341 Los Grillos

LA SENCILLEZ HECHA BOCADO


Tantos años viviendo en Bilbao, tantos potes compartidos en sus calles y tantas visitas a sus emblemáticos lugares para enterarme hace escasos días, precisamente en mi última estancia, de la existencia de los grillos. Fue mi hermano Antonio el que me informó de su existencia en un bar de Deusto. Allí estaban sobre la acristalada barra luciendo su humildad entre sofisticadas elaboraciones.

Aunque en mis años de bocho los grillos me pasaran desapercibidos, se trata de una tapa bilbaína sencilla y minimalista de toda la vida. Por algún lugar he leído que es la tapa de la difícil sencillez hecha bocado. Patata cocida, lechuga, cebolla, sal, vinagre y un buen chorro de aceite de oliva. Un pincho que no exige paciencia, de los que se comen de una vez, en un bocado.

Los grillos que fotografié, además de lo anteriormente descrito,  llevaban también una aceituna rellena. En el siguiente bar que visitamos, la sencilla tapa en lugar de aceituna portaba una rodaja de tomate. Me dijo la simpática camarera que era para que el grillo tuviera más color.

Este verano más de un grillo hará cri, cri, cri, cri para acompañar a la rubia cerveza.








lunes, 29 de febrero de 2016

00243 El Preciso Instante

APENAS NADA

Ni antes ni después. Ni luego ni ahora, posiblemente ya sea tarde. Hay situaciones que no dependen de nosotros sino de un instante. De un justo momento difícil de controlar. Sólo la continua y permanente observación puede llegar a captarlo, a darle forma y sentido, a hacer real lo imaginado.

El perdón se pide en un instante preciso, ni antes ni luego. La muerte llega en un preciso instante igual que la vida, igual que las segundas oportunidades. Una caricia, un amigo, un consuelo, una ráfaga de aire, un deseo, la paz infinita o el desasosiego, una voz que recuerda, una palabra amable, un insulto desoído, todo tiene cabida en ese instante preciso. Ni después ni ahora. Todo se sucede en ese espacio de tiempo tan breve y desapercibido que en un mínimo descuido pasa inadvertido.

Bilbao, 6 de julio de 2013. Son las ocho de la tarde. De regreso a casa de mis hermanos por la plaza Moyua, entre dos calles, se avista el hermoso Guggenheim. Los últimos rayos del día platean su atractiva figura. Deslumbra, atrae, asombra. Siete instantáneas. No vale ninguna. Se perdió el instante entre mis manos, la cámara y mi ojo. Fue un instante. Ni antes ni después. Ni luego ni ahora. Llegué tarde al preciso instante.