Mostrando entradas con la etiqueta Repostería. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Repostería. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de mayo de 2026

01755 Los Lazos de Jaca

 UN ICONO DE LA PASTELERÍA JAQUESA


 Sigo recogiendo en este caleidoscopio vital dulces típicos de nuestra piel de toro. En esta ocasión, se localiza en la localidad altoaragonesa de Jaca, la Perla del Pirineo, y no puede tener un nombre más sugerente; Lazos de Jaca. En síntesis, un dulce elaborado a base de hojaldre de mantequilla y cubierto con yema confitada y en forma de lazo.

Me he reencontrado con esta popular delicia gracias a una amiga que recientemente vino a cenar a casa y tuvo a bien obsequiarnos con estos dulces lazos. Fue verlos y removerse el cajón de los recuerdos. Rememorar aquellos días, lejanos ya, en los que visitar Jaca llevaba aparejada, al regreso a casa, la adquisición de este icono de la repostería jacetana. Con el café, mientras saboreaba uno de los tres lazos que me comí, compartí con el resto de la mesa una anécdota en torno a este pequeño, pero gran pastel. En una ocasión, en una breve escapada a esta bella localidad por motivos de un esporádico e infausto trabajo, antes de regresar a casa compré, para obsequiar a mi madre, una caja de Lazos en la Pastelería La Suiza, obrador donde fueron creados en 1946. Con mis pasteles en la mano, todavía apuré mi estancia degustando un café en una céntrica terraza de la localidad jaquesa. Me dirigí al coche, por aquel entonces un Seat 127 amarillo de no sé qué mano, y cuando estaba ya al volante, me di cuenta de que no llevaba la caja de pasteles. Me bajé del coche y corrí todo lo que pude hasta la cafetería que había abandonado apenas hacía diez minutos. Por aquella época todavía me respondían bien las piernas y el corazón. Al llegar, me acerqué hasta la mesa en la que había estado tomándome el café. Vacía, sin gente ni Lazos. Pregunté a los camareros. No habían visto la caja. Decepcionado, me dirigí de nuevo a La Suiza a comprar otra caja de Lazos. Al entrar en la pastelería, una amable y sonriente dependienta salió del mostrador para acercarme una caja de Lazos. Me explicó que me había dejado la caja al pagar y que cuando se dieron cuenta ya había desaparecido.

Al regresar a casa le conté a mi madre lo sucedido. Tampoco le extrañó. De estas anécdotas ya sumaba unas cuantas.

Volviendo a los Lazos o Lacitos, como popularmente también se conocen, además de exquisitos, se me antojan muy atractivos por el llamativo color y su característica forma. Por lo que leí en una ocasión en un reportaje con motivo del 75 aniversario de su creación, su elaboración es sencilla, aunque laboriosa. En síntesis, “hay que preparar el hojaldre, dejarlo descansar en el horno, cortarlo, darle forma y una vez cocidos los lazos en el horno, sumergirlos en yema confitada caliente de uno en uno para terminarlos con un glaseado”. Decirlo resulta fácil, ahora, ponerse a elaborarlos, es otro cantar. Lo mejor es visitar Jaca y obsequiarte con este delicado manjar.

No obstante, he estado curioseando recetas por si encontraba alguna que pudiese servir para mis entendederas. Aquí dejo un enlace, que no digo yo que algún día me atreva a emularlo.

https://www.juliaysusrecetas.com/2015/04/lazos-de-jaca-con-glasa-de-yema.html








domingo, 23 de marzo de 2025

01637 Los Milhojas de Merengue

 UNA TARDE DE DOMINGO


La lluvia nos viene acompañando durante toda la semana. Salvo las tres obligadas salidas diarias a la calle con Humphrey, no piso el asfalto. Me he atrincherado en casa. La lectura, algunas películas, este caleidoscopio vital, las tareas domésticas y la obligada siesta después de comer, ocupan mis días y horas. Con todo, empiezo a cansarme de tanta casa. Como vulgarmente se dice, "empiezo a notar que se me viene encima". Tanto mi cabeza como mi cuerpo necesitan con urgencia volver a ver el sol, la luz, y tomarle de nuevo el pulso a la vida. 

Mientras esto pensaba, he visto en el frigorífico, en una de mis innumerables visitas de una interminable tarde lluviosa de domingo, un recipiente lleno de claras de huevo. He preguntado si tenían algún destino. Ninguno, me han dicho. Son las claras, 14, de los espaguetis a la carbonara con guanchale que cocinó ayer Jara.

La experiencia me ha recordado que se hacía algo con ellas o acabarían por desaprovecharse. Así que no se me ha ocurrido otra cosa mejor que hacer: unos milhojas de merengue. Con esta decisión he conseguido tres cosas: dar salida a unas "olvidadas" claras de huevo, unos deliciosos milhojas y dar contenido a una tarde lluviosa de domingo. Bueno, en realidad no se trata de un mil hojas al uso, sino de un doscientas o trescientas hojas como mucho, pues la masa de hojaldre era comercial. Es una gracieta que si no la escribo, reviento. Han salido cuatro piezas y se han dejado comer. No diré que estaban excepcionales, ni mucho menos, pero sí aceptables. De hecho, no ha quedado ni uno para muestra.

Ingredientes: Una lámina de hojaldre, claras de huevo, agua y azúcar. 

Elaboración: Extender la lámina de hojaldre e introducir en el horno precalentado a 220 grados centígrados durante unos 15 minutos o hasta que se vea que la masa comienza a dorarse. Sacar del horno el hojaldre y partirlo en trozos iguales, según el tamaño que se desee. Mientras se hornea el hojaldre, batir las claras a punto de nieve. Reservar. En una cazuela pequeña, introducir 100 ml de agua fría y 200 gramos de azúcar blanco. Calentar a fuego medio, evitando que el azúcar se adhiera a las paredes de la cazuela, hasta alcanzar los 120 grados centígrados. Si no se dispone de termómetro de cocina, se puede dejar caer sobre un vaso de agua fría un poco del preparado de almíbar. Si se forma una bolita blanda, ya está listo. Sobre el merengue y batiendo nuevamente, incorporar todo el almíbar muy despacio y poco. Solo restará colocar sobre un trozo del hojaldre, una buena cantidad de merengue y cubrirlo con otro de los trozos de la masa. Introducir los milhojas en el frigorífico durante un par de horas y consumir.

 





jueves, 20 de marzo de 2025

01623 Los Dulces de los Conventos

 ARRAIGO Y TRADICIÓN


¿Dónde radica el atractivo y apego a los dulces de los conventos? ¿Será por su sabor a arraigo y tradición? ¿Tendrá que ver con que no hay nada qué demostrar ni con qué competir, salvo con el trabajo bien hecho? ¿Quizás su sencillez? ¿O será por la justa medida de los tiempos, sin zozobras, en la quietud y calma de los días y horas sin saetas? Algo tienen, sin duda, que tanto me cautivan.


jueves, 27 de junio de 2024

01379 Los Pasteles

 UNA DULCE DIVAGACIÓN


Se dice que a nadie le amarga un dulce, y bien cierto es. Aunque ya he comentado en alguna ocasión, que no doy un paso por los dulces, si me los ponen en bandeja, disfruto como el que más. Y si esa bandeja contiene una representación de mis dulces debilidades en forma de pastel, para qué contar: la felicidad llama a mi estómago y también a mis recuerdos de infancia.

Por cierto, mientras me comía de una sentada, y nada menos que para cenar, una ensaimada de nata, medio mil hojas de crema y un merengue, como diría aquel, “pa vernos matao”, me he preguntado el por qué lo dulce está asociado a la felicidad. Los encuentros familiares acaban con algo dulce. La vela de cumpleaños se ancla en una dulce tarta. Si quieres ver a alguien feliz, regálale un dulce. Hay quien se quita las penas tomando algo dulce. Cuando vas a comer o cenar a casa de alguien, habitualmente te presentas con una botella de vino y algo dulce. Los domingos, que no falte el dulce… por poner solo algunos ejemplos.

Independientemente de que nuestros antepasados asociaran el sabor dulce con alimentos ricos en energía y que nuestro cerebro ha conservado esta preferencia por lo dulce, -aunque no sea en mi caso, que me inclino más por lo salado, sin descartar en sonadas ocasiones lo dulce-, explicaría por qué nos resulta tan atractivo y reconfortante. No en vano, el azúcar favorece la liberación de endorfinas, la llamada hormona de la felicidad. Cuando consumimos alimentos dulces, nuestro cerebro libera endorfinas y serotonina, que no son otra cosa que las sustancias químicas responsables de la sensación de bienestar y felicidad. Además, en lo dulce hay algo emocional a través de la conexión con nuestra infancia, al estar vinculado a momentos felices.

Pues nada, hasta aquí puedo leer, que ya no tengo más dulce que meterme en la boca. Bueno, sí que tengo, la otra mitad del mil hojas, pero tampoco hay que abusar de la felicidad. 



miércoles, 15 de mayo de 2024

01344 El Panadó d'Espinacs

AL FINAL DE UNA ENTRAÑABLE JORNADA EN PILZÁN


Fue el verano pasado en la pequeña localidad altoaragonesa de Pilzán, cuando probé por primera vez el panadó d´espinacs; una masa similar a la del pan, rellena de espinacas, piñones y pasas. Acudí con Gloria a pasar un entrañable día, invitados por los no menos entrañables Ángel y Conchita, y en compañía de mis amigos Chema y Carmen. Desde que pusimos el pie en Pilzán estuvimos en un continuo pienso. Primero, un buen almuerzo en la torreta de nuestros anfitriones. Después, un paseo por el acogedor entorno. Luego, un interesante aperitivo, antes de dar paso a la opípara comida. Y para rematar, con el café, algunos dulces y el traído panadó.

Tenía un aspecto formidable. Como era la primera vez en mi vida que lo probaba, y así lo hice saber, cogí un trocito pequeño y me lo llevé a la boca. Observé a Conchita como me miraba, intrigada por mi aprobación o desencanto. Y lo cierto es que me gustó. Tanto, que me lo tuvieron que apartar de la vista a petición mía. Cada bocado que le daba al panadó d´espinacs, decía, “este es el último”. Ni sé cuántos últimos hubo. Y Conchita sonrió al ver mi aprobación.

Conchita comentó al respecto del panadó, que era una elaboración tradicional de la zona oriental de la provincia. No en vano, se trata de un plato típico de Lérida, provincia limítrofe con estas tierras altoaragonesas. También nos hizo saber que los había comprado en una panadería de Benabarre y que, aunque antiguamente se acostumbraba a consumir exclusivamente en Semana Santa, en la actualidad se toma durante todo el año.

No lo he vuelto a probar desde aquella ocasión. Al ver las imágenes, a mí, que me gusta asociar alimentos con momentos y situaciones, lo he tenido claro. Panadó d´espinacs, es igual al colofón de una entrañable jornada en Pilzán.



 

domingo, 12 de mayo de 2024

01339 Los Fardelejos

 DE ARNEDO


Jara lo ha vuelto a hacer. Siguiendo su agradecida costumbre de traernos algo rico cuando se va de viaje, en esta ocasión, nos ha obsequiado con un dulce tradicional de mi querida tierra riojana. Nos cuenta que en su estancia en Logroño preguntó por algo dulce típico del lugar y los amigos riojanos con los que se encontraba, no dudaron en señalar que se hiciera con unos fardelejos.

En casa no los conocíamos y no tardamos mucho en hacerles los honores. No creo que pasaran ni quince minutos desde que Jara nos ofreciera la caja que guardaba tan grato dulce, que ya dábamos cuenta de ellos. Nos parecieron una delicia. Tanto, que cayeron en un abrir y cerrar de ojos. Estoy convencido de que, si hubiera habido dos cajas, las dos hubiesen corrido la misma suerte. No dudé ni un segundo, que tenían que pasar a formar parte de las diez mil cosas que me gustan.

El fardelejo es un hojaldre relleno de mazapán, típico de La Rioja, de origen árabe, y que comenzó a elaborarse en la localidad de Arnedo en los siglos IX y X. Son especialmente populares durante las festividades y eventos especiales.

Tanto me gustaron, que no tardé tampoco mucho tiempo en averiguar si eran sencillos de elaborar. En un libro de repostería encontré una receta que no me pareció muy complicada y es la que comparto a continuación. Todavía no la he puesto en práctica. Esperaré a las próximas Navidades, no vaya a ser que le coja el gustillo.

Ingredientes: Para la masa: 500 gramos de harina, 200 ml de agua, 200 ml de aceite de oliva y un poco de sal. Para el relleno: 500 gramos de almendras peladas o ya trituradas, 500 gramos de azúcar y 200 ml de coñac o brandy.

Elaboración: Prepara en primer lugar la masa. Mezclar la harina con el agua, el aceite y la sal hasta obtener una masa homogénea. Dejar reposar durante 30 minutos. Triturar las almendras hasta obtener una textura similar a la harina o utilizar almendras ya trituradas y añadir el azúcar y el brandy. Mezclar bien todos los ingredientes. Una vez que la masa haya reposado, dividirla en porciones pequeñas. Extender cada porción con un rodillo hasta obtener una lámina muy fina. Colocar una cucharada de relleno en el centro de cada lámina de masa. Doblar por la mitad para formar una empanadilla y sellar los bordes con un tenedor. Freír los fardelejos en aceite caliente hasta que estén dorados, pero con cuidado de que no se quemen. Cuando estén tostados y hayan adquirido un color dorado, sacarlos de la sartén y dejarlos escurrir sobre papel absorbente para eliminar el exceso de grasa. Espolvorear sobre los fardelejos un poco de azúcar glas antes de servirlos.

También se puede emplear masa de hojaldre ya preparada.

 







viernes, 3 de mayo de 2024

01331 Los Milhojas de Nata

 DE CHUPARSE LOS DEDOS


Voy a tener que empezar a preocuparme. En algún momento de este caleidoscopio vital, ya he comentado que en mi vida, conscientemente, he dado un paso por los dulces, tartas y pasteles. Si los he tenido delante, los he comido y disfrutado, pero no ha ido a más la cosa. En definitiva, que gustarme, me gustan, pero sin más algarabía. 

Dicho esto, me he dado cuenta, de que en las últimas entradas de este blog, el dulce, en cualquiera de sus versiones, está viniendo a visitarme de forma reiterada. Y no es que yo lo busque, sino que vienen a mí.

En esta ocasión, me visitan los milhojas de nata. Forzosamente, tengo que volver a retrotraerme a mi infancia y juventud, y hacer presente este pastel en las vitrinas de la oscense, reconocida y laureada Pastelería Ascaso. De este obrador, me enloquecían tanto los pasteles de manzana, por cierto, que cualquier día de estos iré a por uno para traerlo por estos lares, y los milhojas de nata o de crema.

Hacía años que no comía un milhojas de nata. Este no es de la citada pastelería. Pero da lo mismo, estaba de chuparte los dedos. De hecho, me los chupé cuando acabé con él. ¡Qué cosa más deliciosa! Me comí uno, pero si hubiera habido dos, tampoco me hubiese importado. Ahora que lo pienso, el día que vaya a por un pastel de manzana a la Pastelería Ascaso, añadiré también uno de sus milhojas para no entrar en conflicto. No recordaba lo bueno que es este invento.

Por cierto, curioso como soy en este blog por conocer el origen de las cosas, también he intentado averiguar cómo nació el milhojas de nata. Así, he podido leer que su origen es un poco difuso, si bien se le atribuye a la repostería francesa. No tiene mil hojas, sino 729, que es el número resultante de doblar sucesivamente la masa del hojaldre hecha con mantequilla, harina y agua, en forma de sandwich, crujiente y ligera.

Por lo que respecta al hojaldre, su origen parece encontrarse en las elaboraciones hojaldradas griegas y romanas y posteriormente, en la repostería medieval de las zonas bajo influencia árabe. No obstante, son los franceses quienes reivindican su invención en el siglo XVII. Algunos historiadores atribuyen su creación al pastelero Feuillet. Otros, aseguran que sería el pintor y repostero galo Claude Geleé, quien lo descubriría ideando un pan para su padre enfermo. Claude practicó un agujero en una bola de masa de pan y le introdujo mantequilla. Dicen que al padre le gustó el invento, si bien la masa no era muy pulida. Así que el pintor y pastelero manipuló la masa, estirándola y volviendo a doblar sobre sí misma. Una operación que repitió hasta diez veces. Esta singular masa, ya perfeccionada, sirvió al maestro Antoine Carême para crear su famoso "vol-au-vent" o volován. 

 


domingo, 7 de abril de 2024

01315 Las Ensaimadas

 CON RECUERDO A PREMIO


Han llegado a casa de manera inesperada, y al verlas, casi se me saltan las lágrimas. No sé el motivo, igual son casualidades de la vida, pero en los últimos meses estoy recibiendo sabores que tenía prácticamente olvidados. No sé la porrada de años que no comía una ensaimada de nata. 

Ha sido liberarles del papel que las envolvía, cuando han acudido a mi memoria un montón de gratos recuerdos. La mayoría de ellos, de mi lejana infancia. 

Acostumbraban a ser fruto de algún premio por mi buen comportamiento o simplemente para hacerme feliz. Así, mientras degustaba con sumo placer una de estas dulces joyas, he recordado a mi cuñada María del Mar, q.e.p.d.,  que siendo novia de mi hermano Pepe, cuando me sacaban a pasear, acabábamos en la popular Granja Anita de la capital oscense, para tomar una deliciosa ensaimada de nata. Creo que desde aquel entonces, no he vuelto a probar las ensaimadas de este emblemático establecimiento hostelero. No sé, ni siquiera, si todavía las seguirán ofreciendo. Supongo que sí.

Mi madre también acostumbraba, de vez en cuando, a obsequiarme con este manjar. Aunque dicho sea de paso, no sé muy bien, si lo hacía para satisfacerme o era yo la excusa para "pecar" ella, a pesar de su diagnosticada diabetes. Mi madre, en este sentido, era de las que decía "un día es un día". Sea como fuere, parda mi era todo un grato acontecimiento que ahora recuerdo y disfruto con placer.







viernes, 1 de marzo de 2024

01281 Los Piononos

 CON SABOR A DESPEDIDA


Los piononos de Santa Fé son unos populares y tradicionales dulces de esta localidad granadina, cuya curiosa historia nace en el año 1897, y que se puede leer en la imagen que se adjunta. En síntesis, estos dulces fueron creados por Ceferino Isla González, hombre muy devoto de la Virgen, quien decidió bautizarlos así en honor al papa Pío IX que en 1984 había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Se trata de unos bizcochos enrollados, empapados en almíbar y rellenos de yema pastelera.

Digo que saben a despedida, y añado que también a futuro reencuentro, porque fue el postre de la última cena de nuestro familiar y entusiasta viaje a Granada. Fue el mejor sabor con el que podíamos despedir “tan dulce, amable y entrañable” viaje. Y que espero a no mucho tardar, volver a repetir. Siete días en Granada dan para lo que dan y se quedaron muchas buenas sensaciones por disfrutar.

La textura esponjosa del pionono, junto a la jugosidad de la crema y el remate toque quemado, hacen de este pastel un dulce redondo al paladar, tan redondo como el viaje a Granada, difícil de olvidar.  

 





viernes, 16 de febrero de 2024

01269 Los Pastissets

 MANTENIENDO LA TRADICIÓN


Crujientes por fuera y jugosos por dentro, así son los pastissets o pastelitos, que forman parte de la tradición gastronómica de la atractiva localidad castellonense de Peñíscola. Y ya que hablamos de tradición, tradición es en mi familia, que cuando regresamos de algún viaje, por corto que sea, nos acordemos de quien no pudo venir y le traigamos un pequeño detalle en forma de dulce.

Una tradición que mi pequeña Jara mantiene a rajatabla, ahora que tiene posibles. No hay viaje que realice con sus amigos, que a su regreso a casa, no se presente con alguna delicia que llevarnos a la boca. Uno de sus últimos viajes, tuvo como destino la siempre atractiva localidad de Peñíscola, y a su regreso nos obsequió con una caja de pastissets. Yo desconocía la existencia de estos pastelitos. Jara nos informó de que ella tampoco los había probado, pero que preguntó el último día de su estancia en Peñíscola sobre algo tradicional que llevar a casa y le recomendaron que se hiciera con unos pastissets, que gustan a todo el mundo.

Y así fue cómo conocí los pastissets, unos pastelitos en forma de empanadillas, rellenas de calabaza y rebozadas en azúcar. Por fuera son crujientes, con una masa a base de harina, aceite, azúcar, almendra molida, limón, moscatel y anís, que envuelven un relleno de confitura de calabaza o lo que es lo mismo, cabello de ángel, con un toque de canela.

Y nos gustaron, ya lo creo que nos gustaron. Prueba de ello es, que acabamos con todos los que contenía la caja en una sentada. Pero lo que más me entusiasmo y me sigue fascinando, es que Jara siga manteniendo nuestra pequeña tradición y su recuerdo para quienes esperan su feliz regreso a casa.  





miércoles, 24 de enero de 2024

01253 Las Tejas de Almendra

 ATRACTIVO DULCE DE SOBREMESA


Mantequilla, harina, claras de huevo, azúcar y almendra; con estos ingredientes, mezclados en su justa proporción, se elabora, para mi gusto, uno de los dulces de sobremesa más atractivos. Me parecen una pasada de buenas.

Este dulce, según tengo entendido, de origen francés, con lo que me gusta, nunca lo habíamos elaborado en casa. Fue a raíz de que nos sobraran unas claras. Habitualmente, cuando esto sucede, y en nuestra cultura del aprovechamiento, hacemos merengues. Pero en esta ocasión, nos atrevimos a preparar unas tejas, siguiendo las instrucciones de una receta de Carme Ruscadella. Nos salieron dos hornadas. La primera quedó algo blandengue; desconozco el motivo. No así la segunda, que resultó ser todo un descubrimiento. De cualquier manera, no quedó ni una para muestra de las dos bandejas. De hecho, las fotografías que ilustran esta entrada, no pertenecen a “nuestras tejas”. Cuando me quise dar cuenta no quedaba dulce al que fotografiar. Las imágenes se corresponden con unas tejas y cigarrillos de Tolosa, de la Casa Ezeiza, que no sé cómo llegaron a casa.

El caso es que ya hemos abierto el camino y no sé qué me da, que cuando sobren claras de huevo, los merengues van a tener que alternarse con las siempre deliciosas y apetitosas tejas de almendra.

Ingredientes: 200 gramos de almendra fileteada, 180 gramos de azúcar glas 40 gramos de mantequilla, 30 gramos de harina y 3 claras de huevo.

Elaboración: Vaya por delante que tanto la mantequilla como las claras deberán estar a temperatura ambiente antes de comenzar a elaborar las tejas. Además, la mantequilla tiene que presentar una textura de pomada. Dicho esto, comenzaremos por tamizar la harina en un bol para evitar los grumos. A continuación, agregaremos el resto de ingredientes y mezclaremos hasta que quede una mezcla bien homogénea. Forraremos con papel de hornear las bandejas que vayamos a utilizar y dispondremos sobre ellas pequeñas cantidades de pasta que extenderemos hasta dejarla lo más fina posible. Introduciremos las bandejas en el horno precalentado a 180 grados centígrados y las dejaremos entre 7 y 10 minutos. Sobre todo, hay que conseguir que se doren, pero con cuidado de que no se quemen. Una vez cocidas, las sacaremos del horno y dispondremos las finas galletas sobre un rodillo. Presionaremos suavemente para que cojan la forma adecuada. Operación esta que hay que hacer sin prisa, pero sin pausa. Dejaremos enfriar y a disfrutar de este manjar.

 




martes, 26 de diciembre de 2023

01237 Los Empanadicos de Calabaza

 POSTRE DE TRADICIÓN


No siempre me ha gustado el empanadico. Es más, no me hacía ninguna gracia cuando lo veía. Las pasas y la calabaza de su relleno no me transmitían confianza alguna. Y sí, en contadísimas ocasiones, llegué a probarlo. Pero el trocito que me comía, por cortesía a quien me lo ofrecía, pasaba por mi particular disección antes de llevármelo a la boca, para quitarle todas las pasas, que tantas náuseas me producían. Sí, en cambio, me encantaban los empanadicos rellenos de manzana, menos habituales en este tradicional postre aragonés.

La culpa de que acabara por gustarme, la tiene la Asociación de Mujeres de la Hoya de Huesca. En una ocasión, estando todavía en activo, acudí hasta la sede de esta asociación para hacer un reportaje radiofónico. Fue próximo a las Navidades. Coincidió mi visita con la inauguración de una exposición con los trabajos artesanales que las asociadas habían elaborado en los últimos meses. Para una mejor y dulce inauguración, decidieron preparar postres caseros, incluidos el empanadico. Tenía una pinta fenomenal, pero como era mi costumbre por aquel entonces, ni me acerqué a él, hasta que la señora que lo había elaborado, vino a buscarme para ofrecerme una tira, más bien generosa, del dichoso dulce. Me lo ofreció con tanto entusiasmo, que no pude negarme a aceptarlo. En ese momento, no era cuestión de meterme en las entrañas del empanadico para “limpiarlo” de pasas, así que en un alarde de “valentía” y entrega a la causa, introduje el dulce en mi boca, cerré los ojos, le di un pequeño mordisco… y me gustó, a pesar de encontrarme con la denostada pasa. Tanto me agradó, que repetí, y hasta pedí la receta.

Después de mi personal estreno y definitiva aceptación, todas las Navidades, desde aquel entonces, hemos elaborado empanadicos en casa, con las calabazas nacidas en mi huerto y con el resto de ingredientes adquiridos en Ultramarinos La Confianza. Se ha convertido en una entretenida y expectante tradición.

Han sido varias las recetas puestas en práctica. Desde aquella primera que solicité y que nunca conseguí que me saliera igual, pasando por la que me dieron tras mi paso por un taller de elaboración de empanadicos, hasta la facilitada por la madre de una amiga, que es con la que año tras año intentamos mejorarlo. Reconozco que después de unos cuantos años, no acabamos de cogerle aquel. Buenos están, pero no como aquel que probé con tanto entusiasmo de las Amas de Casa de la Hoya de Huesca.

Este dulce de subsistencia y aprovechamiento, por lo que he podido comprobar, tiene tantas variantes, como manos lo elaboran. Así lo pude constatar siendo jurado en un concurso de empanadicos, en el que llegué a probar hasta 37 diferentes. No encontré dos iguales y todos tenían su alma.

La receta que a continuación comparto es la que venimos repitiendo en los últimos años. El empanadico está bueno, porque los ingredientes no engañan. Pero dicho esto, no acabamos de igualarlo al que probamos de la mano de quien nos facilitó la receta. Copio, tal cual, como así nos la pasaron, sin corregir una coma.

Empanadico de calabaza de la madre de Julia. Para medio litro de agua se echan dos cucharadas soperas de azúcar, una cucharada de anís en grano, una piel de naranja y una pizca de sal. Se pone al fuego hasta que hierva. En un cuenco grande se echa la harina formando un volcán, y en el centro se echa una medida (tazón) de aceite de oliva suave y dos medidas de agua escaldada, hirviendo y colada. Amasar suave hasta que se trabaje bien. Acto seguido y sin reposar, se hace una bola como un puño y se estira. Se coloca sobre papel de horno. En un bol se mezcla azúcar con canela. Aproximadamente, para medio kilo de azúcar, dos cucharadas de canela. Mezclar bien. Poner esta mezcla sobre la mitad de la lámina de masa, que quede bien extendida. La calabaza se corta como para tortilla y se coloca sobre el azúcar de forma generosa y sin que queden huecos. Encima se ponen las pasas y los piñones. Se espolvorea con el azúcar de la mezcla y se echa un chorrito de aceite por todo. Se tapa con la otra mitad de la masa extendida y se espolvorea azúcar blanco y un chorrito de aceite. Se pincha con una tijera y se coloca en el horno, precalentado, a una temperatura entre 175 y 200 grados centígrados. Aproximadamente, debe estar entre 20 o 30 minutos con aire arriba y abajo.

 

 













domingo, 10 de diciembre de 2023

01227 Los Dobladillos

 FARINOSOS


Traigo hasta este caleidoscopio vital, otro de los dulces de repostería que me apasiona: el dobladillo. Mi querencia hacia ellos data, como no podía ser de otra manera, de mis días con mi abuela Genoveva. De todo ello di buena cuenta en la entrada número 00263 de este interminable blog.

Los dobladillos o farinosos, según de donde procedan, me han acompañado toda la vida. En mi infancia, como digo, en Alcalá de Gurrea; en el instituto, a la hora del almuerzo y que compraba en una pastelería cercana a mi centro de enseñanza; en mi juventud, en los días de capricho con mi madre; y a partir de aquí, siempre que he tenido oportunidad, o el dobladillo ha salido a mi paso. Y no solo me han "acompañado", sino que también han viajado conmigo, cuando he ido a casa de algunos de mis hermanos, a los que también les encantan.

Ahora, por motivos obvios de la edad, los tomo de ciento a viento. Pero si se tercia, si el dobladillo es bueno, con toda celeridad le hago un sitio. Digo lo de si es bueno, porque en los últimos años, lamentablemente, han ido cerrando las panaderías donde elaboraban "mis dobladillos de referencia". Incluso, hace unas semanas, leí que la panadería de Alcalá de Gurrea, a cuyo horno iba con mi abuela a cocer los dobladillos y a impregnarme de unos olores a vida, que me acompañarán toda la vida, anunciaba también su cierre.

Los tiempos han cambiado mucho, así como los usos y la forma de vida. En la actualidad, y no dudo que los habrá, me cuesta mucho encontrar dobladillos como los que he venido comiendo y disfrutando. Los que están faltos de gracia, su masa es contundente y nada crujiente. Malos no están, al fin y al cabo, no dejan de ser una mezcla de aceite, agua, azúcar, miel, harina y canela, amén del toque personal de cada obrador. Pero con todo, se me antojan poco artesanales.

Con Gloria, a la que también le apasionan, cuando vemos un dobladillo que no conocemos, lo compramos para luego hacer nuestra personal valoración y máxime ahora, que estamos huérfanos de un dobladillo que nos guste. Es lo que nos sucedió con un dobladillo que compramos en una panadería de Barbastro, Panadería repostería J. Sierra. Cuando los vimos, ya nos pareció que tenían que ser como a nosotros nos gustan: masa fina, aparentemente crujientes y de un aspecto fantástico. Tras catarlo, nos miramos, y nos dijimos: "hemos vuelto a encontrar el dobladillo perfecto".

Desde entonces, no hay vez que pasemos por la Ciudad del Vero, que nos demos un capricho en forma de dobladillo o farinoso. La pregunta es ¿por cuánto tiempo? Espero que por mucho.

 




lunes, 4 de abril de 2022

00960 Los Bollos de Mantequilla

 EXQUISITEZ BILBAÍNA


En el día a día, salvo en rarísimas ocasiones, soy de los de poner un pie en el suelo y funcionar toda la mañana con un café americano o dos si se tercia. Vamos, que ni almuerzo ni tostaditas, ni zumo de naranja ni ná. Cafetito, y a funcionar.

Distinto es cuando estoy de vacaciones fuera de casa, viajo o visito a mis hermanos desperdigados por la geografía española. Entonces, acostumbro a desayunar en condiciones y dejar el pabellón bien alto. Será, entre otras cosas, porque desayuno en compañía.

Cada destino tiene su particular desayuno y su personal fiesta gastronómica. Los bollos con mantequilla, que traigo en esta ocasión hasta este caleidoscopio vital, son los que alegran mis despertares cuando visito a mis hermanos en Bilbao y que pelean su protagonismo junto a las carolinas y los pasteles de arroz, exquisiteces típicas y originarias del "botxo", apelativo cariñoso con el que se conoce desde antiguo a esta magnífica Villa vasca. Estos deliciosos bollos, disfrutados mientras mi vista se recrea tras los ventanales con la ría bilbaína y el esplendoroso Museo Guggenheim, hacen de mis desayunos bilbaínos un pequeño lujo siempre recordado.

La personalidad de este dulce típico de Bilbao estriba en la acertada combinación del tierno bollo suizo de toda la vida con una suave y deliciosa crema de mantequilla. Según se cuenta, estos populares bollos llegaron a Bilbao desde Poschiavo, un pequeño pueblo Suizo. Lo hicieron de la mano de Bernardo Franconi y Francesco Matossi, dos primos que abrieron una pequeña pastelería en la calle Correo hacia el año 1830. Una pastelería que unieron a un café que había en la parte posterior, abierto hacia la Plaza Nueva. Los bollos de mantequilla de Bilbao tienen una forma ligeramente ovalada, si bien resulta más sencillo, si los hacemos en casa, darles una forma redonda.

Los bollos que aparecen en la imagen con la que inicio esta entrada están comprados en la pastelería Arrese, en la Gran Vía de Bilbao. El resto de fotografías se corresponden con "intentos" hechos en casa. Aunque son muchas las pastelería bilbaínas, y ¡qué pastelerías hay!, que ofrecen estos bollos, la pastelería Arrese es una de mis favoritas, ya no solo por los excelentes elaboraciones que preparan, algún día las traeré por aquí, sino por el regalo que supone a la vista su visita y poder admirar su impresionante mostrador de mármol de Carrara o sus vidrios emplomados. Otro deleite.

Lo ideal es probar estos bollos en Bilbao, pero si queréis aproximaros a su delicioso sabor, aquí os dejo una receta que cayó un día en mis manos y que es la que ponemos en práctica en casa. Lleva su tiempo pero merece la pena.