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jueves, 27 de junio de 2024

01379 Los Pasteles

 UNA DULCE DIVAGACIÓN


Se dice que a nadie le amarga un dulce, y bien cierto es. Aunque ya he comentado en alguna ocasión, que no doy un paso por los dulces, si me los ponen en bandeja, disfruto como el que más. Y si esa bandeja contiene una representación de mis dulces debilidades en forma de pastel, para qué contar: la felicidad llama a mi estómago y también a mis recuerdos de infancia.

Por cierto, mientras me comía de una sentada, y nada menos que para cenar, una ensaimada de nata, medio mil hojas de crema y un merengue, como diría aquel, “pa vernos matao”, me he preguntado el por qué lo dulce está asociado a la felicidad. Los encuentros familiares acaban con algo dulce. La vela de cumpleaños se ancla en una dulce tarta. Si quieres ver a alguien feliz, regálale un dulce. Hay quien se quita las penas tomando algo dulce. Cuando vas a comer o cenar a casa de alguien, habitualmente te presentas con una botella de vino y algo dulce. Los domingos, que no falte el dulce… por poner solo algunos ejemplos.

Independientemente de que nuestros antepasados asociaran el sabor dulce con alimentos ricos en energía y que nuestro cerebro ha conservado esta preferencia por lo dulce, -aunque no sea en mi caso, que me inclino más por lo salado, sin descartar en sonadas ocasiones lo dulce-, explicaría por qué nos resulta tan atractivo y reconfortante. No en vano, el azúcar favorece la liberación de endorfinas, la llamada hormona de la felicidad. Cuando consumimos alimentos dulces, nuestro cerebro libera endorfinas y serotonina, que no son otra cosa que las sustancias químicas responsables de la sensación de bienestar y felicidad. Además, en lo dulce hay algo emocional a través de la conexión con nuestra infancia, al estar vinculado a momentos felices.

Pues nada, hasta aquí puedo leer, que ya no tengo más dulce que meterme en la boca. Bueno, sí que tengo, la otra mitad del mil hojas, pero tampoco hay que abusar de la felicidad. 



sábado, 22 de septiembre de 2018

00809 La Carolina

NACIDA EN BILBAO


Me enamoré de ella el primer día que me la presentaron. Fue un flechazo a primera vista; esbelta, dulce, alegre y sensual. Además, me encantó la historia de su nacimiento y su vida repleta de éxitos, hasta el punto de convertirse en todo un referente en la capital vizcaína.

Nos vemos poco. Solo cuando voy de visita a Bilbao. No acostumbra a airear su porte fuera de aquí. O yo por lo menos nunca la he visto. Y es que la Carolina es así, exclusiva y original.

Ya he comentado que me encanta el merengue, me vuelve loco el merengue, y si a esto le añadimos su justa proporción en el tamaño, una curiosa presentación y su facilidad para poder degustarlo sin hacer excesivos malabares..., además de ganarme por el  gusto, también me gana por el  corazón. Es el caso de la Carolina, uno de los tres dulces típicos de Bilbo, junto a los bollos de mantequilla y al pastel de arroz, y cuyos ingredientes principales son: merengue, hojaldre, crema pastelera o de coco, yema de huevo y chocolate.

Cuentan que un pastelero bilbaíno quiso sorprender a su hija el día de su cumpleaños con un postre especial. Al parecer, el merengue era su dulce favorito y a partir de él, ideó este vistoso pastel fácil de comer. Así, montó una espuma de merengue sobre una base de fino hojaldre relleno de crema pastelera. Para su decoración empleó una lámina de yema de huevo por un lado y otra de chocolate por el otro. El pastel recibió el nombre de Carolina, ya que así se llamaba su hija.

La marquesa de Parabere recoge esta receta en su primer libro "Confitería y Repostería" en 1930.

Cuando vayas a Bilbao, no dejes de saborear una de estas deliciosas Carolinas, si no son dos.










viernes, 31 de agosto de 2018

00786 Los Pastéis de Belém

NATAS DE LISBOA


Conocí y saboreé estos deliciosos pasteles la primera vez, en mi historia más reciente, que visité la vecina Portugal. Desde aquel entonces, se ha convertido en un clásico,  pisar tierras lusas y comer uno, dos o tres de estos peculiares pastelitos.

Aunque desde sus inicios se denominaron "Pastéis de Belém", en punto y seguido cuento su historia, popularmente en Portugual son conocidos de igual manera como "Pasteles de Nata" o "Natas de Lisboa". Su origen se remonta a los inicios del siglo XIX, en Belém, cerca del monasterio de los Jerónimos, en la capital lusa, donde había una refinería de caña de azúcar que estaba asociada a una pequeña tienda de comercio variado.

A raíz de la Revolución Liberal de 1820, todos los conventos de Portugal fueron cerrados en 1834, expulsando de ellos tanto al clero como a los trabajadores. Fue en este monasterio lisboeta donde a alguien, en un intento de supervivencia, se le ocurrió poner a la venta en la pequeña tienda de ultramarinos unos pasteles a los que se denominó "Pastéis de Belém".

En aquella época la zona de Belém quedaba alejada de la ciudad de Lisboa, si bien la presencia de visitantes se aseguraba por los barcos de vapor que llegaban a esta zona. No obstante, la belleza del monasterio de los Jerónimos y de la Torre de Belém atraían a un buen número de visitantes que se acostumbraron a saborear estos deliciosos pastelitos originarios del cenobio.

En el año 1837 se inició la fabricación de los "Pastéis de Belém" en las instalaciones anexas a la refinería, según la antigua "receta secreta" originaria del monasterio. Desde entonces esta receta ha sido transmitida y conocida exclusivamente por los maestros pasteleros que los fabrican de modo artesanal en el "Taller del Secreto".

Los que ilustran esta entrada no son los de la pastelería original y supongo que distarán mucho de esa receta secreta, pero aún así, estaban deliciosos.

He mirado en internet recetas para elaborarlos en casa y observo que hay una gran variedad de ellas. Me voy a dejar llevar por las imágenes y la que más se parezca a los pastelitos que recuerdo,  la trasladaré, con su resultado de elaboración doméstica,  hasta estas diez mil cosas que me gustan.