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jueves, 26 de marzo de 2026

01734 Las Galletas de Mantequilla

DE BUENA VECINDAD


Buenas están, pero tengo que mejorarlas. Nada que ver con las que me obsequia mi vecina de rellano, y quien por otro lado, me facilitó la receta de estas deliciosas galletas de mantequilla.

Aunque todavía no le he cogido el punto de presentación y textura a estas galletas, el sabor es francamente interesante. Digo esto, a tenor de las que elaboré y que formaron parte de la celebración de mi cumpleaños con mis compañeros del grupo de teatro. Fueron el broche final de una opípara y entrañable merienda/cena. Antes de llevarlas al centro de reunión para la celebración, las probé para darles el visto bueno. Me entraron las dudas. Sí, se podían comer, pero no se parecían en nada, solo en el sabor, a las elaboradas por mi vecina. Las mías perdían la forma prevista en el horno y su textura me resultó algo dura. Las de mi vecina presentan un aspecto inmejorables, a la par que no hay que masticar mucho para disfrutar de ellas. No obstante, también tengo que decir, que del medio centenar de galletas que llevé, apenas regresaron a casa una decena. De nuevo en la cocina y con más tranquilidad, busqué las posibles causas de que las galletas se diferenciaran tanto de las de mi vecina, a pesar de seguir al pie de la letra la receta que me facilitó. Llegué a la conclusión de que estiré mucho la masa con el fin de obtener más galletas y que igual las tuve más tiempo en el horno del que necesitaban. Seguiré intentándolo.

Detrás de estas galletas hay una sencilla historia de buena y grata vecindad. Cuando el huerto comienza a dar sus frutos, tengo por costumbre compartirlos con mi gente más allegada, entre las que incluyo a mi vecina. El primer día que le pregunté si le gustaban los productos de la huerta, me hizo constar que solo los tomates. Así que, desde aquel entonces, cuando llega el preciado fruto a nuestras vidas, siempre que cojo para casa, le paso una buena selección, que ella corresponde con algún cocinado o dulce hechos por ella. En una ocasión, al día siguiente de la recepción de los tomates nos sorprendió con estas galletas que son un auténtico vicio. Tanto es así, que la generosa fuente de galletas con la que nos obsequia, apenas dura tres días. 

Este pasado verano, en uno de los intercambios, le pedí que, por favor, me diera la receta. Dicho y hecho. Al día siguiente me la facilitaba en un papel escrita con su puño y letra, junto a dos pequeños moldes. A los poco días de mi primera intentona cuasi fallida, le conté lo que me había sucedido. Tiempo le faltó para presentarse en casa con una nueva y generosa fuente de deliciosas galletas de mantequilla, mor de la buena vecindad.

Ingredientes: 500 gramos de harina, 250 gramos de mantequilla, 100 gramos de azúcar, 2 huevos, 150 cl de agua (más o menos), extracto de vainilla y una pizca de sal.

Elaboración: Tamizar la harina. Añadir a la harina una vez tamizada, la mantequilla en pomada, azúcar, agua y 1 huevo. Amasar con las manos hasta conseguir una bola uniforme y extender con el rodillo. Cortar con los moldes para obtener las galletas. Barnizar con el segundo de los huevos. Introducir en el horno a 175 grados centígrados durante 20 minutos. 






 








jueves, 27 de junio de 2024

01379 Los Pasteles

 UNA DULCE DIVAGACIÓN


Se dice que a nadie le amarga un dulce, y bien cierto es. Aunque ya he comentado en alguna ocasión, que no doy un paso por los dulces, si me los ponen en bandeja, disfruto como el que más. Y si esa bandeja contiene una representación de mis dulces debilidades en forma de pastel, para qué contar: la felicidad llama a mi estómago y también a mis recuerdos de infancia.

Por cierto, mientras me comía de una sentada, y nada menos que para cenar, una ensaimada de nata, medio mil hojas de crema y un merengue, como diría aquel, “pa vernos matao”, me he preguntado el por qué lo dulce está asociado a la felicidad. Los encuentros familiares acaban con algo dulce. La vela de cumpleaños se ancla en una dulce tarta. Si quieres ver a alguien feliz, regálale un dulce. Hay quien se quita las penas tomando algo dulce. Cuando vas a comer o cenar a casa de alguien, habitualmente te presentas con una botella de vino y algo dulce. Los domingos, que no falte el dulce… por poner solo algunos ejemplos.

Independientemente de que nuestros antepasados asociaran el sabor dulce con alimentos ricos en energía y que nuestro cerebro ha conservado esta preferencia por lo dulce, -aunque no sea en mi caso, que me inclino más por lo salado, sin descartar en sonadas ocasiones lo dulce-, explicaría por qué nos resulta tan atractivo y reconfortante. No en vano, el azúcar favorece la liberación de endorfinas, la llamada hormona de la felicidad. Cuando consumimos alimentos dulces, nuestro cerebro libera endorfinas y serotonina, que no son otra cosa que las sustancias químicas responsables de la sensación de bienestar y felicidad. Además, en lo dulce hay algo emocional a través de la conexión con nuestra infancia, al estar vinculado a momentos felices.

Pues nada, hasta aquí puedo leer, que ya no tengo más dulce que meterme en la boca. Bueno, sí que tengo, la otra mitad del mil hojas, pero tampoco hay que abusar de la felicidad. 



lunes, 4 de abril de 2022

00960 Los Bollos de Mantequilla

 EXQUISITEZ BILBAÍNA


En el día a día, salvo en rarísimas ocasiones, soy de los de poner un pie en el suelo y funcionar toda la mañana con un café americano o dos si se tercia. Vamos, que ni almuerzo ni tostaditas, ni zumo de naranja ni ná. Cafetito, y a funcionar.

Distinto es cuando estoy de vacaciones fuera de casa, viajo o visito a mis hermanos desperdigados por la geografía española. Entonces, acostumbro a desayunar en condiciones y dejar el pabellón bien alto. Será, entre otras cosas, porque desayuno en compañía.

Cada destino tiene su particular desayuno y su personal fiesta gastronómica. Los bollos con mantequilla, que traigo en esta ocasión hasta este caleidoscopio vital, son los que alegran mis despertares cuando visito a mis hermanos en Bilbao y que pelean su protagonismo junto a las carolinas y los pasteles de arroz, exquisiteces típicas y originarias del "botxo", apelativo cariñoso con el que se conoce desde antiguo a esta magnífica Villa vasca. Estos deliciosos bollos, disfrutados mientras mi vista se recrea tras los ventanales con la ría bilbaína y el esplendoroso Museo Guggenheim, hacen de mis desayunos bilbaínos un pequeño lujo siempre recordado.

La personalidad de este dulce típico de Bilbao estriba en la acertada combinación del tierno bollo suizo de toda la vida con una suave y deliciosa crema de mantequilla. Según se cuenta, estos populares bollos llegaron a Bilbao desde Poschiavo, un pequeño pueblo Suizo. Lo hicieron de la mano de Bernardo Franconi y Francesco Matossi, dos primos que abrieron una pequeña pastelería en la calle Correo hacia el año 1830. Una pastelería que unieron a un café que había en la parte posterior, abierto hacia la Plaza Nueva. Los bollos de mantequilla de Bilbao tienen una forma ligeramente ovalada, si bien resulta más sencillo, si los hacemos en casa, darles una forma redonda.

Los bollos que aparecen en la imagen con la que inicio esta entrada están comprados en la pastelería Arrese, en la Gran Vía de Bilbao. El resto de fotografías se corresponden con "intentos" hechos en casa. Aunque son muchas las pastelería bilbaínas, y ¡qué pastelerías hay!, que ofrecen estos bollos, la pastelería Arrese es una de mis favoritas, ya no solo por los excelentes elaboraciones que preparan, algún día las traeré por aquí, sino por el regalo que supone a la vista su visita y poder admirar su impresionante mostrador de mármol de Carrara o sus vidrios emplomados. Otro deleite.

Lo ideal es probar estos bollos en Bilbao, pero si queréis aproximaros a su delicioso sabor, aquí os dejo una receta que cayó un día en mis manos y que es la que ponemos en práctica en casa. Lleva su tiempo pero merece la pena.

 









lunes, 28 de febrero de 2022

00939 El Chocolate con Churros

 Y VICEVERSA


No sé si me gusta más el chocolate con churros o los churros con chocolate. Sería un largo y estéril debate. De lo que no me cabe duda alguna, es que me sienta fatal, aún gustándome a rabiar uno y otros. Dicen que son cosas de la edad.

Cuando ahora se tercia la posibilidad de sentarme ante un buen chocolate con churros, me lo tomo como si se tratase de  una fiesta aún sabiendo que luego me pueda arrepentir de haberlo hecho. Son tan contadas ocasiones al año las que ingiero tal manjar, que lo disfruto como si no hubiese un mañana. Si mi mesura fuese determinante con la dorada y alargada masa de harina, agua y una pizca de sal, frita en aceite y espolvoreada de azúcar, sería más llevadero y a lo mejor podría aumentar el número de veces las que me acercara hasta esta maravillosa combinación alimenticia. Pero como no es el caso, como no tengo talento ni cuidado alguno, me tengo que conformar con sentarme ante ellos en contadas ocasiones, siempre con una botella de agua bien fría a mano y siempre también, rezando para que su ingesta sea lo más llevadera posible. ¡Qué sé yo las veces que he tenido que reprimir mi tentación por un buen chocolate con churros! Hasta he tenido que desviar la mirada cuando he visto a alguien untar un crujiente churro en el cremoso chocolate o hacer como que pierdo temporalmente el olfato cuando paso junto a una churrería. ¡Qué tentadores que son!

Llegado el caso, cuando tengo la oportunidad de sentarme frente a un chocolate con churros, no puedo evitar de exhibir una sonrisa y recordar momentos y tiempos felices. Y es que churros y chocolate van íntimamente ligados a eso, a instantes y días de felicidad y dicha: Festividades, cumpleaños, desayunos dominicales en familia, fiestas, vacaciones, ferias, meriendas improvisadas en casa con la ayuda de mi heredada churrera doméstica y recogida en este caleidoscopio vital en la entrada número 340. Y cuando todo esto recuerdo, me digo que algo tan lleno de ingenuo placer, felicidad, dulzura y sugerente sabor, nunca puede sentar mal. Y oye, como que funciona. O quiero que así sea.

Me he interesado en saber cuál es el origen del churro y no parece estar muy claro. Algunas fuentes señalan que su receta fue creada a partir de una preparación china llamada youtiao, siglo XII, que no es otra cosa que una masa de pan, salada y frita. Otras fuentes apuntan que es difícil que el churro se originara en China y lo asocian más a la receta del buñuelo, de origen árabe.

También he podido leer que para encontrar las primeras churrerías que hubo en España, hay que remontarse al siglo XIX en la provincia de Zaragoza, "donde el producto se volvió popular entre la población más humilde, consumiéndolo en las fiestas y verbenas". Y que el nombre de churro proviene de las ovejas autóctonas de Castilla y León, donde los pastores acostumbraban a consumirlo, ya que su elaboración en hogueras era más sencilla que el pan, que necesitaba un horno de leña. 










domingo, 22 de julio de 2018

00746 El Requesón

CON MIEL Y NUECES

No acostumbro a acordarme de la existencia de este lácteo, salvo cuando hago una tarta deliciosa que aprendí a elaborarla en Bilbao y que,  por cierto, no encuentro la receta,  o cuando lo veo, fresco, en algún supermercado.

Recetas con requesón hay muchísimas, como no podría ser de otra manera. Pero lo dicho, pienso poco en su existencia.  De cualquier manera, cuando lo como, me gusta que ejerza de  protagonista y que no sea un convidado de piedra en el plato. De aquí, que como más lo disfruto es solo con azúcar,  y si me vengo arriba, con miel y nueces. Una delicia.

Muchos lo consideran como un queso más, pero lo más correcto es clasificarlo dentro de los lácteos, ya que proviene del suero de leche cuajado. Dado que no conlleva maduración, como sucede con los quesos, el requesón contiene un alto porcentaje de agua y su aporte de grasas es muy bajo. La concentración de proteínas, todas de buena calidad por ser de origen animal, es tres veces mayor que en la leche. Además, su aporte de vitaminas y minerales es muy valioso para el organismo: calcio, potasio, fósforo, vitamina A y del complejo B.

A ver si su incorporación a este blog hace que esté más presente en mi dieta, porque gustarme, ya lo creo que me gusta.




martes, 9 de junio de 2015

00053 El Café

QUIZÁS EN DEMASÍA

Inseparable y mudo amigo de mañanas y deshoras. Se inicia el día. Uno, dos y hasta tres besos en estancias y pasillos. Uno, dos y hasta tres bostezos interrumpidos. Y comienza el ritual del despertar, de coger al día por los pies.

Olor, sabor, legaña y mucho en  qué  pensar. Cada día igual. Y te cuento y me recuerdo para no olvidar. Pero da igual. Como sucediera ayer, olvidaré. Y vuelta a empezar. Te dejas mirar, observar, saborear, y llegado el caso, hasta  dibujar un guiño o algo parecido a una sonrisa. Me robas tiempo, creo que mucho tiempo, demasiado tiempo. Pero se está también. Tu y yo, frente a frente, de arriba hacia abajo. O será a la inversa. ¡Qué más da! Tu, yo y el silencio, "rien va plus".

La costumbre, la reiteración y el mimetismo llegan a su fin aunque todavía quede mucho que murmurar entre dientes, que decir y sentir. Apuro el oscuro líquido con la tentación de repetir. El reloj, juez de todos los tiempos, recomienda que puede ser un error. Se acabó el placer y la confesión.

Habrá más encuentros. Solos o en compañía. Y volverás a ser testigo de una chanza, un cumplido, un aviso, diez esperas, cien recuerdos o un te quiero. Y te vestirás de nuevo para mí de agua o de hielo cuantas veces lo requiera.

Por favor, un americano con sacarina.