Ya han surgido unas hojas con el mismo lenguaje de bienvenida. Pronto aparecerán entre el follaje unos tallos dispuestos a alcanzar el cielo. Pronto asomarán unos diminutos capullos verdes que me tenderán la mano siempre necesitada. No habrá entonces sorpresa ni asombro, sí ilusión por un esperado y deseado encuentro en la noche con un dulce perfume de aire limpio y seductor, que me hará recordar que siempre habrá un mañana y una flor que tiende la mano para hablar de inocencia y amistad.
lunes, 17 de abril de 2017
00466 Las Fresias
INOCENCIA Y AMISTAD
Llegaron sin saber nada acerca de ellas. Ni siquiera sabía su nombre, ni qué forma tendrían. Si serían hermosas, si desprenderían fragancias, si me acompañarían en el tiempo o serían apenas un suspiro como tantas otras. Sólo sabía que llegaban en tiempo de espera.

Ocuparon un transitorio lugar bajo la tierra para que la naturaleza, con la complicidad de la primavera, hiciera lo que considerara oportuno. No tardó en actuar. Pronto surgirían unas hojas que parecían dar la bienvenida. Y seguí en la espera. Las hojas crecían a buen ritmo, al mismo que mi curiosidad por saber de qué se trataba. Un buen día, de entre las hojas, comenzaron a aparecer unos tallos dispuestos a alcanzar el cielo. Al poco, empezaron a asomar del tallo diminutos capullos en una formación que se me antojó como si quisieran tenderme la mano en un momento de precaria necesidad. Manos abiertas, cóncavas y generosas. Seguía sin saber su nombre por más que intenté su búsqueda cuando la flor alba se regaló a la vida con un dulce perfume de aire limpio y seductor. La llamé, "la flor que tiende la mano" antes de que alguien me hiciera saber su nombre.

Pasó su tiempo y el de su disfrute llegada la noche. Cuando ya solo fue un recuerdo, guardé los cormos en una caja de zapatos junto a otros bulbos a la espera de una nueva oportunidad, de un nuevo ciclo de vida y ocupar de nuevo un transitorio lugar bajo la tierra.
Ya han surgido unas hojas con el mismo lenguaje de bienvenida. Pronto aparecerán entre el follaje unos tallos dispuestos a alcanzar el cielo. Pronto asomarán unos diminutos capullos verdes que me tenderán la mano siempre necesitada. No habrá entonces sorpresa ni asombro, sí ilusión por un esperado y deseado encuentro en la noche con un dulce perfume de aire limpio y seductor, que me hará recordar que siempre habrá un mañana y una flor que tiende la mano para hablar de inocencia y amistad.
Ya han surgido unas hojas con el mismo lenguaje de bienvenida. Pronto aparecerán entre el follaje unos tallos dispuestos a alcanzar el cielo. Pronto asomarán unos diminutos capullos verdes que me tenderán la mano siempre necesitada. No habrá entonces sorpresa ni asombro, sí ilusión por un esperado y deseado encuentro en la noche con un dulce perfume de aire limpio y seductor, que me hará recordar que siempre habrá un mañana y una flor que tiende la mano para hablar de inocencia y amistad.
sábado, 8 de abril de 2017
00465 La Cocina Socorrida
CUANDO EL TIEMPO APREMIA
Hay días en los que el tiempo va por delante de ti y por más que corres no hay forma de alcanzarlo. Además, si vives en tierra de "capazos callejeros", la misión se hace del todo imposible. Hoy es de esos días en los que se ha juntado todo. El tiempo llevaba puestas las zapatillas de correr y los "capazos" se han ido cediendo el relevo de manera inesperada. Ha hecho un día formidable, de los cogidos con ganas, y parece que nos hemos puesto todos de acuerdo para salir a la calle. Cuando amanecen estos días cualquier excusa es buena para caminar por el asfalto.

El caso es que acabo de llegar a casa y en apenas quince minutos mi unidad familiar querrá comer. No he preparado absolutamente nada. Me gustan los retos. De primero, una
ensalada César. Les encanta. Nos encanta. Y de segundo, merluza. Quería haberla hecho en salsa verde pero carecía de tiempo, así que he recurrido al Lekue, más conocido en casa como el "sarcófago". ¡Qué grandes y sencillos momentos me ha regalado!

Sobre el fondo del "sarcófago" una cebolla cortada a láminas junto con unas gotas de aceite y sal. Cinco minutos al microondas. En otras ocasiones, incluso unos pimientos verdes cortados longitudinalmente. A continuación, la merluza sobre la cama de cebolla, con unas gotas de aceite, ajos picados, sal y pimienta. Diez minutos más de microondas. Ya está. Suave, ligera y sabrosa elaboración. Prueba superada. Quince minutos. La comida está en la mesa gracias a la cocina socorrida en estado puro.
ensalada César. Les encanta. Nos encanta. Y de segundo, merluza. Quería haberla hecho en salsa verde pero carecía de tiempo, así que he recurrido al Lekue, más conocido en casa como el "sarcófago". ¡Qué grandes y sencillos momentos me ha regalado!
Sobre el fondo del "sarcófago" una cebolla cortada a láminas junto con unas gotas de aceite y sal. Cinco minutos al microondas. En otras ocasiones, incluso unos pimientos verdes cortados longitudinalmente. A continuación, la merluza sobre la cama de cebolla, con unas gotas de aceite, ajos picados, sal y pimienta. Diez minutos más de microondas. Ya está. Suave, ligera y sabrosa elaboración. Prueba superada. Quince minutos. La comida está en la mesa gracias a la cocina socorrida en estado puro.
jueves, 6 de abril de 2017
00464 El Salmorrejo
DE REENCUENTRO Y BIENVENIDA
Plato de encuentro y reencuentro con sabor a antiguo fogón y a nueva bienvenida. Ninguno sabe igual a otro. Como tantas otras elaboraciones de raíz y subsistencia, cada factura tiene su peculiaridad. Algo tendrá que ver la particular costumbre, la carne de cerdo, el aceite, la longaniza, la torteta... y la mano hacedora. Pero al fin y a la postre, salmorrejo con un inconfundible sabor a tradición.

De nuevo mis recuerdos me devuelven a la cocina de mi abuela en Alcalá de Gurrea. Cuando en casa hacemos salmorrejo, siempre por algún motivo de encuentro y reencuentro, se me hacen presentes la tinajas de barro donde mi abuela guardaba en adobo los despieces de la última matacía y como, en un visto y no visto, nos obsequiaba a los "huéspedes" con un espléndido salmorrejo cuyo sabor, por más que lo he intentado, nunca lo he vuelto a recuperar. Sí, una aproximación a su olor.
Al no ser menú acostumbrado, cuando la abuela lo cocinaba, se me antojaba como un plato de ceremonial, de los de comer poco a poco, pacientemente, y con el deseo de que nunca llegara el final. Ahora un trozo de la "tajadica" de lomo. Después un mordisco a la torteta. Luego a la longaniza y la costilla. Y entre medio, un bocado a la "tortilla de trampa",que no es otra cosa que una tortilla de huevo, pan, ajo y perejil, bien empapada con los jugos del guiso. ¡Por Dios, qué deleite me produce solo su mero recuerdo!
No siempre el citado salmorrejo contenía todos los ingredientes. Todo dependía de cómo estuviera la despensa. Si faltaba alguno, tampoco se le echaba de menos. Lo importante era el sabor, siempre el sabor, y la cara de satisfacción de la abuela viéndonos comer. De hecho, al último salmorrejo elaborado en casa recientemente, por una falta de previsión, no le añadimos la "tortilla de trampa". Tengo que reconocer que a esta, sí que la encontré a faltar.
Como he señalado al inicio, hay varias formas de cocinar el salmorrejo. Hay quien le incorpora espárragos o huevos y descarta la tortilla. Hay quien lo hace solo con lomo, longaniza y torteta.... Yo soy fiel al hacer aprendido de mi abuela y de mi madre en esos días de reencuentro y bienvenida.
Ingredientes mínimos para cuatro personas: 8 trozos de costilla de cerdo, 8 rodajas de lomo de cerdo, 1 longaniza, 2 tortetas, 4 huevos, ajo, perejil, miga de pan, aceite, sal y agua.
Elaboración: Freímos en aceite de oliva y por separado el lomo, la costilla, la longaniza y la torteta. A continuación, colocamos el lomo, la costilla y la longaniza en una tartera de barro o en una cacerola y ponemos los ingredientes a cocer cubiertos de agua y con el aceite que nos ha sobrado de freír. Cuando veamos que están cocidos, añadimos la torteta y dejamos hervir unos minutos. Tostamos un poco de harina para ligar el caldo de la cocción y añadimos una picada de ajo y perejil. Hacemos una majada con ajo y perejil para mezclarla posteriormente con la miga de pan y añadimos los cuatro huevos para hacer una tortilla redonda que incorporaremos sobre el guiso cortada en triángulos. Dejamos cocer unos minutos para que la tortilla se impregne del caldo y servimos caliente.
De nuevo mis recuerdos me devuelven a la cocina de mi abuela en Alcalá de Gurrea. Cuando en casa hacemos salmorrejo, siempre por algún motivo de encuentro y reencuentro, se me hacen presentes la tinajas de barro donde mi abuela guardaba en adobo los despieces de la última matacía y como, en un visto y no visto, nos obsequiaba a los "huéspedes" con un espléndido salmorrejo cuyo sabor, por más que lo he intentado, nunca lo he vuelto a recuperar. Sí, una aproximación a su olor.
Ingredientes mínimos para cuatro personas: 8 trozos de costilla de cerdo, 8 rodajas de lomo de cerdo, 1 longaniza, 2 tortetas, 4 huevos, ajo, perejil, miga de pan, aceite, sal y agua.
miércoles, 5 de abril de 2017
00463 Los Kiwis
SÚPER FRUTA
Cada vez que veo esta original fruta, no puedo dejar de rememorar cuando supe de su existencia. Fue en Barcelona, en una casa de comidas para llevar ubicada en la calle Balmes. Eran tiempos en los que cada mirar era un asombro y cada paso una curiosidad. Recuerdo un suculento escaparate donde se exponían albóndigas, calamares en su tinta, pollo guisado de varias guisas, canelones, espaguetis, redondos de carne, escalibada, redondos de carne, esqueixada, croquetas... todo muy aparente y apetitoso. Pero sobre todas las cosas, algo me llamó poderosamente la atención por su alegre y vistoso colorido. Se trataba de un alargado pastel de hojaldre relleno de crema y sobre el que se disponían, en perfecta y alineada formación, finos trozos de fresa, melocotón, naranja y "cosas verdes con puntitos negros", como así los referencié en aquel momento cuando pregunté a mi hermana por su identidad. Eran de un verde intenso y brillante. Muy atractivas y seductoras. Mi hermana me dijo que eran kiwis. Me hizo gracia. Como las aves.
Todavía tardaría algunos años en probar tan curiosa fruta. Donde yo vivía no se "estilaba" en las fruterías y si alguna vez hacían acto de presencia, su precio no invitaba a su consumo. Cuando probé este fruto por primera vez, me gustó. Maduro y con un sabor muy personal. Incluso la forma de comerlo me pareció divertida y original; con cucharilla. Desde aquel entonces la incorporé a mi dieta habitual.
Conocido en la antigua China como Yang Tao, el kiwi se popularizó en esta cultura no solo por su sabor, sino también por sus propiedades medicinales. Este fruto fue introducido por los misioneros en Nueva Zelanda a principios del siglo XX, y posteriormente en los Estados Unidos a finales de la década de 1960. A partir de estos años, el cultivo del kiwi creció con intensidad en todo el mundo. Hoy en día, Italia, Chile, Francia, Japón y Estados Unidos son los mayores productores de dos variedades: el kiwi verde y dorado.
El kiwi proporciona un 273% de la cantidad diaria recomendada de vitamina C y es un estimulante natural del sistema inmune que evita los resfriados y la gripe. Además, contienen buenas cantidades de vitamina A y vitamina E y limita tanto la hipertensión como la presión arterial alta. El kiwi es uno de los pocos alimentos ricos en vitamina B6 que ayuda al sistema inmunológico. El folato en el kiwi protege contra los defectos congénitos, enfermedades del corazón y cáncer. Las cantidades saludables de fibra mantienen al sistema funcionando sin problemas, lo que reduce el riesgo de diverticulitis y carcinógenos en el cuerpo. Su poder antioxidante proporciona efectos similares cuando se trata de neutralizar los radicales libres que pueden dañar las células, causar inflamación y el cáncer.
Solo una advertencia, el kiwi debe consumirse con moderación, ya que contiene fructosa, que puede ser perjudicial en cantidades excesivas.
Solo una advertencia, el kiwi debe consumirse con moderación, ya que contiene fructosa, que puede ser perjudicial en cantidades excesivas.
martes, 4 de abril de 2017
00462 Los Colores en la Cocina
PINCELADAS DE ABSTRACCIÓN
Hay colores que pintan paisajes viajados. Un amanecer en oro con su atardecer de plata. Un campo en la distancia con apuntes de terciopelo que da lástima pisarlo. De amapolas y madroños, de tulipanes y lavandas, de cálido aposento donde dormitar el alma. Hay colores que visten el mar de fiesta y de siesta, con el recuerdo de una húmeda caricia sobre el agua. También hay quienes lo tizna de improvisada melancolía.
Hay colores que acompañan y que en el caminar susurran alientos de necesitada compañía. Pigmentos que impactan en el tránsito de una mirada y que se resisten pertinaces al olvido. Todo lo agrandan, todo lo hacen más magnífico y confiable.
Hay colores de diario que más tarde serán sustento. Entran rotundos por la vista con provocadora intención, con sugerente impresión. Pinceladas de abstracción antes de ser sabor y gusto. Colores que incitan y tamizan sensaciones traídas de la huerta, del mar y de la tierra para transmitir su seductor color.
domingo, 2 de abril de 2017
00461 Las Salchichas
DE CARNE DE CERDO
Posiblemente no tengan demasiado recorrido. Tan anónimas, tan sencillas y humildes. Es casi un alimento amigo, de esos que te acompañan toda la vida. Un producto socorrido, de apaño, como el que no quiere la cosa. Siempre están allí para un apremio, para una desgana, para un con cualquier tontería me conformo. De tan escasa impronta que pasan desapercibidas, sin apenas importancia. Será por todo esto que me gustan. Por esto y porque son excepcionales, máxime cuando das con la chacinería que se alía en la elaboración con tus preferencias y gustos. Y hace muchos años que la encontré. Bueno, para no faltar a la verdad, me vino heredada.

Hace ya algunas fechas traje a este blog mi gusto por las salchichas de cerdo bañadas en un simple y sencillo sofrito de tomate, cebolla y un par de cayenas. Es una de mis muchas debilidades. Además, es un plato capaz de aguantar en el frigorífico varias jornadas a la espera de la más mínima oportunidad.

Las salchichas de cerdo se llevan bien creo que con casi todo. Admite muchos compañeros en el viaje gastronómico. Así, a bote pronto, estoy recordando socorridas elaboraciones con cebolla, con setas, al vino blanco, con salsa de mostaza o de queso azul, nadando entre macarrones o como aderezo a unos espaguetis, al horno con puré de patatas...
En este particular reconocimiento a las salchichas de cerdo, no puedo olvidarme de los grandes momentos que me regaló "mi bocadillo" de salchichas y pimientos verdes fritos que se arropaban entre dos rebanadas de pan con tomate. Hace muchos años que no me doy semejante capricho. Lamentablemente, el apartado bocadillos, para mí, casi ha pasado a la historia. Solo su recuerdo hace que "se me salten las lágrimas de la emoción". Cualquier día de estos que la báscula me lo permita, me haré un bocadillo de esta nostalgia.
Ay, salchichas! Tan anónimas, tan sencillas, tan humildes y sabrosas.
Posiblemente no tengan demasiado recorrido. Tan anónimas, tan sencillas y humildes. Es casi un alimento amigo, de esos que te acompañan toda la vida. Un producto socorrido, de apaño, como el que no quiere la cosa. Siempre están allí para un apremio, para una desgana, para un con cualquier tontería me conformo. De tan escasa impronta que pasan desapercibidas, sin apenas importancia. Será por todo esto que me gustan. Por esto y porque son excepcionales, máxime cuando das con la chacinería que se alía en la elaboración con tus preferencias y gustos. Y hace muchos años que la encontré. Bueno, para no faltar a la verdad, me vino heredada.
Hace ya algunas fechas traje a este blog mi gusto por las salchichas de cerdo bañadas en un simple y sencillo sofrito de tomate, cebolla y un par de cayenas. Es una de mis muchas debilidades. Además, es un plato capaz de aguantar en el frigorífico varias jornadas a la espera de la más mínima oportunidad.

Las salchichas de cerdo se llevan bien creo que con casi todo. Admite muchos compañeros en el viaje gastronómico. Así, a bote pronto, estoy recordando socorridas elaboraciones con cebolla, con setas, al vino blanco, con salsa de mostaza o de queso azul, nadando entre macarrones o como aderezo a unos espaguetis, al horno con puré de patatas...
En este particular reconocimiento a las salchichas de cerdo, no puedo olvidarme de los grandes momentos que me regaló "mi bocadillo" de salchichas y pimientos verdes fritos que se arropaban entre dos rebanadas de pan con tomate. Hace muchos años que no me doy semejante capricho. Lamentablemente, el apartado bocadillos, para mí, casi ha pasado a la historia. Solo su recuerdo hace que "se me salten las lágrimas de la emoción". Cualquier día de estos que la báscula me lo permita, me haré un bocadillo de esta nostalgia.
Ay, salchichas! Tan anónimas, tan sencillas, tan humildes y sabrosas.
sábado, 1 de abril de 2017
00460 Los Huevos Nido
CON ANCHOAS
Una conversación telefónica de recuerdos y besos en la distancia me ha regresado al cuaderno de los "Sabores de mi madre". Mi interlocutora se disponía a comprar unos panecillos para poner en práctica una receta que había visto elaborar recientemente en un canal de cocina. No le he prestado mucho atención a sus ingredientes. Mis pensamientos se han escaqueado para traerme del reposado recuerdo unos "huevos nido" que hacía mi madre de tiempo en tiempo en tiempo, de capricho en capricho.

No los había vuelto a probar desde aquellos entonces. En el preciado cuaderno apenas media docena de líneas en las que se explica su elaboración. "Huevos nido con anchoas. Un panecillo de corteza fina. Uno o dos huevos y dos o tres lomos de anchoas de lata en aceite por panecillo. Se abre el panecillo por la parte superior y se le quita la miga. A continuación se introduce dentro del panecillo la yema o yemas de huevo sin la clara y sobre ellas, las anchoas. Batimos las claras a punto de nieve con un poco de sal y cubrimos el panecillo. Introducimos el panecillo en el horno pre calentado a unos 150 grados y lo sacamos cuando veamos que la clara montada comienza a dorarse. Servir caliente".

Esto es todo con su sencillez y la untuosidad de una yema que sin permiso impregna el panecillo con su vivo color al primer corte. El sabor de la anchoa hará el resto.
No los había vuelto a probar desde aquellos ya lejanos entonces. Una vez más, un aletargado sabor ha reactivado la maquinaria de los recuerdos con apuntes de necesitada felicidad.
Una conversación telefónica de recuerdos y besos en la distancia me ha regresado al cuaderno de los "Sabores de mi madre". Mi interlocutora se disponía a comprar unos panecillos para poner en práctica una receta que había visto elaborar recientemente en un canal de cocina. No le he prestado mucho atención a sus ingredientes. Mis pensamientos se han escaqueado para traerme del reposado recuerdo unos "huevos nido" que hacía mi madre de tiempo en tiempo en tiempo, de capricho en capricho.
Esto es todo con su sencillez y la untuosidad de una yema que sin permiso impregna el panecillo con su vivo color al primer corte. El sabor de la anchoa hará el resto.
No los había vuelto a probar desde aquellos ya lejanos entonces. Una vez más, un aletargado sabor ha reactivado la maquinaria de los recuerdos con apuntes de necesitada felicidad.
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