viernes, 5 de agosto de 2016

00343 El Café con Olivo

FUERTE, VITAL


Hoy el café,  ni americano, ni sólo, ni con leche, ni cortado, ni largo ni corto, ni con azúcar ni sacarina, ni descafeinado, ni con gotas... Hoy el café será con olivo. ¡Con una buena dosis de olivo!

Ni siquiera el periódico es necesario. No creo que su lectura me eche en falta. Solos el olivo, yo, y una mañana soleada que busca sombras para iluminar. Se está bien al cobijo del urbano olivo. Sus frutos asoman en un verdor esperanzador necesitado de atenciones.

Olivo de ternura, amabilidad, paz y alegría. Olivo laureado y de sabio ungüento. Olivo fuerte, victorioso, fiel e inmortal, paladín de la riqueza y de la abundancia. Luz de olivo en el calor y la calma.

Pasa el tiempo del café con olivo. Algo quedará en mí de sus cualidades natas.

00342 La Ensalada Barbuda

ENSALADA EMOTICONO 6


Sin saber cómo se nos ha echado el tiempo encima y llegamos tarde a la cita. Entre que llamamos por teléfono para avisar de nuestra tardanza, damos alguna que otra explicación y pedimos mil perdones, consumimos unos minutos preciosos que prolongan todavía más nuestra falta de puntualidad. Aquí es donde entra en juega la ensalada barbuda. Con ella queremos significar que estamos listos en cero coma, tal y como vulgarmente se dice ahora. Lo que nos cuesta un rápido afeitado. De hecho, hasta ya tenemos la espuma de afeitar sobre la cara. Una pasada rápida de maquinilla y listos. Luego ya daremos todo tipo de explicaciones y disculpas.

También la podemos utilizar para trasladar con anticipación a nuestro interlocutor que posponemos la hora de la cita prevista en diez minutos. Es decir, lo que nos cuesta un rápido afeitado.

Ingredientes: lechuga, tomate, pepinillo, atún y queso feta.





jueves, 4 de agosto de 2016

00341 Los Grillos

LA SENCILLEZ HECHA BOCADO


Tantos años viviendo en Bilbao, tantos potes compartidos en sus calles y tantas visitas a sus emblemáticos lugares para enterarme hace escasos días, precisamente en mi última estancia, de la existencia de los grillos. Fue mi hermano Antonio el que me informó de su existencia en un bar de Deusto. Allí estaban sobre la acristalada barra luciendo su humildad entre sofisticadas elaboraciones.

Aunque en mis años de bocho los grillos me pasaran desapercibidos, se trata de una tapa bilbaína sencilla y minimalista de toda la vida. Por algún lugar he leído que es la tapa de la difícil sencillez hecha bocado. Patata cocida, lechuga, cebolla, sal, vinagre y un buen chorro de aceite de oliva. Un pincho que no exige paciencia, de los que se comen de una vez, en un bocado.

Los grillos que fotografié, además de lo anteriormente descrito,  llevaban también una aceituna rellena. En el siguiente bar que visitamos, la sencilla tapa en lugar de aceituna portaba una rodaja de tomate. Me dijo la simpática camarera que era para que el grillo tuviera más color.

Este verano más de un grillo hará cri, cri, cri, cri para acompañar a la rubia cerveza.








00340 La Vieja Churrera

EN MEMORIA DE LA HERMANA MARÍA LUISA


Acabo de limpiar y ordenar uno de los armarios de la cocina y me he reencontrado con una querida amiga; con mi vieja churrera. La conozco desde que tengo uso de razón. Todavía veo a mi padre trajinar con ella en la cocina, ya fuese para hacer unos crujientes churros o para elaborar unas finísimas galletas como sólo él sabía preparar. Aún puedo verle dándole vueltas y más vueltas a, por aquel entonces para mí, un enorme tornillo que ayudaba a  expulsar por un orificio estrellado una curiosa y juguetona masa. Inclinado sobre la freidora, entre sudores y sonrisas, apretaba el tornillo que empujaba la masa presta a su  liberación. Mientras tanto yo, subido a una silla y tijeras en mano,  esperaba impaciente el permiso de mi padre para cortar el churro que escupía la churrera. Cuando mi padre consideraba que el tamaño de la inminente fritura era el idóneo, me decía de forma acompasada, "Ahora, ahora, ahora". De uno en uno, pacientemente.

Mi padre falleció a tempranas edades; a la suya y a la mía. La churrera, como tantas otras cosas por aquel entonces, quedó en un semi olvido a la espera de nuevas oportunidades. También ella guardó su luto en algún armario de la cocina familiar.

Hay objetos que son más que útil materia. No hablan, pero llevan escritas sutiles vivencias. He vuelto a tomar la churrera entre mis manos después de algunos años y la primera imagen que se me ha hecho presente ha sido la de mi siempre querida Hermana María Luisa, quien fuera mi ángel de la guarda aquí en la tierra. No entraré en pormenores. Hay recuerdos difíciles de digerir y que es mejor que sigan deambulando por el camino del olvido. Sólo puedo decir y recordar que llegados esos momentos de dificultad, las palabras de la Hermana María Luisa, su ternura, su sonrisa, su templanza y también alguna que otra caricia, ejercían sobre mí como un bálsamo reparador de incalculable valor. No he conocido a nadie que supiera escuchar como ella y capaz de convertir una lágrima de sufrimiento y dolor en una anécdota deslizándose sobre la mejilla. ¡Cuánto bien y cuánta bondad se congregaban en esa mujer,  Hermana de la Caridad de Santa Ana!

Fue ella quien, de alguna manera, en algún día que no alcanzó a recordar, recuperó para la vida la vieja churrera. El anuncio de su visita a casa siempre era un motivo de alegría que se convertía en una pequeña fiesta para mi madre y para mí. Si era por la mañana, un café sólo y bien cargado, como le encantaba, bastaba para complementar el feliz encuentro. Si era a media tarde y conocíamos con anticipo su visita, no podían faltar los pasteles de manzana de la Pastelería Ascaso, los fritos de crema de la Pastelería Soler o unos churros de la Granja Anita.

En algún momento indefinido de aquellos años aparecería de nuevo la churrera para con su hacer,  sustituir a los de la prestigiosa granja oscense. Conservo con total nitidez las imágenes. Mi madre hacía el chocolate o el café con leche, según apetencias. La Hermana María Luisa se encargaba de preparar la masa para los churros y  yo,  emulando a mi padre,  le daba vueltas al tornillo mientras la Hermana María Luisa iba cortando con la tijera la masa saliente. Todo también, como en tiempos de mi padre, entre risas y sudores. 

Mi ángel de la guarda en su prudente y oficial vestir era muy cuidadosa e incluso me atrevería a decir,  que hasta coqueta. Los días que tocaba elaboración de churros se presentaba en casa con su delantal de un blanco perfecto, bien plegado y con un olor que todavía hoy puedo reconocer después de tantos años. Hasta sus ojos y su sonrisa venían vestidos de contagiosa y segura felicidad. Parecía que estando a su lado nada adverso pudiera pasar. Todos los desequilibrios emocionales temían su presencia.

Pasaron los años. El discurrir de la vida nos separó con kilómetros de por medio. Muchas cosas cambiaron. Nuestro contacto se convirtió esporádico, exces

ivamente esporádico. Alguna llamada telefónica y un beso en la mañana de Reyes en la residencia de la congregación donde acabó sus días. La enfermedad no discrimina la bondad del ser humano. El último beso en la mañana de Reyes acabó con mi llanto desconsolado en soledad. Mi ángel de la guarda aquí en la tierra se iba, pero lo hacía como siempre, con una sonrisa y un hermoso destello en sus ojos, sin palabras. Ese día descubrí cuánto la había querido y ella lo sabía. Este fue mi consuelo.

Las niñas me han observado con la churrera en las manos. "¿Vas a hacer churros, papá?", me han preguntado sorprendidas,  casi al unísono. "No, no tenía intención", les he respondido. Conforme me disponía a reubicarla en el armario he cambiado de parecer. "¿Os apetece hacer churros?". Sus iluminadas caras han hablado por sí solas.

De nuevo me he visto dándole vueltas al tornillo de la vieja churrera, de la vieja Bernar manufacturada en Gijón y que mi padre adquirió por 154 pesetas, según todavía se puede ver en la caja que la guarda. En esta ocasión han sido Loreto y Jara las que, tijera en mano, han ido cortando la masa a la orden de  "Ahora, ahora, ahora". De uno en uno, pacientemente, entre risas y sudores.

Hay objetos que son más que útil materia. Tengo la impresión de que mi siempre querida Hermana María Luisa ha devuelto a la vida, otra vez más,  a mi vieja churrera. Mi eterna gratitud, ángel de la guarda.
















  


martes, 2 de agosto de 2016

00339 Otras Estrellas

CON SABOR A BIENVENIDA


Hay estrellas que te aconsejan pero no te obligan. Hay quien cambiaría el cielo y las estrellas por un beso de unos labios. Existen estrellas que calman el dolor mientras titilan azules a lo lejos. Hay quien se empeña, con demasiada frecuencia, en estirar la mano hasta llegar a las estrellas y se olvida de las flores que crecen a sus pies.

Hay estrellas que conceden deseos y deseos que se lanzan hacia las estrellas. Hay quien considera como un remedio infalible, meditar al atardecer mirando las estrellas y acariciando a tu perro. Las estrellas guían pero también desconciertan. Las flores en la mano mueren cuando intentan apagar una estrella. Hay estrellas de silencio, de fiesta y de sostenida mirada. Hay quien dice darte las estrellas cuando es incapaz de darte una mano.

De vez en cuando también hay estrellas sobre una mesa que avivan el reencuentro y los recuerdos con sabor a bienvenida.
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lunes, 1 de agosto de 2016

00338 Cielo, Mar y Arena

LOS DE SIEMPRE


Regreso al mar que todo lo calla, a la arena que todo lo absorbe y a un cielo limpio y claro que todo lo impregna de un azul ávido de bronceadas sonrisas. Igual que ayer, igual que siempre, con la misma cordialidad de una amistad ancestral.

Si hemos cambiado no lo sabemos. Creo que somos los de siempre; la voz queda y esperanzada, el susurro con olor a mediodía, la pisada en busca de sendero y el asombro plácido de una profundidad cercana. Cielo, mar, arena y a veces, yo.

Las palabras huyen de las sentencias bien pronunciadas. Son más bien confesiones placenteras en el caminar de una mañana desprovista de prisas. Murmullos de espuma en la caprichosa orilla sin caracolas que hablen del mar. Es el mar quien habla del eco de las caracolas.

Entre pensamiento, brisa y mirada, el sol magnifica el paisaje en un tiempo de recreo y entusiasmo desmedido. Cielo para respirar, arena donde dejar pasajeras huellas y mar para refrescar la mirada. No hay más. Y si lo hay, quedará entre el cielo, el mar, la arena y mi sentir.




00337 El Salmorejo con Sorpresa

SALMOREJO CON LANGOSTINOS REBOZADOS



Desde que visitamos tierras onubenses, el salmorejo ha pasado a formar parte de nuestra dieta estival. Siempre es bien recibido y de él ya di cuenta en alguna entrada anterior de este blog.


Es una de las preparaciones que yo califico como "expectante". Ningún salmorejo sabe igual al anterior. Todos tienen su particular personalidad y depende en gran parte de la mano ejecutora. En casa es Gloria la experta y la que intenta conseguir el salmorejo de diez. A mí me gustan todos los que hace en sus distintas versiones. Con miga de pan, sin pan y con almendras, con tropezones o sin ellos. Todos están de vicio. 

Este que hasta aquí traigo y que denomino con "sorpresa" estaba fabuloso. Desconozco cómo lo hizo y qué ingredientes utilizó, pero estaba de sobresaliente. El salmorejo espectacular, y ya sólo faltó el acompañamiento: langostinos rebozados en corteza de cerdo triturada. ¡Qué cosa más buena!. ¡Qué competición de sabores más delicada entablaron el salmorejo y los crujientes langostinos! 



Gloria me sorprendió con esta elaboración en una cena. Hacía tiempo que no me daba tanta lástima que el plato llegara a su fin.