lunes, 15 de agosto de 2022

01028 Las Manitas de Cerdo con Garbanzos

 DE AMABLE Y DURO RECUERDO


Ya he confesado en algún momento del recorrido de este caleidoscopio vital, mi querencia hacia las manitas de cerdo. Me gustan de cualquier manera y disfruto con ellas lo que no está escrito.

Los pocos lectores que siguen este blog, entiendo que la mayoría, por no decir la totalidad, son amigos, saben que todo lo que por aquí aparece nada es producto del azar. Todo lo aquí narrado y escrito tiene su razón de ser y obedece a mi relación y vivencias con todo cuanto me rodea y que ha sido susceptible de ser fotografiado. Un blog sin pretensión alguna, salvo la de sanar una inquietud, ocupar unos minutos de mi cada día y llegar a escribir sobre diez mil cosas que me gustan. Todo esto lo cuento para que se entienda mejor cuanto rodea a este delicioso plato de manitas de cerdo con garbanzos, que en esta ocasión traigo hasta aquí.

Dicen que la cocina es recuerdo y este es un claro ejemplo de ello. La última vez que probé y me deleité con este guiso fue en Bilbao, en casa de mi hermano y amigo Antonio, Toño. Fue en noviembre de 2018, unos meses antes de fallecer. Antonio, además de un excelente y comprometido periodista, era un enamorado de la cocina, de la buena cocina, y de la vida en general. Los fogones no se le daban nada mal y cuando íbamos a visitarle, siempre nos tenía preparados platos pensados en los gustos más personales de los comensales. Le gustaba agradar y que la gente estuviera feliz a su lado. La cocina era uno de los medios. Él era conocedor de mi inclinación por los guisos, los platos de cuchara, los callos, los cocidos, los mejillones, las anchoas, el bacalao..... y las manitas de cerdo. En aquella ocasión, me esperaba con un guiso de manitas de cerdo con garbanzos y una traviesa sonrisa. Bordaba los guisos de horas de cocina y llenos de sabor.

Cuando sacaron la sopera a la mesa, el comedor se llenó de vocablos de asombro. No podía ser de otra manera. Los ojos se me hicieron chiribitas y yo, aunque me faltó un tris, no babeé porque me considero un hombre educado y de buenos modales. El guiso lo recuerdo delicioso y a pesar de lo aparatoso que se presentaba, nada pesado, en su punto todos los alimentos y con un sabor muy, muy especial y excepcional. No quedó nada, salvo los huesos de las manitas. Toño me defendió hasta el último cucharón. "Y este último, para acabar, dijo, para el gigante", como cariñosamente acostumbraba a llamarme. Inolvidable.

Como hiciera otras tantas veces cuando me sorprendía con alguna de sus especialidades, le pedí la receta que ahora comparto. Nunca la he puesto en práctica. Está como pendiente.

Ingredientes para seis personas: 3 manitas de cerdo limpias y partidas por la mitad, 300 gramos de garbanzos, 2 huesos de jamón, 100 gramos de taquitos de jamón, 2 cebollas, 3 morcillas, 4 dientes de ajo, 4 cucharadas de tomate frito, 2 cucharaditas de pimentón picante, aceite de oliva virgen y sal.

Elaboración: Dejar a remojo los garbanzos la noche anterior con un poco de sal y bicarbonato. En una olla grande ponemos abundante agua a hervir, que cubra con creces los ingredientes que luego introduciremos. Cuando comience la ebullición, incorporamos al agua los garbanzos escurridos, las manitas de cerdo y los huesos de jamón. Mantenemos el fuego medio alto y dejamos que se vaya cocinando. Mientras tanto, en una sartén con un poco de aceite, pochamos las cebollas cortadas en brunoise y añadimos los ajos picados. Cuando la cebolla esté pochada, incorporamos los taquitos de jamón, el tomate frito, las morcillas cortadas en gruesas ruedas y el pimentón. Removemos bien unos cinco minutos y reservamos.

Transcurrida una hora desde que pusiéramos a hervir los garbanzos, las manitas y los huesos, incorporamos a la olla el cocinado reservado en la sartén. Removemos un poco, bajamos el fuego a la mitad de su potencia y dejamos que se vaya cocinando. El guiso estará listo cuando los garbanzos estén en su punto de cocción.

Desde aquel mes de noviembre no he vuelto a probar este delicioso guiso. Con los primeros fríos me enfrentaré a esta receta. Nos lo debemos, Toño. Siempre me quedaré con el amable recuerdo que me trae aquel último cazo de manitas de cerdo con garbanzos.















sábado, 13 de agosto de 2022

01027 Me Pongo en tu Piel

 EMPATÍA


Me pongo en tu piel.
El sol y el viento
se posa y percibe
de distinta manera.
No quema,
tampoco susurra.
Digamos,
que acompañan de distinta manera.

Me asomo a tus ojos.
Reconozco los colores,
que parecen ya vividos, 
con otros tonos, 
con otros brillos,
tan iguales, tan distintos.

Inmóvil y callada
tu lágrima refleja mi cara.
No encuentro el sentido, 
será de pena, de dicha o de rabia.
Habrá que pasar al otro lado
para conocer lo acertado.

Acerco mi oído a tu oído.
Oigo lo mismo, 
escuchamos parecido.
Algún matiz se nos escapa,
que nos une o separa.

Me pongo en tu piel
para entender lo que pasa.
Siempre,
en algún lugar, 
hay una voz
que llora,
que ríe, 
que brama,
que estalla en medio de la nada.

¿Pero qué pasa?

No preguntes.
Actúa y traspasa.
                                                                                    La duda nunca debe estar protegida.







viernes, 12 de agosto de 2022

01026 ¡Como un Señor!

PURO PLACER DE APROVECHAMIENTO


Ya he comentado en alguna que otra ocasión que no acostumbro a almorzar, que soy de los que se arregla la mañana con dos o tres cafés americanos. Esto no quita para que de vez en cuando, solo de vez en cuando, o en fechas muy señaladas, cambie el guión de mi rutina y me de una alegría al estómago.

Cuando esto sucede acudo a los consabidos y siempre loados par de huevos fritos, con patatas fritas, longaniza, chorizo, bacon o jamón pasado por la sartén. Pero en esta ocasión, también he alterado un tanto la tradición, movido por los excedentes que se iban amontonando en el frigorífico. 

Son fiestas, las de San Lorenzo en Huesca. Recibes en casa a amigos y familiares. Comidas multitudinarias y cenas de supervivencia. Casi nunca se acierta con las cantidades a comprar ni a cocinar. Uno que no tiene apetito, otra que se ha medio roto ya en el aperitivo, otro que no sé que me pasa, y todos nos miramos con una ligera sonrisa. ¿Quién quiere más? Silencio en la mesa. ¡Qué voy a contar que no se sepa!

El caso es que por unas cosas u otras, el frigorífico ha empezado a decir también, "no me cabe más". Y como quiera que mi estómago se ha despertado un tanto juguetón, he decidido acompañarle. La cuestión no estaba muy clara. Un huevo frito fijo, pero ¿con qué? Así que he empezado a abrir envases con  restos de comida que se apilan en el frigorífico y tras hacerme una idea de la situación, me he decantado por un par de salchichas de carne y pisto. Han pasado ya algunas horas y todavía me estoy relamiendo.

Cuando he acabado de almorzar, sólo he podido decir ¡Como un señor! 


jueves, 11 de agosto de 2022

01025 Bacalao con Alioli Gratinado

CON SABOR A FIESTA


Regreso de nuevo a los sabores de infancia y juventud, o lo que es lo mismo, retorno a complacerme con los "Sabores de mi madre". En esta ocasión se trata de un sencillo bacalao con alioli gratinado y salsa de tomate. Un plato que desde la humildad, y cuando se terciaba, se vestía de fiesta. Me explicaré.

En realidad, mi madre cocinaba este plato con unas colas de merluza congeladas. Hechas de esta guisa, su ingesta, era más llevadera. ¡Qué digo! Era deliciosamente llevadera. Cuando la economía doméstica lo permitía y se avecinaba algún encuentro familiar en casa, mi madre cambiaba la insípida merluza por unos buenos lomos de bacalao. Se trataba de un plato muy ovacionado que gustaba a todos, hasta el punto, que ahora, después de muchas décadas transcurridas, sus hijos seguimos imitando en nuestros respectivos hogares, con el recuerdo y la admiración puestos en ella. A mí, particularmente, me parece un plato de "tronío", sabroso y bien armonizado, al margen de los gratos recuerdos que me traslada su presencia.

Ingredientes para 4 personas: 4 lomos de bacalao desalado, alioli y una buena salsa de tomate.

Elaboración: Comenzaremos por cocinar una buena salsa de tomate con cebolla y ajos. Así, en una cazuela a fuego medio y con un chorrito de aceite de oliva, rehogamos una cebolla y dos dientes de ajo bien picados. Cuando ajos y cebollas estén rehogados, añadimos un kilo de tomates de pera o similar y cocinamos a fuego medio durante unos veinte minutos. Sazonamos y añadimos un poco de azúcar con el fin de suavizar la acidez del tomate. Trituramos la salsa, colamos y reservamos. 

Por otro lado, preparamos una mayonesa alioli más bien espesa. Yo acostumbro a elaborarla con la mitad de aceite de oliva y la otra mitad con aceite de girasol, un huevo y dos o tres dientes de ajo. Me gusta el alioli fuerte. Reservamos.

Cubrimos una fuente de horno con la salsa de tomate y colocamos sobre él los lomos de bacalao con la piel hacia abajo. Sazonamos al gusto. Introducimos la fuente en el horno precalentado a 200 grados centígrados por espacio de 15 minutos. Sacamos la fuente del horno y cubrimos cada lomo de bacalao con un par de generosas cucharadas de alioli. Volvemos a introducir la bandeja en el horno por espacio de 10 minutos y a ser posible con la función grill. Servir caliente.

Rápido, sencillo y espectacularmente bueno.









lunes, 8 de agosto de 2022

01024 No Es Por No Decirte

 ALMA EN UNA ENCRUCIJADA


No es por no decirte.
Es que ya no quedan palabras.
Ya no es como cuando era pequeño
que todo lo contaba, 
limpio e ingenuo.
Lo siento,
pero ya no soy el de antes.

Cada día ensayo una mirada,
una voz, un gesto,
para que no se note nada.
Para que parezca que todo sigue
su curso,
como tu,
río de caudal firme y seguro.

Cada despertar invento un recurso
con el que tomarle el pulso
a la vida, 
que cada día que pasa
parece ser menos mía.
No te miento, te soy sincero, 
cada día que pasa, 
parece ser menos mía.

Dime que exagero,
que estoy fingiendo.
Te entiendo.
Tu eres río
y yo soy alma, 
alma en una encrucijada.

¿Te das cuenta
que no es por no decirte, 
sino porque ya no quedan palabras?




01023 La Paella

 DEBERÁ ESPERAR


Con la cantidad de horas que le habré echado a la cocina y sus fogones, y con el amplio recetario propio y ajeno del que dispongo, os queréis creer que nunca, que jamás de los jamases, he cocinado una paella. Claro que me gusta. Me encantan todas sus versiones y sus formas de elaboración, pero en mi vida me he visto delante de una paellera cocinando arroz.

Podría decir que tuve una mala experiencia en una ocasión y que no he vuelto a intentarlo, pero mentiría. Nunca ha sido así. Se me ocurre que podría confesar que siempre que lo he intentado me ha salido cruda o pasada. Tampoco sería cierto. Y ya puestos a buscar excusas, podría señalar que no acabo de cogerle el punto. Pero tampoco es verdad, no le cojo el punto ni la media porque, como digo, nunca he intentado hacer una paella.

El motivo no es otro, y este sí que es certero, es que siempre he tenido a mi lado a alguien "experto" en paellas que se me ha adelantado. Es algo similar, por ejemplo, lo que me ocurre a la hora de hacer brasas. Siempre aparece un "especialista" que hace las mejores brasas y ante esta premisa, y como ni me gusta discutir ni competir, y menos en hacer brasas, doy un paso a un lado. Pues lo mismo con la paella. En tiempos de mi madre, ella era quien las preparaba, y tengo que reconocer que las hacía deliciosas. Y ya casado, ha sido Gloria quien se ha puesto al frente de las paellas. Y también, las borda. Así que fuera, Fernandito.  Brasas sí que he hecho alguna que otra, cuando no ha habido más remedio. Pero paellas, ninguna. Sí que en alguna ocasión he estado tentado en hacerme una para mí solo, pero me parece tan triste, que finalmente he desistido. Porque, y esto es una opinión muy personal, la paella, como tantas otras cosas, sabe mejor si es en compañía.

El día que cocine una paella, si es que llega ese día, la pasearé por aquí con todos los honores. De momento, dejo dicho que me gusta, con las imágenes de una magnífica y sabrosa paella de pescado y marisco degustada en "La Marcelina", en el Paseo de Neptuno, en La Playa de las Arenas de Valencia. Lugar del todo recomendable para comer paellas y algo más.







01022 Los Árboles Botella

 JARDÍNES DEL TÚRIA


Cuando he viajado a la ciudad de Valencia, no ha habido vez que no haya paseado por los espectaculares Jardines del Túria. Me encantan y disfruto de los peculiares escenarios naturales que atesoran. Quien no los conozca, se los recomiendo por múltiples razones que van, desde la tranquilidad, hasta la belleza y originalidad de un espacio de más de 9 kilómetros transitables que unen, por decirlo de alguna manera, el Parque de Cabecera con la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

Tras la riada de 1957 que desoló la ciudad, se desvió el cauce del río Túria al sur de Valencia, dejando libre de aguas una franja de terreno que, rodeando el centro histórico de la ciudad, la cruza de Oeste a Este. 

En 1986 se inauguraron estos jardines tras la actuación de diversos urbanistas y paisajistas encargados de diseñar los diferentes tramos del cauce, reproduciendo el antiguo cauce fluvial y creando un recorrido único poblado por distintas especies arbóreas, plantas aromáticas, estanques, así como áreas de recreo infantil y pistas deportivas. Considerado como uno de los parques naturales urbanos más grandes de España, está coronado por 18 puentes, entre los que destacan los históricos de Trinidad, del siglo XV, los Serranos, del Real y del Mar, del siglo XVI, y el puente de San José, del siglo XVII. Más recientes: el puente de la Exposición, del 9 de Octubre, el de las Flores o el de l'Assut d'Or, diseñados por Santiago Calatrava, el de las Artes, junto al IVAM, de Norman Foster, o el del Ángel Custodio, de Arturo Piera.

Fue en este magnífico escenario donde vi por primera vez a los curiosos "árboles botella" o Chorisia Speciosa. Al observarlos salió el niño que llevo dentro y me paseó por lo más parecido al escenario de un cuento. No en vano, al espacio que ocupa esta singular especie arbórea, se le conoce como el bosquecillo de los "barrigudos". En un principio pensé que se trataban de baobabs y que el Principito podría aparecer en cualquier momento tras una de las múltiples barrigas que se alineaban ante mi infantil mirada. Algo me dijo que podía estar en un error, pues entre los baobabs que había conocido a través de fotografías y documentales africanos y los que estaba presenciando, había alguna que otra diferencia. Así que procedí a disipar mis dudas buscando información al respecto.

Los árboles que me rodeaban eran conocidos como "árboles botella", Ceiba Speciosa, también denominado Chorisia Speciosa, y popularmente llamado palo borracho, toborochi, árbol de la lana, palo rosado o samohu. Pertenece a la misma familia del kapok y el baobab, donde este último, es africano y en peligro de extinción. Se trata de un árbol de hoja caduca, de 10 a 20 metros de altura. El tronco, ensanchado en su tercio inferior, le sirve para almacenar agua en tiempos de sequía. Está protegido por gruesos aguijones cónicos. Las ramas tienden a ser horizontales y también están cubiertas de aguijones. Es un árbol frecuente en las provincias de Valencia, Málaga y Cádiz, al poseer climas cálidos con inviernos suaves.

Y así, entre dudas y recreos en un rincón de los Jardines del Túria, se fue pasando la mañana. Baobabs o no baobabs, barrigudos o botella, el caso es que se quedaron en mi memoria como un grato y ensoñado recuerdo y así formar parte de este socorrido caleidoscopio vital.







.