domingo, 20 de septiembre de 2026

01785 Las Cucañas

PIÑATAS


Resulta agradable comprobar lo sencillo que es retornar a la infancia. Lo pude volver a observar recientemente, después de una fiesta y reunión familiar en mi pueblo materno de Alcalá de Gurrea. Después de comer, con sobremesa larga, tras despedirme de tías, hermanas y primos, y dirigiéndome ya al coche para regresar a casa, pude ver cómo estaban preparándolo todo para que los niños y niñas pudieran jugar a las cucañas. Me quedé clavado como una estatua. Así lo quiso el niño de hace más de medio siglo. Me recordó que yo también jugué en esta plaza a las cucañas y a las cintas, creo que así se denominaba el juego que consistía en ir montado en una bicicleta y con un lápiz o un pequeño y afilado palo de madera, intentar traspasar una arandela que llevaba enrollada una cinta y escrito en ella un premio en metálico. Yo no tenía bicicleta, pero siempre había alguien que me la dejaba para que pudiera participar. Desde aquel entonces no he vuelto a ver este juego. Bueno, por no mentir, hace unos diez años, vi algo parecido en la Aldea de El Rocío. En aquella ocasión los participantes no iban en bicicleta sino sobre hermosos y cuidados caballos.

Volviendo a esa querida y renovada plaza de Alcalá de Gurrea, pude ver las ilusionadas caras de los niños y niñas allí reunidos, mientras esperaban su turno para la gran proeza: romper con un palo y con los ojos vendados la vasija de barro colgada de una cuerda y rellena de caramelos. Esperé a que el primer participante hiciera diana, mientras mis recuerdos infantiles corrían por la plaza en busca de la tómbola y de las casetas de tiro en días de fiestas. Recuperar el lugar donde quedaba con mis coetáneos al caer la tarde en los días de verano. Recorrer el escenario de todos mis juegos de infancia, porque entonces las calles y las plazas eran nuestras aliadas y donde el tiempo parecía no pasar.

Por fin, el niño rompió la vasija desparramando por el suelo su dulce contenido. Un ruido, el de la vasija con su contacto al caer al suelo, me devolvió al presente con una sonrisa. Pensé que muchas cosas habían cambiado, pero la emoción y la ilusión que siguen despertando aquellos juegos, siguen intactas.

Quien pueda llegar a leer esto, pensará que estoy en un error, y que en realidad el juego referido no se corresponde con las cucañas sino con las piñatas. Toda la razón, pero en Aragón a lo que se conoce como una piñata se le denomina cucaña. Según he podido leer, “etimológicamente, la palabra procede del italiano cuccagna, que hacía referencia a una tierra mítica de abundancia y felicidad, similar al país de Jauja, donde no hacía falta trabajar y los alimentos caían del cielo o de los árboles. Al trasladar este concepto a los juegos populares de los pueblos, se empezó a denominar «cucaña» a cualquier reto o juego infantil cuyo objetivo final fuera conseguir premios, dulces o monedas de forma gratuita”.

Antiguamente, en las fiestas de los pueblos aragoneses, no se organizaba una sola actividad aislada, sino que se preparaban las llamadas "Cucañas". Este término funcionaba como un bloque o sección de juegos populares infantiles. Dentro de esta misma categoría se agrupaban dinámicas muy diversas: El tradicional palo untado de grasa, las carreras de sacos o la rotura de ollas de barro colgadas de una cuerda rellenas de caramelos, agua o monedas. Al estar englobada la piñata dentro del programa de "las cucañas" de las fiestas, la metonimia hizo que el término pasara a dar nombre al objeto en sí.






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