viernes, 11 de septiembre de 2026

01781 La Tortilla de Pan

  GRAN OLVIDADA, GRAN RECORDADA


Recientemente compartí con mis compañeros del grupo de teatro uno de esos almuerzos que tanto nos gustan organizar, y que se han convertido en una necesidad. Pedí, para dar buena cuenta de este encuentro, un salmorrejo aragonés, cuyo gusto por este plato está recogido en este caleidoscopio vital en la entrada número 00464. Se trata en líneas generales de un cocinado a base de cerdo, longaniza, huevos y espárragos, aunque, como no puede ser de otra manera, también admite firma de autor, tradición o costumbre, según fogón donde se ejecute este manjar. En este caso que me ocupa, el salmorrejo lo componían longaniza, tortela, costilla de cerdo y tortilla de pan.

¡Oh, tortilla de pan!, exclamé cuando vi el plato delante de mí. ¡Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la degusté! Tanto me emocionó, que monopolicé el inicio del almuerzo con mis recuerdos, que me llevaron a Alcalá de Gurrea, a casa de mi abuela Genoveva. Cómo olvidar aquellos años de infancia junto a ella, su bondad, su cariño, sus atenciones… y su cocina. Una cocina tradicional, auténtica, plena de sabor, y como todas las abuelas y madres de esa generación, capaces de hacer de la nada una virtud. No eran tiempos para florituras y menos para las cosas del comer. Tonterías las justas.

Se aprovechaba todo, absolutamente todo, y gustara o no gustara el plato, siempre la palabra clave pronunciada por mi abuela, “a comer sin rechistar”. Supongo que habría platos que me harían más tilín que otros, pero los que satisfacían mi apetito los recordaré siempre. Sobre todo, los guisos de conejo, pollo o cerdo. Sus patatas fritas, desde que falleció no las he vuelto a probar mejores; su salmorrejo, elaborado todo con los productos de la matacía del cerdo, lomo, torteta, longaniza y la tortilla de pan, o tortilla trampa, como así la denominaban tanto ella como mi madre.

Esta más que humilde tortilla le gustaba incorporarla a los guisos. Es muy apropiada para ello, pues se empapa de todos los jugos, convirtiéndose en un gran atractivo para el paladar. La tortilla en cuestión era al fin y a la postre, un preparado nacido de la necesidad de aprovechar los restos de pan duro. No veo a mi abuela pensando otra cosa. Nunca la he cocinado, pero la he visto elaborar multitud de veces a mi abuela y a mi madre, que también tenía bien aprendida la lección. Enseñanza, la del aprovechamiento, en la que también mi madre me aleccionó.

Su sencillez, la de la tortilla, se corresponde con su humildad. Tan sencillo como remojar el pan duro en leche, mezclar con unos huevos batidos, ajo y perejil picados, y cuajar en la sartén, para a continuación incorporarla al guiso. Al menos así la vi cocinar en casa.

Sí, la cocina es recuerdo, y también poderlo compartir con unos buenos amigos.

 




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