TIERNA Y SUAVE
Este verano, estar en el huerto no ha sido tan paradisíaco como
estíos precedentes. Con las altas temperaturas registradas, no diré que ha sido
un infierno, pero casi. A ello se han sumado una gran variedad de insectos,
amén de la ya tradicional araña roja en las tomateras. Es lo que tiene
practicar el ecologismo más absoluto. Algunas plantas han fenecido antes de lo
acostumbrado y otras no han dado el rendimiento deseado. De todas formas, en
cuanto a producción en general se refiere, no me puedo quejar. Pero si me tengo
que quedar con algo digno de destacar, es la variedad de plantas que he
conocido este año, de la mano de su calidad, buen resultado y prestancia en el
huerto. Varias de ellas ya han dejado su sello en este caleidoscopio vital,
cediendo en esta ocasión el testigo a la acelga amarilla de Lyon.
Tenía ganas de probarla, aunque fui paciente y esperé a que
sus tallos y hojas adquirieran un considerable tamaño. Hasta ese momento me
conformé con cuidar la media docena de plantas que cultivé y alegrarme cada día
con su hermoso color, en contraste con las acelgas rojas y verdes que las
acompañan.
De momento, solo las he probado hervidas con patatas, y
salteadas con un sofrito de cebolla y jamón. Es como habitualmente consumimos en
casa la acelga. Me resultó muy agradable al paladar, casi dulce; nada que ver con
las acelgas rojas o verdes. Ahora, además de seguir cuidándolas, tendré que
ampliar horizontes en cuanto a su consumo se refiere. Y por supuesto, contaré
con ella en venideras plantaciones.



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