CASUALIDAD
lunes, 30 de septiembre de 2024
01521 El Hallazgo
01520 Nunca Igual
PATATAS BRAVAS CASERAS
01519 Los Hojaldres de Astorga
MIELITOS
01518 Naturaleza Ilusionada
ANTE LA LLEGADA DEL OTOÑO
01516 Las Acelgas con Ajo Frito
DELICIOSA SENCILLEZ
01515 Reconfortante
Y NECESARIO
Reconozco y acepto mi “climeopatía”, al igual que mi
alopecia. Confieso que me inclino más a los días de sol y luz, que a los que
permanecen grises. Aunque estos últimos, en su justa medida, no me molestan.
Diría que hasta los necesito. Con todo, llegado el caso, cuando el paisaje se
torna un día sí y otro también en cuasi negrura, recupero imágenes estivales que
me recuerdan aquellos placenteros días. Un ejemplo de tantos, un paseo por la
playa de El Puntal, en Somo, Cantabria. Un grato caminar a orilla del mar, con
la belleza de la ciudad de Santander como telón de fondo. Volver a recordarlo, aunque
sea en imágenes, es reconfortante y se hace hasta necesario.
01514 Tarde de Domingo
EL ESPECTÁCULO ESTÁ SERVIDO
01513 Las Patatas Fritas con Jamón
DESAPRENDER
01512 La Playa de los Cocedores
CALA CERRADA
Traigo hasta este caleidoscopio vital otra playa de grato recuerdo.
Se trata de la playa Cala Cerrada, popularmente conocida como playa de Los
Cocedores, y se encuentra en San Juan de los Terreros, una localidad costera
perteneciente al almeriense municipio de Pulpí. Una pequeña playa de arena fina
y tranquilas aguas, en forma de herradura, y protegida por acantilados que la protegen
de las inclemencias del mar y del viento.
Cuando conocí este lugar, dos aspectos me llamaron la
atención: su ubicación y su popular nombre. Es la primera playa de la provincia
de Almería, limítrofe a la Región de Murcia. Tan limítrofe, que las dos provincias
dicen que esta playa es suya, ya que la frontera entre ambas se sitúa justo en
esta atractiva playa. Por lo que en su momento pude leer, la disputa de su
pertenencia, si es murciana o almeriense, viene de lejos. De hecho, “desde el
siglo XVI, los Ayuntamientos de Vera y Lorca, antes de que existieran las
actuales Águilas y Pulpí, ya discutían sobre su propiedad”.
Tal y como he comentado al inicio, el nombre de esta playa
es Cala Cerrada, si bien, popularmente, se la conoce como la playa de los
Cocedores. Este nombre se debe a que a principios del siglo XX en este lugar se
encontraba un cocedor natural de esparto, que era utilizado por los lugareños
para obtener esta fibra tan codiciada. Cocedores que todavía es posible verlos
en los extremos de la playa. Los terreros, oquedades en la roca visibles en la
actualidad, se utilizaban como almacenes e incluso a modo de vivienda para las
personas que se dedicaban a este oficio.
Sin duda alguna, por su singularidad, historia y belleza, al
margen de su pertenencia, la playa de Cala Cerrada/Cocedores no me dejó
indiferente.
jueves, 26 de septiembre de 2024
01511 Tras la Imagen
SEGUIR
01510 Las Croquetas de Chipirones
UN PEQUEÑO Y DELICIOSO ESPECTÁCULO
01509 El Valor de una Sonrisa
CUANDO HAY CARESTÍA
01508 La Fideuá de Marisco
HOMENAJE AL BUEN SABOR
01507 Luces y Sombras
SOMBRAS Y LUCES
01506 Las Tostadas de Atún Rojo
EL REY DEL MAR
01505 En Primera Línea de Playa
"FELICES Y AUSENTES"
01504 El Cardo con Mejillones
INTERESANTE AL PALADAR
Me apetece sacar al cardo de su zona de confort, como dirían
los modernos, que donde mejor se encuentra es en el invierno y la Nochebuena,
por lo menos por estas tierras aragonesas. No obstante, a mí, este vegetal me
gusta en cualquier época del año. En invierno, al natural, recién cogido de la
huerta; en Nochebuena, y siguiendo la tradición familiar, con una ligera
bechamel y piñones (ver entrada de este blog número 00852); y durante el resto
del año, en conserva, con aceite y unos ajos fritos.
En esta ocasión, voy a imitar una receta con la que me
obsequió mi hermano Antonio en una comida en su casa, en Bilbao. Me pareció
extraordinaria, además de novedosa. Siempre que iba a su casa, le gustaba
sorprenderme con algún cocinado de su amplio repertorio. Y con este cardo con
mejillones, lo consiguió con creces. Nunca lo hubiese imaginado.
La receta es muy sencilla, pero no por ello deja de ser
interesante al paladar. Huerta y mar se abrazan una vez más para ofrecernos un
nuevo deleite en el plato.
Ingredientes: 1 kilo de cardos limpios, ½ kilo de
mejillones, 1 cebolla pequeña, 2 dientes de ajo, un chorrito de vino blanco,
aceite de oliva virgen extra, una cucharada de harina y sal.
Elaboración: Abrir los mejillones al vapor con un chorrito
de vino blanco. Quitar las conchas y reservar tanto la carne de los moluscos
como el caldo de su cocción. Limpiar el cardo, retirando los filamentos
laterales de los tallos, y cortar en trozos lo más igualados posibles. Poner
agua con sal en una olla y cuando el agua comience a hervir, incorporar el
cardo y cocer durante unos 30 minutos o hasta que observemos que está ya
tierno. Escurrir y reservar un par de vasos del agua de la cocción. Picar la cebolla
y los ajos en trocitos muy pequeños y rehogar en una sartén con aceite hasta
que se poche la cebolla. Una vez pochada, añadir una cucharada de harina, el
caldo de abrir los mejillones y agua de la cocción del cardo, en función de lo
espeso que queramos que nos salga el plato. Cocer durante unos diez minutos.
Incorporar el cardo, mezclar y cocer durante unos cinco minutos más.
Finalmente, añadir los mejillones. Mezclar y servir caliente.
01503 Los Sueños No Tienen Nudillos
EN CUALQUIER MOMENTO LLEGAN
01502 El Cóleo
LOS INICIOS
De regreso a casa de un largo viaje, me he parado a tomar un
café; el cuarto si no me equivoco. He estirado las piernas, además de todo el
cuerpo, y escuchado el molesto ruido emitido por mi cuello cuando he comenzado
a girarlo de izquierda a derecha, y viceversa. Tras el ritual, me he sentado
frente a mi café americano.
El lugar elegido para la parada físico/técnica no ha sido
muy afortunado. Nada me ha llamado la atención hasta que en unas jardineras del
bar restaurante he visto una planta de grato recuerdo: el cóleo. No era de los
mejores ejemplares que he llegado a apreciar, pero suficiente para que se
abriera en mi mente, además de servirme de momentánea distracción, un recuerdo
muy especial.
Heredado de mi madre el gusto por las plantas, el año que
abandoné el nido materno y me instalé en mi primer piso de alquiler, fui poco a
poco llenando de plantas todas las estancias, especialmente un rincón del
salón. Así, que recuerde en estos momentos, me hice con un spathiphyllum, más
conocida como la flor de la paz, un pequeño ficus de gantel, algún cactus,
varios potos, siempre agradecidos, un tronco del Brasil, una planta del dinero,
y sobre una mesita rinconera, varias vistosas plantitas, cuyos nombres no
alcanzo a memorizar, sí a visualizar, pero que según las ponía, se morían. Todas,
menos el citado cóleo. Se conoce que era a la única que le gustaba aquel
rincón.
La adquirí muy pequeñita y en poco tiempo presentó un
estimable tamaño. Su colorido era espectacular, con sus hojas aterciopeladas y
variegadas. Llamaba mucho la atención.
Y llegaron las vacaciones. Por aquellos días compartía piso
con un chaval, un hombretón, muy buena gente, pero al que las cosas de la casa
le venían un tanto grandes. Me consta que se esforzaba, pero era una auténtica
calamidad. Aun con estas premisas, me aventuré a dejarle al cuidado de mis
plantas. Le di todo tipo de instrucciones y especialmente las que concernían al
cóleo.
Por aquellos años, no había teléfono móvil y tampoco en el
piso teníamos fijo. Así, que poco más podía hacer yo al respecto del cuidado de
las plantas, salvo confiar en los consejos dados a mi compañero de piso. A mi
regreso, después de 15 días de ausencia, me encontré con una caricatura de
plantas. La mayoría de ellas pedían agua a gritos. Y mi cóleo, por el
contrario, urgía pasar por una secadora. ¡Un auténtico estropicio!
Carlos, así se llamaba mi compi, era como un niño grande.
Siempre sonreía, incluso en la adversidad. En este caso, cuando vio la cara que
puse ante tal desaguisado, también esbozó una sonrisa, unida a un balbuceo del
que me pareció entender, “lo siento. Soy un desastre”.
Con todo, aún conseguí salvar alguna planta. No el cóleo,
cuyos tallos y hojas comenzaban ya pudrirse.
Recordando aquella anécdota mientras me tomaba el café, me ha
traído la nostalgia de aquellos maravillosos años. Fueron complejos, pero de
mucho aprendizaje. Y sobre todo, ilusionantes. Estaba todo por hacer. Esta mañana he salido
a la calle con una única misión: comprar un cóleo.
domingo, 22 de septiembre de 2024
01501 Celebrar
SIEMPRE CELEBRAR
Hasta en las peores circunstancias, siempre habrá un motivo para un brindis, algo que celebrar.
01500 Las Albóndigas en Salsa de Queso Azul
DE HABITUAL CELEBRACIÓN
Elaboración: Añadir a la carne picada los dos huevos, la miga de pan y sal. Amasar bien y dar forma de albóndiga a la carne picada. Pasar por harina y freír.. Reservar. Verter en un cazo la nata líquida y llevar a ebullición para incorporar a continuación el queso azul. Remover hasta que se disuelva el queso. Dejar espesar ligeramente. Incorporar a la salsa las albóndigas y cocinar durante unos cinco minutos removiendo con suavidad para que las albóndigas se impregnen bien de la salsa. Servir caliente.
01499 La Duda
BALCONES FLORIDOS
01498 Alghero
UN VIAJE A LA ÉPOCA MEDIEVAL
Esta localidad, situada en la costa noroeste de la isla de
Cerdeña, la he visitado en dos ocasiones. La primera vez fue en un visto y no
visto. Acababa de llegar con la familia después de 14 horas de navegación y
todavía nos quedaba un trecho para llegar en coche a nuestro destino. Dimos un
rápido paseo por las calles céntricas, por el entorno de sus murallas que miran
al mar, comimos, muy bien por cierto y barato, y poco más. Pese a la brevedad
de la visita, me llevé una buena impresión.
Después de siete días de disfrutar de la hermosa isla,
otrora territorio de la Corona de Aragón, en la despedida, apostado a la popa
del barco que nos regresó a casa, mi último pensamiento, mientras se alejaba la
tierra, escribió en mi mente: “Volveré. No sé cuándo, pero volveré”. Fue en la
Semana Santa de 2018.
Cinco años después, en octubre, regresé. En la hoja de ruta
de los días vacacionales en la isla, marqué con mayúsculas la ciudad de Alghero
para dedicarle toda una jornada. Y así lo hice.
El nombre original de la ciudad es L'Alguerium, en
referencia a un alga que se encontraba en la costa. Fundada en el siglo XI por
los genoveses, no pasó de ser un pequeño asentamiento de pescadores. No
obstante, su posición estratégica no tardaría en ser motivo de atracción de
otros pueblos. Así, los pisanos fueron los primeros en llegar y gobernar la
ciudad durante un corto periodo de tiempo. A partir de 1354, colonos catalanes
procedentes en su mayoría del área de Tarragona y del Penedés, traídos por Pedro
IV, repoblaron la ciudad, mientras que la población originaria sarda fue
expulsada o deportada a la cercana Villanova Montelone. A partir de ahí, se remonta
el uso de un dialecto del catalán oriental que todavía perdura. La ciudad
pasaría a manos de los Saboya en 1720. En la década de 1920, Alghero contaba
con diez mil habitantes. La población se redujo considerablemente cuando la
ciudad fue bombardeada en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, por la
aviación estadounidense, dejando, además, grandes daños en su centro histórico.
En la actualidad, el número de habitantes censados ronda los 45.000.
Alghero se ha convertido en un atractivo destino turístico. Caminar por su casco antiguo, como he mencionado, es toda una delicia. Casas de arquitectura tradicional,
murallas medievales, calles estrechas y sus vías empedradas invitan a un paseo
de ensueño. Rodear la ciudad al amparo de la muralla que la protege, me
fascinó. Una muralla que se extiende desde Porta Mare hasta Piazza Sulis y con la
compañía de un mar Mediterráneo de fantasía y aventura.
A modo de resumen diré que la Torre Porta a Terra data del
siglo XIV, mide 23 metros de altura y alberga un museo multimedia que cuenta la
historia de la ciudad. Desde la terraza del segundo piso se puede disfrutar de
una fabulosa vista de 360 grados. La Catedral de Santa María, construida en el
siglo XVI, de estilo gótico catalán, con varias modificaciones. La Iglesia y
Claustro de San Francisco donde se puede observar la gran influencia que la
cultura catalana ejerció sobre la arquitectura de la ciudad. El Museo del
Coral, próximo al puerto, donde conocer uno de los recursos y símbolo de
identidad de la localidad. La Plaza Cívica, junto a Porta a Mare, centro
neurálgico de la ciudad. Y la Vía Príncipe Umberto, jalonada de atractivos
edificios antiguos.
La oferta gastronómica en Alghero, por lo que pude observar,
es muy amplia. Reconocido esto, me incliné, a la hora de comer, por una
focaccia en la Focaccería Milese. Ya me quedé con ganas de probarla en mi viaje
anterior, pero en aquella ocasión estaba cerrada. No me decepcionó para nada la
que llegué a comer a base de “atún, huevo, tomate, lechuga, cebolla y jamón,
con alguna salsa que no llegué a determinar”.
Se me hizo corta la jornada, así, que en la despedida, tal y
como hiciera la primera vez que la visité, no le dije adiós, sino hasta pronto.