lunes, 30 de septiembre de 2024

01521 El Hallazgo

 CASUALIDAD


Me costó muchos años. Desgasté decenas de zapatillas recorriendo caminos y senderos. Crucé ríos. Miré mares y acantilados. Dormí bajo las estrellas y a la sombra de una higuera. Quemé mis pies en asfaltos y arenas. Lloré lágrimas de emoción y algunas que me hicieron saber qué es el dolor. Me hice amigo de la soledad huyendo de la multitud. Alivié mis pies en lagos y badinas. Me enamoré de los almendros y cerezos en flor. Me alegré con los amaneceres y me estremecí con su hermano atardecer. Y un día, casualidades de la vida, hallé lo que tanto estuve buscando: la farola que ilumina el cielo.


01520 Nunca Igual

 PATATAS BRAVAS CASERAS


Cómo se nota ya que los días van acortando sus horas de luz y que las tardes son de recogida en casa. Comienza para mí y para cuantos me rodean, un periodo continuo de tentaciones gastronómicas y culinarias. A algunas me enfrentaré con continuos, mayúsculos y rotundos noes. A otras, en cambio, me veré imposibilitado de ofrecer una negativa por respuesta. Es el caso de las patatas bravas.

Si hay en casa una auténtica fan de este popular plato, esa es mi hija Jara. Es experta en degustar tan humilde manjar. E incluso tiene su particular listado de dónde comerlas, lugares de grato recuerdo, así como de decepciones.

Cuando en casa Jara dice que le apetecen unas patatas bravas, no se habla más. Yo soy el primero en secundar su propuesta. Solo hay un problema, que nunca sabes de qué manera se van a cocinar. Y es que todo depende de las últimas que haya probado fuera de casa y que le encantaron. Intuye cómo estaban cocinadas y las pone en práctica. Así, que las hemos degustado de todos los pelajes. Que si en gajos, en cuadraditos, chasqueadas, tersas, blandas, solo cocidas, cocidas y pasadas ligeramente por la sartén con un poco de aceite de oliva, en el microondas, con patatas nuevas, con unas bolsas de patatas preparadas para microondas... yo que sé de cuántas maneras. Lo único que hasta hace poco las igualaba a todas era la tradicional salsa picante. Y hablo en pasado, porque hasta esto, últimamente, también tiene su aquel con la inclusión de algún nuevo sabor, aportado por alguna salsa invitada al agasajo.

Pero todo da lo mismo. Al final, aunque nunca igual, todas están deliciosas. Lo más importante para mí, es que es la forma de improvisar una merienda/cena con todos a la mesa, ante la llegada del otoño. Y yo, tan feliz.

Ah! Y nunca ha quedado en el plato un trozo de patata ni para muestra.



01519 Los Hojaldres de Astorga

 MIELITOS


Contra todo pronóstico, no fue mi hija Jara quien nos los trajo de uno de sus viajes. Fuimos Gloria y yo quienes, también contra todo pronóstico, los compramos. Me explicaré.

Los hojaldres de Astorga los conocíamos de verlos en las estanterías de un buen número de restaurantes de carretera y áreas de servicio de las zonas centro y norte de España, que es por donde más viajamos. No acostumbramos a comprar nada, aunque sí nos gusta mirar y ver cosas cuando menos curiosas. Mucho nos tiene que llamar la atención para que adquiramos alguno de estos productos.

En un reciente viaje a tierras gallegas, pasamos por la provincia de León. Hicimos una parada técnica en un área de servicio y mientras yo me tomaba mi acostumbrado café americano, Gloria invirtió su tiempo en ver lo que allí se ofrecía. Cuál fue mi sorpresa al verla aparecer con una caja de hojaldres de Astorga. Me hizo saber que nos vendrían muy bien para los desayunos en el apartamento de nuestro destino gallego.

Y así fue, como a la mañana siguiente de nuestra llegada a Sanxenxo, conocí estos afamados bocados tantas veces vistos, pero nunca catados. Esa mañana, abrí la caja, cogí un dulce, lo desenvolví del plástico que lo preservaba y me llevé medio a la boca. Me encantó. Tanto, que me comí tres como el que no quiere la cosa. Me parecieron adictivos, pues no solo me nutría de ellos en el desayuno, sino que por la noche, aun habiendo cenado opíparamente, antes de acostarme sucumbían otros tres. Así, hasta agotar las existencias.

Pero la historia no acaba aquí. Al regreso de las mini vacaciones gallegas, en una incursión a la despensa de casa, sobre una de las estanterías vi una caja igualita a la que Gloria había comprado en el viaje. Pregunté. Y me respondió que como me habían gustado tanto, ya en Huesca, compró otra caja en un popular supermercado.

Y aquí que ando desayunando tres hojaldres cada día, más alguno que se despista durante la jornada. Ya le he dicho a Gloria que sí, que me encantan, pero que no vuelva a comprar más, que me conozco.

El dulce en cuestión consiste en dos placas de hojaldre superpuestas y horneadas, bañadas en un almíbar hecho con azúcar y miel. Por lo que he podido leer, comenzaron a comercializarse sobre los años 60 del pasado siglo y, aunque son típicos de Astorga, se encuentran también en otros lugares de la geografía española.

En cuanto a su origen no está muy claro. Así, que lo dejaremos estar. Solo sé que son buenísimos. Ah! Y se pueden hacer en casa. No parece complicado, pero sí entretenido. Lo que me faltaba. Mi perdición.





01518 Naturaleza Ilusionada

 ANTE LA LLEGADA DEL OTOÑO


Llegarán días de mera contemplación, 
de ofrecer el tiempo a la naturaleza,
que, sin prisa ni pudor,
mudará sus vestimentas de esperada añoranza.

Será mi deseado esparcimiento,
en un mundo empeñado en airear
engaños, guerras, mentiras y trampas.
Ya no os compro nada.

Solo me quedo con la naturaleza todavía ilusionada.


01517 Pato o Pez

 AGUA


Día pato o día pez.

Mientras me decido,
disfrutaré con ser agua.


01516 Las Acelgas con Ajo Frito

 DELICIOSA SENCILLEZ


Son, de momento, las últimas acelgas que me regala el huerto. Me apetece hacerles un homenaje ayudado de la más estricta sencillez. Esto es, con unas láminas de ajo frito. Pero además, las voy a tomar para cenar, en recuerdo de aquellas cenas en familia en torno a la radio o el televisor. Ni recuerdo cuándo fue la última vez que cené acelgas. Me atrevería a decir, sin equivocarme, que igual hace de ello medio siglo.

Solo el olor del ajo frito y la visión de ver como se doran sus finas láminas, me parece un momento muy especial y evocador de recuerdos. 

En esta ocasión, he prescindido de acompañar las acelgas con patatas. Quería que tuvieran protagonismo por sí solas. Así, que las he hervido en abundante agua con sal. Están tiernas y se han cocido en un bolero. Cuando he apreciado que las acelgas estaban listas, las he retirado del fuego. Mientras tanto, he cortado tres dientes de ajo en láminas y los he dorado en un buen chorretón de aceite de oliva. A punto de dorarse, he escurrido las acelgas y colocado sobre una fuente de mesa. Finalmente, las he regado con el ajo frito. ¡Qué maravilla! ¡Qué sencillez más deliciosa!

Por cierto, he cenado solo. Bueno, con mis recuerdos y pensamientos. No he encontrado en casa quien quisiera secundarme en esta, otrora, tradicional cena.


01515 Reconfortante

 Y NECESARIO


Reconozco y acepto mi “climeopatía”, al igual que mi alopecia. Confieso que me inclino más a los días de sol y luz, que a los que permanecen grises. Aunque estos últimos, en su justa medida, no me molestan. Diría que hasta los necesito. Con todo, llegado el caso, cuando el paisaje se torna un día sí y otro también en cuasi negrura, recupero imágenes estivales que me recuerdan aquellos placenteros días. Un ejemplo de tantos, un paseo por la playa de El Puntal, en Somo, Cantabria. Un grato caminar a orilla del mar, con la belleza de la ciudad de Santander como telón de fondo. Volver a recordarlo, aunque sea en imágenes, es reconfortante y se hace hasta necesario.




01514 Tarde de Domingo

 EL ESPECTÁCULO ESTÁ SERVIDO


Tarde de domingo.

Que si llega una tormenta o se queda a las puertas. Y mientras tanto, el paisaje aprendido me sorprende con una de sus imaginativas e inigualables sorpresas.

El espectáculo está servido en una tarde de domingo.


01513 Las Patatas Fritas con Jamón

 DESAPRENDER


Es viernes. Acabo de llegar a casa un poco destemplado, después de pasear a Humphrey en su tercera y última salida del día a la calle. El tiempo engaña y descoloca. Comienza una nueva jornada de fútbol. Quién me iba a decir a mí, que acabaría por gustarme este deporte. Supongo que algo tendrá que ver la Sociedad Deportiva Huesca y su andadura por el fútbol profesional. Me siento frente al televisor. Oigo a Humphrey masticar sus bolas de pienso. Es como un taladro. Parece que también tengo hambre. Durante la semana me he portado más que bien. Igual cambio el guion de la cena. Pregunto si alguien va a cenar. Me responden que algo picarán. Sin más. Me apetece algo especial y caprichoso. Se me ocurren varias alternativas. Busco por la despensa y el frigorífico, sin saber qué, pero nada acaba por seducirme. A punto de tirar la toalla, mi mirada se ha quedado fija en un saco de patatas todavía sin abrir. No, ni se te ocurra, que te conozco. ¿Por qué no? Apenas como hidratos. Ya, pero luego te arrepentirás. Que todos mis arrepentimientos vengan por aquí. Además, es una apuesta segura y el resto de la familia seguro que se apuntan. ¡Unas patatas fritas como las que hacía mi abuela Genoveva! (Ver entrada 00345) ¡Claro que sí!. ¡Qué puñetas! Son las 20,10 horas y el partido de fútbol no comienza hasta las 20,30 horas. Hay tiempo. Ni las patatas, ni el jamón, ni el aceite de oliva llevan la firma de mi siempre recordada abuela, pero bueno, será una apetitosa aproximación. Por supuesto, el jamón pasado ligeramente por la sartén. Comienza el partido. Sobre la mesa de la cocina, dispuesto un gran plato de emociones, recuerdos y alegrías. ¡Cuánto tenemos que desaprender!


01512 La Playa de los Cocedores

 CALA CERRADA


Traigo hasta este caleidoscopio vital otra playa de grato recuerdo. Se trata de la playa Cala Cerrada, popularmente conocida como playa de Los Cocedores, y se encuentra en San Juan de los Terreros, una localidad costera perteneciente al almeriense municipio de Pulpí. Una pequeña playa de arena fina y tranquilas aguas, en forma de herradura, y protegida por acantilados que la protegen de las inclemencias del mar y del viento.

Cuando conocí este lugar, dos aspectos me llamaron la atención: su ubicación y su popular nombre. Es la primera playa de la provincia de Almería, limítrofe a la Región de Murcia. Tan limítrofe, que las dos provincias dicen que esta playa es suya, ya que la frontera entre ambas se sitúa justo en esta atractiva playa. Por lo que en su momento pude leer, la disputa de su pertenencia, si es murciana o almeriense, viene de lejos. De hecho, “desde el siglo XVI, los Ayuntamientos de Vera y Lorca, antes de que existieran las actuales Águilas y Pulpí, ya discutían sobre su propiedad”.

Cuando la visité, desconocedor del conflicto, pensé que se trataba de una playa almeriense, ya que, para acceder a ella desde Murcia, hay que atravesar el límite y entrar en Andalucía, además de estar muy próxima a San Juan de los Terreros. Dicho esto, el Gobierno de Murcia la incluye dentro del paisaje protegido de las Cuatro Calas. Por lo que parece, la frontera entre ambas regiones se encuentra en la mitad de la playa, pero los carteles indicativos se mezclan sin hacer caso a esta división territorial.

Tal y como he comentado al inicio, el nombre de esta playa es Cala Cerrada, si bien, popularmente, se la conoce como la playa de los Cocedores. Este nombre se debe a que a principios del siglo XX en este lugar se encontraba un cocedor natural de esparto, que era utilizado por los lugareños para obtener esta fibra tan codiciada. Cocedores que todavía es posible verlos en los extremos de la playa. Los terreros, oquedades en la roca visibles en la actualidad, se utilizaban como almacenes e incluso a modo de vivienda para las personas que se dedicaban a este oficio.

Sin duda alguna, por su singularidad, historia y belleza, al margen de su pertenencia, la playa de Cala Cerrada/Cocedores no me dejó indiferente.





jueves, 26 de septiembre de 2024

01511 Tras la Imagen

 SEGUIR


Me siento y miro la imagen. Algo me quiere decir. Me voy. Pienso en ella. Regreso a la imagen. Comienzo a escribir. No es soledad. Borro lo escrito. Vuelvo a marchar. Me tomo un café. Necesito volver a ella. Me tiene atrapado, pero no sé el motivo. Empiezo a incomodarme. Me siento impotente. Salgo a la calle con la imagen enganchada a mis retinas. Vuelvo a casa. Tomo de nuevo asiento frente a ella. Me llegan sensaciones, pero no las palabras. Me pongo nervioso. Me acuesto en la cama con la imagen en la mente. Duermo. Me despierto. Voy tras la imagen. Me concentro. ¡Bufff! Me rindo. Tengo que seguir. Igual es eso lo que me quiere decir.


01510 Las Croquetas de Chipirones

 UN PEQUEÑO Y DELICIOSO ESPECTÁCULO


Recientemente, tuve la oportunidad de degustar unas croquetas de chipirones. ¡Qué cosa más deliciosa! Como a mí me gustan. Crujientes por fuera y cremosas por dentro. En cuanto al sabor, puro espectáculo. Todo esto, unido al lugar donde las pude disfrutar, un chiringuito frente al mar, para qué contar más; una pequeña y gratísima experiencia.

Me quedé con la copla de estas delicadas croquetas y cuando regresé a casa, empecé a buscar recetas y propuestas al respecto. Intuí, más o menos, cómo se podían elaborar. Pero preferí acudir a mis referentes para ir más a lo seguro. Aunque las recetas que leí eran muy similares, variaban en algún que otro ingrediente, finalmente me incliné por la que ofrece en su portal web cocinatis.com. Solo con leer la receta, me entraron unas ganas irrefrenables de colgarme el delantal y ponerme manos a la obra. Y sí, había dado en el clavo. Solo que en lugar de tener al mar por compañía y una ligera brisa, las degusté en la terraza de casa, frente a tejados y antenas de televisión, además de una bronca que subía de la calle. La dicha nunca puede ser completa.

Ingredientes: 500 gramos de chipirones, 2 sobres de tinta de calamar, 100 ml de vino blanco, 1 cebolla grande, 2 dientes de ajo, aceite de oliva y sal. Para la bechamel de las croquetas: 500 ml de leche, 60 gramos de harina y nuez moscada. Para el rebozado de las croquetas: harina, huevo batido y pan rallado.

Elaboración: Pocha la cebolla y el ajo picados. Agrega los chipirones picados y cocina 5 minutos a fuego medio. Añade el vino blanco y la tinta de calamar. Reduce 10 minutos. En otra sartén, añade el aceite y la harina. Cocina 2 minutos sin dejar de remover. Agrega los chipirones y agrega la leche (en 4 veces), la nuez moscada y sal. Remueve hasta que la masa se despegue de la sartén. Extiende la masa en una fuente ancha y déjala templar. Tapa con papel film e introduce en el frigorífico de un día para otro. Corta la masa en porciones y dales forma. Pasa las croquetas por harina, huevo batido y pan rallado. Fríe en abundante aceite y retira sobre papel absorbente. 




01509 El Valor de una Sonrisa

 CUANDO HAY CARESTÍA


Estamos tan escasos de sonrisas, que hay que aprovechar todas las que se nos crucen en el camino. Como esta proyección de unas sombras sobre la persiana de la terraza de casa que, sin buscarlo, se han unido para sonreír. Protagonistas de tan singular sonrisa: dos maceteros vacíos y una tira de mantras. Tres simples objetos que me recuerdan el gran valor de una sonrisa.


01508 La Fideuá de Marisco

 HOMENAJE AL BUEN SABOR


Reconozco que soy un fan de la fideuá en cualquiera de sus versiones marineras. Me encanta esta creación culinaria nacida en la localidad levantina de Gandía a principios del siglo pasado. Según la tradición, fue creada por pescadores que, "al quedarse sin arroz durante una travesía, decidieron utilizar fideos para preparar un plato similar a la paella". Una elaboración que en su origen combinaba mariscos frescos y un sabroso sofrito.

Mi afición a la fideuá es también compartida por el resto de la familia, así que no es de extrañar que nos acompañe con frecuencia a la hora de sentarnos a la mesa. Habitualmente, se trata de fideuás muy sencillas: negra con sepia y alioli, solo con mejillones o con gambas. El éxito del plato radica en que tenga un buen sabor. Para ello, es imprescindible contar con un buen sofrito y un mejor caldo de pescado.

En esta ocasión, propongo una fideuá de marisco a modo de homenaje al buen sabor y al disfrute con mayúsculas.

Ingredientes para 4 personas: 500 gramos de fideos, 1 litro de caldo de pescado, 1/2 kilo de mejillones, 12 langostinos, 250 gramos de sepia, 300 gramos de almejas, 1 cebolla, 1/2 pimiento verde, 1/2 pimiento rojo, 1 diente de ajo, 3 tomates maduros, 100 ml de aceite de oliva virgen extra y sal.

Elaboración: Trocear los pimientos, la cebolla, el tomate y el ajo. Echar en una paella un poco de aceite de oliva y dorar los langostinos por ambos lados. Reservar. En el mismo aceite, dorar la sepia hasta comprobar que está tierna. Reservar. Añadir más aceite a la paella y sofreír la cebolla y el ajo. Transcurridos unos cinco minutos, añadir los pimientos y sofreír por espacio de unos diez minutos a fuego medio. Incorporar el tomate y sazonar. Rehogar todo durante unos diez minutos. Mientras se rehoga, abrir los mejillones y las almejas al vapor y reservar. Añadir al sofrito un poco de caldo e incorporar la sepia y los fideos. Remover durante un par de minutos, agregar el resto del caldo y mezclar bien. Subir el fuego y cuando apenas quede caldo, incorporar los langostinos, los mejillones y las almejas. Apagar el fuego y dejar reposar la fideuá cubierta la paella con un trapo de cocina. Servir. 





01507 Luces y Sombras

 SOMBRAS Y  LUCES


Las sombras no hay que contemplarlas como amenazas, sino como ausencias que enaltecen la luz. 


01506 Las Tostadas de Atún Rojo

 EL REY DEL MAR


Cuando no tengo otra cosa mejor que hacer y necesito tener entretenidos a mis sentidos, me dedico a visionar y a recrearme con mis archivos fotográficos. Una acción que me refresca la memoria, rememora instantes felices y hace que me encuentre con alguna que otra sorpresa. Es el caso que me ocupa y que tiene como protagonista a unas super deliciosas tostadas de atún rojo.

Sí que me acordaba de ellas, cómo olvidar su sabor, lo que no recordaba era su espectacular aspecto. También recuerdo que fue en un bar de la localidad almeriense de Carboneras, en un viaje familiar. No tengo referencia alguna del establecimiento hostelero. Sí que recuerdo también, que fue el dueño del bar quien nos aconsejó que las probáramos, porque no íbamos a comer algo tan delicioso. Y estuvo en lo cierto. Toda la excursión familiar fuimos unánimes a la hora de expresar nuestra satisfacción por tan excepcional bocado. Tanto fue así, que repetimos. No he vuelto a probar cosa igual.

El único problema al que me enfrento cuando veo este tipo de imágenes estriba en que, si bien su recuerdo dibuja una sonrisa en mi rostro, mis papilas gustativas muestran su enojo. Carboneras me queda muy lejos para volverles a dar un homenaje y recuperar el sabor del rey del mar. 

 
 





01505 En Primera Línea de Playa

 "FELICES Y AUSENTES"


El día que observé esta imagen, entendí el verdadero significado y valor de lo que supone estar "en primera línea de playa". 

Miré a las palomas durante algún tiempo. No sé, serían siete o diez minutos. También yo perdí la noción del tiempo. Eran como estatuas. No se movían. Solo miraban al mar con su oleaje. Una de ellas se mostraba inquieta y parecía querer jugar con la espuma de las olas. Me dio la impresión de que estaban disfrutando del paisaje. Como yo, también quieto para no asustarlas en esa placidez y privilegio como era estar en primera línea de playa. Hubo un momento, viéndolas tan "felices y ausentes", que hasta yo me sentí paloma.


01504 El Cardo con Mejillones

 INTERESANTE AL PALADAR


Me apetece sacar al cardo de su zona de confort, como dirían los modernos, que donde mejor se encuentra es en el invierno y la Nochebuena, por lo menos por estas tierras aragonesas. No obstante, a mí, este vegetal me gusta en cualquier época del año. En invierno, al natural, recién cogido de la huerta; en Nochebuena, y siguiendo la tradición familiar, con una ligera bechamel y piñones (ver entrada de este blog número 00852); y durante el resto del año, en conserva, con aceite y unos ajos fritos.

En esta ocasión, voy a imitar una receta con la que me obsequió mi hermano Antonio en una comida en su casa, en Bilbao. Me pareció extraordinaria, además de novedosa. Siempre que iba a su casa, le gustaba sorprenderme con algún cocinado de su amplio repertorio. Y con este cardo con mejillones, lo consiguió con creces. Nunca lo hubiese imaginado.

La receta es muy sencilla, pero no por ello deja de ser interesante al paladar. Huerta y mar se abrazan una vez más para ofrecernos un nuevo deleite en el plato.

Ingredientes: 1 kilo de cardos limpios, ½ kilo de mejillones, 1 cebolla pequeña, 2 dientes de ajo, un chorrito de vino blanco, aceite de oliva virgen extra, una cucharada de harina y sal.

Elaboración: Abrir los mejillones al vapor con un chorrito de vino blanco. Quitar las conchas y reservar tanto la carne de los moluscos como el caldo de su cocción. Limpiar el cardo, retirando los filamentos laterales de los tallos, y cortar en trozos lo más igualados posibles. Poner agua con sal en una olla y cuando el agua comience a hervir, incorporar el cardo y cocer durante unos 30 minutos o hasta que observemos que está ya tierno. Escurrir y reservar un par de vasos del agua de la cocción. Picar la cebolla y los ajos en trocitos muy pequeños y rehogar en una sartén con aceite hasta que se poche la cebolla. Una vez pochada, añadir una cucharada de harina, el caldo de abrir los mejillones y agua de la cocción del cardo, en función de lo espeso que queramos que nos salga el plato. Cocer durante unos diez minutos. Incorporar el cardo, mezclar y cocer durante unos cinco minutos más. Finalmente, añadir los mejillones. Mezclar y servir caliente. 


01503 Los Sueños No Tienen Nudillos

 EN CUALQUIER MOMENTO LLEGAN


No cerréis las puertas.
Dejadlas abiertas, 
que en cualquier momento llegan
y los sueños no tienen nudillos. 


01502 El Cóleo

 LOS INICIOS


De regreso a casa de un largo viaje, me he parado a tomar un café; el cuarto si no me equivoco. He estirado las piernas, además de todo el cuerpo, y escuchado el molesto ruido emitido por mi cuello cuando he comenzado a girarlo de izquierda a derecha, y viceversa. Tras el ritual, me he sentado frente a mi café americano.

El lugar elegido para la parada físico/técnica no ha sido muy afortunado. Nada me ha llamado la atención hasta que en unas jardineras del bar restaurante he visto una planta de grato recuerdo: el cóleo. No era de los mejores ejemplares que he llegado a apreciar, pero suficiente para que se abriera en mi mente, además de servirme de momentánea distracción, un recuerdo muy especial.

Heredado de mi madre el gusto por las plantas, el año que abandoné el nido materno y me instalé en mi primer piso de alquiler, fui poco a poco llenando de plantas todas las estancias, especialmente un rincón del salón. Así, que recuerde en estos momentos, me hice con un spathiphyllum, más conocida como la flor de la paz, un pequeño ficus de gantel, algún cactus, varios potos, siempre agradecidos, un tronco del Brasil, una planta del dinero, y sobre una mesita rinconera, varias vistosas plantitas, cuyos nombres no alcanzo a memorizar, sí a visualizar, pero que según las ponía, se morían. Todas, menos el citado cóleo. Se conoce que era a la única que le gustaba aquel rincón.

La adquirí muy pequeñita y en poco tiempo presentó un estimable tamaño. Su colorido era espectacular, con sus hojas aterciopeladas y variegadas. Llamaba mucho la atención.

Mis cuidados hacia ella eran casi excesivos. Mucha luz, pero no directa. Ni frío ni calor. Evitar las corrientes. Riego, el justo, y que la tierra que la alimentaba no estuviera nunca completamente seca. ¡Anda que no estaba orgulloso con mi cóleo! Para envidia del resto de mis plantas.

Y llegaron las vacaciones. Por aquellos días compartía piso con un chaval, un hombretón, muy buena gente, pero al que las cosas de la casa le venían un tanto grandes. Me consta que se esforzaba, pero era una auténtica calamidad. Aun con estas premisas, me aventuré a dejarle al cuidado de mis plantas. Le di todo tipo de instrucciones y especialmente las que concernían al cóleo.

Por aquellos años, no había teléfono móvil y tampoco en el piso teníamos fijo. Así, que poco más podía hacer yo al respecto del cuidado de las plantas, salvo confiar en los consejos dados a mi compañero de piso. A mi regreso, después de 15 días de ausencia, me encontré con una caricatura de plantas. La mayoría de ellas pedían agua a gritos. Y mi cóleo, por el contrario, urgía pasar por una secadora. ¡Un auténtico estropicio!

Carlos, así se llamaba mi compi, era como un niño grande. Siempre sonreía, incluso en la adversidad. En este caso, cuando vio la cara que puse ante tal desaguisado, también esbozó una sonrisa, unida a un balbuceo del que me pareció entender, “lo siento. Soy un desastre”.

Con todo, aún conseguí salvar alguna planta. No el cóleo, cuyos tallos y hojas comenzaban ya pudrirse.

Recordando aquella anécdota mientras me tomaba el café, me ha traído la nostalgia de aquellos maravillosos años. Fueron complejos, pero de mucho aprendizaje. Y sobre todo, ilusionantes. Estaba todo por hacer. Esta mañana he salido a la calle con una única misión: comprar un cóleo.




domingo, 22 de septiembre de 2024

01501 Celebrar

 SIEMPRE CELEBRAR


Hasta en las peores circunstancias, siempre habrá un motivo para un brindis, algo que celebrar.

01500 Las Albóndigas en Salsa de Queso Azul

 DE HABITUAL CELEBRACIÓN


Pues nada, que acabo de alcanzar, como el que no quiere la cosa, la entrada 1500 de este interminable proyecto. Y como tengo ya una edad proclive a celebrarlo todo, cualquier motivo me sirve de festejo, incluso llegar a escribir sobre mil quinientas cosas que me gustan.

No lo voy a festejar con dulce alguno, puede que fuese lo más acertado, sino con un cocinado que ha estado muy presente en las celebraciones familiares. Sobre todo, cuando mis hijas han sido las protagonistas. Me estoy refiriendo a unas albóndigas en salsa de queso azul. Recuerdo ahora, que hasta llegaron a ganar el primer premio del concurso familiar de tapas que tradicionalmente organizamos para Nochevieja.

Su cocinado es muy sencillo y resulta un plato muy sabroso y atractivo, máxime, si como en casa,  somos muy fanáticos del queso azul. Porque no conviene abusar de este queso tan peculiar, pero es que se lo pondríamos a todo. 

Cuando he sacado el aromático y apetitoso plato a la mesa, además de observar caras de satisfacción, se me ha preguntado si se celebraba algún acontecimiento. Mi respuesta ha sido un no de los que restan importancia. Simplemente, he continuado, se trataba de un antojo.

Con el primer bocado en la boca, además de recrearme con el resultado del plato, he pensado: "¡Ánimo, chavalote! Ya nada más te quedan 8.500 entradas para cumplir con el objetivo". Y me ha entrado la risa, para  el asombro del resto de comensales. Para mí, llegar hasta aquí, es mi pequeño motivo de celebración. 

Ingredientes: Medio kilo de carne picada, al 50 por ciento cerdo y vacuno,  dos huevos, miga de pan, medio litro de nata para cocinar, 200 gramos de queso azul, harina, sal y aceite.

Elaboración: Añadir a la carne picada los dos huevos, la miga de pan y sal. Amasar bien y dar forma de albóndiga a la carne picada. Pasar por harina y freír.. Reservar. Verter en un cazo la nata líquida y llevar a ebullición para incorporar a continuación el queso azul. Remover hasta que se disuelva el queso. Dejar espesar ligeramente. Incorporar a la salsa las albóndigas y cocinar durante unos cinco minutos removiendo con suavidad para que las albóndigas se impregnen bien de la salsa. Servir caliente. 






01499 La Duda

 BALCONES FLORIDOS


No sé quién los disfruta más, si quien los cuida o quienes nos deleitamos con ellos en nuestro diario caminar.

De cualquier manera, siempre agradecido.


01498 Alghero

 UN VIAJE A LA ÉPOCA MEDIEVAL


Esta localidad, situada en la costa noroeste de la isla de Cerdeña, la he visitado en dos ocasiones. La primera vez fue en un visto y no visto. Acababa de llegar con la familia después de 14 horas de navegación y todavía nos quedaba un trecho para llegar en coche a nuestro destino. Dimos un rápido paseo por las calles céntricas, por el entorno de sus murallas que miran al mar, comimos, muy bien por cierto y barato, y poco más. Pese a la brevedad de la visita, me llevé una buena impresión.

Después de siete días de disfrutar de la hermosa isla, otrora territorio de la Corona de Aragón, en la despedida, apostado a la popa del barco que nos regresó a casa, mi último pensamiento, mientras se alejaba la tierra, escribió en mi mente: “Volveré. No sé cuándo, pero volveré”. Fue en la Semana Santa de 2018.

Cinco años después, en octubre, regresé. En la hoja de ruta de los días vacacionales en la isla, marqué con mayúsculas la ciudad de Alghero para dedicarle toda una jornada. Y así lo hice.

Me reencontré con una ciudad, aunque poco recorrida aquella primera vez, nada desconocida. Conforme paseaba, me fueron llegando recuerdos e imágenes de una limpia y atractiva ciudad, llena contrastes, matices, bellos rincones y curiosidades.

El nombre original de la ciudad es L'Alguerium, en referencia a un alga que se encontraba en la costa. Fundada en el siglo XI por los genoveses, no pasó de ser un pequeño asentamiento de pescadores. No obstante, su posición estratégica no tardaría en ser motivo de atracción de otros pueblos. Así, los pisanos fueron los primeros en llegar y gobernar la ciudad durante un corto periodo de tiempo. A partir de 1354, colonos catalanes procedentes en su mayoría del área de Tarragona y del Penedés, traídos por Pedro IV, repoblaron la ciudad, mientras que la población originaria sarda fue expulsada o deportada a la cercana Villanova Montelone. A partir de ahí, se remonta el uso de un dialecto del catalán oriental que todavía perdura. La ciudad pasaría a manos de los Saboya en 1720. En la década de 1920, Alghero contaba con diez mil habitantes. La población se redujo considerablemente cuando la ciudad fue bombardeada en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, por la aviación estadounidense, dejando, además, grandes daños en su centro histórico. En la actualidad, el número de habitantes censados ronda los 45.000.

Pasear por Alghero es transportarte a otro tiempo. Un viaje a la época medieval, cuando la pequeña ciudad formaba parte de la Corona de Aragón y pasó de ser un pueblo pesquero a una de las fortalezas más importantes de la isla de Cerdeña. En la actualidad, todavía se la conoce como la Barceloneta sarda y conserva el uso de la lengua catalana, “reconocida como un valor a proteger por la región de Cerdeña, bajo el nombre de dialecto alguerés”.

Alghero se ha convertido en un atractivo destino turístico. Caminar por su casco antiguo, como he mencionado, es toda una delicia. Casas de arquitectura tradicional, murallas medievales, calles estrechas y sus vías empedradas invitan a un paseo de ensueño. Rodear la ciudad al amparo de la muralla que la protege, me fascinó. Una muralla que se extiende desde Porta Mare hasta Piazza Sulis y con la compañía de un mar Mediterráneo de fantasía y aventura.

En esta segunda visita a Alghero, aunque me quedaron algunas cosas por ver, empleé mucho tiempo en pasear. Pude disfrutar de varios lugares emblemáticos de la ciudad como la Torre Porta a Terra, la Catedral de Santa María, la Iglesia y Claustro de San Francisco, el Museo del Coral, la Plaza Cívica y la Vía Príncipe Umberto.

A modo de resumen diré que la Torre Porta a Terra data del siglo XIV, mide 23 metros de altura y alberga un museo multimedia que cuenta la historia de la ciudad. Desde la terraza del segundo piso se puede disfrutar de una fabulosa vista de 360 grados. La Catedral de Santa María, construida en el siglo XVI, de estilo gótico catalán, con varias modificaciones. La Iglesia y Claustro de San Francisco donde se puede observar la gran influencia que la cultura catalana ejerció sobre la arquitectura de la ciudad. El Museo del Coral, próximo al puerto, donde conocer uno de los recursos y símbolo de identidad de la localidad. La Plaza Cívica, junto a Porta a Mare, centro neurálgico de la ciudad. Y la Vía Príncipe Umberto, jalonada de atractivos edificios antiguos.

La oferta gastronómica en Alghero, por lo que pude observar, es muy amplia. Reconocido esto, me incliné, a la hora de comer, por una focaccia en la Focaccería Milese. Ya me quedé con ganas de probarla en mi viaje anterior, pero en aquella ocasión estaba cerrada. No me decepcionó para nada la que llegué a comer a base de “atún, huevo, tomate, lechuga, cebolla y jamón, con alguna salsa que no llegué a determinar”.

Se me hizo corta la jornada, así, que en la despedida, tal y como hiciera la primera vez que la visité, no le dije adiós, sino hasta pronto.