martes, 6 de septiembre de 2022

01048 El Guiso de Cordero

DE ABUELAS Y MADRES


Regreso a la cocina tradicional con el recuerdo puesto en abuelas y madres. Un plato repleto de sabores que nos traslada a fiestas y encuentros familiares. La humildad hecha cocina para agasajar a todo aquel que se siente a la mesa. Solo el olor que se desprende de su cocinado, anticipa que todo está bien, que se va a estar bien, que todo va a ser amable, seguro y placentero. Nada puede fallar. Hablo en un presente que recojo del pasado.  Un guiso, el de cordero, aprendido sin obligación a fuerza de costumbre y algo de atención. Guiso de truquillo, cada cual el suyo, pero que al final del camino, todos están de auténtico vicio. Lástima que los años no pasen de gratis y ahora, haya que tomarlo con discreción, no vaya a ser que nos repita y la noche sea toledana. Alguna ya ha habido.

Y tras estos vaivenes sin importancia, es momento de abordar este guiso de cordero, todo un clásico de nuestra cocina tradicional. Se trata de un plato contundente y repleto de sabor. Su elaboración es muy sencilla. Para su éxito solo se necesitan dos cosas: buen producto y dejar las prisas antes de entrar en la cocina. La prisa nunca es buena consejera y en la cocina, si la hay, puede ser un auténtico desastre. Como la mayoría de los guisos, es necesario disfrutar mientras se cocinan.

Ingredientes para 4 personas: 1 kilo de cordero en trozos. Se pueden utilizar varias partes del cordero, como la falda, el cuello o la pierna. 1 cebolla, 1 hoja de laurel, 3 dientes de ajos, medio pimiento verde, medio pimiento rojo, 1 zanahoria, 4 cucharadas de tomate frito, 200 ml de vino blanco, aceite de oliva, una cucharada de pimentón dulce, sal y pimienta.

Elaboración: Comenzamos por salpimentar los trozos de cordero. Ponemos una cazuela al fuego con un buen chorro de aceite de oliva e incorporamos los ajos enteros. Cuando el aceite esté caliente, añadimos los trozos de cordero que freímos hasta que se doren, Reservamos. Picamos menudamente las verduras y las incorporamos a la cazuela con el cordero ya dorado. Removemos y cocinamos durante unos cinco minutos a fuego medio con el fin de evitar que se nos quemen las verduras. Una vez que las verduras se hayan pochado, añadimos el tomate, el pimentón y la pimienta. Removemos bien y añadimos el vino blanco. Dejamos que hierva y que se evapore el alcohol. Añadimos agua hasta cubrir la carne y una hoja de laurel. Dejamos que se cocine a fuego medio por espacio de unos ochenta minutos o hasta que veamos que la carne está ya tierna. Comprobar a media cocción el estado de la carne por si es necesario añadir más agua o rectificar de sal y pimienta. A la hora de servir se puede acompañar de unas patatas fritas.

¡Todo un disfrute!




 

lunes, 5 de septiembre de 2022

01047 El Empedrat de Bacalao

 TODO UN ACIERTO


De mi estancia y vivencia en tierras catalanas guardo muy gratos recuerdos de su gastronomía. Así, a bote pronto, me vienen a la cabeza platos degustados en Barcelona, en casa de mi hermana María Engracia, o los que elaboraba mi añorada cuñada Montse, primero en San Feliu de Saserra y posteriormente en La Seo de Urgell. De aquellos tiempos recuerdo con especial devoción el bacalao con "samfaina", el trinxat de la Cerdanya, los calçots (qué grandes momentos me han deparado), la esqueixada, la crema catalana, la escudella, la escalibada... o el empedrat de bacalao, protagonista en esta ocasión de este caleidoscopio vital.

Los platos que en su momento aprendí a cocinar, me gusta sacarlos a la mesa de vez en cuando. Primero para que no se queden en mi olvido y en segundo lugar, por mantener sabores más que gratos a mi paladar. En síntesis, el empedrat es una ensalada de legumbres y cuyos ingredientes principales son las alubias y el bacalao desalado, aliñados con vinagre y aceite de oliva. Además, el empedrat más tradicional lleva tomate, pimiento, cebolla, aceitunas y huevo duro. Como sucede con muchos platos tradicionales, y este no es una excepción, según zonas geográficas o costumbres, aunque la base es común, legumbre y bacalao, puede variar la composición del resto de ingredientes.

Resulta una propuesta gastronómica rápida, sencilla y muy apetecible, sobre todo para la época estival. A mí, que me gustan las legumbres, el bacalao y los productos de la huerta, me parece todo un acierto. Aunque hay varias recetas al respecto, yo sigo los dictámenes tal y como la aprendí en su día. 

Ingredientes para 4 personas: 400 gramos de alubias cocidas, 150 gramos de bacalao desalado y desmigado, 1 pimiento verde, medio pimiento rojo, media cebolla, 2 tomates de pera, vinagre, aceite y sal.

Elaboración: Cortar en trozos muy pequeños el pimiento verde, el medio pimiento rojo, la media cebolla y los dos tomates de pera, procurando quitarles las pepitas. Poner en un bol las alubias ya cocidas y todos los ingredientes cortados con anterioridad. Mezclar bien. Desmigar el bacalao desalado e incorporar a la mezcla. Mezclar de nuevo bien y añadir el aceite, el vinagre y la sal al gusto. Mezclar y dejar reposar en el frigorífico al menos una hora antes de servir.

En una ocasión comí un empedrat, que además de las alubias como legumbre principal, llevaba también unos pocos garbanzos.Tanto me gustó, que en ocasiones acostumbro también a incorporarlos. 









domingo, 4 de septiembre de 2022

01046 El Bizcocho de Limón

EL DE TODA LA VIDA


Para sorprender a la costumbre arraigada de cada día, -conviene sorprender de vez en cuando-, a mi tradicional café americano del desayuno lo acompaño con algo sólido. No se trata de una cuestión de necesidad, de que lo pida el cuerpo, sino de hacer algo distinto, de comenzar la mañana con otro tempo, con otra actitud. Así de sencillas e intrascendentales son las cosas domésticas.

El caso es que hoy he amanecido con ese temple. Más allá de las amables tostadas o de las socorridas galletas, me apetecía algo "especial" y con lo que entretener el arranque de mi mañana. Me he acordado entonces de un bizcocho de limón cuya receta me facilitó una amiga hace muchos años y que, curiosamente, conservo en la misma servilleta de papel donde la anoté en su día. El título con el que encabecé la receta lo dice todo: "Bizcocho de limón. El de toda la vida". 

Es sencillo de elaborar, rápido, una apuesta segura e ideal para el objetivo que me he marcado. Así, que a por ello.

Ingredientes: 1 yogur natural, la ralladura de un limón, el zumo de un limón, 3 huevos, 3 medidas de harina, 2 medidas de azúcar blanco, 1 medida de aceite de oliva, 1 sobre de levadura, un pellizco de sal y una nuez de mantequilla para untar el molde. Hay que tomar como medida el envase del yogur.

Elaboración: Mezclar los huevos con el azúcar. Rallar la piel del limón y exprimir. Agregar el zumo, la ralladura, el yogur y el aceite. Seguir mezclando. Añadir la harina, la levadura y un pellizco de sal. Mezclar todo bien y dejar reposar unos quince minutos. Untar un molde con mantequilla y verter sobre él la masa resultante de la mezcla. Precalentar el horno y hornear el bizcocho a 180 grados durante unos 45 minutos. Se sabrá que está listo cuando al introducir un palillo, éste salga seco.

¡Prueba superada! Lo peor que tiene este bizcocho es que sabes cuando empiezas, no así dónde está el stop. Una sabrosa perdición. 














viernes, 2 de septiembre de 2022

01045 No Hay Camino

 RECUERDO ETERNO


No hay camino
que no me traiga de nuevo a ti.
Ahora regreso solo,
porque solo he preferido peregrinar, 
sin más carga
que una mochila repleta de inocencia.

Marché
después de que mis ojos
recortaran tus sugerentes siluetas, 
ancladas a los besos del mar.
Después de que la mágica aureola
hiciera sus travesuras, 
que me parecieron caricias.
Después de que mis esforzados alientos
intentaran retener
nuestro íntimo instante.

Ahora regreso desde la lejanía
para encontrarnos de nuevo.
Yo, te mostraré mi admiración 
y asombro.
Tu, maquillarás el aire
de virtuosas ensoñaciones.
Los dos
volveremos a ser parte
de un recuerdo eterno.





                                                                                    

                                                                                   



01044 La Torta de Pellizco

 ¡CÓMO ME PUSE!


Hoy, en mis deberes diarios, me he propuesto archivar fotografías. Algo que debería hacer con más frecuencia, pero que voy dejando, dejando, hasta que me doy cuenta del follón que tengo organizado tanto en el ordenador como en el disco duro externo. Luego pasa lo que pasa. Cuando quiero encontrar alguna imagen concreta, me desespero hasta dar con ella. Es en este proceso de búsqueda cuando me percato de que tengo archivos sin revisar que ni me acordaba que existían. Así que me he puesto manos a la obra.

Una de las carpetas sin archivar se corresponde con un viaje familiar a Almería en julio de 2019. Una tierra desconocida para mí hasta entonces y que tenía muchas ganas de visitar. No me decepcionó en absoluto. Pintorescos paisajes, con hermosos atardeceres, pueblos de postal, singulares playas, grandes contrastes y cómo no, deliciosa gastronomía, no exenta de gratas sorpresas y que irán apareciendo por aquí en su momento. Es el caso de la torta de pellizco. No recordaba el restaurante donde la degusté, aunque sí que me acuerdo perfectamente el impacto tan agradable que me produjo. Así que he acudido a las anotaciones de aquel viaje: San Juan de los Terreros, Villaricos, Garrucha, Mojácar, Geodas, Carboneras, Aguamarga, Las Negras, El Playazo, Rodalquilar, La isleta del Moro, El Pozo de los Frailes, Playa de Monsul, Cabo de Gata, Playa Genoveses, Playa de los Cocedores, Mazarrón, Sierra Cabrera.... Restaurante Casa Adelina, en Turre. Sí, aquí fue, en Casa Adelina, donde probé la torta de pellizco, entre otras delicias, como unas magras con tomate, conejo al ajillo o caracoles con tomate. Estaba todo delicioso, pero no sé por qué, la mencionada torta de pellizco "me enganchó". Recuerdo que me comí la que me correspondía, una más, y los restos que iban dejando los siete comensales, conmigo ocho, que formábamos la expedición. Las tortas, con un curioso toque de sal,  iban acompañadas de un alioli, bien de ajo y espeso. Tal fue mi devoción por este manjar que tuve que pedir más alioli para seguir disfrutando de ese instante. ¡Cómo me puse!

He intentado averiguar algo sobre estas tortas, pero ha sido un esfuerzo baldío. Creo que es la primera vez que Don Google me ha dejado huérfano de conocimiento. Al pedirle información sobre las tortas de pellizco, han aparecido un sinfín de variedades tanto dulces como saladas, bizcochos, panes... pero sobre la que hago referencia, nada de nada.

Poco más puedo añadir al respecto. Solo que me pareció algo delicioso, que me puse las botas y que tendré que regresar a esas tierras para volver a probarlas.









jueves, 1 de septiembre de 2022

01043 Feliz Coincidencia

SABOR Y COLOR


Según la Real Academia Española de la Lengua, una ensalada es una "Hortaliza o conjunto de hortalizas mezcladas, cortadas en trozos y aderezadas con sal, aceite, vinagres y otras cosas".
Ensalada proviene del latín "salata", que a su vez es la forma abreviada de "herba salata". En la antigua Roma, por ejemplo, las verduras eran aliñadas con aguasal.

En la actualidad, afortunadamente, el concepto y aspecto de las ensaladas ha cambiado por completo. Ahora, en las ensaladas intervienen además otros alimentos como carnes, pescados, pastas, arroces, legumbres, frutas, frutos secos, huevos duros..., que aliñadas debidamente deparan gratas sorpresas al comensal. Ahora, en las ensaladas, el gusto, el buen producto y la imaginación son las bases del éxito.

Una ensalada no tiene por qué ser sinónimo de algo triste o irrelevante. Más bien todo lo contrario. Es cuestión de conjugar bien los sabores y armonizar incluso su presentación, que entre por los ojos, que el estómago ya dará luego buena cuenta de ella con el beneplácito del paladar.

La ensalada que hoy traigo hasta este caleidoscopio vital puede ser una buena prueba de todo lo dicho hasta ahora. Sus ingredientes: tomates cherry, rúcula, lechuga de roble, aguacate, gulas y gambas peladas. Y en cuanto a su elaboración, tan solo hay que cocinar las gulas en una sartén con un poco de aceite de oliva virgen, unas láminas de ajo y dos o tres cayenas. Montar el plato está cantado. Comenzaremos por hacer un lecho con la rúcula, la lechuga de roble y el aguacate cortado a dados,  que aliñaremos con un poco, muy poco aceite, unas gotas de vinagre y sal. A continuación, dispondremos sobre el lecho las gulas y las gambas. Finalizaremos con unos tomates cherry cortados por la mitad y que dispondremos en el perímetro del plato aderezados con unas gotas de aceite y sal. 

Para mí, este es un claro ejemplo, como tantos otros, que cuando se conjugan bien los alimentos y aportan un vistoso colorido, nos encontramos ante una feliz coincidencia de sabor y color, difícil de rechazar.  




01042 El Canon de Pachelbel (Relato)

LARGO DA SÉ (FARO)


Era un luminoso día de verano. De esos con los que se hacen las postales. Había que madrugar. Una agradable y plácida ciudad lusitana, Faro, capital del siempre atractivo Algarve, al sur de Portugal, aguardaba mi caminar para mostrarme sus encantos.

Con los primeros pasos fui leyendo mis apresurados apuntes tomados a vuela pluma la noche anterior minutos antes de acostarme. “De origen prerromano, fue uno de los centros neurálgicos de la región del sur de Portugal, en un sistema basado en el intercambio de productos agrícolas, pescado y minerales”.

A simple vista me pareció que se trataba de una ciudad cuidada y acogedora. “En el siglo VIII fue ocupada por los árabes, quienes impulsaron su fortificación. En 1249 sería conquistada por el rey portugués Alfonso III. En 1755, un terremoto destruye parcialmente la ciudad. En 1834, tras la implantación del liberalismo, se convierte en la capital del Algarve”.

Animado por cuanto veía, me adentré en el área peatonal donde se localiza la zona comercial, capitaneada por las plazas Ferreira Almeida, Libertad y Francisco Gomes. Aparentemente la percibí como una ciudad eminentemente turística. No llegué a contar el número de aviones comerciales que volaron sobre mi cabeza. Fueron muchos. Decenas de aviones en un continuo despegar y aterrizar. Casi se podían tocar con la mano.  El espectáculo visual lo tenía a izquierda y derecha de mis pasos, pero a cada “rugido” de motor de avión, un resorte en mi cuello hacía elevar mi mirada hacia el cielo. “Su casco antiguo está lleno de vías peatonales y sugerentes cafés con terraza donde tomar un respiro. Además del turismo, se desarrollan otras actividades económicas como la pesca, principalmente el atún, la industria conservera y la exportación de frutos y corcho”.

El disfrute extremo de la ciudad llegaría cuando traspasé el Arco da Vila, “de estilo neoclásico y construido sobre las ruinas de una puerta que formaba parte de la muralla musulmana original”, que me introdujo en su casco histórico, en la parte vieja, conocida como Vila Adentro. Desconocía en ese momento que lo mejor, el inolvidable recuerdo que me llevaría de esta ciudad que da al mar de la ría Formosa, todavía me estaba esperando.

Tras callejear, admirar y disfrutar, llegué a la plaza Largo da Sé, donde se encuentra la catedral de Faro. “También conocida como iglesia de Santa María, fue mandada construir por Alfonso IV, tras la reconquista cristiana en 1251, sobre los restos de una mezquita musulmana”. A mis ojos les pareció una plaza acogedora, extensa y muy limpia. Sí, me llamó la atención lo aseada que estaba. Había muy poca gente, tan escasa que, aunque no recuerdo el número exacto de personas, llegué a contarlas. Aproveché esta circunstancia para fotografiar sin agobios el magnífico escenario en el que me encontraba: la catedral, unos hermosos naranjos con sus frutos, plantados en el perímetro de la plaza, la estatua que la preside, del obispo Francisco Gomes do Avelar…  Recorrí el lugar por todos los rincones hasta que decidí, un tanto cansado y acalorado, sentarme en el suelo, frente a la catedral, a la sombra de un naranjo. “La catedral es en la actualidad un compendio de estilos arquitectónicos, si bien, a grandes líneas, puede ser asimilada al periodo de transición romántico-gótico y al renacimiento. De su iglesia primitiva tan sólo queda en pie la imponente torre porticada de la entrada, cuya tercera planta, aparentemente en ruinas, nunca fue rematada”.

Un joven se acercó a mí para ofrecerme una pequeña caja de hermosas y rojas frambuesas. “Son solo cinco euros”, me dijo. En ese momento no me apetecía meterme nada en el estómago. Me encontraba bien como estaba. Disfrutar de una plácida jornada y recrearme con un hermoso y pintoresco escenario urbano era más que suficiente. Pero también era cierto, que los apetitosos frutos ofrecidos no se podían desperdiciar. Tenían una apariencia muy atractiva y hasta seductora.  Luego igual me arrepentía. Así que decidí comprar una caja para saborear su contenido más tarde.

Del interior de la seo comenzó a salir gente. Mucha gente, acicalada para una especial ocasión. Tenía toda la pinta de ser una boda. “El interior de la catedral, de tres naves de cuatro tramos sobre columnas dóricas y techumbre de madera, es del siglo XVI, y alberga el Museo Catedralicio, donde se pueden contemplar varios objetos litúrgicos, imágenes, pinturas y vestimentas religiosas de gran belleza. Su capilla, de estilo gótico, se encuentra bajo un techo artesonado revestido de azulejos del siglo XVII. Su presbiterio exhibe un valioso retablo renacentista”.

Sí, se trataba de una multitudinaria boda. Al aparecer los desposados por la puerta de la catedral, los asistentes iniciaron un descompensado y bravío canto. Sólo pude desearles a los recién casados, para mis adentros, toda la felicidad posible y una vida plena de prosperidad. “En 1577 la catedral se convirtió en sede de la Diócesis Episcopal del Algarve. En 1596 fue saqueada y quemada por las tropas británicas del conde de Essex. Fue reconstruida después de los terremotos de 1722 y 1755. El campanario inacabado manifiesta la atribulada vida de este edificio. Merece especial atención los conjuntos de talla de madera y el órgano rojo de madera pintada, adornado con motivos chinescos. Se puede subir a lo alto de su torre medieval para disfrutar de las vistas panorámicas de la ciudad amurallada”.

La plaza comenzó a llenarse de más gente, no sé si atraídos por el espectáculo de la boda o por que era la hora de que la plaza rebosara de turistas como yo. Al rumor de voces y de cánticos festivos se sumó la música de un violín. Pensé en un principio que se trataba de un elemento más del enlace matrimonial. Sonaba realmente bien. Mientras mi mirada se entretenía con el gentío, la catedral y los naranjos, divisé la figura del violinista. En ese momento estaba interpretando un delicioso vals. Concluí entonces que, efectivamente, iba en el pack de la boda. También es cierto que nadie bailaba. Y qué importaba si el músico estaba con la boda o simplemente tenía por costumbre tocar en esta plaza por capricho, para airear su arte o para sacarse unos cuartos. Sonaba bien y para mí, era el colofón a una fantástica mañana.

Poco a poco la plaza fue adquiriendo el aspecto que presentaba a mi llegada. Los integrantes de la boda habían desaparecido dejando un rastro de confeti y cintas de colores. Del gentío, apenas quedaba una docena de personas paseando al ralentí. El calor comenzaba a dejarse notar. Y ajeno a todo, el violinista, apostado a la sombra de la seo, continuaba interpretando emotivas y sentidas canciones que retenían mi partida. Me encontraba a gusto, y en los tiempos que corren, por fuera y por dentro, a estos instantes hay que sacarles todo el néctar posible.

Me levanté del suelo como pude, después de tan larga sentada. Mis huesos ya no están para este tipo de festivales. Una vez conseguida la verticalidad de mi cuerpo, me dispuse a abandonar el escenario que tan amablemente me había acogido en las últimas horas. No habría dado ni media docena de pasos cuando el violinista inició la interpretación de una nueva pieza musical.  El sonido de la melodía me ancló al suelo. Rápidamente busqué la figura del músico. Seguía allí, cobijado a la sombra de la catedral, ajeno al mundo y regalando una sonrisa a quien se acercaba hasta él para darle unas monedas por su arte y trabajo.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, el mismo que acostumbra a visitarme cada vez que escucho la pieza que estaba interpretando mi desconocido músico: el Canon de Pachelbel. Una composición musical que desde que la escuchara por primera vez, en los inicios de la década de los ochenta, en la oscarizada película de José Luis Garci, “Volver a empezar”, entró en mi vida para quedarse. Se acomodó en lo más sensible de mi ser, para a través de ella, expresar y compartir un buen puñado de emociones.

Absorto e inmóvil dejé que la música lo ocupara todo. El mismo escenario me pareció distinto. Al igual que la hermosa luz que inundaba el día, que los naranjos, que la seo tan reiteradamente mirada, que mi puntual bienestar… Todo, mientras sonó la atractiva melodía, me pareció sutilmente distinto.

Acabada la magistral interpretación musical, volví al ahora, y antes de que el violinista prosiguiera con su concierto callejero, me acerqué hasta él.  No hice ademán ni mostré intención alguna, que el músico ya me había adelantado su sonrisa. Le saludé a la par que depositaba un billete en el abierto estuche de su violín. Miré su contenido y pude comprobar que no se le había dado mal la mañana, a tenor de las monedas y de algún que otro billete que se esparcían a lo largo y ancho de la funda del instrumento de cuerdas. Me alegré. En estos casos, valorar y cuantificar el resultado económico es un tanto atrevido y arbitrario. Con todo, me alegré.

Lamentablemente ando muy escaso de idiomas. Entre otras, es la asignatura pendiente que siempre me acompaña. Así que, en lugar de intentar entablar una breve conversación con él, es lo me hubiese encantado hacer, me limité a trasladarle un sencillo “muchas gracias, que tenga un buen día”. A lo que el violinista contestó, “igualmente, que disfrute de su estancia en Portugal”.

Mi ya inolvidable violinista, de cerca observé que tendría en torno a los cincuenta años de edad y bien parecido, hablaba un correcto español, así que no desaproveché la oportunidad. Comencé por mostrar mi satisfacción a su forma de interpretar y dominio del violín.  A lo que él me respondió: “Muchas gracias. Son muchos años de estudio y dedicación”. Le pregunté a continuación cómo es que hablaba tan bien mi idioma. Me indicó que había vivido en España, entre Madrid, Valencia y Barcelona, cerca de diez intensos años, trabajando con formaciones musicales, impartiendo clases de música e incluso, cuando las cosas se ponían feas, de camarero o de pinche de cocina. Me dijo guardar un grato recuerdo de aquellos años, al igual que los que vivió en Francia, Inglaterra e Italia. Ahora, llevaba cuatro años afincado en su Portugal natal, de donde no tenía intención de moverse, impartiendo clases de música y actuando en la calle, que era lo que más le entusiasmaba. “El estar casado con un violín, finalizó sonriendo, tiene estas cosas. No tienes que dar cuentas a nadie, si acaso a mi felicidad”.

Me pareció observar que ya no quería hablar más, que lo que estaba deseando era volver a calzarse el violín sobre el hombro y continuar tocando a pesar del poco público ya existente. Antes de despedirme le hice saber lo magistralmente que para mí había sonado su interpretación del Canon de Pachelbel, una de mis piezas musicales más ensoñadoras. Él solo me contestó: “No tiene mal gusto, señor. También para mí es una de las partituras más icónicas”.

Cuando me dispuse a abandonar la plaza Largo da Sé, me cercioré que llevaba en mi mano derecha un envase de plástico vacío. Era el envase que contenía unas hermosas y rojas frambuesas que había comprado nada más llegar a este lugar. No recordaba ni cuando me comí la primera, ni tampoco la última. Solo el fresco y dulce sabor de mi boca delataban que sí, que me las había comido. Por un momento llegué a pensar que todo había sido un nuevo sueño envuelto en el Canon de Pachelbel.

Un día de agosto de 2018.

 

CANON DE PACHELBEL

El Canon y giga en re mayor para tres violines y bajo continuo; en el original alemán: Kanon und Gigue in D-Dur für drei Violinen und Basso Continuo, también conocido simplemente como el Canon, es la obra más conocida del compositor alemán de música barroca Johann Pachelbel.

Pachelbel compuso esta obra alrededor de 1680, siendo originalmente una obra de música de cámara para tres violines y bajo continuo. Con posterioridad, se han realizado arreglos para una gran variedad de instrumentos y conjuntos. El Canon es muy conocido por la progresión armónica de los instrumentos de cuerda, que lo han convertido en una de las piezas más reutilizadas en la música académica contemporánea.