domingo, 7 de octubre de 2018

00826 La Quiche de Salmón

CON ALCAPARRAS


La quiche es otra de las elaboraciones gastronómicas que me encanta. Es la primera vez que aparece por este caleidoscopio vital y lo hace de la mano de una quiche de salmón con alcaparras, con la que recientemente me sorprendió mi hermano Antonio en su casa. Tenía intención de estrenar en este blog el variopinto mundo de la quiche con la clásica, tradicional y popular quiche lorraine, pero esta me ha parecido más original y extraordinaria.

El resultado es de un agradable sabor y la incorporación de las alcaparras a la quiche me parece todo un acierto. Si me gustaría, que acepté una segunda porción. Una costumbre, la de repetir, que ya ha pasado prácticamente a ser historia en mí. Pero en este caso no pude negarme a la invitación.

Ingredientes: Una lámina de masa quebrada o brisa, un cuarto de kilo de salmón fresco, un par de cebollas, un puerro, 4 huevos, un par de cucharadas de alcaparras en conserva, medio litro de nata líquida para cocinar, aceite de oliva virgen, pimienta y sal.

Elaboración: Pre calentamos el horno a 220 grados centígrados. Colocamos la masa sobre el recipiente que luego introduciremos en el horno una vez tengamos preparada la quiche y pinchamos con un tenedor. Preparamos el relleno que comenzaremos haciendo un sofrito con las cebollas y el puerro picados. A continuación, desmenuzamos el salmón quitando las posibles espinas que pueda llevar. Mezclamos la nata y los huevos hasta conseguir una mezcla homogénea. Salpimentamos y reservamos. Colocamos sobre la masa el sofrito de cebolla y puerro, para continuar agregando el salmón en crudo y las alcaparras, y finalizar con la mezcla de huevos y nata. Introducimos en el horno durante un cuarto de hora y bajamos la temperatura a 150 grados para dejar que se cocine la quiche durante unos 45 minutos. La quiche estará lista cuando la superficie esté dorada y la masa crujiente.


sábado, 6 de octubre de 2018

00825 Las Quisquillas

PEQUEÑA DELICIA

No solo me gustan sino que están estrechamente relacionadas con lugares, paisajes y aromas venidos del mar, que es donde las como cuando tengo oportunidad. Unas quisquillas junto a una cerveza bien fría y que pase el tiempo. Otro pequeño y mundano placer.

Me parecen un auténtico vicio. Es un empezar para no parar, mientras sabor y entretenimiento se dan cita en tan diminuta especie.

Su sabor y textura son inconfundibles; gelatinosa y muy sabrosa, impregna la boca con un ligero dulzor. Me encantan y como no son muchas las oportunidades que tengo para consumirlas, cuando esto sucede, las disfruto de manera especial.

La quisquilla tiene unos valores muy bajos de grasas y gran cantidad de proteínas. Ofrece un gran aporte de minerales, como el yodo, fósforo y sodio.


jueves, 4 de octubre de 2018

00824 Los Morros con Garbanzos

BIENVENIDO, OTOÑO

Y digo yo que igual en la cocina se podría inaugurar ya la temporada de otoño. Dar el pistoletazo de salida a legumbres, guisos, caldos, sopas y chups, chups de elaboración pausada y aromática, aunque solo sea a modo de entrenamiento. Así que aquí van unos morros con garbanzos.

En realidad, esta sabrosa propuesta viene un tanto forzada y siendo fiel a la filosofía de que "aquí no se tira nada". Me explicaré.

Hicimos hace unos días un buen y generoso plato de morros de cerdo con tomate; el tradicional, el aprendido de toda la vida, con tomate frito, ajo, cebolla, jamón, chorizo y un par de cayenas. Deliciosos. Comimos dos días consecutivos y lo que quedó del guiso lo guardamos en el frigorífico. En estos días elaboramos unos garbanzos con pimientos del piquillo y cuya sencilla receta ya está compartida en este blog. También quedaron y siguieron los mismos pasos que los morros.

Llegó el momento de abrir el frigorífico y contemplar con horror la cantidad de restos que se iban almacenando en recipientes de plástico. Así que como no había de todo para todos, reuní garbanzos y callos, mezclé, calenté y repartí. ¡Qué fantástico espectáculo de sabor! ¡Qué alegría y alborozo! Y musité, "bienvenido, otoño".




00823 Las Setas de Cardo

CUANDO LAS VEO


Debería consumirla más pero no me acuerdo de su existencia hasta que no la veo delante de mí. Y aunque su popular nombre no es muy atractivo siempre es bienvenida a la mesa.

Por sí sola, con cuatro apaños, es más que suficiente, además de ser una buena compañera de otros alimentos o como guarnición. Acostumbro a tomarla a la plancha con una buena picadita de ajo y perejil, en revuelto o frita con gambas y unos ajos, si bien, como más disfruto de ella es empanada y frita con acompañamiento del siempre agradecido ali oli. Esta última versión ya la trasladé en algún momento de este caleidoscopio vital. Si dispongo de tiempo y estoy algo inspirado, me vengo arriba y la incorporo a guisos, -hay una variedad de ellos-, a pastas o arroces.

Reconozco que con lo que me gusta, debería acordarme más de ella.


En cuanto a su aporte nutricional, leo que es "un alimento que destaca por su alto contenido en vitamina B2, potasio, yodo, agua y vitamina B3.

miércoles, 3 de octubre de 2018

00822 Los Huevos Escalfados

CON SALSA DE TOMATE CASERA


Es de esos platos que no necesitan mucha presentación. Su sola visión nos lo dice todo. Nos habla de toda la vida, de tradición y  de calor en torno a una mesa ajeno a cualquier moda que pueda llegar.

El quid de la cuestión estriba en la salsa de tomate hecha en casa como antes se hacía todo. Buen tomate, buen pimiento verde, buena cebolla, buen ajo, buen aceite de oliva y buena cocción, lenta, burbujeante y serena. Triturar y pasar por el chino. De vuelta la salsa a la sartén, que sea ancha para que los huevos no se incomoden y respiren. Fuego medio y salsa caliente. Acomodar los huevos y tapar. Prestar atención, mucha atención, para que no se pasen y que la yema "llore" cuando sea requerida. Todo un placer al gusto y a la vista.

Ni un pero ni un reparo, si acaso moderación con el pan a la hora de untar. Pero qué digo, ni eso. Un día es un día y los huevos escalfados con salsa de tomate casera, el de toda la vida, así quieren que sea; buen untar, que ya me cuidaré otro día.




martes, 2 de octubre de 2018

00821 El Lenguaje de la Huerta

DANIEL CALASANZ

Qué momento más delicioso acabo de pasar con la relectura del pequeño y entrañable libro "Manual del Hortelano", escrito por el también entrañable y polifacético Daniel Calasanz. Lo leí el mismo día que me lo regaló alguien que conocía de mis aficiones hortícolas. Ya por aquel entonces me pareció un deleite de manual, que ahora corroboro. 

El manual recoge las distintas formas de cultivar cada cultivo y en qué momento, la preparación del terreno, los aperos más habituales del hortelano antiguo, dichos y creencias antiguas de vaticinar el tiempo, curiosidades, refranes y versos nacidos de la sensibilidad y sabiduría popular de Daniel, entre otros apartados. Un manual que para mí, que me introduje en este noble y placentero arte de la horticultura desde la más absoluta de las ignorancias, -y sigo anclado en ella-, fue y sigue siendo mi norte y mi guía.

Cada página del manual es de agradecer, pero hoy, no sé por qué, me he detenido de forma especial en las que hacen referencia al apartado que lleva por título y que no he citado en la introducción: "Significado de algunas palabras muy nuestras que quizá alguien no conozca". Efectivamente, del medio centenar de palabras que se escriben por orden alfabético, algo más de una cuarta parte de ellas son para mí nuevas; del resto, un buen número las había escuchado ya en boca de mis  tíos Julián, Segundo y Antonio en mis tiempos de Alcalá de Gurrea, aunque ahora dude sobre su significado correcto. Vocablos que en mi boca pierden soltura por falta de dedicación, pero que reconocidas en las voces de quienes nos han precedido y en quienes las mantienen vivas, suenan a raigambre y verdad: Acarguilar, Bardiza, Bribar, Cocullo, Maigar, Paletaño, Porgar, Tajadera, Tomo, Tornallo, Zarachón  Verdolaga, Gramén, Chufas... Algunas me costará aprenderlas;, la memoria y retención fallan, pero no cejaré en el intento. El lenguaje de la huerta no puede caer en desuso ni en el olvido.

Daniel Calasanz, Hijo Predilecto de la Ciudad de Huesca,  falleció en febrero de 2011. Hortelano de profesión, poeta de vocación y generoso colaborador para la causa que fuera llamado. Nació en el año 1914 en los extramuros de la capital oscense, en plena huerta, su vida, en la torre de Capuchinos, de la que su padre fue encargado.

El 7 de febrero de 2011 fallecía Daniel Calasanz habiendo otorgado testamento en el que disponía que su última voluntad era que con sus bienes se constituyera una Fundación, que tuviera por objeto el estudio y aplicación de cultivos ecológicos y la formación de personas para el desarrollo de esos cultivos. La Fundación Daniel Calasanz Abadía quedaría constituida el 13 de marzo de 2013.

Todavía recuerdo la media docena de entrevistas que tuve la oportunidad de realizarle. Me resultaría muy complicado reproducir lo que en ellas decía, pero seguro que me hablaría de sus pasiones: la huerta, Huesca, sus coplas o de la amabilidad de la vida a pesar de sus penurias... Pero de una cosa me acuerdo perfectamente, de su eterna y plácida sonrisa.










lunes, 1 de octubre de 2018

00820 Los Apaños

NO SE TIRA NADA


Me encanta el melón. Me chifla el melón, tal y como ya he dejado constancia en algún momento del caminar de este blog. Tanto me gusta, que muchas noches es mi único alimento a la hora de cenar. Y sí, ya sé que el melón en la cena, mata. Es uno de los muchos riesgos que corro.

Este verano, o no ha sido una buena campaña melonera o no he sabido elegirlos bien. De las decenas de melones que he abierto, podría contar con los dedos de las manos aquellos ante los que me he quitado el sombrero; el resto, o auténticos pepinos o sosos como la calabaza. Dicho lo cual, también diré que ni un solo melón, por malo que haya salido, ha acabado en la basura. A todos les he encontrado un apaño. El más tradicional, el consabido arreglo con sal, aceite y vinagre, como si de un pepino se tratara. Consumido así, perfectamente podría añadirse a las diez mil cosas que me gustan.

Apaños a los que haya recurrido este verano y que ahora me acuerde, por ejemplo, con lechuga y atún, con salmón ahumado o con lacón cocido. La cuestión es engañar al melón y proporcionarle alguna compañía que tenga sabor.

El melón de despedida del verano, el que ilustra la fotografía, aparentemente tenía todos los números para que resultara bueno, pero no, salió otro pepinazo. Así que le presenté a unos pequeños langostinos que tampoco andaban sobrados de sabor y que estaban predestinados a ser untados en una salsa mayonesa y todo resuelto. Para hacer esta mezcla más solemne utilicé, además de aceite de oliva virgen, vinagre de Módena y sal Maldon. No estuvo la cosa nada mal.  Y aunque lo estuviera, como decía mi madre: "En esta casa no se tira nada, que no están los tiempos para tirar".