miércoles, 9 de marzo de 2022

00946 Corazón de Nube

VALIÓ LA PENA



El capricho me ha traído un corazón de nube.
Me recuerda que tan solo será un instante.
El tiempo impreciso de un huésped inesperado.
Lo que tarda en desaparecer una lágrima de emoción.
Lo que dura un fértil respiro en un verso prolongado.

Me dice que se desvanecerá.
Es su condición de corazón de nube.
No hay nada que lo detenga.
Se irá como la levedad del beso en la despedida, como el agua entre los dedos de una boca sedienta.

Me aconseja que disfrute de esta dicha.
No sabe cuándo reaparecerá.
Valió la pena, le digo, mientras desdibuja las últimas líneas en silencio mi corazón de nube, mi corazón de agua.




 

martes, 8 de marzo de 2022

00945 Los Higos

ALIMENTO DE LOS FILÓSOFOS


Si hay un fruto que me transfiere paz, sosiego y serenidad, entre otras dichas, este es el higo. Será porque desde hace muchos años lo veo nacer, crecer y madurar, para acabar regalándome todo su delicioso y dulce sabor llegados los primeros días del mes de septiembre. Será por las plácidas imágenes que me trasladan de días de sol junto a un huerto que no compite. Será porque cada año espero su llegada como un acontecimiento doméstico triunfal. Será porque me entretiene el paso de sus días y ver como se desarrolla en unas pocas semanas. Verde diminuto como el botón de un abrigo. Verde que todavía te veo muy verde. Verde que va cediendo su color al morado. Morado de piel agrietada. Es el momento, mi momento. Cuatro o cinco tirones de piel y a la boca de un bocado. Dulce y delicado bocado bajo un árbol repleto de ramas, hojas, frutos y hasta de pequeñas historias. Todo un placer de lo cotidiano sin importancia en cualquier tarde del verano que ya se marcha.

Se cuenta que Galeno, médico y filósofo griego, recomendaba este fruto a los atletas como alimento básico en su dieta. Y que también se le denominaba el "alimento de los filósofos" dado el aprecio que mostraban por este fruto filósofos como Platón o Diógenes. Y es que este fruto, por cierto que si bien lo consideramos como una fruta, botánicamente es una infrutescencia, o lo que es lo mismo, la fructificación de varios frutillos dentro de los que parece un solo fruto, como las frambuesas o las fresas, tiene un alto valor energético, además de un nada despreciable contenido en fibra. Contiene calcio, es antioxidante y cuida la microbiota intestinal.

Se calcula que existen más de 750 especies de higos diferentes entre las comestibles y no comestibles.

Me gustaría contar aquí mi experiencia con los higos en la cocina, cuyo recetario es bastante amplio, pero no es posible. No consigo cocinarlos ni siquiera en ensalada. Nunca tengo acopio suficiente de este delicioso fruto.

 





lunes, 7 de marzo de 2022

00944 De Hoja en Hoja

DE RAMA EN RAMA


Resulta curioso. He estado prácticamente toda la tarde, fría y lluviosa, clasificando fotografías. Hacía meses que no me dedicaba a esta labor y me he reencontrado con un buen número de imágenes de nubes, cielos en sus distintas tonalidades y ramas y hojas como suspendidas en el aire.

La mayoría de ellas no sé muy bien cuando, en qué lugar y por qué las capturé. Supongo porque hubo algún momento que las vi y me llamaron su atención por la belleza de la estampa, los contrastes o simplemente porque sí, sin más excusa o explicación. 

Ya he dejado constancia en este caleidoscopio vital que me gusta mirar al cielo. En ocasiones para jugar con las nubes o porque la inopia de recursos entretenidos a pie de tierra me han llevado hasta allí. Otras veces porque la mirada así me lo demanda, casi me lo exige. Me pide encarecidamente que levante la vista y busque un buen acomodo. Sobre nuestras cabezas hay numerosos y muy buenos acomodos.

En el caso de la imagen que ilustra esta entrada, recuerdo, cosa extraña en mí, el día, el lugar y hasta el por qué de la instantánea. Fue en los primeros días del mes de diciembre de hace un par de años. Llevábamos un año desde que la Covid cambiara nuestras vidas y sumara un nuevo miedo, una preocupación más. Por aquello días, mi máximo entretenimiento y obligación era alcanzar los diez mil pasos diarios. La mayoría de ellos los lograba caminando por el parque vuelta tras vuelta, día tras día. De vez en cuando, me sentaba a fumar un cigarrillo para continuar hablando conmigo. Llega un momento en que resulta aburrido dale que dale a lo mismo y máxime, cuando por el camino venía también hablando conmigo.

Me senté y miré hacia el cielo para aliviar mis cervicales. Y en ese mirar se cruzó un castaño casi desnudo. Para entretenerme, comencé a contar los frutos que todavía tenía asidos a sus ramas. Pronto me cansé y además, me confundía y no hacía mas que volver a comenzar. Entonces fue cuando comencé a saltar con la vista de hoja en hoja, de rama en rama, de un extremo al otro del árbol. De ida y vuelta. Caminos cortos y caminos largos. Y así pasé un entretenido y aliviado rato sin hablar conmigo, que me tengo muy harto y oído.



00943 Uno, dos y tres

 APROVECHAMOS OTRA VEZ


De nuevo vuelvo aplicar en la cocina una de mis máximas y que me acompaña toda la vida desde que tengo uso de razón: "Aquí no se tira nada".

En esta ocasión se trata de un apaño para aprovechar restos de comida y ciertamente, está mal que yo lo diga, ha quedado redondo. Tres son sus ingredientes: un tomate que vivía su soledad en el frigorífico, unos langostinos cocidos que no pudimos apurar en su momento y una salsa tártara que se hizo para acompañar a unos espárragos. No tiene otro misterio este preparado de aprovechamiento. Se corta el tomate en ruedas y se le "enseña" sal y aceite de oliva virgen. Se pelan y trocean los langostinos para poner sobre el tomate y finalmente, se corona el plato con salsa tártara. El resultado es una mezcla de sabores muy interesante a la par que sabroso.

Y ya que estamos, habrá que interesarse por la salsa tártara, ideal para acompañar pescados, mariscos, huevos duros o ensaladas. Sus ingredientes para unos doscientos cincuenta gramos de mayonesa son: un huevo cocido, 30 gramos de alcaparras, 30 gramos de pepinillos, 50 gramos de cebolla y 15 gramos de mostaza, preferentemente de Dijon. Una vez elaborada la mayonesa, picamos bien las alcaparras, los pepinillos, la cebolla y el huevo cocido. Cuando lo tengamos todo bien picado, incorporamos el resultado a la mayonesa junto con la mostaza. Removemos con una cuchara y lista para comer. 


sábado, 5 de marzo de 2022

00942 Los Pimientos Verdes Encurtidos

SENCILLAMENTE DELICIOSOS


El huerto había sido más que generoso en la producción de los denominados pimientos morro de vaca. Hubo pimientos para comerlos de todas las formas imaginables: fritos, rellenos, en tempura, en tortilla, en guisos.... El preciado huerto dio pimientos para dar y regalar.

Un día, mientras arrancaba cuidadosamente de las matas los verdes y magnánimos frutos, me vino a la memoria una imagen de mi infancia llena de sabor y también de nostalgia. Ese día llegó a mi memoria una trabajada tinaja de barro cargada de vida y que cuando se destapaba, un fortísimo olor a vinagre inundaba toda la oscura y fresca estancia del granero de casa de mis abuelos, en Alcalá de Gurrea,  donde se encontraba junto con otros alimentos de subsistencia. También se hicieron presentes las diminutas y blancas manos de mi abuela Genoveva "pescando" dentro de la tinaja los sabrosos pimientos encurtidos en vinagre. En la mano derecha, el tenedor. Y en la izquierda, un plato hondo e incoloro de Duralex. Y del plato a la mesa, bien para formar parte de una ensalada de lechuga, tomate, cebolla y aceitunas negras, o simplemente cortados a trozos con un poco de aceite y sal. Lo recuerdo como algo sublime. Y por supuesto, el vinagre donde se encurtían los pimientos, de casa. Como casi todo lo que en ese humilde hogar se comía y cuyos sabores, a pesar del paso del tiempo, son difíciles de olvidar.

Nunca supe cómo encurtía mi abuela los pimientos, y creo recordar que también cebollas. En aquellas edades la cocina y todos sus entresijos los veía muy, pero que muy desde la distancia. Solo sé que me gustaba comer. Era un pozo sin fondo, me recuerdan en numerosas ocasiones.

Ese día de recuerdo y añoranza llegué a casa cargado de unos buenos ejemplares de pimientos y decidí encurtirlos en frascos a falta de una buena tinaja. No tenía ni la menor idea de cómo se encurtían. Así que me metí en Google y empecé a buscar. Las recetas de encurtidos de pimientos que vi, tenían todas muy buenas maneras pero me resultaron un tanto laboriosas y hasta engorrosas. Pensé que sería más sencillo. 

Me acordé entonces de la existencia de la Bodega Pirineos, en la capital oscense. Para mí, lugar de referencia del mundo de los encurtidos, ahumados y del laterío, y que bien merece la pena conocer. Pensé que aquí podrían dar luz a mi ignorancia. Y así lo hicieron. Muy sencillo, me dijeron: "Hervir agua con sal al gusto, dejar enfriar, introducir enteros y bien apretados los pimientos en el bote y cubrirlos con tres cuartas partes de vinagre, que aquí me proporcionaron, y una cuarta parte del agua con sal. Tapar el bote herméticamente y dejarlo en un lugar seco y oscuro durante tres o cuatro semanas". Así lo hice.  Transcurrido ese tiempo, el resultado no pudo ser más espectacular. Sencillamente delicioso. Casi, casi me recordaron a los de la tinaja de mi abuela. Se me saltaban las lágrimas cada vez que daba cuenta de ellos y no es una forma de hablar. El buen vinagre, como el que se elaboraba en casa de mis abuelos, es lo que tiene. 

Ahora la cosa es todavía más sencilla, ya que en este establecimiento hostelero oscense venden mezclado ya el preparado para encurtir.

Que se vayan preparando pepinillos, cebolletas, piparras y todo lo que sea susceptible de encurtir.



jueves, 3 de marzo de 2022

00941 No Siempre Hay Palabras

MERA IMPRESIÓN


No siempre hay palabras.
El silencio también habla.
La quietud y la ausencia también hablan.

No siempre hay palabras para expresar
los inagotables sentimientos.
Aquellos que recorren geografías aprendidas
con presencia, ánimo y aliento.

No siempre hay palabras.
El color también habla.
La mies y la tormenta también hablan.

No siempre hay palabras con las que memorizar
el escalofrío de una emoción, el roce de la brisa en la piel o el pensamiento atrapado en la espuma de una nube de paso.

No siempre hay palabras.
La desnudez de las manos también habla.
Lo próximo y lo lejano también hablan.

No siempre hay palabras accesibles para cuando el bienestar se hace impredecible y la metáfora, aliada del juego, viaja errante hacia el inalcanzable horizonte. 
No, no siempre hay palabras. 
Nunca hay palabras para traducir la impresión sobrevenida del olor a tierra mojada en un campo de dorada espiga, hacendoso paisaje y advertido confín. 






miércoles, 2 de marzo de 2022

00940 La Sepia

 SIEMPRE, SIEMBRE BIEN RECIBIDA


Hay alimentos que cuando los tengo delante de mí no puedo dejar de ofrecerles una sonrisa y mostrarles mi cara de satisfacción. La sepia es uno de ellos. 

Se trata de un molusco cefalópodo, también conocido, según zonas geográficas, como jibia, choco o cachón, que dan mucho juego en la cocina y que acostumbra a ser bien recibido por los comensales. 

La sepia, de carne gruesa y tierna, si está bien conocida, me resulta deliciosa ya sea en arroces, guisos, frita, asada o confitada en aceite con ajo y guindilla. Pero quizá mi predilección a la hora de sacarla a la mesa sea simplemente a la plancha con una generosa picada de aceite, ajo y perejil. Me da igual que se presente como aperitivo o como parte de un menú. Siempre es muy, muy bien recibida. Y ya lo creo que la disfruto.

Solo tiene un pero este experto del camuflaje en su hábitat natural y es que tiene que estar bien cocinada y evitar servirla dura o gomosa. El fiasco entonces es mayúsculo. Para que esto no suceda, hace tiempo leí, y desde entonces lo pongo en práctica, que para evitar este descalabro gastronómico, y si lo que queremos es guisarla, hay que introducir la sepia en leche por espacio de una hora y media antes de su cocinado. Si optamos por cocinarla a la plancha, lo que hay que hacer es poner la sartén a fuego fuerte y una vez bien caliente, añadir unas gotas de aceite de oliva y la sepia bien seca. En cuanto a la sal, mejor incorporarla a la sepia con el fuego ya apagado o a la picada de ajo, perejil y aceite.

Para matrícula de honor si esta sepia a la plancha va acompañada de unos buenos pimientos de Padrón. Entonces ya, se me saltan las lágrimas.