ATRACTIVO ESPECIAL
Nunca he sido muy devoto de los parques de atracciones, y ya
me fastidia. Mi miedo a las alturas, mi
terror al inesperado sube y baja de los hidráulicos feriados, mi revoltijo de
tripas cuando se trata de dar vueltas, etc… tienen la culpa. En mi juventud,
por aquello del que no se diga, afronté, no sin temor, algunas atracciones, que
en comparación con las de hoy en día, parecieran como de broma. Es lo que
había.
En las que “menos mal” lo pasaba eran, -los autos de choche
y la noria no cuentan-, la barca, el pulpo, y si estaba muy, muy inspirado, la
montaña rusa. Aquí se acababa mi diversión ferial. Siempre me acuerdo de una
frase de mi hermano Manolo, que la hice mía desde la primea vez que se la
escuché pronunciar de su boca: ¡Qué necesidad hay de pagar para pasarlo mal y
además, que te gasten putadas!
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Estuve muchos años sin pisar un recinto ferial, hasta que
llegaron mis dos retoños. Nos estrenamos con los caballitos y los cochecitos.
Bien. Después llegó esa época en la que a las niñas se les iban los ojos detrás
de otras atracciones más llamativas. Bien también. Eran de buen conformar y
bastaba un “todavía sois pequeñas” para que siguieran disfrutando con los
cochecitos, los caballitos y el tren chispita. Pero llegó ese momento en el que
en determinadas atracciones se podía leer en la taquilla las para mí “trágicas”
dos palabras: “Menores acompañados”. Y allí que estaba yo, para no decepcionar
a mis queridas prendas, y haciendo de tripas corazón, montándome con ellas a
todo lo que daba vueltas, subía y bajaba. No obstante, llegadas estas
situaciones, era yo el que ponía los límites, y había atracciones en las que
como se dice en mi tierra, “ni farto de vino” me subía. No recuerdo muy bien
sus nombres, pero me sonaban fatal: el péndulo, el martillo o el revolution,
entre otros. Sólo verlas me entraban náuseas. Sí que recuerdo, en cambio, la
última atracción en las que fui de acompañante. Fue en el parque de atracciones
de Zaragoza. Puede que ya ni exista la atracción. Se trataba de una especia de
noria horizontal que subía, bajaba, tan pronto iba para adelante como para
atrás y adquiría una gran velocidad, o al menos esa era mi impresión. Justo al
lado de la atracción se ubicaba un edificio que cada vez que pasabas por
delante de él, parecía que te ibas a empotrar en la edificación, cuan muñeco de
dibujos animados… Cuando acabamos de dar vueltas y más vueltas, las niñas
bajaron encantadas de la atracción, no así yo. Medio mareado y descompuesto, no
lo dije en voz alta, no tenía ni fuerzas, pero sí que lo pensé: “Pongo a Dios
por testigo, que jamás me volveré a subir a un chisme de estos”. Y lo cumplí, claro
que lo cumplí. En ese momento se acabó toda mi relación con las atracciones de
ferias y similares, salvo con la noria, que me encanta.
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Sí, ya sé que es una contradicción, pero me gusta subirme a
las norias. Y eso que, algún que otro contratiempo he sufrido. Pero con todo, la
noria tiene un atractivo muy especial para mí. No es que tenga un amplísimo
listado de norias en mi haber, pero aún cuento algunas. La verdad es que he
disfrutado de esos momentos. Reconozco que paso un mal trago cuando mi
canastilla va adquiriendo altura, y cosquilleo en el estómago cuando baja. También
es cierto que cuando ya cojo confianza, no me bajaría de ella. Disfruto con las
vistas, habitualmente espléndidas, y de esa relativa y pasajera soledad, plena
de silencios, que te brinda.
La primera noria de feria fue concebida para la Exposición
Universal de Columbia de Chicago en 1893 por el ingeniero estadounidense George
Washington Gale Ferris. La noria de Ferri medía 80 metros de altura y 76 de
diámetro. Tenía 36 cabinas giratorias y una capacidad de 2.160 personas,
60 personas por habitáculo. Se calcula que cerca de 40.000 personas al día
subieron a esta increíble atracción. La conocida también como Chicago Wheel fue
demolida en 1906.
La noria más antigua del mundo, todavía en funcionamiento,
data del año 1897 y se encuentra en el parque Prater de Viena.
Las cinco norias más altas del mundo, y que para mí son
palabras mayores, se encuentran en: La noria Ain, en Dubái, 250 metros; High
Roller, en Las Vegas, 168 metros; Singapore Flyer, en Singapur, 165 metros; La
Estrella de Nanchang, en China, 160 metros; y London Eye, en Londres, 135 metros.
Antes de que la noria se convirtiera en una atracción de
feria, este mecanismo hidráulico surgió como herramienta de trabajo.
Arquímedes, en el siglo III a.C. ya se refería a este invento que servía para
esquivar obstáculos del terreno y elevar el agua por medio de una rueda movida
por la propia fuerza de la corriente del agua.
La palabra noria procede del árabe Na’úra, que significa “la
que llora, la que gime”. Los árabes adaptaron la noria para emplearla
exclusivamente para el regadío.