domingo, 4 de septiembre de 2022

01046 El Bizcocho de Limón

EL DE TODA LA VIDA


Para sorprender a la costumbre arraigada de cada día, -conviene sorprender de vez en cuando-, a mi tradicional café americano del desayuno lo acompaño con algo sólido. No se trata de una cuestión de necesidad, de que lo pida el cuerpo, sino de hacer algo distinto, de comenzar la mañana con otro tempo, con otra actitud. Así de sencillas e intrascendentales son las cosas domésticas.

El caso es que hoy he amanecido con ese temple. Más allá de las amables tostadas o de las socorridas galletas, me apetecía algo "especial" y con lo que entretener el arranque de mi mañana. Me he acordado entonces de un bizcocho de limón cuya receta me facilitó una amiga hace muchos años y que, curiosamente, conservo en la misma servilleta de papel donde la anoté en su día. El título con el que encabecé la receta lo dice todo: "Bizcocho de limón. El de toda la vida". 

Es sencillo de elaborar, rápido, una apuesta segura e ideal para el objetivo que me he marcado. Así, que a por ello.

Ingredientes: 1 yogur natural, la ralladura de un limón, el zumo de un limón, 3 huevos, 3 medidas de harina, 2 medidas de azúcar blanco, 1 medida de aceite de oliva, 1 sobre de levadura, un pellizco de sal y una nuez de mantequilla para untar el molde. Hay que tomar como medida el envase del yogur.

Elaboración: Mezclar los huevos con el azúcar. Rallar la piel del limón y exprimir. Agregar el zumo, la ralladura, el yogur y el aceite. Seguir mezclando. Añadir la harina, la levadura y un pellizco de sal. Mezclar todo bien y dejar reposar unos quince minutos. Untar un molde con mantequilla y verter sobre él la masa resultante de la mezcla. Precalentar el horno y hornear el bizcocho a 180 grados durante unos 45 minutos. Se sabrá que está listo cuando al introducir un palillo, éste salga seco.

¡Prueba superada! Lo peor que tiene este bizcocho es que sabes cuando empiezas, no así dónde está el stop. Una sabrosa perdición. 














viernes, 2 de septiembre de 2022

01045 No Hay Camino

 RECUERDO ETERNO


No hay camino
que no me traiga de nuevo a ti.
Ahora regreso solo,
porque solo he preferido peregrinar, 
sin más carga
que una mochila repleta de inocencia.

Marché
después de que mis ojos
recortaran tus sugerentes siluetas, 
ancladas a los besos del mar.
Después de que la mágica aureola
hiciera sus travesuras, 
que me parecieron caricias.
Después de que mis esforzados alientos
intentaran retener
nuestro íntimo instante.

Ahora regreso desde la lejanía
para encontrarnos de nuevo.
Yo, te mostraré mi admiración 
y asombro.
Tu, maquillarás el aire
de virtuosas ensoñaciones.
Los dos
volveremos a ser parte
de un recuerdo eterno.





                                                                                    

                                                                                   



01044 La Torta de Pellizco

 ¡CÓMO ME PUSE!


Hoy, en mis deberes diarios, me he propuesto archivar fotografías. Algo que debería hacer con más frecuencia, pero que voy dejando, dejando, hasta que me doy cuenta del follón que tengo organizado tanto en el ordenador como en el disco duro externo. Luego pasa lo que pasa. Cuando quiero encontrar alguna imagen concreta, me desespero hasta dar con ella. Es en este proceso de búsqueda cuando me percato de que tengo archivos sin revisar que ni me acordaba que existían. Así que me he puesto manos a la obra.

Una de las carpetas sin archivar se corresponde con un viaje familiar a Almería en julio de 2019. Una tierra desconocida para mí hasta entonces y que tenía muchas ganas de visitar. No me decepcionó en absoluto. Pintorescos paisajes, con hermosos atardeceres, pueblos de postal, singulares playas, grandes contrastes y cómo no, deliciosa gastronomía, no exenta de gratas sorpresas y que irán apareciendo por aquí en su momento. Es el caso de la torta de pellizco. No recordaba el restaurante donde la degusté, aunque sí que me acuerdo perfectamente el impacto tan agradable que me produjo. Así que he acudido a las anotaciones de aquel viaje: San Juan de los Terreros, Villaricos, Garrucha, Mojácar, Geodas, Carboneras, Aguamarga, Las Negras, El Playazo, Rodalquilar, La isleta del Moro, El Pozo de los Frailes, Playa de Monsul, Cabo de Gata, Playa Genoveses, Playa de los Cocedores, Mazarrón, Sierra Cabrera.... Restaurante Casa Adelina, en Turre. Sí, aquí fue, en Casa Adelina, donde probé la torta de pellizco, entre otras delicias, como unas magras con tomate, conejo al ajillo o caracoles con tomate. Estaba todo delicioso, pero no sé por qué, la mencionada torta de pellizco "me enganchó". Recuerdo que me comí la que me correspondía, una más, y los restos que iban dejando los siete comensales, conmigo ocho, que formábamos la expedición. Las tortas, con un curioso toque de sal,  iban acompañadas de un alioli, bien de ajo y espeso. Tal fue mi devoción por este manjar que tuve que pedir más alioli para seguir disfrutando de ese instante. ¡Cómo me puse!

He intentado averiguar algo sobre estas tortas, pero ha sido un esfuerzo baldío. Creo que es la primera vez que Don Google me ha dejado huérfano de conocimiento. Al pedirle información sobre las tortas de pellizco, han aparecido un sinfín de variedades tanto dulces como saladas, bizcochos, panes... pero sobre la que hago referencia, nada de nada.

Poco más puedo añadir al respecto. Solo que me pareció algo delicioso, que me puse las botas y que tendré que regresar a esas tierras para volver a probarlas.









jueves, 1 de septiembre de 2022

01043 Feliz Coincidencia

SABOR Y COLOR


Según la Real Academia Española de la Lengua, una ensalada es una "Hortaliza o conjunto de hortalizas mezcladas, cortadas en trozos y aderezadas con sal, aceite, vinagres y otras cosas".
Ensalada proviene del latín "salata", que a su vez es la forma abreviada de "herba salata". En la antigua Roma, por ejemplo, las verduras eran aliñadas con aguasal.

En la actualidad, afortunadamente, el concepto y aspecto de las ensaladas ha cambiado por completo. Ahora, en las ensaladas intervienen además otros alimentos como carnes, pescados, pastas, arroces, legumbres, frutas, frutos secos, huevos duros..., que aliñadas debidamente deparan gratas sorpresas al comensal. Ahora, en las ensaladas, el gusto, el buen producto y la imaginación son las bases del éxito.

Una ensalada no tiene por qué ser sinónimo de algo triste o irrelevante. Más bien todo lo contrario. Es cuestión de conjugar bien los sabores y armonizar incluso su presentación, que entre por los ojos, que el estómago ya dará luego buena cuenta de ella con el beneplácito del paladar.

La ensalada que hoy traigo hasta este caleidoscopio vital puede ser una buena prueba de todo lo dicho hasta ahora. Sus ingredientes: tomates cherry, rúcula, lechuga de roble, aguacate, gulas y gambas peladas. Y en cuanto a su elaboración, tan solo hay que cocinar las gulas en una sartén con un poco de aceite de oliva virgen, unas láminas de ajo y dos o tres cayenas. Montar el plato está cantado. Comenzaremos por hacer un lecho con la rúcula, la lechuga de roble y el aguacate cortado a dados,  que aliñaremos con un poco, muy poco aceite, unas gotas de vinagre y sal. A continuación, dispondremos sobre el lecho las gulas y las gambas. Finalizaremos con unos tomates cherry cortados por la mitad y que dispondremos en el perímetro del plato aderezados con unas gotas de aceite y sal. 

Para mí, este es un claro ejemplo, como tantos otros, que cuando se conjugan bien los alimentos y aportan un vistoso colorido, nos encontramos ante una feliz coincidencia de sabor y color, difícil de rechazar.  




01042 El Canon de Pachelbel (Relato)

LARGO DA SÉ (FARO)


Era un luminoso día de verano. De esos con los que se hacen las postales. Había que madrugar. Una agradable y plácida ciudad lusitana, Faro, capital del siempre atractivo Algarve, al sur de Portugal, aguardaba mi caminar para mostrarme sus encantos.

Con los primeros pasos fui leyendo mis apresurados apuntes tomados a vuela pluma la noche anterior minutos antes de acostarme. “De origen prerromano, fue uno de los centros neurálgicos de la región del sur de Portugal, en un sistema basado en el intercambio de productos agrícolas, pescado y minerales”.

A simple vista me pareció que se trataba de una ciudad cuidada y acogedora. “En el siglo VIII fue ocupada por los árabes, quienes impulsaron su fortificación. En 1249 sería conquistada por el rey portugués Alfonso III. En 1755, un terremoto destruye parcialmente la ciudad. En 1834, tras la implantación del liberalismo, se convierte en la capital del Algarve”.

Animado por cuanto veía, me adentré en el área peatonal donde se localiza la zona comercial, capitaneada por las plazas Ferreira Almeida, Libertad y Francisco Gomes. Aparentemente la percibí como una ciudad eminentemente turística. No llegué a contar el número de aviones comerciales que volaron sobre mi cabeza. Fueron muchos. Decenas de aviones en un continuo despegar y aterrizar. Casi se podían tocar con la mano.  El espectáculo visual lo tenía a izquierda y derecha de mis pasos, pero a cada “rugido” de motor de avión, un resorte en mi cuello hacía elevar mi mirada hacia el cielo. “Su casco antiguo está lleno de vías peatonales y sugerentes cafés con terraza donde tomar un respiro. Además del turismo, se desarrollan otras actividades económicas como la pesca, principalmente el atún, la industria conservera y la exportación de frutos y corcho”.

El disfrute extremo de la ciudad llegaría cuando traspasé el Arco da Vila, “de estilo neoclásico y construido sobre las ruinas de una puerta que formaba parte de la muralla musulmana original”, que me introdujo en su casco histórico, en la parte vieja, conocida como Vila Adentro. Desconocía en ese momento que lo mejor, el inolvidable recuerdo que me llevaría de esta ciudad que da al mar de la ría Formosa, todavía me estaba esperando.

Tras callejear, admirar y disfrutar, llegué a la plaza Largo da Sé, donde se encuentra la catedral de Faro. “También conocida como iglesia de Santa María, fue mandada construir por Alfonso IV, tras la reconquista cristiana en 1251, sobre los restos de una mezquita musulmana”. A mis ojos les pareció una plaza acogedora, extensa y muy limpia. Sí, me llamó la atención lo aseada que estaba. Había muy poca gente, tan escasa que, aunque no recuerdo el número exacto de personas, llegué a contarlas. Aproveché esta circunstancia para fotografiar sin agobios el magnífico escenario en el que me encontraba: la catedral, unos hermosos naranjos con sus frutos, plantados en el perímetro de la plaza, la estatua que la preside, del obispo Francisco Gomes do Avelar…  Recorrí el lugar por todos los rincones hasta que decidí, un tanto cansado y acalorado, sentarme en el suelo, frente a la catedral, a la sombra de un naranjo. “La catedral es en la actualidad un compendio de estilos arquitectónicos, si bien, a grandes líneas, puede ser asimilada al periodo de transición romántico-gótico y al renacimiento. De su iglesia primitiva tan sólo queda en pie la imponente torre porticada de la entrada, cuya tercera planta, aparentemente en ruinas, nunca fue rematada”.

Un joven se acercó a mí para ofrecerme una pequeña caja de hermosas y rojas frambuesas. “Son solo cinco euros”, me dijo. En ese momento no me apetecía meterme nada en el estómago. Me encontraba bien como estaba. Disfrutar de una plácida jornada y recrearme con un hermoso y pintoresco escenario urbano era más que suficiente. Pero también era cierto, que los apetitosos frutos ofrecidos no se podían desperdiciar. Tenían una apariencia muy atractiva y hasta seductora.  Luego igual me arrepentía. Así que decidí comprar una caja para saborear su contenido más tarde.

Del interior de la seo comenzó a salir gente. Mucha gente, acicalada para una especial ocasión. Tenía toda la pinta de ser una boda. “El interior de la catedral, de tres naves de cuatro tramos sobre columnas dóricas y techumbre de madera, es del siglo XVI, y alberga el Museo Catedralicio, donde se pueden contemplar varios objetos litúrgicos, imágenes, pinturas y vestimentas religiosas de gran belleza. Su capilla, de estilo gótico, se encuentra bajo un techo artesonado revestido de azulejos del siglo XVII. Su presbiterio exhibe un valioso retablo renacentista”.

Sí, se trataba de una multitudinaria boda. Al aparecer los desposados por la puerta de la catedral, los asistentes iniciaron un descompensado y bravío canto. Sólo pude desearles a los recién casados, para mis adentros, toda la felicidad posible y una vida plena de prosperidad. “En 1577 la catedral se convirtió en sede de la Diócesis Episcopal del Algarve. En 1596 fue saqueada y quemada por las tropas británicas del conde de Essex. Fue reconstruida después de los terremotos de 1722 y 1755. El campanario inacabado manifiesta la atribulada vida de este edificio. Merece especial atención los conjuntos de talla de madera y el órgano rojo de madera pintada, adornado con motivos chinescos. Se puede subir a lo alto de su torre medieval para disfrutar de las vistas panorámicas de la ciudad amurallada”.

La plaza comenzó a llenarse de más gente, no sé si atraídos por el espectáculo de la boda o por que era la hora de que la plaza rebosara de turistas como yo. Al rumor de voces y de cánticos festivos se sumó la música de un violín. Pensé en un principio que se trataba de un elemento más del enlace matrimonial. Sonaba realmente bien. Mientras mi mirada se entretenía con el gentío, la catedral y los naranjos, divisé la figura del violinista. En ese momento estaba interpretando un delicioso vals. Concluí entonces que, efectivamente, iba en el pack de la boda. También es cierto que nadie bailaba. Y qué importaba si el músico estaba con la boda o simplemente tenía por costumbre tocar en esta plaza por capricho, para airear su arte o para sacarse unos cuartos. Sonaba bien y para mí, era el colofón a una fantástica mañana.

Poco a poco la plaza fue adquiriendo el aspecto que presentaba a mi llegada. Los integrantes de la boda habían desaparecido dejando un rastro de confeti y cintas de colores. Del gentío, apenas quedaba una docena de personas paseando al ralentí. El calor comenzaba a dejarse notar. Y ajeno a todo, el violinista, apostado a la sombra de la seo, continuaba interpretando emotivas y sentidas canciones que retenían mi partida. Me encontraba a gusto, y en los tiempos que corren, por fuera y por dentro, a estos instantes hay que sacarles todo el néctar posible.

Me levanté del suelo como pude, después de tan larga sentada. Mis huesos ya no están para este tipo de festivales. Una vez conseguida la verticalidad de mi cuerpo, me dispuse a abandonar el escenario que tan amablemente me había acogido en las últimas horas. No habría dado ni media docena de pasos cuando el violinista inició la interpretación de una nueva pieza musical.  El sonido de la melodía me ancló al suelo. Rápidamente busqué la figura del músico. Seguía allí, cobijado a la sombra de la catedral, ajeno al mundo y regalando una sonrisa a quien se acercaba hasta él para darle unas monedas por su arte y trabajo.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, el mismo que acostumbra a visitarme cada vez que escucho la pieza que estaba interpretando mi desconocido músico: el Canon de Pachelbel. Una composición musical que desde que la escuchara por primera vez, en los inicios de la década de los ochenta, en la oscarizada película de José Luis Garci, “Volver a empezar”, entró en mi vida para quedarse. Se acomodó en lo más sensible de mi ser, para a través de ella, expresar y compartir un buen puñado de emociones.

Absorto e inmóvil dejé que la música lo ocupara todo. El mismo escenario me pareció distinto. Al igual que la hermosa luz que inundaba el día, que los naranjos, que la seo tan reiteradamente mirada, que mi puntual bienestar… Todo, mientras sonó la atractiva melodía, me pareció sutilmente distinto.

Acabada la magistral interpretación musical, volví al ahora, y antes de que el violinista prosiguiera con su concierto callejero, me acerqué hasta él.  No hice ademán ni mostré intención alguna, que el músico ya me había adelantado su sonrisa. Le saludé a la par que depositaba un billete en el abierto estuche de su violín. Miré su contenido y pude comprobar que no se le había dado mal la mañana, a tenor de las monedas y de algún que otro billete que se esparcían a lo largo y ancho de la funda del instrumento de cuerdas. Me alegré. En estos casos, valorar y cuantificar el resultado económico es un tanto atrevido y arbitrario. Con todo, me alegré.

Lamentablemente ando muy escaso de idiomas. Entre otras, es la asignatura pendiente que siempre me acompaña. Así que, en lugar de intentar entablar una breve conversación con él, es lo me hubiese encantado hacer, me limité a trasladarle un sencillo “muchas gracias, que tenga un buen día”. A lo que el violinista contestó, “igualmente, que disfrute de su estancia en Portugal”.

Mi ya inolvidable violinista, de cerca observé que tendría en torno a los cincuenta años de edad y bien parecido, hablaba un correcto español, así que no desaproveché la oportunidad. Comencé por mostrar mi satisfacción a su forma de interpretar y dominio del violín.  A lo que él me respondió: “Muchas gracias. Son muchos años de estudio y dedicación”. Le pregunté a continuación cómo es que hablaba tan bien mi idioma. Me indicó que había vivido en España, entre Madrid, Valencia y Barcelona, cerca de diez intensos años, trabajando con formaciones musicales, impartiendo clases de música e incluso, cuando las cosas se ponían feas, de camarero o de pinche de cocina. Me dijo guardar un grato recuerdo de aquellos años, al igual que los que vivió en Francia, Inglaterra e Italia. Ahora, llevaba cuatro años afincado en su Portugal natal, de donde no tenía intención de moverse, impartiendo clases de música y actuando en la calle, que era lo que más le entusiasmaba. “El estar casado con un violín, finalizó sonriendo, tiene estas cosas. No tienes que dar cuentas a nadie, si acaso a mi felicidad”.

Me pareció observar que ya no quería hablar más, que lo que estaba deseando era volver a calzarse el violín sobre el hombro y continuar tocando a pesar del poco público ya existente. Antes de despedirme le hice saber lo magistralmente que para mí había sonado su interpretación del Canon de Pachelbel, una de mis piezas musicales más ensoñadoras. Él solo me contestó: “No tiene mal gusto, señor. También para mí es una de las partituras más icónicas”.

Cuando me dispuse a abandonar la plaza Largo da Sé, me cercioré que llevaba en mi mano derecha un envase de plástico vacío. Era el envase que contenía unas hermosas y rojas frambuesas que había comprado nada más llegar a este lugar. No recordaba ni cuando me comí la primera, ni tampoco la última. Solo el fresco y dulce sabor de mi boca delataban que sí, que me las había comido. Por un momento llegué a pensar que todo había sido un nuevo sueño envuelto en el Canon de Pachelbel.

Un día de agosto de 2018.

 

CANON DE PACHELBEL

El Canon y giga en re mayor para tres violines y bajo continuo; en el original alemán: Kanon und Gigue in D-Dur für drei Violinen und Basso Continuo, también conocido simplemente como el Canon, es la obra más conocida del compositor alemán de música barroca Johann Pachelbel.

Pachelbel compuso esta obra alrededor de 1680, siendo originalmente una obra de música de cámara para tres violines y bajo continuo. Con posterioridad, se han realizado arreglos para una gran variedad de instrumentos y conjuntos. El Canon es muy conocido por la progresión armónica de los instrumentos de cuerda, que lo han convertido en una de las piezas más reutilizadas en la música académica contemporánea.

 

 

 

 

 

 









miércoles, 31 de agosto de 2022

01041 Los Tagliolini a la Puttanesca

SALSA DE CURIOSO ORIGEN


La cocina, proceda de donde proceda, es una fuente inagotable de inspiración. Nunca acaba de sorprender. En esta ocasión, vuelvo a la cocina italiana para traer un plato que degusté por primera vez hace unos meses y que me encantó, además de sorprenderme muy gratamente. Fue en el restaurante Matteo Cucina Italiana, ubicado en el sugerente y atractivo Mercado de la Paz de Madrid. Aficionado como soy del televisivo Canal Cocina, acudí hasta allí motivado por las interesantes propuestas gastronómicas con las que el cocinero italiano me deleitaba en sus intervenciones televisivas. A la hora de elegir el menú aposté por platos desconocidos para mí, como es el caso de los tagliolini a la puttanesca. Acerté de pleno. Resultó ser un plato de pasta para mí, fuera de lo habitual, lleno de sabor e interesantes matices aportados por la salsa de tan peculiar nombre, y que con posterioridad averiguaría su curiosa procedencia y origen.

La pasta a la puttanesca es una receta típica de Nápoles. La salsa es muy sencilla y rápida de elaborar. Se prepara básicamente con tomates, ajo, aceitunas y anchoas, además de otros ingredientes. Al decir de los entendidos, tradicionalmente este plato se prepara con espaguetis, si bien puede servir cualquier otra pasta larga. En esta ocasión, Matteo di Filippo apostó por unos tagliolini o taglierini; fideos de 2-3 mm, algo más gruesos que los capellini y más angostos que los tagliatelle.

El origen de esta salsa no parece estar muy claro y existen varias teorías al respecto. Aquí traigo algunas que he podido leer. Para empezar, literalmente su traducción sería algo así como “al estilo prostituta”. De una parte, están los que sostienen que el nombre de la salsa tiene que ver con el estilo de vida de las prostitutas de Roma o Nápoles. Las anchoas en salmuera era lo único que quedaba en el mercado cuando llegaban las prostitutas después de haber trasnochado e incluso hay otra teoría que señala que las anchoas era el pago de los marineros por sus servicios. Hay otra corriente que deja los prostíbulos aparte y se basa en el uso práctico de la expresión. Así, decir espagueti a la puttanesca es como decir, pasta “con cualquier puta cosa”.

Algunos le ponen nombre y apellidos al inventor de esta salsa. Se trataría de un arquitecto y cocinero amateur llamado Sandro Petti. Un grupo de amigos le exigió que les diera de comer o se iban a la puta calle. Ante la amenaza, Sandro cocinó pasta e improvisó una salsa con lo que en esos momentos tenía a mano. El resultado fue la famosa puttanesca, nombre que sus amigos le pusieron a la feliz creación.

Resumen, sea cual sea su origen, el caso es que nos encontramos ante una deliciosa y sabrosa salsa.

La receta que a continuación comparto está íntegramente copiada de la facilitada por el propio Matteo di Filippo a Canal Cocina.

Pasta larga con puttanesca.

Ingredientes para 4 personas: 500 g de tomate, 50 g alcaparras, 4 anchoas sin sal, aceite de oliva virgen extra, 1 diente de ajo, 1 guindilla fresca, 200 g aceitunas negras deshuesadas, pimienta negra, orégano, 10 hojas de albahaca, sal, perejil y 400 g de linguine (pasta seca de trigo duro)

Elaboración: Lo primero que tenemos que hacer para preparar esta receta es lavar 500 g de tomate fresco y hervirlos durante un minuto para después retirarles la piel con más facilidad. Una vez pelados, quitamos las semillas y los cortamos en cubitos. Reservamos.

Ponemos en agua caliente 50 g de alcaparras y las dejamos en remojo durante unos 30 minutos. Después, las escurrimos bien para que pierdan el agua. Reservamos.

A continuación, limpiamos bien cuatro anchoas sin sal quitándoles las espinas y las troceamos.

En un cazo a fuego medio, calentamos un chorrito de aceite de oliva y doramos un diente de ajo y una guindilla triturada sin semillas.

Cuando tengamos el ajo bien dorado, añadimos el tomate, 200 g de aceitunas deshuesadas, las alcaparras y un poco de orégano. Cocemos a fuego lento.

Cuando esté todo casi cocido, añadimos la albahaca y las anchoas.

A continuación, cocemos 400 g de pasta linguine en una cacerola con abundante agua hirviendo con sal durante el tiempo que indique el fabricante. Una vez esté cocida la pasta, la escurrimos bien.

Para finalizar, añadimos la salsa a una sartén con la pasta. Damos un golpe de calor y servimos caliente.



 

 

 

 




domingo, 28 de agosto de 2022

01040 Todos los Días

 ME ASOMO A UN POEMA


Todos los días me asomo a un poema.
Declamo penas, alegría y vida.
Busco la razón que el poeta manda
y si es preciso, me inspiro en su alma.

Verso a verso, con paz, quietud y calma, 
desgrano la palabra pronunciada.
La estrofa, musicalmente estudiada, 
desnuda la fragilidad íntima.

Hoy no encuentro poema al que asomarme,
aunque hay versos en todos los lugares;
en el viento, en la rama sublime.

Hoy el verso se me antoja perfume.
Escrito está en el aire de rumores 
y de atardeceres a los que atarme.