viernes, 23 de octubre de 2015

00151 Las Palmeras

EN SOLEDAD 

Estoy buscando entre mis fotografías cosas, lugares, paisajes, destinos, e incluso emociones, para sumar una entrada más a este blog. He de reconocer que hoy estoy algo descuidado de sensaciones, vago o poco centrado. De las cosas que me gustaría trasladar requieren de la concentración  que ahora carezco. Otras fotografías me exigen un plus de imaginación que, perezosa, se quedó esta mañana entre las sábanas. Será por eso que hoy camino más ligero.

Después de un largo repaso he copiado en el escritorio imágenes de tejados, campanarios, árboles, pequeños pueblos, animales, veredas y algunos platos cocinados. No estoy hoy ni por ellos ni por labor. A punto de dejarlo por imposible y de dejar el día en blanco, cosa que me fastidia, he visto fotografías de palmeras tomadas en distintos lugares. Curiosamente, no se trata de palmerales ni de grupos de palmeras. Son palmeras solitarias, palmeras en soledad. Una sola palmera.
Me sorprende. Intento obtener una respuesta. A bote pronto, pienso que en el momento de capturarlas me parecerían  imágenes sugerentes, fuera de contexto o simplemente me llamarían la atención. Ahora las miro con detenimiento y, sin menoscabo de lo dicho con anterioridad, se me antojan como canciones casi olvidadas de silenciosa certeza. Parecen como una reflexión en constante susurro sobre sí mismas. 
Me pregunto cómo llegaron hasta allí y sobre todo, cómo han logrado sobrevivir. Y me identifico con ellas aún siendo para mí unas perfectas desconocidas. Siento una repentina desazón, una pequeña campanilla de advertencia en lo más recóndito de mi pensamiento. Quiero pensar que hoy no es mi día y corto el hilo de la deriva para sentir como desaparecen las duras facciones de la melancolía.

Las vuelvo a mirar para quedarme con su fortaleza y su esbelta figura. Para recordar esos días de abril donde sus hojas bailaron un vals para mí al son de románticas brisas. Para tratar de escuchar de nuevo su silencio, allí donde la mirada furtiva un día se fijó para quedar atrapada entre las plateadas sombras.

Leo que el grupo de las Palmeras lo forman unas 2.800 especies repartidas por todo el mundo y que en España podemos encontrar hasta 70 especies.

jueves, 22 de octubre de 2015

00150 La Lavanda

ESPLIEGO

Dicen que quizás es una de las plantas medicinales más conocidas y utilizadas desde la antigüedad y una de las más imprescindibles en la medicina popular gracias a sus propiedades medicinales y beneficios que ofrece para cuidar y mantener nuestra salud de forma natural.

Leo que posee efecto diurético, analgésico, antiséptico, relajante, carminativo, insecticida, cicatrizante, calmante, antirreumático, antibacteriano,antivírico, además de ser un buen estimulante de la circulación sanguínea y regenerar la piel. Se usa para relajar y aliviar el estrés emocional y físico, favorece el sistema nervioso, elimina el acné,  mejora las afecciones de la garganta, ayuda a bajar la fiebre, facilita la eliminación de los gases acumulados.... y hay quien incluso, utiliza sus flores en la cocina, especialmente en ensaladas. Por no hablar de su capacidad para eliminar los malos olores y ahuyentar a las polillas.

Con todo, que no es poco, me quedo con su olor. Un aroma que me transporta a refugios de infancia y plácidos paseos campestres. A recuerdos de jardines y maceteros perdidos. A tiempos limpios, como su fragancia, y a ropa recién planchada. Su olor es una tentación como lo es ver un ramo de florida lavanda y acariciarlo para remover sus finos tallos e impregnar las manos de su suave y refrescante elixir.

Huele a baño dominical, de los de antes, en bañera y sin tiempo. A colegial con raya a un lado y a rastro de silencio. A cajón de limpias mudas y a colgado dormitorio de abrigos a la espera de un próximo invierno. A sonrisa en el clarear de la mañana y a imagen de lienzo de unos campos sin nombre.

La lavanda, el espliego, es una pequeña pensión para los errantes recuerdos.







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miércoles, 21 de octubre de 2015

00149 La Mermelada de Moras

OBLIGADA EN OTOÑO

No hace mucho trasladé aquí mi gusto por las moras silvestres al que acompañé con algún que otro recuerdo al hilo de la exposición de motivos. Igual tenía que haber acabado en ese entonces con la suma de esta otra debilidad como es la mermelada de moras. Estuve tentado, pero pensé que los dos gustos por separado podían tener personalidad propia. De cualquier manera, una acción, la de recolectar moras, lleva a la otra, a la de elaborar su mermelada.

La experta en su elaboración es Gloria. Yo estoy para los avíos, la intendencia,  los trabajos manuales, la fotografía y para dar el visto bueno al resultado final. Dicho así, de seguido, parece que hago cosa. Pero no, quien verdaderamente se lo trabaja es Gloria. Limpiar una a una las moras y desprenderles el rabillo, que los hay, elaborar de principio a fin la mermelada y hacer provisión de tarros, gomas y tela... Eso sí, a mí me toca la escritura de las etiquetas.

Es otoño y la vida doméstica invita. La luz natural todavía entra por la ventana de la cocina. Cuando la mermelada se embote se habrá hecho ya la tarde noche. No sé cuanto tiempo habrá transcurrido desde que comenzara a limpiar la primera mora. Tampoco importa mucho. Es entretenido,  distendido. Mientras tanto hablamos,  guardamos silencio o simplemente miramos el color cambiante de las moras antes de mudar de forma. La cuchara de madera da vuelta y más vueltas hasta sacar brillo a la mezcla de fruto y azúcar. Es sencillo. Sólo es tiempo. Es otoño. Y la vida doméstica invita.

Ingredientes: 500 gramos de moras silvestres y 250 gramos de azúcar moreno de caña.

Elaboración: Lavar las moras y una vez limpias se introducen en una olla con el azúcar. Remover a fuego medio bajo. Cuando veamos que se ha formado la textura deseada, sacamos la mermelada del fuego y la pasamos por la batidora. Una vez esterilizados los tarros, vertemos dentro la mermelada y los disponemos al baño maría.

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00148 La Arena

ABSORTO EN ELLA

Alas blancas, pies desnudos, cuerpos tumbados sobre la arena. Ayer, juegos de infancia, de rastrillo, cubo y castillo. Hoy, solaz entretenimiento de dedos y nudillos; sendero imaginario en los días de estío. Blancas alas al final de un inesperado camino.

Si ella hablara, si pudiera contar las prisas y lamentos. Si pudiera confiar a la brisa las consciencias trazadas en contenidas emociones. Suspiros al sol, desafíos a la luz de la luna, señales de auxilio allí donde nace la duna.

Sabe que regresarás, que tu presencia es recordada en cada adiós, en cada paso, en todos los relojes imaginarios escurridos de entre las manos. Poco importa el codicioso desafío. Sabe que regresarás al igual que la ola lo hará para borrar la inestable palabra.

Es tiempo de observar y de retomar el hilo del pensamiento inacabado. Marcar otros pasos sobre anónimas y arrojadas huellas que se estrangulan en la húmeda arena. Moverse sin concierto, sin apenas movimiento. Son las regla del juego. Es la norma sin oposición.

Nada es extraño. Todo es placentero. Los pies desnudos, los cuerpos tumbados sobre la arena. Sólo duelen las alas blancas sobre la arena prometida.












martes, 20 de octubre de 2015

00147 Un Día en Matidero

LA GRANDEZA DE LA SENCILLEZ

Día otoñal y lluvioso idóneo para improvisar encuentros. Una excursión a la siempre enigmática y reflexiva Guarguera con el convencimiento de que será un día para guardar en la ligera mochila de las sensaciones. La vegetación pugna por mostrarse hermosa. Demasiado lujo para un día cualquiera.

En las proximidades con las lindes del Alto Gállego, enclavada junto al nacimiento del río Alcanadre, se encuentra la localidad despoblada de Matidero, nuestro destino. Llegar hasta aquí es un aventura controlada. Estamos en buenas manos.

La primera de las muchas exclamaciones se pronuncia a la llegada. Un primer ¡oh!, de asombro, para tan plácido paisaje; el segundo, de aseveración, dedicado al silencio. Sólo dos casas erguidas para acoger temporales almas.

Almuerzo con huevos fritos antes de adentrarnos en el bosque. Tolón, tolón, tolón... Se aproximan fijas y penetrantes las miradas de unas vacas. Nos curiosean. Igual hasta nos lamerían. Sus rabos trazan semicírculos con leves movimientos. No se van. Parece gustarles nuestra presencia. La suya me produce ternura. Las vacas siempre me han transmitido una enorme ternura.

No muy lejos, unos caballos pastan. Les importamos un bledo.

Ya en el bosque jugamos a buscar setas. Recuerdo tantos y tantos días de cestas vacías..., pero esta vez, da igual. Hay que saber interpretar los días, ocupar con esperanza los sitios que te regalan. Agradecer cada sonrisa y cada mano tendida.

Huele a húmeda tierra y a boj en la despedida. Y en el adiós del paraje, nuestra gratitud a Begoña y Miguel Ángel quienes nos recordaron que la grandeza también tiene su sitio en la sencillez de las pequeñas cosas.












lunes, 19 de octubre de 2015

00146 Al Calor de la Lumbre

CUANDO LOS PENSAMIENTOS CREPITAN

Todo está preparado y dispuesto. Tranquilo, sereno y quedo. El sofá, el libro, el ventanal tras los visillos y el lejano aullido de algún perro. El arrumaco también. Danzan las llamas sobre el cambiante e inseguro sustento. Largos momentos de fija mirada e íntima satisfacción.

Crepitan los leños por deseo de algún vago recuerdo y me parece escuchar la voz de la abuela asomada a un pequeño ventano, "a comer, que ya vienen los hombres". No hay ahora olla ni puchero a la lumbre, sólo una sonrisa para una imagen rescatada de una enorme cocina con olor a ancestro, allá, en Alcalá de Gurrea.

Regreso al continuo trasiego de las llamas y el fuego de una tarde sin cuerpo. En mis ojos puedo adivinar destellos al igual que puedo predecir como pasarán las horas. El libro me pide un esfuerzo mientras el crepitar de mis pensamientos reclaman toda la atención. No estoy para nadie. Sólo deseo mirar y volver a mirar.

Un hormigueo recorre mi ser. Las manos juguetean sin querer con un botón de la chaqueta para hacerse notar. No puede haber ya más acomodo. Hasta el sueño parece encontrar el suyo.

Las llamas continúan con su ritual al son de un ligero crepitar sin importarles el sofá, el ventanal tras los visillos y el cercano latido de un corazón reconfortado.




00145 El Mar de Fondo

ESPEJO DEL ÁNIMO

Sin apenas nada, sin apenas nadie. El mar de fondo y detrás, muros, balcones y ventanas. Se abre placentera el alma y el ánimo se desborda.

Una vez aquí hubo gente. Ahora andarán por alguna parte ocupando otras dichas. Ahora sólo quedan restos de alguna que otra memoria. A lo mejor ni eso. Olvidar es fácil siempre y cuando no deje dolor ni rabia. Sólo la indiferencia todo lo borra.

Nada es benévolo ni tan siquiera al final de un chismorreo. Los esfuerzos por comprender son baldíos. Es empezar y languidecer, profundizar y caer. No es saludable, es ordinario pensar en el daño causado. Es más apropiado dejar pasar y que el tiempo lo cubra de arriesgado olvido.

El mar advierte, son tantos rostros las miradas que cualquier deseo puede quedar frustrado. Quizás esta noche, mañana o nunca. El abandono es barato y pueril. No admite más comentario ni réplica en estos días de escasa y teñida luz de azulados grises.

Es todo tan ingenuo que hasta las olas parecen reír en un acompasado descaro. Apenas audible, como si se hubieran muerto los oídos. Y el agua, como todo, va y viene sin dejar respuesta, sin preguntar nada. Es sólo un mar, un mar de fondo.