miércoles, 10 de junio de 2015

00054 Imaginar

LA OTRA REALIDAD



Aunque no sea cierto, aunque la realidad, tozuda realidad, se empeñe en que no sea cierto. Me gusta imaginar. Inventar qué se esconde tras unos ventanales. Crear historias en una ciudad sin nombre que se adivina a lo lejos a través de unas luces que tilitan ante mis ojos.

Imaginar que es cierto, que todavía se puede aunque las cartas me digan todo lo contrario. Imaginar cómo seré, qué frontera cruzaré para descubrir otra vida imaginada. Imaginar en tono bajo de luz para que nadie me vea y no sepa que imagino. Me gusta imaginar porque todavía creo, porque aún tengo esperanza.

La imaginación es un antídoto contra la pesadumbre, contra la tozuda realidad. Imagino tules y disfraces, cánticos y palabras, etéreos paisajes de impronunciables nombres, voces que todavía creen en mí y manos que se acercan para abrazarme.

Imaginar es un cántico a mi libertad, un verso jalonado de locura y sensatez alocada. Un verbo acabado en ar,  igual que el de desear. Imaginar es visualizar un océano transparente o un alma en tres dimensiones; es apagar la luz y que el color ilumine toda la instancia. Imaginar es averiguar quien habita en la nube, de qué vive el deseo o qué fue de quien pisó tu última huella en la arena.


Es fácil imaginar.  Es gratificante imaginar. Es un incordio para la realidad.

martes, 9 de junio de 2015

00053 El Café

QUIZÁS EN DEMASÍA

Inseparable y mudo amigo de mañanas y deshoras. Se inicia el día. Uno, dos y hasta tres besos en estancias y pasillos. Uno, dos y hasta tres bostezos interrumpidos. Y comienza el ritual del despertar, de coger al día por los pies.

Olor, sabor, legaña y mucho en  qué  pensar. Cada día igual. Y te cuento y me recuerdo para no olvidar. Pero da igual. Como sucediera ayer, olvidaré. Y vuelta a empezar. Te dejas mirar, observar, saborear, y llegado el caso, hasta  dibujar un guiño o algo parecido a una sonrisa. Me robas tiempo, creo que mucho tiempo, demasiado tiempo. Pero se está también. Tu y yo, frente a frente, de arriba hacia abajo. O será a la inversa. ¡Qué más da! Tu, yo y el silencio, "rien va plus".

La costumbre, la reiteración y el mimetismo llegan a su fin aunque todavía quede mucho que murmurar entre dientes, que decir y sentir. Apuro el oscuro líquido con la tentación de repetir. El reloj, juez de todos los tiempos, recomienda que puede ser un error. Se acabó el placer y la confesión.

Habrá más encuentros. Solos o en compañía. Y volverás a ser testigo de una chanza, un cumplido, un aviso, diez esperas, cien recuerdos o un te quiero. Y te vestirás de nuevo para mí de agua o de hielo cuantas veces lo requiera.

Por favor, un americano con sacarina.






lunes, 8 de junio de 2015

00052 La Casita de Blancanieves

RETAZOS DE INFANCIAS COMPARTIDAS

Sin hallarte, te he buscado en cuentos aprendidos, en poesías escritas en el aire y en guijarros esparcidos al capricho. Y allí no estabas. Seguí explorando paisajes con agua por si te encontraba nadando.  Rincones ocultos donde a lo mejor dejaste caer  tus lágrimas. Exploré parajes de fiesta por si me conducían hasta tí tus risas. Y tampoco estabas.

Seguí rebuscando entre tu diario por si encontraba alguna pista. En la sombra de un olivo, en la polvorienta era, en el alejado olvido, en la arena haciendo un castillo. Tampoco, tampoco allí te encontrabas.

Y seguí buscando entre fotografías y cuadernos de caligrafía, entre estampas de colores y chapas de cera; entre peonzas y helados con sabor a chocolate y vainilla.

Investigué sobre tu paradero en la caja polvorienta de recuerdos y en los recuerdos de polvorienta memoria. Me lo temía. Allí tampoco estabas. Y seguí buscando, rebuscando, indagando, persiguiendo. Y al final, allí te encontrabas, tan pequeño y cercano. Sólo mirabas. Supongo que en algún momento también jugabas. Pero en ese instante, sólo mirabas. Igual también imaginabas, había tanto que fantasear.







Hoy a los ojos resulta pequeña.  Ayer se mostraba a esos mismos ojos como un palacio. Lo que hoy es real, ayer fue un misterio de brujas y princesas, de tules y espejos. Y te veo contando piedrecillas y arañando por el suelo tus rodillas. Y me miras. No me reconoces. He cambiado mucho. Yo ahora me acuerdo de tí. Te veo asomado a una diminuta ventana ahora cerrada. Eres como tantas veces he creído imaginarte. Y la vieja casita del parque, "La Casita de Blancanieves", continúa  almacenando infancias para devolverlas cuando alguien la reclame.


domingo, 19 de abril de 2015

00051 Los Domingos

DÍAS DE CONTRASTES

Despertares de bostezo imprevisto con olor a moussel y sabor a tostada almibarada. Días de lontananza, de bañera colmada para colmar y calmar deseos. De rulos y batas de estar por casa. Mañanas perdidas para quizás encontrarse con las tardes. Y si la ocasión lo requiere, días para hacer de todo o nada.

Domingos para espíritus inquietos, para pies ávidos de jugueteos y ojos inquietos por coleccionar imágenes. Domingos de lectura pausada en la quietud de la casa. Sin más. Y si hay algo más, escasamente se escucha, apenas se percibe.


Días de parque infantil, de columpio recuperado, de migas de pan, de ir de la mano. Días de ensaladilla rusa y pechuga empanada a la orilla de un río, junto a una fuente o al cobijo de un árbol vestido. Días de paseos solitarios, sin rumbo y sin metas. De olor a brasa y vino viejo. Es domingo.

Es domingo para el aperitivo improvisado, para el amigo encontrado, para los pasos perdidos y el coche encerrado. También para él es domingo.


El sonido es distinto, suena a lento, a casi tardío. Hasta el gesto es otro, hasta los gestos son diferentes. Y las actitudes, y los hechos.

Hoy la cocina no se siente sola. Los fuegos y el horno brillan con luz propia. La mesa tampoco se abate sola. Hoy se siente protagonista de apetitos y halagos. Huele a puchero y  asado.

El domingo sabe a limpio, a balcón abierto. Día de mucho si es fastidiado y de poco si ha sido agradecido. Día de guardar y romper, de esparcir y recoger. De airear recuerdos y silenciar olvidos. 

Un domingo es un cuadro inacabado, el párrafo encontrado que le faltaba al verso, el atavío con el que recibir lo esperado, una página en blanco o dos si fuera necesario. Un domingo es el tranquilo café que despertó la mañana no recuerdo cuando.








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viernes, 17 de abril de 2015

00050 Las Tartas de Jara

HUMMMMM!

Postres y dulces los pruebo en contadas ocasiones. No doy un paso por ellos y tampoco les dedico pensamiento alguno. No es algo por lo que tenga debilidad. Me gusta la fruta pero fuera de lo establecido. Por lo que se refiere a los dulces, cuento con una seleccionada variedad para cuando necesito restaurar emociones. Ya irán apareciendo. Y en cuanto a las tartas, salvo las de cumpleaños, no recuerdo ir ex profeso a comprar una o llevarla de embajadora a un domicilio. Es más, en mi boda no hubo tarta. La cambiamos por empanadico. Pero cuando se trata de las tartas de Jara... Eso es otro cantar.

Jara va a cumplir 15 años. Es mi segundo retoño. En casa nos gusta la cocina y todo lo que tiene que ver con la gastronomía, si bien últimamente la tenemos un tanto abandonada. Ya se sabe, esto engorda, aquello también y lo siguiente para qué decir. El caso es que a Jara desde hace unos meses le ha entrado el gusanillo de trastear con el horno para especializarse en tartas y dulces. Y lo cierto es que no se le da nada mal. Estamos viendo la tele y de repente, se levanta para dirigirse hacia la cocina con un "me voy a hacer una tarta". Y yo la sigo. Me gusta contemplar cómo se desenvuelve entre cacharros.

Mientras Jara se prepara para la elaboración de una nueva aventura culinaria, yo me hago un café, me enciendo un pitillo, por cierto, que tengo que tengo que apartarlos a los dos de mi vida, y me siento para observarla y también, admirarla.

Es cuidadosa en la factura. "Mancho, limpio", se dice a media voz. Ahora huevos, azúcar. Enciendo el horno. ¿Queda papel? Ahora a montar claras. Todavía no están a punto de nieve. "Aunque no tenga buen aspecto, seguro que de sabor estará buena", me adelanta. Y prosigue con la elaboración. Y yo, ajeno a toda maniobra, la sigo mirando. Me gusta. Jara se sonríe entre la timidez y el incordio de verse observada. ¿Por qué me miras?, me pregunta. Me complace ver cómo trabajas, le digo. ¿Ya estará?, es su siguiente pregunta. No lo sé, yo solo estoy de espectador, le vuelvo a responder.



Puede parecer absurdo cuanto escribo, pero es que hay sentimientos y situaciones difíciles de describir y compartir. La veo feliz, delicada, entregada a una labor que seguro después complacerá. Y la miro y remiro. Hace cuatro años era una niña a la que implicaba en la cocina para que comiera tal o cual cosa. Hoy es una pequeña niña/mujer que se desenvuelve entre chocolates, azúcares y harinas como si lo hubiese hecho toda la vida. Y sobre todas las cosas, la veo feliz. Es mi gran satisfacción.

Su nueva recreación sale del horno. ¡Qué bien huele! ¡Qué pinta tiene! ¡Hummm, Jara, delicioso! Y Jara se sonríe. ¡Qué va a decir su padre! Pero es cierto, sus tartas son deliciosas, aunque yo no dé un paso por los dulces.












jueves, 16 de abril de 2015

00049 Impares

UNA SIMPLE MANÍA


Mi afición a lo impar creo que es de toda la vida. No recuerdo el momento concreto en el que nació mi querencia por el uno, tres, cinco, siete... Entiendo que forma parte de mi más que completo listado de manías y tics. Tampoco le doy más importancia.

Puestos a desvariar, mi apetencia por lo impar puede que viniera ya marcada por mi fecha de nacimiento; el 5 de septiembre  de 1957, bajo el signo de virgo, que también tiene su aquel. O porque durante muchos años viví en un portal sobre el que se leían, primero el 13 y más tarde, el número 11. Y por seguir elucubrando, el primer número de teléfono que me aprendí de memoria fue el 211331, a la sazón, los dígitos del teléfono de mi casa familiar.

Cuando me tallaron alcancé el 1,85 centímetros. Ahora, 1,83. ¿Dónde se quedó el 1,84 que ni me enteré?. En casa vivo con 3 mujeres. El número 3, junto con el cinco, son mis favoritos. En mis dos últimos trabajos permanecí 9 y 13 años respectivamente. Las matrículas de los coches que he tenido, sin yo buscarlo, han acabado en número impar. 

Si como galletas, tienen que ser en número impar. Si ingiero una, no me puede apetecer otra más; han de ser dos más para sumar tres.  Uno de mis platos predilectos en santos y cumpleaños son los canelones; terminantemente prohibido servirme cuatro. Sé lo que estás pensando, o tres o cinco. Si subo escaleras, de una en una o de tres en tres. Y así podría estar enumerando situaciones de lo más pintorescas, pero creo que será suficiente para dejar claro que me gusta todo lo impar. Una manía como otra cualquiera.


miércoles, 15 de abril de 2015

00048 La Empanada de Berberechos

SEÑAL DE GRATITUD


Luis Rubio era un madrileño castizo, buen conversador, amante de la música y maestro de bandurria al que conocí en Monzón. Fue a parar a estos lares altoaragoneses por motivos laborales y si bien sería pre jubilado, no quiso, a pesar de la insistencia de su mujer Luisa, cambiar de acostumbrado y cómodo paisaje. En Monzón se encontraba a gusto e incluso sus esporádicas escapadas a Madrid le daban pereza.




Le conocí por constancia y azar. De coincidir de extremo a extremo en la barra de un bar. Con el tiempo, y ya en confianza,  me llegó a confesar que hasta le caía mal. No reproduciré el vocablo empleado. A mí, en cambio, siempre me resultó un hombre singular y apetecible para conversar.

Hombre culto, ocurrente, locuaz y de sobrado tiempo para conocer la urbe que le adoptó fueron motivos más que suficientes para invitarle a colaborar en mi añorada Radio Monzón. ¡Qué hermosos y grandes momentos nos regaló! Y llegada la Navidad, inolvidables las veladas que pasábamos en su casa para preparar el villancico radiofónico con el que repasábamos los principales acontecimientos de la ciudad en el último año.


Con Luis, con Don Luis, como así le decíamos en su programa radiofónico diario, aprendí muchas cuitas de la vida, de la naturaleza humana o del devenir de los días.  Me enseñó, por ejemplo, que cuando se va de invitado a una casa "hay que llamar a la puerta con los pies". O lo que es lo mismo, que las manos tienen que presentarse siempre ocupadas como muestra de agradecimiento y cortesía.

Mi hermana Gemma, excepcional maestra entre los fogones, nos sorprendió hace ya algunos años con una empanada de berberechos. Simplemente, espectacular. Empanada que aprendí a elaborar y que se ha convertido en todo un clásico cuando visito algún domicilio como invitado, en reuniones gastronómicas o cuando quiero agradecer algo. Y cuando llamo a la puerta de mi destino y me veo con las manos ocupadas, me acuerdo de mi querido Don Luis Rubio. Y me sonrío. Y me alegro de haberle conocido. Se me aparece su desdentada sonrisa, su quitar importancia a las cosas, su maestría en el arte de la vida y su mirada de cómplice tertuliano. 

Hoy esta empanada de berberechos va por usted, Don Luis, Don Luis Rubio, por supuesto.