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lunes, 21 de abril de 2025

01652 Panes y Tortas

 UNA MIRADA AL SABIO REFRANERO


Cuando visito un lugar, sea grande o pequeño, siempre me intereso por su arquitectura religiosa y civil, sus plazas y parques, su casco antiguo, su mercado municipal de abastos… y por sus panaderías de tradición, con sus correspondientes especialidades en panes y tortas. Sí, y por dónde comer bien y a un módico precio, también.

El caso que hoy me entretiene tuvo como escenario la deliciosa ciudad pontevedresa de Baiona en una reciente visita con la familia. Fue un día pleno de emociones, encanto y cansancio. No recuerdo el número de pasos que llegamos a dar, tras deleitarnos con una pausada caminata por su paseo marítimo luciendo sus casas de piedra y galerías acristaladas, visitar la fortaleza de Monterreal, uno de los monumentos más emblemáticos de Baiona, pasear por el parque de la Palma y adentrarnos en su casco antiguo, por resumir. Hubo un momento en el que ya no podía más y dije a la familia que, muy a pesar mío, mis pasos por la hermosa ciudad habían llegado a su fin y que les esperaría en una terraza tomando un café. Coincidió esta decisión justo delante del escaparate de una panadería que lucía unos aparentes y sugerentes panes, y también tortas.

Como acostumbra acontecer en estos casos, me quedé embobado mirando las muestras exhibidas, como quien examina el escaparate de una joyería. Entré en el obrador, me alimenté con su inconfundible y bendito olor, y tras adquirir un pan y una torta, me senté, en modo espera, en una terraza frente a un café americano.

El aroma que se desprendía de la bolsa que atesoraba el pan y la torta me transportó a los diarios despertares en mi casa familiar de infancia y juventud. Amaneceres acompañados de un intenso olor a pan recién hecho que subía de la panadería Porta, colándose por los abiertos ventanales por todas las estancias del domicilio. Un aroma que transmitía bienestar, además de ser un ambientador natural. Me fascinaba.

Mientras esto rememoraba, acudieron, para hacerme la espera más entretenida, varios refranes que tienen al pan como protagonista y que reflejan la sabiduría popular y la importancia de este alimento en la vida cotidiana. Y es que el pan, además de ser un alimento básico, es un símbolo cultural con profundas connotaciones simbólicas. Los refranes sobre el pan son una expresión de la sabiduría popular y las lecciones de vida que se transmiten de generación en generación.

El primero que me vino a la cabeza, y que acostumbro a pronunciar con cierta frecuencia, fue el de “A falta de pan, buenas son tortas”, que es como decir que siempre hay una forma de adaptarse a las circunstancias o transformar lo que parece un inconveniente en una oportunidad. Le siguió “donde hay hambre, no hay pan duro”; refrán muy, muy pronunciado por mi madre, y que yo, siempre he asociado a unas sopas de pan que cocinaba y que me producían auténticas ganas de vomitar. Con el tiempo, hasta llegaron a gustarme. El dicho subraya la necesidad de valorar el alimento en tiempos de escasez, además de recordarnos que, ante la necesidad, cualquier pan es bienvenido.

Otro de los adagios que recordé, y que acostumbro a pronunciar muy a menudo, es el de “Al pan, pan, y al vino, vino”, que se resume en las cosas claras, sin eufemismos. Nada de ambigüedades, ni medias tintas. En las relaciones interpersonales, es esencial ser directo y transparente, aunque no siempre sea bien entendido.

Fue a partir de aquí, en aquella espera, cuando me interesé por conocer o recordar otros refranes protagonizados por el pan o las tortas. Para ello, acudí a la red de redes. Algunos de los que leí me fueron familiares, otros los desconocía por completo.

De los recordados anoté el dicho “las penas con pan son menos penas”, o lo que es lo mismo, aunque las adversidades sean inevitables, el hecho de compartir un pan puede traer consuelo y esperanza. En muchas culturas, compartir el pan es un acto de generosidad y solidaridad, simbolizando la unión y el cuidado de los demás. Así que, en tiempos de dificultad, el apoyo de la comunidad y el compartir alimentos pueden ser una fuente de fortaleza y resiliencia.

Otro de los refranes que no me fue ajeno, reza así: “Pan caliente, hambre mete”. Y es que el plan recién horneado no solo satisface, sino que, además, despierta el apetito y el deseo de disfrutar de los placeres sencillos de la vida.

De los dichos por mí escuchados por primera vez, en este caso leídos, recogí algunos muy curiosos. Por ejemplo, el refrán “de los olores, el pan; de los sabores, la sal”. El olfato y el gusto son dos sentidos muy poderosos que nos conectan con nuestras raíces culturales y con la esencia de la vida cotidiana. El olor del pan recién horneado nos evoca recuerdos y emociones, siendo un símbolo de hogar y calidez, y cuyo aroma nos transporta a momentos de nuestra infancia, reuniones familiares y a instantes de felicidad compartida. Por su parte, la sal, aparte de su característico e inequívoco sabor, empleado en su justa medida, es un excelente potenciador de los alimentos.

Un dicho que me llamó poderosamente la atención fue el de “donde pan comes, migas quedan”. Viene a decir que, en la vida, siempre hay algo que permanece después de que lo principal ha desaparecido. Las migas representan las experiencias, los recuerdos y las enseñanzas que quedan después de los acontecimientos importantes.

En mi libreta de aquel viaje fui anotando refranes, y sus correspondientes enseñanzas, que ahora recuerdo, tales como “pan ganado sabe a gloria”, “pan de trigo, leña de encina y vino de parra sustentan la casa”, “uvas con queso y pan, no hay en el mundo manjar”, “si tienes pan y lentejas, para qué te quejas”, “pan tierno y vino añejo, dan vida al viejo”, “pan, uvas y queso, saben a beso”, “al buen amigo, dale tu pan y dale tu vino” o “comiendo pan y morcilla, nadie tiene pesadilla”.

Con estas migas alimenté mi grata espera aquel día en Baiona. Por cierto, tanto el pan como la torta, me parecieron de otra división.

 




lunes, 28 de febrero de 2022

00939 El Chocolate con Churros

 Y VICEVERSA


No sé si me gusta más el chocolate con churros o los churros con chocolate. Sería un largo y estéril debate. De lo que no me cabe duda alguna, es que me sienta fatal, aún gustándome a rabiar uno y otros. Dicen que son cosas de la edad.

Cuando ahora se tercia la posibilidad de sentarme ante un buen chocolate con churros, me lo tomo como si se tratase de  una fiesta aún sabiendo que luego me pueda arrepentir de haberlo hecho. Son tan contadas ocasiones al año las que ingiero tal manjar, que lo disfruto como si no hubiese un mañana. Si mi mesura fuese determinante con la dorada y alargada masa de harina, agua y una pizca de sal, frita en aceite y espolvoreada de azúcar, sería más llevadero y a lo mejor podría aumentar el número de veces las que me acercara hasta esta maravillosa combinación alimenticia. Pero como no es el caso, como no tengo talento ni cuidado alguno, me tengo que conformar con sentarme ante ellos en contadas ocasiones, siempre con una botella de agua bien fría a mano y siempre también, rezando para que su ingesta sea lo más llevadera posible. ¡Qué sé yo las veces que he tenido que reprimir mi tentación por un buen chocolate con churros! Hasta he tenido que desviar la mirada cuando he visto a alguien untar un crujiente churro en el cremoso chocolate o hacer como que pierdo temporalmente el olfato cuando paso junto a una churrería. ¡Qué tentadores que son!

Llegado el caso, cuando tengo la oportunidad de sentarme frente a un chocolate con churros, no puedo evitar de exhibir una sonrisa y recordar momentos y tiempos felices. Y es que churros y chocolate van íntimamente ligados a eso, a instantes y días de felicidad y dicha: Festividades, cumpleaños, desayunos dominicales en familia, fiestas, vacaciones, ferias, meriendas improvisadas en casa con la ayuda de mi heredada churrera doméstica y recogida en este caleidoscopio vital en la entrada número 340. Y cuando todo esto recuerdo, me digo que algo tan lleno de ingenuo placer, felicidad, dulzura y sugerente sabor, nunca puede sentar mal. Y oye, como que funciona. O quiero que así sea.

Me he interesado en saber cuál es el origen del churro y no parece estar muy claro. Algunas fuentes señalan que su receta fue creada a partir de una preparación china llamada youtiao, siglo XII, que no es otra cosa que una masa de pan, salada y frita. Otras fuentes apuntan que es difícil que el churro se originara en China y lo asocian más a la receta del buñuelo, de origen árabe.

También he podido leer que para encontrar las primeras churrerías que hubo en España, hay que remontarse al siglo XIX en la provincia de Zaragoza, "donde el producto se volvió popular entre la población más humilde, consumiéndolo en las fiestas y verbenas". Y que el nombre de churro proviene de las ovejas autóctonas de Castilla y León, donde los pastores acostumbraban a consumirlo, ya que su elaboración en hogueras era más sencilla que el pan, que necesitaba un horno de leña.