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jueves, 20 de marzo de 2025

01622 Lanjarón

 AGUA Y POESÍA


En un siempre recordado viaje a la cautivadora ciudad de Granada, visité la localidad de Lanjarón, camino de La Alpujarra. Apasionado de la poesía, tal y como me considero, mis pasos me llevaron hasta Lanjarón, conocedor de la tradición de inscribir poemas en las fuentes de la villa. Podría ser, como así lo fue, una original y entretenida forma de conocer este destino. Y no me decepcionó.

El poeta granadino de Fuente Vaqueros, Federico García Lorca, tuvo una relación muy especial con Lanjarón, un pueblo conocido por su rica tradición en aguas termales. Desconozco cómo surgió la idea, ni quién fue el artífice de tan original propuesta, pero vaya desde aquí mi más sonoro aplauso. Cuando visité Lanjarón, se contabilizaban 23 fuentes de las que no solo manaban agua, sino que también se inscribían poemas, muchos ellos de García Lorca. Fuentes repartidas por todo el pueblo, todas distintas y con su propia personalidad. Así, conocí la fuente de las Adelfas, una de las más populares y visitadas; la de las Cuatro Esquinas, única fuente que conserva su diseño original; el manantial de la Capuchina, símbolo del amor del pueblo por sus manantiales; o fuente Casa del Tello y la fuente del Salado, conocida por sus propiedades y su estratégica ubicación.

De las 23 fuentes, 14 recogen motivos lorquianos, además de tres espacios muy significativos de la presencia del poeta en el municipio alpujarreño, como son la ermita de San Sebastián, el Hotel España, que recientemente restauraba la habitación de Lorca, y el Balneario de Lanjarón, al que acudía para acompañar a su madre en sus tratamientos.

Recorrí la localidad sin itinerario definido, dejando que las poéticas fuentes me sorprendieran al paso. Agua y verso acompañaron mi breve estancia por calles angostas, luminosas placetas y los tradicionales tinaos; “una solución arquitectónica, propia de la comarca de La Alpujarra. Su origen era crear espacios cubiertos de ámbito semiprivado o semipúblico, colocando una estructura de vigas sobre la calle para dejar la zona cubierta. De esta forma, se creaba, por un lado, una zona cubierta y por otra, una habitación o vivienda particular en la parte superior”.

Se me pasó la disfrutada mañana en un suspiró. Repasando mi cuaderno de aquella breve estancia, lo último que llegué a escribir fue “A Lanjarón hay que venir sin prisas. Volveré”. Y digo ahora, ¡ya lo creo que regresaré! 














martes, 13 de agosto de 2024

01457 Mojácar

 "TENGO QUE VOLVER"


Aunque no es habitual, comenzaré por el final: “TENGO QUE VOLVER”. Así reza la última línea de los apuntes que fui tomando sobre la marcha, en un mini viaje vacacional por tierras almerienses y que me llevó de paso por Mojácar, “Uno de los pueblos más bonitos de España”.

Permanecí recorriendo sus estrechas calles de blancos y flores, de belleza íntima, con el acostumbrado café americano con hielo incluido, apenas tres horas. Fueron ciento ochenta minutos de admiración, sin contar con el asombro que mostré a mis acompañantes cuando esta hermosa localidad se pudo avistar en la lejanía. Una vez metido al amparo de sus casas blancas y conocedor de que el tiempo apremiaba, me dejé llevar por sus calles y casas colgadas de la última estribación de la Sierra de Cabrera, custodiado por un cielo de intenso azul.

Durante mi recorrido, varias cuestiones me llamaron poderosamente la atención, por lo que ahora recuerdo y por lo que pude llegar a escribir en mi cuaderno de viaje. A saber; su arquitectura, lo limpia y aseada que “nos recibió” la localidad, sus hermosas vistas y las abiertas sonrisas con las que me crucé.

Aproveché mi breve estancia todo lo que pude. Visité el barrio del Arrabal, el antiguo barrio judío de Mojácar. Un barrio, según anoté, “fuera de los muros de la ciudad y por donde Mojácar comenzó a crecer”. Un barrio de calles sinuosas y muy estrechas, y donde el silencio y la calma te llevan en volandas. La Plaza Nueva, centro neurálgico y de encuentro de vecinos y visitantes y donde, en uno de sus laterales, se localiza “uno de los mejores miradores al resto de la localidad y al valle en que se encuentra, conocido como de las Pirámides, rodeado de las sierras de Bédar, Almagrera y Cabrera”. Desde esta plaza se puede observar Mojácar la Vieja, el primigenio asentamiento de esta hermosa localidad, bañada por el río Aguas. Su origen se fecha en “el siglo XVI y ocupa en buena parte el espacio donde se encontraba la mezquita principal. Luego, en el siglo XVIII, la plaza fue remodelada para darle aún más luz. Hoy aparece flanqueada, entre otras construcciones, por la ermita privada de Nuestra Señora de los Dolores y por Arco de la Plaza, que la comunica con el resto de la localidad”. Ya casi en la despedida, todavía me dio tiempo a pisar la Plaza del Ayuntamiento y poco más.

Las prisas nunca son buenas consejeras y desde luego, visitar Mojácar como yo lo hice, me parece todo un despropósito. Por eso, tal y como he comenzado diciendo en esta entrada, y tal y como escribí el día en el que la mal visité: “TENGO QUE VOLVER”. Y añado ahora: “PARA HACERNOS JUSTICIA”. 















jueves, 25 de mayo de 2023

01125 Las Tortas de Aceite

SEVILLANAS


Cuando visito un lugar, pueblo o ciudad, me gusta dejarme llevar por sus productos típicos. Abrir mis sentidos a nuevos gustos y probar el resultado de otras formas de cocinar. Salvo alguna contadísima excepción, la experiencia hasta la fecha es deliciosa y enriquecedora.

Un ejemplo de lo dicho son las tortas de aceite sevillanas. Hasta que supe de su existencia, había probado otras variedades de origen bien distinto. Al fin y a la postre, una torta de aceite no es otra cosa que una elaboración de panadería o repostería, con forma de torta, plana y redonda, que se cubre con aceite de oliva. Y a partir de aquí, la tradición popular del lugar, introducirá condimentos e ingredientes que marcarán su distingo con respecto al resto.

Las tortas de aceite sevillanas las conocí hace unos diez años en mi primera incursión real a la sorprendente Andalucía. Fue en tierras onubenses, donde pasamos unas familiares vacaciones veraniegas. No recuerdo con exactitud cómo llegaron al apartamento. Supongo que las veríamos en algún supermercado, nos harían gracia y acabaríamos comprándolas. De lo que sí me acuerdo a la perfección, es del grato sabor que me dejó la primera que probé: crujiente, dulce, suave y anisada. Y que no comí solo una, sino tres. Huelga decir que, a partir de ese día, las tortas pasaron a convertirse en algo habitual en nuestra cesta de la compra vacacional. Incluso nos trajimos un par de paquetes al regreso de las vacaciones.

Ya en casa, ¡Oh, sorpresa!, un día haciendo la compra, pudimos comprobar que en un supermercado se exhibían en sus estanterías, para nuestra perdición, estas tortas de aceite. No diré, mentiría, que siempre las tenemos presentes, pero sí que son motivo de algún capricho que otro. Como anécdota, en mi último cumpleaños no hubo tarta de celebración, sino tortas de aceite sevillanas, acompañadas de unas bolas de helado de stracciatella. Otra de mis múltiples debilidades.

Abundando en este dulce manjar, diré que estas tortas son típicas de la localidad sevillana de Castilleja de la Cuesta, donde se elaboran desde el siglo XIX. Se dice que «fueron Inés Rosales y Concepción Cansino las pioneras en la fabricación de estas tortas, que se llevaban en canastos para venderlas en Castilleja y en Sevilla, y pronto surgieron otros obradores dedicados a su elaboración». Estas tortas están protegidas por la denominación Especialidad Tradicional Garantizada de la Unión Europea. Las tortas de aceite de Inés Rosales son las más populares, si bien hay otras casas que las producen. Aunque la torta más popular y consumida es la de aceite y anís, también se comercializan de naranja, de romero y tomillo, de canela, de sésamo y sal marina, y sin azúcar.

Si te animas a elaborarlas en casa, aquí va la receta.

Ingredientes: 100 gramos de aceite de oliva virgen extra, 15 gramos de anís en grano, 140 gramos de agua, 360 gramos de harina de fuerza, 20 gramos de levadura fresca, 40 ml de anís dulce de licor, 20 gramos de semillas de sésamo, 60 gramos de azúcar, ralladura de limón, media cucharada de sal y azúcar para espolvorear.

Elaboración: Poner en un recipiente el aceite, la ralladura de limón, el anís en grano y calentar al microondas durante 45 segundos, con el fin de que se caliente el aceite y se infusionen los sabores, pero sin que se fría el aceite. A continuación, poner en un bol la harina tamizada y disolver la levadura en un vaso de agua tibia. Una vez disuelta, añadir el licor de anís, el aceite infusionado con la ralladura de limón y el anís en grano, el azúcar, la sal y el sésamo. Mezclar todo bien. Hacer un volcán con la harina y añadir todos los líquidos. Mezclar y amasar. Formar una bola, tapar con un trapo y dejar fermentar hasta que doble su volumen. Hacer bolas de unos 50 gramos cada una. Aplastar cada bola con la palma de la mano y estirar con un rodillo hasta dejar la masa lo más fina posible, procurando darle una forma redondeada. Colocar las tortas sobre bandejas de horno, cubiertas con papel sulfurizado, y espolvorear cada torta con azúcar. Pre calentar el horno a 220 grados centígrados e introducir las tortas durante 6/7 minutos o hasta que comiencen a tomar color. Dejar enfriar y consumir.

 




miércoles, 2 de septiembre de 2015

00101 La Capilla Votiva de Nuestra Señora del Rocío

CALOR Y FE

Sólo han pasado cinco años desde que pisé por primera vez la arena de la aldea. Desde entonces, cada año, por el mes de agosto, me gusta volver a orar ante la Blanca Paloma, a pasear por el polvo de sus calles, a respirar su aire vespertino y fijar mis ojos en las blancas fachadas.

Recuerdo como si fuera ayer el impacto que en mí produjo la primera vez que divisé el Santuario de Nuestra Señora del Rocío en el horizonte de la recta carretera que atraviesa el Parque Natural de Doñana. Fue una sensación inesperada e inusual. Nada tenía que ver con las acostumbradas imágenes tantas veces repetidas en los medios de comunicación de aglomeraciones, vaivenes y gritos. Se respiraba paz, relativa quietud, plácida calma. Situación que se ha venido repitiendo en mis siguientes y ya tradicionales visitas, siempre en el mes de agosto. Ya nada me sorprende, si acaso, algún detalle desapercibido.

Oración, paseo, café, y en la despedida, una vela en la Capilla Votiva del Santuario. En su interior hace calor, mucho calor. Cientos de velas encendidas compiten en grados con la temperatura ambiente del exterior. En cada candela un deseo y en cada pequeña llama un gran e íntimo deseo. No es fácil encontrar en el porta velas un hueco donde tu lamparilla no se vea amenazada por el resto. Al final, si lo buscas, lo encuentras.

Son curiosas las formas que esculpen las ceras derretidas. Pueden ser hasta dantescas. Es un pequeño espectáculo para la imaginación. Y pienso en los millones de plegarias aquí recogidas y en tantos y tantos temores, agradecimientos y oraciones.

El calor huele a cera, la cera a credo y el credo a esperanza. Es la hora de marchar. Hay tiempo todavía para una mirada atrás. Apenas se ha consumido el cirio. La llama ha cogido forma y fuerza. Allí se queda velando mi plegaria, la misma que dicté el año pasado y el anterior y el anterior... Por mi querida familia, por mi gente querida, por mis queridos todos.

viernes, 13 de marzo de 2015

00029 Casa Museo Juan Ramón Jiménez

YUNQUE DE PLATERO, TRES LETRAS


Quería imaginar sus pasos calzados de soledad. Adivinar su cara infantil llena de luz y también de mar. Mirarme en ese mismo pozo en el que hizo que se reflejara Platero. Intuir cómo fueron los dieciocho años que pasó  en este lugar.  Tarde mágica e inesperada. Tarde de sensaciones y despertar de curiosidades. E imaginar, recrear, intuir y gustar más si cabe. Este podría ser el resumen de las horas que pasé en la Casa-Museo  “Zenobia y Juan Ramón”, en la onubense Moguer.

“Nací en Moguer, la noche de Navidad de 1881. Mi padre era castellano y tenía los ojos azules; y mi madre, andaluza, con los ojos negros. La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y verdes patios. De estos dulces años recuerdo que jugaba muy poco, y que era gran amigo de la soledad..” , escribiría Juan Ramón Jiménez. Ahora, la  casa está totalmente rehabilitada para atesorar parte de su legado personal y cultural. Se trata de un edificio del siglo XVIII y su creación como Casa-Museo se remonta al año de la concesión del Premio Nobel al poeta moguereño.

Aquí se guarda toda su biblioteca, así como los muebles  y otros enseres del piso que el matrimonio tenía en la calle Padilla, 38 de Madrid, depositados en el Museo Romántico al salir el Matrimonio Jiménez-Campubrí para el exilio. Una Casa-Museo que abrió sus puertas al público al poco tiempo de la muerte del poeta.


Se trata de  una casa “de dos plantas, dentro del más puro estilo andaluz: con patio central cubierto con montera de cristal, otro exterior y corrales, donde está el establo y una estatua de Platero en bronce, del escultor León Ortega. La planta baja está formada por siete habitaciones dedicadas a albergar la Biblioteca particular del Poeta y su Hemeroteca, de un valor incalculable con sus más de 7.500 Revistas y 4.000 Libros, el Centro de Estudios Juanramonianos con sus salas de lectura y conferencias y las oficinas de la Fundación. Las zonas nobles de esta planta baja tienen solería marmórea, mereciendo destacarse el patio interior, en cuyo centro se encuentra el famoso aljibe esculpido en una sola pieza de mármol alabastrino, preciosamente descrito, como tantas otras partes de la casa y del pueblo, en un capítulo de Platero y yo”.










martes, 3 de marzo de 2015

00019 La Ermita del Rocío






 LA BLANCA PALOMA


Sí, la primera vez que visité la Ermita del Rocío, me emocioné. Como así también lo hice cuanto tuve delante de mí el "Guernica" de Picasso, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía,  o recientemente, en Toledo, al contemplar "El Entierro del Conde Orgaz".
Fue una tarde calurosa del mes de agosto en una excursión más por tierras onubenses. Al volante sin prisas, contemplando el paisaje y canturreando en familia las canciones de "La Oreja de Van Gogh". Y en la placidez del viaje, en el horizonte, una silueta vista repetidas veces en decenas de imágenes televisivas; la ermita del Rocío.
En mi cuaderno de bitácora no estaba prevista la emoción, pero así fue. Una aparente  visita más se convirtió en un reencuentro inesperado. La aldea, el polvo, la luz, el fervor, la curiosidad, la oración, un cante lejano, también una plegaria y hasta el asombro. También mucha gente, y llegado el momento de mirarle a la cara a la Blanca Paloma, el silencio. Un silencio sepulcral y de respeto.
Desde entonces, desde aquel día, llegado el mes de agosto, en una tarde imprevista, visito ese lugar de marismas y fervores en el que confluyen todos los caminos para buscar una nueva emoción, siempre distinta. Y pedir, por tí, por mí y por todos nosotros.