AGUA Y POESÍA
En un siempre recordado viaje a la cautivadora ciudad de
Granada, visité la localidad de Lanjarón, camino de La Alpujarra. Apasionado de
la poesía, tal y como me considero, mis pasos me llevaron hasta Lanjarón,
conocedor de la tradición de inscribir poemas en las fuentes de la villa.
Podría ser, como así lo fue, una original y entretenida forma de conocer este
destino. Y no me decepcionó.
De las 23 fuentes, 14 recogen motivos lorquianos, además de
tres espacios muy significativos de la presencia del poeta en el municipio
alpujarreño, como son la ermita de San Sebastián, el Hotel España, que
recientemente restauraba la habitación de Lorca, y el Balneario de Lanjarón, al
que acudía para acompañar a su madre en sus tratamientos.
Recorrí la localidad sin itinerario definido, dejando que las
poéticas fuentes me sorprendieran al paso. Agua y verso acompañaron mi breve
estancia por calles angostas, luminosas placetas y los tradicionales tinaos; “una
solución arquitectónica, propia de la comarca de La Alpujarra. Su origen
era crear espacios cubiertos de ámbito semiprivado o semipúblico,
colocando una estructura de vigas sobre la calle para dejar la zona cubierta.
De esta forma, se creaba, por un lado, una zona cubierta y por otra, una
habitación o vivienda particular en la parte superior”.
Se me pasó la disfrutada mañana en un suspiró. Repasando mi
cuaderno de aquella breve estancia, lo último que llegué a escribir fue “A
Lanjarón hay que venir sin prisas. Volveré”. Y digo ahora, ya lo creo que
regresaré.
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