martes, 10 de abril de 2018

00660 Barluenga

PASABA POR AQUÍ

Vuelvo a la sierra de Guara y sus aledaños. Regreso para recrear horizontes y tamizar ánimos en tierra queda y sin sobresaltos. Acudo a la llamada de un paisaje que atrapa entre rocas, ocres y verdores, un asombro que ya traía puesto de casa.

Murmuran las aguas de una fuente cercana como murmuran dos vecinos a la puerta de una casa. Se me antojan vigías a la entrada de un pueblo que me resulta atractivo. Edificios de piedra sillar, de apacible apariencia, mimetizados a un paisaje al que no quieren perturbar. Las calles huelen a limpio, a día de colada. Pronto, a no mucho tardar, el olor será de brasa, de cocina de puchero que sabe a tradición lenta y honrada.

La iglesia parroquial de San Miguel eleva campanas sobre el pequeño pueblo que quiere proseguir su historia. La visita es breve y la estancia se hace grata entre portalones, floridos rincones y un "sin pecado concebida". Se trataba de pasar por aquí, coger cuatro detalles, cumplir un objetivo y dejar un saludo cortés en la despedida.








lunes, 9 de abril de 2018

00659 El Pan de Cúrcuma

ORO INDIO


Lo probé hace poco y me encantó. No sé si porque desde hace unos años escasamente como pan, yo que tan panero he sido, hasta el punto de no entender la vida sin pan, y este me supo a gloria, o es que es bueno de verdad. Lo cierto es que ese día  me puse las botas de pan de cúrcuma. Su aspecto era muy sugerente, con una corteza preciosa y crujiente. Su miga, suave y esponja, y con un sabor muy especial. Me pareció algo espectacular.

Nunca había probado hasta entonces la cúrcuma a pesar de todas las recomendaciones recibidas. Las más insistentes, las de un par de amigas quienes desde hace algunos años basan sus desayunos en un café con leche y una rebanada de pan tostado con aceite, cúrcuma y pimienta negra. Según me decían, "va bien para todo". Lo cierto es que nunca me había interesado hasta ahora mismo por los beneficios de la cúrcuma. Tras consultar varias páginas y artículos al respecto, este es el resumen.

Se trata de una planta con potentes propiedades antiinflamatorias, antioxidantes, para el hígado y para los riñones. Favorece el drenaje y vaciado de la vesícula biliar, además de ayudar a mejorar la digestión, especialmente de las grasas. Es muy adecuada en el tratamiento natural de la artritis, para mejorar los síntomas de rigidez, inflamación articular y rigidez. La cúrcuma es más antiinflamatoria cuando se combina con una pizca de pimienta negra. En China se ha utilizado la cúrcuma durante siglos por la medicina tradicional china para el tratamiento natural de la depresión y los trastornos afectivos. Por si todo esto no fuera suficiente, los componentes de la cúrcuma tienen propiedades cardioprotectoras, además de reducir el colesterol y los triglicéridos.

A la cúrcuma también se le conoce como el oro indio. Las propiedades de la cúrcuma fueron utilizadas por primera vez en la India entre 610 y 320 a.C. Se utilizaba como colorante para la lana. A lo largo de la historia  se ha empleado para colorear partes del cuerpo. Es una de las especias más usadas en la gastronomía de la India como colorante alimentario para el arroz, carne y diversos platos. En algunos países de Hispanoamérica es conocida como "palillo" y en Colombia se le conoce como "azafrán de raíz". En Japón se sirve junto al té.





domingo, 8 de abril de 2018

00658 Las Patatas al Micro

CON ANCHOAS


Otro buen socorro para esos momentos, sobre todo en las tardes noches del fin de semana, que te apetece un no sé qué,  pero que no sea muy historiado, sencillo, que se note lo menos posible el paso por la cocina y cuyo resultado sea de lo más apetecible; unas patatas al micro ondas con anchoas.

Recientemente descubrí en el supermercado unas patatas pre cocinadas, asadas o al vapor, que se ofrecen en bolsas de unos 450 gramos, de aspecto inmejorable, y que solo hay que introducirlas al micro en su bolsa durante unos siete minutos. Tubérculos limpios y bien aseados,  igualaditos en tamaño y de curioso sabor.

Una vez pasadas las patatas por el micro ondas,  solo queda acompañarlas con algún antojo. En esta ocasión, con unas ricas anchoas de Santoña. Sacamos las patatas de su bolsa, las dejamos enfriar, las partimos por la mitad y colocamos una anchoa sobre cada mitad de los tubérculos. Hecha esta operación, rociamos sobre las patatas un buen aceite de oliva virgen, pimentón picante, según gustos,  y unas escamas de sal Maldon, sin pasarse. Ya está.

El resultado no puede ser más atractivo y gratificante para esos momentos de socorro.






viernes, 6 de abril de 2018

00657 La Planta de las Vacaciones

CARPOBROTUS EDULIS


Sobre la bocina he encontrado el nombre de esta planta, carpobrotus edulis, aunque yo hace muchos años que la bauticé como "la planta de las vacaciones". También es conocida como "uña de gato". De porte rastrero y suculento está considerada como invasiva.

La conocí hace algo más de veinte años en mis primeras vacaciones en Santander. Me pareció por aquel entones una planta muy atractiva, sobre todo por sus coloristas flores rosáceas, violetas, anaranjadas, rojas y amarillas, dependiendo de la playa en la que se encontrara. Me resulta difícil reproducir las sensaciones que sentía con el mar al frente y colándose por los laterales de  mi campo visual, como pequeñas centellas, los inesperados colores de la planta.

Cuando me dejé caer por Huelva, la carpobrotus edulis, al final acabaré por aprenderme su nombre, también acompañó mi tiempo de desorden veraniego. Lo mismo ocurrió en Portugal, en el Algarve, y en la isla de Cerdeña. Es obvio por qué decidí un día asociarla a mis vacaciones.

He intentado en varias ocasiones que se viniera a vivir a la terraza de casa, pero no le ha gustado el clima oscense. Llegaban a tomar tierra y cuando parecía que la cosa prometía, llegaba el invierno y con él, la desaparición de la planta. La dejé por imposible, aunque como cabezón que soy, el año pasado por estas fechas "importé" de Cerdeña varios ejemplares que planté nada más llegar a casa. Y como marca el guión, aguantó bien hasta diciembre. Empezó a amarillear su porte suculento, si bien algunos tallos aún plantaban fuertes.


Este último fin de año lo pasé con mi gran y numerosa familia en Enciso, una pequeña localidad riojana próxima a Herce. Antes de llegar a Enciso y a la salida ya de Herce, estacioné el coche junto al letrero indicador de la localidad para hacerme una fotografía con mis hijas bajo nuestro apellido. Y, ¡oh, sorpresa!, la cuneta de enfrente estaba plagada de carpobrotus ediles con flores rosas. Era la primera vez que veía "mi planta de las vacaciones" fuera de un hábitat playero. No lo pensé dos veces y con sumo cuidado me hice con tres tallos y sus saludables raíces. De vuelta a casa, lo primero que hice antes de devolver el equipaje a su armario fue plantar las tres carpobrotus en el hueco que fueron dejando sus compañeras de Cerdeña. Imaginé que si se habían adaptado al clima riojano, por qué no iban a hacer tal cosa en el oscense.

Han pasado cuatro meses desde entonces y allí está "mi planta de vacaciones" tiesa y lozana,  junto a la de Cerdeña,  en su condición de "invasora". Ya no se ve tierra, solo unas hojas verdes y carnosas, orgullosas de mi asombro y satisfacción. Puede que sea pedir mucho, pero ahora me gustaría que me obsequiaran con alguna flor, de esas como las que acompañan mis vacaciones.






martes, 3 de abril de 2018

00656 Los Pimientos Verdes Fritos

Y A TIRAS

Regresa de nuevo la huerta a este puzzle de sensaciones. Y lo hace con uno de los sabores no siempre bien recibido. Mi experiencia me dice que es uno de los sabores que producen extremos; o gusta a rabiar o se detesta con la misma intensidad. Yo me sitúo en el primero de los bandos.

Ya he dejado escritas varias elaboraciones gastronómicas en las que el pimiento verde es el protagonista del cartel. Pero si hay una forma de cocinarlos que me chifla hasta hacerme entornar los ojos, esta es, simple y llanamente, bien limpios de semillas, cortados a tiras, fritos en un buen aceite de oliva virgen y generosos de sal. Me fascinan.

Un buen bocadillo de pepito de ternera con unas tiras de pimiento verde frito, como aquellos que tomaba en Canfranc; unos huevos duros recogidos sobre unas tiras de pimientos verdes fritos; una tortilla francesa como soporte de unas tiras de pimientos verdes fritos; unas rebanadas de pan con chistorra frita y unas tiras de pimientos verdes fritos; unas patatas asadas acompañadas de unas tiras de pimientos verdes fritos; un trozo de longaniza partido por la mitad, a la plancha, y sobre ella, unas tiras de pimientos verdes fritos.... o simplemente, unas tiras de pimientos verdes fritos sobre un plato para ir picando. Y ya, la traca de este "pecado venial", si a esas tiras de pimientos verdes fritos las acompañamos con unas patatas fritas al estilo de mi abuela Genoveva. Solo escribirlo se me saltan las lágrimas de satisfacción.

No hay que rebuscar mucho entre libros y recetarios de cocina para disfrutar de un buen y  humilde bocado. Lo cierto es que no hay que rebuscar mucho entre las cosas y sus derivados para encontrar momentos de inesperada satisfacción.


lunes, 2 de abril de 2018

00655 Los Chupones de Hielo

CARÁMBANOS

Siempre me han parecido de una inmensa y atractiva plasticidad. Me sorprendo a mí mismo, que huyo de los fríos, hielos y nieves, que puedan producir en mí semejante satisfacción. Ahora menos, tampoco busco muchas oportunidades, pero cuando voy a lugares gélidos, rara es la ocasión que no traiga conmigo algunas imágenes de carámbanos o chupones de hielo. No sé, me parecen un espectáculo único e irrepetible a caballo entre lo maravilloso y terrorífico.

Al ver las imágenes que ilustran esta entrada, las dos únicas que conservo en digital, mis pies me han conducido hasta la estantería que alberga las decenas de albumes con el devenir de mis días en papel. No me ha costado mucho encontrar los chupones que en su día fueron diana de mi objetivo. Los miro y francamente son imágenes espectaculares las que me fui trayendo de la estación de Canfranc, de Formigal, de Cerler, de la Boca del Infierno bajando de Oza y que incluso llegué a pintar sin mucho éxito..., pero sobre todo, el no va más de mis carámbanos, son los captados en el Hotel de Los Llanos del Hospital de Benasque; un clásico en la materia.

Hay en mi caleidoscopio vital otros chupones de los que no guardo imagen física alguna, salvo las que todavía me permite recordar mi memoria. Son esos chupones que me acompañaban en el frío invierno oscense a mi regreso a casa desde el colegio San Viator. Se formaban en la curiosa valla perimetral del parque Miguel Servet. Los había de todos los tamaños y en más de una ocasión sirvieron de refresco para mi boca a modo de insípido sabor. ¡Qué necesidad! Cosas de la infancia que me traen ahora una gélida sonrisa.







domingo, 1 de abril de 2018

00654 Las Lechecillas

MOLLEJAS

Recientemente he tenido un reencuentro con las lechecillas. Ha sido en mi querida tierra cántabra, en la acogedora villa de Castro Urdiales. Por aquí son conocidas como mollejas. Las he comido rebozadas. Ha sido un reencuentro con un sabor y textura casi olvidados. He puesto en marcha la maquinaria de los recuerdos y la ficha me dice que igual hace más de un cuarto de siglo que no tenía delante de mí un plato de lechecillas.

En casa, con mi madre, a la que también le encantaban aún sabiendo que no le convenían, las comíamos siempre encebolladas. De vez en cuando, habitualmente en fin de semana, nos dábamos un homenaje. Las comprábamos en el desaparecido mercado de abastos de Huesca, en un puesto que solo vendían casquería. Eran de cordero. Al principio las cocinaba mi madre. Con el paso del tiempo y la observación, las aprendí a elaborar yo. Traslado ahora la receta de memoria, a riesgo de equivocarme. No la tengo registrada ni siquiera en el cuaderno del que voy sacando alguna que otra receta para compartir en este blogh, "Sabores de mi madre".

Para medio kilo de lechecillas de cordero, una cebolla y medio vaso de vino blanco, aceite y sal. Lo más latoso de este invento, recuerdo, era su limpieza. Antes no las vendían ya limpias como ahora. Había que ponerlas en agua a fría a remojo y transcurridas unas horas comenzaba la operación limpieza. Una vez aseadas y bien troceadas, se ponían a hervir con sal durante unos diez minutos. Se escurrían bien y se pasaban por debajo del grifo de agua  fría para romperles el calor. De nuevo a escurrir. En una sartén se pochaba a fuego lento la cebolla cortada bien menuda. Cuando la cebolla comenzaba a coger color se incorporaban las lechecillas y se dejaban cocer a fuego muy bajo. Finalmente se incorporaba el medio vaso de vino blanco y se dejaba cocer por espacio de unos diez minutos. Me parecía algo excepcional. En alguna ocasión las hacíamos al ajillo. Más sencillas, aunque de su limpieza no me libraba.

Se trata de una glándula de color rosado y forma alargada, presente en el ganado vacuno, cerdos y corderos, que se encuentra en el pecho, detrás del hueso esternón y cerca del corazón. Esta carne no es recomendable para personas que tengan un nivel de colesterol alto en su sangre.