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martes, 26 de noviembre de 2019

00885 El Pacharán con Hielo Picado

PACHARÁN PILÉ



En la vida se me hubiese ocurrido, pero cuando lo probé este verano después de una estupenda comida en un restaurante de la costa almeriense, me pareció una pequeña delicia, además de abrirme los ojos para sacar adelante las botellas de pacharán casero que se van amontonando año tras año en el armario. Todos los años digo lo mismo, ya no más pacharán hasta que no se agote toda la "reserva" que tenemos. Pero claro, llega el otoño, unas salidas al campo, unas endrinas que se nos cruzan en el camino y vuelta a empezar.


Lo bueno del caso es que el pacharán, al igual que los huevos fritos con patatas y su correspondiente acompañamiento, lo tengo asociado a una buena compañía,  a multitudinarias comidas familiares y a los días de frío y guiñote. No se me ocurre tomar un lingotazo de este afamado brebaje así porque sí, y muchos menos en soledad.

Siempre lo he tomado con un par de cubitos de hielo, tal es la costumbre. Pero desde aquel veraniego día, si se dan las circunstancias antes mencionadas, me gusta tomarlo con el hielo picado. Solo hay dos problemas; que entra por el gaznate con más soltura y alegría, y que no es siempre fácil encontrar hielo picado. El primero de los problemas se soluciona con contención y mesura. El segundo, si se tercia la escena en un establecimiento público y no dispone de hielo picado, no hay nada que hacer. Si la cuestión se recrea en un domicilio y tampoco se cuenta con hielo pilé sino con cubitos,  hay alternativa. Es cuestión de coger la bolsa de los hielos y golpearla con un martillo hasta pulverizar los cubitos. No es lo mismo, pero da el pego.

Si en alguna ocasión he comentado mi gusto por el pacharán con hielo picado, la actitud de mis interlocutores ha ido desde el asombro y curiosidad por probarlo, hasta los más directos que no se lo han pensado dos veces en decir "No tienes ni idea. ¡Qué manera de estropear el pacharán! Así, lo que haces es aguarlo". Y no les falta razón quienes así lo manifiestan. Pero a mí, con ignorancia incluida,  me sigue pareciendo original, delicioso y refrescante.






lunes, 2 de abril de 2018

00655 Los Chupones de Hielo

CARÁMBANOS

Siempre me han parecido de una inmensa y atractiva plasticidad. Me sorprendo a mí mismo, que huyo de los fríos, hielos y nieves, que puedan producir en mí semejante satisfacción. Ahora menos, tampoco busco muchas oportunidades, pero cuando voy a lugares gélidos, rara es la ocasión que no traiga conmigo algunas imágenes de carámbanos o chupones de hielo. No sé, me parecen un espectáculo único e irrepetible a caballo entre lo maravilloso y terrorífico.

Al ver las imágenes que ilustran esta entrada, las dos únicas que conservo en digital, mis pies me han conducido hasta la estantería que alberga las decenas de albumes con el devenir de mis días en papel. No me ha costado mucho encontrar los chupones que en su día fueron diana de mi objetivo. Los miro y francamente son imágenes espectaculares las que me fui trayendo de la estación de Canfranc, de Formigal, de Cerler, de la Boca del Infierno bajando de Oza y que incluso llegué a pintar sin mucho éxito..., pero sobre todo, el no va más de mis carámbanos, son los captados en el Hotel de Los Llanos del Hospital de Benasque; un clásico en la materia.

Hay en mi caleidoscopio vital otros chupones de los que no guardo imagen física alguna, salvo las que todavía me permite recordar mi memoria. Son esos chupones que me acompañaban en el frío invierno oscense a mi regreso a casa desde el colegio San Viator. Se formaban en la curiosa valla perimetral del parque Miguel Servet. Los había de todos los tamaños y en más de una ocasión sirvieron de refresco para mi boca a modo de insípido sabor. ¡Qué necesidad! Cosas de la infancia que me traen ahora una gélida sonrisa.