Supongo que a más de uno que pueda leer este gusto le entrará la risa floja. Pero es así, ¡qué le vamos a hacer!. Y no vale tampoco decir, "pues vienes a mi casa que allí te divertirás con el cesto de la plancha". Es el punto y seguido que se suele oír cuando en alguna ocasión hago tamaño comentario y confieso mi no desdeño por esta labor tan relacionada con las labores domésticas.
Reconozco que me entretiene, me distrae y me relaja. Es mi rincón de pensar. Entre prenda y prenda y mientras intento alisar camisas, pantalones, manteles y sábanas, no sé el por qué, mi cabeza comienza a buscar imágenes y escenas no esperadas. Me trae a la tabla de planchar momentos casi olvidados que se van dando el testigo de manera inusitada. Me retrotrae a mi casa materna, y en el comedor, a mi madre junto a un gran albo paño sobre la mesa, un tazón de agua para humedecer la ropa y la vieja plancha eléctrica. Todavía la conservo. No sé dónde está. En los distintos traslados que he vivido, ha ido cambiando de caja de olvidos.
Planchar me recuerda lo imperfecto que soy. Sé que no lo hago del todo bien. Mi especialidad, los manteles y servilletas, camisetas, pantalones y toallas. Mis torturas, las sábanas bajeras ajustables, no hay manera de aprender y de hacerme con ellas, los puños de las camisas y los ropajes de mis féminas cuando tienen pliegues y más pliegues. Pero bueno, uno hace lo que puede. Sin pereza, sin desgana. Tampoco es una fiesta, es simplemente un entretenimiento.
Esta entrada de blog me sirve para traer aquí otras de mis aficiones, la de juntar letras, lo que el común de los mortales llama escribir. Consciente de mis limitaciones, intento de vez en cuando dar forma a alguna historia. Como esta que en su día escribí para leerla en un colegio en una fiesta de Navidad. La plancha fue el arranque del pequeño cuento.
“TATA PAULA” Y EL
MUÑECO DE NIEVE
Me gusta planchar. De las labores domésticas, si hay algo
que me relaja, me entretiene y que cojo con agrado, es mi encuentro semanal con
la plancha. Cuando lo comento en algún foro, la gente se sorprende y me mira
con el ceño fruncido.
Soy de los que piensa que en esta vida nada ocurre por
casualidad y que todo tiene su por qué. Quien me conoce sabe que no soy hombre
confiado en los caprichos de la vida, ni en los destinos ni creo en el azar.
Soy de los convencidos de que todo nace
en un determinado momento. Después, todo depende de tí. Cuando digo esto
recuerdo que mi afición a la lectura y a la literatura se debe a un profesor,
Santiago Arellano, navarro él, que en mi época de estudiante en el instituto de
enseñanza me hizo gustar de la belleza de la palabra escrita y de los buenos
momentos que puedes pasar con un libro entre las manos, más allá de la estricta
formación académica. O mi inclinación por la pintura. El culpable fue un
bohemio bilbaíno que en su buhardilla del Casco Viejo del “bocho” iba
amontonando lienzos y bocetos como el que colecciona posavasos. Raúl, como así
se llamaba el joven y despistado pintor, y al que hace años que le perdí la pista, me
hizo amar la pintura lejos del mercadeo, frivolidades y snobismos al uso. “La pintura, me decía, comienza ya por el olor. A partir de aquí,
déjate llevar y expresa, disfruta, contagia… No te importe el qué dirán de tu
trabajo. Pinta y diviértete”.
Mi “afición”
por la plancha, o para ser más exactos, mi “no
mala gana hacia ella”, se la debo a “Tata
Paula”, una por aquel entonces guapa manchega que venía a casa a ayudar a
mi madre en las tareas domésticas. La recuerdo divertida, siempre con la
sonrisa en los labios, muy habladora y siempre gesticulante. En realidad, se
llamaba Mercedes. Nunca supe el por qué de Paula. Mis hermanos tampoco lo
recuerdan.
“Tata Paula” era, como decía mi madre, “una astraleta de mano”. Todo lo hacía
bien. Muy pocas veces tenía un no por respuesta y siempre, siempre con la
sonrisa entre los labios. Cuando tenía algunos minutos libres, cosa que no
sucedía muy a menudo pues éramos ocho en casa, improvisaba un juego, nos
contaba cosas de su pueblo o simplemente se sentaba con nosotros para ver cómo
devorábamos los bocadillos, algo que, al parecer, le divertía. Pero si había un
momento esperado por todos mis hermanos era el día que “Tata Paula” cogía la plancha. Era todo un ritual. “Tata Paula” dejaba expedita la mesa del
comedor y sobre una de las sillas colocaba el enorme cesto de mimbre lleno a
rebosar de arruga y olorosa ropa limpia. A continuación, cogía un vaso con agua
para colocarlo en la mesa frente a ella; agua que, en plena operación de planchado iría
salpicando con maestría sobre las telas y así humedecerlas. Por último, enchufaba
la plancha, mojaba su dedo índice en su lengua y lo aproximaba hasta la base
del pequeño electrodoméstico hasta comprobar que se había calentado. Con el
grito de “ya tiene corazón la condenada”, “Tata Paula” comenzaba a deslizar la
plancha sobre sábanas, toallas, camisas, vestidos, pañuelos, pantalones y todo
cuanto salía del cesto de mimbre. Mientras tanto, mis hermanos y yo ya habíamos
tomado asiento en la cadiera a la espera de que “Tata Paula” comenzara a
contarnos cuentos e historias increíbles.
Muchas de sus narraciones las he ido perdiendo por el
camino, de otras me acuerdo del principio y de su final, pero no sé por qué,
hay una historia, un cuento, que solo nos narraba por Navidad y que siempre ha
estado presente en mi memoria. Era un cuento que, en el breve espacio de la
narración, me hacía llorar y reír en un
punto y seguido. Resultaba difícil comprobar donde acababa el lagrimeo y donde
empezaba la sonrisa. Hablaba de un niño y de un muñeco de nieve. El niño se
parecía a mi hermano Ricardo, según decía “Tata
Paula”. Rubio, con ojos claros y con
“menos carne que un pernil después de las fiestas”. El muñeco de nieve era
gordito, con una amplia boca y provisto de una bufanda azul. “Para que os hagáis una idea, decía, se parece a Ramón, el charcutero de la
esquina”. Se trataba de un niño solitario que no tenía amigos y quien con
las primeras nieves hacía un enorme muñeco a la puerta de su casa. El albo
muñeco se convertía así en su mejor amigo. A él le contaba sus pequeñas y
grandes cosas. Con él jugaba a esconder tesoros en el jardín o le recitaba las
tablas de multiplicar. Para este niño del cuento, el invierno era la mejor
época del año.
-
“Tras el invierno,
qué estación viene, niños”, nos preguntaba. Y nosotros contestábamos al unísono, “la primavera, “Tata Paula”.
-
¿Y qué ocurre en la
primavera, niños?, volvía a preguntar. “Que nacen las
flores y empieza a hacer calor, “Tata Paula”.
-
“Y si hace calor, ¿qué le sucede a la
nieve?”. “Que se derrite, “Tata
Paula”.
Entonces “Tata
Paula”, nos presentaba al niño más triste de la tierra tras comprobar que
su amigo día a día se iba derritiendo. Y es aquí cuando nos empezaban a caer
las lágrimas en solidaridad con la tristeza del ya nuestro amigo del cuento.
“Tata Paula”, entre prenda y prenda de planchar,
iba examinando nuestras caras y nuestro grado de preocupación. Era entonces
cuando el muñeco de nieve tomaba vida y le decía al niño que no se preocupara y
que no se pusiera triste. Que él regresaría de nuevo con las próximas nieves y
que volverían a ser amigos. Entonces el niño le preguntaba al muñeco de nieve, “¿y mientras tanto yo, con quién jugaré, a
quién le confiaré mis cosas?”. El muñeco de nieve le contestaba entonces: “Me gustaría conocer a otros niños, por eso,
-proseguía-, el próximo invierno, cuando
vuelva a nacer, quiero ver en tu jardín a todos tus amigos y así poder jugar
también con ellos”.
El niño del cuento, por cierto, que ahora me percato de
que nunca tuvo nombre, consciente de que no tenía amigos, porque para eso ya
tenía al muñeco de nieve, y para no defraudarle, se propuso para los siguientes
nueve meses, hacer muchos amigos y compartirlos así cuando de nuevo volviera.
La sonrisa y la placidez, con el final feliz, volvían a
nuestros semblantes y el cesto de mimbre de la plancha, para entonces, se había quedado vacío.
“Tata Paula” ahora es una encantadora
viejecita. Cada vez que podemos, menos de lo que desearíamos, y no es una
excusa, vamos a visitarla a su casa del pueblo. “Tata Paula” ya no cuenta historias. Solo te ve, y sonríe. Solo en
momentos muy lúcidos se acuerda de nuestra casa, de los muchos años que pasó
con nosotros y de “lo felices que éramos”.
Ahora, “Tata Paula”, hay días que
solo nos sonríe y nos deja en la duda de
si se acordará de nosotros.
Me gusta planchar. Es de
las labores domésticas que me relajan, me entretienen y que cojo con
agrado. Será porque me recuerdan a “Tata
Paula”, a su sonrisa, y a todos
los buenos y felices momentos que nos hizo pasar.
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