martes, 8 de noviembre de 2016
00393 Las Escalinatas
AUXILIOS URBANOS
Clasificando fotografías me he encontrado con un número considerable de escalinatas. Como sucede con infinidad de imágenes, desconozco el por qué me detuve en ellas, cuál fue el motivo de que pasaran a formar parte de mi legión de instantáneas. Algunas hasta me cuesta ubicarlas e incluso tengo la sensación de que nunca estuve allí, que se han colado en mi vida como por arte de magia. Supongo que en ese preciso instante alguna sensación me transmitirían. Sería su estructura, el entorno, lo caprichosas que pueden llegar a resultar alguna de ellas o simplemente porque sí. No siempre hay que estar buscando explicaciones a todo. Me sorprendo escribiendo esta apreciación como buen virgo que soy.
No es el caso de las escalinatas que ilustran este texto. Las he fotografiado tantas veces como he visitado la localidad que las atesora; la sugerente, loada y expresiva Ayamonte. Llamaron mi atención el primer día que las vi y lejos de rechazar la invitación a su ascenso, como me ha sucedido en otras ocasiones con similares infraestructuras urbanas, no dudé lo más mínimo en dar cumplimiento a sus veinticinco escalones de perfecto pavimento. Desconocía con lo que me iba a encontrar al final del trayecto, tampoco me importaba demasiado. Sea lo que fuere, siempre merecería la pena y cuando menos, sería partícipe de otra perspectiva.
Las escalinatas no dejan de ser pequeños auxilios urbanos que nos permiten salvar con más o menos soltura la diferencia de niveles y que según circunstancias se hacen más que necesarias. Observo ahora mi colección de escalinatas e intuyo el por qué de su atractivo. Todos deberíamos disponer de una escalinata a mano para poder salvar los no pocos obstáculos que la vida nos dispensa. Escalinatas de proximidad y cercanía, de comprensión y firmeza, de generosidad y confianza, de caricia y ternura, de consuelo y esperanza, de complicidad, sonrisa y entrega. Todos deberíamos disponer de una escalinata a mano. Todos deberíamos ser una escalinata a mano.
lunes, 7 de noviembre de 2016
00392 Las Migas a la Pastora
ALGO MÁS QUE PAN
Hacía tiempo que no comía migas. No es un plato de mucho predicamento en los restaurantes y en casa brilla por su ausencia a pesar de que nos gustan a los cuatro. En nuestros menús diarios nunca nos acordamos de su existencia. Posiblemente sea porque siempre las asocio a comidas multitudinarias, festivas y por lo general, tomadas a rancho. Es de esos platos para los que hay que organizar una quedada ex profeso y que sirven como excusa para un nuevo reencuentro. Siempre hay alguien que las borda con un toque muy personal o con algún truquillo que las hace únicas. Mi experiencia me dice que no hay dos elaboraciones de migas a la pastora iguales.

He de confesar, que al igual que la paella, tendrá que ser la primera vez que las cocine. Por no faltar a la verdad, en una ocasión hice una broma de migas. El pan estaba cortado y envasado. Hacía tiempo que la bolsa rondaba por la cocina y cansado de verla me decidí a darle salida. No tenía sebo pero aún logré untar la sartén con un trozo de tocino de algún resto de jamón. Para darles algo de sustancia, les añadí trocitos de longaniza y les plantifiqué un huevo frito por todo lo alto. Se dejaron comer, pero ya está.
Mientras degustaba las migas cuyas imágenes ilustran esta entrada, en el Mesón Lavedán de Tramacastilla de Tena, recordé aquellas que nunca caerán en el olvido mientras la memoria me respete. Las primeras me llevan hasta la Borda Chiquín, en las proximidades de la bella y pintoresca localidad de Ansó. Unas migas con boletus comidas a rancho y que siempre pongo como ejemplo cuando sale a colación la cuestión. No sólo era el sabor, extraordinario, lo que me sedujo, sino su textura, aroma y vistosidad. Aunque de esto han pasado ya varios lustros, la imagen de aquella situación parece no envejecer. Las segundas, las elaboradas por el padre de mi amigo Manolo Vitalla, en Lupiñén, en una noche de fiesta y encuentro multitudinario. Migas hechas con sabiduría y templanza, y servidas con cómplice sonrisa, anticipo de lo que se iba a avecinar. Me salían las migas por las orejas. Bien se valieron de ellas para empapar todo lo que vendría después. Las terceras y últimas, me anclan en Montesusín de la mano hacedora de mi tío Antonio. Migas también de reencuentro, en este caso familiar. De factura heredada de la humildad de antaño y de la sabiduría popular. Migas sin prisas de pan reposado y de cariñosa espera que atesoran el sabor de la lumbre hogareña.
Hacía tiempo que no comía migas. No es un plato de mucho predicamento en los restaurantes y en casa brilla por su ausencia a pesar de que nos gustan a los cuatro. En nuestros menús diarios nunca nos acordamos de su existencia. Posiblemente sea porque siempre las asocio a comidas multitudinarias, festivas y por lo general, tomadas a rancho. Es de esos platos para los que hay que organizar una quedada ex profeso y que sirven como excusa para un nuevo reencuentro. Siempre hay alguien que las borda con un toque muy personal o con algún truquillo que las hace únicas. Mi experiencia me dice que no hay dos elaboraciones de migas a la pastora iguales. 
He de confesar, que al igual que la paella, tendrá que ser la primera vez que las cocine. Por no faltar a la verdad, en una ocasión hice una broma de migas. El pan estaba cortado y envasado. Hacía tiempo que la bolsa rondaba por la cocina y cansado de verla me decidí a darle salida. No tenía sebo pero aún logré untar la sartén con un trozo de tocino de algún resto de jamón. Para darles algo de sustancia, les añadí trocitos de longaniza y les plantifiqué un huevo frito por todo lo alto. Se dejaron comer, pero ya está.
Mientras degustaba las migas cuyas imágenes ilustran esta entrada, en el Mesón Lavedán de Tramacastilla de Tena, recordé aquellas que nunca caerán en el olvido mientras la memoria me respete. Las primeras me llevan hasta la Borda Chiquín, en las proximidades de la bella y pintoresca localidad de Ansó. Unas migas con boletus comidas a rancho y que siempre pongo como ejemplo cuando sale a colación la cuestión. No sólo era el sabor, extraordinario, lo que me sedujo, sino su textura, aroma y vistosidad. Aunque de esto han pasado ya varios lustros, la imagen de aquella situación parece no envejecer. Las segundas, las elaboradas por el padre de mi amigo Manolo Vitalla, en Lupiñén, en una noche de fiesta y encuentro multitudinario. Migas hechas con sabiduría y templanza, y servidas con cómplice sonrisa, anticipo de lo que se iba a avecinar. Me salían las migas por las orejas. Bien se valieron de ellas para empapar todo lo que vendría después. Las terceras y últimas, me anclan en Montesusín de la mano hacedora de mi tío Antonio. Migas también de reencuentro, en este caso familiar. De factura heredada de la humildad de antaño y de la sabiduría popular. Migas sin prisas de pan reposado y de cariñosa espera que atesoran el sabor de la lumbre hogareña. domingo, 6 de noviembre de 2016
00391 Pasear por la Selva de Oza
DESPENSA DE ANIMADAS EMOCIONES
Cualquier excusa se hace necesaria en tiempos de carestía y refugio de alivios. Ayer fue un crepitar de hojas de manto otoñal quien marcaba el camino; hoy es el verdor esperanzado de humedad quien conduce mis pasos entre orgullosos gigantes que buscan el cielo disfrazados de néctar y resina.

El caminar es pausado, me lo pide el paisaje a través de unos ojos joviales y tranquilos por el reencuentro. Tarde o temprano seré musgo, rama agradecida, sombra dormida, claro en el tupido bosque sin tacañería, piedra de descanso imprevista, sonido de agua que en algún lugar refresca el silencio. Todo aquí se hace hospitalario, placentero y prolongado. Todo aquí se hace una agradable idea. El suelo acomoda, el aire se vuelve fragancia de deseado respiro y el mirar recoge imágenes para guardar entre libros, despacio, tratando de penetrar bien en el sentido.
Entre hayas, bosques y pinos adivino el cielo y el final de un camino que no espero. Todavía hay mucho por recrear, no hay que perder la costumbre; nombres que recordar, Peña Forca, Punta Agüerri, Castillo de Acher, Bisaurín; y mucho donde jugar en esta despensa de animadas emociones.


A menudo sueño con paisajes y a menudo también, sueño en el paisaje que en voz lenta y baja me contagia de su frescura limpia, brillante y sonora. La tranquilidad y la satisfacción se iluminan entonces con un haz de luz claro, penetrante y sin sospecha de ser bien recibido.
Cielo y árboles guardan silencio por respeto al caminar quedo y distraído. Es tan grande la generosidad del instante que hasta mi corazón se siente atraído como espíritu libre y decidido.
El sueño llega a su fin sin expreso deseo. Ayer fue un crepitar de hojas de manto otoñal quien marcara el camino; hoy es el verdor esperanzado de humedad quien ha conducido mis pasos entre orgullosos gigantes que buscan el cielo disfrazados de néctar y resina untada en un pan de necesitado alivio.

El caminar es pausado, me lo pide el paisaje a través de unos ojos joviales y tranquilos por el reencuentro. Tarde o temprano seré musgo, rama agradecida, sombra dormida, claro en el tupido bosque sin tacañería, piedra de descanso imprevista, sonido de agua que en algún lugar refresca el silencio. Todo aquí se hace hospitalario, placentero y prolongado. Todo aquí se hace una agradable idea. El suelo acomoda, el aire se vuelve fragancia de deseado respiro y el mirar recoge imágenes para guardar entre libros, despacio, tratando de penetrar bien en el sentido.
jueves, 3 de noviembre de 2016
00390 El Rulo de Tortilla
CHIRIBITAS EN LOS OJOS
Buscando un utensilio entre los cajones de la cocina me he topado con una vieja ayudante; una plancha de asar que tenía prácticamente olvidada. No recuerdo muy bien cómo llegó a casa ni en qué momento la adquirimos, sí el juego que nos dio. Día sí y día también, llegó a formar parte del paisaje cotidiano de los quehaceres culinarios domésticos. Sencillos y gratificantes todos ellos. Verduras, carnes y pescados, algún que otro marisco... todo pasaba por su visto bueno. Todo, y una tortilla que les encantaba a las niñas cuando eran pequeñas.


Solía elaborarla los fines de semana que era cuando mi trabajo me permitía sentarme a cenar con ellas; una sana y familiar costumbre que se ha ido perdiendo en nuestros días en favor de ingestas rápidas y frugales. Todavía retengo en mi retina los ojitos de Loreto y Jara haciéndoles chiribitas cuando salía a la mesa el rulo de tortilla relleno de jamón y queso. Parecía aparente y extraordinario ante sus ojos aunque se tratara de una simple tortilla de huevo enriquecida con los siempre socorridos jamón de york y sabanitas de queso. No sé si sería la redonda presentación, las estrías que dibujaba la plancha sobre el huevo o el hecho de que nos sentáramos los cuatro a la mesa, que esta preparación se les antojaba como algo festivo.

He querido rememorar aquellos años liberando a la plancha de todo el peso que la escondía y una especie de escalofrío ha recorrido mi cuerpo. Es la mala costumbre que tengo de dotar con un alma a todo lo que me rodea.
Cuatro huevos batidos, una pizca de sal y un chorrito de leche, y que vaya cuajando sobre la plancha caliente sin apenas aceite. Cuando empiece a cuajar, jamón de york y sabanitas de queso. Mejor dobles pisos para que el rulo tenga más consistencia. Hoy será de un sólo un piso. No tengo suficientes ingredientes. Cuajada la tortilla llega el "peor" momento; enrollar el preparado. Mejor con los dedos. Y me acuerdo de mi madre, "ningún bueno se quema, hijo mío". Seré malo porque me quemo. Me ayudo de espátulas. Más que un rulo me ha salido una tortilla gigante. Ha faltado una capa más de relleno. La elaboración no está para concurso, sólo para representar un recuerdo de chiribitas revoloteando en unos preciosos ojos.
Buscando un utensilio entre los cajones de la cocina me he topado con una vieja ayudante; una plancha de asar que tenía prácticamente olvidada. No recuerdo muy bien cómo llegó a casa ni en qué momento la adquirimos, sí el juego que nos dio. Día sí y día también, llegó a formar parte del paisaje cotidiano de los quehaceres culinarios domésticos. Sencillos y gratificantes todos ellos. Verduras, carnes y pescados, algún que otro marisco... todo pasaba por su visto bueno. Todo, y una tortilla que les encantaba a las niñas cuando eran pequeñas.

Solía elaborarla los fines de semana que era cuando mi trabajo me permitía sentarme a cenar con ellas; una sana y familiar costumbre que se ha ido perdiendo en nuestros días en favor de ingestas rápidas y frugales. Todavía retengo en mi retina los ojitos de Loreto y Jara haciéndoles chiribitas cuando salía a la mesa el rulo de tortilla relleno de jamón y queso. Parecía aparente y extraordinario ante sus ojos aunque se tratara de una simple tortilla de huevo enriquecida con los siempre socorridos jamón de york y sabanitas de queso. No sé si sería la redonda presentación, las estrías que dibujaba la plancha sobre el huevo o el hecho de que nos sentáramos los cuatro a la mesa, que esta preparación se les antojaba como algo festivo.

He querido rememorar aquellos años liberando a la plancha de todo el peso que la escondía y una especie de escalofrío ha recorrido mi cuerpo. Es la mala costumbre que tengo de dotar con un alma a todo lo que me rodea.Cuatro huevos batidos, una pizca de sal y un chorrito de leche, y que vaya cuajando sobre la plancha caliente sin apenas aceite. Cuando empiece a cuajar, jamón de york y sabanitas de queso. Mejor dobles pisos para que el rulo tenga más consistencia. Hoy será de un sólo un piso. No tengo suficientes ingredientes. Cuajada la tortilla llega el "peor" momento; enrollar el preparado. Mejor con los dedos. Y me acuerdo de mi madre, "ningún bueno se quema, hijo mío". Seré malo porque me quemo. Me ayudo de espátulas. Más que un rulo me ha salido una tortilla gigante. Ha faltado una capa más de relleno. La elaboración no está para concurso, sólo para representar un recuerdo de chiribitas revoloteando en unos preciosos ojos.
miércoles, 2 de noviembre de 2016
00389 Un Olor Otoñal
UNA BOCANADA MÁS DE INFANCIA
En esta ocasión el ciclo vital se repite en forma de olor, de aroma, de imagen esperada e impregnada de suave y dulce sabor a infancia. Ha pasado un año desde que esta misma instancia, de blanco alicatado, renovara sus perfumes otoñales. Afuera, por el cielo han pasado nubes, tormentas y claros. Por la ventana abierta, el aire ya fresco ha traído los delicados olores de la vegetación reseca vestida para la ocasión certera. Es la huella de la naturaleza que afortunadamente no cesa, no descansa, no da tregua a los sentidos ávidos de esperanzas.
Llueve. Cae la tarde. Las gotas golpean contra las hojas de los árboles del parque mientras la húmeda tierra destapa los frascos de las esencias de los olores dormidos. Mis ojos se vuelven niños y mi corazón late al compás de los recuerdos que me trae el fruto férreo amarillo. Su olor me atrapa como el libro que sostengo entre mis manos. Un capítulo más. Una bocanada más de infancia.

El aroma que emana se instala, encuentra acomodo en cada recoveco de la estancia, en cada pulso de mi memoria que va lanzando fotogramas de un patio de recreo, de una alcoba, de sábanas perfumadas, de una alacena, de suaves caricias de piel aterciopelada.

Flota el fruto sobre el agua. Pronto acompañarán burbujas a quien fuera flor en una primavera anunciada. Pronto perderá su dureza en favor de una debilidad entregada. Pronto será suave y dulce masa elaborada.
El otoño ya está en casa desprendido de su rama.
En esta ocasión el ciclo vital se repite en forma de olor, de aroma, de imagen esperada e impregnada de suave y dulce sabor a infancia. Ha pasado un año desde que esta misma instancia, de blanco alicatado, renovara sus perfumes otoñales. Afuera, por el cielo han pasado nubes, tormentas y claros. Por la ventana abierta, el aire ya fresco ha traído los delicados olores de la vegetación reseca vestida para la ocasión certera. Es la huella de la naturaleza que afortunadamente no cesa, no descansa, no da tregua a los sentidos ávidos de esperanzas.
Llueve. Cae la tarde. Las gotas golpean contra las hojas de los árboles del parque mientras la húmeda tierra destapa los frascos de las esencias de los olores dormidos. Mis ojos se vuelven niños y mi corazón late al compás de los recuerdos que me trae el fruto férreo amarillo. Su olor me atrapa como el libro que sostengo entre mis manos. Un capítulo más. Una bocanada más de infancia.
El aroma que emana se instala, encuentra acomodo en cada recoveco de la estancia, en cada pulso de mi memoria que va lanzando fotogramas de un patio de recreo, de una alcoba, de sábanas perfumadas, de una alacena, de suaves caricias de piel aterciopelada.
Flota el fruto sobre el agua. Pronto acompañarán burbujas a quien fuera flor en una primavera anunciada. Pronto perderá su dureza en favor de una debilidad entregada. Pronto será suave y dulce masa elaborada.
El otoño ya está en casa desprendido de su rama.
lunes, 31 de octubre de 2016
00388 Un Golpe de Color
ADMIRACIÓN SIN PALABRA
No es pereza. No la alimento. Es ausencia de palabra que se ha ido sin decir nada. Me ha dejado atrincherado con apenas cuatro vocablos que no me atrevo a pronunciar por si hago daño. Se ha llevado el rico repertorio de admiraciones y asombros. Me siento desnudo, acomplejado, abatido. Me falta el recurso de la palabra.
Miro y no pronuncio. Siento y ni tan siquiera exclamo. Me estremezco y no sé cómo expresarlo.
Mis ojos se sienten angustiados por no poder pronunciar palabra. Me piden auxilio, no correspondo. No puedo amparar cuando la inutilidad se hospeda en mi alma.
La realidad es tozuda, me subrayo repetidas veces, aunque la disfrace con el ropaje de la palabra. Hoy sólo puedo ver y admirar un golpe de color en la espesura del monte a la espera de que regrese ella con su don a mi rescate.
La realidad es tozuda, me subrayo repetidas veces, aunque la disfrace con el ropaje de la palabra. Hoy sólo puedo ver y admirar un golpe de color en la espesura del monte a la espera de que regrese ella con su don a mi rescate.
domingo, 30 de octubre de 2016
00387 El Pan Pao
UN BAOZI EN EL L'USUELLA
Desconocía su existencia hasta que me acerqué hasta el Restaurante L'Usuella, de mi amigo Jorge Zanuy, en Salas Bajas, atraído por dos tapas que presentaba al concurso comarcal de tapas del Somontano. Jorge volvió a sorprender con su permanente búsqueda de contrastes, sabores y originalidad. De una parte, un delicioso "Tataki de vaca y masa madre"; de otra, un "Bocata de Kalamares" en Pan Pao. Dos sugerentes propuestas que no defraudaron a los sentidos.
Aunque el tataki estaba delicioso, lo dejaré aparcado para otro día y me centraré en el bocata por lo novedoso que para mí fue el soporte del bocadillo: un pan pao al vapor. Como he comentado con anterioridad, desconocía su existencia y me encantó la elaboración con la que Jorge me bautizó en su catadura: calamar rebozado en su propia tinta, yogur de oveja de Fonz, pepinillo agridulce, menta, cilantro, albahaca y siracha. Todo en su justa medida. Cuatro bocados, y en cada uno de ellos, los distintos sabores iban adquiriendo su especial protagonismo sin buscar disputa alguna con el resto. ¡Qué manera de disfrutar! Me hubiese comido media docena de estos exclusivos bocadillos que entraban al paladar casi de puntillas. Una generosa y perfecta combinación entre el suave dulzor y esponjosidad del continente, y la continua explosión de sabores del contenido, todo bajo la dirección de su hacedor Jorge.
Tanto me llamó la atención el Pan Pao que cuando llegué a casa, lo primero que hice fue saber algo sobre tan sorprendente alimento. El baozi o bao, bau o Min Pao, es un tipo de bollo de pan relleno y generalmente cocido al vapor, muy habitual de la cocina china. Puede estar relleno de carne picada o de verduras y en la cultura china puede ser servido con cualquier plato, formando muy a menudo parte del desayuno.
Leí que "el origen de este pan se remonta al período de los Tres Reinos en la historia china y que su creación se asocia al estratega militar Zhuge Lian quien, inmerso en una expedición al extremo sur de China, vio como sus soldados se estaban infestando por una peste. Para su salvación, debía sacrificar varias cabezas de su ejército. Zhuge Lian accedió al trato con astucia ordenando crear panes cocidos al vapor rellenos de carne de vacuno, simulando cabezas humanas y mostrándolos como las de sus soldados. La ofrenda de este sacrificio funcionó y su fábula derivó en un pan comestible propio de China".
También leí que en Sichuan se rellenan con carne picante y bañados en salsa, mientras que en Shangai suelen estar rellenos de espinacas y queso de soja. Es frecuente ver dos medidas de 3 y 10 centímetros de diámetro, siendo los pequeños destinados a restauración y los grandes vendidos en puestos callejeros.
El Pan Pao tiene la peculiaridad de que no se hornea tal y como estamos acostumbrados, sino que se cuece al vapor. Todo miga y sin corteza, su masa es muy simple. Se elabora con harina de repostería y con dos fermentaciones muy cortas; la primera en bloque y la segunda una vez que se han formado y rellenado. Debido a las fermentaciones tan cortas, el pan pao cede la mayor parte del protagonismo al relleno.
Observo en la red que hay muchas sugerencias para hacer este pan en casa. Un día de estos lo intentaré pero con otro relleno distinto al de Jorge Zanuy. Con un atrevimiento, el de hacer Pan Pao, será suficiente.
Desconocía su existencia hasta que me acerqué hasta el Restaurante L'Usuella, de mi amigo Jorge Zanuy, en Salas Bajas, atraído por dos tapas que presentaba al concurso comarcal de tapas del Somontano. Jorge volvió a sorprender con su permanente búsqueda de contrastes, sabores y originalidad. De una parte, un delicioso "Tataki de vaca y masa madre"; de otra, un "Bocata de Kalamares" en Pan Pao. Dos sugerentes propuestas que no defraudaron a los sentidos.
Aunque el tataki estaba delicioso, lo dejaré aparcado para otro día y me centraré en el bocata por lo novedoso que para mí fue el soporte del bocadillo: un pan pao al vapor. Como he comentado con anterioridad, desconocía su existencia y me encantó la elaboración con la que Jorge me bautizó en su catadura: calamar rebozado en su propia tinta, yogur de oveja de Fonz, pepinillo agridulce, menta, cilantro, albahaca y siracha. Todo en su justa medida. Cuatro bocados, y en cada uno de ellos, los distintos sabores iban adquiriendo su especial protagonismo sin buscar disputa alguna con el resto. ¡Qué manera de disfrutar! Me hubiese comido media docena de estos exclusivos bocadillos que entraban al paladar casi de puntillas. Una generosa y perfecta combinación entre el suave dulzor y esponjosidad del continente, y la continua explosión de sabores del contenido, todo bajo la dirección de su hacedor Jorge.
Tanto me llamó la atención el Pan Pao que cuando llegué a casa, lo primero que hice fue saber algo sobre tan sorprendente alimento. El baozi o bao, bau o Min Pao, es un tipo de bollo de pan relleno y generalmente cocido al vapor, muy habitual de la cocina china. Puede estar relleno de carne picada o de verduras y en la cultura china puede ser servido con cualquier plato, formando muy a menudo parte del desayuno.
Leí que "el origen de este pan se remonta al período de los Tres Reinos en la historia china y que su creación se asocia al estratega militar Zhuge Lian quien, inmerso en una expedición al extremo sur de China, vio como sus soldados se estaban infestando por una peste. Para su salvación, debía sacrificar varias cabezas de su ejército. Zhuge Lian accedió al trato con astucia ordenando crear panes cocidos al vapor rellenos de carne de vacuno, simulando cabezas humanas y mostrándolos como las de sus soldados. La ofrenda de este sacrificio funcionó y su fábula derivó en un pan comestible propio de China".También leí que en Sichuan se rellenan con carne picante y bañados en salsa, mientras que en Shangai suelen estar rellenos de espinacas y queso de soja. Es frecuente ver dos medidas de 3 y 10 centímetros de diámetro, siendo los pequeños destinados a restauración y los grandes vendidos en puestos callejeros.
El Pan Pao tiene la peculiaridad de que no se hornea tal y como estamos acostumbrados, sino que se cuece al vapor. Todo miga y sin corteza, su masa es muy simple. Se elabora con harina de repostería y con dos fermentaciones muy cortas; la primera en bloque y la segunda una vez que se han formado y rellenado. Debido a las fermentaciones tan cortas, el pan pao cede la mayor parte del protagonismo al relleno.Observo en la red que hay muchas sugerencias para hacer este pan en casa. Un día de estos lo intentaré pero con otro relleno distinto al de Jorge Zanuy. Con un atrevimiento, el de hacer Pan Pao, será suficiente.
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