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viernes, 30 de marzo de 2018

00651 Las Galletas María

CON MANTEQUILLA Y MERMELADA


En algún momento de este reto personal ya he dejado constancia de mi gusto por la mezcla de lo dulce y salado. He aquí otra muestra. Una buena galleta María, no creo recordar conocer una mala, mantequilla y una dulce mermelada, a ser posible de las elaboradas en casa, y ya tenemos organizado otro pequeño y mundano placer.

Este manjar, sí manjar, acontece en muchas de mis cenas, sobre todo cuando en el frigorífico me espera alguna mermelada hecha en casa. Habitual en esas noches en las que la gusa está despistada y un ronroneo recorre mi estómago. Diez galletas María para que hagan un total de cinco exquisitos bocados, finas láminas de mantequilla con sal y una generosa cucharada de mermelada, no importa su sabor, y a disfrutar. A pequeños mordiscos, sin prisa, recreando el crujir de la galleta y extremando el cuidado para que su contenido no se desparrame. No siempre lo consigo. Y en punto y seguido, la tentación. Aferrado al sillón para no reiterar la operación.

Siento curiosidad por conocer el origen de las galletas María. Según Alfred López, un afamado bloguero movido por las curiosidades, "corre una explicación que ha acabado convirtiéndose en leyenda urbana y que erróneamente asegura que estas peculiares y famosas galletas deben su nombre a que en la década de 1920 el galletero español Eugenio Fontaneda decidió llamarlas así en honor de su pequeña nieta". Pero López asegura que las humildes galletas fueron inventadas y bautizadas con este nombre medio siglo antes en el Reino Unido. Sería en Londres donde los maestros reposteros James Peek y George Hender Frean, propietarios de la prestigiosa "Peek, Frean & Co", decidieron crear una nueva y original galleta, diferente a los biscuits que hasta entonces producían y servían junto al tradicional té de las cinco. El motivo era conmemorar la boda Real que se celebraría el 23 de enero de 1874 entre el príncipe Alfrred, duque de Edimburgo y María Alexandrovna. Fue por este motivo por el que Peek y Frean quisieron homenajear a la nueva integrante de la familia real británica con ese presente al que bautizaron con el nombre de "Marie biscuit" en su honor.

jueves, 2 de marzo de 2017

00449 Los Churros

¡QUÉ GRAN INVENTO!


No es que me gusten, me enloquecen. Afortunadamente me sientan fatal y ya no acostumbro a comerlos mas que en contadas ocasiones.  Ahora bien, como los huela, sienta que están cerca o los vea... no dudo en ir a por ellos a riesgo de un posterior arrepentimiento.


Lejos quedan ya aquellos años de domingos de desayunos con churros de la churrería de nuestra recordada y adorable Felisa. De los buenos días con sonrisa, de las de antes, y pregunta cortés, ¿cuántos quieres, hijo mío? De aquellas improvisadas tardes caseras de chocolate con churros, también caseros. De las noches festivas de luces feriadas y de pausado paseo con papeleta de churros azucarados. Y aquel año en el que aventuré a unos amigos en un fin de semana de turismo rural, un buen desayuno con churros al despertar. Solo un problema, me dejé la churrera en casa. No podía decepcionar. Había que tomar churros. Hice la masa, misma cantidad de agua caliente que de harina, sal y un poco de aceite, vacié una botella de agua, la partí por su mitad y en el tapón horadé a penas y con penar una estrella de cuatro puntas. Llené la media botella con la masa y ayudado de un paño empujé con fuerza hasta ver salir camino de la sartén el ansiado churro estrellado. Sudé, sí, sudé, pero cumplí la promesa entre risas, loas y aplausos como premio a una tozudez innata.

¡Qué gran invento el churro! ¡Cuántos gratos momentos nos ha deparado! ¡Cuánto llanto de roro ha calmado! Por cierto, he sentido curiosidad por saber sobre su origen. No hay unanimidad. Hay quien dice que fue una idea de los pastores españoles al darse cuenta de que eran fáciles de hacer en una sartén sobre el fuego. Los llamaron churros por las ovejas churras de la Península Ibérica. Otros atribuyen su origen a los marineros portugueses al descubrir en China unos dulces similares.

Mientras esto buscaba he aprendido que hay churros rectos o chiribiquis y churros en lazo. Que su forma estrellada es necesaria porque, al sumergir la masa en aceite, crece mucho con el calor y el aceite sella la superficie exterior. Si no tuviera esta forma, estallaría al expandirse la masa interior con el calor. O que en Sevilla y Huelva se los llama "calentitos", en Jaén "tallos", en Cádiz y Málaga "tejeringos" y en Córdoba "jeringos".

No sé qué me da, que este domingo igual caen unos churros con riesgo a un posterior arrepentimiento.