EN SARTÉN
Estas pasadas navidades, entre pitos y flautas, se nos pasó
hacer turrón de guirlache, siguiendo la tradición de mi suegro. Eso sí,
compramos las almendras, pero cuando nos quisimos dar cuenta, llegaron los
Reyes Magos.
Hace escasos días, Gloria propuso elaborar el descuidado
turrón, ya que teníamos las almendras. A lo que me negué. No me seduce para
nada tomar turrón en marzo, igual que no me apetece ingerir un cocido navideño
en el mes de agosto por muy delicioso que sea este plato de cuchara.
Intuyendo, por mi experiencia, lo que les sucedería a las
almendras si no les dábamos una urgente salida, formulé que las podíamos hacer
fritas. Me acordé que tengo un amigo que siempre que tomo una caña con él, la
pide acompañada de unas almendras fritas. Es auténtica devoción lo que tiene
por este popular, pequeño y nutritivo alimento. También recordé la sencilla
forma de tostarlas, no en el horno, sino en la sartén, que en su día me ilustró
mi cocinero de referencia local Antonio Arazo.
Una vez que el agua comenzó a sacar burbujas, añadí las
almendras y las dejé un minuto hirviendo, removiéndolas continuamente con una
espátula. Transcurrido este tiempo, las saqué del cazo, escurrí, les quité la
piel y dejé secar durante un par de horas.
En una sartén un poco grande, cubrí la base de aceite de
oliva y calenté a fuego medio. Incorporé
las almendras en una única capa y dejé que se fueran tostando lentamente,
removiéndolas de vez en cuando para evitar que se quemaran. Cuando comenzaron a
adquirir un tono dorado, las retiré de la sartén y las coloqué sobre papel
absorbente para eliminar el exceso de aceite. Espolvoreé sal gorda sobre las
almendras todavía calientes y mezclé para distribuir la sal de manera uniforme.
Dejé enfriar y estuvieron listas para consumir.
La almendra era de calidad y resultaron estar excepcionales. Llamé a mi amigo para que viniera a casa a tomar una cerveza con mis adorables almendras, pero me comunicó que se encontraba en Málaga pasando unos días. Le dije que le guardaría un buen puñado para cuando regresara del viaje. Esa fue mi intención, pero lo cierto que en dos días agotamos existencias. La caña en casa con mi amigo sigue en pie. Solo que las almendras no serán caseras sino de compra. Y ya que lo siento.
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