jueves, 20 de marzo de 2025

01626 Las Almendras Tostadas

 EN SARTÉN


Estas pasadas navidades, entre pitos y flautas, se nos pasó hacer turrón de guirlache, siguiendo la tradición de mi suegro. Eso sí, compramos las almendras, pero cuando nos quisimos dar cuenta, llegaron los Reyes Magos.

Hace escasos días, Gloria propuso elaborar el descuidado turrón, ya que teníamos las almendras. A lo que me negué. No me seduce para nada tomar turrón en marzo, igual que no me apetece ingerir un cocido navideño en el mes de agosto por muy delicioso que sea este plato de cuchara.

Intuyendo, por mi experiencia, lo que les sucedería a las almendras si no les dábamos una urgente salida, formulé que las podíamos hacer fritas. Me acordé que tengo un amigo que siempre que tomo una caña con él, la pide acompañada de unas almendras fritas. Es auténtica devoción lo que tiene por este popular, pequeño y nutritivo alimento. También recordé la sencilla forma de tostarlas, no en el horno, sino en la sartén, que en su día me ilustró mi cocinero de referencia local Antonio Arazo.

Las almendras iban con su piel. Así, que comencé por “desnudarlas”. Para ello, puse un cazo con agua a hervir. Mientras esperaba a que el agua rompiera a hervir, me vinieron a la memoria algunos datos que mi amigo me trasladó en algún momento acerca de las almendras. Por ejemplo, que es el fruto seco más consumido a nivel mundial y que solo en España se llegan a consumir 12 millones de kilos al año. También que este fruto aporta numerosos beneficios para la salud por su alto contenido en vitamina E, que actúa como un antioxidante natural, además de ser una fuente de proteínas, fibra y grasas saludables.

Una vez que el agua comenzó a sacar burbujas, añadí las almendras y las dejé un minuto hirviendo, removiéndolas continuamente con una espátula. Transcurrido este tiempo, las saqué del cazo, escurrí, les quité la piel y dejé secar durante un par de horas.

En una sartén un poco grande, cubrí la base de aceite de oliva y calenté a fuego medio.  Incorporé las almendras en una única capa y dejé que se fueran tostando lentamente, removiéndolas de vez en cuando para evitar que se quemaran. Cuando comenzaron a adquirir un tono dorado, las retiré de la sartén y las coloqué sobre papel absorbente para eliminar el exceso de aceite. Espolvoreé sal gorda sobre las almendras todavía calientes y mezclé para distribuir la sal de manera uniforme. Dejé enfriar y estuvieron listas para consumir.

La almendra era de calidad y resultaron estar excepcionales. Llamé a mi amigo para que viniera a casa a tomar una cerveza con mis adorables almendras, pero me comunicó que se encontraba en Málaga pasando unos días. Le dije que le guardaría un buen puñado para cuando regresara del viaje. Esa fue mi intención, pero lo cierto que en dos días agotamos existencias. La caña en casa con mi amigo sigue en pie. Solo que las almendras no serán caseras sino de compra. Y ya que lo siento. 











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