¡QUÉ COSAS!
A mi madre le encantaba el hígado de bacalao. A mí no me
hacía mucha gracia, pero me lo comía igualmente, aunque fuera a regañadientes.
Se lo tomaba untado en pan tostado. Yo acostumbraba a tomarme los restos de la
lata y bien empapados de su aceite. No le hacía ascos, pero tampoco daba un
paso por él. Si había que comerlo, se comía, y punto.
Me casé y, adivina, adivinanza ¿a quién le fascina el hígado
de bacalao? A mi esposa. ¡Qué cosas! Tengo que reconocer que a fuerza de
consumirlo y de encontrarle su aquel, hace tiempo que soy fan de él y, sobre todo,
desde que descubrí el hígado de bacalao ahumado. Es otra historia. Me parece fascinante
y máxime, cuando va acompañado de algún encurtido.
El hígado de bacalao es una de las partes más nutritivamente
densas del pez. Fue precisamente de este hígado de donde se extrajo el famoso
aceite de hígado de bacalao y que tantas generaciones tomamos a cucharadas como
suplemento nutricional. Yo creo que de aquí vino mi inicial antipatía hacia
este bocado. Han pasado muchos años y el recuerdo de este aceite se ha desvanecido
casi por completo. Creo recordar que su olor no era muy atractivo y que su sabor
era algo amargo. Ya pasó. Eran otros tiempos.
Ahora, llamados por su proteína, lo tomamos por lo menos una
vez a la semana a modo de aperitivo. Se trata de una de las fuentes
alimentarias más ricas en vitamina D3; fundamental para la absorción de calcio,
la función muscular y el sistema inmune.
Habitualmente lo consumimos untado en pan tostado o en tostilets, tal y
como sale de la lata. Cuando queremos darle un plus, le incorporamos a la
tostada algún encurtido; piparras troceadas, una picada de pepinillos o unas
alcaparras en vinagre con unas gotas de limón para completar la faena.
Si mi madre levantara la cabeza, seguro que algún “tozolón”
me llevaría. Anda que no le hice rabiar con el hígado de bacalao.














