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domingo, 6 de mayo de 2018

00678 Las Crepes

RICO ENTRETENIMIENTO



Esta sugerencia gastronómica de reconocida procedencia francesa llega a este blog de la mano del entretenimiento y de los días en familia. De tardes de apetencia, manos a la obra y mezcla de sabores. De tiempos muertos para el aprendizaje que mañana será recuerdo.

Aunque en casa la balanza se inclina por el crepe tradicional de chocolate y nata, mi gusto se inclina más por la compañía de lo salao; queso, champiñones con bechamel, jamón, bacon... y si es en dulce, rellenos de lemon curd.

Es de esas elaboraciones de disfrute de principio a fin; desde que empiezas a elaborar la crepe hasta que consumes el último bocado. Y en el mientras tanto, risas y más risas. Aprendí a hacerlas gracias a la receta que me facilitó mi hermana Gemma y que traslado a continuación: 2 huevos, 50 gramos de mantequilla, 125 gramos de harina, 1/4 de litro de leche y una pizca de sal y otra de azúcar. Derretir la mantequilla y mezclar con el resto de ingredientes para triturarlo todo. En una sartén antiadherente untamos una nuez de mantequilla y vertimos un poco de la masa, el contenido de un cazo pequeño. Esparcimos bien por toda la sartén y cuando empieza a cuajar le damos la vuelta. Repetimos la operación hasta terminar toda la masa. Ya solo nos quedará rellenar la crepe al gusto.

Las crepes tienen su origen en la zona francesa de Bretaña en la Baja Edad Media. Receta de agricultores que esparcían una masa de harina, huevos, leche o agua sobre piedras sacadas del fuego, fabricando así una torta que luego rellenaban con ingredientes básicos.



domingo, 19 de noviembre de 2017

00585 Olorón

SAINTE MARIE

De vez en cuando me gusta escaparme a la vecina Francia a pasar el día. Cambiar de paisaje y entorno siempre resulta gratificante y saludable. Conocer, aprender, descubrir, admirar o asombrar de otros usos, costumbres y modos de vivir el día a día, me distrae y hace que mis sentidos no se anquilosen ni se vuelvan perezosos. En una de estas escapadas, con el reclamo de la fábrica de chocolates Lindt, conocí la ciudad de Olorón. Me pareció a los ojos una ciudad preciosa, de postal.


Se ubica a la entrada de los valles bearneses de Aspe y Ossau, con una población en torno a los 11.000 habitantes. La villa se configura en torno a tres barrios, quartiers, perfectamente diferenciados por los dos cursos fluviales que atraviesan la urbe para conferirle un especial atractivo de reflejos, vegetación y edificios que parecen emerger del agua o suspenderse sobre ella. Los viejos caserones de la villa medieval, sus puentes, el colorido engalanado de las cientos y cientos de flores y plantas que salen al paso, amenizan el caminar limpio y cuidado.

Esta ciudad hermanada con la de Jaca, no me resulta un lugar más. Tiene algo que sugiere e invita sentirla. Cada barrio, el de Sainte-Marie, el de Sainte-Croix y el de Notre-Dame, tiene su peculiar historia, su propia personalidad. La iglesia de Sainte-Croix, de aspecto tosco y sobrio, construida a finales del siglo XI en el emplazamiento de edificios más antiguos. La Catedral de Sainte-Marie, declarada por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad en el año 1999. Seo que todavía conserva su pórtico románico del siglo XII a pesar de sufrir los desastres de un incendio, lo que obligó a su reconstrucción parcial y restauración en estilo gótico. Las casas de entramados, la del Senescal, el Ayuntamiento y su cárcel donde el rey Luis XI pasó una temporada. El Parque Pommé, con más de tres hectáreas de atractivo verdor y centenarios árboles. El Paseo Bellevue, un camino que bordea las murallas de la ciudad... Son meros apuntes subrayados en la guía para intentar conocer una ciudad tranquila y amable y en la que en cada visita hago acopio de imágenes al compás de las revoltosas aguas que la transitan.













domingo, 24 de septiembre de 2017

00532 El Castillo de Pau

DE CASTILLO A MUSEO


La localidad francesa de Pau es una de las ciudades que he incorporado a las extraordinarias escapadas familiares. Algún día la pasearé también por aquí. Son muchas las cosas que me atraen de esta tranquila ciudad medieval. Hoy he elegido su castillo; una fortaleza palacio erigida en el centro de la urbe, mirando a los Pirineos sobre un espolón rocoso que domina el río Gave. Un monumento emblemático de Pau cuya evolución ha estado estrechamente ligada al de la ciudad.

 Se trata de un castillo feudal que se fue convirtiendo a lo largo de los siglos en palacio real, imperial y  nacional hasta convertirse en la actualidad en un museo. Con más de mil años de historia, desde la Edad Media hasta el siglo XIX, los siglos han dejado sus huellas en muros y decoraciones. Leo que  la primera mención del castillo "se remonta al siglo XII, pero es probable que fuera edificada ya en el siglo X. Este edificio estaba sin duda rodeado por una empalizada de madera, en bearnés un "pau", término que hubiera dado su nombre a la ciudad". Las estacas simbolizan la fidelidad y la rectitud. En el siglo XII, Gastón IV de Bearne construye tres torres a esta fortaleza llamadas Mazères, Billiêre y Montaseur, en referencia a los pueblos a las que estaban orientadas.


En el siglo XIV el castillo sufre una gran transformación por mandato de Gastón III, conde de Foix y vizconde de Bearne. "Este personaje fuera de lo común pasó a la posteridad como "Gastón Febus", apodo que el mismo había elegido, en referencia a su cabello rubio. Gran noble fastuoso, aficionado a la caza, la música y los libros, hábil administrador y astuto político, fue también uno de los principales protagonistas de una época terrible, la Guerra de los Cien Años". Febus manda construir aquí una torre del homenaje de ladrillo, de treinta y tres metros de altura, grabando la inscripción "Febus me fe", Phebus me hizo en bearnés. "El castillo de Pau, en el que no obstante Febus reside poco, se transforma bajo su reino en una ciudadela inexpugnable".

Las mayores transformaciones se realizaron bajo el reino de Gastón IVde Foix-Bearne. Se coronaron las torres con altos tejados de pizarra, realzaron el edificio sur de una planta y se abrieron numerosas ventanas con parteluces de piedra coronadas por tragaluces simples que todavía hoy se pueden observar en el edificio norte. "Por su matrimonio con Leonor de Navarra, Gastón IV permite a los condes de Foix llevar la corona real; su nieto Francisco Febus será rey de Navarra en 1480. Además, fomenta que Pau sea capital del Bearne y en 1512, cuando Catalina de Navarra y su esposo Juan de Albret fueron expulsados de Pamplona y se replegaron en sus territorios franceses, encontraron naturalmente refugio aquí". Convertido en Palacio Real, el castillo de Pau pierde su vocación defensiva y se abre a las innovaciones arquitectónicas de la época". Sería bajo el reino de Enrique II de Albret y de su esposa, Margarita de Angoulême, hermana del rey de Francia, Francisco I, cuando se acelerarían las transformaciones: cocinas, escalera, patio de honor con medallones esculpidos, balcón de ala sur para disfrutar de la vista de los Pirineos...  Marcaron el lugar de sus iniciales, presentes sobre las paredes y los techos, y que se veló a conservar en el curso de las restauraciones. "El Palacio Real modernizado, será mejorado con extraordinarios jardines, bajo el reino de Juana de Albret y de Antonio de Borbón. Fue en esta fastuosa residencia que nació su hijo, el futuro Enrique IV, el 13 de diciembre de 1553". "Enrique IV de Francia se tomó la molestia de nacer allí, y la historia hizo el resto. La fama de este rey, mecido de niño en un caparazón de tortuga conservado por los bearneses a través de las vicisitudes de las revoluciones, dio al castillo, que no lo vio ni crecer ni morir, un gusto particular, y el buen derecho a reclamarles los honores debidos a los que dan a luz a los hombres notables".

En octubre de 1620 el castillo es escenario de un acontecimiento esencial en la historia del Bearne: la llegada a Pau del rey Luis XIII que hace registrar un edicto que fija la integración del Bearne y de Navarra al reino de Francia y ordena llevar a París parte del mobiliario de gala y de la colección de pinturas que todavía se encontraba allí. Desde que  se fue Enrique IV, se asignó la custodia del castillo a gobernadores.

"El castillo de Pau se preserva de la demolición bajo la Revolución Francesa "como un homenaje rendido por la Nación a la memoria de Enrique IV. No obstante, fue asignado al alojamiento de las tropas a partir de 1792, e incluso momentáneamente se le da otro nombre "Los Cuarteles". Por falta de matenimiento, se encuentra en un estado lamentable, cuando Napoleón I llega a Pau el 22 de julio de 1808, con la emperatriz Josefina. El emperador no llevará a cabo sus proyectos de restauración del monumento, ni tampoco los Borbones al volver al trono de Francia en 1815".

Luis Felipe I, rey de los franceses, decide emprender la completa restauración del palacio. A partir de 1838, todos los gremios profesionales se activan durante diez años, para devolver el lustre al viejo castillo de Enrique IV. Luis Felipe, exiliado a Inglaterra, jamás pudo permanecer en este lugar, en el que recibió la visita de Napoleón III. A él se debe el pórtico estilo Renacimiento por el cual se entra y que lleva las iniciales de la pareja real de Navarra, el inicio del castillo moderno.

"Tras la caída del Segundo Imperio en 1870, el castillo de Pau sigue manteniendo durante unos años su vocación de residencia de prestigio, pasando a ser un palacio nacional para el uso de los presidentes de la nueva república".

Actualmente es un Museo Nacional que protege las obras vendidas y difundidas desde la época de Enrique IV y sobre todo en el momento de la restauración operada por Luis Felipe.






lunes, 16 de enero de 2017

00415 El Croque-Monsieur

CRUJIENTE EMPAREDADO


Es mi sándwich preferido de fiesta y homenaje. Aún gustándome a rabiar, lo tomo de ciento a viento, para mí estómago es una bomba, y esto hace que, llegado el caso, me recree en su degustación. Empiezo por dar cuenta de las cuatro esquinas del emparedado para,  paso a paso, llegar hasta el centro donde se concentra todo el cremoso sabor del afrancesado y untuoso sándwich. Este último bocado se convierte en una auténtica delicia.

Llevado por la curiosidad, me he interesado por conocer su origen, pero nada se dice de su primer hacedor ni de las musas que inspiraron esta afamado y crujiente emparedado. Lo más que he llegado a leer al respecto es que "el croque-monsieur apareció por primera vez en la carta de un café parisino en el año 1910, si bien se desconoce el origen de la palabra". Marcel Proust en su obra "À l'ombre des jeunes filles en fleurs", publicada en 1919, lo menciona por primera vez: "ahora bien, al salir del concierto, como, al reanudar el camino que va hacia el hotel, nos habíamos detenido un momento sobre el muelle, mi abuela y yo, para intercambiar algunas palabras con la Sra. de Villeparisis que nos anunciaba que había solicitado para nosotros en el hotel unos 'croque-monsieur' con huevos a la crema..."

Hay muchas variantes para su elaboración. La que traslado a continuación es la que más me gusta y menos complicaciones tiene dentro de su sencillez. En primer lugar, prepararemos una salsa bechamel que dejaremos enfriar una vez elaborada. Hazla según tengas costumbre. A continuación, tomaremos dos rebanadas de pan de molde que sean un poco consistentes, capaces de soportar todos los ingredientes que iremos añadiendo. Untamos con generosidad una de las rebanadas de pan y añadimos una loncha de jamón cocido y otra de queso Emmental. Untamos la otra rebanada de pan de molde y la colocamos sobre el queso, de tal manera que la bechamel quede en contacto con él. Una vez montado el sándwich vertemos sobre él, de manera generosa, más bechamel y finalizamos espolvoreando una buena cantidad de queso para gratinar. Sólo nos quedará ya introducir el emparedado en el horno, precalentado a 200 grados centígrados, por espacio de unos 10 minutos. Transcurrido este tiempo, dejaremos el sándwich 5 minutos más en la función de gratinado para que se tueste ligeramente la parte superior. Los tiempos mencionados dependerán del tipo de horno. La clave está en conseguir un sándwich cremoso y que se funda el queso.