Antes de que te ausentes en armoniosa retirada, antes de que la noche engendre una nueva mañana, antes de que tu suspiro regrese al agua, déjame volver la vista atrás y ver la senda que nunca se ha de volver a pisar, golpe a golpe, verso a verso.
martes, 6 de octubre de 2015
00137 Las Estelas
CAMINANTE NO HAY CAMINO...
...sino estelas en la mar.
Borbotones de espumas incontroladas a los pensamientos llegan. Entre mil acertijos sin respuesta labran el mar, la mar, en efímera siembra. Sólo la animada fiesta en el agua sabe de sus decires. Lo demás, es mera quimera. Siempre hacia adelante para diseñar otros contrastes, otros cantares, para alardear de una imagen incontrolable.
Son el labio de una caricia, un malgastado beso por lo fugaz de su recuerdo. Apenas diez segundos, unos cuantos latidos, dos o tres guiños a un adiós que no espera. El cielo sonríe a la estela antes de que se olvide entre el lecho de sales.
Hechizo cercado de aguas a la brisa aclamas y entre tímidas olas tu paz alcanzas. Esa paz de abismal urgencia, de indiscutible deseo. Antes alfombra, ahora ya nada. Mañana el recuerdo de una imagen impregnada.
Antes de que te ausentes en armoniosa retirada, antes de que la noche engendre una nueva mañana, antes de que tu suspiro regrese al agua, déjame volver la vista atrás y ver la senda que nunca se ha de volver a pisar, golpe a golpe, verso a verso.
Antes de que te ausentes en armoniosa retirada, antes de que la noche engendre una nueva mañana, antes de que tu suspiro regrese al agua, déjame volver la vista atrás y ver la senda que nunca se ha de volver a pisar, golpe a golpe, verso a verso.
lunes, 5 de octubre de 2015
00136 Las Farolas
CURIOSA AFICIÓN
Muchas veces me he preguntado el por qué de mi afición a las farolas. Creo que no hay ciudad o pequeña localidad por la que he pasado de la que no me haya traído en imagen un farol. Me resultan elementos atractivos que habitualmente ofrecen una estética plácida y sugerente. Solitarias, con personalidad propia, divisando desde una privilegiada posición plazas y calles. De esbelta figura, curiosean el día para alumbrar la noche.



Mis preferidas son las que ornamentan e iluminan los cascos antiguos de las localidades. Mejor esquinadas con el cielo de fondo. A ser posible de forja y sin excesiva filigrana. Los cables eléctricos que escasamente se vean, apenas un hilo. Si son farolas con pie, que no adquieran excesivo protagonismo, que se sumen al entorno, que no parezca que el entorno sea la excusa para la farola.
El exceso de ellas, que los hay en algunos lugares, abruma y desmerece. La cicatería tampoco es conveniente. Siempre la justa medida. Allí se encuentra la virtud de las cosas.
domingo, 4 de octubre de 2015
00135 Los Mercados Municipales de Abastos
UN RECREO PARA LOS SENTIDOS

Cuando visito una ciudad, además de interesarme por su patrimonio, cultura, tradiciones y gastronomía, requieren también mi atención sus mercados municipales de abastos. En muy pocas guías turísticas los incluyen y no suele haber mucha información al respecto. Debería tenerse en cuenta.

Un mercado no es sólo mostrar y vender. Transmite mucha información. Te dice cómo es la gente a través de las expresiones y gestos. La forma de cómo los vendedores y vendedoras reclaman tu atención, según la zona geográfica donde se ubique. Los nombres con los que se conocen los productos, sobre todo en materia de pescados. Los usos y costumbres gastronómicas...
Me gusta el bullicio que se crea, el cruce de voces, las cómplices miradas, las comparativas en calidades y precios. Mar, tierra, granja, huerta, encurtidos, salazones, panes, menuceles, flores, hierbas entre pasillo y pasillo, entre idas y venidas. El color lo inunda todo. Verdes, rojos, sanguinos, ocres, grises perlas, anaranjados, blancos, morados... Curiosas y sugerentes tonalidades invaden las retinas, lo acaparan todo.


No hay lugar en el mundo donde mejor subir la autoestima: "Guapo rubio, mira qué piezas tengo", "Morenaza, esta dorada lleva tu nombre", "Caballero, mire qué maseras. Les ato las pinzas porque aplauden a todo el que pasa"... y la sonrisa se dibuja en primera persona.
Todo es un espectáculo en sí mismo. Un espectáculo repleto de matices, contrastes y olores. Los mismos que conocí siendo niño en el Mercado barcelonés de Gracia donde solía ir a comprar mi hermana María Engracia. Lo recuerdo como una pequeña fiesta. Era todo tan distinto para mí, tan improvisado. Cada estación del calendario tenía su propio recorrido entre los puestos, su placentera y atractiva exclusividad. Todo un mundo para complacer apetencias y sabores no siempre al alcance de la mano. Será también que me gustan los mercados porque me recuerdan a esa infancia en la que hubo muchos implicados para hacerme un niño feliz.
Cuando visito una ciudad, además de interesarme por su patrimonio, cultura, tradiciones y gastronomía, requieren también mi atención sus mercados municipales de abastos. En muy pocas guías turísticas los incluyen y no suele haber mucha información al respecto. Debería tenerse en cuenta.
Todo es un espectáculo en sí mismo. Un espectáculo repleto de matices, contrastes y olores. Los mismos que conocí siendo niño en el Mercado barcelonés de Gracia donde solía ir a comprar mi hermana María Engracia. Lo recuerdo como una pequeña fiesta. Era todo tan distinto para mí, tan improvisado. Cada estación del calendario tenía su propio recorrido entre los puestos, su placentera y atractiva exclusividad. Todo un mundo para complacer apetencias y sabores no siempre al alcance de la mano. Será también que me gustan los mercados porque me recuerdan a esa infancia en la que hubo muchos implicados para hacerme un niño feliz.
sábado, 3 de octubre de 2015
00134 La Trompetilla Amarilla
LA ANGULA DE MONTE

Me dicen que ya se empieza a coger alguna seta. Me lo cuenta gente avezada en la recolección de hongos, lo que significa que si voy yo a buscar, no encontraré ni una para muestra. Sé lo que me digo. La experiencia es tozuda.
Septiembre agota sus días regalándonos apacibles jornadas. El fin de semana se aproxima. Hay que sacarle algún provecho. ¿Una salida al monte a por setas? Mejor una salida al campo con comida incluida y de paso, echamos una visual por si suena la flauta. Será lo más provechoso.
El monte está espectacular. Se presenta uniformado de verde. Elegido el lugar donde comer, cesta en mano y llenos de optimismo, nos disponemos a llenarla aunque sea de buenos propósitos. Lo que imaginaba. Ni un triste ejemplar. El terreno está demasiado seco, pronuncio, como si entendiera.

Seguimos ascendiendo y la cosa sigue sin prometer. Habrá que echar mano del plan b; acudir al lugar donde fuimos el año pasado y casi llenamos la cesta de Cantharellus lutescens o "trompetilla amarilla".
Allí están. Aunque alguien se nos ha adelantado a tenor de cómo está el terreno, diminutos alfileres amarillos y anaranjados asoman entre rastrojos. No los cojáis. Dejad que crezcan. Seguid buscando en las partes húmedas del pinar, debajo de los mantillos de musgo. Aquí, aquí. Mira, mira. Con delicadeza y paciencia que son muy frágiles.

Han pasado más de dos horas desde que hincáramos las rodillas en el suelo. La animada conversación y el continuo asombro ante los hallazgos hacen que perdamos la noción del tiempo. La cesta está mediada. Es suficiente. El hambre o la desgana se abren paso.
Semana de la trompetilla amarilla en casa. Para una primera toma de contacto, fritas con ajo y cayena. Al día siguiente, con cintas de pasta fresca. En revuelto de tortilla para unos o acompañadas con un huevo a la plancha para otros. Y como colofón, la puesta en escena de una improvisación: borrajas con revuelto de trompetilla amarilla. De sencilla elaboración. Hervir la borraja como se tenga por costumbre. Freír las trompetillas con ajo y cayena y añadir huevos batidos para hacer un revuelto. Escurrir bien las borrajas, servir en el plato y coronarlas con el revuelto. Resultó ser una buena combinación.
Me dicen que ya se empieza a coger alguna seta. Me lo cuenta gente avezada en la recolección de hongos, lo que significa que si voy yo a buscar, no encontraré ni una para muestra. Sé lo que me digo. La experiencia es tozuda.
El monte está espectacular. Se presenta uniformado de verde. Elegido el lugar donde comer, cesta en mano y llenos de optimismo, nos disponemos a llenarla aunque sea de buenos propósitos. Lo que imaginaba. Ni un triste ejemplar. El terreno está demasiado seco, pronuncio, como si entendiera.
Semana de la trompetilla amarilla en casa. Para una primera toma de contacto, fritas con ajo y cayena. Al día siguiente, con cintas de pasta fresca. En revuelto de tortilla para unos o acompañadas con un huevo a la plancha para otros. Y como colofón, la puesta en escena de una improvisación: borrajas con revuelto de trompetilla amarilla. De sencilla elaboración. Hervir la borraja como se tenga por costumbre. Freír las trompetillas con ajo y cayena y añadir huevos batidos para hacer un revuelto. Escurrir bien las borrajas, servir en el plato y coronarlas con el revuelto. Resultó ser una buena combinación.
viernes, 2 de octubre de 2015
00133 La Comida Campestre
PÍCNIC
Cada día estoy más convencido de que hay que recuperar algunos de los viejos usos de los que tan buenos recuerdos guardamos. No es cuestión de enfrentar al ayer con el hoy, bastante tenemos con las confrontaciones del día a día, sino de materializar descartes y quedarnos con lo gratificante de sendos tiempos.

Una de esas amables costumbres es la comida campestre o pícnic, que se ha convertido en los últimos meses en una manera diferente y económica de disfrutar comiendo fuera de casa en familia o con amigos. Cualquier paraje es idóneo para "plantar" el mantel y salir de la rutina. Cambiar el azulejo doméstico y el sube y baja del ascensor por otros sonidos, otras luces, otros vientos y otros colores.
En el suelo, al lado del río o una fuente, debajo de un árbol al cobijo de su sombra. Este puede ser un buen lugar. Extendemos el mantel. Platos, cubiertos y vaso. Ensaladilla rusa, tortilla de patata, filetes de lomo o pechugas empanadas, embutidos, sándwiches, empanada, empanadillas, queso, croquetas, ensalada al gusto, huevos duros, alguna pieza de fruta y pan, pan que no falte. Bebida fresca, alguna cerveza y algo de vino. A elegir.
Alguien dice que todo sabe distinto. Tampoco lo voy a discutir. No me gusta polemizar. Mientras bebo un sorbo de vino pienso que no es que todo sepa distinto, sino que todo es distinto. En este instante no hay prisas, no hay tiempos. Nuestra actitud y semblante es también bien distinto al cotidiano. No hay paredes que encierren. Todo discurre a tu alrededor sin que se note. Estamos por complacer, sin noticias que se te hacen bola en la boca. Estamos de pícnic. "La ensaladilla te ha salido como nunca...
Alguien dice que todo sabe distinto. Tampoco lo voy a discutir. No me gusta polemizar. Mientras bebo un sorbo de vino pienso que no es que todo sepa distinto, sino que todo es distinto. En este instante no hay prisas, no hay tiempos. Nuestra actitud y semblante es también bien distinto al cotidiano. No hay paredes que encierren. Todo discurre a tu alrededor sin que se note. Estamos por complacer, sin noticias que se te hacen bola en la boca. Estamos de pícnic. "La ensaladilla te ha salido como nunca...
jueves, 1 de octubre de 2015
00132 Improvisar
ANTÍDOTO DE LA RUTINA

Siempre he sentido la necesidad de improvisar en un intento de huir de la rutina. Si bien es cierto, que no siempre la improvisación ha sido buena consejera. No es momento de hacer un balance del resultado de mis continuas improvisaciones. Lo dejaremos al cincuenta por ciento.

Sí, me gusta improvisar. Cuando dirijo mis pasos a mis lugares comunes, intento ir variando el lógico itinerario de cercanía. Un cambio de calle o de acera es suficiente. Encuentras a otras gentes, algo parece distinto y a la postre despistas a la pertinaz rutina.
Improvisar una salida al campo. No son necesarios muchos preparativos. Un bocadillo, la cámara fotográfica y los ojos de contemplar y admirar. Improvisar una excursión, palabras sin meditar, un café antes de cenar, un regalo porque sí, una visita inesperada.

La improvisación entiende de sorpresas, es el comodín guardado en la manga de la chaqueta de diario. Será que me gusta porque la he necesitado en multitud de ocasiones. No puedo dejar de acordarme de mis años dedicado a la radio en los que hubo mucho que improvisar; la tardanza o ausencia del entrevistado, la llamada que no entraba en antena, la carencia de medios, el corte de voz fallido, la mente en blanco, la pérdida del hilo conductor, la grabación no grabada...


Me gusta improvisar un te quiero en el ascensor, una sonrisa en el llanto, un gesto de cercanía, un beso de buenos días. Improvisar en olvidos innecesarios. En situaciones grotescas, difíciles de digerir o en simples y sencillos momentos. Ante la adversidad y lo imprevisto. Ante el fiasco y la decepción. También aquí es necesario improvisar.
Improvisar es crear algo hermoso de la nada, interpretar el lenguaje de los silencios, escapar de los dictados propios y ajenos. Improvisar una cena, una caricia en la espalda, un dibujo en la arena, una canción casi olvidada, una ligera carrera para poner a prueba tus piernas, una tarta para un cumpleaños.
La improvisación es como una puesta de sol, nunca sabes como resultará, cómo serán sus matices, qué nuevas emociones traerán. Improvisar esperanzas, caminos nuevos en viejas tablas, un guiño al horizonte, deseos con la intención de que se cumplan, un fuerte apretón de manos, imágenes para el recuerdo.
Sí, me gusta improvisar. Necesito improvisar. Me siento cómodo en la improvisación aunque en ocasiones me exceda.
Siempre he sentido la necesidad de improvisar en un intento de huir de la rutina. Si bien es cierto, que no siempre la improvisación ha sido buena consejera. No es momento de hacer un balance del resultado de mis continuas improvisaciones. Lo dejaremos al cincuenta por ciento.
Sí, me gusta improvisar. Cuando dirijo mis pasos a mis lugares comunes, intento ir variando el lógico itinerario de cercanía. Un cambio de calle o de acera es suficiente. Encuentras a otras gentes, algo parece distinto y a la postre despistas a la pertinaz rutina.
La improvisación es como una puesta de sol, nunca sabes como resultará, cómo serán sus matices, qué nuevas emociones traerán. Improvisar esperanzas, caminos nuevos en viejas tablas, un guiño al horizonte, deseos con la intención de que se cumplan, un fuerte apretón de manos, imágenes para el recuerdo.
Sí, me gusta improvisar. Necesito improvisar. Me siento cómodo en la improvisación aunque en ocasiones me exceda.
00131 Las Sardinas a la Brasa
CON OLOR INCLUIDO
Las sardinas me gustan de cualquiera de las maneras que se puedan presentar en la mesa, pero si tuviera que hacer un ranking, éste estaría encabezado por las cocinadas a la brasa. Me consta que a mucha gente, gustándole el pez, lo rechaza, precisamente, por su olor. Un aroma que en mí produce todo lo contrario y ejerce de inequívoco reclamo. Cuántas veces sin tenerlo previsto ni planeado, el olor a sardina ha variado mi rumbo para conducirme hasta el lecho de una parrilla en la que chispeaban hermosos ejemplares de tan característico pescado.
Si son grandes, con cuchillo y tenedor; si pequeñas, me apeo de las buenas maneras para comerlas con los dedos. Luego ya me lavaré. Acompañadas preferentemente de una buena jarra de cerveza y un poco de pan. Para qué pedir más. Comerlas sin prisa, degustando cada bocado mientras aspiras su olor. Disfrutarlas como se hace con las cosas a las que se accede de forma ocasional. Media docena son suficientes. Es la justa medida. Ni ansías ni te excedes.

La gastronomía como la jardinería o el fútbol son temas de conversación recurrentes cuando no hay mucho por decir o no apetece contar. En una ocasión, tras la cena de una convención empresarial, coincidí en amable conversación con un compañero de por aquel entonces profesión, gaditano por más señas. No apetecía contar y tampoco había nada por decir. Así que recurrimos a la gastronomía. No recuerdo cómo ni por qué, el caso es que salió el tema de las sardinas y sus olores. Nos confesamos nuestros gustos por este pescado y me contó que a su mujer también le encantaba pero que no podía con el olor que desprendía. De hecho, el fin de semana tenía previsto ir al mercado y hacer una "sardinada" con unos amigos en su casa con una receta que compartió conmigo y que yo traslado. No tardé en ponerla en práctica y doy fé de que están exquisitas y no dejan olor, aunque insisto, a mí me gustan con olor incluido.
Sobre una fuente de horno se hace un lecho de sal gorda. Se colocan alineadas las sardinas sobre el lecho y se cubren de sal dejando al descubierto sólo las cabezas. Finalizada la operación se introduce la fuente en el horno pre calentado a una temperatura de 200 grados. Cuando los ojos de las sardinas se vuelven completamente blancos, significará que están ya hechas. Sacamos la fuente del horno y dejamos enfriar de 5 a 10 minutos. Antes de que se compacte la sal vamos desenterrando las sardinas y las emplatamos. Si realizamos bien la operación, la sal se desprende con facilidad de la piel del pescado. Las podemos tomar tal cual salen del horno o bien, preparamos una picada de ajo, perejil y aceite que echaremos sobre la sardina una vez abierta.. Si lo hacéis, ya me contaréis vuestro parecer.
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