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martes, 28 de julio de 2026

01761 El Sucedáneo de Caviar

 PARA LAS ESPERAS


Hubo un tiempo, no muy remoto, que cuando trabajaba me esperaban en casa para comer. Ahora, en mi época jubilar, soy yo quien tiene que esperar para sentarse a la mesa. Es una de esas leyes no escrita de la vida. Hay días que los llevo mejor que otros. Habitualmente, para hacer más leve la espera, me entretengo bajando a Humphrey a la calle, leyendo la prensa, alimentando este blog o recogiendo; siempre hay algo que recoger y ordenar. Pero no siempre sirven estos auxilios.

En ocasiones, más de las que a mí me gustaría, mi estómago, a él le echo la culpa, aunque creo que es una excusa, parece que se muestra inquieto y reclama reiteradamente mi atención. Es entonces, cuando se me invita empezar a comer, aun conociendo mi respuesta: “No hasta que venga Jara”, digo. Nos vemos poco durante el día, y este, el de la comida, se me antoja de esos momentos vitales. Hablar de lo que sea, pero hablar. Conocer cómo es y cómo se siente la vida desde otra perspectiva, con 40 años menos. Ser conocedor de lo que pasa en la calle, esa rue que antes tan bien conocía y que ahora me parece ajena. Esa vertiente asocial de la que me he vestido en los últimos años, me ha alejado peligrosamente de la realidad.

Llegado el caso extremo, en ese compás de espera, siempre hay algo que echarse a la boca. Habitualmente, siempre campan por el frigorífico algunos restos de comida de días precedentes. Y si no es así, recurro a una tapa que me parece fascinante: tostaditas de mantequilla con sucedáneo de caviar. Me parece un bocado, para esos momentos de espera, o para cualquier aperitivo o tentempié, francamente delicioso. La cremosidad de la mantequilla y su peculiar sabor en combinación con la sapidez del sucedáneo de caviar, me parece muy seductor. Cuando me aficioné a esta tostada, hace muchos, muchos años, lo “chic” era coronarlo con un chorrito de limón. Con el tiempo acabé por descartarlo, pues el limón se apoderaba de todo y además, reblandecía la tostada.

Mientras estoy escribiendo, me ha venido a la cabeza el día, único día, que llegué a probar el caviar. Fue gracias a mi hermano Antonio en uno de sus entrañables cumpleaños en Bilbao. Probé una cucharadita, sin pan, a palo seco. Me pareció algo increíble ese momento cuando las huevas explotaban en mi boca al ser masticadas, dejando en ella un fondo y un sabor inusuales. No sé, igual aquella cucharadita la tengo en mi memoria excesivamente valorada, pero me pareció algo único e inimitable, y hasta la fecha, irrepetible.

Obviamente, los sucedáneos de caviar son una buena alternativa económica a las inaccesibles, para el común de los mortales, huevas de esturión. Las más habituales son las elaboradas a partir de huevas de mújol, lumpo o arenque ahumado, siendo las más comunes las de lumpo. Se trata de pequeñas huevas, teñidas con colorante, negro o rojo.

Estoy pensando que un par o tres de estas tostadas bien valen una espera o las que hagan falta.

 


Pan de nueces con mantequilla y sucedáneo de caviar