DEL HUERTO DE PRIMAVERA Y ESTÍO
Mi auténtica querencia hacia este vegetal coincide con mi afición a la huerta. Recuerdo que el primer año solo planté la denominada lechuga romana, también conocida como oreja de burro. Era por aquel entonces la más reconocida por nosotros, y la que utilizábamos, con sus hojas alargadas y crujientes, para la elaboración de una de nuestras ensaladas favoritas, que no es otra que la ensalada César.
Con el paso de los años fui incorporando a la tierra otras variedades de lechuga, a cual más vistosa espectacular. Así, pasaron a formar parte del huerto veraniego los cogollos tipo Tudela; la lechuga iceberg, ideal para acompañar los bocadillos de hamburguesa de carne; la lechuga Batavia, de crujientes hojas; la escarola, con su ligero amargor; o la lechuga hoja de roble, muy reconocible por sus onduladas hojas y llamativas tonalidades. De sabor ligeramente dulzón y textura suave y crujiente, no solo aporta colorido en el plato y en la mesa, sino que llama la atención en el huerto por su color verde y morado. También tengo que decir, que no todos los años consigo obtener buenos ejemplares. Este año voy a estrenarme con los canónigos, a ver qué pasa. De momento gozan de buena salud en el semillero a la espera de ser trasladados a la tierra.
Siempre me ha dado la impresión de que las lechugas son las grandes desatendidas del huerto. Piden pocos cuidados y a cambio, sin embargo, ofrecen variados beneficios a nuestro organismo. Pronto serán comestibles las primeras lechugas plantadas en el huerto; pronto volveré a disfrutar de su presencia en las innumerables ensaladas que me esperan.


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