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miércoles, 17 de junio de 2026

01758 El Escalope

 ¡CÓMO OLVIDARLO!


No acostumbro a comer o cenar fuera de casa. Muchas cosas han cambiado en los últimos años, y esta es una de ellas. Por eso, en las contadas ocasiones que se rompe esta pauta, aprovecho para probar platos nuevos o deleitarme con alguno ya conocido y bien cocinado.

El guion de mis días cambió recientemente gracias a una escapada familiar en el día. Comimos en nuestro improvisado destino en un restaurante discreto; menú del día. No da para más. A elegir entre 6 primeros y otros tantos segundos. Todo estaba muy apetecible y los platos que veía pasar a otras mesas tenían buena presencia. No había mucho qué pensar: canelones y carrilleras de cerdo. Hacía tiempo que no comía unos y otras. Cuando estaba a punto de ser atendido por el camarero, otro compañero llevaba un escalope, entre otros platos, a la mesa contigua a la nuestra. El destinatario de la carne era un niño de unos 8, 9 o 10 años. ¡Qué cara de satisfacción mostró cuando vio el plato ante sus ojos! Me quedé embelesado mirando la escena. El niño, un tanto distanciado de nuestra mesa, balbuceaba palabras que mi oído no alcanzó a escuchar. Era lo de menos. Me las podía imaginar. Me quedé con la expresividad de su cara, con sus muecas, su sonrisa, su frotamiento de manos antes de aferrarse a los cubiertos. Otro niño, el que llevo dentro, me llamó y me invitó a que cambiara las carrilleras de cerdo por un escalope. ¿Te acuerdas lo que te gustaba cuando eras pequeño, como él?, me decía. ¡Cómo olvidarlo!, me respondía.

En ese instante, me vino a la mente una imagen; la de mi madre en la mesa de la cocina, y sobre una tabla, golpeando con dulzura, permítaseme la expresión, unos filetes de ternera que luego empanaría y freiría. Lo de golpear la carne, por aquellos años, como tantas otras cosas, pensaba que eran manías de madre. Si había para comer escalopes de ternera, significaba que las cuitas económicas domésticas no iban del todo mal. Algo que me hacía feliz, ya no solo por los escalopes, sino por la tranquilidad y sosiego de mi madre, que para todo tenía.

Hacía tiempo que no comía un escalope, así que, aupado por mis recuerdos, cambié las carrilleras por unos escalopes, para sorpresa de mi familia. No di explicación alguna, fue suficiente un "de repente me han apetecido". Estuvieron correctos, pero nada que ver con aquellos que hacía mi madre, y que después de torturar la carne, la marinaba con ajo y perejil antes de empanarla y freírla en la sartén.

Me supieron a poco, tanto los recuerdos como los escalopes, así que a no mucho tardar, intentaré emular aquellos escalopes que tan feliz me hicieron.



jueves, 12 de marzo de 2026

01728 Las Chiretas Rebozadas

 CON O SIN ACOMPAÑAMIENTO


Retornan las chiretas hasta este caleidoscopio vital. Se trata de un embutido típico de la cocina altoaragonesa, más en conceto de las comarcas de Sobrarbe, Ribagorza y Somontano de Barbastro, y cuyo origen habría que localizarlo en aquellos tiempos en los que se aprovechaba absolutamente todo. En síntesis, este bocado de la cocina tradicional, consiste en la tripa limpia de cordero, rellena de arroz condimentado, pulmón y corazón del citado animal, cosida y hervida. No obstante, contempla otra variedades de preparación y elaboración. En sus inicios, las chiretas se servían calientes tras la cocción y sin más acompañamiento. En la actualidad, su presentación más habitual es, una vez enfriada la chireta, cortada en rodajas y cocinadas a la plancha, fritas o rebozadas.

Desde que me reencontré con este embutido no hace muchos meses, he podido comprobar cómo en bares y restaurantes, además de servirlo como tapa, lo han sabido colocar como almuerzo acompañado de huevos fritos y patatas fritas, huevos fritos y pimientos fritos o combinaciones similares. Me parecen propuestas muy acertadas y cuyos sabores combinan a la perfección.

A mí me gustan de cualquier manera, si bien, rebozadas, simplemente pasadas por harina y huevo, y fritas en aceite, me parecen una pasada. Además, este cocinado me trae gratos recuerdos que se remontan al día de mi boda, de esto hace ya casi cuarenta años. Me casé con Gloria en la Catedral de Roda de Isábena y antes de la comida ofrecimos un aperitivo a nuestros invitados en los claustros de la Seo, por aquel entonces perteneciente a la diócesis ilerdense. Al poco tiempo, pasaría a depender de la diócesis de Barbastro-Monzón. El caso es que el tal aperitivo consistió en una opípara degustación de productos de nuestra tierra: torteta, longaniza, morcilla... y la mencionada chireta rebozada. ¡Todo un espectáculo de la gastronomía tradicional! Por eso y solo por eso, ya que como he mencionado, las chiretas me gustan de cualquier forma, a las rebozadas les tengo un pelín más de aprecio. Pero nada, un pelín.






sábado, 24 de junio de 2017

00499 Los Langostinos Rebozados

CON KIKOS DE MAÍZ


Que me gustan los rebozados, cualquier tipo de rebozado, ya ha quedado escrito en alguna que otra entrada de este blog. También es cierto que intento no abusar de ellos y así, cuando se presenta la oportunidad, de tiempo en tiempo, disfruto como un niño con zapatos nuevos.

El rebozado que hoy traigo a esta ventana sabe a infancia, a tardes de parque, a velador con cerveza, a sala de cine y sentada de sillón delante del televisor. Un sabor y un olor que enganchan al gusto y olfato. Son los kikos de maíz de toda la vida, llevados a la cocina.

Intento recordar dónde y con qué probé por primera vez esta original presentación, pero no acabo de tenerlo muy claro. Hoy tengo un día repleto de olvidos. Me han dicho que es por el calor y como no me gusta discutir, le echaremos al calor la culpa.

A lo que vamos. Quizás la propuesta de langostinos rebozados con kikos de maíz no sea para darte una hartada. Creo que acabarían por cansar. Más bien es una elaboración para acompañar algunas ensaladas, cremas, brochetas o sopas frías. Su preparación es muy sencilla. En primer lugar, elegiremos unos kikos tostados y crujientes que sean fáciles de machacar en el mortero. En el mercado hay una gran variedad. Una vez tengamos bien triturados los kikos, batimos uno o dos huevos, según el número de langostinos que vayamos a preparar.  Pelamos los langostinos y los pasamos primero por el huevo y luego por los kikos machacados. Ya sólo nos quedará freírlos en aceite de oliva virgen bien caliente.

Lo aconsejable es servirlos nada más sacarlos de la sartén para disfrutar del crujiente que presta esta elaboración. El resultado es curioso y agradable al paladar. En esta ocasión, se han servido para acompañar un salmorejo.