Me resultan parajes excepcionales, amables y entrañables. Sus formas y olores me reconfortan y distraen. Su sonido me anticipa un estado de bienestar. En una ocasión leí que el premio Nobel José Saramago contaba que su abuelo, antes de morir, fue a despedirse de los árboles del huerto dándoles un abrazo mientras lloraba, porque sabía que no los volvería a ver nunca más. Saramago no llegó a precisar si el gesto de su familiar era de pena o de agradecimiento. Lo más posible es que fuera por ambas razones. Yo, de momento no los abrazo, me limito a contemplarlos desde un permanente y sereno asombro. A pasearlos y coleccionar contrastes como si de un pasatiempo se tratara. Me siento bien entre bosques y arboledas
La próxima vez que acuda a un bosque, que espero sea a no mucho tardar, me abrazaré también a los árboles, no para despedirme de ellos como el abuelo de Saramago, sino para aspirar sus esencias y agradecerles tanto bien.
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