sábado, 7 de noviembre de 2015

00167 Las Mesas Largas

CON MUCHA GENTE

Será porque en casa de mis padres éramos cuadrilla o porque mi soledad siempre ha buscado corazones donde cobijarse y sentirse segura. La cantidad de veces que he tenido que poner el "tablero", como así llamábamos familiarmente al supletorio de madera que permitía alargar la mesa del comedor y  poder de esta manera sentar a más comensales.

Sacar el "tablero",  que pasaba sus días detrás de la puerta del comedor a la espera de pequeño o gran acontecimiento, era sinónimo de feliz encuentro, de impaciente espera y descontrolada alegría. Sinónimo de largas sobremesas para saber acerca de nuestras vidas mientras unos crecían  y otros sumaban años en la contemplación de los días. Sinónimo de complacer gustos, de recuperar sabores y de alimentar recuerdos aupados en el cariño. Mesa larga cubierta de largo mantel festivo para cortas horas de manifiesto alivio.

Nada queda ya de todo aquello, sólo el recuerdo. Un placentero y feliz recuerdo. Muchas cosas han cambiado desde aquel entonces. Nada es lo mismo. Ninguno somos los mismos. Apenas se percibe ya el redoblado crepitar de algún aplauso.

Será por todo esto que me gustan las mesas largas. Mesas largas de animada gente. Mesas de risas sin esfuerzo desparramadas sobre los manteles. Sin edad, sin motivo alguno. Sólo mesa larga que cobije gente, que alimente cariños sin explicaciones.  Mesas largas de apretados corazones donde depositar los pequeños detalles de nuestras vidas. Mesa larga de largo mantel de instantes, de brindis, de guiños y piropos, de feliz y sonara palabra.

Me gustan sí, las mesas largas. Esas de larga sobremesa para no descuidar nuestras vidas mientras unos crecen y otros sumamos años en la contemplación de los días.






viernes, 6 de noviembre de 2015

00166 La Placidez

LAS COSAS PLÁCIDAS

Es una constante búsqueda. No me gusta lo bronco. Detesto por definición la violencia sea del tipo que sea. Nunca me han gustado las discusiones ni las situaciones desagradables. Me siento incómodo y molesto cuando se producen. Me bloqueo, y si pudiese vomitar con facilidad, así lo haría. Siempre he evitado, aunque no siempre con éxito, ser partícipe o testigo de este tipo de escenas no deseadas y que tanto luego me cuesta borrar.

Prefiero educar a mis ojos en la mirada de las cosas amables y placenteras. Libres de sospechas. Educar en las representaciones domésticas intensas y vivas. Buscar sensaciones cómodas de observado aliento. Recrearme en imágenes sin riesgo y si hubiese alguno, que sólo fuera el de la insistencia.

Enseñar a mis ojos paisajes de armonía no estudiada mientras el corazón rotula emociones en rojo. Seleccionar el encuadre más satisfactorio sin necesidad de recurrir a imposibles. Suspirar, sentir, empacharme de luz y de color. Guardar entonces los matices y si es posible también el olor. Es fácil acostumbrarse a la serena calma.

La placidez me atrapa, me sugiere y reclama. No me inquieta ni me alarma. Me conviene. Dicen que hay gente que envejece a saltos; yo prefiero hacerlo a empellones de noches y días plácidos. Sin distorsiones de la realidad, acaso algún adorno para los días de hastío. Placidez melosa y sonriente, callada y hasta solitaria, apreciada y transparente.

Llámame ingenuo, pero me gusta la placidez y las plácidas cosas.

jueves, 5 de noviembre de 2015

00165 El Coc de Fraga

SORPRENDENTE SABOR

Sigo a vueltas con el membrillo. Es lo que toca. Estamos en noviembre, en otoño. Hemos tenido buena recolección de frutos. Vamos ya por la tercera elaboración de carne de membrillo y entre cocción y cocción,  jalea de membrillo y un "Coc de Fraga", típico de la repostería fragatina.

Recuerdo que hace unos años Gloria intentó alguna probatina pero sin demasiado éxito. Alguien le pasó este año una receta y tengo que reconocer que lo borda. El último que hizo se nos saltaban las lágrimas de bueno que estaba. Como los que de vez en cuando traía de Fraga cuando iba por motivos de trabajo. Hay que echarle horas y paciencia, pero merece la pena. El resultado es sorprendente.

Ingredientes: aceite de oliva, leche, harina y una pizca de sal para la elaboración de la masa. Membrillo, harina, azúcar moreno, aceite de oliva y nueces para poner sobre la masa.

Preparación: Para hacer la masa que nos servirá de base, mezclamos en un recipiente la misma cantidad de aceite que de leche y añadimos una pizca de sal. La medida para un coc, 150 cls. aproximadamente, de aceite y otro tanto de leche.  Vamos vertiendo harina poco a poco mientras removemos con una cuchara de madera hasta que ya no se pueda más. Es entonces cuando amasaremos con las manos. Para esa cantidad de líquido necesitaremos unos tres cuartos de kilo de harina. Llegará un momento en el que notaremos que la masa ya no admite más harina. Una vez bien trabajada la masa la dejaremos "dormir" cubierta con un paño por espacio de una hora.

Transcurrido ese tiempo,  y ayudados de un rodillo,  extendemos bien la masa hasta dejarla de la medida de la bandeja de horno. Cubrimos la bandeja con papel de horno y sobre éste, la masa estirada.

A continuación, pelamos los membrillos en crudo, los descorazonamos  y los vamos cortando en finas láminas. Sobre la masa espolvoreamos harina y  azúcar,  y añadimos un poco de  aceite de oliva. Recomendable para el aceite utilizar un pulverizador. El siguiente paso consiste en ir cubriendo toda la superficie con las láminas de membrillo, evitando que queden huecos. Finalizada esta operación, volvemos a espolvorear  harina, azúcar y aceite. Por último, repartiremos por toda la superficie nueces peladas y troceadas.

Introducimos la bandeja con el coc al horno precalentado a 180 grados por espacio de 30 minutos. Los últimos 5 minutos pondremos el horno en el modo grill.

Una auténtica delicia!



























martes, 3 de noviembre de 2015

00164 Pintar Olas

DE TANTO MIRARLAS


Cuando retomé los pinceles estuve durante mucho tiempo pintando olas o paisajes marinos en los que se apreciaran olas. El motivo no lo sé. Tampoco me había parado a pensar en ello. No tiene trascendencia alguna.

Acabo de ver un archivo fotográfico titulado "Fotografías Pinturas". Hacía tiempo que no lo abría y me podía encontrar con cualquier cosa. Y así ha sido. Sólo había cuadros de olas. Lo primero que me ha llamado la atención ha sido el tiempo transcurrido desde que los pinté. Algo más de una década. Pinturas que ni me acordaba de ellas. La mayoría las he regalado.

Al verlas de nuevo he recordado esos primeros meses de mi reencuentro con la pintura y el óleo. Con los primeros cuadros a los que me enfrenté. Y efectivamente, todos tenían que ver con el paisaje cántabro y su acogedora luz, con las vistas desde la playa de Somo; el faro de Mouro, Santander, Loredo... y el mar,  y las olas desvaneciéndose al tocar tierra firme. Olas pequeñas, suaves, sin apenas vida. Olas grandes, ruidosas y altaneras. Olas intermedias que incitaban a ser saltadas o llegado el caso, dispuestas para ser buceadas. Olas de blanca espuma, de verde esmeralda o azul prusia. Olas de frente, valientes y dando la cara. Olas de perfil, de las que juegan al despiste. Olas de silencio, apenas una línea blanca. Olas de cresta iluminada en un atardecer confuso. Olas chocando en la roca en un prematuro desvanecimiento. Olas de juego y recreo. Tantas y tantas olas, tantas veces miradas. Será por eso que hubo un tiempo en el que me gustó pintar olas. Me sentía cómodo pintando olas. Me resultaba algo familiar, querido y  cercano.

Hace tiempo que no pinto olas. La última, la que encabeza y cierra este escrito. Tampoco está ya conmigo. Necesito volver a pintar olas y recrearme en su textura.





00163 La Carne de Membrillo

CON SUMA PACIENCIA

Ha merecido la pena las horas casi interminables de cocina. Está verdaderamente bueno. Bien de textura, buen sabor y el color, brillante y atractivo. Lavar, pelar, limpiar, cortar, cocer, triturar, remover, remover y vuelta a remover. Esta última operación, la de remover, es quizás la más ingrata hasta que la pasta de azúcar y membrillo adquiere consistencia. Pero como dice el refrán, "quien algo quiere, algo le cuesta".

Desde que la elaboramos en casa me he aficionado a la Carne de Membrillo o Dulce de Membrillo como dicen en Argentina o Chile,  donde es un dulce muy popular. Muchas de mis cenas se resumen a dos o tres tostadas de pan con queso fresco o algún queso semi curado y carne de membrillo. Una excelente combinación que calma y sacia mi posible desgana antes de despedir el día.  

Hay distintas recetas para elaborar carne de membrillo, si bien en casa nos decantamos por la más sencilla: agua, membrillos y azúcar moreno.

En primer lugar, lavamos bien los membrillos y los depositamos en una olla cubriéndolos de agua. Ponemos la olla a fuego fuerte y cuando empieza a hervir el agua, bajamos el fuego a medio-fuerte por espacio de entre 45 a 60 minutos en función del tamaño de los membrillos. Para cerciorarnos de que están cocidos bastará con pincharlos con un palillo de madera y observar que penetra con facilidad.
Una vez cocidos los sacamos del agua y los escurrimos bien. Ya templados, los pelamos, quitamos pepitas y corazón, y cortamos a trozos los membrillos. Terminada esta operación, convertimos la carne en un puré ayudados del brazo eléctrico de cocina. 

Pesamos el puré de membrillo resultante y le añadimos la misma cantidad de azúcar moreno. Si no lo quieres tan dulce, añade menos azúcar pero nunca menos del 75% del peso del puré. Con la mezcla del puré de membrillo y el azúcar colocamos de nuevo la olla en el  fuego, pero en esta ocasión a fuego bajo. 

Es ahora cuando necesitaremos de toda nuestra paciencia y dejar que la carne de membrillo se vaya cocinando. Deberemos ir removiendo continuamente ayudados de una cuchara de madera para evitar que el azúcar se pegue en el fondo de la olla. La carne de membrillo estará lista cuando se pueda apartar hacia un lado y nos deje ver el fondo. 
Sólo nos quedará ya verter la carne de membrillo en un molde que no sea demasiado alto y dejarlo en el frigorífico durante 24 horas para que adquiera consistencia.











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lunes, 2 de noviembre de 2015

00162 Las Borrajas

MEJORA EL ÁNIMO

Se dice de ella que es una planta humilde y poco conocida que crece en lugares de tierras fértiles y húmedas y que se reconoce con facilidad por los pelillos que cubren sus tallos y sus hojas, así como por sus flores de color azul, rosado o blanco.

Leo que el nombre de borraja, según algunos historiadores, deriva del vocablo latino "borra", que significa "pelo", por la cantidad de pelillos que cubre toda la planta. Otros autores afirman, sin embargo, que el nombre de esta verdura procede del árabe, "abu rash", que significa, "padre del sudor", en referencia a las propiedades sudoríficas de la planta, en particular sus flores.

Se trata de una verdura con interesantes propiedades nutricionales gracias a su riqueza en vitaminas, minerales y ácidos grasos. Entre sus múltiples beneficios, destacar su riqueza en potasio que la convierten en ideal tanto para casos de retención de líquidos como para eliminar las diferentes toxinas  que se acumulan en el organismo. Antaño era habitual comer borraja cuando las personas se sentían débiles o con bajo ánimo. Esto es debido a que su contenido nutricional favorece y estimula la adrenalina, ayudando por consiguiente a mejorar el ánimo.

En la actualidad, en países como Francia e Italia, la borraja se considera una verdura de lujo y los platos donde es protagonista se presenta como una auténtica especialidad en restaurantes de prestigio. En la mayor parte de España, salvo en Aragón y Navarra,  es una verdura desconocida.

Una extensa entrada para significar que la borraja se encuentra a la cabeza de mis verduras favoritas antes de conocer su origen, significado y propiedades. A su característico sabor no puedo dejar de  unir un buen número de gratos recuerdos. La verdulería de "tía Laura", en la calle San Lorenzo,  donde comprábamos los productos nacidos en  huerta oscense bajo el esmerado cuidado de su marido Andrés. Allí íbamos en el día a día. Allí acudían mis hermanos antes de dejar Huesca y volver a sus destinos de acogida. Visita obligada para cargar de todo un poco, pero sobre todo, borraja; verdura por aquellos entonces prácticamente desconocida fuera del terruño. Oigo la palabra borraja y añado las de disfrute y felicidad, porque así fueron los dos años en los que tuve la fortuna de dedicar mi tiempo de ocio a un huerto y donde la borraja fue una de mis mejores aliadas.

Hervir la verdura y servir con aceite y ajos fritos. Así de sencillo.  Así de agradecida y humilde es ella, aunque tampoco es ajena a los experimentos culinarios. Como el que recientemente realicé con unas trompetillas amarillas después de saborearlas de las formas acostumbradas. Fue cuestión de cocinar sendos productos por separado y que el ajo hiciera de nexo.

En primer lugar,  hervír la borraja. Una vez hervida, escurrir bien y reservar. A continuación hacer un revuelto de trompetillas. Aceite bien caliente, dorar unos ajos cortados junto con una cayena y poner a freír las setas. Unos pocos minutos de sartén y verter sobre las trompetillas los huevos batidos para hacer el revuelto. Colocar sobre el plato la borraja y sobre ella el revuelto. Delicioso. Levanta el ánimo por partida doble.








00161 Coleccionar Nubes

COMO TERAPIA

Hace algún tiempo que me cargan sobre manera muchas de las cosas terrenales y que no enumeraré porque en este blog sólo tienen entrada las cosas que me gustan. Desde hace un año y medio, y visto el percal de por aquí abajo,  me dio por mirar al cielo y jugar con las nubes, captar sus curiosas y caprichosas formas e iniciar una colección de nubes, de mis nubes. No tiene más misterio. No hay más lecturas. Sólo es un juego, como otros tantos,  para entretener a mi mente y tener desocupados a mis pensamientos.

No todos los días puedo sumar una nube a mi colección. Bien por ausencia en el cielo de ellas, bien porque mi imaginación no está por la labor. No está para juegos.

Ahora recuerdo que hace algunos años, cuando mi pequeña Jara cursaba primaria, que en su colegio me pidieron que hiciera de mantenedor en el inicio de unas jornadas culturales. La inauguración estaba prevista hacerla en el patio del colegio al aire libre. A ella se sumarían también escolares de secundaria. Preparé una intervención plana y cercana para los niños y niñas de todas las edades.

El día anterior a la inauguración desde la dirección del colegio me hicieron observar que posiblemente lloviese y que se había preparado un plan b. Si la lluvia se presentaba, el acto se trasladaría al interior del colegio. Los mayores al salón de actos y los más chiquitines a una de las aulas. Correcto, salvo que mi intervención, a los más pequeños, aún pensando en ellos, les iba a dejar indiferentes. Así que me puse manos a la obra e ideé también mi plan b escribiéndoles un cuento a partir de mi afición a la contemplación de nubes.

Finalmente no llovió y el acto inaugural se realizó en el patio de recreo sin  necesidad de tener que  recurrir a los planes b. El improvisado cuento para los pequeños no se leyó. Quedó guardado en los archivos del ordenador.

NUBES Y ESTRELLAS

Esta es la historia de dos hermanos que un día se olvidaron de la existencia de una palabra que a los mayores nos gusta muy poco escuchar y que los niños soléis pronunciar más veces de las que nos gustaría oír. ¿Adivináis de qué palabra se trata?. Os daré una pista. Empieza por la letra A. Le sigue su compañera de fila del abecedario. Efectivamente, la B. Cuando os encontramos un tanto abatidos, somnolientos y casi sin energías, los mayores os preguntamos: “Fulanito, ¿qué te pasa?”. Y contestáis: “Nada”. Volvemos a preguntar: “¿Te pasa algo?. ¿Estás enfermo?. Y es entonces cuando pronunciáis esta fatídica palabra a la que habitualmente acompaña un bostezo: “¡Es que me aburro!”.

Esta es la palabra: ¡ABURRIMIENTO! Os habéis dado cuenta de lo fea y larga que es y también de lo aburrida que es su pronunciación. Intentar decirla pausadamente, muy despacio aaaaaaabuuuuuuurriiiiiiimiiiiiieeeeentooooooo.

Vamos al grano, no sea que nos aburramos sin desearlo. Como os decía al principio, esta es la historia de dos hermanos. Él se llamaba Jorge y tendría nueve años por aquel entonces. Ella se llamaba María y tenía dos años menos que su hermano. Jorge y María vivían en una gran ciudad. Iban al mismo colegio y compartían las mismas actividades extra escolares. Durante la semana, entre las clases y las actividades poco más podían hacer, y era, llegado el fin de semana, cuando los padres de Jorge y María les daban algo más de rienda suelta. Cuando no había una fiesta de cumpleaños, era la visita siempre esperada de unos primos. Si no iban a comer los domingos con los abuelos eran ellos los que acudían a su casa con los pastelitos de chocolate y tocinito de cielo que tanto les gustaban. En ocasiones, realizaban algún que otro viaje para conocer a un miembro de la familia que acababa de nacer o a casa de amigos de sus padres que tenían hijos de sus mismas o parecidas edades. Con la llegada del buen tiempo, el parque de la ciudad se convertía en una visita obligada de los fines de semana para disfrutar de la bicicleta, los patines o de los juegos infantiles con otros amigos. Si el tiempo no acompañaba, la casa se convertía en un magnífico refugio para progresar en el manejo de la DS, la Play, la Wii o el ordenador.
 
Un verano, los padres de María y Jorge decidieron hacer algo distinto, algo que nunca habían hecho con sus hijos,  y pensando, sobre todo, en que les haría especial ilusión. Así, el padre, en los postres de la comida y con gestos entusiastas anunció que el fin de semana lo pasarían de camping en el Pirineo.

Jorge y María se miraron sin saber qué decir. De camping, dos días, en el  Pirineo. No salían de su asombro. ¿Pero para qué nos vamos a ir de camping con lo bien que lo estamos pasando aquí con nuestros amigos y nuestros juegos y juguetes?. Además, ¿qué se hace en un camping, cómo nos divertiremos?. Va a ser un aburri… El padre de María y Jorge, no sin cierta decepción, les comunicó que en el camping que había elegido había una hermosa piscina, un salón de juegos y que estaba enclavado en un hermoso paraje con un montón de excursiones para hacer y sitios que visitar. Las explicaciones no sirvieron de nada ya que en las caras de sus hijos no se dibujó ni una leve sonrisa.

Los padres de Jorge y María, para los que también ir de camping era toda una experiencia, lo tenían todo preparado; solo faltaban la ilusión y la alegría de sus hijos. Durante la semana les habían pedido la tienda de campaña y demás material de camping, amén de diversos consejos, a unos amigos que solían ir con frecuencia de camping. A las seis de la tarde del viernes estaba todo dispuesto en el coche para empezar a vivir ¿Una gran aventura y un inolvidable fin de semana?.

Durante las más de dos horas que duró el viaje hasta alcanzar el destino ni Jorge ni María pronunciaron palabra a pesar de las constantes bromas de sus padres y de la alegre música que se había seleccionado para el trayecto. Nada dijeron salvo un oscuro balbuceo pronunciado por Jorge y que la madre intuyó como un “Tengo hambre”.

Todavía había luz natural cuando llegaron al camping, lo que hizo que el montaje de la tienda de campaña fuese más sencillo dentro de la complejidad para unos novatos. María y Jorge también participaron en tales tareas, abandonando por unos instantes esa cara de lechuga pocha que se nos pone cuando estamos malhumorados o contrariados.

Llegó la noche y como los padres de nuestros protagonistas no estaban acostumbrados a la vida del campista, decidieron cenar en el restaurante. A la salida del establecimiento y tras dar cuenta a un buen par de huevos fritos con patatas y longaniza y un más que apetitoso helado de chocolate y nata, se encaminaron de nuevo hacia la tienda de campaña. Por el camino de regreso pudieron ver a un nutrido grupo de niños y niñas mirando hacia el cielo estrellado. Solo fueron capaces de adivinar risas y aplausos y cómo saltaban de alegría. Los padres de Jorge y María les invitaron a unirse al grupo ya que no tenían problemas para entablar nuevas amistades. Pero los dos hermanos seguían contrariados con los planes elaborados por sus padres y decidieron dar por terminado el día. Ni una palabra de agradecimiento, ni una sonrisa, ni tan siquiera un atisbo de sorpresa en sus caras ante todas las novedades que les ofrecía el inesperado fin de semana. Tan solo un cortés “buenas noches y hasta mañana”. La hermosa noche veraniega les durmió con el amable sonido de un grupo de niños y niñas festejando algo que no llegaban a adivinar.

Esa noche, María y Jorge no debieron de extrañar su cama ni su improvisada habitación ya que tardaron en despertar al día. Sobre las once de la mañana su madre les despertó, como hiciera todos los días desde que nacieran, con un dulce beso en la mejilla. Sobre la mesa de camping había preparado el desayuno que más les gustaba: un buen vaso de leche con cacao, tostadas de pan de pueblo con aceite y sal y galletas con mantequilla. Sus semblantes parecían indicar en esa mañana que su enfado o apatía ante la idea de pasar un fin de semana en el camping era ya un recuerdo. Entre sorbo de leche y mordiscos a la tostada y a la galleta, Jorge y María fueron examinando detenidamente el paisaje que les rodeaba para detenerse en el mismo grupo de niños y niñas que habían visto minutos antes de acostarse. Parecía que no se hubiesen movido en toda la noche. Seguían mirando hacia el cielo. Un cielo que había cambiado las estrellas por un redondo sol al que acompañaban unas caprichosas nubes. Y al igual que la noche anterior, sólo pudieron adivinar sus risas y saltos de alegría. Jorge y María no entendían muy bien esa forma tan extraña de divertirse.

Al igual que la noche anterior, sus padres les invitaron a unirse al grupo pero prefirieron seguir como estaban. La mañana transcurrió plácidamente entre la piscina, una paella y una pequeña excursión por los alrededores del camping.

De nuevo llegó la noche y mientras María y Jorge devoraban con inusitada ansiedad la cena que les había preparado su madre, oyeron de nuevo el conocido y alegre sonido que salía de las bocas del grupo de niños y niñas que volvían a depositar sus miradas en el hermoso cielo estrellado. Llamados por la curiosidad, en esta ocasión no hubo que invitarles a que se unieran al grupo, sino que Jorge y María, con el último bocado, se levantaron al unísono dirigiéndose al lugar donde se encontraba la alegre pandilla.

Se presentaron y pidieron permiso para unirse al grupo.

-          ¿A qué jugáis?, preguntó Jorge.
-          Miramos y adivinamos las figuras que hacen las estrellas, contestó uno de los niños del grupo.
-          ¿Y eso os divierte?, prosiguió preguntando María.
-          Sí, es muy divertido. Un niño ve una figura que hacen las estrellas, nos da una pista y los demás tenemos que adivinar de que figura se trata. ¿Queréis probar?, le respondió una pecosa niña.

Fue entonces cuando uno de los niños dijo: “Veo en las estrellas un objeto que empieza por la letra A”. Y todos, incluidos María y Jorge, comenzaron a unir las estrellas con líneas imaginarias para dar así con el objeto en cuestión.

-          Alfombra, indicó uno de los participantes.
-          Avión, señaló otro.
-          Árbol, dijo un tercero.
-          Abanico, pronunció Jorge sin demasiado convencimiento.

El niño que había propuesto la adivinanza le dio un ligero golpe en la espalda a Jorge en señal de su buen acierto. A partir de aquí prosiguió el juego y empezaron a aparecer en el cielo estrellado animales, flores, más objetos, figuras geométricas, países, provincias… un sinfín de adivinanzas que hizo que el tiempo pasara más rápido de lo habitual, hasta el punto que ya avanzada la noche, tuvieron que ser reclamados por sus respectivos padres para que se dispusieran a dormir. María, antes de volver a su tienda de campaña y de despedirse de sus nuevos ya amigos, preguntó: Y por el día, ¿a qué jugáis si no hay estrellas?.  A lo mismo, le contestó otra de las niñas, pero con las nubes. ¿Sabes María?, en el cielo, está todo escrito.

El día siguiente fue inolvidable para Jorge y María. No hubo que despertarles. Bastaron los primeros rayos de sol para que sus ojos se abrieran y comenzaran una ajetreada jornada. Comenzaron la mañana jugando a las nubes con el resto de niños y niñas. En el cielo se dibujaban payasos, conejos, barcos, locomotoras de vapor, fantasmas… Después de un buen baño en la piscina, jugaron a otros juegos que fueron proponiendo los niños: a la taba, a cortar el hilo, a balón prisionero, al pañuelo…

El regreso a casa, ¡qué distinto fue al viaje hacia el camping!. Jorge y María parecía que habían comido lengua. No callaron en todo el viaje contando a sus padres todo lo que habían hecho, descubierto y aprendido en ese maravilloso fin de semana en el camping.


Ahora, cuando están en su casa de la gran ciudad y María y Jorge parecen que comienzan a tener síntomas de esa palabra impronunciable que empieza con la letra A y a la que le sigue una B…., se miran, se guiñan el ojo y salen a la terraza o se asoman al balcón para mirar al cielo,  porque como aprendieron un día en un camping del Pirineo, en el cielo está todo escrito.