ILUSIÓN
o para quien iba destinado.
Empeñé todo mi esfuerzo,
aunque cada pincelada sumara un fracaso.
Abandoné mi esfuerzo
como quien se desprende de un calcetín con agujero.
Pasaron días,
o semanas,
igual meses.
Retomé el óleo abandonado.
Nuevas pinceladas,
colores empastados
y un nuevo hartazgo.
Volví a dejar el lienzo en un rincón
junto a otros objetos desilusionados.
Un día, recogiendo la vida,
me encontré con un pincel,
que me recordó aquel óleo inacabado.
Lo recuperé con cierto entusiasmo
y lo coloqué en el bastidor de donde
nunca tuvo que ser apeado.
Respiré hondo
y comencé a jugar con los colores.
La gran nube de un atardecer,
cómplice del sol,
comenzó a tomar forma
sobre un campo impreciso de labranza.
Pasaron días y semanas,
que no meses,
y el lienzo tomó vida,
para ser una dádiva para Ana.
Finalizado el trabajo, lo miré fijamente.
Llegué a la conclusión de que no fui yo quien acabó el cuadro.
Fueron la ilusión por un regalo
y la constancia,
que habitualmente me acompaña.

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